Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo V

Sumario: Acción demoledora de la Universidad. – Introducción en la misma de profesores indeseables. Algunos típicos ejemplares. – Actividades paradójicas de los elementos sectarios. – Racional explicación de su desconcertante conducta.

Dado el espíritu dominante en los Claustros de la Universidad de Madrid hacia el año 1921 y siguientes, de tendencias francamente libertarias y destructoras, no puede extrañar que los elementos directivos sectarios procurasen, sirviendo las inspiraciones institucionistas y masónicas, un reclutamiento en el profesorado, como en todos los puestos de labor intelectual, consonante con sus propósitos políticos. De aquí la desconfianza que aparecía en los mangoneadores ante el simple anuncio de un posible catedrático que no fuera de sus ideas ni presentara flexible la cerviz para inclinar la cabeza ante los «dueños» de aquellos Centros y Corporaciones académicos. No era necesario que el candidato hubiese manifestado claras ideas derechistas; bastaba con que su conducta anterior fuese [54] independiente o «neutra», para inspirar serios recelos. Los «intelectuales» de la Universidad seguían el conocido lema: «quien no está conmigo, está contra mí». En la época a que me refiero, los altos poderes revolucionarios tenían ya decretada la absorción total de los Centros de enseñanza. Se daban cuenta de la poderosa palanca que significaba un profesorado sectariamente unido, ejerciendo su influencia moral y objetiva sobre una masa de jóvenes alumnos fáciles de envenenar con lugares comunes de pérfida acción sobre sus ingenuos cerebros. No se desperdiciaba lugar ni ocasión para verter la ponzoña de la incredulidad sobre la Religión, la Monarquía, la Fuerza pública, la Autoridad civil o militar. Consideraban indispensable producir la psicología revolucionaria en una juventud desmoralizada e increyente. El fanatismo de los actuantes llegaba al extremo de no consentir sin protesta la expresión de la palabra «Dios». Recuerdo que, en mi primera visita a uno de aquellos colegas, como en el curso de la conversación surgiera un tema de interés para la Facultad, con cuyo motivo yo dijera: «Habrá que pedirle a Dios que eso no suceda», el aludido doctor me contestó rápidamente: «¡El pedirle a Dios lo hará usted, porque yo no suelo rezarle ni acudir a Él para nada!» Esta persona es la misma que ahora (enero 1937) viste a sus hijos en Francia con emblemas nacionales, para disimular su izquierdismo rabioso.

Continuando con el relato de la busca de [55] catedráticos –en general, de todo el personal docente– descreídos y anarquizantes, por parte de los elementos dirigentes de la Universidad, diré que, para lograrlo, no reparaban en dificultades ni obstáculos. El saber, la moralidad, los antecedentes de la persona elegida, significaban para aquéllos lo de menos; lo importante era que el candidato estuviese expuesto a cooperar decidida y fanáticamente en la táctica revolucionaria oportunista, con toda la violencia destructora para el Régimen, objetivo primordial en la mente de los que habían ya planeado la disolución de España.

Un caso arquetípico de este modo de proceder en el reclutamiento del profesorado, es el del doctor Negrín, personaje desconocido en nuestro país hasta que la guerra europea lo arrojó sobre las costas peninsulares, para fatalidad de nuestros intereses. De origen canario, el Dr. Negrín no era, según creo, alumno distinguido en ninguna Universidad española. Expatriado de sus Islas, según él contaba, en muy joven edad, fue a Alemania a estudiar Medicina. Parece ser que asistía como extranjero a un laboratorio de fisiología. Aventurero por naturaleza, con pinta e indumentaria de bohemio, descreído por completo, feroz anarquista, si bien disimulándolo con más cara de bondad y dulzura, y relacionado por lazos de familia con Rusia, aunque no hubiese jamás probado sus dotes de médico ni de fisiólogo, bastaban las anteriores cualidades para que cayese de pie en el recinto de la Junta para [56] Ampliación de Estudios. Él me dijo que su propósito, cuando vino a España, fue adquirir los medios económicos indispensables para trasladarse a Norteamérica, «patria de todos los que zozobran»; pero aquí encontró, al conocerse su modo de pensar, por parte de la Institución, el apoyo y los alientos convenientes para permanecer en Madrid, en donde la irreparable pérdida de aquel gran maestro de Fisiología que se llamó Gómez Ocaña, ocurrida en el verano de 1919 de un modo inesperado, dejó vacante su cátedra, traspasada, ¡oh veleidades aciagas de la Fortuna!, desde las limpias manos y el exquisito cerebro del ilustre profesor fallecido, a las sucias del aventurero Negrín, quien en aquel momento realizaba ya el primero de los «saqueos» formidables, más tarde prodigados por él mismo, así como por sus amigos y compinches los rusos de fuera y dentro de España.

Ningún respeto, absoluta falta de consideración merece el último –¡qué sarcasmo!–ministro de Hacienda de los rojos españoles (?).

Un Tribunal formado para darle el puesto, entre otros por Recaséns, Hernando y Márquez, consagró el atropello de votarle y adjudicar la plaza a quien, en los ejercicios, pública y notoriamente, demostró que no conocía los «centros del lenguaje», ni las «defensas del ojo contra la luz». Fue, ante personas competentes, verdaderamente escandalosa la consagración de un hombre que acreditaba tal ignorancia. Mas de lo que se trataba en aquella ocasión [57] no era de conquistar un verdadero fisiólogo para la cátedra madrileña, sino de adquirir un eficaz revolucionario para los planes fraguados por la secta.

Así, el flamante profesor Negrín empezó sus explicaciones en el aula con tantas deficiencias, que el fracaso, no obstante los prejuicios inoculados en la juventud, fue tan rotundo, que la mayoría de los días encomendaba la lección a uno de sus auxiliares, y era público y notorio que, en algunas ocasiones, los escolares se habían levantado para corregir al profesor los errores de las fórmulas químicas que escribía en la pizarra, copiadas de un apunte que llevaba, sin el cual no se hubiese atrevido a desarrollarlas.

Este es el avispado sujeto introducido en la primera Universidad española por la Institución amarga; buscador de subvenciones no soñadas por los demás profesores para sus respectivas cátedras, pobre ayer, boyante hoy, y siempre intrigante para todo lo que pudiera reportarle beneficio práctico: secretaría en la Facultad, en la Ciudad Universitaria; diputado a Cortes introducido en la Comisión de Hacienda, íntimo amigo de Indalecio Prieto, e instrumento apropiado para efectuar, de acuerdo con el último Gobierno rojo, compuesto de asesinos y ladrones, el máximo robo del oro de España encerrado en su Banco Nacional; cooperador a la expoliación de nuestra riqueza artística, de lo que es ejemplo la dolorosa pérdida de las joyas contenidas en el Museo del Prado. [58]

Otro caso típico de la desquiciada obra de los superhombres intelectuales, es el del Dr. Pittaluga, venido a España hacia 1904 como representante de la Casa de Productos Farmacéuticos Bisleri, de Milán, agente internacional de la masonería, según testimonio del Conde de Gimeno, quien tuvo ocasión de conocer estos hechos en el tiempo de la Dictadura, perenne buscavidas sin escrúpulos morales, cínico, agitador, anarquizante y vividor capaz de prestarse a todas las combinaciones maquiavélicas. Listo, porque la justicia obliga a reconocerlo; con pretensiones tan atrevidas e inmorales, que, sin ser español y despreciando a nuestra Patria, consiguió que las famosas Constituyentes incluyeran en el Código fundamental un artículo por el cual los naturalizados extranjeros podían ser nombrados presidentes de la República, lo que significaba su descarada aspiración a colocarse al frente de nuestra Nación, a la cual estoy seguro que, en el fondo, considera a la altura de Etiopía antes de la conquista hecha por Italia.

Este «sin patria», que abandona la ciudadanía de la tierra en que nació para ir al logro de otra por la razón exclusiva del negocio, es el hombre protegido como una adquisición estupenda por los Marañón, los Hernando, los Sánchez Covisa, los Ortega y Gasset, y tantos otros, que demuestran con ello la falta de amor a España, puesto que solamente una ausencia absoluta de cariño al suelo en que se nació puede explicar la convivencia y la [59] amistad con un indeseable, incluso en contra de dignos españoles. Cierto honorable profesor, persona de ejemplar conducta ética, decano hace años de la facultad de Medicina de Madrid, ha sido uno de los pocos compatriotas que supo dar una respuesta apropiada a las impertinencias de este aventurero, quien, como catedrático de la Facultad, se dirigió airadamente a este jefe dignísimo, del cual recibió como respuesta la exclamación siguiente: «¡Extranjero!»– Mas si los paquidermos tienen un forro cutáneo resistente, el Dr. Pittaluga posee una epidermis moral todavía más impenetrable. Por eso, las lecciones delicadas no se han hecho para él, atento continuamente a sacar partido de nuestra bendita tierra, inocente hasta el peligro, al admitir hombres de la calaña moral de este vivo ex italiano.

En el momento en que escribo estas páginas, el Dr. Pittaluga, unido a otros muchos intelectuales institucionistas escapados de la España roja, esa zona tan admirada y elogiada por ellos, y de la cual voluntariamente se eliminan, organizan en París reuniones para desacreditar a los defensores honrados de la Patria. En ellas, las diatribas llenas de soeces calumnias –las mismas que empleaban contra el general Primo de Rivera– se prodigan contra los hombres representativos de la nueva España, pretenden escribir una «Enciclopedia», medio que el judaísmo les brinda como pretexto para ayudarles económicamente, al tiempo mismo que con ella se aumenta la leyenda negra española, ya que [60] en sus páginas se harán relatos denigrantes para nosotros, que se esparcirán después por el mundo entero, y con cuya obra podrán decir nuestros avispados enemigos: «He aquí una labor cultural que se ha podido efectuar gracias a la expatriación de estos hombres de un solar y ambiente mefíticos.»

No es posible dudar un instante: estas gentes son incompatibles con nosotros. Están entregadas a los peores enemigos de España por motivos inconfesables, y su conducta falaz obliga a creer en lo que informaciones respetables afirman, que al lado de sus relaciones masónicas tienen otras que se pueden incluir bajo el epígrafe: «Al servicio del Extranjero».

Si no fuese así, ¿cómo podían haber laborado tanto en nuestro daño?

Con inusitada frecuencia he oído de labios de personas de diversas jerarquías sociales la misma pregunta: ¿es comprensible que estos intelectuales, la mayor parte profesionales que han sabido situarse en posiciones económicas envidiables, nos hayan conscientemente llevado a una desgracia como la que actualmente sufrimos, sin reparar en la pérdida de esos personales intereses materiales que con tanto ahínco se han procurado, sin que su modo de vivir autorice a considerarles dispuestos a entregarlos en beneficio de las clases pobres de la sociedad, que aparentemente trataban de mejorar?

Es imposible admitir una norma de altruismo en su conducta, porque el examen de la misma nos [61] enseña lo contrario. ¿Qué aliciente u objetivo social, doctrinal, práctico, de acción, ha llevado a estos intelectuales por un camino tan nocivo para nuestro país? La ignorancia de un término final tan trascendente como desastroso, se podría difícilmente aceptar para algún raro caso de corta visión del futuro –lo que no hablaría muy alto en favor de la superioridad cerebral, tan esparcida por la propaganda oral y escrita–; pero la unanimidad de procedimientos dirigidos a idéntico fin, obliga a rechazar semejante hipótesis. Si la ignorancia no es admisible; si tampoco puede serlo una conveniencia egoísta de orden puramente material, solamente quedan las explicaciones siguientes: un sentimiento ideológico, aunque equivocado, incompatible con la tacañería de su comportamiento frente a las clases humildes, o un compromiso secreto, verdadero pacto establecido con las agrupaciones judaico-marxistas.

Esta última suposición, aun siendo la más grave de todas, es, a poco que se medite, la más convincente. Existen, en primer lugar, pruebas fehacientes de que algún conspicuo intelectual de los «Al servicio de la República» es considerado en boletines masónicos como individuo afiliado a la organización, y al mismo tiempo se encuentran en investigaciones perspicaces, sólidamente conducidas, pruebas seguras de que alguna de las personalidades aludidas se halla, desde hace tiempo, al servicio remunerado de una poderosa nación extranjera. [62] Por estupenda y aventurada que parezca esta última afirmación, no deja por ello de ser absolutamente cierta. Datos indiscutibles e inconmovibles me permiten, con toda seguridad, aseverar lo que digo. Claro está que no para todos los profesionales aludidos en anteriores párrafos se puede encontrar una tan concluyente demostración como la por mí adquirida; pero no por ello deja esta última de tener su debida importancia, por aquel refrán tan castellano: «Dime con quién andas y te diré quién eres.» Aparte de que la concatenación con los grupos directores de sociedades internacionales secretas puede hacerse no sólo de un modo directo, como afiliado de número a las mismas, sino también indirectamente, a través de las personas que a ellas pertenecen, y de las cuales reciben inspiraciones, consejos, órdenes, a cambio de protecciones, ayudas y toda suerte de ventajas.

Sólo un grave compromiso –la consideración de un serio peligro en el caso de tangible desobediencia– puede explicarnos el modo de actuar de aquellos individuos amantes del bien vivir, guardadores de riqueza, felices y enamorados de la vida, poseedores de gajes e influencias bien apreciables, dotados por su valer, añadido a la oportuna, eficaz y continua propaganda de sus talentos, de una fuerza político-social de primer orden; solamente esto puede justificar la marcha ciega por el camino de perdición, al término del cual, con la ruina de la Patria, forzosamente hablan de tropezar con su [63] propia ruina, pues aunque el mundo judaico-marxista les brinde, para su porvenir, ambiente y recursos en exótica tierra, es, al fin y al cabo muy duro, aun servido en vajilla de plata, el pan de la emigración.

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 53-63