Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo IV

Sumario: San Carlos: su representación ideológica y romántica. – Nuevas costumbres poco edificantes. – Esfuerzos excesivos de los independientes en la atmósfera de los claustros de la Universidad de Madrid.

En el año 1921 hice mis oposiciones a la cátedra de Pediatría de la Facultad de Medicina de Madrid. Tuve la fortuna de obtener el puesto deseado, por haber sido aquella Escuela de San Carlos la que me había formado en mi profesión, y en la que había realizado todos mis estudios. San Carlos representaba –sigue representándolo, a pesar de su última desgraciada historia– el alma mater, llena de vivos recuerdos. emotivos. Con el espíritu vibrante fui aquel mismo año a tomar posesión del sillón de profesor, lleno de ilusiones, con la esperanza de hallar en el Claustro y en las aulas la plena satisfacción del trabajo, para mí agradable, confortante, de la enseñanza. Recordaba, al atravesar, el día de mi lección inaugural, el umbral del vetusto portalón de la calle de Atocha, todos los hechos vividos durante los años lejanos de estudiante. [44] Las figuras de mis viejos maestros parecíame verlas salir a recibirme, y en mi memoria, convertida en sueño de realidad, se dibujaban los rostros, con su propia expresión, de los Olóriz, Gómez Ocaña, Hernando (D. Benito), Ribera, Sánchez Herrero, el Marqués del Busto, Chacón, Yáñez, y, presidiendo aquel cónclave cariñoso, el Dr. Cajal, insigne histólogo, gloria de la Ciencia española. El despertar de aquel verdadero sueño, a los pocos días de mi llegada, no resultó placentero. De aquellas preclaras figuras del profesorado, sólo quedaban dos, y éstas en el ocaso de la existencia: Cajal y Jiménez, ambos achacosos y próximos a la jubilación. El primero, fue oficialmente, por imperio de la ley, separado de la enseñanza a los pocos meses; el segundo no alcanzó la fecha de su jubilación, pues antes la Parca segó su existencia.

En vez de aquel antiguo conjunto de ilustres catedráticos, eminentes no sólo por su ciencia, sino por la austeridad ejemplar de su vida, la Facultad presentaba otros indudablemente de talento y saber; pero con modos y costumbres muy distantes de los que convenían a la juventud escolar y a la Patria.

Al frente del Colegio de San Carlos se encontraba como decano un ginecólogo completo, dominador de la técnica, con talento indudable; pero en el cual las costumbres públicas y privadas, el estilo de sus modales, el acento catalán no depurado lo suficiente por la finura del habla castellana, y la audacia, envuelta con un sentido crematístico de las [45] actividades sociales y profesionales, formaban en su conjunto una nueva personalidad muy diferente de aquellas otras por mí conocidas durante los verdes años de mi carrera médica. Era el Dr. Recaséns –pues a él me refiero– un hombre que, aparte de su valía como especialista, había introducido en Madrid, a donde llegó por sus propios méritos de opositor, hacia el año 1903, nuevos sistemas de trabajo y costumbres, de efectos sugestivos en la clase médica madrileña, y, más tarde, también en la de provincias. Lo primero que el Dr. Recaséns hizo en la profesión, fue establecerse con un boato excesivo y no acostumbrado en las anteriores épocas. Casa, tren automovilístico, criados con casaca, fiestas de magnate, exhibiciones y propagandas, pasaban la sencillez austera que habían usado en su desenvolvimiento social y profesional sus predecesores en la cátedra. Delicado es hablar de la vida privada, y no he de ser yo quien tenga el mal gusto de entrar en detalles sobre la del Dr. Recaséns; pero no puede negarse que el hombre con funciones de carácter público, el maestro sobre todo, debe llevar una existencia íntima tan ejemplar como la externa, pues tanto una como otra, sobre todo si falta la prudencia, evitadora del escándalo, saltan a la vía pública, se convierten en comidilla de murmuradores, y trastornan el ideario y los sentimientos de los jóvenes asistentes a las aulas del maestro, en el que deben encontrar, no solamente al sabio pedagogo, sino también al hombre que les eduque [46] cívicamente con el ejemplo. No en balde aquel antiguo aforismo latino fue escrito como rector de la condición integral del médico: «Vir probus, medendi peritus». Probidad y pericia: he aquí los elementos constitutivos fundamentales de la personalidad del médico y de todo profesional. Siendo Recaséns, en el fondo, hombre cordial y bueno, sus maneras bruscas y su afán de notoriedad, así como la vida plena de agitación un tanto exhibicionista, le colocaban en pésimas condiciones para servir de modelo a la juventud escolar.

La fastuosidad de su existencia había prendido. El ser catedrático de San Carlos parecía exigir una «montura social» más o menos estrepitosa. El lujo acompañaba, y ha seguido acompañando, a un grupo numeroso de los catedráticos de Clínica, los cuales parecían verse obligados a seguir el ejemplo de su decano. Como el espíritu imitativo es algo irrefrenable, en poco tiempo, so pretexto de las modernas necesidades de la época, de las nuevas exigencias de la profesión, y de la importante complejidad de los instrumentos de trabajo, los primates madrileños de la Medicina, seguidos de la turbamulta de los espíritus copiadores de los actos ajenos, de los arrivistas y de los vanidosos, empezaron a instalarse con esplendidez desconocida anteriormente, con lo cual se creó en la capital de España un modo exagerado de vida lujosa, causante de muchas ilícitas competencias, de luchas crueles, de divisiones, y de todos los males que consigo [47] llevan las dificultades económicas producidas por todo sistema desprovisto de sencillez y modestia. Así, con paso rápido, hasta alcanzar los tiempos de la República, en mala hora implantada, el Claustro de Medicina, con número elevado de profesores, podía dar el espectáculo de convertir el vestíbulo de entrada a la Facultad en un «garaje de lujo», en el que las más costosas marcas de automóviles se exponían mañana y tarde, acreditando la importante vida social de sus poseedores. Hasta los jóvenes ayudantes que, según frase picaresca, padecían el «automóvil congénito», rivalizaban en sus pretensiones de «personalidades de campanillas» introduciéndose en un plan de economía incompatible con las posibilidades del comienzo de la carrera y con la tranquilidad de un bienestar sencillo, prometedor de más lejanos y graduados beneficios.

Aunque mi conocimiento de la vida de los intelectuales de Facultades distintas, como la de Derecho, es inferior al que poseo de los profesores médicos, no creo andar descaminado en la consideración de que en aquéllos también el «tono» de la misma se había aumentado con un paralelismo análogo al de los claustrales de San Carlos; todo como resultado de una cuantía de ingresos mayor, derivada del ejercicio particular de la profesión.

Ciertamente que estas circunstancias estaban, en parte, justificadas por la índole de la Medicina y el Derecho, y en parte exageradas por el modo voluntario de vivir. Las condiciones económicas [48] establecidas para muchos de los catedráticos y auxiliares de las dos Facultades citadas, formaban un doloroso contraste con la situación del profesorado de Ciencias y Letras. De aquí surge un motivo que explica la adhesión de varios de estos profesores a las Obras institucionistas, consecuencia obligada de las subvenciones, gratificaciones, viajes, &c., que la Junta de Ampliación de Estudios les ofrecía para mejorar su posición económica y, de paso, para adquirir adeptos.

Volviendo a nuestra Facultad de Medicina de Madrid, diré que, entre los años 1921 a 1936, era notoria la más que desahogada vida de muchos de sus miembros, no sólo de los catedráticos de número, sino de bastantes auxiliares y ayudantes. Se notaba, por cierto, la paradoja de que aquellos que se decían más amantes de los partidos proletarios, expositores frecuentes de sus simpatías hacia las clases humildes, eran no sólo los que se procuraban mejores comodidades, sino los que mantenían una vida que pasaba, con mucho, de la holgura. No tuve noticia de que ninguno de ellos repartiera, como Tolstoi, su fortuna entre los menesterosos y se fuera a practicar desinteresadamente el beneficio de su sabiduría entre los pobres, abandonando el profesional negocio. Con los hábitos descritos, la Facultad había perdido sus severas y ejemplares costumbres antiguas. Una necesidad de comerciar y de ganar dinero suplantaba, en gran parte, al espíritu cordial y puro de los verdaderos hombres de ciencia. [49] El «templo de la sabiduría había caído en manos de los mercaderes» y un hálito judaico parecía empujar a los representantes de la Enseñanza médica en busca del oro. En todas las latitudes y sectores de las sociedades humanas, cuando el espíritu se mercantiliza y el ideal sucumbe ante el grosero materialismo, sucede siempre que el interés conduce a formas de asociación incompatibles con la pureza de las costumbres. Una de las primeras y esenciales, en la defensa de los beneficios metálicos, es el trust. Esta organización se había producido, yo creo que de modo espontáneo, entre un grupo de aquellos profesores. Unidos, y recomendándose recíprocamente en la práctica profesional, salvaguardaban mejor sus ingresos. Es claro que esta unión para lo material era compatible, y hasta se hacía preciso que fuese aparejada con la del ideario. Sobre éste no había duda. Los del grupo eran ateos profesionales. Con frecuencia y oportunidad hacían manifestaciones delante de sus discípulos de su ateísmo –¡quién sabe si en el fondo alguno de ellos no estaría demasiado convencido del mismo, de igual modo que en la «acera de enfrente» muchos hipócritas se manifiestan poseedores de una fe católica en la cual no creen!–. El «negocio», principalmente; la ideología, en segundo lugar, eran los motores, a mi parecer, que les impulsaban a defenderse mutuamente y a establecer combinaciones crematísticas, o de otra naturaleza no extraña a la hermenéutica. Así puede explicarse la [50] simpatía de ese grupo de profesores, cuyos nombres no hace falta estampar, por ser bien conocidos, con las organizaciones masónicas e institucionistas. Tal método de vida, dirigido por los más conspicuos entre los catedráticos sectarios de la Universidad –me refiero en este momento a todas las Facultades–, dentro de lo poco enaltecedor del mismo, hubiese resultado lógico con la psicología de los ejecutantes si no apareciese en pugna con la adhesión a una labor política destructora del hogar, de la riqueza, de la cultura y del bienestar, como ha sido la patrocinada por estos y otros «sabios» causantes de la destrucción de la Patria.

El cuadro que describo, aplicado ahora solamente a San Carlos, da idea aproximada a la verdad de lo que este Claustro ha sido durante los pasados años de mi convivencia como profesor dentro de su seno. Compréndese bien que toda aspiración moral a una vida correcta, del tipo sacerdotal antiguo, inspirado por nuestro Padre Hipócrates, tenía forzosamente que sufrir un inmenso quebranto; porque donde debía haberse encontrado amistad pura, vocación profesional, seriedad en la conducta y deseos de mejoramiento universitario, se hallaba agitación de negocio, valores entendidos, intrigas para obtener cargos o puestos, despotismo, orgullo y escasa educación; defectos, todos los mencionados, productores de malestar e interno disgusto para quien llegaba, como yo lo hacía, henchido de buena fe.

Desde la primera de las «Juntas de Facultad» a [51] que asistí, hice la observación de la rapidez y ligereza con que se trataban los asuntos más interesantes para la Enseñanza. También noté cómo las determinaciones, lo mismo que las designaciones, para puestos y honores, venían resueltas de antemano por los «del grupo». Sus acuerdos se tomaban, indudablemente, fuera del recinto universitario; de tal modo, que la minoría resultaba prácticamente eliminada en la dirección de los asuntos académicos. En los comienzos de la vida profesional de un nuevo catedrático, si por casualidad éste no era de los previamente sometidos a los «gobernantes» de la Casa, procuraban introducirle en alguna Comisión o puesto más o menos significativo, a fin de atraerle a su campo con la «dedadita de miel». Aquello era una promesa de mejores atenciones, siempre que se portara como «niño dócil a sus mandatos»; quién sabe si hasta podía llegar a ser miembro de número de la sociedad de «elogios mutuos», e «intereses protegidos». Mas ¡ay del rebelde! Para éste se abrían las mazmorras del «silencio». La conspiración tácita se ejercía en torno de su persona, y con el mecanismo de la «máquina neumática», se procuraba enrarecer la atmósfera en su alrededor. ¡Qué esfuerzos tenía que realizar para defenderse de esos bois de silence establecidos por la secta, desde el momento que el espíritu de independencia se rebelara contra el caciquil conjunto de los directivos de San Carlos! Falto de la complacencia de los magnates, el mesurado o ardiente [52] elogio interesado, dentro del cónclave, de los ayudantes de cada catedrático, el profesor no dispuesto a cometer la indignidad de someterse a los ukases de los «asociados» tenía necesidad de contar con la producción de un trabajo pedagógico y profesional cuatro veces mayor que el de sus aprovechados colegas. En este ambiente duro, de trabajo fuerte, conocí a estimables compañeros que, por falta de voluntad o de energía para la lucha, sucumbieron. En cambio, los que supieron resistir y apretar, a pesar de los sufrimientos del esfuerzo, tuvieron ocasión de comprobar lo exacto de aquel aforismo nietzscheano: «Ten por cierto que, en los combates de la vida, el enemigo que no te destruye te hace más fuerte»; pensamiento muy parecido al de nuestro Menéndez y Pelayo: «Los caracteres se templan en el yunque de la adversidad.»

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 43-52