Fernando Garrido (1821-1883)
¡Pobres jesuitas! (1881)
Biblioteca Filosofía en español, Oviedo 2000
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Capítulo III

Sumario. Consideraciones sobre el primitivo carácter de la Compañía, y tendencias del fundador. –Creación de las misiones religioso políticas. –Privilegios alcanzados por los Generales que siguieron a San Ignacio. –Autoridad de los Papas.

I.

Hablando de San Ignacio, dice uno de los rectos magistrados, que contribuyeron a expulsar a los jesuitas en el pasado siglo:

«El fundador de la Compañía de Jesús fue un fanático entusiasta, convencido de que se puede predicar y enseñar la religión sin haberla estudiado; y que se proponía convertir a los judíos, griegos e infieles de todas las naciones, sin saber más lengua que la suya. Creíase dispensado del trabajo a que se sometieron las grandes lumbreras de la Iglesia, antes de ejercer un ministerio que exige ciencia y capacidad. Esta fue la causa de sus prisiones y disgustos, antes de fundar [43] su Compañía, y de estudiar teología en Alcalá, Salamanca y París. Mas debe hacérsele la justicia de creer, que si la lectura de leyendas le dio nociones poco exactas, no tuvo otro móvil que la salvación de las almas. Llevó a su Instituto las ideas en su tiempo dominantes respecto al poder absoluto de los Papas; pero no dedujo las terribles consecuencias que otros sacaron después.

Lainez, que sucedió a San Ignacio, y Aquaviva, que después de Everard, reemplazó a San Francisco de Borja, cambiaron, o por mejor decir, corrompieron las tendencias de las Compañía, de la cual, tal como ha exigido y existe en nuestros días, deben considerarse fundadores más que el mismo San Ignacio.

»Fue Lainez un religioso cortesano, General por la intriga, y semipelagiano por principios.

»Pertenecía Aquaviva a una familia de la nobleza napolitana, y educado, como Lainez, en la grandeza de la corte pontificia, no se sintió dispuesto a imitar la sencillez de San Ignacio.

»Estos Generales formaron y establecieron el plan del imperio de la Compañía, tomando por modelo el de la Iglesia romana, que tenían a la vista, creando así una Iglesia [44] dentro de otra, que tarde o temprano debía inspirar celos e inquietudes a su modelo.

»Veían un imperio medio teocrático, medio político; una corte, con sus cortesanos y su hacienda; y la reunión de dos autoridades, en la que consideraban a un monarca del mundo, ejerciendo el poder espiritual, por sí mismo y por medio de sacerdotes, en quienes delega parte de él; y el poder temporal por seglares, que le sirven de sostén, y cuyo poder se reserva el derecho de suprimir, deponiendo soberanos, y erigiendo señores, relevando de la obligación de la obediencia a los vasallos de los que no se someten a la autoridad pontificia.

»Sobre el modelo de este imperio temporal de la Iglesia romana, hicieron calcar, Lainez y Aquaviva, el Instituto de la Compañía, creyendo que debían aumentar su autoridad en lo temporal y en lo espiritual, su consideración, su crédito y sus riquezas. De esta manera constituyeron su política mundana, según la cual la Compañía, ha gobernado desde entonces sus establecimientos, colegios, seminarios, y su misma dirección.

»San Francisco de Borja, que sucedió a Lainez, ya lo observó en 1569, trece años apenas transcurridos desde la muerte de San Ignacio, y condenó la ambición, el orgullo y [45] amor a las riquezas, que en su tiempo reinaban en la Compañía, y cuyas funestas consecuencias temía, en carta dirigida a los jesuitas de Aquitania, impresa de Iprés en 1611.»

También el historiador Mariana, que puede considerase lumbrera de la Compañía, a la que pertenecía desde 1554, siendo General San Ignacio, y que conoció cinco de sus sucesores, decía, en su libro titulado DE LOS DEFECTOS DE LA SOCIEDAD DE JESÚS, capítulo 3ยบ, «que San Ignacio y los primeros Generales, no gobernaban tan despóticamente como Aquaviva, y que no era sorprendente que su despotismo enajenara las voluntades. Y en el capítulo 19 asegura, que las leyes y, sobre todo, las reglas de la Compañía, se cambiaron con frecuencia, de manera que la Corporación ha llegado a ser enteramente contraria al plan del fundador.»

La lógica consecuencia del principio de la obediencia pasiva, establecido y enaltecido por San Ignacio, como fundamento de su Sociedad, no podía menos de dar los frutos de que se quejaban San Francisco de Borja y el padre Mariana. Lainez y Aquaviva no hicieron más que servirse del instrumento que San Ignacio había creado, para engrandecer la Sociedad de que eran alma y cabeza.

El Papa Pablo IV encontró peligrosa para [46] la autoridad pontificia la perpetuidad del generalato, y como así lo manifestara, Lainez hizo que la congregación que le dio el cargo, declarase, que estando así determinado en sus constituciones, sería siempre electivo y vitalicio el cargo de General.

II.

Aquaviva fue más aprisa que lo que las circunstancias permitían, y tuvo que habérselas con la Inquisición de España, y con muchos de los primeros jesuitas españoles; pero en cambio obtuvo de Gregorio XIII permiso para comerciar en las Indias, so pretexto del bien de las misiones, y un privilegio exclusivo para mandar misiones al Japón. Él fue quien fundó las misiones político religiosas del Paraguay, origen del engrandecimiento temporal de la Compañía, y de la corrupción de las miras espirituales del fundador, ya muy falseadas por Lainez.

Los hechos han demostrado, que el espíritu cristiano, sirvió desde entonces de medio al espíritu mercantil y político, empleando aquel como instrumento para satisfacción de estos; pudiendo decirse, que sin abandonar su muestra, la Compañía de Jesús, ha sido y sigue siendo Compañía de Mercurio. [47]

La política de la Compañía consistió en entrar rezando por salir mandando; y pueden aplicarse aquellos versos de nuestro poeta, que dicen:

«Viéronse estos traidores
Fingirse amigos para ser señores,
Y el comercio afectando.
Entrar vendiendo por salir mandando.»

En efecto, los jesuitas llevan a sus misiones la vara de medir tras el Cristo; y los fardos de medallas benditas, escapularios y rosarios, imágenes y bulas, revueltos con los barriles de aguardiente, pólvora y armas, los venden a los infieles que catequizan.

Para ellos todo es mercancía. ¡Ah; si Jesús volviera! ¿No es verdad que empezaría por arrojar del templo a estos mercachifles, que usurpan el nombre de cristianos, llamándose nada menos que Compañía de Jesús?

Verdad es que esta política mercantil, que caracteriza a la negra Compañía, no fue invención suya; tiempo hacía ya que los Papas habían introducido en la Iglesia católica el espíritu mercantil, llevándolo hasta vender, no solo reliquias falsas o verdaderas, sino las indulgencias y perdones por toda clase de pecados, y de servicios espirituales prestados a los fieles. Aquaviva no hizo más que seguir las tendencias y la política [48] dominantes en la Iglesia, explotándolas en provecho de la Compañía, de que era director.

Pero dejemos ahora esto del industrialismo jesuítico, que no tardaremos en ver a los jesuitas ante los tribunales por bancarrota.

III.

Es de notar, que las constituciones de la Compañía de Jesús, no se parece a las ninguna de los Órdenes religiosas, fundadas antes o después de la suya, y pueden resumirse en esta frase:

Someter el fanatismo más exaltado a sistema, a métodos y reglas de conducta, poniendo sus arranques, habitualmente desordenados e inciertos, bajo una severa férula, al servicio de un gran poder, a un tiempo religioso y político.

En la Bula de 1540, en la que autoriza la fundación de la Compañía, San Ignacio, y sus compañeros, declaran que sólo obedecerán al Papa, y que le obedecerán sin reserva; y en las constituciones se dice, que se le debe obedecer como si fuera Jesucristo, despojándose de todo pensamiento propio, y persuadiéndose de que es justo cuando manda, debiendo estarles sometidos los mismos reyes.

Sobre esto, no solo están de acuerdo las [49] constituciones, sino todos los escritores jesuitas.

«Un rey, dice Salmerón, compañero de San Ignacio, al recibir el bautismo y renunciar a Satanás, se somete tácitamente a no abusar su poder contra la Iglesia, y se entiende que consiente en ser destronado si así no lo hiciera. Es de derecho divino, que los cristianos no pueden elegir rey que no sea cristiano... ¿Cómo un Soberano espiritual será menor en la Iglesia, que fue en la Sinagoga, y no podrá hacer un rey, como le convenga y sea su gusto?

«El poder que los sacerdotes tenían sólo figurado en la antigua ley, lo tienen mucho más amplio en el Nuevo Testamento, sobre el cuerpo de los reyes y sobre sus bienes... El obispo de Roma, sucesor de San Pedro, puede, por el bien de su rebaño, arrebatar con la palabra la vida corporal, y hacer la guerra a los herejes y cismáticos, y exterminarlos, sirviéndose al efecto de los príncipes católicos; porque Jesucristo, mandándole apacentar sus ovejas, le ha autorizado a arrojar los lobos y matarlos, si perjudican al rebaño. Y lo que es más, si el cabestro o morrueco que va a la cabeza del rebaño, perjudica a las ovejas, sea con un mal contagioso o acometiéndolas a cornadas, podrá el pastor [50] deponerlo de su principado y dirección del rebaño.

«En los casos temporales, no ha dado Dios a San Pedro y sus sucesores más que el dominio indirecto sobre todos los imperios y reinos del mundo, en virtud del cual puede, si la utilidad de la Iglesia lo exige, cambiarlos, transferirlos y hacerlos pasar de una a otra mano.»

Esto dice el jesuita Salmerón.

Oigamos ahora al jesuita Bellarmino:

«Sostenemos, dice, que el Papa tiene poder para disponer de todos los bienes temporales de todos los cristianos. El poder espiritual no se mezcla en los asuntos temporales, con tal de que no perjudiquen a los espirituales, o que no sean necesarios para llegar a perjudicarles; si esto sucede, el poder espiritual puede y debe detener al temporal, por todos los medios que crea convenientes. El Papa puede, por tanto, cambiar los imperios, quitar la corona al uno para dársela al otro, como príncipe soberano espiritual, si lo juzga necesario para la salvación de las almas.

«Si los cristianos no depusieron a Nerón y a Diocleciano, a Juliano el apóstata y Valente, que era arriano, no era por falta de derecho sino de fuerza... [51]

Y añade Bellarmino, hablando en nombre del Papa.

«Si la obediencia a tu rey compromete tu salvación, entonces yo soy superior a tu rey, hasta en las cosas temporales... Vosotros sois las ovejas y los reyes los moruecos; permito que os conduzcan y os gobiernen; pero si se convierten en lobos, ¿debo consentirles que guíen las ovejas de mi Señor?...

La doctrina católica romana hace de los pueblos libres rebaños, de que los Papas son pastores, y moruecos los reyes. La misión que a éstos atribuye el catolicismo es guiarlos al son de sus cencerros: la de los pastores es conocida, trasquilarlos, ordeñarlos, y por último, comérselos. Pero continuemos citando a los autores jesuitas.

IV.

Y continúa diciendo el mismo historiador:

«Vosotros no reconoceréis, por tanto, como rey al que quiera separaros del buen camino, ni al que yo arrojare de la sociedad de los justos, privándole de su reino, sino que prestaréis al que le reemplace legítimamente, la obediencia civil debida al rey.»

Según el jesuita Molina: «el poder espiritual del Papa lleva, como dependiente, el [52] más amplio poder temporal, y jurisdicción sobre los príncipes y sobre todos los fieles de la Iglesia; de manera que, si el fin de la vida eterna lo requiere, puede el Papa deponer a los reyes, y privarles de su reino; suprimir sus leyes y edictos, no solo con censuras, sino obligándoles con penas exteriores y a fuerza de armas, sirviéndose al efecto de otros príncipes sometidos a su autoridad; pues para esto, Soberano Pontífice resume en su persona el supremo poder temporal y espiritual.

«Jesucristo no hubiera proveído a las necesidades de su Iglesia, sino hiciera vasallos del Papa a todos los príncipes temporales, atribuyéndole plenísimo poder paras obligarles y conducirles, según su cargo, a lo que crea necesario para los fines sobrenaturales.

«El Papa puede deponer a los reyes, si la conservación de la fe en la Iglesia, o la del bien común espiritual lo exigen.

«Si un príncipe se hace hereje o cismático, el Papa puede usar contra él de su poder temporal, deponiéndole y haciéndole arrojar de su reino.

«Además, si los reyes cristianos se hacen la guerra por causas temporales, cualesquiera que sean, y pudiesen de ella resultar [53] perjuicios a la Iglesia, el Papa podrá dirimir la querella, aun a pesar de ellos, y estarán obligados a atenerse al juicio. Y si no lo hace, es porque teme que se subleven contra la Sede Apostólica, o sucedan otros inconveniente más grandes.»

Según la doctrina católica, sustentada con la vehemencia por los jesuitas, el Papa es rey de reyes, y puede, no solo destronarlos, sino quitarles la vida. Sin embargo, los jesuitas no reconocen en él el derecho de deponer a su general, ni el de darles otro, ni siquiera el de disolver la Compañía, pues cuando un Pontífice romano se atrevió a disolverla, ellos no la dieron por disuelta, sino que, contra la expresa orden del Papa, se congregaron en un país cismático, nombraron nuevo General, y no tuvieron más en cuenta la voluntad del Papa, que las nubes de antaño. ¿Qué significa, pues, el propósito de La Compañía de Jesús, de defender la supremacía del Sumo Pontífice, y la extinción de sus dominios? Un pretexto, por no decir una alcahuetería. [54]


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Fernando Garrido
¡Pobres jesuitas!
Madrid 1881, páginas 42-53