Tomás Lapeña
 
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Ensayo sobre la historia de la filosofía
desde el principio del mundo hasta nuestros días

tomo I · Burgos 1806 · páginas 153-155

 
Capítulo XII · § único
Filosofía de los Fenicios
 

Los Fenicios componían un pueblo interesado, inquieto, y turbulento, que se atrevió el primero a exponerse sobre débiles tablas, y atravesar los Mares, visitar las naciones, llevarlas sus conocimientos y producciones, tomar las de las extranjeras, y hacer de su país el centro del universo habitado. Pero estas atrevidas empresas no se forman sin la invención de las ciencias y de las artes, de donde se infiere, que la Astronomía [154], Geometría, Mecánica y Política, eran muy antiguas entre los Fenicios. Estos pueblos tuvieron Filósofos sin duda, y célebres seguramente. De este número fue Moscho o Mocho, que se dice natural de Sidón. Posidonio despoja a Leucipo y a Demócrito de la invención del sistema de los átomos en favor del filósofo Fenicio, pero hay mil autoridades que reclaman contra el testimonio de Posidonio. Después del nombre de Moscho viene el de Cadmo según los anales de la filosofía Fenicia. Los Griegos le hacen hijo del Rey Agenor; los Fenicios, más dignos de fe sobre un hombre de su nación, le representan como el Intendente de su casa. La Mitología dice, que se huyó de la Corte de Agenor con harmonía diestra flautista, que llegó a la Grecia, y fundó en ella una pequeña Colonia. Prescindiendo de lo que hay de verdadero y falso en esta fábula, lo cierto es, que inventó el alfabeto griego, y que este beneficio solo exige cualquiera honor. Hubo entre Cadmo y Sanchoniaton otros filósofos, pero no ha llegado a nosotros alguna de sus obras.

Sanchoniaton es antiquísimo, escribió antes de la era Troyana; tocaba al tiempo de Moisés, y era de Biblos; las obras que pasan por suyas son supuestas, y su sistema de Cosmogonía es el siguiente. El aire tenebroso, el espíritu del aire tenebroso, y el caos, son los primeros principios del Universo. Eran infinitos, existieron largo tiempo antes, que los circunscribiese límite alguno. El espíritu amó a sus principios; se mezcló con ellos; ligaron las cosas; nació el amor, y se formó el mundo. El espíritu no conoció su generación. El espíritu ligando las cosas engendró a Mot. Mot, según algunos, es el barro; y según otros, la putrefacción de una masa acuosa. Este es el origen de todas las semillas, y principio de todas las cosas; de él salieron los animales privados de [155] órganos y de sentidos, que con el tiempo se hicieron entes inteligentes y contempladores del Cielo: los cuales estaban antes bajo la forma de huevos. Después de la producción de Mot, se siguió la del Sol, la de la Luna, y de los demás astros. Del aire iluminado por el Sol, humedecido por el Mar, y calentado por la Tierra, se formaron los vientos, las nubes, y las lluvias. Las aguas se separaron por el calor de el Sol, y se precipitaron en su lugar formando truenos y relámpagos. A este ruido los animales dormidos se despiertan, salen del barro, y pueblan la tierra, el mar, y el aire, machos y hembras. Los Fenicios fueron los primeros hombres producidos del viento y de la noche.

Esto es cuanto se nos ha transmitido de la filosofía de los Fenicios, que a la verdad es bien poco: ¿y será la causa, el que el espíritu del comercio sea contrario al de la filosofía? ¿Consistirá, en que un Pueblo que viaja únicamente por enriquecerse, apenas piensa en instruirse? puede ser muy bien. Compárense los innumerables enjambres de Europeos que pasaron de nuestro Mundo al que descubrió Colón, con lo que conocemos de la historia natural de los países que corrieron, y júzguese después. ¿Qué pregunta un Comerciante, que baja de su Navío sobre una ribera desconocida? ¿se informa acaso del Dios que se adora, del gobierno, y de sus Leyes? nada de eso. Sus palabras se reducen a éstas: ¿Tenéis Oro? ¿Pieles? ¿Cotón? ¿Especias? Si encuentra estas substancias, da las suyas en cambio: marcha y vuelve cien veces a la misma costa, sin dignarse siquiera de preguntar, de que provienen aquellos efectos, y como los cultivan y recogen. Se contenta con calcular, lo que le producirán a la vuelta, sin atender a nada más.


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Tomás Lapeña
Historias de la Filosofía