Tomás Lapeña
 
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Ensayo sobre la historia de la filosofía
desde el principio del mundo hasta nuestros días

tomo I · Burgos 1806 · páginas 156-159

 
Capítulo XIII · § único
Filosofía de los Canadienses
 

La mayor parte de los que no han visto ni oído hablar a los Salvajes, se figuran, que son hombres cubiertos de pelo, que viven en los bosques sin sociedad como las bestias, y que no tienen de hombres mas que una figura imperfecta. Los Salvajes a excepción del cabello y las pestañas, que muchos se arrancan, no tienen pelo sobre el cuerpo, por que si por casualidad les sale alguno en alguna parte de él, tienen gran cuidado de quitárselo. Nacen blancos como nosotros, pero su desnudez, los aceites con que se untan, y los varios colores con que se pintan, los cuales a fuerza de tiempo quedan impresos en la piel, los desfiguran. Son altos, regularmente tienen más talla que nosotros, las facciones de la cara son bastantemente regulares, la nariz aguileña; en general son bien hechos, y es muy raro hallar entre ellos algún cojo, giboso, tuerto, o ciego, &c. Haciendo concepto de los Salvajes a primera vista, es imposible formarlo bueno: porque su mirar es feroz, su porte rústico, sus modales tan simples y su carácter tan taciturno, que sería muy difícil a un Europeo, que no los conociese, el creer, que aquel modo de obrar es una especie de política a su modo, de la cual guardan entre sí todas las formalidades, como nosotros observamos las nuestras, que para ellos son ridículas. Son pues muy poco cariñosos, y hacen pocas demostraciones: pero no obstante son buenos, afables, y ejercen con los extranjeros y desgraciados una caritativa hospitalidad, digna de imitarse aun de muchos pueblos civilizados. Tienen la imaginación bastante viva, piensan con juicio en sus negocios, caminan a su fin por medios seguros obran con sangre fría, y con una flema que seguramente [157] acabaría con nuestra paciencia. Por razón de honor y por grandeza de alma, no se entristecen casi nunca. Su corazón es altivo y fiero, tienen un valor a toda prueba, un espíritu intrépido, una constancia en los tormentos que parece que excede al heroísmo, y una igualdad de alma que ni la adversidad ni prosperidad alteran jamás. Todas estas bellas cualidades serían demasiadamente dignas de admiración, si por desgracia no se hallasen acompañadas de muchos defectos: pues son ligeros y voltarios, poltrones hasta el exceso, ingratos extremamente, sospechosos, traidores, vengativos, y tanto más temibles cuanto mejor y por más largo tiempo saben encubrir su resentimiento. Ejecutan con sus enemigos crueldades inauditas; exceden en la invención de sus tormentos a toda la crueldad, que la historia refiere de los tiranos. Son brutales en sus placeres, viciosos por ignorancia y por malicia; pero su rusticidad y la escasez en que están de todo, les da sobre nosotros una ventaja, que es la de ignorar aquellas sutilezas del vicio, que introduce el lujo y la abundancia. Su filosofía y religión se reducen a esto.

Todos los Salvajes sostienen, que hay un Dios: prueban su existencia por la composición del Universo, que por todas partes hace ver la omnipotencia de su autor: de donde, dicen, se sigue, que el hombre no es obra de la casualidad sino de un principio superior, a quien llaman el grande espíritu. Este grande espíritu contiene todo, se deja ver en todo, obra en todo, y da el movimiento a todo; en fin todo lo que se ve y se concibe es este Dios, quien subsistiendo sin límites y sin cuerpo, no debe ser representado bajo la figura de hombre, ni de otra alguna cosa por bella, vasta, y extensa que sea: por lo cual le adoran en todo cuanto se presenta a su vista: de modo que cuando ven alguna cosa buena, curiosa, o bella, particularmente el Sol [158] y los astros, exclaman: ¡Oh grande espíritu por todas partes te nos dejas ver! Dicen, que la alma es inmortal, porque sino lo fuese serían todos los hombres igualmente dichosos en esta vida; pues siendo Dios infinitamente sabio y perfecto no podía haber criado a unos para que fueran dichosos, y a otros para hacerles desgraciados. Creen pues, que Dios, con una conducta que no conviene con nuestras ideas, quiere, que cierto número de criaturas padezca en este mundo para recompensarlas en el otro, por lo cual no pueden sufrir, el que se diga, que uno ha sido desgraciado por haber sido muerto, quemado, &c. diciendo que lo que tenemos por desgracia no lo es más que en nuestra imaginación, pues todo se hace por la voluntad de este ente infinitamente perfecto, cuya conducta no puede ser extravagante, ni caprichosa. El grande espíritu dio a los hombres la razón, para ponerlos en disposición de que pudiesen discernir el bien y el mal, y seguir las reglas de la sabiduría y justicia. La tranquilidad del alma agrada infinitamente a este grande espíritu, y detesta igualmente el tumulto de las pasiones, que hace a los hombres perversos. La vida es un sueño; cuando el hombre muere se despierta, y comprehende las cosas visibles e invisibles. No pudiéndose elevar el entendimiento del hombre al conocimiento de las cosas que están sobre la tierra, es inútil y perjudicial, querer penetrar las invisibles. Después de la muerte nuestras almas van a parar a un cierto lugar, en el cual no se puede decir, si los buenos están bien, y los perversos mal, porque ignoramos si lo que llamamos bien y mal, se reputa como tal por el grande espíritu.

A primera vista se deja ver, que estas máximas convienen mucho mejor a un pueblo culto, que a los salvajes, quienes sin duda las han tomado de él, aunque no sepamos de cual, como, ni cuando; no obstante se puede conjeturar, que las deben a los Judíos, pues muchas de las costumbres de los salvajes tienen gran [159] relación con las de ellos, como la de mantenerse separados de sus mujeres en aquellos mismos tiempos, en que lo acostumbraban estar los Judíos,{1} &c.

{1} Mor. Dic. hist.


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Tomás Lapeña
Historias de la Filosofía