Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 3 ❦ Capítulo III: 1
1. Generalización materialista dialéctica por Marx y Engels del desarrollo de las ciencias naturales.
El estudio de los descubrimientos de las ciencias naturales, con objeto de hacer una generalización filosófica de los mismos, ocupa un lugar importante en la labor teórica de Marx y Engels, sobre todo en los años 70 y 80 del siglo XIX. El examen de los problemas filosóficos de las ciencias naturales se encontraba en relación indisoluble con los nuevos avances del materialismo dialéctico creado por ellos, con el enriquecimiento y la concreción de las leyes y categorías fundamentales de la dialéctica materialista. Al mismo tiempo, el estudio que Marx y Engels hacen de los problemas filosóficos de las ciencias naturales significa la aplicación en este terreno del método de la dialéctica materialista con objeto «de hallar una solución concreta a las cuestiones más importantes de la ciencia y de fortalecer su pensamiento materialista.
Los fundadores del marxismo manifestaron siempre un profundo interés hacia los problemas de las ciencias naturales y hacia sus mejores realizaciones. En los años 40, cuando crean su concepción materialista dialéctica del mundo, y en los año 50 y 60, cuando la desarrollan, tuvieron siempre muy en cuenta las conquistas de las ciencias naturales y se apoyaron en ellas, singularmente en los grandes descubrimientos, que evidenciaban claramente el carácter dialéctico de los procesos y fenómenos de la naturaleza.
En los años 70 y 80, partiendo de los principios generales del materialismo dialéctico, los fundadores del marxismo se esfuerzan por hacer una síntesis filosófica sistemática de los avances de las ciencias naturales, con [128] objeto de elaborar un cuadro materialista dialéctico único del mundo, de descubrir la dialéctica de la naturaleza. Engels presta en sus obras singular atención a la síntesis filosófica de las realizaciones de la física, la química, la biología y otras ciencias. Marx manifiesta interés particular por los problemas filosóficos de las matemáticas.
El estudio de las ciencias naturales y la fijación de la actitud hacia sus realizaciones desde el punto de vista del materialismo dialéctico lo iniciaron Marx y Engels con el análisis y valoración de los tres grandes descubrimientos científicos de mediados del siglo XIX. Esto era así porque alrededor de los citados descubrimientos giraba el desarrollo de las ciencias de la naturaleza, contribuyendo a echar por tierra la concepción metafísica sobre los fenómenos naturales y al paso espontáneo de los naturalistas a las posiciones de la dialéctica. Como ya se dijo en el tomo II de nuestra HISTORIA, estos descubrimientos eran: la célula, la teoría de la conservación y transformación de la energía y el darvinismo. Los vertiginosos éxitos de la química, en particular de la química orgánica y la agroquímica, fueron también estudiados y valorados por Marx y Engels.
En la correspondencia de Marx y Engels, los problemas filosóficos de las ciencias naturales ocupan ya un lugar importante en los años 50 y 60. Al estudiar los descubrimientos hechos en este terreno, los valoran de conformidad con la dialéctica materialista por ellos creada. En una carta a Marx (14 de julio de 1858) Engels escribía: “... Envíame la Filosofía de la naturaleza, de Hegel, como me lo prometiste. Estoy estudiando ahora algo de fisiología y lo combinaré con el de la anatomía comparada. En esto hay algunas cosas estrictamente filosóficas descubiertas recientemente. Estoy muy ansioso por saber si el viejo (refiérese a Hegel. — N. de la Red.) previó algo de todo esto. Pero es indudable que si escribiese su Filosofía de la naturaleza ahora, todas estas cosas acudirían hacia él de todos los lados.”10
¿Cuáles eran los hechos que “acudían de todos los lados” a fines de los años 50 del siglo XIX, confirmando la dialéctica de la naturaleza? Engels hace la valoración, ante todo, del descubrimiento de la célula y de la ley de la conservación y transformación de la energía, es decir, de dos de los que más tarde había de calificar de tres grandes descubrimientos en las ciencias naturales. Según muestra, esos dos descubrimientos confirmaban la dialéctica en grado incomparablemente mayor de lo que era posible treinta años antes.
Al decir de Engels, “la principal cosa que ha revolucionado toda la fisiología y ha hecho posible por primera vez la fisiología comparada, es el descubrimiento de la célula (por Schleiden en las plantas y por Schwann en los animales...”11
Engels hace una síntesis filosófica de las conclusiones que se desprenden del descubrimiento de la célula; señala que esto conduce a la admisión de la unidad de toda la naturaleza orgánica, de la unidad de todo el proceso del desarrollo histórico de la vida desde su forma más simple e inferior hasta el organismo más complejo. Seguidamente, subraya que el [129] desarrollo del método comparado en biología lleva a la refutación de las fábulas idealistas clericales sobre el origen divino del hombre. Al propio tiempo señala que la teoría celular permite contemplar la naturaleza viva no sólo desde el punto de vista de la unidad y dependencia de sus formas y del desarrollo de éstas, sino también desde el punto de vista del desarrollo a saltos, condicionado por el paso de los cambios cuantitativos a cualitativos. “... Lo cierto es que la fisiología comparada –escribía Engels a Marx el 14 de julio de 1858– le inspira a uno un desprecio enorme por la exaltación idealista del hombre... A cada paso uno se topa con la más completa uniformidad estructural del hombre con el resto de mamíferos; en sus rasgos fundamentales, esta uniformidad se extiende a todos los vertebrados, e incluso –menos claramente– a los insectos, crustáceos, lombrices, etc. La historia hegeliana, con el salto cualitativo en la serie cuantitativa, se acomoda también aquí perfectamente. En fin de cuentas, en los infusorios inferiores llegamos al prototipo, a la célula simple, con vida propia, la cual tampoco se diferencia en nada tangible de los vegetales inferiores... ni del germen de las fases superiores del desarrollo comprendidos el óvulo humano y los espermatozoides...”12
Desde el punto de vista de la dialéctica materialista, Engels valora también otro gran descubrimiento de las ciencias naturales del siglo XIX: el de la ley de la conservación y transformación de la energía. Según la define Engels, es la ley según la cual el movimiento mecánico, es decir, la fuerza mecánica, en determinadas condiciones “(por ejemplo, mediante el razonamiento) se transforma en calor, el calor en luz, la luz en afinidad química, la afinidad química (por ejemplo, en la pila de Volta) en electricidad, y esta última en magnetismo”.13 Engels hace ver que los pasos de este género se pueden realizar en distintas direcciones. Refiriéndose, al parecer, a Grove, escribe que un inglés “ha demostrado que estas fuerzas pasan unas a otras en relaciones cuantitativas perfectamente de-. terminadas, de tal manera que cierta cantidad de una fuerza, por ejemplo, de electricidad, corresponde a cierta cantidad de cualquiera otra”, por lo que “es desechada... la absurda teoría del calor latente”. Engels pregunta: “¿No es esto un magnífico ejemplo material del modo como las determinaciones de la reflexión pasan unas a otras?”14
Con el descubrimiento de la transformación de la energía, señala Engels, quedan definitivamente desechadas las viejas representaciones meta-. físicas sobre el calórico (calor latente) y otros fluidos análogos.
Pocos años más tarde, Marx y Engels vuelven de nuevo a la valoración filosófica de la doctrina de la transformación de la energía y la vinculación recíproca de todas sus formas. En 1864 Marx escribe a Engels sobre el libro de Grove, al que considera como el naturalista más filósofo, no sólo entre los ingleses, sino también entre los alemanes.
Los fundadores del marxismo mostraron el más grande interés por el siguiente gran descubrimiento de las ciencias naturales del siglo XIX: la teoría evolucionista de Darwin en biología. Inmediatamente después de la aparición del trabajo de éste, El origen de les especies por selección [130] natural (1859), Marx y Engels se entregan a su estudio y lo comentan en los tonos más encomiásticos. A pesar de todos sus defectos, escribía Marx. el libro contiene datos científicos para la fundamentación del materialismo dialéctico; en él, “por primera vez, no sólo se descarga un golpe mortal sobre la “teleología” en las ciencias naturales, sino que, empíricamente, es revelado su sentido racional...”15 “... Este libro –indica Marx– proporciona una base histórico-natural a nuestras concepciones.”16 Análogamente pensaba F. Engels.
Este último escribió a Marx en 1859: “En general, Darwin, al que precisamente estoy leyendo ahora, es excelente. En este terreno, la teleología no había sido aún destruida, y ahora esto ha sido hecho. Además, hasta ahora no se había llevado a cabo un intento tan grandioso para demostrar el desarrollo histórico en la naturaleza, y más aún con tanto éxito. Se comprende que hay que transigir con el tosco método inglés.”17 Tal es la valoración general que Marx y Engels hacen del descubrimiento de Darwin.
Criticando la “manera de exponer” y otros defectos de Darwin en la explicación de su gran descubrimiento, Marx escribe a Engels, en carta del 18 de junio de 1862: “En Darwin, al que acabo de releer, me divierte su afirmación de que aplica la teoría «maltusiana» también a las plantas y 'a los animales, siendo así que en el Sr. Malthus todo el quid consiste en que su teoría no es aplicada a las plantas y a los animales y únicamente lo es a los hombres [que se reproducen] en progresión geométrica, contrariamente a lo que sucede con las plantas y los animales. Es de notar –agrega Marx– que en el mundo de los animales y de las plantas Darwin reconoce a su sociedad inglesa, con su... maltusiana «lucha por la existencia».”18
También Engels critica la afición que Darwin muestra por el maltusianismo. En una carta a F. A. Lange, del 29 de marzo de 1865, escribe: “También a mí, en la primera lectura de Darwin, me saltó a la vista la asombrosa semejanza de su representación de la vida de los animales y las plantas con la teoría de Malthus... Considero que para el moderno desarrollo burgués constituye la mayor de las vergüenzas la circunstancia de que no haya salido aún de las formas económicas del reino animal.”19
Los “darvinistas sociales”, entre ellos Lange, se aferraron a los lados débiles de la doctrina de Darwin, tratando de convertir el concepto de “lucha por la existencia” empleado por el naturalista inglés para explicar los fenómenos del mundo vegetal y animal, en una clave universal que permitía la interpretación de los fenómenos sociales, en algo así como una única gran “ley” natural. Marx y Engels combatieron vigorosamente a estos ideólogos de la burguesía, que trataban de justificar el régimen capitalista con injustificadas referencias al darvinismo y de presentar este régimen como el estado natural de la sociedad humana. En su carta del 27 [131] de junio de 1870 a Kugelmann, Marx califica mordazmente los procedimientos de los darvinistas sociales como un método muy persuasivo “para la afectada, fingidamente científica y grandilocuente ignorancia y pereza mental”.20
En lo que se refiere al estímulo o fuente principal del desarrollo en el mundo orgánico, Marx y Engels se limitan por el momento a responder en forma negativa: tal fuente o estimulo del desarrollo no es la lucha por la existencia, como Darwin suponía. Más tarde, en Anti-Dühring y en Dialéctica de la naturaleza, Engels expone detenidamente sus opiniones sobre el particular.
En las cartas de Marx y Engels de los años 50 y 60 se señala ya la manera de enfocar la solución de este problema desde el punto de vista del materialismo dialéctico. Esta solución sigue la línea que tiende a establecer la dependencia entre la evolución de los organismos (formación de especies) y las condiciones materiales de su vida. Con relación a ello ofrecen gran interés algunas cartas de Marx y Engels escritas en la segunda mitad de los años 60.
Estas cartas nos muestran que en aquel tiempo buscaban, dentro de las publicaciones científico-naturales de su época, trabajos en los que hallasen, si no la solución, al menos el planteamiento de los problemas que Darwin había dejado sin respuesta en su Origen de las especies. Esto prueba que los fundadores del marxismo, aun viendo en la teoría darvinista del desarrollo la base científico-natural de su propia doctrina, tenían noción clara de los defectos de exposición de dicha teoría y trataban de encontrar en las ciencias naturales ideas y descubrimientos que mostrasen la vía para superar los defectos advertidos. Se hacía esto para que las bases filosóficas de la teoría darvinista pudiesen ser depuradas, en uno u otro grado, de la pesada e inaceptable forma de exposición.
Es interesante la actitud crítica de Marx y Engels hacia el libro Origen y desarrollo del hombre y de otros seres (París, 1865), del naturalista francés P. Tremo. Este atribuía las lagunas de la paleontología a la desaparición rápida de las formas puramente transitorias con respecto al lento desarrollo de las especies. Tremo exponía también la idea de la influencia del suelo, aunque, se comprende, según señala Marx, no tomaba en consideración la modificación histórica de esa influencia.
Marx y Engels recogen ciertas ideas positivas contenidas en el libro: de Tremo, pero critican su método filosófico natural y su mecanismo y ponen de relieve la increíble confusión en que cae al tratar las cuestiones de las ciencias sociales, a las que el autor se acercaba con el criterio del geólogo. Así, Engels le critica que tratase de derivar las diferencias y: peculiaridades nacionales del carácter geológico del lugar donde viven unos u otros pueblos. Engels señalaba que no es posible atribuir :las diferencias entre vascos, franceses, bretones y alsacianos a las características del suelo, como si de ellas dependiera el hecho de que los hombres hablan en lenguas distintas.
El 25 de marzo de 1868 Marx escribía a Engels acerca de otro libro: “Es muy interesante el trabajo de Fraas (1847) El clima y el mundo [132] vegetal en el tiempo, historia de ambos, donde se demuestra que también en los tiempos históricos cambian el clima y la flora Es un darvinista antes de Darwin y admite la aparición de especies incluso en la época histórica.”21
Marx señala en el trabajo de Fraas el aspecto social del problema. El autor, un agrónomo, afirmaba, por ejemplo, que con el avance de la cultura desaparece la “humedad” (de ahí el desplazamiento de las plantas de Sur a Norte) hasta que, finalmente, se forman las estepas. La influencia inicial de la cultura es beneficiosa, pero en última instancia actúa en forma devastadora, provocando la desaparición de los bosques, etc. Conclusión: la cultura, si se desarrolla de manera espontánea y no es dirigida conscientemente, deja tras de sí el desierto (Persia, Mesopotamia, Grecia). Marx ve en esta conclusión una tendencia socialista no consciente.
Así, Marx y Engels valoraban las ideas y descubrimientos científico-naturales en su relación con la práctica histórico-social.
En el proceso de elaboración de su doctrina, Marx y Engels siguen atentamente los progresos de las ciencias naturales de su tiempo. A este respecto les prestó gran ayuda su amigo el químico comunista K. Schorlemmer.
En la química, después de un largo período de fluctuaciones del pensamiento teórico, en los años 60 triunfa la teoría atómico-molecular; esto significaba, en el fondo, el triunfo de la idea dialéctica, por la que se admitía que la materia no se desintegra directamente en átomos, sino que en la marcha de su complicación y desarrollo forma una serie de escalones cualitativamente distintos. Dos de estos escalones –el átomo y la molécula (constituida por átomos)– quedaban firmemente establecidos. Con ello entraba en la química la idea del desarrollo, y a la vez la dialéctica, pero entraba espontáneamente, al margen de la voluntad y la conciencia de los propios investigadores; éstos, en su inmensa mayoría, compartían todos los prejuicios de la denominada sociedad burguesa “culta”, comprendida la prevención contra la dialéctica y el pensamiento teórico en general. De ahí que los propios químicos no advirtiesen de ordinario esta dialéctica. Aunque de hecho la ponían de relieve con sus descubrimientos, seguían pensando conforme las viejas categorías metafísicas, según las cuales existían átomos absolutamente indivisibles. Entre esos químicos se encontraba el alemán A. Hofmann, gran figura en el campo de la experimentación, pero débil como teórico. Al valorar el contenido dialéctico de la teoría molecular y mostrar la flagrante contradicción en que se encontraba con respecto a las concepciones metafísicas de los propios químicos, Engels señala que las anteriores ideas metafísicas sobre el átomo eran de hecho desplazadas por otras nuevas, según las cuales el átomo no es sino una fase relativa en el desarrollo y complicación de la materia, y no un límite absoluto de la indivisibilidad de ésta; es decir, no es un ladrillo primario e inmutable del universo.
A este respecto, Engels escribía a Marx el 16 de junio de 1867: “... He leído a Hofmann. [A. Hofmann, Introducción a la química moderna. –N. de la Red.] La novísima teoría química, con todos sus errores, es un gran paso adelante en comparación con la atomística anterior. La molécula, como parte minúscula de la materia, es capaz de existencia propia, es una categoría perfectamente racional. Hablando con palabras de Hegel, es un “nódulo” en la serie infinita de divisiones, un nódulo que no cierra esta serie, sino que establece una diferencia cualitativa. El átomo, que antes era presentado como el límite de la divisibilidad, ahora es sólo una relación, aunque el propio señor Hofmann vuelve a cada paso a la vieja idea de que existen átomos realmente indivisibles. En general, los éxitos de la química, de los que en el libro se deja constancia, son verdaderamente enormes, y Schorlemmer dice que esta revolución continúa constantemente, así que cada día se pueden esperar nuevas subversiones.”22
En su examen de las publicaciones científicas más recientes, en las que se daba cuenta de los últimos descubrimientos en cuanto al estudio de la naturaleza, Marx y Engels sabían encontrar el núcleo racional de las nuevas concepciones hasta detrás de los incorrectos razonamientos de los autores. Apoyaban audazmente las corrientes nuevas y progresivas que hacían la crítica de las vetustas concepciones y trataban de superar los puntos de vista caducos. Son características a este respecto las manifestaciones que Marx hace a Kugelmann, en su carta del 9 de octubre de 1866, acerca del libro de T. Moilin Lecciones de medicina fisiológica, aparecido en París en 1865: “... Allí hay mucha fantasía y demasiadas «construcciones», pero, sin embargo, se da una crítica de la vieja terapéutica.”23
A la pregunta de Marx sobre la opinión que de Moilin tiene Engels, éste responde: “El libro de Moilin me ha interesado mucho precisamente en cuanto a los resultados conseguidos por los franceses con ayuda de la vivisección; es el único camino para establecer las funciones de determinados nervios y las consecuencias de su trastorno... puedo explicarme perfectamente la hipócrita furia de los ingleses contra la vivisección: estos experimentos son a menudo muy desagradables para los gorros de dormir de por aquí, pues echan por tierra sus construcciones especulativas.”24
Engels subraya a continuación que, sin embargo, la nueva escuela francesa adolece de un sustancial defecto: “afirma mucho y no toma tan en serio las pruebas”.25 Así, Engels pone de manifiesto las supervivencias del modo filosófico-natural de abordar los fenómenos de la naturaleza en los investigadores de su tiempo.
El estudio a que Marx y Engels se entregan en los años 50 y 60 de las ciencias naturales y su valoración de algunos descubrimientos e investigaciones en esta esfera representaban un trabajo preparatorio de la labor de generalización filosófica de las ciencias de la naturaleza, tal como se encontraban en aquel entonces, labor que despliegan, particularmente Engels, en las dos décadas siguientes, cuando tienen la oportunidad de dedicarse especialmente a estos problemas. [134]
Problemas filosóficos de las ciencias naturales en la “Dialéctica de la naturaleza” de Engels y en los manuscritos matemáticos de Marx (años 70 y 80). Desde el comienzo de los años 70 del siglo XIX (inmediatamente después de la derrota de la Comuna de París) se acentúan bruscamente los intentos de los teóricos burgueses para tergiversar los datos de las ciencias naturales en el espíritu del idealismo y la metafísica. Una de las formas de lucha de la burguesía contra la teoría del socialismo científico era la tenaz insistencia con que se trataba de aplicar a la sociedad humana las leyes vigentes en la naturaleza. A esta labor se entregaron afanosamente los “darvinistas sociales”, como eran, por ejemplo, el zoólogo alemán E. O. Schmidt (1823-1886), que se manifestó contra el socialismo, y el materialista vulgar L. Büchner, el cual tenía la pretensión de “juzgar del socialismo y la economía a base de la lucha por la existencia...”26
Por otra parte, el notable naturalista darvinista alemán Ernst Haeckel, adversario como era del socialismo, trataba de demostrar que el darvinismo se encuentra al margen del movimiento socialista, llevado por el deseo de “justificarlo” ante los ojos de los intelectuales burgueses.
En los años 70 del siglo XIX, entre los intelectuales burgueses de Europa y Norteamérica surge una nueva epidemia: la afición al espiritismo. Muchos naturalistas, incluso hombres avanzados dentro de su campo, se convierten en víctimas de esta superstición. A la propagación del espiritismo entre los naturalistas contribuyeron el carácter limitado y estrechamente empírico de su modo de pensar y la ausencia en ellos de una concepción del mundo consecuentemente materialista, genuinamente científica. Adquiere cierta difusión el idealismo “fisiológico”, cuyos representantes –J. Müller y H. Helmholtz– predicaban un agnosticismo supuestamente derivado de los datos científicos de la fisiología. En física. la interpretación unilateral del segundo principio de la termodinámica y del concepto de “entropía” lleva a mantener (R. Clausius, en 1867) las ideas de la muerte térmica del universo, del “principio” y el “fin” del mundo, etc. El materialismo mecanicista era incapaz de resistir la ofensiva del idealismo; más aún, con su limitada concepción de la materia y el movimiento, con su negación de la actividad interna, del “automovimiento” de la materia, y del desarrollo como paso de un estado cualitativo a otro, el mecanicismo dejaba abiertos resquicios por los que fácilmente penetraban las concepciones idealistas reaccionarias.
Así las cosas. los fundadores del marxismo tenían ante sí la tarea de dar enérgica réplica a quienes trataban de apoyarse en las ciencias naturales para “refutar” el materialismo y la dialéctica. Íntimamente unida a ella estaba otra, la de mostrar que las ciencias naturales no sólo no negaban el materialismo dialéctico, sino que, al contrario, lo confirmaban plenamente; más aún, había que demostrar que los resultados de las ciencias naturales únicamente pueden ser bien comprendidos y teóricamente generalizados apoyándose en la dialéctica materialista y que cuando se las trata de acomodar al lecho de Procusto del idealismo y la metafísica, las ciencias de la naturaleza caen inevitablemente en un callejón sin salida. [135]
Cumplir estas tareas significaba defender la filosofía materialista de sus enemigos y proseguir su desarrollo, enriquecerla con las nuevas adquisiciones de la ciencia de la naturaleza.
Al propio tiempo, la tarea de la generalización filosófica de las realizaciones de las ciencias naturales venía siendo planteada imperiosamente por todo el curso que éstas seguían en su desarrollo. En los años 70 del siglo XIX se había desencadenado dentro de este campo una encarnizada lucha entre los defensores de las antiguas concepciones metafísicas e idealistas y los partidarios de los puntos de vista nuevos, que en esencia eran dialécticos y materialistas.
Los fundadores del marxismo prestaron su decidido apoyo a los brotes de las ideas nuevas y progresivas en las ciencias naturales, allanaron el 'camino para su desarrollo y afirmación, y ayudaron a los defensores de lo nuevo a derrotar a las tendencias reaccionarias en la ciencia, señalando que la única vía acertada para ello era la asimilación consciente de la dialéctica materialista. La lucha de clases en el plano ideológico, según indicábamos antes, y el desarrollo de la propia ciencia de la naturaleza planteaban con carácter apremiante la necesidad de una generalización marxista de los resultados de las ciencias naturales y la derrota de los enemigos del marxismo, que trataban de especular y de mantenerse a costa de las conclusiones teóricas de los descubrimientos científicos “elaboradas” con un criterio idealista y metafísico.
En los años 70, F. Engels se enfrenta con la tarea de dar una síntesis filosófica marxista de los resultados de las ciencias naturales, tarea que en aquel tiempo había adquirido trascendental importancia desde el punto de vista del marxismo. Los problemas filosóficos de las ciencias naturales son sometidos a un profundo estudio no sólo en un libro clásico como es el Anti-Dühring, sino también en Dialéctica de la naturaleza, obra especial en la que Engels trabajó durante diez años (de 1873 a 1882).
Una de las dificultades con que tropezaba Engels era su insuficiente conocimiento de los avances de las ciencias naturales en Rusia. Las publicaciones que tenía a su alcance sobre estas ciencias y su historia, procedentes de autores occidentales, silenciaban los descubrimientos de los sabios rusos o los atribuían a investigadores de Occidente; por esta razón pudo conocer sólo un reducido número de descubrimientos hechos en Rusia en embriología (K. M. Ber) y en física y química (D. 1. Mendeleev). Los tenía en gran estima, pero no llegó a conocer otras grandes conquistas de los científicos rusos. Nos referimos a los descubrimientos de M. V. Lomonósov, quien se anticipó casi un siglo a su tiempo, es decir, a un tiempo en el que imperaban la metafísica y un estrecho empirismo.27 Lo mismo parece que se puede decir de los descubrimientos de N. I. Lobachevski, de I. M. Séchenov y de otros eminentes naturalistas rusos de [136] aquel período. Engels no tenía noticia, por ejemplo, de que la teoría química de la estructura, gracias a la cual fueron refutadas las teorías metafísicas y agnósticas, entonces difundidas en la química orgánica, había sido creada por A. M. Bútlerov.
Ficles también al principio del espíritu de partido en filosofía cuando se trataba de los problemas filosóficos de las ciencias naturales, Marx y Engels valoran exclusivamente desde el punto de vista de un probado materialismo las concepciones de los naturalistas que en el sentido filosófico fluctuaban y mostraba inconsecuencia. Justamente desde esas posiciones Engels critica en Dialéctica de la naturaleza a los naturalistas que adoptaban el agnosticismo y el idealismo, y desenmascara los intentos de algunos de ellos, que querían introducir subrepticiamente en las ciencias naturales las reaccionarias ideas de que el mundo tuvo un creador, del comienzo y el fin del universo, de los límites del conocimiento y de la incognoscibilidad de la “cosa en sí”, así como los delirios espiritistas y demás absurdos idealistas. Y en este plano, Engels no pierde de vista la relación directa que hay entre la reacción filosófica en el medio en que se mueven los naturalistas y la política, la lucha de clases, señalando al servicio de quién, de qué intereses de clase se encuentra no sólo la prédica del idealismo y el clericalismo, sino también la más mínima desviación del materialismo consecuente.
De la bien tajada pluma de Engels no se escapan el zoólogo y botánico A. R. Wallace y el físico y químico W. Crookes (Inglaterra), el astrónomo y físico J. K. F. Zöllner (Alemania), el químico A. M. Bútlerov28 (Rusia) ni otros naturalistas que se sentían atraídos por el espiritismo. Reliriéndose al empleo por Crookes de diversos aparatos físicos –baterías eléctricas, balanzas de resorte, etc.– en sus sesiones de espiritismo, Engels agregaba en tono de mofa: “En seguida veremos si contaba, además... con el aparato más importante de todos, que es una cabeza escéptica y crítica...”29
A la vez que desenmascara a los espiritistas y agnósticos, Engels critica a los mecanicistas, por ejemplo a Nägeli, cuyas concepciones conducían directamente a conclusiones agnósticas sobre la incognoscibilidad de las diferencias cualitativas, y también a la tesis subjetivista de que estas diferencias cualitativas carecen de significación objetiva. Muestra que el mecanicismo del siglo XIX era una supervivencia directa de las ciencias naturales mecanicistas y del método metafísico de la anterior centuria, resalta el carácter reaccionario de esta tendencia en las condiciones propias de la segunda mitad del siglo XIX y subraya que el desarrollo de las mismas ciencias naturales –por cuanto estas últimas habían rebasado desde mucho antes el viejo marco del mecanicismo– llevaba a confirmar la visión dialéctica de la naturaleza. Las concepciones mecanicistas de Virchow, Helmholtz y otros investigadores del siglo XIX eran un obstáculo para que los naturalistas adoptasen la única vía acertada de interpretación de los resultados conseguidos desde el punto de vista de la dialéctica materialista y los empujaban tenazmente hacia atrás; esto creaba dificultades [137] enormes y conducía a las ciencias naturales a contradicciones que dentro de dicho camino no podían ser resueltas. Engels no se limita a criticar a los mecanicistas por su negación de la dialéctica, sino que también muestra que esa negación conducía a la charca del idealismo.
Engels pone profundamente de manifiesto los vicios de la ideología burguesa, que trataba de arrastrar consigo a las ciencias naturales. Señala que el modo metafísico de pensar hallábase históricamente condicionado y fue necesario en su tiempo; hasta fines del siglo XVIII ayudó a las ciencias naturales a cumplir una tarea trascendental en aquel entonces, como era la de sistematizar el material empírico acumulado. Pero a fines del siglo XVIII este modo de pensar comienza a agotar sus posibilidades y al llegar al segundo tercio del siglo XIX se ha convertido definitivamente en una traba formidable para los avances de las ciencias naturales, en un método de pensar reaccionario. Los descubrimientos científicos del siglo XIX abrían en la vieja concepción metafísica de la. naturaleza una brecha tras otra, demostrando la existencia de una dialéctica objetiva en los fenómenos del mundo material. No obstante, la metafísica, convertida en tradición y fortalecida por los intereses de clase de la burguesía, no cedía sus posiciones y protegía a las ciencias naturales de la penetración en ellas de la dialéctica.
Engels llega a la conclusión de que la metafísica –lejos de ayudar a las ciencias naturales a romper definitivamente con la teología y la religión, que mantuvieron oprimida a la ciencia durante la Edad Media y contra las cuales la ciencia se armó en el Renacimiento– en las condiciones nuevas conducía inevitablemente a los naturalistas a la teología. Esta tesis la confirma Engels con un ejemplo de las ciencias naturales del siglo XVIII:
“La suprema idea general a que se remontaba esta ciencia de la naturaleza era la idea finalista de las instituciones naturales, aquella vacua teleología wolfíiana según la cual los gatos habían sido creados para comerse a los ratones, los ratones para ser comidos "por los gatos y la naturaleza toda para poner de manifiesto la sabiduría del creador. Y hay que decir que mucho honra a la filosofía de aquel tiempo el que no se dejase extraviar por el estado limitado de los conocimientos de la naturaleza contemporáneos, el que, por el contrario –desde Spinoza hasta los grandes materialistas franceses– insistiese en explicar el mundo por sí30 mismo, dejando que las ciencias naturales del futuro se encargaran de fundamentar en detalle esta explicación.”
En los naturalistas de su tiempo Engels revela la flagrante contradicción de que los propios científicos, prisioneros como eran de la metafísica, no comprendían el verdadero valor de sus descubrimientos, que rechazaban de plano toda metafísica. El hábito de pensar metafísicamente se había convertido en una tradición muy arraigada y nociva. “Pero la tradición –dice Engels– no sólo es una potencia en la Iglesia católica; también lo es en las ciencias naturales.”31
Engels pone de manifiesto la significación filosófica de los descubrimientos [138] científicos, que expulsan de la ciencia todo género de sobrenaturales “actos de creación”, y analiza detalladamente las realizaciones de las ciencias naturales de su tiempo. “La nueva concepción de la naturaleza había quedado delineada en sus rasgos fundamentales: todo lo que había en ella de rígido se aflojaba, cuanto había de plasmado en ella se esfumaba, lo que se consideraba eterno pasaba a ser perecedero y la naturaleza toda se revelaba como algo que se movía en perenne flujo y eterno cielo.”32
A la vez que se desarrollaban las concepciones de una dialéctica espontánea sobre la naturaleza, robustecíanse las posiciones del materialismo en las ciencias naturales, pues la dialéctica permitía explicar todos los fenómenos de la naturaleza partiendo de la materia misma, de la relación recíproca de todas las formas del movimiento, alejando de las ciencias naturales la idea anticientífica y reaccionaria del “primer impulso”.
La concepción materialista dialéctica de los fenómenos de la naturaleza no deja lugar ni al idealismo ni al agnosticismo, el cual afirma que las leyes de la naturaleza son incognoscibles. Comparando el nivel general de desarrollo de las ciencias naturales en el siglo XIX con el que existía en el XVIII, Engels escribe: “... la concepción materialista de la naturaleza descansa hoy sobre fundamentos mucho más firmes que en el siglo pasado. Entonces... casi todo el campo de la química y toda la naturaleza orgánica eran, en aquel tiempo, misterios no descifrados. Hoy, toda la naturaleza se extiende ante nosotros, por lo menos en sus lineamientos fundamentales, como un sistema aclarado y comprendido de procesos y concatenaciones. Cierto es que concebir materialistamente la naturaleza no es sino concebirla pura y simplemente tal y como se nos presenta, sin aditamentos extraños...”33
Engels señala a los naturalistas la única salida posible del atolladero a que la filosofía burguesa reaccionaria los había conducido; según subraya, “no hay para ello más solución ni otra posibilidad que retornar, bajo una u otra forma, del pensamiento metafísico al pensamiento dialéctico”.34
Engels plantea el problema general de la significación de la filosofía avanzada para las ciencias naturales, del papel que en éstas cumple la filosofía materialista dialéctica. Combate a los positivistas y empíricos de todo género, que niegan la necesidad de una síntesis filosófica de los resultados obtenidos por las ciencias naturales. Esta renuncia a la filosofía es, en esencia, la renuncia al materialismo y una escapatoria para el idealismo.
“Los naturalistas creen liberarse de la filosofía simplemente por ignorarla o hablar mal de ella. Pero, como no pueden lograr nada sin pensar y para pensar hace falta recurrir a las determinaciones del pensamiento y toman estas categorías, sin darse cuenta de ello, de la conciencia usual de las llamadas gentes cultas, dominada por los residuos de filosofía desde hace largo tiempo olvidadas, del poquito de filosofía obligatoriamente aprendido en la Universidad (y que, además de ser puramente fragmentario, constituye un revoltijo de ideas de gentes de las más diversas [139] escuelas y, además, en la mayoría de los casos, de las más malas), o de la lectura, ayuna de toda crítica y de todo plan sistemático, de obra filosófica de todas clases, resulta que no por ello dejan de hallarse bajo el vasallaje de la filosofía, pero, desgraciadamente, en la mayor parte de los casos, de la peor de todas, y quienes más insultan a la filosofía son esclavos precisamente de los peores residuos vulgarizados de la peor de las filosofías.”35
La Dialéctica de la naturaleza de Engels es un modelo de marxismo militante combativo; toda ella se halla penetrada del espíritu del materialismo militante, del espíritu de partido en filosofía.
En la Dialéctica de la naturaleza se muestra con toda nitidez la creadora visión de Engels ante los problemas de las ciencias naturales. Engels no se limita a rechazar las tesis reaccionarias de sus adversarios; frente a ellas expone su solución de los problemas filosóficos de la ciencia que habían sido adulterados por los idealistas y metafísicos. Tal es la posición que adopta respecto a la clasificación de las ciencias, al origen de la vida humana, al movimiento cíclico de la materia en el universo y a otros muchos problemas trascendentales de las ciencias de la naturaleza en aquel tiempo, la interpretación filosófica de los cuales, dada por Engels, sigue siendo sustancialmente valedera en nuestros días.
A Engels pertenece la definición del objeto de las ciencias naturales. “El objeto de las ciencias naturales es la materia en movimiento, son los cuerpos. Los cuerpos son inseparables del movimiento: sus formas y especies se pueden conocer únicamente en movimiento; de los cuerpos fuera del movimiento, fuera de toda relación con otros cuerpos, no se puede decir nada. Unicamente en el movimiento revela el cuerpo lo que es. Por eso, las ciencias naturales sólo conocen los cuerpos al considerarlos en su relación recíproca, en movimiento. El conocimiento de las distintas formas del movimiento es justamente el conocimiento de los cuerpos. Así, pues, el estudio de las diversas formas del movimiento es el objeto principal de las ciencias naturales.”36
En esta definición queda expresada con toda claridad una de las tesis fundamentales del materialismo dialéctico: la que nos habla de lo vínculos indisolubles entre la materia y el movimiento, de que el movimiento es la forma de existencia de la materia. Más tarde Engels había de desarrollar y fundamentar esta tesis en el Anti-Dühring.
Tienen gran importancia las tesis de Engels sobre los problemas de las formas del movimiento y de las transiciones recíprocas de unas formas de movimiento en otras.
Las diversas ciencias naturales las examina Engels en una conexión consecuente, disponiéndolas en el orden que sigue: en primer lugar se encuentra la mecánica, luego la física, a continuación la química y, finalmente, la biología. Estas cuatro disciplinas abarcaban las ramas más importantes de las ciencias naturales de aquel entonces. Cada una de ellas, según Engels, se ocupa de formas concretas del movimiento de la materia: la forma mecánica, la física, la química y la biológica. Al poner [140] estas ciencias naturales en una conexión consecuente y al poner de relieve las transiciones de una a otra, Engels resolvía desde las posiciones de la dialéctica materialista el problema general, planteado por el desarrollo científico de aquel entonces, de la clasificación de las ciencias, problema del que hasta entonces nadie había alcanzado a dar la solución.
“Las transiciones –escribía Engels– tienen que operarse por si mismas, tienen que ser transiciones naturales. Así como una forma de movimiento se desarrolla partiendo de otra, así también tienen que brotar de un modo necesario, una de la otra, sus imágenes reflejas, las diferentes ciencias.”37
Engels subraya las diferencias cualitativas que hay entre las formas del movimiento, su complicación y desarrollo, que va desde la forma más simple, inferior (el desplazamiento mecánico, según las ideas científicas de la época), hasta formas cada vez más complejas y elevadas. Al decir de Engels, “el movimiento, aplicado a la materia, es cambio en general”.38 “El movimiento... concebido como una modalidad o un atributo de la materia, abarca todos y cada uno de los cambios y procesos que tienen lugar en el universo, desde el simple desplazamiento de lugar hasta el pensamiento.”39 Esta concepción materialista dialéctica del movimiento de la materia la opone abiertamente Engels a las afirmaciones de los mecanicistas de que lo único que en la naturaleza existe es el desplazamiento mecánico.40 Engels subraya con gran vigor la necesidad de estudiar las transiciones entre las distintas formas del movimiento. Una característica de las ciencias naturales del siglo XVIII y de la primera mitad del XIX era que todos sus dominios fundamentales se encontraban separados en compartimientos estancos; entre ellos se levantaban fronteras muy precisas, elevadas por los metafísicos a la categoría de lo absoluto. Partiendo de la idea del desarrollo de la naturaleza, del reconocimiento de la concatenación universal y la capacidad de recíproca transformación de todas las especies de la materia y de todas sus formas de movimiento, Engels muestra que, en un próximo futuro, dentro de las ciencias naturales habían de pasar a un primer plano justamente las investigaciones que hasta entonces permanecían a la sombra o a las que no se concedía beligerancia alguna; que la elaboración no había de afectar a la física y a la química tal como antes se comprendían, como ciencias aisladas una de otra, sino a terrenos completamente nuevos, no estudiados hasta entonces, de la [141] transición de una ciencia a otra, al terreno de su penetración recíproca, y en este caso concreto, a la química física.
La tarea más importante que las ciencias naturales tenían ante sí en la segunda mitad del siglo XIX, según señala Engels, era la de crear un cuadro integral de la naturaleza en las relaciones y transiciones recíprocas de todas sus partes, para lo cual era necesario rellenar las soluciones de continuidad antes formadas artificialmente entre las ciencias y suprimir los tabiques que las separaban. De aquí llegaba él a la conclusión –en la que se anticipaba al ulterior progreso de todas las ciencias naturales– de que justamente en la confluencia. de ciencias antes separadas, como la química y la física, la química y la biología, etc., había que esperar en breve plazo trascendentales descubrimientos. Engels no se limitaba, pues, a observar lo que ocurría en las ciencias naturales de su tiempo y a proporcionar una generalización filosófica de lo que la ciencia había ya encontrado; también interviene activamente, y, partiendo de las tesis generales de la filosofía marxista, atrae la atención de los naturalistas hacia los problemas nuevos, pendientes aún de solución, que en la marcha del desarrollo de la propia ciencia habían de convertirse inevitablemente en lo fundamental de todas las ciencias naturales, Engels invitaba a los investigadores a dedicarse al estudio de los problemas que afectaban simultáneamente a la física y la química (por ejemplo, las cuestiones de la electroquímica), a la química y la biología (síntesis artificial de la albúmina), etc.
Tiene gran significación filosófica el punto de vista de Engels acerca del origen de la vida, problema que él relaciona con la definición de la vida misma: “La vida es el modo de existencia de los cuerpos albuminoideos...”41 De conformidad con esta concepción de la vida, el problema de su aparición en la tierra se reduce a determinar las condiciones bajo las cuales el proceso de complicación de las combinaciones orgánicas (compuestos del carbono) lleva, por vía química, a la formación de cuerpos albuminoideos.
Refiérese Engels a que, como consecuencia de los tres grandes descubrimientos del siglo XIX, los procesos fundamentales de la naturaleza reciben una explicación materialista, se reducen a causas naturales, e indica: “Solo queda una cosa por hacer: explicar el nacimiento de la vida a base de la naturaleza inorgánica. Lo cual, formulado el problema como corresponde a la fase actual de la ciencia, equivale a crear cuerpos albuminoides a partir de sustancias inorgánicas. La química va acercándose cada vez más a la solución de este problema... Hasta ahora ésta puede obtener toda sustancia cuya composición conozca exactamente. Tan pronto llegue a conocerse la composición de los cuerpos albuminoideos podrá abordarse la obtención de la albúmina viva.”42
Desde que estas palabras fueron escritas, la ciencia ha dado grandes avances por la vía que Engels señalaba. Tienen singular importancia los trabajos de los biólogos y bioquímicos contemporáneos que investigan el origen de la vida y estudian el aspecto físico-químico de la herencia. La [142] idea fundamental de Engels –que la vida surgió por vía química a partir de la naturaleza inorgánica– sirve de base a la actual hipótesis materialista acerca del origen de la vida sobre la tierra.
Engels sometió a crítica las tendencias anticientíficas que en su tiempo habían adquirido gran difusión entre los naturalistas. Puso de relieve la base vitalista de la hipótesis la “eternidad de la vida” y de que los gérmenes de ésta habían llegado a la tierra procedentes del exterior. Esta hipótesis la defendían, entre otros, Liebig y Helmholtz. Su admisión presuponía: 1) la eternidad de la albúmina (en el sentido de su existencia en cualesquiera condiciones); 2) la eternidad de las formas orgánicas primigenias de las que puede desarrollarse todo lo vivo.
Al mismo tiempo que desenmascara la doctrina idealista del carácter eterno de la vida, Engels refuta la hipótesis anticientífica del materialismo vulgar acerca de la “generación espontánea”, en defensa de la cual ciertos investigadores aducían falsos argumentos; la aparición de organismos inferiores observada por ellos tenía lugar en el seno de líquidos que contenían cuerpos orgánicos y que estaban en contacto con el aire. Apoyándose en los descubrimientos del gran biólogo francés L. Pasteur, Engels señala que en este caso no se produce ninguna “generación espontánea” de la vida y que los gérmenes de los organismos vivos provenían del aire o se encontraban ya anteriormente en el líquido.
Engels rechaza la afirmación de que la vida únicamente puede existir en forma celular y de que la célula sólo puede surgir de la célula. Según él, la vida apareció históricamente en forma de albúmina no estructurada (desprovista de estructura celular) y viable, que sólo muy lenta y gradualmente se desarrolló hasta la formación de la célula como una fase más elevada de los seres vivos. “Hubieron de pasar probablemente miles de años antes de que se presentaran las condiciones en que, dándose el siguiente paso de avance, pudo esta albúmina informe crear la primera célula, mediante la formación del núcleo y la membrana.”43 En relación con esto subraya Engels que sería “una necedad querer explicar el nacimiento de una sola célula partiendo directamente de la materia inerte, en vez de hacerlo a base de la albúmina viva carente de estructura, creer que por medio de un poco de agua putrefacta se puede obligar a la naturaleza a hacer en veinticuatro horas lo que le ha costado miles de años conseguir”.44
La albúmina resulta como el germen más simple de todas las formas de vida más elevadas y complejas; por eso Engels califica de organismo el inorganizado, informe e indiferenciado grumo albuminoideo. El explica que dialécticamente, es decir, desde el punto de vista del desarrollo, el grumo de albúmina recién nacido “lleva ya implícito en sí, como en germen, toda la serie infinita de los organismos superiores”.45
Según Engels, los seres sin estructura celular, es decir, los seres vivos más simples (protistas), “comienzan por el simple grupo de albúmina...”46 En el Anti-Dühring indica: “Pero cómo se realiza el avance [143] de la simple albúmina plástica a la célula y de este modo al organismo, tiene que enseñarlo, ante todo, la observación...”47
El descubrimiento de los virus significa de hecho la confirmación experimental por la ciencia contemporánea de la tesis de Engels de que el ser vivo más simple puede ser un sencillo grumo de albúmina.
Al definir la vida como modo de existencia de los cuerpos albuminoideos, Engels señala cl carácter más general de esta forma específica del desarrollo. Subraya que el aspecto más importante de la existencia de los cuerpos orgánicos más complejos (albúminas) “es un intercambio permanente de sustancias con la naturaleza exterior que los rodea y que, al cesar este intercambio, dejan también de existir, entrando la albúmina en estado de desintegración”.48 A este propósito indica Engels que, al revés de lo que les ocurre a los cuerpos inorgánicos, que se destruyen como resultado del intercambio, éste es para los cuerpos orgánicos “la condición necesaria de su existencia”.49 Este carácter fundamental y decisivo del modo de existencia de los cuerpos albuminoideos contiene, como en germen, manifestaciones más complejas de la vida de organismos más altamente desarrollados.
Utilizando los materiales de las ciencias naturales, Engels elabora y enriquece las leyes y categorías fundamentales de la dialéctica materialista. Somete a crítica la adulteración idealista de la dialéctica por Hegel y demuestra que “las leyes dialécticas son otras tantas leyes reales que rigen el desarrollo de la naturaleza y cuya vigencia es también aplicable, por tanto, a la investigación teórica natural”.50
Engels interpreta con un criterio materialista todas las leyes de la dialéctica. Así, por ejemplo, escribe acerca de la ley del paso de los cambios cuantitativos a cualitativos: “... en la naturaleza, y de un modo claramente establecido para un caso singular, los cambios cualitativos sólo pueden producirse mediante la adición o sustracción cuantitativas de materia o de movimiento (de lo que se llama energía)”.51 Tal concepción de la ley se apoyaba en la física y la química de aquel tiempo y era una síntesis filosófica de sus resultados: la teoría de la transformación de la energía, los puntos de vista sobre la transformación de los estados de agregación, la teoría cinético-molecular de los gases, las concepciones atómico-moleculares, la teoría de la estructura química y, finalmente, la ley periódica de los elementos químicos, que Mendeleev acababa de descubrir.
Son de excepcional importancia las manifestaciones de Engels acerca del carácter y los tipos de saltos que se producen en la naturaleza. Rechaza la idea metafísica e idealista de que en la naturaleza se suceden transformaciones revolucionarias no preparadas por nada, como si cayeran del cielo bajo la acción de una fuerza sobrenatural. A tales afirmaciones opone Engels la idea del desarrollo, de conformidad con la cual los cuerpos de [144] la naturaleza, cualitativamente diversos, surgieron y se desarrollaron lenta y gradualmente, pero de ninguna manera como consecuencia de un repentino acto de creación, de un “cataclismo” no explicado por nada. Critica, por ejemplo, el “catastrofismo” de Cuvier, en el que ve una teoría revolucionaria de palabra y reaccionaria de hecho. “Fue Lyell el primero que hizo entrar en razón a la geología, al sustituir las bruscas revoluciones debidas al capricho del creador por los resultados graduales de una lenta transformación de la tierra.”52
De la misma manera, Engels critica enérgicamente la concepción de que el sistema solar surgió de manera absolutamente repentina bajo la acción de un mítico “impulso inicial”. Frente a esta idea coloca la hipótesis cosmogónica de Kant y Laplace, según la cual el paso del estado inicial de la materia en nuestro sector del universo (de la denominada nebulosa primitiva) a su actual estado se produjo de manera lenta y gradual, como resultado del desarrollo histórico de la materia. lista idea del desarrollo lento y gradual, en virtud del cual se formó una cualidad nueva (la nebulosa primitiva), es, según Engels, lo más valioso dentro de la hipótesis cosmogónica de Kant y Laplace.53
Engels rechazaba no sólo los cataclismos repentinos y los actos de creación, que destruían por completo las formas viejas y daban lugar a otras nuevas, sino también la concepción mecanicista del desarrollo, que interpreta la gradualidad del desarrollo como un simple aumento y crecimiento, es decir, como gradualidad puramente cuantitativa, como una evolución simple en la que se niegan por completo los saltos. Subrayaba Engels que, no obstante su gradualidad, el paso de una forma de movimiento a otra, de un tipo de materia a otra, de una vieja cualidad a otra nueva, es siempre un salto, un profundo viraje en el desarrollo. Este salto es brusco cuando no existen formas intermedias, pero también se producirá en el caso de que dichas formas se hallen presentes. El hecho de que estas últimas se revelen, no puede servir de ningún modo, según Engels, de argumento contra la existencia de los saltos en la naturaleza, pues las formas de transición no invalidan la tesis de que el desarrollo implica el paso de una cualidad a otra; y esto significa que el desarrollo se produce a saltos, independientemente de que el salto adopte el aspecto de un cambio brusco o transcurra gradualmente gracias a la presencia de formas de transición entre las fases extremas. Entre el sistema estelar que nos es visible, el sistema solar, las masas terráqueas, las moléculas y los átomos y, finalmente, las más diminutas (de entre las actualmente conocidas) partículas de la materia (a las que Engels denomina como hipotéticas [145] “partículas del éter”) existen saltos o separaciones muy bruscos. “Ya para nada altera la cosa el hecho de que encontremos eslabones intermedios entre los distintos grupos. Así, por ejemplo, entre las masas del sistema solar y las masas terráqueas tenemos los asteroides... los meteoritos. Y entre las masas terráqueas y las moléculas aparece, en el mundo orgánico, la célula. Estos eslabones intermedios no hacen más que demostrar que en la naturaleza no existen saltos, precisamente porque toda ella está hecha de saltos.”54
Ofrecen interés excepcional las manifestaciones de Engels sobre los diferentes caminos por los que en la naturaleza pueden transcurrir las transiciones de los cambios cuantitativos a cualitativos. Así, por ejemplo, al examinar los dos modos de transformación del movimiento mecánico en calórico (molecular), la fricción y el choque, Engels escribe: “En todo impulso se transmuta en calor una parte del movimiento mecánico, y la fricción no es sino una forma del impulso, que transfiere continuamente el movimiento mecánico en calor...”55 De conformidad con esto, valiéndose del ejemplo de la fricción y el choque, muestra dos formas distintas de transformación del movimiento mecánico en formas cualitativamente distintas del movimiento: “El frotamiento puede considerarse como una serie de pequeños choques sucesivos y yuxtapuestos, y el choque, como el frotamiento concentrado en un momento y un lugar. El movimiento mecánico que aquí desaparece, desaparece en cuanto tal... Se ha transformado en formas de movimiento cualitativamente distintas...”56
Buena parte de la Dialéctica de la naturaleza trata de la aplicación del método marxista al análisis filosófico concreto de problemas relativos a distintos sectores de las ciencias «naturales y algunos descubrimientos científicos.
Tiene gran importancia el ulterior análisis filosófico que en la Dialéctica de la naturaleza se realiza de los tres grandes descubrimientos de las ciencias naturales en el siglo XIX.
Tras de estudiar la transición del movimiento mecánico al calórico, Engels examina la transición contraria, del calor al movimiento mecánico, y las condiciones de esta transición inversa. Tal orden de sucesión en el examen de este problema responde a la marcha histórica de los acontecimientos, pues el momento del descubrimiento práctico de la transformación del movimiento mecánico en calor (es decir, la obtención de fuego por fricción) puede ser considerado como el comienzo de la historia humana; y con la creación de la máquina de vapor se conseguía la transformación del calor en movimiento mecánico. De este modo se cerraba el ciclo de inventos destinados a la utilización práctica de la recíproca transición de las formas mecánica y calórica del movimiento.
Engels plantea el problema de la lógica dialéctica marxista, y en particular el de la clasificación de los juicios, que él resuelve ateniéndose al punto de vista de la generalización materialista de la historia del conocimiento [146] y de la utilización práctica por el hombre de los procesos reales de la naturaleza.
En su análisis de la historia de la recíproca transformación del movimiento mecánico y el calor, Engels señala que las categorías de la lógica son las fases por las que pasa históricamente el conocimiento humano de la naturaleza. El conocimiento se inicia con el establecimiento y estudio de hechos concretos (“lo individual”), pasa a la agrupación de los mismos en las distintas esferas de los fenómenos de la naturaleza (“lo particular”) y termina con el descubrimiento de las leyes generales de la naturaleza (“lo universal”). Tal visión, materialista y al mismo tiempo dialéctica, da pie a Engels para volver una vez y otra a la crítica del idealismo hegeliano, poniendo de relieve su inconsistencia también en este punto concreto.
“Nos encontramos, pues, aquí, como resultado de nuestros conocimientos teóricos de la naturaleza del movimiento en general, con lo mismo que en Hegel se nos muestra como un desarrollo de la forma discursiva del juicio en cuanto tal. Lo que demuestra, en efecto, que las leyes del pensamiento y las leyes naturales coinciden necesariamente entre sí cuando se las conoce de un modo certero.”57
Así es como Engels analiza uno de los problemas más importantes de la lógica dialéctica, el de las formas del juicio y de las categorías lógicas.
Engels se sirve de los datos de la física para estudiar también algunas categorías fundamentales de la dialéctica materialista, y en primer término las categorías de cualidad, cantidad y medida, relacionándolas con la teoría de la conservación (aspecto cuantitativo) y transformación (aspecto cualitativo) de la energía, como medidas del movimiento. Sobre esta base resuelve brillantemente la vieja controversia de los matemáticos de los siglos XVII y XVIII acerca de la medida del movimiento. Engels reveló lo que una y otra parte perdía de vista, a saber: la existencia de la transición, es decir, de la transformación cualitativa del movimiento mecánico en calor. Cuando el movimiento mecánico es transmitido como tal, sin que cambie su forma, su conservación viene expresada por una medida (“cantidad de movimiento” o “impulso”); pero si experimenta un cambio cualitativo, desapareciendo como movimiento mecánico y transformándose en otras formas de movimiento, su conservación se expresa por una medida distinta (por unidades de “energía mecánica”).
La doctrina de la energía se basa de hecho en el conocimiento de la unidad, del carácter inseparable de los aspectos cualitativo y cuantitativo del movimiento. Partiendo de esto, Engels combate la conclusión idealista de Clausius acerca de la inevitable “muerte térmica” del universo. Señala, ante todo, que la afirmación de Clausius se contradice con la idea de la indestructibilidad cualitativa del movimiento, o sea con el reconocimiento de que cualquier forma cualitativamente determinada del movimiento de la materia puede y debe ser engendrada por la materia misma en el curso de su desarrollo sin la menor intervención de fuerzas sobrenaturales de ningún género o de Dios. En cambio, de conformidad con la teoría de la muerte térmica, “siempre se producirá pérdida de [147] energía, si no cuantitativa, sí de un modo cualitativo”.58 Tras de demostrar el absurdo de tal conclusión, Engels indica la vía que permite resolver el problema: “Y sólo podrá resolverse definitivamente el problema cuando se demuestre cómo se puede llegar a utilizar de nuevo el calor irradiado en el espacio cósmico. La teoría de la transformación del movimiento plantea el problema en términos absolutos...”59
El análisis filosófico de dicho problema permitió a Engels revelar perspectivas tales de desarrollo ulterior de la teoría de la transformación de la energía a las que no podía llegar ninguno de los hombres de ciencia que se mantenían en posiciones metafísicas. Al esbozar el desolador panorama del estado en que entonces se encontraba la teoría de la electricidad, Engels indica que la salida de la dispersión teórica en ella reinante estaba en el estudio de las transiciones y transformaciones recíprocas de las formas eléctrica y química del movimiento: en el estudio de la electrólisis, en la cual la forma eléctrica de la energía se convierte en química, y en el estudio del galvanismo, en el que la forma química de energía sigue el camino inverso y pasa a la forma eléctrica.
“La profunda comprensión de estos estrechos vínculos existentes entre la acción química y la acción eléctrica, y viceversa, habrá de dar grandes frutos en los dos grandes campos de investigación... Solamente tomando en consideración de un modo preciso los procesos químicos operados en la pila y en la cuba electrolítica se ayudará a su ciencia a salir del atolladero de las viejas tradiciones.”60
Mas para ello es necesario que los propios físicos y químicos adviertan que no es posible limitarse a ser físicos o químicos meramente, pues se trata del conocimiento de fenómenos en donde la física se entrelaza de la manera más estrecha con la química, donde se producen transiciones de la física a la química, y al contrario. Por consiguiente, para conocer esos fenómenos hay que ser a la vez físico y químico, es decir, físico-químico. Tales físico-químicos comienzan a hacerse cada vez más frecuentes entre los investigadores avanzados del siglo XIX. Pero los naturalistas de mentalidad metafísica eran incapaces de comprender la necesidad, ya madura, de combinar la física y la química.
“Al exponer los efectos de la chispa eléctrica –escribía Engels–, refiriéndolos a la descomposición y reagrupación química, dice Wiedemann que esto interesa más bien a la química. Los químicos, en cambio, dicen, en el mismo caso, que interesa más bien a la física. Así, en el punto tangencial entre la ciencia molecular y la ciencia atómica, ambas se declaran incompetentes, cuando es aquí donde, en realidad, pueden esperarse mayores resultados.”61
Esta previsión, enunciada por Engels en 1882, se veía brillantemente confirmada de ahí a poco en la teoría de la disociación electrolitica del físico-químico sueco Svante Arrhenius, con su noción central del ion (partículas de materia con carga discreta de electricidad), y más tarde con el estudio del proceso de ionización de los gases, que condujo al descubrimiento [148] del electrón. Estos descubrimientos demostraban que la clave para superar las dificultades en cuanto a la teoría de la electricidad se refería era realmente el estudio de la región limítrofe entre la física y la química.
Un brillante ejemplo de cómo daba Engels una fundamentación científico-natural a los problemas de la dialéctica marxista lo tenemos en su análisis del significado filosófico de los descubrimientos realizados en biología, singularmente de los que guardaban relación con el darvinismo. Estos descubrimientos, subrayaba, minan las bases del modo metafísico de pensar y confirman la teoría de la dialéctica materialista sobre el desarrollo de los fenómenos de la naturaleza a través de la lucha de los contrarios.
Los datos de la biología, principalmente de la teoría del desarrollo, proporcionan a Engels base para analizar una serie de categorías de la dialéctica materialista.
“Identidad y diferencia – necesidad y casualidad – causa y efecto – las dos fundamentales contraposiciones, que, tratadas por separado, se truecan la una en la otra.”62
Analiza Engels la relación entre identidad y diferencia y señala que el proceso de desarrollo de los organismos no encaja dentro del marco abstracto de la vieja lógica formal. La identidad abstracta, señalaba Engels, que se expresa por el principio A es A no es aplicable a la naturaleza orgánica. “La planta, el animal, toda célula es, en cada momento de su vida, idéntica consigo misma y, a la par con ello, diferente de sí misma, por la asimilación y la secreción de sustancias, la respiración y la formación y la muerte de células, por el proceso circulatorio que en ella se opera, en una palabra, por una suma de innumerables cambios moleculares que constituyen la vida... envejece y caduca el viejo punto de vista formal y abstracto de la identidad, según el cual un ser orgánico debe considerarse y tratarse como sencillamente idéntico a sí mismo y constante.”63
Frente a la mayoría de los naturalistas, que aún se imaginaban que la identidad y la diferencia son contrarios irreductibles, Engels demuestra, apoyándose en la teoría del desarrollo, que la contradicción de identidad y diferencia ostenta un carácter dialéctico, que estos dos polos existen únicamente en su interacción, por lo que la diferencia ha de ser considerada como existente dentro de la identidad. A título de ejemplo se remite a “los cambios de las especies, que se cuentan por varios milenios”.64
“Otra contraposición de que se ve cautiva la metafísica –escribe más adelante– es la que media entre casualidad y necesidad.”65
Engels somete a crítica las concepciones metafísicas de los naturalistas inclinados a pensar que necesidad y casualidad se excluyen de una vez para siempre. Señala que la solución metafísica del problema conduce indefectiblemente al idealismo. Al divorciar la necesidad y la casualidad, al calificar de casual todo lo que no pueden hacer entrar en el denominador [149] común de las leyes universales, los metafísicos reducen lo casual a algo que no está sujeto a leyes y que no es explicable. Y en este plano, según observa Engels, es absolutamente lo mismo que la causa de los fenómenos inexplicables sea atribuida al azar o a Dios. Por otra parte, al criticar la unilateral posición del determinismo mecanicista, que trata de poner fin a la casualidad negándola en absoluto, subraya que la admisión de una necesidad de ese género no nos saca tampoco de la visión teológica de la naturaleza. “A la ciencia le da, sobre poco más o menos, lo mismo que llamemos a esto, con Agustín y Calvino, los designios eternos e insondables de Dios, que lo llamemos kismet, como los turcos, o que lo bauticemos con el nombre de necesidad.”66
Engels rechaza categóricamente los dos falsos puntos de vista y señala que la teoría de Darwin es una prueba real, en el plano de las ciencias naturales, de la concepción dialéctica acerca de los vínculos internos existentes entre necesidad y casualidad.
Refiriéndose a esta mutua vinculación dialéctica, Engels escribe: “Son precisamente las infinitas diferencias casuales de los individuos dentro de cada especie, diferencias que van acentuándose hasta romper el carácter de la especie misma, y cuyas causas, incluso las más cercanas, sólo es posible poner de manifiesto en muy contados casos, las que le inducen a poner en tela de juicio lo que hasta entonces venía siendo la base de todas las leyes de la biología, el concepto de especie, en su rigidez e inmutabilidad metafísicas anteriores.”67
“El material de hechos casuales que ha ido acumulándose entretanto ha agotado y roto la vieja idea de la necesidad.”68
En la etapa presente de la biología, el problema de las relaciones entre la casualidad y la necesidad, tal como Engels lo planteaba, ha sido confirmado y ha recibido ulterior desarrollo.
Finalmente, también utilizando materiales de la teoría de la evolución en biología, Engels demostró la inconsistencia de las pretensiones de quienes atribuían a la inducción el carácter de único método científico, universal e infalible, de conocimiento. Esta exageración metafísica del papel de la inducción, según señalaba, procedía de los “induccionistas” ingleses, y en particular de W. Whewell (1794-1866). La concepción metafísica de la inducción reposa sobre una supuesta contradicción absoluta entre ella y la deducción. Frente a semejante opinión, Engels demuestra que la inducción y la deducción se hallan recíprocamente vinculadas y que, además, es imposible en general reducir las formas lógicas del silogismo sólo a la inducción y la deducción.
Engels apoya su crítica de los “omniinduccionistas” en los datos de la teoría del desarrollo. “Característico de la capacidad mental de nuestros naturalistas –observa– es también el hecho de que Haeckel abogue fanáticamente en pro de la inducción precisamente en el momento en que los resultados de la inducción en todas partes se ponen en tela de juicio... y diariamente se están descubriendo nuevos hechos que echan por tierra toda la clasificación anterior de carácter inductivo... Más aún, la teoría [150] de la evolución ha arrebatado, incluso, a la inducción toda la clasificación de los organismos, retrotrayéndola a la descendencia a la “deducción” –una especie se deduce literalmente de la otra, resultando totalmente imposible probar la teoría de la evolución por la vía de la simple inducción, ya que esta teoría es completamente antiinductiva. La teoría de la evolución hace que los conceptos manejados por la inducción, como los conceptos de especie, género, clase, pierdan sus contornos fijos y se conviertan en conceptos puramente relativos, con los cuales no puede operar la inducción.”69
A esto va unida la observación de Engels de que las líneas de delimitación absolutamente rígidas son “incompatibles con la teoría de la evolución”.70 Las líneas divisorias que median entre los vertebrados, los peces y los anfibios, las aves y los reptiles no son absolutas, sino relativas, movibles. La insuficiencia de la inducción unilateral, lo mismo que del antiguo método metafísico de pensar, se pone aquí de manifiesto con toda evidencia, puesto que “todas las distinciones se funden y disuelven en grados intermedios y todas las contraposiciones aparecen contrarrestadas por términos que se entrelazan”.71
Continuando el análisis del aspecto filosófico de la doctrina de la evolución en biología, Engels rechaza la concepción unilateral de la “lucha por la existencia” como pretendido origen fundamental del desarrollo en la naturaleza viva. Frente a ello afirma que en la vida orgánica, “partiendo de la simple célula, la teoría de la evolución demuestra cómo todo progreso, hasta llegar de una parte a la planta más complicada y de otra al hombre, es el resultado de la pugna constante entre la herencia y la adaptación”.72
La lucha de estos contrarios sirve, según Engels, de principal impulso motriz para el desarrollo de la vida en la tierra.
“De ahí también –concluye– que la “adaptación y la herencia” de Haeckel puedan explicar todo el proceso de la evolución, sin necesidad de recurrir a la selección ni al maltusianismo”.73
Según Engels, ante todo hay que limitar estrictamente la lucha por la existencia a la lucha que se produce como consecuencia de la superpoblación. Señala que la modificación y la evolución de las especies se produce también sin la superpoblación de los seres vivos que da lugar a la “lucha por la existencia”. En tal caso se pone de relieve el papel decisivo de las condiciones exteriores en la vida de los organismos. Esto ocurre, “por ejemplo, en la emigración de animales y plantas a nuevas regiones, en las que las nuevas condiciones climáticas, del suelo, etcétera, se encargan de provocar el cambio. Si, en esas condiciones, los individuos que se adaptan sobreviven y, por medio de una creciente adaptación, se desarrollan hasta formar una nueva especie, mientras otros individuos más estables agonizan y acaban extinguiéndose, desapareciendo con ellos las fases intermedias imperfectas, esto puede producirse y se produce sin [151] ninguna clase de maltusianismo... Otro tanto ocurre con motivo del cambio gradual de las condiciones geográficas, climáticas, etc., en determinado territorio (desecación del Asia Central, por ejemplo). El hecho de que la población animal o vegetal se halle o no en condiciones de penuria es indiferente; tanto en uno como en otro caso, se opera el proceso de desarrollo de los organismos por los cambios geográficos, climáticos o de otro tipo. Y lo mismo sucede en la selección natural, en la que tampoco desempeña ningún papel real el maltusianismo”.74
En su exposición de la idea de que la variabilidad de las especies viene condicionada por la adaptación de los organismos vivos al medio variable, a las condiciones materiales variables de la vida, Engels revela la sustancial diferencia que hay entre la actividad del animal y del hombre. El animal, en el mejor de los casos, sólo alcanza a recoger lo que ya encuentra acabado, mientras que el hombre produce medios de vida que la naturaleza no proporcionaría sin su intervención. “Ya esto por sí solo hace imposible transferir, sin más, a la sociedad humana las leyes de vida de las sociedades animales... Y aquí –tratándose de los medios de desarrollo producidos por la sociedad– resultan ya absolutamente inaplicables las categorías tomadas del mundo animal.”75
Engels pone de manifiesto la inconsistencia de la fórmula de la “lucha por la existencia” al ser aplicada a la vida social, a la historia: “Por sí sola, la concepción de la historia como una serie de luchas de clase es mucho más rica en contenido y más profunda que la simple reducción a las diferentes fases, poco variada entre sí de la lucha por la existencia.”76
En una carta a P. L. Lavrov, del 12-17 de noviembre de 1875, Engels descubre el procedimiento poco perspicaz de que se valen los darvinistas sociales, quienes trasplantan mecánicamente las leyes de orden biológico a la vida social. “Toda la doctrina de Darwin sobre la lucha por la existencia –escribía– equivale a trasplantar simplemente, de la sociedad a la esfera de la naturaleza viva, la doctrina de Hobbes de la guerra de todos contra todos y la doctrina económica burguesa de la competencia, junto a la teoría de la población de Malthus. Una vez realizado este juego de manos... de nuevo trasplantan estas mismas teorías de la naturaleza orgánica a la historia, y luego afirman haber demostrado que dichas teorías tienen la fuerza de leyes eternas de la sociedad humana. La ingenuidad de tal procedimiento salta a la vista, no vale la pena hablar de ello.”77
Con relación al darvinismo, Marx y Engels se mantenían tan fieles a los principios como con relación a cualquiera otra teoría científica: reelaboraron con un espíritu crítico lo que había de valioso en los nuevos descubrimientos de las ciencias naturales y en las concepciones de la pasada centuria, a la vez que apartaban decididamente cuanto de débil y erróneo presentaban, especialmente todo lo reaccionario, todo lo que, para complacer la concepción burguesa del mundo, adulteraba la realidad.
“En la doctrina de Darwin –escribía Engels a Lavrov en esa misma [152] carta– estoy conforme con la teoría de la evolución; pero el modo darvinista de demostración (la lucha por la existencia, la selección natural) no lo considero más que como la expresión primera, provisional e imperfecta del hecho recién descubierto.”78 Seguidamente, Engels señala la facilidad con que los sabios burgueses, cuando esto favorece a su clase, se lanzan de un extremo a otro, al no saber comprender la verdadera dialéctica del desarrollo de la naturaleza viva. “Antes de Darwin, precisamente los señores que ahora sólo ven por todos los sitios la lucha por la existencia (Vogt, Büchner, Moleschott y otros) hacían justamente hincapié en la colaboración dentro de la naturaleza orgánica, en que el mundo de las plantas proporciona al mundo animal oxígeno y alimentos, mientras que el mundo animal, al contrario, da a las plantas anhídrido carbónico y abonos, como lo subrayaba especialmente Liebig. Ambas nociones, hasta cierto grado, son justas, pero tanto la una como la otra son por igual unilaterales y limitadas. La interacción de los cuerpos –lo mismo de la naturaleza inerte que de la orgánica– comprende tanto la armonía como la colisión, tanto la lucha como la colaboración. Por esto, si algún naturalista –dicho sea con permiso– se permite reducir toda la riqueza y variedad del desarrollo histórico a la unilateral y seca fórmula de la “lucha por la existencia”, a una fórmula que incluso en el campo de la naturaleza sólo puede ser admitida muy convencionalmente, tal método se dicta a sí mismo la sentencia condenatoria”.79
El mérito de Engels consiste en que superó la visión estrechamente biológica acerca del origen del hombre y consideró este problema desde las posiciones de la dialéctica materialista, exponiendo su propia teoría de la antropogénesis basada en el trabajo.
Así, Engels hace una síntesis filosófica de los grandes descubrimientos de las ciencias naturales en el siglo XIX, los cuales eran una de las premisas para la aparición del materialismo dialéctico, y luego sirvieron como material y una de las fuentes para su ulterior desarrollo y enriquecimiento.
En la Dialéctica de la naturaleza, apoyándose en las ciencias naturales, Engels resuelve problemas cardinales de la teoría del conocimiento, que él enfoca desde el punto de vista de la unidad de la dialéctica y de la teoría del conocimiento del materialismo.
Engels concentra el fuego de su crítica sobre el agnosticismo, y en particular sobre Du Bois-Reymond, Nägeli y Helmholtz, quienes afirmaban que el conocimiento tiene sus límites. A este propósito, ataca violentamente a los fisiólogos partidarios de la filosofía del agnosticismo. Estos agnósticos en filosofía los considera como epígonos de Kant y Hume; Engels se detiene particularmente en los resultados de la óptica fisiológica, que confirmaban el materialismo y que Helmholtz interpretaba en un sentido kantiano. “... El solo hecho –subraya Engels– de que podamos demostrar que las hormigas ven cosas para nosotros invisibles y el que esta demostración se base toda ella en percepciones logradas por medio de nuestros ojos, revela que la construcción específica del ojo del hombre no constituye un límite absoluto para el conocimiento humano.”80 [153]
Engels denuncia vigorosamente los intentos de los neokantianos para difundir entre los naturalistas dudas sobre la veracidad de nuestros conocimientos acerca del mundo exterior.
Es muy de señalar que Engels, en su análisis de la lucha de las tendencias filosóficas entonces fundamentales en las ciencias de la naturaleza, supo encontrar los primeros síntomas de la crisis que se aproximaba en estas ciencias, crisis de la que V. I. Lenin había de hacer un estudio exhaustivo. Más aún, Engels se acercó al descubrimiento de las causas que más tarde dieron origen al idealismo “físico”.
Poniendo de relieve las raíces gnoseológicas del idealismo en las matemáticas, Engels escribía: “... Tan pronto como el matemático se parapeta y se hace fuerte en su inexpugnable fortaleza de la abstracción, caen al olvido todas aquellas analogías (con la realidad. –N. de la Red.), lo infinito se convierte en algo totalmente misterioso y el modo como se opera a base de ello en el análisis pasa a ser algo puramente inconcebible, en contradicción con toda la experiencia y todo el entendimiento... El infinito matemático está tomado, aunque sea de un modo inconsciente, de la realidad, razón por la cual sólo puede comprenderse partiendo de la realidad y no de él mismo, de la abstracción matemática.”81
La elevación de la física a un plano puramente matemático hacía que las relaciones reales de los cuerpos materiales fueran sustituidas por relaciones y abstracciones puramente matemáticas, que eran presentadas como productos “puros” de la razón humana, y no como reflejo de las relaciones reales de las cosas. A estas posiciones idealistas empujaba a los naturalistas el hecho de que la física se hallaba poseída por un espíritu que interpretaba las matemáticas con un criterio subjetivista, de que el aparato matemático, convertido por algunos físicos en algo independiente, desempeñaba en la física un papel cada vez más importante. Engels desenmascaró la interpretación idealista de las matemáticas, descubriendo así el camino para cortar de raíz los intentos de extender tal interpretación a la física.
Engels señala otra manifestación de la crisis que se avecinaba en las ciencias naturales –la exageración unilateral del relativismo– y escribe: “La abundancia de las hipótesis que se abren paso aquí y la sustitución de unas por otras sugieren fácilmente –cuando el naturalista no tiene una previa formación lógica y dialéctica– la idea de que no podemos llegar a conocer la esencia de las cosas (Haller y Goethe).”82
En esta tesis de Engels queda expresada abiertamente la idea de que, al no conocer la dialéctica, en unas condiciones en las que sus teorías se ven frecuente y rápidamente demolidas, los naturalistas se deslizan, a través del relativismo, hasta el agnosticismo.
En su lucha infatigable contra el idealismo y el agnosticismo en las ciencias naturales, Engels aparece ante nosotros como un dialéctico materialista militante.
A la vez que somete a crítica el agnosticismo, proporciona Engels un [154] nuevo impulso a la teoría materialista dialéctica del conocimiento, fundamentada en el período anterior por Marx, y en particular al problema del papel de la hipótesis como forma de desarrollo de las ciencias naturales, al de la práctica como criterio de la verdad del conocimiento, al de la causalidad en la naturaleza y a otros muchos.
Al considerar el problema de la hipótesis, Engels señala su importante papel en el progreso de las ciencias naturales. La ciencia no puede limitarse a una mera recopilación de hechos, como suponían los “omniinduccionistas”, sino que aspira a descubrir las causas que dan lugar a estos hechos, a explicarlos y a conocer las leyes que los rigen. En este progreso de las ciencias naturales cumple un papel esencial la hipótesis, que es una conjetura acerca de las causas de los hechos estudiados, conjetura que explica estos hechos y que establece las leyes que los unen. Para que la hipótesis pueda convertirse en ley de la ciencia, en teoría científica, hay que demostrarla. In la determinación de la verdad o falsedad. de una u otra hipótesis, el papel decisivo corresponde a la práctica. Refiriéndose al papel de la hipótesis en el proceso de desarrollo de las ciencias naturales, Engels escribe: “Se observan nuevos hechos, que vienen a hacer imposible el tipo de explicación que hasta ahora se daba de los hechos pertenecientes al mismo grupo. A partir de este momento, se hace necesario recurrir a explicaciones de un nuevo tipo, al principio basadas solamente en un número limitado de hechos y observaciones. Hasta que el nuevo material de observación depura estas hipótesis, elimina unas y corrige otras y llega, por último, a establecer la ley en toda su pureza.”83
La aguda crítica, que desenmascara implacablemente la filosofía hostil, va unida íntimamente en Engels a la estimación filosófica positiva del verdadero significado de los progresos conseguidos por las ciencias naturales. Así lo vemos, por ejemplo, en su actitud frente a la ley periódica, descubierta por D. I. Mendeleev. Engels hace ver el gran valor cognoscitivo de este descubrimiento: apoyándose de hecho en la ley de la transición de los cambios cuantitativos a cualitativos, Mendeleev levantó atrevidamente el velo que cubría una ley aún desconocida de la naturaleza; además, las previsiones científicas de Mendeleev se vieron brillantemente confirmadas. Con esto se demostraba en la práctica que los conocimientos que tenemos de las leyes de la naturaleza son fidedignos y se asestaba un rudo golpe al agnosticismo. Al valorar este acontecimiento desde el punto de vista filosófico, Engels escribe que, aplicando sin tener conciencia de ello la ley del paso de la cantidad a calidad. ”había logrado Mendeleev llevar a cabo una hazaña científica que puede audazmente parangonarse con la de Leverrier al calcular la órbita Neptuno, cuando todavía este planeta era desconocido”.84
Hubo de transcurrir largo tiempo antes de que muchos naturalistas admitieran el descubrimiento de Mendeleev, que tan estimado fue por Engels. Así, el químico alemán Lothar Meyer no se decidió a rectificar el peso atómico de los elementos conocidos con arreglo al tan “inestable principio” que, según él, era la ley periódica. Meyer no veía en ésta una [155] ley objetiva y firmemente establecida de la naturaleza, y la admitía sólo como un principio cómodo para la clasificación de los elementos, interpretándola así en un sentido subjetivo.
Por el contrario, la concepción profundamente materialista de Mendeleev en cuanto a la ley periódica, que él estimaba como ley objetiva de la naturaleza, se encontraba en la más estrecha relación con su dialéctica espontánea en el enfoque de los elementos químicos. Esta ley, al decir de Engels, es expresión concreta de la ley de la dialéctica materialista del paso de los cambios cuantitativos a cualitativos. Mendeleev aplicó esta última ley, aun sin tener conciencia clara de ello, y mostró la mutua vinculación de los aspectos cualitativo y cuantitativo de los elementos químicos. L. Meyer, por el contrario, mecanicista como era, reducía el aspecto cualitativo de los elementos químicos a su aspecto cuantitativo. De la valoración que Engels hace de los trabajos de ambos investigadores se advierte claramente la razón de que sólo pudiera descubrir la ley periódica un sabio que, como Mendeleev, pensaba de hecho dialécticamente. Es de señalar que Engels examina el descubrimiento de Mendeleev en el artículo Dialéctica, mientras las objeciones de L. Meyer son consideradas en la nota que lleva por título Sobre la concepción “mecanicista” de la naturaleza.
Así, Engels unía indisolublemente los problemas de la teoría del conocimiento a los problemas del método: el materialismo de Mendeleev, con su dialéctica espontánea, lo opone al subjetivismo de Meyer, con su mecanicismo.
Ofrecen gran interés las manifestaciones de Engels sobre el concepto de materia. Ante todo, aclara el problema de la materia en cuanto tal, de la “material en general”, y de la materia en sus formas concretas, cuestión ésta que desde hacía tiempo venía ocupando a filósofos y naturalistas. Desde el punto de vista de la metafísica, el problema de la materia en general encuentra una solución fácil: hay que despojar a los cuerpos de todos los caracteres particulares y específicos, y lo común que quede después de esta operación será la materia como tal. Engels señala que la “materia en general” no existe en la naturaleza, de la misma manera que no existe el fruto en general que no sea a la vez una especie concreta y determinada de fruto (manzana, pera, etc.). Nosotros conocemos el mundo material, con existencia objetiva, estudiando las distintas cosas de que se compone; al conocer estas cosas, conocemos la materia como tal.
Al análisis del concepto de materia va unido el examen que Engels hace del problema de la estructura de la materia.
“En la química –escribe– se abre una nueva época en la atomística (razón por la cual debemos considerar como el padre de la química moderna a Dalton, y no a Lavoisier), y en la física, congruentemente con ello, con la teoría molecular (bajo otra forma, pero constituyendo solamente, en lo esencial, el otro lado de este mismo proceso, con el descubrimiento de la transformación de las formas del movimiento).”85
En oposición a la vieja concepción mecanicista del atomismo, según la cual existían solamente partículas mecánicas de materia primaria, descualificada, Engels caracteriza como materialista dialéctica la nueva concepción del atomismo, de conformidad con la cual existen numerosos tipos de materia, cualitativamente distintos, discretos, que se forman sucesivamente uno tras otro y representan grados del desarrollo y de la complicación cualitativa.
“La nueva atomística –escribía– se distingue de todas las anteriores por el hecho de que (exceptuando a los asnos) no afirma que la materia sea solamente discreta, sino que las partes discretas de las distintas fases (átomos etéreos, átomos químicos, masas, cuerpos celestes) constituyen diversos puntos nodulares que condicionan diversos modos cualitativos de existencia de la materia general, hasta llegar al punto en que desaparecen la ausencia de gravedad y la repulsión.”86
Es de excepcional importancia el reconocimiento por Engels de la estructura compleja de los átomos. “Ahora bien, los átomos –escribe– no se consideran, en modo alguno, como las simples partículas de la materia o las partículas más pequeñas que se conocen.”87 Y se remite a la química, que “se inclina cada vez más a pensar que los átomos no son simples, sino complejos...”88
Engels critica decididamente la concepción unilateral de las ciencias naturales newtonianas, según la cual lo único propio de los cuerpos es la atracción. “... Atracción y repulsión son tan inseparables la una de la otra como lo positivo y lo negativo, razón por la cual podemos ya predecir, partiendo de la dialéctica, que la verdadera teoría de la materia asignará a la repulsión un lugar tan importante como a la atracción y que una teoría de la materia basada simplemente en la atracción es falsa, insuficiente, a medias.”89 Más tarde, ya después de la muerte de Engels, esta predicción era brillantemente confirmada por la física moderna.
Así, pues, Engels fundamentaba la concepción materialista de la naturaleza en la consecuente aplicación del método dialéctico, partiendo de la unidad del materialismo y la dialéctica. La investigación de la realidad objetiva de los fenómenos de la naturaleza se combina con la revelación de su carácter contradictorio y mutable, de su vinculación recíproca y su interdependencia.
Los trabajos de Engels sobre los problemas filosóficos de las ciencias naturales guardan relación directa con las investigaciones de Marx en el campo de las matemáticas, principalmente en lo que se refiere a la fundamentación filosófica del cálculo diferencial.
Marx comenzó a estudiar las cuestiones matemáticas ya a fines de los años 50, en relación con sus trabajos sobre economía. En los años 70 expuso su concepción, que fue muy elogiada por Engels. Este, en el prólogo al II tomo de El Capital, señala que después de 1870 Marx se dedicó también a las ciencias naturales (geología y fisiología); estos estudios, “y sobre todo ciertos trabajos matemáticos emprendidos por cuenta propia forman el contenido de los numerosos cuadernos de extractos de esta [157] época”.90 Marx se fijaba la tarea de seguir el desarrollo de las matemáticas, desde las elementales hasta las superiores, con objeto de descubrir los vínculos entre ellas y, a la vez, señalar la esencia de la revolución operada en el modo de pensar de los matemáticos, revolución provocada por el paso de las matemáticas de las magnitudes constantes (álgebra) a las matemáticas de las magnitudes variables, mutables, fluidas (cálculo diferencial). Al mismo tiempo que pone de manifiesto el contenido dialéctico de este salto en la historia de las matemáticas, Marx somete a una crítica profunda el idealismo matemático, que trataba de explotar en interés propio las dificultades existentes para la fundamentación filosófica del cálculo diferencial. Engels describe en la Dialéctica de la naturaleza que la aparición de las matemáticas superiores había sembrado el desconcierto entre los hombres de ciencia de mentalidad metafísica. “De todos los progresos teóricos que se conocen, tal vez ninguno represente un triunfo tan alto del espíritu humano como la invención del cálculo infinitesimal, en la segunda mitad del siglo XVII. Si en alguna parte asistimos a una hazaña pura y exclusiva del espíritu humano, es precisamente aquí. El misterio que todavía rodea a las magnitudes que se manejan en el cálculo infinitesimal –a las diferenciales y a los infinitos de diversos grados– constituye la mejor prueba de que se sigue creyendo que se está, en este terreno, ante puras “creaciones e imaginaciones libres” del espíritu humano, para los que no se encuentra equivalencia alguna en el mundo objetivo. Pero lo que en realidad ocurre es lo contrario. Todas estas magnitudes imaginarias tienen su modelo en la naturaleza.”91 En su análisis de esta revolución en el desarrollo de las matemáticas, Marx prestaba la atención principal a la fundamentación materialista dialéctica de las operaciones y los conceptos básicos del cálculo diferencial.
En su examen de la historia del análisis matemático, C. Marx divide a todos los matemáticos que se ocuparon de esta cuestión en dos grupos: primero, el de los creadores del cálculo diferencial (Leibniz y Newton), que operaban con las diferenciales (dx dy) como dadas y no se planteaban el problema de su origen; segundo, el de los matemáticos (Lagrange y otros) que, en su intento de poner en claro el origen de los símbolos diferenciales partiendo del desarrollo de las propias matemáticas, comienzan el análisis de este problema mediante el álgebra.
Los matemáticos del primer grupo no pueden fundamentar el cálculo que ellos crearon. Los del segundo grupo comienzan por el problema de la aparición del cálculo diferencial, pero sin llegar al cálculo diferencial propiamente dicho, y no rebasan los límites del álgebra ordinaria.
C. Marx muestra cómo el cálculo diferencial surge en un principio como reflejo de determinados procesos matemáticos que tienen su raíz en el álgebra ordinaria. A continuación hace ver que la aplicación de los métodos algebraicos lleva a la necesidad de considerar la diferencial como punto de partida del cálculo diferencial. Tiene lugar una especie de “vuelta del revés en el método” (Umschlag in der Methode): lo que parecía producto de determinados procesos, es decir, el concepto de diferencial [158] derivado del álgebra, conviértese luego en punto de partida de investigaciones dialécticas relacionadas con la fundamentación de los diferentes aspectos del cálculo diferencial.
Después de esto era posible valerse de los símbolos diferenciales como símbolos dados, acabados, con todas sus relaciones especificas. Por otra parte, desaparecía la mistificación derivada de la introducción en las matemáticas de símbolos diferenciales sin fundamentación alguna. Marx expone primeramente las diferencias finitas en el cambio de los valores x e y, unidos funcionalmente, examina luego estas diferencias como tendientes a cero, es decir, como aproximándose indefinidamente al cero, y subraya la importancia que supone el encontrar una relación determinada, finita, entre ellas. La admisión primeramente de la diferencia, escribe, y luego su cancelación no conduce literalmente a nada. Toda la dificultad en la concepción de la operación diferencial (como de toda negación, de la negación en general) estriba precisamente en ver cuál es la diferencia con un procedimiento tan sencillo y cómo conduce por esto a resultados reales. Este carácter especifico lo ve Marx en el hallazgo de una relación determinada de las diferencias finitas.
Engels, de plena conformidad con estas ideas de Marx, da la siguiente interpretación materialista dialéctica del cálculo diferencial e integral: “Supongamos a modo de ejemplo que se me dan, para resolver un problema cualquiera, dos magnitudes variables, x e y, ninguna de las cuales puede variar sin que varíe también la otra en la proporción que las circunstancias determinen. Lo que yo hago entonces es diferenciar las dos magnitudes, x e y, es decir, suponerlas tan infinitamente pequeñas, que desaparezcan, comparadas con cualquier otra magnitud real, por pequeña que ella sea, no quedando en pie de ellas, de x e y, más que su relación mutua, pero despojada, por decirlo así, de toda base material, una relación cuantitativa sin cantidad alguna, dy/dx, es decir, la razón o proporción de las dos diferenciales de x e y es igual a 0/0, pero 0/0 no es aquí más que la expresión de y/x. Observaré de pasada que esta razón o proporción entre dos magnitudes desaparecidas, el momento fijo en que desaparecen, es una contradicción; pero esta contradicción no debe desorientarnos, como no ha desorientado a los matemáticos desde hace cerca de dos siglos. Pues bien, ¿qué hemos hecho aquí más que negar las magnitudes x e y, pero negarlas no desentendiéndonos de ellas, que es el modo como niega la metafísica, sino de un modo congruente con la realidad de la situación? Hemos sustituido las magnitudes x e y por su negación, llegando así, en nuestras fórmulas o ecuaciones, a dx y dy. Una vez hecho esto, seguimos nuestros cálculos sobre esas fórmulas, operamos con dx y dy como magnitudes reales, aun cuando sujetas a ciertas leyes de excepción, y al llegar a un determinado punto, negamos la negación, es decir, integramos la fórmula diferencial, obteniendo de nuevo, en vez de dx y dy, las magnitudes [159] reales x e y. Y al hacerlo, no volveremos a encontrarnos en el punto de que partíamos, sino que habremos resuelto un problema contra el cual quizá se habrían debatido en vano la geometría y el álgebra vulgares.”92
En el prólogo a la segunda edición del Anti-Dühring (1885), Engels indica que se veía obligado a esperar una ocasión futura que le permitiera publicar los resultados por él obtenidos en el campo de las ciencias naturales, “tal vez en unión de los trabajos matemáticos importantísimos que nos ha legado Marx”.93 Pero Engels no logró ver realizados sus propósitos; los manuscritos matemáticos de Marx y la Dialéctica de la naturaleza, de Engels, fueron publicados por primera vez en la U.R.S.S., varios decenios después de la muerte de sus grandes autores.
Los fundadores del marxismo aplicaron magistralmente el método materialista dialéctico a la generalización filosófica de las ciencias naturales y las matemáticas. Sometieron a una crítica implacable el idealismo y el agnosticismo, la metafísica y el mecanicismo en el campo de las ciencias de la naturaleza y dieron a la vez una interpretación filosófica propia, basada en el materialismo dialéctico, de los problemas más importantes de esas ciencias. Marx y Engels ofrecieron un modelo de aplicación concreta de la filosofía marxista a las ciencias naturales y de elaboración de la misma con los materiales que éstas proporcionaban, y enunciaron una serie de admirables previsiones brillantemente confirmadas por el desarrollo posterior de la ciencia, previsiones audaces a las que eran incapaces de llegar los naturalistas de mentalidad limitada, sin hablar ya de los representantes de la filosofía reaccionaria.
Ofrece un interés especial la genial manera como Engels se anticipa a exponer las vías de ulterior desarrollo de todas las ciencias naturales en su conjunto y de los grandes descubrimientos a que se había de llegar en sus principales esferas.
Esto es una prueba del valor cognoscitivo de la dialéctica materialista como único método genuinamente científico para el estudio de los fenómenos naturales, que indica las vías que llevan a descubrir las leyes por las que la naturaleza se rige.
La Dialéctica de la naturaleza no llegó a ser terminada. “El mío, desde la muerte de Carlos Marx –escribía Engels en 1885 refiriéndose a su tiempo–, se halla embargado por deberes más apremiantes, que me han obligado a interrumpir esos trabajos.”94
Después de la muerte de Engels (1895), su Dialéctica de la naturaleza permaneció treinta años olvidada en los archivos del partido socialdemócrata alemán. Los oportunistas y revisionistas de la II Internacional, que habían hecho traición a la causa del marxismo, ocultaban el manuscrito de Engels, al que declaraban “anticuado”, por temor a la dialéctica revolucionaria de Marx y Engels, a su crítica demoledora de la ideología burguesa en filosofía y en ciencias naturales. Al negar la dialéctica del mundo objetivo, se oponían con todas sus fuerzas a la publicación de esta obra de Engels, dedicada especialmente a revelar y fundamentar la dialéctica de la naturaleza. Pero los avances de las ciencias naturales demuestran [160] que aunque algunas tesis parciales de Dialéctica de la naturaleza hayan perdido cierta vigencia –cosa inevitable con un progreso de la ciencia tan vertiginoso como el que observamos en los últimos decenios–, lo principal de ella sigue siendo vivo e imperecedero.
{10} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 103.
{11} Ibídem.
{12} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, págs. 82-83.
{13} Ibídem, pág. 82.
{14} Ibídem, pág. 104.
{15} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. cit., pág. 121.
{16} C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, Moscú-Leningrado, 1931. pág. 551.
{17} Ibídem, pág. 468.
{18} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. cit., pág. 126.
{19} Ibídem, págs. 171-172.
{20} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. cit., pág. 239.
{21} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 201. (Por época histórica entiende aquí Marx el tiempo de existencia de la sociedad humana.—N. de la Red.)
{22} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 187.
{23} C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XXV, Leningrado, 1934, pág. 479.
{24} Obra citada, t. XXIII, Moscú, 1932, pág. 382.
{25} Ibídem, pág. 383.
{26} Federico Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. de W. Roces, Ed. Grijalbo, México, D. F., 1961, pág. 173.
{27} Engels copió de un libro inglés sobre literatura rusa una breve biografía de Lomonósov y una relación de sus obras, entre las cuales había algunas que trataban de problemas de las ciencias naturales. Los títulos de estas últimas los anotó en ruso (en su transcripción con caracteres latinos) y luego los tradujo al alemán, seguramente con el propósito de leerlas más tarde. (Véase la revista Problemas de filosofía, 1950, nº 3, págs. 117-124, en ruso.) No parece, sin embargo, que Engels Megase a realizar sus intenciones.
{28} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit., pág. 37.
{29} Ibídem, pág. 32.
{30} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit., págs. 7-8.
{31} Ibídem, pág. 9.
{32} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 12.
{33} Ibídem, pág. 168.
{34} Ibídem, pág. 25.
{35} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 177.
{36} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 283.
{37} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 199.
{38} Ibídem, pág. 211.
{39} Ibídem, pág. 47.
{40} Algunos representantes de la filosofía burguesa actual, y también del actual revisionismo, tratan de demostrar que Engels no cra materialista dialéctico, sino materialista mecanicista por la razón de que todas las ciencias naturales del siglo XIX, afirman, fueron mecanicistas. Esto es absolutamente falso; es un procedimiento al que de ordinario recurren los idealistas: identificar el materialismo dialéctico con el mecanicista para hacer más fácil su crítica. En realidad, las manifestaciones de Engels antes citadas nos muestran que sometió el mecanicismo a una crítica consecuente desde el punto de vista del materialismo dialéctico y que no le hizo jamás concesión alguna. En cuanto a las ciencias naturales contemporáneas de Engels, en sus fundamentales apartados hacía ya mucho que habían rebasado el marco de la concepción mecanicista en que se encontraron hasta fines del primer tercio del siglo XIX.
{41} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 259.
{42} Ibídem, págs. 167-168.
{43} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 14.
{44} Ibídem, pág. 254.
{45} Ibídem, pág. 260, nota.
{46} Ibídem, pág. 261.
{47} F. Engels, Anti-Dühring, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1960, pág. 457. Apéndices.
{48} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 259.
{49} Ibídem, nota.
{50} Ibídem, pág. 41.
{51} Ibídem, pág. 39.
{52} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 10.
{53} Esta idea fundamental del desarrollo, decididamente apoyada por Engels, ha sido confirmada y concretada por los astrónomos materialistas contemporáneos; éstos han refutado la reaccionaria “teoría” en boga según la cual la formación del sistema solar se produjo de manera completamente casual, por una explosión repentina, y no como consecuencia de un desarrollo gradual y lento. La hipótesis de O. Y. Schmidt, enunciada en el siglo ZZ, sobre el carácter del estado inicial de nuestro sector del universo (el Sol rodeado de una materia pulverulenta fría, en vez del globo nebuloso incandescente que suponía Kant), se acomoda perfectamente a la idea principal de Engels de que el sistema solar derivó de una forma cósmica inicial más simple.
{54} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 232.
{55} Ibídem, pág. 239.
{56} Ibídem, pág. 84.
{57} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, págs. 190-191.
{58} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 243.
{59} Ibídem.
{60} Ibídem, págs. 140-141.
{61} Ibídem, pág. 250.
{62} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 182.
{63} Ibídem, pág. 180-181.
{64} Ibídem, pág. 182.
{65} Ibídem, pág. 184.
{66} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 185.
{67} Ibídem, págs. 186-187.
{68} Ibídem, pág. 187, nota.
{69} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza. págs. 192-193.
{70} Ibídem, pág. 179.
{71} Ibídem.
{72} Ibídem, pág. 178.
{73} Ibídem, pág. 264.
{74} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 264.
{75} Ibídem, pág. 265-266.
{76} Ibídem, pág. 266.
{77} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 306.
{78} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 305.
{79} Ibídem.
{80} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 204.
{81} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 232.
{82} Ibídem, pág. 205. Refiérese Engels a la negación por el naturalista suizo Haller (1708-1777) de la posibilidad de penetrar en la esencia interna de los fenó.menos de la naturaleza, a lo cual se oponía Goethe. —N. de la Red..
{83} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, págs. 204-205.
{84} Ibídem, pág. 46.
{85} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 251.
{86} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 251.
{87} Ibídem, pág. 231.
{88} Ibídem.
{89} Ibídem, pág. 207.
{90} F. Engels, Prólogo a la segunda edición del segundo tomo de “El Capital”. C. Marx, El Capital, ed. esp., cit., t. II, pág. 9.
{91} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 214.
{92} F. Engels, Anti-Dühring, ed. esp., cit., págs. 166-167.
{93} Ibídem, pág. 18.
{94} Ibídem.