Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 2 ❦ Capítulo IV: 6
6. Los naturalistas rusos avanzados y su defensa del materialismo en la primera mitad del siglo XIX.
En la primera mitad del siglo XIX son importantes los éxitos que alcanzan en Rusia las ciencias naturales, y en especial la biología. En este período adquiere gran difusión la idea de que la naturaleza se encuentra sometida a un proceso de desarrollo. Los investigadores rusos reúnen datos valiosos en botánica, zoología, paleontología y otras ramas de las ciencias naturales, y, a la vez que los sabios del resto de Europa, formulan importantes principios científicos sobre las leyes de desarrollo de la naturaleza.
El gobierno zarista, sobre todo después del levantamiento de los decembristas, reprimía sañudamente toda manifestación de librepensamiento en la ciencia, haciendo objeto de sus persecuciones a quienes mantenían la orientación materialista. Las autoridades zaristas alejaban de las universidades. a los mejores catedráticos y estudiantes, por el simple hucho de mantener ideas progresivas, y la enseñanza era subordinada a la escolástica y a los dogmas religiosos. No obstante, los investigadores avanzados enriquecían la ciencia con nuevos descubrimientos y continuaban las tradiciones materialistas y ateas de Lomonósov.
En las ciencias naturales, lo mismo que en filosofía, era en Rusia muy violenta la pugna entre el materialismo y el idealismo.
A principios del siglo XIX, entre una parte de los naturalistas de Occidente y de Rusia gozaba de predicamento la filosofía de los idealistas alemanes, y en particular las doctrinas de Kant y Schelling. Lobachevski, Osípovski, Filomafitski y otros investigadores materialistas rusos combatieron a los idealistas alemanes y a sus adeptos dentro del propio país. Así, T. F. Osípovski sometió a crítica la concepción kantiana del espacio y del tiempo, demostrando que uno y otro tienen existencia objetiva.
Entre los biólogos rusos de la primera mitad del siglo XIX se destaca un grupo de evolucionistas convencidos, que investigan los problemas del desarrollo en la naturaleza orgánica.
Yákov Kuzmich Kaidánov (1778-1855), biólogo y médico, profesor de la Academia de Cirugía y Medicina, publicó en 1812 El carácter cuaternario de la vida, trabajo en el que, refutando las concepciones metafísicas de la filosofía de la naturaleza, plantea en forma general el principio del desarrollo en la naturaleza viva. Según él, todos los cuerpos, lo mismo del mundo inorgánico que orgánico, guardan vínculos entre sí; es imposible comprender los animales si no se conocen las plantas, de la misma manera que es imposible explicar la esencia de éstas si no se estudian los cuerpos del mundo inorgánico.
Kaidánov, partiendo de la propia naturaleza, trata de explicar no sólo los vínculos que unen a los distintos cuerpos, sino también el proceso por el que esos cuerpos se van haciendo más complejos, desde los minerales al hombre. “Podemos pensar –escribe– que la esfera de la vida, considerada en su conjunto, se va completando y ampliando poco a poco, ascendiendo desde el reino mineral hasta el hombre, a través de los demás reinos [268] orgánicos, como si desarrollase sus formas o, si se quiere, como si las multiplicase.” Esta idea lleva a Kaidánov a la conclusión de que primeramente aparecieron los cuerpos minerales, luego los organismos vegetales y animales y, por último, el hombre.
Cierto que esta idea no encuentra una confirmación experimental en la obra de Kaidánov, puesto que en aquel entonces no se conocían aún los principios de la aparición ni las leyes de desarrollo de los organismos vivos. El examen que él hace de la naturaleza muerta y de los organismos vivos, incluyendo el hombre, como eslabones de un sistema natural único, discrepaba totalmente de las teorías idealistas y metafísicas a la sazón imperantes en biología, y fue acogido con manifiesta hostilidad por los científicos reaccionarios. Durante largo tiempo se hizo el silencio alrededor del trabajo de Kaidánov y de sus progresivas ideas en el campo biológico.
La idea materialista del desarrollo de la naturaleza es recogida por uno de los discípulos de Kaidánov, Pável Fiódorovich Gorianinov (17961865), naturalista eminente y profesor de la Academia de Cirugía y Medicina. Anticipándose a algunos descubrimientos posteriores en la clasificación y morfología de las plantas, Gorianínov sentó las bases de la teoría celular en biología.
Apoyándose en los datos entonces conocidos, Gorianínov expone en su obra Primeros rasgos del sistema de la naturaleza (1834) la idea de la transformación de unas especies biológicas en otras y de que los organismos superiores proceden de los inferiores. De manera clara y precisa fija la causa de las modificaciones y transformaciones de los organismos vivos en los cambios de las condiciones exteriores de su existencia. Era enemigo lo mismo del empirismo puro que de los razonamientos especulativos, y defendía la unidad de la teoría y de la experiencia.
El fisiólogo Alexei Matvéevich Filomafitski (1807-1849) combatió la filosofía de la naturaleza de Schelling. En 1836 dio a la luz el primer volumen de sus trabajos con el título de Manual de fisiología para estudiantes. Su labor científica se desarrolló en la Universidad de Moscú. A diferencia de D. Vellanski, para quien el principal instrumento de investigación era el especulativo, Filomafitski hace una apasionada defensa del método experimental en fisiología.
Los filósofos de la naturaleza, decía, inducen a “la contemplación abstracta de las cosas”, con lo que embotan el sentido de la crítica sana, la cual exige “en los objetos naturales pruebas positivas de conformidad con la experiencia”.143 Tal criterio da origen a sistemas y teorías que a menudo se hallan en contradicción con la observación y el experimento.
Filomafitski, al contrario, pide que en el estudio de los fenómenos fisiológicos se parta de esos mismos fenómenos, tomándolos tal como se encuentran en la realidad, para, con ayuda del experimento, encontrar aquello que los caracteriza.
Muéstrase también contrario al agnosticismo y defiende con calor la posibilidad del conocimiento del mundo por el hombre, reafirmando de este modo la capacidad de la ciencia. Los hombres no deben detenerse jamás [269] en la vía de la observación y el experimento, sino que han de ir siempre adelante.
Carlos Maximovich Ber (1792-1876), naturalista y enciclopedista, miembro de la Academia de Ciencias Rusa, sentó las bases de la embriología, o ciencia del desarrollo individual intrauterino de los organismos. En su fundamental estudio Historia del desarrollo de los animales (1828-1837) mantiene la idea de la evolución de la naturaleza viva y la opone al concepto metafísico de la constancia e inmutabilidad de las especies biológicas.
Las investigaciones de Ber contribuyeron de manera importante a refutar la teoría de la preformación, hasta él imperante en biología, y a sustituirla por la doctrina de la formación gradual de los órganos del embrión de los seres vivos a partir del elemento relativamente simple y homogéneo que es el óvulo.
La biología recibió un vigoroso impulso con el descubrimiento por Ber de la ley según la cual en el desarrollo individual del embrión de todo ser vivo aparecen primero los rasgos más generales, característicos del tipo a que el embrión pertenece, y luego, consecutivamente, se manifiestan los rasgos de la clase, el orden, etc. Los últimos en aparecer son los rasgos (caracteres) propios de la especie. Más tarde esta ley habría de conocerse ampliamente como “ley biogenética fundamental”.
Este trabajo de Ber, que sentaba las bases de una embriología inspirada por la idea del desarrollo de la naturaleza viva, asestó un rudo golpe a las ideas metafísicas que hasta entonces existían sobre esta materia, y ayudaron a desacreditar los dogmas religiosos de la creación del mundo por Dios.
Pero las concepciones de Ber no se hallaban exentas de elementos de metafísica, de idealismo. Manifestóse contra la teoría evolucionista de Darwin, y en particular contra la selección natural, y defendió la “autogénesis”, concepto idealista según el cual las fuerzas motrices del desarrollo de la naturaleza viva residen en ciertas “causas internas” que nos son desconocidas.
Una concepción armónica y profunda de la evolución del mundo orgánico la encontramos en el profesor de la Universidad de Moscú Carlos Frántsevich Rulie (1814-1858). En ella se combinan armónicamente la unidad de la naturaleza, la relación causal e interdependencia de sus fenómenos, el origen del mundo orgánico partiendo del inorgánico y el desarrollo progresivo de las formas orgánicas.
Rulie llevó a cabo una amplia divulgación de sus ideas evolucionistas en las famosas Conferencias públicas que tanto elogió A. I. Herzen.
Rulie subrayó la regular secuencia, sujeta a leyes, que se observa en la aparición, desarrollo y sustitución de las formas orgánicas en la tierra. Apoyándose en los datos de la geología de su tiempo, demostró que hubo una época en que nuestro planeta desconocía por completo la vida; ésta apareció primeramente en los mares, y luego, gradualmente, surgieron las formas orgánicas terrestres. El hombre, según sus palabras, es el último eslabón del universo.
Lo característico de la concepción evolucionista de Rulie es que en ella se subraya de manera especial el papel del medio ambiente en la estructuración y desarrollo de las formas orgánicas. En relación íntima con este aspecto progresivo de la doctrina se halla otro rasgo positivo de la [270] misma: señaló también la posibilidad y necesidad de la herencia de los caracteres adquiridos por los organismos vivos bajo la influencia del medio.
Esta aceptación de la posibilidad y necesidad de la herencia de los rasgos distintivos, caracteres y propiedades individuales adquiridos, en determinadas condiciones, proporciona una base materialista a la concepción evolucionista de Rulie.
Este afirmaba que en la naturaleza no hay ni puede haber especies inmutables, no sometidas a cambio; las especies biológicas, como todo en la naturaleza, se forman a través de un desarrollo lento y gradual. Sus investigaciones sobre braquiópodos fósiles, descubiertos por él en excavaciones efectuadas en la provincia de Moscú, le sirvieron para demostrar las transformaciones de unas especies en otras.
En los trabajos de Rulie se plantea con toda precisión el problema de la relación entre la filogénesis y la ontogénesis. El desarrollo embrionario, decía, parece repetir la secuencia geológica en la aparición y desarrollo de las formas orgánicas de lo simple a lo complejo. Tal como lo hicieran Lomonósov, Radíschev y Herzen, Rulie extiende la idea del desarrollo a la vida psíquica. Por su propia cuenta e independientemente, expuso una doctrina materialista de la evolución, que iba respaldada no sólo por consideraciones teóricas, sino por convincentes datos experimentales. En líneas generales, sus ideas se acercaban a la teoría evolucionista de Darwin.
Los mejores biólogos rusos de la primera mitad del siglo XIX, que estudiaron con un criterio amplio los problemas de la evolución, se anticiparon en algunos aspectos a Darwin. Eso nos explica en buena parte que el darvinismo encontrase en Rusia los más entusiastas defensores desde el momento mismo de su aparición y que se ahondase tanto en su estudio.
La orientación materialista de la ciencia rusa en la primera mitad del siglo XIX encuentra un excelente defensor y continuador en el gran matemático Nicolás Ivánovich Lobachevski (1792-1856). La nueva geometría por él descubierta, o “geometría de Lobachevski”, fue una de las más grandes conquistas de la ciencia. Con ello se producía en geometría una revolución comparable a la que Copérnico llevó a cabo en la astronomía.
La nueva geometría de Lobachevski se asentaba en la idea materialista de la íntima dependencia de las relaciones geométricas respecto de la naturaleza misma de los cuerpos materiales. En su obra Principios de geometría (1829) sienta la necesidad de acudir a la “naturaleza de las cosas” e indica la dependencia en que se halla la geometría respecto de la mecánica, suponiendo que aquélla ha de guardar relaciones íntimas con las propiedades físicas de la materia. En Nuevos principios de la geometría con una teoría completa de las paralelas (1835-1838) afirma Lobachevski que “ciertas fuerzas de la naturaleza siguen una geometría, mientras que otras se atienen a una geometría específica y propia”.144
En la geometría euclidiana, cuya antigüedad se remonta a más de dos mil años, hay postulados que han servido de base para todos los sistemas geométricos. El quinto postulado de esa geometría –el de las paralelas– ocupa una situación algo especial. Después de Euclides, los matemáticos trataron de demostrarlo partiendo de otros principios de la geometría, es decir, de derivarlo de otros axiomas. [271]
El descubrimiento de Lobachevski consistía, primero, en la demostración de que ese postulado es independiente de los demás principios de la geometría, y segundo, en la construcción de un sistema geométrico, sin contradicciones lógicas, en el que el quinto postulado adquiere una forma distinta; tal como Lobachevski lo enunció, dice: a través de un punto situado fuera de una recta es puede trazar no una, sino, por lo menos, dos líneas paralelas. La esencia del descubrimiento de Lobachevski es que aplica los principios materialistas al desarrollo de la propia geometría como ciencia. Exige una explicación de los principios iniciales en que se basa la ciencia y la encuentra en su fundamentación profundamente materialista, pues, como él escribía, “ninguna ciencia matemática ha de empezar con conceptos tan oscuros como los que, repitiendo a Euclides, iniciamos nosotros la geometría...”.145
Desde el comienzo mismo, Lobachevski incluye el postulado de las paralelas entre los principios que, indudablemente, exigen demostración.
Para demostrar que el quinto postulado es independiente y no se contradice con los axiomas restantes de la geometría euclidiana, Lobachevski acude a la realidad material, a la naturaleza de las cosas. Con ello pone de relieve la gran fuerza del materialismo en la ciencia, muestra cómo las dificultades en el desarrollo de las matemáticas pueden ser resueltas sólo buscando las relaciones reales del mundo exterior reflejadas en los conceptos matemáticos abstractos.
Según Lobachevski, únicamente recurriendo a la experiencia, a la práctica, es posible demostrar los conceptos básicos de las matemáticas. “Los vanos esfuerzos realizados durante dos mil años, desde los tiempos de Euclides –escribe–, me llevaron a la sospecha de que los mismos conceptos no encierran aún la verdad que se quería demostrar y que sólo es posible comprobar, al igual que otras leyes físicas, por el experimento, como son, por ejemplo, las observaciones astronómicas.”146
Lobachevski comprendía, ciertamente, que esto no era óbice para que las matemáticas conservasen su carácter específico y no llegasen a convertirse en un simple apartado de la física. La explicación del contenido objetivo de los principios matemáticos abstractos, el descubrimiento de los vínculos entre las propiedades geométricas y físicas de la materia, es condición indispensable para el desarrollo de las matemáticas como ciencia de las relaciones cuantitativas y espaciales del mundo exterior. El gran mérito de Lobachevski en la historia de las ciencias de la naturaleza y de la filosofía es que supo aplicar principios materialistas a la resolución de problemas especificamente geométricos.
El deseo de fundamentar los principios básicos de la geometría condujo a Lobachevski a la idea de la dependencia entre los segmentos y los ángulos. La geometría de Euclides negaba esa dependencia. La longitud de los lados del triángulo, según ella, no influye sobre sus ángulos; la suma de los ángulos de un triángulo es siempre igual a dos rectos, cualquiera que sean las dimensiones del triángulo. Esto guarda relación con el postulado euclidiano de las paralelas.
Lobachevski se fijó en que la negación de la dependencia entre los [272] segmentos y los ángulos no tenía base alguna, era algo admitido arbitrariamente y que, en realidad, esa dependencia existe. Esto se manifiesta directamente, por ejemplo, en que entre el valor de los lados del triángulo y sus ángulos existe una relación, en virtud de la cual en la geometría de Lobachevski la suma de los ángulos de un triángulo es menor que dos rectos.
Estos desusados resultados de la geometría de Lobachevski son de difícil representación intuitiva para nosotros porque, de ordinario, nos valemos de las relaciones geométricas existentes dentro de la escala terrestre, para la cual la geometría de Euclides es válida.
Cuando Lobachevski creó su geometría estimaba que las nuevas relaciones geométricas únicamente podrían ser descubiertas en las investigaciones astronómicas o en el campo de los microfenómenos. Los progresos de la astronomía y la física confirman cada vez más las ideas de Lobachevski. Cierto que la geometría de Euclides conserva su validez cuando nos desenvolvemos dentro de la Tierra, e incluso en espacios relativamente grandes más allá de ella. En la vieja geometría había una partícula de la verdad absoluta; esa partícula ha entrado en la nueva geometría, que refleja más plenamente las propiedades del espacio real.
El descubrimiento de Lobachevski significaba un golpe para el apriorismo kantiano. Su geometría demostraba elocuentemente que las formas espaciales, más profundamente reflejadas en ella que en la geometría anterior, son inherentes a los propios objetos materiales, y no formas subjetivas de la intuición, como afirmaba Kant. En su crítica del apriorismo como corriente filosófica, Lobachevski sostenía que el conocimiento se adquiere a través de los sentidos y que las ideas innatas no existen.
En un principio la nueva geometría no tuvo una buena acogida. Los hombres de ciencia reaccionarios la combatieron por todos los medios. Sus críticas eran tan ásperas que el eminente matemático alemán Gauss no se decidió a apoyarla abiertamente, aunque, según se supo más tarde, compartía sus tesis fundamentales.
En su defensa abierta y atrevida de las nuevas ideas, que significaban una revolución en toda la geometría, Lobachevski manifestó el valor del verdadero innovador, del paladín de la ciencia avanzada, del materialismo.
{143} A.M. Filomafitski, Manual de fisiología para estudiantes, t. I, San Peters. burgo, 1836, pág. 16.
{144} N. I. Lobachevski, Obras completas, t. II, Moscú, 1949, pág. 159.
{145} N. I. Lobachevski, Obras completas, t. I, Moscú, 1946, pág. 185.
{146} Ibídem, t. II, pág. 147.