Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1965


Tomo 2 ❦ Capítulo IV: 2

2. V. G. Belinski y su contribución al desarrollo de la filosofía y la estética.

En el movimiento de liberación del pueblo ruso y en el progreso de la filosofía y la literatura avanzadas hay que señalar ante todo el papel de Vissarión Grigórievich Belinski (1811-1848), gran revolucionario demócrata, crítico, publicista y clásico de la filosofía materialista rusa.

Belinski, de origen plebeyo (era hijo de un médico rural), representaba ya, en la época de la servidumbre, “un precursor del desplazamiento completo de los nobles por los plebeyos en nuestro movimiento de liberación...”20

La vida de Belinski es un camino complejo y contradictorio de búsquedas teóricas que le llevan del terreno de la Ilustración a la democracia revolucionaria, del idealismo al materialismo.

La evolución de las ideas políticas de Belinski se opera sobre la base de la lucha de los campesinos contra los terratenientes de Rusia entre 1830 y 1850, sobre la base del movimiento de liberación contra el zarismo y la servidumbre.

La concepción del mundo de Belinski se forma en la atmósfera engendrada por el entusiasmo patriótico de 1812 y por el movimiento de los decembristas, bajo la influencia de la literatura y del pensamiento social rusos de vanguardia, y también bajo el ascendiente de las ideas progresistas de los pensadores europeos, singularmente del socialismo utópico francés y de la filosofía clásica alemana.

En 1829 ingresa Belinski en la Sección de Letras de la Universidad de Moscú. No tarda en unírsele un grupo de estudiantes demócratas, que se dan el nombre de “Sociedad literaria del número 11”.21 En este tiempo Belinski era ya adversario de la servidumbre y enemigo de un régimen social basado en la desigualdad de los hombres y en la esclavización de una parte de la sociedad por la otra parte. En el drama Dimitri Kalinin, escrito en 1830, sigue a Radíschev en su severa condenación de la servidumbre como régimen injusto y contrario a la naturaleza.

Las concepciones político-sociales y filosóficas de Belinski entre 1830 y 1840 se atienen al espíritu de la Ilustración. En los artículos insertados en El Telescopio y Molvá de 1834 a 1836 (Ensueños literarios, La novela [225] rusa y las novelas de Gógol, etc.) somete a crítica a los representantes del “populismo oficial” en la literatura –Bulgarin, Kúkolnikov y otros– y denuncia el carácter falsamente popular de sus obras. También combate enérgicamente los intentos de Sheviriov, que trataba de orientar la literatura rusa hacia los medios aristocráticos y de ponerla exclusivamente al servicio de la “alta sociedad”.

En ese tiempo las convicciones antifeudales de Belinski no le habían conducido aún a conclusiones revolucionarias. Era un demócrata que cifraba en la difusión de la cultura la liberación de las masas populares del yugo de la servidumbre y el mejoramiento de su situación.

Belinski era aún idealista en filosofía. Hallábase muy influido por la filosofía idealista alemana, en particular por la de Schelling y de Hegel, y consideraba el mundo como creación y manifestación de un principio espiritual, de la idea única y eterna. Pero ya en esos años estaba lejos de mantener una actitud contemplativa hacia el medio y consideraba al hombre social como actor de la historia.

Ya en los años 30, dentro del idealismo de Belinski apuntaba la dialéctica. Veía la naturaleza sujeta a un proceso de eterno e infinito cambio, de destrucción de lo viejo y de aparición de lo nuevo, aunque ligando erróneamente ese proceso a la vida de la idea absoluta.

“Esta idea –escribió en Ensueños literarios– no conoce el reposo: vive constantemente, es decir, crea constantemente para destruir, y destruye para crear.”22

En aquellos años, cuando en el seno de las masas de la población trabajadora, víctimas de siglos de esclavitud, el movimiento revolucionario era aún débil, Belinski no podía encontrar un camino acertado para la destrucción del régimen de servidumbre. A fines de 1837 llegó a la conclusión equivocada de que el desarrollo social, la sucesión de las formas sociales, viene determinado por las leyes ineluctables de la “razón mundial”, en virtud de lo cual la lucha contra las formas sociales existentes es ilegítima y no puede tener éxito; de ahí que todas las esperanzas hayan de ser depositadas en la marcha objetiva de la evolución histórica. en los progresos de la cultura y de la moral.

Esta “aceptación de la realidad”, a la que Belinski llega por un breve período (de 1837 a 1839), se debía también, en cierta medida, a la influencia de la filosofía de Hegel. La conocida tesis hegeliana de que todo lo real es racional era entonces adoptada por Belinski unilateralmente, sólo en su aspecto conservador, e interpretada a veces en el sentido de identificar la realidad con lo existente.

No obstante, Belinski seguía siendo entonces enemigo de la servidumbre y partidario de la Ilustración; en sus obras denunciaba la reaccionaria ideología feudal de Bulgarin, Sheviriov y demás “columnas” intelectuales de la autocracia. No puede extrañarnos que más tarde calificase de “forzosa y violenta” su “conciliación con la realidad”.

Tal actitud “conciliadora” no podía perdurar en Belinski, pues el desarrollo de la lucha de clases en Rusia y en el Occidente le conducía a la convicción de que las relaciones feudales basadas en la servidumbre eran un fenómeno caduco con el cual había que enfrentarse obligatoriamente. [226] Ya a fines de 1839, Belinski experimenta dolorosas dudas sobre la justeza de su punto de vista “conciliador”.

En 1840 rompe definitivamente con el espíritu “conciliador” y entra ya con paso firme e irrevocable en el campo de la democracia revolucionaria. “¡Maldigo mi odiosa tendencia a aceptar la odiosa realidad!”,23 exclama en una carta a Botkin.

La concepción democrática revolucionaria de Belinski entre 1840 y 1848 coincide con el período más maduro y fecundo en la labor del gran crítico. En ese tiempo pasa a las posiciones del materialismo filosófico, se preocupa de los problemas de la dialéctica y se pone al servicio del movimiento revolucionario.

Resumen de la labor político-social y literaria de Belinski es su famosa Carta a Gógol, escrita en julio de 1847. Combate las ideas reaccionarias expuestas por el gran satírico en Trozos escogidos de la correspondencia con los amigos, somete a una crítica demoledora el régimen autocrático basado en la servidumbre imperante en Rusia, formula el programa inmediato de las transformaciones democráticas y encomienda a la literatura rusa la gran misión de ponerse al servicio de la lucha liberadora del pueblo.

Lenin calificó la carta de Belinski a Gógol como “una de las mejores producciones de la prensa democrática no sometida a censura, que hasta hoy día conserva un valor vivo y enorme”.24 Según Lenin, los sentimientos que Belinski expresaba en su carta a Gógol eran consecuencia del pensar y del sentir de los campesinos siervos de la gleba, de su indignada protesta contra el yugo de la autocracia y de la servidumbre.

Belinski lleva más allá la crítica revolucionaria de la servidumbre, que Radíschev había iniciado en Viaje de Petersburgo a Moscú y que continuaren los decembristas, y pone con toda energía en la picota los tres “baluartes” de la Rusia feudal: el régimen de servidumbre, la autocracia y la iglesia. Veía claramente que el creciente movimiento campesino conduciría inevitablemente al país a una de las dos posibles soluciones del problema agrario: o bien el gobierno, por miedo al levantamiento del pueblo. se vería obligado a abolir el régimen de servidumbre, o “el problema se resolverá por sí mismo, de otro modo, mil veces más desagradable para la nobleza rusa”,25 es decir, sería resuelto por la propia insurrección de los campesinos. En el último período de su vida, Belinski manifestó la opinión de que el desarrollo del capitalismo tendría en Rusia un valor progresivo.

Belinski condenaba el régimen capitalista de los países europeos; consideraba que la libertad tiene a menudo en los países burgueses un carácter formal y hacía ver la carencia de derechos a que en la sociedad capitalista se ve condenado en realidad el pueblo. Burlábase de la “igualdad” burguesa. en la que el proletario se encuentra bajo la absoluta dependencia económica respecto del capitalista, y criticaba la venalidad de los parlamentarios burgueses.

“... La dominación de los capitalistas –escribía en una carta a Botkin– ha cubierto a la Francia contemporánea de eterna vergüenza... En [227] la sociedad capitalista todo es mezquino, bajo y contradictorio; no existe el sentimiento del honor nacional, del orgullo nacional.”26 Decía también: “... ¡Ay del Estado que cae en manos de los capitalistas! Son gentes sin patriotismo y sin ningún sentimiento elevado. Para ellos la guerra o la paz sólo significan el alza o la baja de los fondos y, más allá de esto, no ven nada.”27

Las concepciones filosóficas de Belinski a partir de 1840 se desarrollan en la lucha contra la ideología reaccionaria, en relación íntima con el progreso de las ideas democrático-revolucionarias sobre la sociedad.

Belinski aceptaba de ordinario con un espíritu crítico las valiosas aportaciones del pensamiento filosófico europeo y, concretamente, del ruso. Conocía y estudiaba las obras de Lomonósov y Radíschev, de los ilustrados franceses del siglo XVIII y de los socialistas utópicos, de Schelling, Hegel y Feuerbach. Estaba al corriente de las ideas dialécticas de la filosofía clásica alemana. Pero no tendríamos razón si afirmásemos que su filosofía era una copia de determinado pensador de Occidente. La fuente de donde, en última instancia, proceden las ideas de Belinski está en las condiciones históricas del pensamiento social ruso, en el auge de la lucha de los siervos de la gleba contra los terratenientes; también influyeron considerablemente en él los acontecimientos revolucionarios del centro y oeste de Europa. En su evolución filosófica, pasó del idealismo, que profesó hasta 1840 aproximadamente, al materialismo; en sus concepciones iban en aumento los elementos de la dialéctica.

El gran crítico era un pensador independiente y original. En sus obras exponía y desarrollaba ideas progresistas sobre la esencia y misión de la filosofía. Todas las ciencias, nos dice, tienen un mismo objeto: la vida. A diferencia de las ciencias restantes, que estudian los diversos aspectos de la vida, la filosofía es la ciencia que trata de la vida, de la existencia, en el sentido amplio de la palabra, es decir, se ocupa de las leyes más generales que rigen el mundo. Estaba convencido de la necesidad de unos “principios comunes” a todas las ciencias y consideraba que en el futuro había de ser superada la separación existente entre la filosofía y las ciencias de la naturaleza.

Belinski es un adversario declarado de la filosofía abstracta, del “saber por el saber”. “La importancia de los problemas teóricos –escribía– depende de la relación que guardan con la realidad.”28

Deseoso de poner la teoría al servicio del movimiento de liberación en Rusia, Belinski desarrolla en sus obras las ideas de la dialéctica.

En cuanto al método, el principio por el que se guía a partir de 1840 es la afirmación de que el avance ascensional, el paso de las formas inferiores a las superiores, es ley absoluta de todo lo existente. Por ello, sostenía, todos los fenómenos hay que examinarlos en su mutación y desarrollo, y ver éste como un proceso. El origen del desarrollo hay que buscarlo en los propios fenómenos, y no fuera de ellos.

El desarrollo progresivo lo entendía como un proceso complejo y contradictorio. Este proceso presenta momentos de descenso y de retroceso [228] parcial, pero en su conjunto sigue una línea ascendente. La negación del desarrollo progresivo equivale para él a justificar el estancamiento y la muerte: “Aquel para quien el presente no es superior al pasado y el futuro superior al presente, siempre encontrará en todo estancamiento, podredumbre y muerte.”29

El pensamiento dialéctico de Belinski alcanza particular profundidad y vigor en el análisis del desarrollo como aparición de lo nuevo. El desarrollo, afirmaba, consiste en la aparición de formas nuevas; sin “una tendencia constante hacia lo nuevo, hacia el futuro, no habría movimiento alguno, no habría avance, no habría progreso, historia, vida...”30

La aparición de lo nuevo es siempre negación de lo viejo. Belinski subrayaba particularmente el significado de la negación, en la que veía el principio vital del desarrollo. Eso le movía a proclamar la lucha revolucionaria activa contra las formas caducas de la vida social. Lo nuevo vence y se afirma únicamente en lucha con lo viejo. Esa lucha es ley natural de la vida. Lo nuevo se abre camino después de dura pugna con lo viejo. “Este género de progreso –escribía Belinski– es el más sólido, y es inquebrantable e invencible: contra él no existe medida alguna.”31

Las ideas dialécticas de Belinski, fundamento teórico de sus concepciones democrático-revolucionarias, iban dirigidas contra los ideólogos del régimen de servidumbre, que defendían el carácter inmutable del orden social existente. En la crítica que hace de las lucubraciones metafísicas de Sheviriov, de Pogodin y de los eslavófilos, Belinski pone de relieve la inconsistencia y el modo antihistórico de esos autores de examinar los acontecimientos de la vida social, al negar, como negaban, el «desarrollo como proceso natural y sujeto a leyes, al no admitir la lucha como condición necesaria del desarrollo.

“Son cabezas con los pies hacia arriba –ironizaba Belinski a costa de los eslavófilos–, piensan eternamente a posteriori y... no esperan el remedio de los males del futuro, sino que, suprimiendo el presente (como si no existiera o como si no fuese consecuencia del pasado), acuden al pasado remoto... y mediante un imposible y monstruoso salto mortal quieren hacer avanzar ese remoto pasado y colocarlo, salvando el presente, en el futuro...”32 Belinski demuestra que el carácter metafísico de las ideas de los filósofos y sociólogos reaccionarios no es casual, sino que es producto necesario de sus posiciones políticas.

También defiende y argumenta la tesis dialéctica de que una noción correcta de los objetos es sólo posible con un estudio completo de los mismos, el cual nos revela las contradicciones que los fenómenos encierran. Según él, “todo lo vivo se diferencia de lo muerto en que, en su esencia misma, encierra el principio de la contradicción”.33 De ahí el profundo error de quienes quieren ver en todo una misma cosa y no admiten la existencia de contrarios en un mismo objeto.

En su pugna contra las teorías metafísicas de quienes defendían la servidumbre, Belinski expone también la idea del carácter concreto de la [229] verdad. “La idea de la verdad y del bien –escribía– ha sido reconocida por todos los pueblos y en todos los tiempos; pero lo que para un pueblo o en un tiempo es verdad irrebatible o bien, es con frecuencia falsedad o mal para otro pueblo o en otro tiempo. Por eso enjuiciar de un modo absoluto es lo más sencillo, pero también lo más inseguro...”34

En la década del 30 las ideas dialécticas de Belinski eran aún idealistas; el paso al materialismo, que se inició de 1841 a 1843, le permitió dar un gran paso adelante en el desarrollo de la dialéctica. Es entonces cuando, desde las posiciones del materialismo, descarga sus fuertes golpes sobre la doctrina idealista y metafísica de los eslavófilos y sobre los ideólogos del “populismo oficial”; es entonces cuando, de la manera más brillante, en la lucha contra los defensores de lo viejo y caduco, se revela el vigor de su dialéctica.

Hacia 1841 se advierten ya en la concepción del mundo de Belinski elementos materialistas; y aproximadamente en 1844 rompe definitiva- mente con el idealismo, se convierte en un partidario convencido del materialismo filosófico y rechaza rotundamente la tesis del mundo como creación y manifestación de una fuerza espiritual, trascendente. La admisión de lo “sobrenatural” en el mundo es para él un “absurdo”, que inevitablemente conduce el pensamiento humano al laberinto de la mística y del fanatismo.

El pensamiento no existe fuera e independientemente de su base material, afirmaba Belinski; es consecuencia de la actividad del cerebro, es decir, de la materia. La lógica, que se ocupa del estudio del pensamiento, no debe olvidar ni un instante que “el objeto de su investigación es una flor cuyas raíces se encuentran en la tierra, es decir, que lo espiritual no es sino la actividad de lo físico”.35 Por eso la lógica y la psicología han de apoyarse en la fisiología, en el estudio de la naturaleza fisiológica del hombre.

El individuo humano es comprendido por Belinski como encarnación de la unidad orgánica de lo espiritual y lo material, unidad en la que lo material es lo determinante.

Belinski es enemigo declarado del materialismo vulgar. Afirma que “la naturaleza espiritual del hombre no ha de ser separada de su naturaleza física como algo particular e independiente de ella”; pero, al mismo tiempo, considera que esa naturaleza espiritual ha de ser diferenciada de la física, que “las leyes del intelecto han de ser observadas en las actividades de éste”.36

Con un criterio materialista considera también Belinski el conocimiento humano. Para él era una verdad absoluta que la primera fase del conocimiento del mundo exterior es la sensación. Combatía al mismo tiempo el empirismo estrecho y la especulación “pura”, pedía la unión del conocimiento “basado en los hechos” y del “filosófico”, y veía la esencia del conocimiento en “la comprensión del significado de los hechos”.

La verdad, estimaba, es la concordancia del conocimiento con el objeto que se nos da a conocer; por eso estaba convencido de que es posible [230] alcanzar la verdad, de que el mundo es cognoscible. Veía claramente la hostilidad del agnosticismo hacia la ciencia y no admitía la falta de confianza en el poder del conocimiento humano. “... Ahora –escribía– toda convicción simple y honrada, incluso limitada y unilateral, se estima más que la duda más multifacética, que no puede convertirse en convicción ni en negación y que, quiérase o no, se convierte en un recelo incoloro y enfermizo.”37

Belinski distingue el escepticismo como duda en la cognoscibilidad del mundo, o sea como una variedad del agnosticismo, y el sano escepticismo del hombre que no se declara satisfecho con el nivel de sus conocimientos, que le impulsa a seguir adelante.

El conocimiento era para Belinski un proceso histórico en el que la “verdad conocida” y la verdad completa no se identifican. En su crítica de los agnósticos, para quienes “el hundimiento de las doctrinas y de los sistemas es una prueba de su nulo valor”, escribía: “Por su falta de sentido histórico, esas mentes no pueden comprender que la verdad se desarrolla históricamente, que es sembrada y que con sudor se riega, siega, trilla y avienta, y que es necesario aventar mucha paja para alcanzar el grano.”38 Sus ideas sobre la correlación de la verdad absoluta y la verdad relativa se acercan a la solución del problema.

Belinski era ateo militante. Los trabajos de Marx Contribución a la critica de la filosofía del derecho de Hegel y Sobre la cuestión judía tuvieron una influencia indudable en el desarrollo y robustecimiento de sus convicciones ateas y materialistas en los últimos años de su vida. Comunicando a Herzen sus impresiones sobre el fascículo de los Anales Francoalemanes, en que aparecieron esos artículos de Marx, escribía en enero de 1845: “Me guío por la verdad, y en las palabras Dios y religión veo sombras, tinieblas, cadenas y látigo, por lo que amo tanto a las dos primeras palabras como las cuatro que siguen.”39

Belinski criticó el misticismo y el escepticismo de Odoevski y la mística sociología de los eslavófilos, fustigó iracundo a Katkov, que ensalzaba la filosofía idealista de los últimos tiempos de Schelling, y condenó la filosofía ecléctica de Víctor Cousin y de su adepto ruso N. Polevoi.

Su crítica del romanticismo reaccionario en el arte le sirve para combatir el misticismo y el estéril espíritu visionario que apartan al hombre de la realidad y de la acción práctica revolucionaria.

No se limita Belinski a combatir a los idealistas rusos; también hace una crítica profunda y acerba de los sistemas idealistas europeos, sin que de ella escape la filosofía idealista alemana. Mientras que los eslavófilos exaltaban la filosofía de la revelación de Schelling, éste, en aquellos momentos, era para Belinski un despreciable romántico muerto en vida.

Belinski consideraba el sistema de Hegel como un gran paso adelante en el desarrollo del pensamiento filosófico. Según sus palabras, el mérito principal de Hegel “está en su método de pensamiento especulativo, hasta tal punto acertado y vigoroso que sólo apoyándose en él es posible refutar los resultados de su filosofía que ahora son insuficientes o inciertos: Hegel se equivoca en la aplicación sólo cuando es infiel a su propio método”.40

Al propio tiempo, Belinski veía el carácter reaccionario y limitado del sistema idealista hegeliano, comprendía que las conclusiones de este sistema venían a justificar la organización social de la Alemania de entonces, que Hegel llamaba a “estar en paz con la realidad, cualquiera que ésta sea”. En una carta a Botkin (1841), escribía el gran crítico: “Hace tiempo que yo sospechaba que la filosofía de Hegel es sólo un aspecto, aunque grande, pero que el carácter absoluto de sus resultados... no es admisible, y que es preferible la muerte a aceptarlos... Tengo motivos especialmente importantes para enojarme con Hegel, pues siento que le era fiel (en las sensaciones) al conformarme con la realidad rusa...”41

Exasperaba a Belinski la veneración de Hegel por el régimen social de Prusia; al demócrata revolucionario ruso le parecía pobre y limitado el ideal político del pensador alemán, que cifraba sus esperanzas en la monarquía constitucional. “¡Qué idea tan estrecha!”, escribió despectivamente acerca de esta máxima aspiración hegeliana.

Percatado de la inconsistencia de la filosofía idealista y habiendo sometido a crítica el idealismo (o metafísica, según el término que él emplea ) como ciencia de los “absurdos trascendentales”, Belinski comprende la necesidad de crear una filosofía nueva y científica. Esa filosofía habría. según él, de “emancipar a la ciencia de los fantasmas del trascendentalismo y de la théologie, de mostrar los límites dentro de los cuales la actividad de la razón es fecunda y de apartarla para siempre de todo lo fantástico y místico”.42

Belinski no acepta .el positivismo de Augusto Comte ni sus pretensiones de haber creado una “filosofía nueva”. La opinión que de él tenía –“el campo de la filosofía es tan ajeno a su naturaleza como el campo de la historia”– prueba que el gran pensador ruso sabía valorar críticamente la “última palabra” de la filosofía burguesa europea de su tiempo.

En su carta a Gógol. fechada el 3 de julio de 1847, carta que es el más brillante documento del materialismo y del ateísmo de los años «10. Belinski combate resueltamente el misticismo y la meditación religiosa y ve la garantía de los grandes destinos históricos del pueblo en que éste se halla lejos de la exaltación mística, posee sentido común y goza de una inteligencia clara y positiva.

En unión de Herzen y de los demás demócratas revolucionarios elevó el materialismo en Rusia a una fase nueva. vinculándolo al movimiento revolucionario contra la autocracia y los terratenientes feudales.

Pero Belinski no podía llegar, y no llegó. hasta el materialismo dialéctico. No pudo descubrir hasta el fin el carácter social del conocimiento humano, explicar su dependencia de la vida material de la sociedad y precisar las leyes que rigen el desarrollo de esta última. Su dialéctica no se plasma aún como método científico y no se halla ligada orgánicamente al materialismo, el cual, a su vez. es limitado y se refiere únicamente al conocimiento de la naturaleza. sin extenderse. consecuentemente al conocimiento de la sociedad. [232]

Las concepciones sociológicas de Belinski a partir de 1840 se hallan imbuidas de las ideas de la lucha de clases y de la transformación revolucionaria de la sociedad.

Belinski mantenía tenazmente la idea de que lo mismo el feudalismo que el capitalismo son etapas históricamente transitorias en la evolución de la humanidad. El avance de la industria, según señala en sus obras y cartas, era un progreso en la historia de la humanidad comparándolo con el Medievo, pues traía consigo un poderoso desarrollo de la producción material. “Sé –escribía a V. Botkin– que la industria es fuente de grandes males, pero también sé que es fuente de grandes bienes para la humanidad.”43 Mas el régimen burgués, afirma Belinski, es un sistema social progresivo sólo relativamente, y de ninguna manera un régimen perfecto, ya que se basa en la explotación y opresión de las masas populares, a las que priva de los derechos y libertades, elementales.

Sus violentos ataques a la gran burguesía, que mantiene bajo su férula a los trabajadores, no son óbice para que Belinski comprenda que la burguesía no es un fenómeno casual, sino que viene impuesto con fuerza de ley. Ve también la diferencia entre la burguesía revolucionaria, que luchaba contra el viejo orden feudal, y la burguesía triunfante, llegada al poder, que condenaba al pueblo al hambre y a la miseria.

Belinski confiaba en el establecimiento de una sociedad socialista en la que no habría ricos ni pobres, esclavos o súbditos. No podía, empero, dar una respuesta científica al problema de cómo el socialismo es preparado históricamente por la anterior evolución de la sociedad y de cuáles eran las fuerzas sociales que lo llevarían a efecto. El socialismo de Belinski –que no se apoyaba en la concepción materialista de la historia, en el conocimiento científico de las leyes de desarrollo del capitalismo– no pasa de ser una variedad del socialismo utópico, aunque, eso sí, vinculado estrechamente a la combativa acción de la democracia revolucionaria.

A diferencia de otros muchos socialistas utópicos, Belinski no albergaba la ilusión de que la reorganización de la sociedad sobre bases socialistas podría ser alcanzada por vía pacífica. “Es ridículo pensar –escribe– que esto pueda producirse por sí mismo, con el tiempo, sin conmociones violentas ni derramamiento de sangre.”44

El socialismo no será implantado en la tierra “por las frases dulces y entusiastas de una Gironda ideal y de alma sentimental, sino por los terroristas, por una espada de doble filo como es la palabra y la obra de los Robespierre y los Saint-Just”.45 Refiérese con entusiasmo a los métodos revolucionarios de lucha de los jacobinos franceses. En aras de la felicidad de los hombres está dispuesto a aniquilar “a sangre y fuego” a los opresores del pueblo. No le asusta la “sangre de unos millares”, pues mediante la violencia revolucionaria la humanidad ha de poner fin “a la humillación y a sufrimiento de millones”.

Belinski, aun hallándose sus trabajos sometidos a censura, sabía predicar las ideas revolucionarias y mantener una lucha a muerte contra los defensores de la servidumbre. Así, por ejemplo, en un artículo sobre la [233] novela Tarantás, de Sollogub, pone de relieve el espíritu reaccionario que encerraba la idealización eslavófila de las relaciones patriarcales basadas en la servidumbre. “Aquí –ironiza– todo gira alrededor del amor de los campesinos hacia los señores, de un amor que puso en ellos la naturaleza misma... La conclusión que de todo ello se deriva es que todo está bien tal como es y no hace falta que mejore nada, sobre todo si el cambio es algo que huela a extranjero.”46

Las grandes diferencias de Belinski con los liberales se pusieron muy de manifiesto en la disputa que mantuvo con ellos acerca de las Cartas desde la Avenue Marigny de Herzen. Mientras que los liberales –Botkin y Korsh, y también Granovski, cuyas divergencias con la democracia revolucionaria eran cada vez mayores– las condenaban y acusaban al autor de hacer una crítica demasiado violenta de la burguesía, Belinski tomó partido decididamente por Herzen. Sostuvo que las Cartas trazaban un cuadro fiel del orden imperante en los países burgueses y fustigó a la burguesía, que se había convertido en una fuerza conservadora.

Chernishevski apunta acertadamente que la razón básica de toda la labor de Belinski era su ardiente patriotismo. El chovinismo y el desprecio hacia los otros pueblos le eran completamente ajenos. Combatía las místicas ideas de los eslavófilos, que veían en el pueblo ruso al “elegido de Dios”, no negaba jamás los avances económicos y culturales de otras naciones y llamaba a los hombres de vanguardia a asimilar críticamente las conquistas de la cultura extranjera.

Belinski se oponía resueltamente al cosmopolitismo, al desprecio de los liberales occidentalistas por las características nacionales del pueblo ruso y de otros pueblos, y a la negación nihilista de los avances de la cultura rusa. Tildaba a los cosmopolitas de “míseros y desagradables” y los consideraba como “escépticos tranquilos, gentes abstractas, vagabundos sin pasaporte entre la humanidad”.47 Más de una vez descargó su cólera sobre los “galómanos” y “anglómanos”, que exaltaban todo lo que provenía del Occidente europeo y miraban con desprecio al pueblo ruso y a la cultura patria.

Belinski consideraba profundamente errónea la afirmación de los cosmopolitas de que las particularidades nacionales de los pueblos expresan los aspectos negativos y conservadores de su vida. “Al contrario –escribía–, vivimos en un tiempo en que lo principal es el intenso desarrollo de las nacionalidades.”48 El avance progresivo de cualquier pueblo siempre se verifica “nacionalmente”, es decir, en una forma peculiar y específica de cada pueblo.

Belinski mira confiado adelante y augura un gran futuro al pueblo ruso. Son verdaderamente proféticas sus palabras: “Envidiamos a nuestros nietos y biznietos, llamados a ver a Rusia en 1940 a la cabeza del mundo civilizado, dando leyes a la ciencia y al arte y recibiendo el respetuoso tributo de estimación de toda la humanidad culta.”49

Los conceptos sociológicos de Belinski tenían por centro la idea de que el progreso histórico es un fenómeno sujeto a leyes; y reivindicando ese [234] progreso se opone abiertamente a las “teorías” de quienes se proponían la defensa de los sistemas sociales de explotación y trataban de perpetuarlos.

Aun propugnando la necesidad del desarrollo progresivo de la humanidad y la existencia de leyes históricas, Belinski no admitía el fatalismo y el providencialismo propios de las concepciones sociológicas de los ideólogos del sistema terrateniente y burgués, encaminadas a la exaltación del orden social reinante.

La aceptación de las leyes históricas determina la solución que Belinski da al problema del papel del individuo en la historia. No acepta que la suerte de los pueblos y de la humanidad dependa de los actos de las grandes personalidades, de los “genios” y los “héroes”. Según él, los grandes hombres expresan siempre –conscientemente o no– el “espíritu del tiempo”, y sus actos corresponden a las necesidades históricas de la época, que maduran al margen de su voluntad o sus deseos. El hombre grande lo es precisamente por ser “el órgano del pensamiento común, la cabeza del movimiento, el exponente de su tiempo”. No se opone al pueblo, sino que, por lo contrario, se halla unido íntimamente a él.

En las condiciones de aquel entonces, cuando en Rusia no se había creado aún una situación revolucionaria y el movimiento obrero de Occidente daba sus primeros pasos, Belinski no podía determinar científicamente el papel de las masas populares, y tanto menos el papel histórico de la clase obrera en la transformación revolucionaria que se avecinaba. Mas, a pesar de algunas vacilaciones, veía en las masas trabajadoras la fuerza que llevaría a cabo esas transformaciones. El pueblo es un niño, decía, pero ese niño crece y promete convertirse en un hombre rebosante de fuerza y de razón.

La marcha progresiva de la evolución histórica es para Belinski un proceso de lucha constante de lo nuevo contra lo viejo. La negación de todo lo viejo y caduco cumple, según él, un gran papel en el avance de la humanidad; es el poderoso principio motriz del progreso histórico. No cesa de repetir la idea de que este progreso es ilimitado. “No hay fronteras para el desarrollo de la humanidad –afirma–, y jamás la humanidad se dirá: ¡Detente, basta, ya no hay adónde ir!”50

Belinski rechazaba la idea absoluta propuesta por Hegel y otros idealistas como base del desarrollo histórico. No vio. sin embargo. la verdadera fuente del progreso histórico, que se encuentra en el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, y atribuía equivocadamente dicho progreso a la lucha de los principios nuevos y viejos en la conciencia de los hombres, como algo que deriva de las cualidades de la propia “naturaleza humana”.

En la teoría sociológica de Belinski, idealista en el fondo, advertimos gérmenes de una concepción materialista de la historia. Empezaba a comprender el gran papel de las necesidades materiales en la vida social. “El historiador debe mostrar –escribía– que el punto de partida del perfeccionamiento moral es. ante todo, la necesidad material y que ésta es la gran palanca de la actividad moral. Si el hombre no tuviese necesidad de comer, de vestir. de ocupar una vivienda. de disfrutar de comodidades [235], no habría salido de su estado animal. Esta verdad solamente puede asustar a un sentimiento infantil o a un idealismo trivial.”51

Los más importantes factores en la historia de los países de Europa Occidental son para Belinski la lucha entre la aristocracia feudal y el pueblo, la lucha de éste y de la burguesía contra la aristocracia y el absolutismo y, finalmente, la lucha de la burguesía triunfante contra el pueblo. Pero, a diferencia de los historiadores franceses de la época de la Restauración, que sólo consideraban la lucha de clases como un fenómeno regular en las épocas pasadas y que aspiraban a perpetuar la división de la sociedad en clases, Belinski afirma el valor progresivo de esta lucha en la sociedad contemporánea, viendo en ella el medio para establecer un nuevo régimen social en el que no habría ricos ni pobres, reyes ni súbditos.

La teoría sociológica de Belinski, con sus elementos de una concepción materialista de la historia, significaba un paso adelante en el desarrollo de las doctrinas sobre la sociedad.

La teoría estética de Belinski se forma en la lucha contra las corrientes reaccionarias en la literatura y en la crítica literaria, y descansa en su concepción democrático-revolucionaria y materialista del mundo. En el proceso de esta lucha descarga también sus golpes contra los partidarios del “arte puro” y contra los secuaces del “didactismo” reaccionario, que con: vierten abiertamente la literatura en una sierva del “populismo oficial”.

En el período idealista de su evolución filosófica –en los años 30– Belinski rinde tributo a la concepción idealista del arte, en el que ve la representación de la vida de la “idea”. Mas incluso entonces era un campeón del realismo y del espíritu popular en el arte, y no cejó en su lucha contra los literatos reaccionarios.

Después de superar hacia 1830 su idealismo filosófico y de someterlo a crítica, Belinski resuelve el problema de las relaciones entre el arte y la realidad partiendo de una filosofía materialista. La realidad es para él el terreno, el objeto y el material del arte, que siempre será una de las infinitas manifestaciones de la vida. Su tesis materialista –“la vida es siempre superior al arte”–, a la que luego había de volver Chernishevski, se convirtió, según observa acertadamente Písarev, en uno de los principios fundamentales de la escuela crítica de Belinski.

Este considera el arte como una reproducción creadora de la realidad. El arte reproduce la realidad y, a la vez, expresa la actitud de los hombres hacia esa realidad, sus ideas y sus sentimientos. De ahí que sea expresión de la concepción que del mundo tiene el pueblo.

La forma específica de la reproducción de la realidad en el arte es la imagen artística. Esto es lo que diferencia el arte de la ciencia. “El filósofo –escribía Belinski– habla mediante razonamientos, y el poeta crea imágenes y cuadros, pero ambos dicen una misma cosa. El economista, pertrechado con sus estadísticas, demuestra, actuando sobre la mente de sus lectores u oyentes, que la situación de una determinada clase social ha mejorado o empeorado mucho, a consecuencia de tales o cuales causas. El poeta, armado de una viva y brillante representación de la realidad, muestra en un cuadro fiel, actuando sobre la imaginación de sus lectores. que la situación de tal clase social, en efecto, ha mejorado o empeorado [236] mucho en virtud de estas o aquellas causas. Uno demuestra, otro muestra, y ambos convencen, si bien uno se vale para ello de argumentos lógicos y el otro utiliza sus cuadros... Aquí la ciencia y el arte son necesarios por igual, y ni la ciencia puede sustituir al arte ni el arte a la ciencia.”52

Siendo el arte la reproducción poética de la realidad, ha de seguir a la vida en constante variación y desarrollo. Por eso la estética ha de examinar el arte en su desarrollo, combinando orgánicamente la teoría y la historia del arte. Esto significaba para Belinski, ante todo, ver la dependencia en que el arte se encuentra respecto de las condiciones históricas concretas de la vida de los pueblos.

El historicismo de Hegel en estética se orienta principalmente hacia el pasado; el de Belinski, al contrario, se proyecta sobre el presente y el futuro. El gran demócrata revolucionario creía apasionadamente en el florecimiento del arte en un futuro en que la humanidad se vería libre de “las infames cadenas de una realidad irracional” y las nuevas relaciones sociales crearían las más amplias posibilidades para el desarrollo libre y fecundo del arte.

Al investigar las circunstancias históricas que han determinado la creación de un artista, Belinski, en algunos casos, se eleva hasta la comprensión de su condicionamiento de clase. Así, según él, las novelas de Walter Scott nos revelan en su autor “al tory, conservador y aristócrata por convicción y por sus costumbres”. La mirada perspicaz de Belinski vio en la genial creación de Pushkin rasgos relacionados con su origen noble.

La misión del arte, según la profunda convicción de Belinski, no debe limitarse a reproducir simplemente la realidad, sino que ha de tomar parte activa en su transformación, poniéndose al servicio del progreso de la sociedad. “Negar al arte el derecho a servir a los intereses sociales –afirmaba– no significa elevarlo, sino humillarlo, porque equivale a desposeerlo de su misma fuerza viva, es decir, de ideas; significa convertirlo en objeto de un goce sibarítico, en juguete de gentes ociosas.”53

La verdadera obra de arte ha de presentar unidad de forma y de contenido, siendo esto último lo determinante. Ningún mérito artístico de una obra puede desplazar a lo que ha de servir de criterio principal para determinar su valor: el contenido ideológico.

Belinski rechazó siempre la idea de que servir los intereses de la sociedad está en pugna con la libertad de creación, cohíbe y violenta el pensamiento y la fantasía del artista.

“La libertad de creación –escribe– concuerda fácilmente con la disposición de ponerse al servicio de su tiempo: para ello no hay que forzarse a sí mismo, escribir sobre un tema determinado ni violentar la fantasía; lo único que hace falta es ser ciudadano, hijo de su sociedad y de su época, compenetrarse con sus intereses, fundir las aspiraciones propias con las de su tiempo; para eso hace falta simpatía, amor, un sano sentido práctico de la verdad, sentido que no separa las convicciones de los hechos ni la obra de la vida.”54

Al criticar la teoría del “arte por el arte”, Belinski revela la base metafísica que le sirve de sustento. Como uno de los aspectos o manifestaciones [237] de la vida, el arte no puede ser jamás aislado de los demás aspectos de la vida social del hombre. Su contenido lo toma siempre de la vida real, del “movimiento histórico” de la sociedad. Por eso los adeptos del “arte puro”, que tratan de limitar el arte a su propia esfera, de convertirlo en expresión de la aspiración del hombre, a lo bello, y nada más que esto, fundamentan sus opiniones en principios unilaterales y metafísicos, que se contradicen con la vida real y con el desarrollo concreto del arte. Esa idea de un arte puro y desinteresado era para él una idea abstracta y quimérica.

Detrás de las prédicas en favor del “arte puro” el gran demócrata revolucionario supo ver el deseo de conciliar a los hombres con los regímenes sociales reaccionarios y de apartarlos de la lucha revolucionaria. Sus razones tenían, según él, los propagandistas del “arte puro” para apoyarse en las teorías estéticas de los idealistas alemanes, que defendían el sistema monárquico.

Belinski pone de manifiesto una comprensión profunda y nueva de las leyes del arte realista cuando esclarece la esencia de la reproducción fiel de los fenómenos de la vida en el arte. Condición necesaria para la representación realista de la vida en el arte, nos dice, es la fidelidad histórica a la realidad, así como la reproducción completa de la vida en todas sus facetas. Se subleva violentamente contra las tendencias a restringir la esfera del arte a los aspectos “elegantes” y “elevados” de la vida.

La “fidelidad a la realidad”, afirma, exige que el arte acuda a la ““prosa de la vida”, corriente y moliente; y da a este postulado un contenido democrático-revolucionario cuando pide que la literatura rusa revele y fustigue los vicios de la organización social de su tiempo. Condición primordial de la “fidelidad a la realidad” en el arte es la generalización artística, la tipificación de los fenómenos de la vida, la representación de lo esencial y característico de esos fenómenos. “Cuando en una novela o en un cuento no hay imágenes ni personas, no hay caracteres, no hay nada típico, por muy fiel y escrupulosamente que se haya copiado del natural todo lo que en la obra se dice, el lector no encontrará en ella naturalidad alguna, no advertirá nada fielmente visto y hábilmente captado.”55

Belinski combina la “fidelidad a la realidad” con la afirmación de la fuerza y el significado de la tendencia avanzada en el arte. “En las escenas que descubre el poeta –decía– ha de haber una idea y las impresiones que aquéllas produzcan han de obrar sobre la mente del lector, han de orientar en un sentido o en otro su visión de determinados aspectos de la vida.”56

En sus artículos de crítica expone la idea de que una orientación ideológica progresista infunde vigor a la obra, mientras que una orientación falsa mata el talento y rebaja el valor artístico de la obra. Un ejemplo fehaciente de la funesta influencia de una orientación ideológica falsa sobre la propia obra eran los Trozos escogidos de la correspondencia con los amigos de Gógol.

La lucha de Belinski en pro del realismo y de un elevado contenido ideológico guardaba la relación más íntima con su lucha por el carácter popular de la literatura y el arte. En esa lucha brillan con la más viva luz el patriotismo y el espíritu democrático revolucionario del crítico. [238]

En la evolución de los pueblos el factor específicamente nacional y el universal humano se presentan unidos; considerándolo así, Belinski afirma la legitimidad y necesidad de la forma nacional del arte, de la originalidad nacional del mismo. El crítico no admitía el arte cosmopolita “extranacional”, como tampoco ningún género de' cultura “extranacional”. Cuanto más individual y original es el arte de un pueblo, sostenía, más importante es su aportación al acervo general de la cultura. El espíritu nacional es para él uno de los más elevados méritos de la obra poética.

El espíritu popular en la literatura lo entendía Belinski como el reflejo en ella del carácter nacional, de la “mentalidad”, y de la “concepción del mundo” de un pueblo. El artista, cuando lo es de veras, es hijo de su pueblo. De ahí que en sus obras encuentren un reflejo lógico las peculiaridades del carácter nacional del pueblo que le dio la vida. Cuanto más grande es el poeta, decía el crítico, es más nacional, porque mayor es el número de facetas del espíritu nacional que capta. Un ejemplo de poeta grande y profundamente nacional era Pushkin.

Belinski defendió con pasión la democratización de la literatura, que había de mirar a la vida del pueblo. Pedía que se distinguiera entre el verdadero espíritu popular y el falso “popularismo” y afirmaba enérgicamente el derecho, la legitimidad y la necesidad de llevar a la literatura a la vida de las gentes del pueblo. De la misma manera, combate airadamente el desprecio aristocrático hacia el “mujik” y la afirmación de que los caracteres y la vida de los hombres de las bajas capas sociales no pueden ofrecer nada interesante, digno, por tanto, de que el arte lo represente.

La estética realista de Belinski, su espíritu democrático revolucionario y sus avanzadas opiniones en filosofía tuvieron amplio eco en las generaciones subsiguientes, entre los pensadores y escritores democráticos de Rusia y de otros países.




{20} V. I. Lenin, Del pasado de la prensa obrera en Rusia. En Obras completas, 4ª ed. rusa, t. XX, pág. 223.

{21} Belinski y sus amigos ocupaban la habitación número 11 de la residencia de estudiantes becarios.

{22} V. G. Belinski, Obras completas, t. I, Moscú, 1953, pág. 30.

{23} V. G. Belinski, Obras escogidas, en dos tomos, t. II, Moscú, 1955, pág. 102.

{24} V. I. Lenin, Del pasado de la prensa obrera en Rusia. En Obras completas, ed. cit., t. XX, págs. 223-224.

{25} V. G. Belinski, Obras completas, t. XII, Moscú, 1956, págs. 438-439.

{26} V. G. Belinski, Cartas escogidas, t. II, pág. 371.

{27} Ibídem, págs. 373-374.

{28} V. G. Belinski, Obras completas, t. X, Moscú, 1956, págs. 32.

{29} V. G. Belinski, Obras completas, t. VII, Moscú, 1955, pág. 318.

{30} Ibídem, t. IX, pág. 13.

{31} Ibídem.

{32} Ibídem, págs. 116-117.

{33} Ibídem, t. VI, pág. 588.

{34} V. G. Belinski, Obras completas, t. X, Moscú, 1956, pág. 23.

{35} V. G. Belinski, Cartas escogidas, t. II, pág. 293.

{36} Ibídem.

{37} V.G. Belinski, Obras completas. t. VIII, 1955. págs. 318-319.

{38} Ibídem, pág. 318.

{39} V. G. Belinski, Cartas escogidas, t. II, pág. 259.

{40} V. G. Belinski, Obras completas, t. VII, Moscú, 1955, págs. 49-50.

{41} V. G. Belinski, Cartas escogidas, t. II, pág. 141.

{42} Ibídem, pág. 293.

{43} V. G. Belinski, Cartas escogidas, t. II, pág. 376.

{44} Ibídem, pág. 173.

{45} Ibídem, pág. 195.

{46} V. G. Belinski, Obras completas, t. IX, Moscú, 1955, pág. 111.

{47} V. G. Belinski, Obras completas, t. II, pág. 364.

{48} V. G. Belinski, Obras completas, t. X, Moscú, 1956, pág. 30.

{49} Ibídem, t. III, Moscú, 1953, pág. 488.

{50} V. G. Belinski, Obras completas, t. VIII, pág. 284.

{51} V. G. Belinski, Obras completas, t. VIII, pág. 287.

{52} V. G. Belinski, Obras completas, t. X, pág. 311.

{53} Ibídem.

{54} Ibídem, t. VI, pág. 286.

{55} V. G. Belinski, Obras completas, t. X, pág. 303.

{56} Ibídem, pág. 317.