Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 2 ❦ Capítulo III: 5
5. Preparación y elaboración de la concepción dialéctica en las ciencias naturales durante la primera mitad y a mediados del siglo XIX.
Los avances del pensamiento filosófico durante la primera mitad y a mediados del siglo XIX, avances condicionados en última instancia por la consolidación del capitalismo en los países del Occidente europeo y por el incremento de la lucha de clases en la sociedad, se encuentran en relación íntima con el progreso que las ciencias naturales experimentan en dicho tiempo.
Tales progresos dan origen al planteamiento de los problemas filosóficos relativos a las ciencias de la naturaleza, son la base de la lucha del materialismo y el idealismo en la ciencia y preparan las premisas para la elaboración del método dialéctico científico. Este proceso transcurre simultáneamente en una serie de países europeos; las ciencias naturales, que ejercen favorable influencia sobre las tendencias avanzadas del pensamiento filosófico, son desarrolladas por los esfuerzos conjuntos de los investigadores de diversos países. Como lo que nos interesa ahora es la historia de la filosofía, y no de las ciencias naturales, los problemas filosóficos enunciados por los sabios en este período no los examinamos por países, sino siguiendo las principales ramas de las ciencias de la naturaleza.
En el primer tercio del siglo XIX las ciencias naturales entran en una fase de rápido desarrollo; esto tuvo gran importancia, ya que, pese a las doctrinas idealistas y metafísicas que imperaban en filosofía, los investigadores tanteaban y buscaban, impulsados por su propia labor, un método fiel para el conocimiento de la naturaleza. Se estaba en la antesala de los grandes descubrimientos científicos que habían de tener lugar en el segundo tercio de siglo.
Los numerosos descubrimientos de sabios de distintos países, apoyándose y completándose, contribuían a quebrantar los conceptos metafísicos acerca de la naturaleza. Los avances iniciados con los trabajos de Lomonósov, Laplace, C. Wolff y otros sabios del siglo XVIII asestan sucesivos golpes sobre la comprensión metafísica de la naturaleza y revelan toda su inconsistencia.
Los descubrimientos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX prepararon el terreno para la creación de la teoría del desarrollo. En este sentido los filósofos alemanes se encontraban en mejores condiciones que [181] los enciclopedistas franceses del siglo XVIII, que se habían apoyado en los éxitos de unas ciencias naturales completamente mecanicistas. Sin embargo, los informes que se poseían a fines de ese siglo y comienzos del siguiente no podían ser aún la base para una verdadera teoría del desarrollo. No eran sino premisas para la misma, conjeturas dialécticas sobre los procesos de desarrollo en la naturaleza.
Las nuevas ideas sobre la naturaleza, dialécticas en su esencia, se van perfilando en medio de un proceso de aguda lucha entre el materialismo y el idealismo, entre las concepciones dialécticas y las metafísicas en el campo de las ciencias naturales, lucha relacionada con el estudio de la materia y el movimiento (química y física) y de la Tierra y la vida (geología y biología).
Esa lucha, que se agudiza a fines del siglo XVIII, encuentra eco en todas las ramas de las ciencias naturales. Los investigadores de ese tiempo se dividían en partidarios del atomismo materialista y de la “filosofía natural dinamicista” opuesta a ella. Según la doctrina “dinamicista”, lo primero no es la materia, sino ciertas “fuerzas puras”, el “movimiento puro”. El movimiento era así divorciado de la materia y opuesto a ella como fuente inmaterial de la actividad.
Las fuerzas, decían los dinamicistas, son ininterrumpidas; los átomos no existen. Mas el dinamicismo presentaba su aspecto positivo, al afirmar que la naturaleza es una lucha de fuerzas contrarias. Aunque deformadamente, el dinamicismo reflejaba la dialéctica de la naturaleza, la idea del desarrollo que avanza a través de contradicciones.
Son excepcionales los éxitos que en el siglo XIX alcanza la química, sobre todo como teoría molecular-atómica, que venía a destruir los pilares de la metafísica. La fuerza motriz del desarrollo de la teoría atómica en la química era la práctica. La gran industria química, aparecida en el siglo XIX, reclamaba la elaboración de una tecnología racional. Y únicamente se la podía proporcionar la teoría atomicista, con el estudio de las fórmulas, la composición de las diferentes materias y de las reacciones químicas. Las concepciones atomicistas, enunciadas a mediados del siglo XVIII por Lomonósov, son confirmadas experimentalmente a fines de ese siglo y comienzos del siguiente gracias al descubrimiento de las leyes de la composición química de la materia (leyes estequiométricas); al descubrimiento empírico de dichas leyes contribuyeron investigadores de Alemania, Francia e Inglaterra.
Pero no siempre estas leyes eran relacionadas con la idea del atomismo, es decir, con la existencia de átomos materiales cuyas combinaciones dan lugar a todos los cuerpos químicos de que tenemos noticia. A la propagación del atomismo materialista se oponía en unos casos el dinamicismo y en otros un burdo empirismo.
Mas las investigaciones de la composición química de la materia únicamente podían dar fruto si se relacionaban con el atomismo. Las relaciones estequiométricas sólo podían ser explicadas acertadamente aceptándolas como consecuencias teóricas de las nociones atomísticas generales sobre la estructura de la materia. Nos referimos a la constancia de la composición química de los cuerpos, a la combinación de los elementos en proporciones múltiples cuando a un átomo de un elemento corresponde uno, dos o tres (pero siempre en número entero) átomos de otro elemento. [182]
En el comienzo mismo del siglo XIX la ley de las proporciones múltiples se vio confirmada experimentalmente por el inglés Juan Dalton (17661844). La argumentación de éste es análoga a la empleada sesenta años antes por Lomonósov, sin que el inglés tuviera conocimiento de las investigaciones del sabio ruso. Es de suma importancia que el descubrimiento por Dalton de la ley de las proporciones múltiples simples fue en un principio una hipótesis teórica, confirmada más tarde en la práctica por el análisis cuantitativo de diversos cuerpos (óxidos, hidrocarburos, etc.). Dalton, que mantenía ideas materialistas, estaba convencido de que los átomos tienen existencia objetiva y son materiales, por cuanto constituyen partículas diminutas de los elementos químicos y de sus combinaciones, es decir, son cuerpos perfectamente reales. Según Dalton, los átomos son indivisibles; y de ahí que únicamente puedan combinarse como unidades materiales enteras; 1 con 1, 1 con 2, 1 con 3, 2 con 2, etc. De ello se desprende que los cuerpos químicos han de combinarse entre si de la misma manera, o sea de acuerdo con proporciones múltiples simples. Esto es lo que Dalton demostró por vía experimental.
Una característica muy importante de los descubrimientos químicos de Dalton es que, por primera vez, unió íntimamente la vieja concepción del átomo con los datos experimentales del análisis químico, como antes trató de hacer Lomonósov. Gracias a tal combinación de las nociones teóricas generales sobre la estructura de la materia con los datos recogidos por vía empírica en el laboratorio, la idea hasta entonces abstracta se convirtió en teoría científica confirmada por la práctica, y el experimento químico adquirió una interpretación teórica cada vez más amplia y profunda. Con ello salió ganando el materialismo, que en este tiempo se veía plasmado en las ciencias positivas, principalmente, como doctrina atomista. En la filosofía atenta antigua dicha doctrina ostentaba un carácter primitivo, no confirmado por el experimento, pues las ciencias naturales no se habían desprendido aún de la filosofía. En los siglos XVII y XVIII el atomismo era mecanicista: a los átomos se les atribuía únicamente propiedades mecánicas que se referían a su forma, al carácter de la superficie, etc. Tal concepto de los átomos como cuerpos dotados de salientes, rugosidades y hendiduras lo sustentó también Lomonósov, aunque en sus trabajos se advertía a veces la tendencia a atribuirles propiedades químicas. Ahora bien, sólo cuando Dalton, siguiendo el camino previsto por Lomonósov. previó teóricamente y descubrió por vía experimental en los átomos propiedades químicas, como el peso atómico y la capacidad de combinarse según relaciones múltiples, comenzó el atomismo a superar las anteriores abstracciones de la filosofía natural y del mecanicismo que le eran propias; en adelante, como atomística química, se apoyó en un terreno firme y concreto.
Así, pues, el concepto materialista de la estructura atómica de la materia no sólo se vio comprobado y confirmado en la práctica, sino que puso de relieve su inmenso valor como brújula para la investigación empírica concreta. Dalton escribía así sobre el papel de la ciencia en la investigación científica: “Sin embargo, los hechos y los experimentos relativos a cualquier objeto nunca son valorados suficientemente hasta que, en manos de un observador hábil, sirven de base a una teoría con la que podamos predecir los resultados y prever las consecuencias de otras operaciones que [183] hasta este momento jamás se realizaron.”78 La práctica ha venido a confirmar enteramente las predicciones teóricas del gran sabio inglés. El dinamicismo, en cambio, recibió un golpe demoledor. Anteriormente, como ya sabemos, Hegel, en su Filosofía de la naturaleza, había tratado de salvar la teoría dinamicista y de echar por tierra el materialismo, pero todos sus esfuerzos resultaron vanos. Siguiendo las tradiciones materialistas de Boyle y Lomonósov, respaldadas y ampliadas por los descubrimientos de Dalton, los químicos del siglo XIX aceptaron sin reservas el atomismo materialista. La hipótesis atómica se convierte en la forma de desarrollo de la química.
El triunfo del atomismo descubrió la inconsistencia del empirismo unilateral que se venía predicando en la química. Unicamente valiéndose de conceptos teóricos podían los químicos operar con las nociones relativas a los átomos, puesto que éstos eran algo que nadie podía ver ni percibir al tacto. Tal circunstancia no era bastante para hacer dudar a Dalton de su realidad material. “La existencia de estas partículas elementales de la materia –escribe– no puede ser puesta en tela de juicio, aunque, a juzgar por todo, son demasiado pequeñas para que en algún tiempo puedan hacerse visibles incluso con un microscopio más perfecto.”79 Más tarde, al afirmarse la atomística en la química, Engels había de observar: “Y en este terreno, quiérase o no, hay que pensar: el átomo, la molécula, etc., no los podemos observar al microscopio, sino únicamente concebirlos recurriendo al pensamiento.”80
A consecuencia de esto, a principios del siglo XIX se generaliza la idea de la gran importancia que el pensamiento teórico tiene para el progreso de las ciencias naturales, con lo que se crean las bases para el establecimiento de unos vínculos aún más estrechos entre dichas ciencias y. la filosofía materialista y se revela la inconsistencia del viejo método metafísico.
El enorme valor de los descubrimientos de Dalton es cosa que todos reconocen. Los filósofos materialistas y los investigadores avanzados han señalado con grandes elogios su papel en los avances de la química, que durante el siglo XIX no abandonó el cauce de la atomística. K. A. Timiriázev escribía, refiriéndose a la obra principal de Dalton, Nuevo sistema de la filosofía química, aparecida en 1808-1810: “La concepción teórica fundamental que alumbra todo el desarrollo posterior de la química es la doctrina atómica de Dalton...”81 Partiendo de la circunstancia de que la confirmación experimental de las conclusiones extraídas por Dalton de las ideas atomistas había sido el mejor argumento en pro de la realidad de los propios átomos, D. I. Mendeleev escribía que había que considerar al sabio inglés “como verdadero fundador de nuestras ideas atómicas, pues ha convencido a todos de que lo más sencillo es admitir la materialidad de los átomos como último límite de la divisibilidad físico-química de los cuerpos”.82 En sus lecciones en el Instituto Real de Londres (1889), Mendeleev trazó un paralelo entre los descubrimientos en el macrocosmos y en el mundo de los átomos. “Gracias al genio de Lavoisier y Dalton –dijo– la [184] humanidad ha conocido en el mundo invisible de las combinaciones químicas leyes sencillas del mismo orden de las que descubrieron Copérnico y Kepler en el mundo visible de los planetas.”83
No sólo se afianzaron las posiciones del materialismo, sino que en la química comenzó a abrirse campo espontáneamente una concepción dialéctica sobre la materia y sus transformaciones. Ya las propias series de combinaciones químicas (por ejemplo, del nitrógeno y el oxígeno, del azufre y el oxígeno, del carbono y el oxígeno, etc.), que sirvieron para demostrar experimentalmente la ley de las proporciones múltiples, eran una brillante confirmación de la ley del paso de los cambios cuantitativos a cualitativos: por ejemplo, al agregar (cuantitativamente) un átomo de oxígeno al óxido de carbono, este último se convierte en anhídrido carbónico.
La atomística se acercaba de lleno a la idea de que la química se ocupa del estudio de las transformaciones cualitativas de la materia producidas por el cambio cualitativo de su composición. Las reacciones químicas comenzaron a ser vistas como resultado de procesos opuestos: de unión y desunión de átomos. Todo esto preparaba el terreno para llegar a una concepción materialista dialéctica de la materia.
El atomismo químico tuvo una importancia excepcional para acabar con la artificial separación metafísica entre la naturaleza viviente y la naturaleza inerte.
Los idealistas y metafísicos hacían diferencias de principio entre la materia orgánica y la inorgánica arguyendo que la primera es creada bajo la acción de una “fuerza vital” específica, que condiciona la formación y desarrollo de los organismos vivos. Según lós vitalistas, las leyes valederas para los cuerpos orgánicos son sustancialmente distintas de las que rigen en la naturaleza inorgánica. Pero los químicos, apoyándose en las ideas materialistas de la atomística, demostraron que no ocurre así: la ley de las proporciones múltiples, base de la química atomística, es por igual aplicable a los cuerpos orgánicos e inorgánicos. A este respecto tuvieron gran valor los trabajos del químico sueco Juan Jacobo Berzelius (1779-1848) y del alemán Justo von Liebig (1803-1873), fundador de una importante escuela de química orgánica en su país.
En 1824-1828, Federico Wöler (1800-1882), compañero de Liebig, obtuvo mediante síntesis de cuerpos inorgánicos la primera combinación orgánica: la urea. Esto era otro golpe formidable asestado a la metafísica y el idealismo, y en particular al vitalismo. Refiriéndose al proceso de destrucción por la química de las viejas nociones acerca de la naturaleza, Engels escribía: “La obtención por medios inorgánicos de compuestos que hasta entonces sólo se habían producido en los organismos vivos, demostró que las leyes de la química tenían la misma validez para los cuerpos orgánicos que para los inorgánicos y salvó en gran parte el supuesto abismo entre la naturaleza inorgánica y la orgánica, abismo que Kant estimaba insuperable por los siglos de los siglos.”84
Los defensores del vitalismo trataron, no obstante, de seguir manteniendo sus posiciones; contra el descubrimiento de Wöler arguyeron que [185] la urea es un residuo muerto del organismo vivo, y no un cuerpo verdaderamente orgánico de los que necesitan de la “fuerza vital” para ser creado y existir.
Aunque las leyes de la estructura atómica de los cuerpos eran una prueba fehaciente de la dialéctica en la transición de los cambios cuantitativos a cualitativos, los químicos se inclinaban a interpretarlas en el espíritu del viejo mecanicismo; el aspecto cualitativo de los cambios era despreciado en absoluto y todo quedaba reducido a una incorporación puramente mecánica de unos átomos a otros.
Las concepciones de Dalton y de otros muchos químicos adolecían del defecto de que los átomos eran tenidos por partículas absolutamente invariables e indivisibles de la materia. Y cuando alguien enunciaba la hipótesis de que los átomos son complejos, que son capaces de cambio y modificaciones, esto era concebido también con un criterio mecanicista. Así, por ejemplo, el inglés Guillermo Prout expuso la hipótesis de que todos los elementos químicos procedían del hidrógeno. Entendíase esto en el sentido de que la simple unión de varios átomos de hidrógeno daba lugar a la aparición de átomos de otros elementos, mas sin producirse modificaciones sustanciales y cualitativas, es decir, como crecimiento cuantitativo y mero aumento de las partículas de materia.
Tal visión de los fenómenos químicos tuvo repercusiones singularmente desfavorables en cuanto a la aceptación de la hipótesis molecular, expuesta ya en líneas generales por Lomonósov. Esta hipótesis fue enunciada de nuevo a principios del siglo XIX en Italia y Francia con objeto de explicar los nuevos datos experimentales relativos a las relaciones volumétricas de los gases que entran en reacción. Así pasó a la ciencia la noción de partículas físicas más complejas y cualitativamente distintas de los átomos (o sea las moléculas). De este modo abríase paso la concepción de una complejidad paulatina de los tipos discretos de la materia, que en el proceso de su desarrollo atravesaban distintas fases cualitativas. No obstante, los químicos mecanicistas, fieles a Dalton, no aceptaron la hipótesis molecular, empeñados como estaban en reducir directamente todos los fenómenos a átomos.
En resumen, muchos químicos se vieron en una situación sin salida; comenzaron a inclinarse hacia el agnosticismo y se llegó a negar la realidad objetiva de los átomos, admitiéndose la teoría atómica únicamente como un esquema provisional que resultaba cómodo, pero que no reflejaba la estructura real de la materia. Contra esas vacilaciones de ciertos físicos y químicos se levantó Herzen en sus Cartas sobre el estudio de la naturaleza: el gran materialista ruso acusaba a los agnósticos de “traicionar a los átomos” y de introducir el “cinismo en la ciencia”.
Toda esta historia de la preparación y creación del atomismo químico nos proporciona un interesantísimo material basado en hechos del que se pueden extraer ciertas conclusiones acerca de la marcha general del proceso del conocimiento. En el progreso de los conceptos químicos se pone de manifiesto el camino que sigue el conocimiento científico, que va desde la percepción inmediata de la naturaleza y de su división analítica en aspectos, cosas y fenómenos a la recreación sintética de la misma en todo su conjunto, para lo cual nos servimos de las partes conocidas en el curso de su análisis anterior. [186]
La percepción inmediata de la materia y de sus transformaciones llevaba únicamente a un conocimiento muy superficial de las propiedades de la misma. Así ocurrió en la fase inicial de nacimiento de la química, en la Antigüedad y en la época de la alquimia medieval. En la frase siguiente, con ayuda del análisis químico, se descubrió la composición de la materia: primero la composición cualitativa y después la cuantitativa. La función principal de la química era entonces la descomposición de los cuerpos compuestos en sus partes integrantes y mostrar estas en su estado puro, es decir, como partes aisladas. Finalmente, en una fase superior, se llegó a la síntesis de nuevos cuerpos, primero inorgánicos (fines del siglo XVIII y comienzos del XIX) y luego orgánicos (mediados del XIX), y se realizó la síntesis teórica, representada por la atomística química, que revelaba la estructura interna de la materia.
Este descubrimiento y el conocimiento progresivos de los tres aspectos de la materia –propiedades, composición y estructura– muestra, con el ejemplo especifico de la química, las fases sucesivas por las que asciende todo conocimiento científico: la percepción directa e inmediata, el análisis y la síntesis en su unidad con el análisis que la precedió. La historia de la química proporcionaba, pues, un material concreto para la elaboración de los problemas del método dialéctico, de la lógica dialéctica, que no era sino un balance o resumen de la historia del conocimiento científico presentado en forma armónica, lógica y generalizada. Cierto es que Hegel, siendo como era idealista, rechazó la atomística, con lo que se cerraba él mismo el camino para explicar su historia con un criterio dialéctico; y sin embargo, aun en forma idealista y deformada, señaló en su lógica la vía a seguir para una generalización de tal orden.
La historia de la química proporcionaba otro material para la elaboración de la lógica dialéctica. Nos referimos al desarrollo de los conceptos científicos. La historia del concepto de “elemento” en química es un claro ejemplo. En la filosofía natural griega, cuando la ciencia no había sido aún desmembrada, dicho concepto correspondía al carácter filosófico-natural de los conocimientos científicos de aquel entonces. Era el “elemento” de Aristóteles, eran los “átomos” de Demócrito y Epicuro, eran las “raíces” de Empédocles. En la alquimia medieval los “elementos” del mundo quedaban recogidos en el concepto de “principios” y significaban tal o cual propiedad de la materia transformada en cierta sustancia. En los siglos XVII y XVIII, de conformidad con el carácter analítico general de la química de entonces, expresaba el límite de desintegración de la materia, es decir, el resultado del análisis químico de la materia. Finalmente, en el siglo XIX el concepto de “elemento” empezó a ser vinculado con la atomística química y expresaba un tipo de átomo cualitativamente determinado (de oxígeno, de hidrógeno, etc.). Por consiguiente, el concepto de elemento se ha enriquecido y modificado sin cesar, evolucionando de conformidad con el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, con el progreso de la técnica y de la ciencia. Esto demuestra que dicho concepto ha ido avanzando de un contenido menos profundo a otro más profundo, proporcionando así un valioso material para las generalizaciones lógicas y para el avance de la lógica dialéctica.
También la física conoce en el primer tercio del siglo XIX un proceso de derrumbamiento de las bases de la teoría metafísica de las “fuerzas” [187] y de los “fluidos imponderables” (por ejemplo, el calórico). La acumulación de datos sobre formas poco estudiadas del movimiento preparó el terreno para la admisión de las relaciones recíprocas de todas las formas del movimiento, capaces de convertirse unas en otras.
Donde se consiguieron mayores éxitos fue en el estudio de los fenómenos eléctricos. Hasta cl siglo XIX esta rama de la física se hallaba en un estado rudimentario, conocíanse únicamente los fenómenos electrostáticos, en los que la electricidad se presenta como cargas en reposo. En el siglo XIX, bajo la influencia directa de la práctica, y sobre todo de la necesidad de descubrir una nueva técnica de transmisiones (con fines militares y económico-industriales), pasó a primer plano el estudio de la electricidad dinámica: de la corriente eléctrica y de sus leyes.
Los descubrimientos del físico ruso V. V. Petrov, del químico sueco Berzelius y singularmente del físico-químico inglés Humphry Davy (1778-1829), que estudiaron la acción química de la corriente eléctrica (electrólisis), dieron margen para la investigación de las relaciones entre los fenómenos químicos y eléctricos, es decir, de unos fenómenos de la naturaleza que siempre habían sido separados metafísicamente.
La unidad y transformación mutua de las “fuerzas” de la naturaleza se ponen de relieve en la termodinámica, ciencia que apareció por ese tiempo y que estudia las relaciones entre los fenómenos térmicos y mecánicos. En el trabajo del ingeniero y físico francés Sadi Carnot (1796-1832) que lleva por título Reflexiones sobre la potencia motriz del fuego y sobre las máquinas capaces de desarrollar esta potencia (1824) se expone lo que ahora conocemos como segundo principio de la termodinámica. Carnot se acerca también al descubrimiento del equivalente mecánico del calor, que había de conducir forzosamente a la admisión de que el calor se transforma en movimiento mecánico, y viceversa, poniendo así fin a la teoría del calórico.
Pero la fe ciega que los físicos tenían en la doctrina del calórico, compartida por el propio Carnot, le impidió a éste comprender el verdadero valor de las relaciones por él encontradas cuando, según palabras de Engels, “se dio de bruces con el equivalente mecánico del calor... que él no pudo descubrir y ver únicamente porque creía en el calórico. Esto es otra prueba del daño que causan las falsas teorías”.85
En las ciencias naturales de la primera mitad del siglo XIX hubo otras regiones en las que los nuevos descubrimientos significaron otros tantos golpes sobre las concepciones metafísicas e idealistas.
Una verdadera revolución se operó en la física que estudia los estados agregados de los cuerpos. En el siglo XVIII y comienzos del XIX los físicos admitían una separación absoluta entre los gases y los líquidos, negando que hubiera entre ellos transición alguna. La separación metafísica de esos dos estados de la materia comenzó a desaparecer cuando se logró licuar algunos gases (el cloro y otros). Pero ciertos gases, como el nitrógeno, el oxígeno y el hidrógeno, se resistían a todos los intentos hechos para licuarlos. Esto dio nuevo alimento a las lucubraciones metafísicas: creóse el falso concepto de los gases “constantes”, absolutamente incapaces de convertirse en líquidos. El golpe definitivo sobre estas concepciones [188] lo descargaron más tarde Mendeleev, el inglés Andrews, el francés Cailletet y el suizo Pictet.
A los avances de la física y la química se unían íntimamente los descubrimientos que en ese mismo período se llevaron a cabo en biología.
Un valor primordial para el progreso de esta rama del saber y de todas las ciencias naturales, así como para el desplazamiento de la metafísica por la dialéctica, tuvo la idea del desarrollo de la naturaleza viva. Esta idea fue expuesta y defendida, a principios del siglo XIX, por el gran naturalista francés Juan Bautista Lamarck (1744-1829).
Lamarck publicó en 1809 su obra Filosofía zoológica, en la que combatía principalmente la idea metafísica de que las especies biológicas son eternas e inmutables. Negaba en redondo la afirmación de Linneo de que “la especie es de una invariabilidad absoluta en la naturaleza”,86 con lo que se quebrantaban las bases de la concepción metafísica de la naturaleza y se venía abajo el mito religioso de que el mundo fue creado por Dios.
En aquel tiempo escaseaban los datos que confirmasen la idea del desarrollo en la biología. Permanecían aún en estado embrionario ciencias que pudieran confirmarla como la anatomía comparada, la embriología y la paleontología. Engels señala los “grandes méritos de Lamarck” y hace constar que en aquel tiempo “la ciencia no disponía aún de datos suficientes para poder resolver el problema del origen de las especies más que anticipándose a su época, de un modo profético, por decirlo así”.87
Los méritos de Lamarck no se circunscriben a su exposición y apasionada defensa de la idea de que las especies biológicas son mutables, del desarrollo en la biología; también adivinó genialmente el factor fundamental del proceso evolutivo.
En su busca de las causas que determinan los cambios de los organismos vivos, se fijó en la acción de las condiciones del medio ambiente. Y a la influencia del medio atribuyó la mutabilidad de las especies biológicas. la aparición de especies nuevas y su adaptación a las condiciones del medio ambiente en que viven. “... Las circunstancias exteriores –subraya– influyen sobre la forma y la organización de los animales; es decir, al hacerse muy diferentes, las circunstancias exteriores modifican, en consonancia, la forma de los animales y hasta su organización.”88 Lamarck no admite únicamente la influencia activa del medio sobre la formación de los organismos vivos, sino también la herencia de los caracteres adquiridos. El uso frecuente de un órgano por los animales, originado por las condiciones externas, trae consigo, nos dice, su desarrollo y perfeccionamiento; y los cambios adquiridos por los organismos bajo las influencias exteriores se fijan y transmiten por herencia a las generaciones siguientes.
Por lo tanto, a pesar de que algunos argumentos esgrimidos por Lamarck en defensa de la mutabilidad y el desarrollo de las especies biológicas pecan de imperfectos e ingenuos, su idea contenía los elementos fundamentales de la teoría materialista científica del desarrollo de la naturaleza viva.
Las concepciones evolucionistas de Lamarck, con todo el gran progreso que significaban, eran limitadas históricamente. Negaba la existencia objetiva [189] y real de las especies biológicas, las formas netamente delimitadas, cualitativamente peculiares, de existencia de la materia viva. Consideraba asimismo que en la propia naturaleza no hay especies estables delimitadas entre sí, sino que lo que existe es el paso gradual de una forma de los organismos a otras a través de una serie constante de gradaciones puramente cuantitativas. Y como –sigue Lamarck– no conocemos todos los eslabones intermedios de esta serie ininterrumpida, creemos que en la naturaleza existen diferencias cualitativas.
Esto era la expresión de las concepciones puramente cuantitativas, mecanicistas, características de su tiempo, acerca del desarrollo de la naturaleza viva. En consonancia con ello, el propio proceso de desarrollo era interpretado por Lamarck unilateralmente, como puramente cuantitativo, desprovisto de saltos o interrupciones de la gradualidad.
Otro defecto sustancial de las concepciones de Lamarck lo tenemos en sus concesiones a la teleología. Al no disponer de datos experimentales que pudieran iluminar con suficiente plenitud el problema de la adecuación al fin en la naturaleza viva, afirma que los organismos poseen una “tendencia” interna que los empuja hacia cierto fin y que esa “tendencia” puede generar en ellos órganos nuevos y adaptarlos convenientemente a las condiciones ambientales en que viven.
Ahora bien, a pesar de sus concesiones de detalle a la metafísica y al idealismo, la doctrina de Lamarck en su conjunto significó un vigoroso golpe para ese modo de pensar dentro de la biología. Si las especies cambian, si las especies existentes pueden, bajo la influencia de un factor material como es el medio, dar origen a otras especies nuevas, para explicar su origen no hay que recurrir, como lo hacían Linneo y Cuvier, a los “actos de creación”.
Al expulsar de la biología la doctrina metafísica de la invariabilidad de las especies, y con ella al oscurantismo y al idealismo, Lamarck reafirmaba la concepción materialista de la naturaleza viva y, por lo tanto, proporcionaba a la biología una sólida base científica.
En la primera mitad del siglo XIX la idea del desarrollo de la naturaleza viva fue estudiada también por sabios rusos como Kaidánov, Gorianínov, Rulie y otros evolucionistas del período anterior a Darwin.
Las obras de Lamarck dieron lugar a una apasionada controversia en torno a la idea del desarrollo de la naturaleza viva. Contra la teoría de Lamarck y en favor de la doctrina de Linneo, acerca de la inmutabilidad y constancia de las especies y de su teoría de los “actos creadores” como origen de las especies, se manifestó el francés Jorge Cuvier (1769-1832), autor de la reaccionaria teoría de los “cataclismos”. Cuvier negaba el desarrollo en la naturaleza y la propia idea del desarrollo.
En 1821 publicó su obra Meditaciones sobre los cataclismos en la superficie del globo terrestre, en la que ordenaba sistemáticamente los datos obtenidos anteriormente y los suyos propios acerca de los organismos fósiles. Esto significaba el abandono de la concepción que hasta entonces se tenía sobre ellos como formaciones casuales de la naturaleza. Por otra parte, al ser establecida la relación entre determinadas especies de fósiles y las formaciones geológicas en cuyas capas se encontraban, se procedió a una rigurosa ordenación de los datos geológicos y se determinó la sucesión histórica regular en que se formaron las capas de la corteza terrestre. [190] Todo esto, independientemente de la voluntad del propio Cuvier, contribuyó a fundamentar una visión histórica de la naturaleza.
Pero Cuvier era enemigo declarado de la propia idea del desarrollo que él mismo había fundamentado de hecho con sus descubrimientos. Frente a ella formula la “teoría de los cataclismos”, de los cambios repentinos, noción ésta que carecía de toda base científica. En la superficie de la Tierra, afirmaba Cuvier, se produjeron periódicos cataclismos, en los que el fondo del mar se elevaba repentinamente, mientras que el suelo se hundía. El agua lo inundaba todo, matando a todos los seres vivos de la Tierra, mientras que los que habitaban en el mar, al verse fuera de su elemento, morían también.
Así, pues, en la Tierra se contaban tantas épocas y períodos geológicos como cataclismos se habían producido en su superficie. Es evidente que tal teoría no contenía nada verdaderamente revolucionario, pues rechazaba de plano la idea principal que ya entonces empezaba a influir provechosamente en las ciencias naturales: la idea de que la naturaleza está sujeta a desarrollo.
La fuerza motriz que originaba los cambios, tanto de la naturaleza viva como de la inerte, era, según Cuvier, un milagro divino. “La teoría de Cuvier acerca de los cataclismos de la Tierra era revolucionaria de palabra y reaccionaria de hecho. Sustituía un único acto de creación divina por una serie de actos de creación, haciendo del milagro la palanca principal de la naturaleza.”89
En todo esto se advierte claramente la orientación clasista de la teoría de Cuvier, pues ayudaba a dar una base “científica” a la religión, empresa en la cual estaba vitalmente interesada la burguesía después de haber vencido al feudalismo; quería utilizarla como instrumento que, en el terreno espiritual, le ayudase a robustecer su dominación. El propio Cuvier apoyaba el maridaje de su teoría con las concepciones religiosas.
Así, pues, la teoría metafísica de los cataclismos, entendidos como explosiones no preparadas por nada, como interrupciones absolutas en la historia de la naturaleza, conducía inevitablemente a conclusiones religiosas y colocaba la ciencia, atada de pies y manos, en poder de la teología. Así se confirmaba una vez más que la metafísica abre las puertas al idealismo.
Cuvier fue el primero en enunciar el principio de la correlación de los órganos en el organismo y el “principio” de las condiciones de existencia. Según el primero, todo ser vivo constituye un sistema independiente, completo y cerrado, la totalidad de cuyas partes se corresponden entre sí. De ahí que ninguna de ellas pueda cambiar sin que se produzca el correspondiente cambio en el resto.
Según el segundo principio de Cuvier, el animal posee únicamente los órganos necesarios para su existencia en determinadas condiciones.
Ambos principios, interpretados con un criterio materialista y dialéctico, son correctos y de importancia sustancial para la ciencia. Mas su autor los enfocaba de un modo idealista y metafísico. Afirmaba que todo organismo ha sido creado por Dios, que éste le proporcionó los medios necesarios para su existencia y que por ello se encuentra adaptado a las [191] condiciones en que ha de vivir. La correlación de los órganos era enfocada por Cuvier como la realización del fin a que Dios los había destinado desde un principio, fin que él veía en la adaptación a las condiciones ambientales de existencia.
Cuvier, lo mismo que Linneo, consideraba las especies biológicas como «constantes, inmutables y creadas por Dios, sin vínculo alguno que las uniera. La teoría de los cataclismos iba dirigida contra la doctrina evolucionista de Lamarck.
El materialista ruso D. I. Písarev puso muy vivamente de relieve los lazos existentes entre la teoría de los cataclismos de Cuvier y sus reaccionarias ideas sobre la creación y la inmutabilidad de las especies orgánicas.
“... Mientras imperase la teoría de los cataclismos geológicos –escribía– había de mantenerse la creencia en el valor autónomo de las especies. Cuando los naturalistas pensaban que la Tierra había sido poblada varias veces de nuevo, era difícil admitir la hipótesis de que la vida orgánica había comenzado siempre su desarrollo desde las formas más simples y, cada vez, a través de un perfeccionamiento lento y natural, había llegado hasta los fenómenos más complejos. Si los elementos eran capaces de producir conmociones geológicas semejantes a los cambios de decoración en un ballet maravilloso, todos los restantes procesos de la naturaleza podían también tener lugar por vías inexplicables de repentinas apariciones, desapariciones y transformaciones.”90
La pugna entre Lamarck y Cuvier, aparte su valor científico, tuvo gran significación como vivo exponente de la lucha entre el materialismo y el idealismo, entre la ciencia y la religión; y su repercusión trascendió también al terreno político-social. Lamarck era un partidario convencido de la revolución francesa y del materialismo francés; Cuvier era idealista, enemigo del materialismo filosófico y defensor de la religión y del oscurantismo eclesiástico.
La doctrina de Lamarck y la idea de la evolución de la naturaleza viva, sobre la cual se sustentaba todo el edificio de sus argumentaciones, se vio posteriormente ampliada en otros trabajos de orientación progresiva.
En la geología, la metafísica y el idealismo sufrieron también fuertes descalabros. Entre los adversarios decididos de Cuvier se encontraba Charles Lyell (1797-1875), naturalista inglés a quien se debe la teoría de la evolución lenta y gradual de la Tierra. Su principal trabajo es Fundamentos de la Geología, que vio la luz en 1830-1833. En él refuta la idea de los cataclismos repentinos y demuestra que en la historia de la Tierra no han intervenido fuerzas sobrenaturales, sino que día a día y año tras año actuaron los mismos factores naturales (el agua, la temperatura, etc.) que siguen actuando ahora. La acción lenta y gradual de dichos factores, que escapa a la mirada del observador, condujo en última instancia a los cambios que Cuvier atribuía a sus supuestos cataclismos.
“Lyell –dice Engels– fue el primero que introdujo el sentido común en la geología, sustituyendo las revoluciones repentinas, antojo del creador, por el efecto gradual de una lenta transformación de la Tierra.”91 [192]
Los trabajos de Lyell, en su parte mejor, eran continuación de la concepción histórica de la formación de las capas de la Tierra, enunciada en el siglo XVIII. Sin embargo, los rasgos de la limitación mecanicista propios de las nociones evolucionistas de Prout (en química) y más tarde de Helmholtz (en física) caracterizan también la teoría del desarrollo lento de Lyell (en geología). Dicha teoría, progresiva en sí, adolecía de la visión unilateral típica de toda concepción mecanicista del desarrollo; negaba los saltos (revoluciones) en la naturaleza y el proceso de desarrollo de la Tierra lo veía como una mera evolución, sin interrupciones de la gradualidad, sin orden alguno ni ley que lo rigiera. En virtud de esto, según Lyell, “la Tierra no se desarrolla en una dirección determinada, sino que cambia solamente de modo casual y sin conexión”.92
La historia de la biología y la geología durante el primer tercio del siglo XIX viene a ilustrar de nuevo la tesis de la lógica dialéctica de que el desarrollo del conocimiento científico es contradictorio: de la división de lo único va al conocimiento de sus lados contradictorios, primero por separado y luego en su unidad interna e indivisible. Tratábase, pues, de conocer los aspectos contradictorios del proceso de desarrollo, es decir, de la unidad de los cambios cualitativos y cuantitativos, de los saltos y de la marcha evolutiva, de la discontinuidad y continuidad del propio proceso de desarrollo. Primeramente el proceso único de desarrollo de la naturaleza –unidad de los contrarios– fue dividido mentalmente en sus partes, que pudieron conocerse enfrentando unas a otras: o bien los saltos únicamente, los cambios cualitativos, o bien sólo la evolución gradual, los cambios cuantitativos, la continuidad. En el primer caso se llegaba a los cataclismos de Cuvier en biología y geología; en el segundo, a la concepción mecanicista, a la evolución que algunos lamarckistas defendían en biología. Sólo más tarde, durante la segunda mitad del siglo XIX, a medida que se superaron las limitaciones metafísicas de las dos concepciones, diametralmente opuestas, comenzó a estructurarse una visión correcta de la naturaleza, dialéctica por su esencia, que tiene presentes ambos aspectos contradictorios en su interacción orgánica como unidad de contrarios.
El paso de la concepción metafísica de la naturaleza a la dialéctica, proceso que duró casi un siglo, planteó a los filósofos la necesidad de elaborar un nuevo método científico de conocimiento en el que se recogiera y fundamentara lo que los investigadores habían expuesto de manera elemental y que venía literalmente impuesto con sus descubrimientos. Con otras palabras, había que fundamentar filosóficamente, como método de investigación, la idea del desarrollo y de la concatenación universal, la idea del desarrollo contradictorio y a saltos de los objetos estudiados y de sus imágenes mentales (conceptos).
La tarea de crear un método nuevo de pensamiento, el método dialéctico, que correspondiera al nivel alcanzado por las ciencias naturales, era a principios del siglo XIX tan actual como la que doscientos años antes imponían los avances de la ciencia experimental, vinculados al análisis de la naturaleza y a su división en compartimientos estancos. En aquel entonces la tarea de forjar un método que era nuevo para esa época fue cumplida por los materialistas metafísicos, mecanicistas (Bacon, Galileo, Descartes [193] y Newton). Pero ahora el nuevo método de conocimiento había de abandonar el caduco método metafísico de pensamiento. El nuevo método no pudo ser elaborado a fines del siglo XVIII y principios del XIX por los materialistas, que a la sazón se atenían todos ellos, sin excepción alguna, a un criterio metafísico. De ahí que necesariamente hubieran de dedicarse a ello únicamente los filósofos que trataban de proporcionar un sistema de categorías y leyes dialécticas, como eran los dialécticos idealistas alemanes: Kant, Schelling y particularmente Hegel. Bajo una forma mística, forzada y deformada en un sentido idealista, en Hegel se ocultaba en el fondo (en la medida en que el idealismo se lo permitía) un método nuevo, dialéctico, de conocimiento, del que se sentía cada vez más la necesidad en el campo científico. Mas esto se llevó a cabo de la manera más contradictoria: el propio Hegel, que exaltaba su “espíritu absoluto”, rebajaba abiertamente el significado de la naturaleza; y a los naturalistas les asustaba la construcción de la lógica hegeliana, complicada y forzada premeditadamente, que no podía ser utilizada directamente sin antes someterla a una elaboración a fondo, con el fin de extraer de ella el valioso núcleo racional de la dialéctica. Ninguno de los pensadores burgueses de principios del siglo XIX –filósofos y naturalistas– fue capaz de llevar adelante este trabajo. De ahí que el método dialéctico de Hegel no fuera aceptado por los naturalistas, que con sus descubrimientos confirmaban la dialéctica y refutaban la metafísica, a la vez que en filosofía seguían fieles al método metafísico.
Los grandes descubrimientos de mediados del siglo XIX en las ciencias naturales y su significación para la filosofía. Los descubrimientos de mediados del siglo XVIII prepararon en las ciencias naturales el hundimiento de las viejas concepciones metafísicas. Estas recibieron fuertes golpes durante el primer tercio de la centuria siguiente. Pero lo decisivo en este sentido fueron los grandes descubrimientos del segundo tercio de siglo. Merced a ellos, en las ciencias naturales se comenzó a adoptar una concepción elemental dialéctica. Era como el retorno a la vieja concepción dialéctica de los antiguos pensadores griegos, con su tesis de que “todo fluye, todo cambia”. Mas dicho retorno tenía lugar sobre una base más sólida, pues la visión dialéctica de la naturaleza podía apoyarse ahora en un inmenso material empírico reunido durante los cuatrocientos años anteriores, sobre todo en los dos siglos últimos, dentro del marco del método metafísico de pensamiento.
Por lo tanto, el desarrollo del pensamiento científico, y del filosófico, unido a él, se produjo dialécticamente: la concepción metafísica de los siglos XVII y XVIII era la negación de la primitiva dialéctica de los antiguos y de su filosofía natural; a su vez, las tendencias progresivas de la ciencia y la filosofía del siglo XIX, que reflejaban la dialéctica del mundo objetivo y de su conocimiento por el hombre, eran la negación del anterior concepto metafísico sobre la naturaleza. Esto significaba que en el curso del desarrollo del pensamiento científico y filosófico se producía una “negación de la negación”, que era simultáneamente expresión de los vínculos que unían las nuevas concepciones a las precedentes (con la dialéctica elemental de los antiguos y con los datos empíricos de las ciencias naturales recogidos en los siglos XVII y XVIII); los unos eran una continuación de los otros. Al mismo tiempo, eran expresión de la radical diferencia cualitativa [194] que los separaba de la filosofía natural de los antiguos y de la idea metafísica de que la naturaleza es absolutamente inmutable.
La causa última de este proceso de desarrollo relativamente independiente, del pensamiento científico y filosófico, era el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad y de las relaciones de producción que de él se derivaban.
El desarrollo de las ciencias naturales en el segundo tercio del siglo XIX descargó nuevos y demoledores golpes sobre el idealismo y el agnosticismo y afirmó la concepción materialista de la naturaleza.
En astronomía, a fines del siglo XVIII se había descubierto que Urano, el planeta más alejado del Sol entre todos los entonces conocidos, se desviaba de su órbita en virtud de las leyes de la mecánica newtoniana. En 1846, el francés Leverrier (e independientemente de él Adams, en Inglaterra), tomando como ciertas dichas leyes, lanzó la hipótesis de que existía un planeta desconocido que, al influir sobre Urano, le obligaba a seguir una órbita distinta a la que hubiese presentado de no existir el desconocido planeta. Leverrier calculó el lugar exacto del firmamento en que tal planeta había de encontrarse. Y en efecto, el astrónomo Galle lo descubrió en el sitio indicado. El nuevo planeta recibió el nombre de Neptuno. La repercusión en el mundo científico fue enorme. Hablóse del descubrimiento de un planeta hecho “con la punta de la pluma”. La significación de este descubrimiento fue inmensa; demostró con toda evidencia la fuerza del conocimiento humano, la capacidad del pensamiento teórico y la necesidad de éste en el campo científico; al mismo tiempo, quedaron confirmadas las leyes de la mecánica de Newton. El materialismo recibió un vigoroso impulso.
Poco después el agnosticismo experimentaba otro revés en la astrofísica, una región próxima a la astronomía. En 1859 los alemanes Bunsen y Kirchhoff descubrían el análisis espectral, que permitía conocer la composición química de los cuerpos por su espectro óptico. De este modo se amplió considerablemente el círculo de fenómenos capaces de ser sometidos a investigación; se obtuvieron los primeros datos acerca de la composición química del Sol, los planetas y las estrellas, y se descubrieron elementos nuevos, algunos de ellos el Sol (el helio). El análisis espectral era una nueva refutación del agnosticismo, al demostrar en la práctica la posibilidad de conocer los objetos de la naturaleza aunque estuviesen a distancias enormes de nuestro planeta.
La química, especialmente la orgánica, continuó su vertiginoso avance apoyada en las concepciones atomísticas. Las necesidades de la gran industria química, interesada en ampliar su base de materias primas mediante la sustitución de los productos naturales por otros sintéticos, fueron un estímulo para el estudio de las transformaciones químicas de los cuerpos. La síntesis de compuestos orgánicos adquirió proporciones inusitadas. Se obtuvieron por esta vía gran número de cuerpos para la formación de los cuales se estimaba antes necesaria la contribución de la “fuerza vital”. De este modo la química orgánica no deja piedra sobre piedra del vitalismo. Durante el segundo tercio del siglo fueron muchos los químicos que llegaron a la conclusión de que su ciencia no estudiaba la materia en estado inmutable y estático, sino en su movimiento y desarrollo.
Por ese tiempo el francés Carlos Gerhardt compuso las llamadas series [195] homólogas de los compuestos del carbono, en las que se daba expresión concreta a la ley del tránsito de los cambios cuantitativos a cualitativos. Los cuerpos de la serie homóloga se componer: de unos mismos elementos químicos, pero son diferentes entre sí. Esta diferencia cualitativa viene condicionada por el número de grupos atómicos CH2 que entran en su composición y por el orden en que dichos grupos se unen.
Conociendo esta ley general, se puede anunciar, por los vacíos de las series homólogas, qué cuerpos están aún por descubrir y cuáles serán sus propiedades. La hipótesis de Gerhardt se vio brillantemente confirmada, aunque los químicos no llegaron a advertir el valor filosófico de su descubrimiento. No comprendían que en su ciencia, según palabras de Engels, se puede ver y “por decirlo así, palpar corporalmente, en las cosas y los fenómenos”, cómo “la cantidad se transforma en calidad”.
La pugna entre lo nuevo y lo viejo, entre la dialéctica y la metafísica, entre el materialismo y el idealismo en las ciencias naturales adquiere singular virulencia como consecuencia de los tres grandes descubrimientos realizados en este campo en el segundo tercio del siglo XIX: la célula, la ley de la conservación y transformación de la energía y la teoría evolucionista en biología.
Entre los descubrimientos que se refieren al estudio de la naturaleza viva hay que citar, en primer término, la teoría celular, cuyas primeras bases quedan sentadas por el botánico ruso P. F. Gorianínov (en 1827-1834) y por el biólogo checo J. Purkine (en 1837). Seguidamente, en 1838-1839, la teoría celular es expuesta, razonada y desarrollada por los alemanes T. Schwann y M. Schleiden.
Juan Purkine es el fundador de la histología científica. Era un eminente fisiólogo y embriólogo. Purkine y sus discípulos llevaron a cabo estudios experimentales y teóricos fundamentales para la teoría celular, si bien su papel en tan gran descubrimiento científico se vio silenciado durante largo tiempo por los historiadores alemanes de la ciencia, que se dejaban así llevar por sus sentimientos nacionalistas. Sólo al cabo de cien años, en 1932. 1936, el checo F. K. Studnicka demostró la prioridad de su glorioso compatriota en la creación de la teoría celular.
En 1825 Purkine descubrió la vesícula embrionaria en la célula del huevo. Con ello dio impulso a las investigaciones del naturalista ruso K. M. Ber, creador de la embriología científica. También son grandes los méritos de Purkine en el desarrollo de la técnica del microscopio. Descubrió el núcleo celular, descubrió y estudió la estructura celular de muchos tejidos y órganos de los animales.
En 1837 Purkine presentó una comunicación acerca del descubrimiento de las células nerviosas y de las células ganglionares del cerebelo (que llevan su nombre). En ella demostraba que la célula no es un espacio vacío rodeado de una membrana sólida, como se creía hasta entonces, sino que contiene una sustancia primaria a la que dio el nombre de protoplasma. Purkine estableció también que el contenido interior de la célula cumple un papel muy importante. Por eso él y sus discípulos emplean muy poco el término “célula”, y hablan más de “glóbulos” o de “gránulos nucleares”.
Su teoría granular o celular quedó expuesta en el mismo año de 1837. como ampliación de la idea de todos los órganos del cuerpo vivo presentan una misma estructura microscópica; los datos experimentales así [196] lo confirmaban. Apoyándose en sus trabajos, Purkine llega a una conclusión más amplia: la unidad estructural de los animales y vegetales, con lo que se inicia la eliminación de la división metafísica establecida entre estos dos reinos de la naturaleza.
Purkine escribe que la forma granular que presenta la estructura de todos los tejidos, cualquiera que sea el organismo, es prueba de la analogía que existe entre los animales y las plantas. Pero el autor no desarrolla tan importante tesis sobre la analogía (o mejor aún unidad) estructural de los organismos animales y vegetales, enunciada un año antes de que lo hiciera Schwann. Este último es quien expone ampliamente la idea de la unidad del mundo animal y vegetal, dando término así al descubrimiento iniciado por Gorianínov y Purkine.
Teodoro Schwann (1810-1832), a través de sus estudios de la estructura de tejidos animales (cartílago, médula espinal), llegó, lo mismo que Purkine, a la conclusión de que en ellos las células corresponden a las células de las plantas”,93 las cuales fueron investigadas por Matías Jacobo Schleiden (1801-1881). Poco después Schwann extendía su conclusión a todos los organismos.
Una vez aclarado el problema de la unidad estructural de los animales y las plantas, Schwan y Schleiden se entregan al estudio del modo como se desarrolla el organismo. La conclusión a que llegan es que “existe un principio general de desarrollo para las más diversas partes elementales del organismo, y este principio es el de la formación de células”.94
Esto permitió dar una explicación de la manera como se produce el crecimiento y desarrollo de los seres vivos y, partiendo de la identidad de las leyes de desarrollo de las células animales y vegetales, demostrar la íntima relación que existe entre ambos reinos de la naturaleza orgánica.
Se vino abajo el muro metafísico que hasta entonces separaba ambas regiones de la naturaleza viva. Animales y plantas se hallaban interiormente unidos por su común estructura celular y porque unos y otras proceden de células.
Refiriéndose al descubrimiento de la célula, Engels dice: “No sólo se ha podido establecer que el desarrollo y el crecimiento de todos los organismos superiores son fenómenos sujetos a una sola ley general, sino que. además, la capacidad de variación de la célula nos señala el camino por el que los organismos pueden cambiar de especie y, por tanto, recorrer una trayectoria superior a la individual.”95
A mediados del siglo XIX quedó establecido que las células se reproducen por división. Esta división, sin embargo, era comprendida por algunos biólogos de manera simplista, unilateral, mecánica, como un proceso puramente cuantitativo. En realidad, la división de la célula está muy lejos de ser tal proceso meramente cuantitativo, sino que conduce a cambios radicales y cualitativos en las propias células. Por consiguiente, la aparición de un organismo pluricelular por división de una sola célula viene a [197] confirmar, y no a refutar, la ley del paso de los cambios cuantitativos a cualitativos.
Pero los biólogos mecanicistas negaban el desarrollo como proceso vinculado al paso de los cambios cuantitativos a cualitativos; lo interpretaban como simple crecimiento y aumento, es decir, como una evolución vulgar; el organismo lo consideraban como un agregado de células independientes entre sí. De este modo deformaban la esencia de la teoría celular.
Esta última transformó por completo todos los apartados de la biología, y singularmente de la medicina.
A mediados de siglo, gracias al descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía, arraigó en las ciencias naturales la idea de la unidad de las formas del movimiento (las llamadas “fuerzas” de la naturaleza) y de su transformación recíproca.
A la preparación de este descubrimiento contribuyeron en alto grado la idea de la conservación de la cantidad de movimiento en todo el mundo, enunciada por Descartes, y la de la ley general de la conservación de la materia y del movimiento, expuesta por Lomonósov. La ley de la conservación y transformación de la energía venía a concretar, ampliar y enriquecer la tesis relativa a la conservación del movimiento, a la que proporcionaba base experimental.
Los trabajos del gran físico materialista inglés Miguel Faraday (17911867), correspondientes a los años 30 del pasado siglo, acercaron de lleno a la idea de la unidad y capacidad de transformación de las “fuerzas” de la naturaleza. Faraday demostró que el magnetismo se transforma en electricidad, y viceversa, y dilucidó definitivamente “el problema de la identidad de la naturaleza de las electricidades obtenidas por procedimientos distintos”96 A él se debe el descubrimiento de las leyes de la electrólisis, que relacionan los fenómenos eléctricos y químicos.
Una aportación valiosa, que preparó el descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía, significaban los trabajos del físico ruso Emilio C. Lenz, quien determinó el equivalente calórico de la electricidad y enunció la regla que lleva su nombre, expresión de la ley de la conservación de la energía en los procesos electromecánicos. A este tiempo se remontan también los trabajos sobre la energía de Roberto Mayer y de Helmholtz en Alemania, de Joule y Grove en Inglaterra, de Colding en Dinamarca y de otros investigadores.
Lo que primeramente impulsaba a la ciencia al descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía era la práctica. La máquina de vapor encontró en el primer tercio del siglo XIX una gran aplicación en las distintas ramas de la industria. En 1807 se comienza la construcción de los primeros vapores. para la navegación fluvial al principio y luego para la marítima. Seguidamente aparecieron coches movidos por el vapor. En 1825 se construyó el primer ferrocarril.
Todas estas aplicaciones, tan extensas y variadas, de la fuerza del vapor planteaban con gran urgencia la necesidad de elevar el coeficiente de utilidad de la máquina. Para ello se requería no sólo el análisis de la parte [198] física del proceso operado en la máquina de vapor, sino el descubrimiento de una ley general relativa a la manera como se produce la transformación de las distintas formas del movimiento, y sobre todo la transformación de la forma calórica del movimiento en mecánica.
La teoría general de la transformación de la energía fue estudiada por Roberto Mayer (1814-1878). Lo principal en ella es que se admitía no sólo la conservación cuantitativa del movimiento, sino también sus transformaciones cualitativas. Engels señala que la constancia cuantitativa del movimiento había sido enunciada mucho antes. “Mas la transformación de las formas del movimiento sólo fue descubierta en 1842, y no se trata de la ley de la constancia cuantitativa, sino de algo nuevo.”97 Gracias a este nuevo aspecto cualitativo se pudo demostrar la inconsistencia de la anterior concepción mecanicista del movimiento y probar que es imposible reducir las formas más complejas del movimiento al simple desplazamiento mecánico.
Mayer llegó a la conclusión de que todas las “fuerzas” y “fluidos” (calor, electricidad, magnetismo, etc.) no son “sustancias” independientes, separadas entre sí, sino formas diversas de un movimiento único, capaces de transformarse unas en otras. Con relación a ello expuso Mayer la tesis de que “no existe ninguna clase de materia inmaterial”98
Esta conclusión, que venía siendo preparada por los éxitos de la física en el primer tercio de siglo y recogía la experiencia de la práctica productiva, acabó con toda la metafísica doctrina de los “fluidos imponderables” con toda la concepción metafísica e idealista de las “fuerzas”.
Mayer interpreta los fenómenos de la naturaleza con un criterio materialista, como una sucesión infinita de causas y efectos. La causa origina determinada acción cualitativamente distinta, pero cuantitativamente equivalente a ella. Mayer, que llamaba causas a las distintas clases de movimiento, escribe: “La primera propiedad de todas las causas es lo que denominamos su indestructibilidad... La capacidad de adoptar formas diversas es la segunda propiedad esencial de todas las causas. Tomando en consideración ambas propiedades juntas, decimos: las causas son (cuantitativamente) indestructibles y (cualitativamente) capaces de transformación.”99
La teoría de la transformación de la energía reflejaba la unidad e interdependencia recíproca del aspecto cualitativo y cuantitativo del movimiento de la materia. El aspecto matemático de la ley de la conservación y transformación de la energía fue estudiado detenidamente en 1847 por Hermann Helmholtz.
En dicha ley encuentra cumplida expresión el hecho de que el desarrollo de la naturaleza se verifica mediante el tránsito de los cambios cuantitativos a estados cualitativos radicalmente distintos. Significaba asimismo un vigoroso robustecimiento del materialismo filosófico, pues todos los fenómenos de la naturaleza eran interpretados como procesos debidos a un movimiento material único, movimiento que, lo mismo que la materia, no se puede ni destruir ni crear. [199]
Muchos físicos no comprendían, sin embargo, plenamente el valor objetivo de este descubrimiento, lo mismo que de otros semejantes realizados en el siglo XIX. No veían ni podían ver que los grandes progresos de las ciencias naturales eran otras tantas confirmaciones de la nueva visión materialista dialéctica de la naturaleza.
Así, la doctrina de la energía es enfocada en los trabajos de Helmholtz en un sentido puramente cuantitativo. Los físicos mecanicistas cerraban los ojos ante el aspecto cualitativo (transformación de las formas de energía) y lo reducían todo al aspecto cuantitativo (conservación de la energía). Y todas las formas del movimientos eran reducidas a un simple movimiento mecánico.
Engels subraya que la ley de la conservación y transformación de la energía permite conocer los vínculos que existen entre los procesos de la naturaleza; esta ley muestra que “todas las llamadas fuerzas que actúan en primer lugar en la naturaleza inorgánica, la fuerza mecánica y su complemento, la llamada energía potencial, el calor, las radiaciones. (la luz y el calor radiante), la electricidad, el magnetismo, la energía química. se han acreditado como otras tantas formas de manifestarse el movimiento universal, formas que, en determinadas proporciones de cantidad, se truecan las unas en las otras, por donde la cantidad de una fuerza que desaparece es sustituida por una determinada cantidad de otra que apare ce, y todo el movimiento de la naturaleza se reduce a este proceso incesante de transformación de unas formas en otras”.100
Desde el comienzo mismo, en torno a la ley de conservación y transformación de la energía se enardecieron las pasiones de los filósofos. Contra ella se manifestaron Pfaff y otros idealistas, que admitían la creación de las fuerzas a partir de la nada. También la combatieron los vitalistas, negando que se pudiera aplicar a los organismos vivos. Frente a ella presentaban la reaccionaria doctrina de la “fuerza vital”, sobrenatural y carente de materialidad.
Un hecho tras otro confirmaban la ley de la conservación y transformación de la energía; esto echaba por tierra el idealismo en las ciencias naturales, a la vez que revelaba la estrechez e inconsistencia del mecanicismo. Lo nuevo en la ciencia era, como siempre, invencible y se impuso a lo viejo. En este caso condujo a la teoría cinética molecular de los gases y más tarde de la materia en general.
“Con la teoría cinética de los gases –dice Engels–, según la cual en un gas perfecto los cuadrados de las velocidades con que se mueven sus moléculas son, permaneciendo idéntica la temperatura, inversamente proporcionales al peso molecular, el calor pasó directamente a la categoría de las formas del movimiento que, como tales, se prestan a la medición.”101
Todo el proceso que condujo al descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía dio posibilidades para interpretar con un sentido materialista algunas importantes tesis de la lógica dialéctica y de demostrar que, en formas lógicas, son una generalización [200] de la historia de todo el pensamiento humano; o dicho con otras palabras, que tras ellas se esconde la lógica del conocimiento científico. Como había de escribir más tarde Engels, todo conocimiento empieza por lo singular, es decir, por la comprobación de determinados hechos, por la reunión de material experimental directo. Más adelante este material es ordenado, clasificado según determinados caracteres, dividido en grupos, etc. Finalmente, la investigación de una esfera concreta de fenómenos de la naturaleza pone de relieve lo general, es decir, la relación interna o ley que es valedera para toda la esfera de los fenómenos sometidos a estudio. Cuando Hegel clasifica las formas de los juicios y conclusiones, a primera vista parece que ha construido un edificio artificial y arbitrario, en el que primero van los juicios de singularidad, luego los de particularidad y por último los de universalidad. El sentido racional de esta clasificación había de ser descubierto más tarde por el marxismo, que en los conceptos de singularidad, particularidad y universalidad, como en todas las categorías de la lógica, ve el producto de la generalización de la historia del pensamiento humano. Así lo señala Engels tomando el ejemplo del descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía. El primer juicio emitido por los hombres, apoyándose en su técnica primitiva, era de singularidad. Adviértese el hecho singular de que el roce produce calor. En 1842 se llegó a una conclusión demostrativa de que el conocimiento de esta esfera de fenómenos de la naturaleza se había elevado a un nivel más alto: al ser descubierto el equivalente mecánico del calor se comprueba que una forma particular del movimiento de la materia –la mecánica– en determinadas condiciones se puede transformar en otra forma del movimiento: la calórica. A esta conclusión se llega por un juicio de particularidad. Finalmente, en el año 1845, Roberto Mayer enuncia el juicio de universalidad, según el cual cualquier forma de movimiento, en condiciones determinadas, es capaz de pasar, y pasa necesariamente, a cualquier otra forma de movimiento.
Tenemos aquí presente la relación del núcleo racional de la filosofía hegeliana –la dialéctica– con las ciencias naturales. De la misma manera que la lógica dialéctica de Hegel venía siendo preparada por toda la marcha anterior de la ciencia, así, a su vez, despojada de la envoltura idealista que la deformaba, podía servir de método científico para el conocimiento de la naturaleza. Según indica Engels, el desarrollo de las ciencias naturales después de la muerte de Hegel confirmaba brillantemente el contenido racional de la dialéctica del filósofo alemán.
Al descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía van unidas íntimamente las aportaciones que Helmholtz y otros sabios hacen en el campo de la biología.102
Toda la trayectoria de desarrollo de las ciencias naturales en la primera mitad del siglo XIX –producto de una reñida pugna del materialismo y el idealismo en el campo de la biología– preparaba teóricamente el terreno para la aparición del darvinismo, es decir, de la doctrina evolucionista del ilustre sabio e innovador Carlos Roberto Darwin (1809-1882). [201]
Darwin nació en Shrewsbury (Inglaterra). Su padre era médico. Estudió dos años en la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo y luego, accediendo a los deseos de su padre, pasó a la Facultad de Teología de Cambridge. Pero su verdadera escuela como sabio no fue la Universidad, sino su viaje alrededor del mundo a bordo del Beagle, en el que invirtió cinco años (1831-1836). A su regreso es cuando se entregó al estudio del origen de las especies biológicas.
La biología se hallaba entonces dominada por las concepciones idealistas y religiosas de los “actos de creación”, por las doctrinas metafísicas de Linneo y Cuvier acerca de la constancia e inmutabilidad de la naturaleza viva, de las especies vegetales y animales. A despecho de los datos reunidos, la inmensa mayoría de los naturalistas se negaban a admitir la unidad de origen y la existencia de leyes en el desarrollo de las formas orgánicas. Eran muchos los que creían que cada una de los cientos de miles de formas biológicas que pueblan actualmente la Tierra tenía un origen independiente, sin relación con el resto.
El valor histórico de los estudios de Darwin reside en que puso fin a esta dominación del idealismo y la metafísica en biología y afirmó la teoría del desarrollo de la naturaleza viva, teoría inspirada en un principio materialista y dialéctico.
El 24 de noviembre de 1859 vio la luz El origen de las especies por selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. En esta obra demostraba Darwin que las especies vegetales y animales no son permanentes, sino que cambian, que todas las especies existentes hoy día proceden, por vía natural y gradualmente, de otras especies que existieron antes, y no son fruto de “actos de creación” o de cambios repentinos. “No dudo lo más mínimo –escribe el autor–... de que es errónea la opinión, compartida hasta hace poco por la mayoría de los naturalistas y que también era la mía, de que cada especie ha sido creada con independencia de las especies restantes. Estoy absolutamente convencido de que las especies son mutables y de que todas las que pertenecen a un mismo género son descendientes directas de otra especie, en la mayoría de los casos desaparecida...”103
Darwin encuentra la más plena confirmación de esto en la secular experiencia práctica de la agricultura para la selección de plantas de cultivo y de animales domésticos. El estudio de esa experiencia demostraba que la selección de las desviaciones casuales en los caracteres específicos originaba artificialmente en las plantas y animales de esa especie diferencias que a menudo eran más profundas y considerables que las que se encuentran entre distintas especies de un mismo género. Por ejemplo, la selección artificial de la col silvestre, pobre en hojas, proporcionó la col que ahora se cultiva; de la zanahoria silvestre, de raíz delgada, provienen todas las clases carnosas que se encuentran en los huertos. Por ese procedimiento se han obtenido las demás plantas de cultivo y los animales domésticos.
Para la selección artificial, cuando el hombre advierte en la planta o en el animal alguna propiedad que considera útil, aparta y mantiene aislados del resto esos ejemplares, para evitar que se mezclen. En virtud [202] de ese aislamiento, la propiedad deseada se conserva, aparece en las generaciones subsiguientes y acaba por dar origen a una raza perfectamente estable.
Darwin indicó también que el procedimiento más sencillo y perfecto para la selección artificial de modificaciones casuales era en su tiempo la eliminación de las formas no satisfactorias o menos satisfactorias. No es que el hombre mejore así directamente las formas naturales; lo único que hace es conservar, ajustar y consolidar las modificaciones casuales que independientemente de él aparecen en la naturaleza.
La constante presencia en los animales y plantas de las desviaciones más diversas de sus caracteres condujo a Darwin a la idea de que todos los seres vivos están sujetos a mutabilidad. La circunstancia de que sea posible la selección y conservación de las modificaciones en una dirección determinada la atribuye Darwin a la herencia, propiedad que poseen todos los seres vivos y que se traduce en la reproducción por la descendencia de las formas de sus progenitores.
Así, pues, Darwin estableció y demostró: 1) la mutabilidad de las especies biológicas; 2) la herencia de las desviaciones de los caracteres específicos, y 3) el orden de sucesión entre las especies, es decir, que organismos que poseen caracteres específicos distintos pueden tener antecesores comunes.
Por analogía con la selección artificial, Darwin llega a la conclusión de que en condiciones naturales, sin intervención del hombre, las especies nuevas surgen también y se modifican por selección, que en este caso es selección natural.
Darwin advirtió que el número de organismos que llegan a la madurez no está en relación con el enorme número de gérmenes que de ellos crea la naturaleza. Y como cada germen tiende a su desarrollo, dedúcese que entre unos y otros, singularmente entre los ejemplares de una misma especie, surge la lucha por la vida. Las mayores probabilidades de alcanzar la madurez y dar descendencia, de reproducirse, corresponden a los individuos en posesión de alguna particularidad, aun en el grado más pequeño, que les favorezca en esa lucha por la vida. Esas diferencias individuales, sobre todo si se encuentran en muchos ejemplares, por acumulación de la herencia tienden a incrementarse en la dirección adoptada, y precisamente hacia la selección. A su vez, los organismos que no poseen tales caracteres mueren más fácilmente en la lucha por la vida y desaparecen poco a poco.
Por lo tanto, las especies se modifican por selección natural, en la cual resisten los ejemplares mejor adaptados a las condiciones de vida que les son propias. La selección natural no es para Darwin una simple “separación” de organismos, sino más bien, y ante todo, un principio activo y creador en el proceso de desarrollo de la naturaleza viva, el cual conduce ineludiblemente al fortalecimiento de los caracteres a que la selección se refiere hasta el grado de las propiedades específicas; conduce, por tanto. a la aparición de formas orgánicas nuevas y más perfectas.
Con sus descubrimientos confirmó y argumentó Darwin, en el campo de la biología, la explicación materialista y dialéctica del mundo partiendo de él mismo.
La teoría estrictamente determinista del origen de las especies por [203] selección natural demostraba la inconsistencia de la teleología. Darwin es el primero que científicamente, con un criterio materialista, explica las causas de la organización del mundo orgánico con arreglo a un fin; esto es lo que constituye la radical diferencia que observamos entre los seres vivos y la naturaleza inerte, y lo que tan asombrosamente se revela en la estructura de los organismos y en su adaptación a las condiciones en que viven.
Darwin demuestra sin dejar lugar a dudas que la adaptación finalista de los organismos a las condiciones ambientales del medio, tal como se observa en la naturaleza viva, es consecuencia de la selección natural de las modificaciones útiles para el propio organismo. Si en éste aparecen modificaciones que favorecen su resistencia y su desarrollo en las condiciones del medio en que vive, tal organismo se reproducirá y multiplicará más fácilmente. En cambio, las modificaciones perjudiciales estorban la reproducción y hacen que el número de los organismos por ellas afectados disminuya. Así se explica el perfeccionamiento constante de los organismos en las condiciones naturales y la aparición de especies nuevas, mejor adaptadas a las condiciones de vida.
Desde este punto de vista, la estructura de los organismos se ajusta no a un fin en general, no a cualquier clase de condiciones, sino sólo a aquellas que concretamente definen el medio en que se encuentran. No puede hablarse, pues, de finalidad absoluta en la estructura y funciones de los organismos, sino únicamente de finalidad relativa.
La teoría darviniana de la evolución culmina con la determinación de las leyes biológicas relativas al origen del hombre. El gran sabio de mostró que el ser humano procede del mismo tronco de donde derivan los antropoides actuales.
Así, pues, con su demostración de que toda la actual naturaleza viva, todas las especies biológicas, sin exceptuar al hombre, son resultado de un proceso, sujeto a leyes, de gradual desarrollo a lo largo de millones de años, Darwin asestó un golpe demoledor a la metafísica y contribuyó esencialmente a forjar la concepción dialéctica de la naturaleza.
Los clásicos del marxismo-leninismo tenían en gran estima la teoría de la evolución de Darwin y siempre pusieron de relieve su formidable significación científica y filosófica.
Marx apreciaba sobre todo El origen de las especies porque, a pesar de sus defectos, había significado un golpe de muerte para la teleología en las ciencias naturales.
“Por muchas que sean las transformaciones de detalle que esta teoría haya de sufrir –escribe Engels refiriéndose a la doctrina de Darwin–, en su conjunto resuelve ya el problema de manera más que satisfactoria. En líneas generales ha establecido la serie del desarrollo de los organismos, que va de unas cuantas formas simples a otras, cada vez más variadas y complejas –tal como lo observamos hoy día–, hasta terminar en el hombre. Gracias a ello no sólo ha sido posible explicar el origen de los organismos existentes, sino que se ha obtenido la base para la prehistoria del espíritu humano, para seguir las distintas fases de su desarrollo, desde el simple protoplasma de los organismos inferiores, que carecen de estructura. pero que perciben las excitaciones. hasta el cerebro del hombre con [204] su capacidad de pensar. Y sin esa prehistoria la existencia del cerebro humano capaz de pensar seguiría siendo un milagro.”104
“... Darwin –dice Lenin– ha puesto fin a la idea de que las diversas especies animales y vegetales no están ligadas entre sí, son casuales, «creadas por Dios» e invariables, y ha situado por primera vez la biología sobre una base completamente científica, al establecer la variabilidad y la continuidad de las especies...”105
Filosóficamente, la teoría evolucionista de Darwin contribuyó al triunfo del materialismo sobre el idealismo en el conocimiento de la naturaleza viva, dio pruebas irrefutables de la dialéctica objetiva a que la naturaleza está sujeta y ejerció una positiva y sustancial influencia sobre el proceso de transformación de las ciencias naturales en un sistema de conocimiento materialista y dialéctico de la naturaleza.
Por su concepción filosófica del mundo, Darwin era un materialista histórico espontáneo, que estaba convencido de la realidad objetiva del mundo exterior, reflejado por nuestra conciencia. El núcleo materialista de su teoría del desarrollo de la naturaleza viva es incompatible con cualquier orientación o matiz del idealismo filosófico o la religión.
La teoría de Darwin refutaba objetivamente la metafísica, el idealismo y los dogmas religiosos de la creación del mundo y de todos los seres vivos que lo pueblan, comprendido el hombre. Esto le valió al gran sabio toda clase de persecuciones. Y no sólo de parte de los clericales por el estilo del obispo de Wilberforce: de él se apartaron hasta sus maestros. Cuando envió un ejemplar de su obra El origen del hombre y la selección sexual a uno de ellos, el profesor Sedgwick, éste se lo devolvió, manifestando que le ofendían profundamente las ideas expuestas en el libro. Los antidarvinistas alemanes, deseosos de humillar al sabio, mandaron grabar una medalla de plomo en la que se le caricaturizaba en forma injuriosa. En la Academia de Ciencias de París se rechazó dos veces la propuesta de acogerlo en su seno.
La sociedad burguesa oficial no desdeñaba recurso alguno para zaherir a Darwin y combatir su doctrina.
Ahora bien, las concepciones de Darwin adolecían de algunos puntos débiles.
Darwin no se decidió a enfrentarse abiertamente con la “opinión pública” que imperaba en los medios burgueses; compartía los prejuicios reaccionarios y vulgares contra el materialismo y el ateísmo, y en ocasiones se denominaba “agnóstico”, aunque de hecho admitía que la inteligencia humana es capaz de conocer el mundo y las leyes que lo rigen.
Ciertas limitaciones burguesas se advierten también en la manera como formula la idea de la evolución. Por ejemplo, Darwin aceptó sin el menor espíritu crítico la reaccionaria y anticientífica teoría maltusiana de la superpoblación y la transportó a la naturaleza viva. Este error del gran biólogo fue advertido y criticado por Marx y Engels. En Rusia lo criticaron N. G. Chernishevski, I. I. Méchnikov y otros científicos progresistas.
Otro defecto de la teoría de Darwin era su concepción algo unilateral de las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza viva, del paso de una [205] cualidad (especie vieja) a otra (especie nueva). Toda la teoría de la selección natural probaba y fundamentaba objetiva y científicamente el hecho de la formación gradual, en el proceso de desarrollo de la naturaleza viva, de especies nuevas cualitativamente distintas a partir de las especies viejas en cuyo seno se gestaron, y, al mismo tiempo, el orden de sucesión que las unía. Echaba, pues, por tierra la “teoría” creacionista, inspirada por el idealismo religioso, acerca del origen de las especies de Cuvier, con sus explosiones (cataclismos) repentinas que no venían preparadas ni estaban condicionadas en absoluto por todo el desarrollo precedente. Sin embargo, Darwin no oponía a esta reaccionaria teoría la suya propia de la selección, sino también el viejo aforismo: Natura non facit saltus (“la naturaleza no da saltos”), que contradecía abiertamente el sentido objetivo de lo que él mismo afirmaba sobre el origen de las especies por selección natural.
Darwin advertía que en la naturaleza viva no suelen producirse cambios bruscos y repentinos, que en las condiciones naturales los cambios cualitativos son graduales y lentos. Y como por “salto” se entendía entonces los “cataclismos” y las “explosiones” de Cuvier, es decir, saltos muy bruscos, repentinos y además espontáneos, Darwin deducía equivocadamente que la naturaleza no conoce en absoluto los saltos. Esto denota cierta inconsecuencia en la dialéctica elemental de Darwin.
Darwin se preocupó por poner en claro qué son las especies biológicas. Partiendo de la realidad objetiva, admitía que las especies, aun procediendo de un antepasado común y aun con el indudable orden de sucesión que se observa en ellas, no son un caos de formas en el que desaparece todo límite distintivo entre unas y otras. Todo lo contrario: son los peldaños, netamente perceptibles, de la “escala” de seres orgánicos; parecen como eslabones sueltos de la cadena compleja y única que es la naturaleza viva, límites definidos que presentan entre sí diferencias no sólo cuantitativas, sino también cualitativas. Esta noción, ajustada a la realidad, corresponde perfectamente tanto a la teoría del origen de las especies por selección natural como a la concepción científica y dialéctica de la gradualidad del tránsito de una cualidad (especie) a otra cualidad (especie). Pero en Darwin se encuentran afirmaciones en el sentido de que las especies y variedades no son realidades objetivas, sino conceptos abstractos inventados para facilitar la clasificación y la investigación científica.
Esto no concuerda en absoluto con el contenido objetivo de la teoría del propio Darwin, que se refiere a especies biológicas con existencia real en la naturaleza.
A pesar de las limitaciones históricas que advertimos en ella, la teoría evolucionista de Darwin, en su conjunto, fue en su tiempo y lo es en la actualidad una doctrina avanzada y progresiva. Así se explica que tanto el nombre del autor como la teoría misma gocen aún del odio de todos los reaccionarios y oscurantistas.
Desde los tiempos en que la doctrina de Darwin apareció y se propagó, la pugna entre la orientación idealista de Linneo-Cuvier y la materialista de Lamarck-Darwin no ha hecho más que extenderse y cobrar más virulencia. Donde más se combatió la teoría darvinista fue en la propia patria del autor, en Inglaterra, y en los Estados Unidos; en este país hay [206] aún muchos estados donde la ley prohíbe la enseñanza del darvinismo en las escuelas.
Objetivamente, los grandes descubrimientos de las ciencias naturales en la primera mitad y a mediados del siglo XIX –cualquiera que fuesen las concepciones político-sociales y filosóficas de sus autores– revelaban la concatenación universal de los fenómenos de la naturaleza y demostraban que lo mismo en la materia viva como en la muerta tiene lugar un proceso de desarrollo y transformación de las variadas formas de la naturaleza en movimiento.
No obstante, los investigadores de aquel tiempo no llegaron a sacar las consecuencias filosóficas que se derivaban obligatoriamente de sus propios descubrimientos. Unos no comprendían y otros no querían comprender que tales descubrimientos ponían de relieve la dialéctica de la naturaleza. Los naturalistas de ese período profesaban en su mayoría un materialismo espontáneo, aunque frecuentemente se inclinaban hacia la metafísica y el mecanicismo, y hasta caían en el idealismo y el agnosticismo.
Cuando se trata de exponer un criterio valorativo de las ciencias naturales en la primera mitad y mediados del siglo XIX, adviértese netamente la diferencia entre el contenido objetivo de los descubrimientos, que confirmaban el materialismo y revelaban la dialéctica de los fenómenos que se desenvuelven en la naturaleza, y las concepciones subjetivas de los propios sabios, los cuales trataban a menudo de dar a sus descubrimientos una interpretación metafísica, y en ocasiones idealista.
Las causas de esta contradicción entre el contenido objetivo de los descubrimientos científicos y la interpretación subjetiva de ellos por los propios naturalistas no hay que buscarlas únicamente en la vitalidad del idealismo y del viejo método metafísico de pensamiento, sino también y sobre todo en la situación social. En unas condiciones de agudización de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, estas caducas ideas se veían impuestas por los intereses de las clases explotadoras y eran cultivadas por la filosofía oficial burguesa. Resultado de todo ello era el camino extremadamente contradictorio, sinuoso y doloroso a veces que seguían las ciencias naturales en aquel tiempo.
Expresión de las contradicciones en que entonces se debatían las ciencias naturales en la primera mitad y a mediados del siglo XIX era el hecho de que los investigadores, lejos de comprender el carácter materialista y dialéctico de sus descubrimientos, trataban de acomodarlos dentro del caduco método metafísico, al que con su labor asestaban el más rudo golpe. Esta reaccionaria tendencia de la burguesía y sus ideólogos se intensificó extraordinariamente después de la revolución de 1848.
Muchos naturalistas veían sus descubrimientos como prueba de una evolución “tranquila”, de la que se esforzaban por “eliminar” las conclusiones dialécticas, revolucionarias, tan peligrosas para la burguesía. Esta circunstancia es lo que dio origen a una propagación tan intensa del mecanicismo, y también del agnosticismo, del espiritualismo y de otras doctrinas idealistas entre los naturalistas de los países burgueses a mediados del siglo XIX.
Los grandes descubrimientos de este período, por su contenido objetivo, podían servir de base científica para el método materialista dialéctico y para la correspondiente concepción del mundo. Mas esto exigía una labor [207] ingente, que revelase su contenido verdadero y los liberase de su interpretación idealista y de las deformaciones metafísicas, del mecanicismo y del materialismo vulgar. Este trabajo es el que llevaron a cabo los fundadores del marxismo, quienes fueron los primeros en descubrir la auténtica significación filosófica de los descubrimientos científicos del siglo XIX.
*
La filosofía y la sociología de la Europa Occidental, así como las ciencias naturales, siguen un camino complejo y contradictorio después del triunfo de la revolución francesa de fines del siglo XVIII y de la consolidación del régimen capitalista.
El pensamiento filosófico y sociológico pone de relieve profundas contradicciones, que eran reflejo de las contradicciones, agudizadas, propias de la sociedad capitalista de ese tiempo. La sustitución de las viejas relaciones de producción, que frenaban el progreso económico de la sociedad, por otras nuevas, burguesas, y el triunfo político de la burguesía, permitieron a ésta infundir un desarrollo vertiginoso a la producción capitalista, y en primer término a la gran industria, con el consiguiente progreso de las ciencias naturales; por otra parte, al adoptar la burguesía posiciones conservadoras, y a menudo abiertamente reaccionarias, en política y en el campo de las ideas, rompe con todas sus anteriores tradiciones progresivas en filosofía: con el materialismo (en Francia e Inglaterra) y con la dialéctica (en Alemania). Las tendencias dominantes en la filosofía burguesa, y singularmente en la sociología, que se desplazan hacia una ideología reaccionaria, hacia el idealismo y el eclecticismo, se convierten en una apología del capitalismo. Se abre un abismo entre el auge progresivo de las ciencias naturales y la decadencia creciente de la filosofía imperante en los países capitalistas. Eso era una manifestación del carácter profundamente contradictorio que el desarrollo del pensamiento teórico sigue en las condiciones propias del capitalismo triunfante y consolidado. La burguesía estaba vitalmente interesada en un avance impetuoso de las ciencias naturales. El progreso de estas ciencias en la primera mitad y a mediados del siglo XIX guardaba relación íntima con los intereses de la producción material, en período de expansión, y dependía de las necesidades del desarrollo técnico. El descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía, lo mismo que la aparición de la termodinámica, fueron debidos en última instancia a las necesidades de la técnica, al interés práctico que representaba la fuerza del vapor y, particularmente, a la elevación del coeficiente de rendimiento de las máquinas. Toda la atomística química debe su desarrollo, primero, a las necesidades de control de la industria química y a la aparición de nuevas técnicas, y luego a la necesidad de obtener cuerpos orgánicos por vía sintética. La doctrina biológica de Darwin va unida a la práctica de agricultores y ganaderos. La historia de las ciencias naturales de los países europeos en la primera mitad y mediados del siglo XIX muestra que los descubrimientos se llevaron a cabo en condiciones específicas concretas y, en medida considerable, dependían de la situación histórico-social y del estado técnico-económico en que se hallaba cada país. Al mismo tiempo, para el progreso de la ciencia y, por tanto, para el planteamiento y resolución de los problemas de las ciencias naturales, gran importancia tenía la estrecha relación científica y teórica [208] de los filósofos e investigadores científicos de los distintos países europeos, relación derivada de la comunidad de la vida político-social que el Occidente capitalista presentaba en aquel entonces. Considerando las condiciones imperantes en la primera mitad y a mediados del siglo XIX, el progreso de las ciencias naturales no podía por menos de seguir la línea del descubrimiento espontáneo de la dialéctica de la naturaleza y de la destrucción de la vieja concepción metafísica que aún se sustentaba en este terreno.
Mas la filosofía, que estaba llamada a ayudar a los naturalistas a resolver los problemas teóricos que se planteaban ante ellos, no pudo cumplir esta misión, en la primera mitad del siglo XIX, porque, en lugar de las anteriores doctrinas progresivas, clásicas, la burguesía presentaba una bazofia en la que se mezclaban los peores residuos de los viejos sistemas idealistas y metafísicos. La filosofía burguesa de la primera mitad y de mediados de siglo fue incapaz de proporcionar un nuevo método científico de investigación, adecuado al nuevo nivel en que se encontraban las ciencias naturales, ni una teoría del conocimiento que prestase efectiva ayuda a los naturalistas.
En la primera mitad del siglo XIX lo característico de Inglaterra y Francia era lo mismo que Engels hubo de observar a mediados de siglo en Alemania: después de orientarse hacia la práctica, y de dar comienzo, por un lado, a la gran industria y a la especulación, y, por otro, al poderoso auge que experimentan las ciencias naturales en este país hasta hoy día, la ciencia vuelve decididamente la espalda a la filosofía clásica alemana.
Junto a los fecundos avances de las ciencias naturales en la primera mitad y a mediados del siglo XIX, las tendencias teóricas progresivas se reflejaron también en el desarrollo de la economía política clásica, en Inglaterra, y en las doctrinas del socialismo utópico crítico en Francia. Inglaterra y Alemania.
Mientras que la filosofía y la sociología burguesas, convertidas en ciencia oficial en Inglaterra y Francia, caminaban ya hacia su completa decadencia en la primera mitad del siglo, las ideas filosóficas progresivas se desarrollaron en la filosofía clásica alemana –singularmente en la dialéctica de Hegel y en el materialismo de Feuerbach– y la sociología avanzada cobró nuevos impulsos con la economía política clásica inglesa y con el socialismo utópico crítico (de Saint-Simon, Fourier, Owen).
Estas ideas filosóficas y sociológicas progresivas de la primera mitad del siglo fueron expuestas independientemente por pensadores de distintos países europeos. Mas, desde diversos campos, condujeron a una nueva concepción del mundo, genuinamente científica, en la que habían de fundirse íntimamente el materialismo y la dialéctica, las doctrinas filosóficas y la sociología. Esta doctrina era el marxismo. Las teorías filosóficas y sociológicas progresivas de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX son las fuentes teóricas de esta doctrina monolítica, que combina orgánica-. mente el materialismo dialéctico e histórico, la economía política proletaria y el socialismo científico. V. I. Lenin escribía a este respecto: “La doctrina de Marx... es la legítima heredera de lo mejor que creó la humanidad en el siglo XIX; la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.”106 [209]
{78} J. Dalton, Trabajos escogidos sobre atomistica, Leningrado, 1940, pág. 13.
{79} Ibídem, pág. 93.
{80} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit., pág. 160.
{81} K. A. Timiriázev, Obras, t. VII, Moscú, 1939, pág. 45.
{82} D. I. Mendeleev, Obras, t. XXIV, Leningrado-Moscú, 1954, pág. 106.
{83} D. I. Mendeleev, Obras, t. VIII, Leningrado-Moscú, 1948, pág. 639.
{84} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. II, pág. 61.
{85} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit.. pág. 182.
{86} Lamarck, Filosofía zoológica, t. I, Moscú-Leningrado, 1935, pág. 57.
{87} F. Engels, Anti-Dühring, trad. esp., ed. cit., págs. 79-80.
{88} Lamarck, Filosofía zoológica, ed. cit., t. I, pág. 176.
{89} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit. t. II, págs. 60-61.
{90} D. I. Pisarev, Artículos filosóficos y politico-sociales escogidos, Leningrado, 1949, pág. 290.
{91} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed, cit., t. II, pág. 10.
{92} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. II, pág. 10, nota.
{93} T. Schwann, Estudios microscópicos sobre la correspondencia en la estructura y el crecimiento de animales y vegetales, Moscú-Leningrado, 1939, pág. 138.
{94} Ibídem, págs. 306-307.
{95} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit., t. II, pág. 367.
{96} M. Faraday, Trabajos escogidos sobre electricidad, Moscú-Leningrado, 1939, página 112.
{97} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 225.
{98} R. Mayer, La ley de la conservación y transformación de la energía, Moscú-Leningrado, 1933, pág. 130.
{99} Ibídem, pág. 76.
{100} F. Engels, Ludwig Feuerbach.... C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp.., ed. cit., t. II, págs. 362-363.
{101} F. Engels, Anti-Dühring, pág. 13.
{102} Este problema será estudiado en el tomo III de la presente HISTORIA.
{103} C. Darwin, Obras, Moscú-Leningrado, 1939, pág. 273.
{104} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit., pág. 156.
{105} V. I. Lenin, ¿Quiénes son los “amigos del pueblo” y cómo luchan contra los socialdemócratas? V. I. Lenin, Obras completas, trad. esp.. ed. cit., t. I, pág. 154.
{106} V. I. Lenin, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo. V. I. Lenin, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. I, págs. 65-66.