Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1965


Tomo 2 ❦ Capítulo III: 4

4. La filosofía y la sociología en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX.

El proceso de agudización de la lucha de las clases y de los partidos políticos, en el período del triunfo definitivo y consolidación del capitalismo [174], encuentra un eco en el desarrollo de las doctrinas filosóficas y sociológicas avanzadas y en la ofensiva que contra ellas desencadenan las tendencias reaccionarias.

Junto al gran pensador y socialista utópico Roberto Owen, el pensamiento filosófico avanzado inglés tiene a sus representantes en los naturalistas materialistas que seguían las enseñanzas de Priestley.71

En el progreso de la filosofía y la sociología ejercen honda influencia a fines del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX las grandes figuras de la economía política clásica, que exponían los intereses de las capas avanzadas de la burguesía en el período de su lucha progresiva contra el feudalismo.

La economía política clásica inglesa es históricamente una de las fuentes teóricas del marxismo.

En 1776 aparece lo que pudiéramos denominar el manifiesto de la burguesía industrial, la Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adán Smith (1723-1790). En 1817 David Ricardo (1772-1823) da a la luz Principios de economía política e imposición fiscal.

Smith y Ricardo sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo, lo cual constituye un mérito histórico. El primero de ellos alcanzó gran éxito en el estudio de la estructura económica de la sociedad burguesa. Ve la fuente de la riqueza en el trabajo y llega a la conclusión de que las clases fundamentales de la sociedad son los obreros asalariados, los capitalistas y los propietarios del suelo. Esto correspondía, según él, a la división de la renta nacional en tres partes: salario, ganancia y renta de la tierra, siendo estas dos últimas procedentes del producto del trabajo del obrero. Tienen gran valor las consideraciones teóricas de A. Smith sobre la división del trabajo, división que él consideraba la base de la vida social tomada como una unión de trabajo única.

La economía política clásica inglesa culmina en David Ricardo, de cuya significación histórica habla Marx así: “El fundamento, el punto de partida de la fisiología del sistema burgués –el punto del que hay que arrancar para entender su organismo interno y su proceso de vida– es la determinación del valor por el tiempo de trabajo: Ricardo parte de aquí y obliga a la ciencia a abandonar su vieja rutina, a investigar y aclarar hasta qué punto las otras categorías desarrolladas o expuestas por ella –las relaciones de producción y circulación– se acomodan a este fundamento, a este punto de partida, o se hallan en contradicción con él...”72

Mas los economistas burgueses no podían en modo alguno resolver el problema del valor, puesto que se apoyaban en la falsa idea de que el modo capitalista de producción es eterno, natural y justo.

Aun admitiendo la existencia de clases en la sociedad capitalista, Smith y Ricardo no relacionaban esta división con las relaciones de producción, sino con la distribución del ingreso nacional.

En sociología, ni el uno ni el otro van más allá de consideraciones metafísicas sobre la sociedad como suma mecánica de individuos cada [175] uno de los cuales se guía exclusivamente por su personal beneficio. No en vano dice Smith que la sociedad es un conjunto de guineas y que el individuo es una unidad monetaria. “Dame lo que necesito y tú recibirás lo que necesitas...”; así es, formula él, la esencia de las relaciones entre los hombres que viven en sociedad.

Todo esto es una muestra de la influencia que ejercía sobre Smith la ideología burguesa.

Otra expresión de la ideología burguesa es el ideal, entonces enunciado, de libertad completa para la actividad económica del propietario privado, del productor de mercancías: libre competencia, libertad de explotación de la fuerza de trabajo, libertad respecto de la más mínima intervención en sus asuntos. Este principio del libre “juego de fuerzas”, del “libre cambio” (free trade), formulado por los fundadores de la economía política clásica inglesa, se convierte en una de las ideas centrales de la ideología burguesa en Inglaterra. Según los librecambistas, el juego espontáneo de las fuerzas económicas conduce a la armonía universal, y los intereses de la burguesía industrial coinciden con los intereses de toda la sociedad en su conjunto. El individualismo extremo, el interés privado, el frío cálculo egoísta: tales son los resortes que, según ellos, hacen moverse toda la vida social. El librecambismo es una orientación del pensamiento social que trataba de consolidar y desarrollar el sistema burgués de explotación dentro de la sociedad inglesa del siglo XIX.

Entre las principales orientaciones de la filosofía y la sociología de la burguesía inglesa a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, se encuentra el utilitarismo de Bentham.

Jeremías Bentham (1748-1832), en sus obras Fragmentos sobre el gobierno (1776), Introducción a los principios de la moral y de la legislación (1789), Deontología o ciencia de la moral (1834) y alguna otra, critica las ideas democrático-burguesas de Rousseau, y en particular su teoría del contrato social, y proclama abiertamente que el fin del Estado es la defensa de los intereses de los grandes propietarios. Bentham admite el derecho del Estado a reprimir con mano dura los levantamientos populares.

Base de la vida social y principio supremo de la moral es, según Bentham, la utilidad o el utilitarismo. La moral, el derecho y todas las relaciones sociales descansan en dicho principio utilitario, que acepta lo que es motivo de placer y rechaza lo que causa sufrimiento.

Estimaba Bentham que el acto inmoral no es sino una equivocación en el balance definitivo del interés personal. Desde el punto de vista utilitario todo se reduce a un balance o “contabilidad” de placeres y sufrimientos, de virtudes y vicios. Esta “aritmética moral”, burdamente mecánica y cínica, es característica, en el campo de las ideas, de la satisfecha y próspera burguesía inglesa de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, que temía como al fuego a la revolución y trataba de afirmar “definitivamente” el capitalismo.

Marx califica a Bentham de oráculo sensato y pedante, melancólico y charlatán, de la sensatez burguesa del siglo XIX. Bentham, nos dice, consideraba al filisteo inglés de su tiempo como a un hombre normal, y los repulsivos métodos burgueses los identificaba con un régimen social perfecto. [176] Y tras de señalar la petulancia con que expone sus “trivialidades más ordinarias”, lo define como “genio de la estupidez burguesa”.

Los utilitaristas pertenecían, por lo común, al partido de los whigs; la esencia de sus concepciones, basadas en la explotación, trataban de encubrirla con una fraseología liberal. El incremento en Inglaterra de la reacción política después de la revolución francesa y el miedo de las clases explotadoras ante la expansión del movimiento obrero en el país dieron origen a unas concepciones más extrema y abiertamente reaccionarias.

El tristemente famoso Ensayo sobre la ley de la población (1798), del sacerdote inglés Roberto Malthus (1766-1834), ideólogo de la parte más retrógrada de la burguesía y de las capas de la aristocracia agraria fundidas con ella, era “la más franca declaración de guerra de la burguesía contra el proletariado...”.73

Malthus afirmaba que todas las calamidades y lacras sociales dependen no del régimen social de explotación, sino de leyes eternas y fatales de la naturaleza. Y la encarnación de estas últimas es la ley universal de la población, ley que carece en absoluto de base científica. El crecimiento de la población, dice, tiene lugar en progresión geométrica, mientras no halla ningún obstáculo, siendo así que los alimentos aumentan en progresión aritmética aun en las condiciones más favorables.

Movidos por su deseo de justificar y exaltar el capitalismo, los maltusianos falsifican groseramente la realidad. Ocultan conscientemente el hecho de que la causa de la miseria y el hambre radica en la explotación a que los trabajadores se ven sometidos por parte de los capitalistas y terratenientes, que el incremento de las fuerzas productivas de la sociedad hace posible el aumento, prácticamente ilimitado, de los medios de consumo, los cuales, sin embargo, dentro de la sociedad burguesa son en gran parte inaccesibles para los trabajadores.

En sus deseos de justificar el régimen de explotación, Malthus asegura que el mejoramiento de la vida ha de buscarse en las fuerzas que se oponen a la reproducción y que acortan la vida de los hombres. Ensalza la necesidad, el hambre, las enfermedades, las epidemias, la guerra, pues todas estas calamidades públicas reducen el número de “bocas” y restablecen el “equilibrio” por algún tiempo. De ahí la conclusión, que Malthus extrae, con cinismo sin igual, acerca de los hombres “superfluos” para quienes no hay un lugar en la tierra.

Según Malthus, para evitar la reproducción “excesiva” de los trabajadores el salario ha de ser reducido al mínimo.

Toda la base de la reaccionaria y antihumana sociología de Malthus se encierra en su afirmación de que la pobreza no depende de las relaciones sociales, sino del excesivo aumento de la población.

Dicha “teoría”, falsa y sin un ápice de fundamento científico, justificaba la explotación de los trabajadores por los capitalistas como algo “natural” e “inevitable”; Malthus se esforzaba por apartar a los obreros de la lucha contra quienes les oprimían.

Muchos pensadores avanzados sometieron a fundada crítica el maltusianismo en la segunda mitad del siglo XIX. Uno de los primeros en combatirlo [177] fue el notable economista ruso V. A. Miliutin. También Chernishevski lo rebatió en una serie de trabajos.

El golpe decisivo sobre el maltusianismo lo descargaron los marxistas, que pusieron al desnudo la esencia de esta decantada “teoría” al servicio de la explotación.

“Las consecuencias científicas a que llega Malthus –escribe Marx– están llenas de consideraciones hacia las clases dominantes en general y hacia los elementos más reaccionarios de estas clases dominantes en particular; lo cual equivale a decir que falsea la ciencia al servicio de estos intereses. En cambio carecen de todo escrúpulo en cuanto se trata de las clases subyugadas. No sólo carecen de escrúpulo, sino que además se jactan de ello, se complacen cínicamente en ello y exceden incluso, en su furor contra los que viven en la miseria, de lo que desde su propio punto de vista estaría científicamente justificado.”74

Posteriormente, los ideólogos de la burguesía reaccionaria han recurrido ampliamente, en su lucha contra las fuerzas avanzadas y progresivas de la sociedad, a la anticuada basura del maltusianismo, siempre deseosos de achacar al “exceso de población” las calamidades de toda clase y de justificar las guerras de exterminio. Las ideas maltusianas proporcionan base al “darvinismo social” y al weismanismo-morganismo. También se apoya en el maltusianismo la insensata propaganda de los racistas de nuestro tiempo.

Hacia mediados de siglo el positivismo adquiere carta de ciudadanía en Inglaterra. Su representación más genuina la tenemos en Juan Stuart Mil (1806-1873), librecambista y partidario de la democracia burguesa y de las reformas liberales moderadas.

La sumisión practicista a los hechos y una interpretación estrechamente utilitaria de los conocimientos son propias del positivismo en general y del positivismo inglés en particular. El positivismo se desliza por la superficie de los fenómenos y califica de “metafísica” y de “dogmatismo” la aspiración a conocer su esencia, con lo que quebranta las bases del propio saber científico del que fingidamente se declaraba aliado.

Mill aceptaba el idealismo subjetivo de Berkeley y el agnosticismo de Hume. Su gnoseología parte de la experiencia interpretada con un criterio idealista. Los objetos del conocimiento existen únicamente en la forma de . nuestras propias representaciones. En el idealismo de Mill se advierte netamente la limitación agnóstica del conocimiento, típica del positivismo, por la esfera de la observación interpretada subjetivamente y de la descripción “pura” de las percepciones, la renuncia a explicar los fenómenos, a penetrar en su esencia interna. En última instancia, Mill, como todos los positivistas, a pesar de sus declaraciones, se muestra partidario de la religión, si bien en forma un tanto “barnizada” y refinada.

En su Sistema de lógica deductiva e inductiva (1843), Mill se vale del empirismo idealista para construir un sistema de “lógica inductiva”. Condición para el desarrollo del conocimiento científico es la generalización de los datos que proporciona la experiencia; el método fundamental de la ciencia es la inducción. Mill expone sus “cuatro métodos de la investigación experimental”, los cuatro puntos de la inducción. [178]

1. Método de concordancia: si en unos cuantos casos, al observar un fenómeno, hay sólo una circunstancia común, esta circunstancia es causa (o efecto) del fenómeno que se observa.

2. Método de la diferencia: si en todos los casos en que se produce o no se produce un fenómeno son iguales todas las circunstancias menos una, esta última es la causa (o efecto) del fenómeno que se observa.

3. Método de los residuos: del fenómeno se separan las partes cuyas causas son conocidas por inducciones anteriores; el hecho que quede es efecto de la causa que permanece en pie.

4. Método de las variaciones concomitantes: el fenómeno que cambia siempre al producirse determinado cambio de otro fenómeno se halla unido a este último por una relación causal.

Es indudable la utilidad, aun dentro de sus limitaciones, de semejantes métodos de inducción.

Sin embargo, la limitación metafísica de las concepciones filosóficas de Mill, su burdo empirismo y su falta de flexibilidad, de transiciones en las categorías, determinan la inconsistencia de su doctrina lógica tomada en conjunto.

El defecto principal de la lógica de Mill es su inductivismo metafísico y unilateral, la elevación de la inducción a un plano absoluto, el no comprender que la inducción y la deducción, lo mismo que la síntesis y el análisis, se hallan unidas dialécticamente entre sí.

A ello se refería Engels en la Dialéctica de la naturaleza cuando habla de la “bacanal de la inducción” promovida por los ingleses.

En sociología, las concepciones de Mill se caracterizan por el idealismo y el mecanicismo. Mill admite que el perfeccionamiento intelectual del hombre es la base del desarrollo social; “la especulación y la convicción” son sus factores decisivos, Al mismo tiempo, según él, “en la vida social los hombres poseen únicamente las propiedades que se desprenden de las leyes de la naturaleza de cada individuo y pueden ser reducidas a él”.75 El positivista inglés permanece fiel al individualismo burgués y niega el papel de las masas trabajadoras en el desarrollo del proceso histórico.

Un lugar importante en la obra de Mill corresponde a los problemas de la economía política. En 1848 publicó sus Principios de economía política con ciertas aplicaciones a la filosofía social. En este terreno, según observaba Lenin, pertenecen a los teóricos secundarios y faltos de independencia de la burguesía. En su intento de unir la economía política burguesa a los proyectos liberales de “perfeccionamiento” del régimen capitalista, Mill se muestra hostil al socialismo. Profesaba las reaccionarias ideas del maltusianismo y estimaba necesaria la adopción de medidas que restringiesen el crecimiento de la población.

En Chernishevski encontramos un profundo análisis crítico de la doctrina económica de Mill. Según escribía Marx: “Es la declaración en quiebra de la economía «burguesa», expuesta ya de mano maestra, en su obra Apuntes de economía política según Mill por el gran erudito y crítico ruso N. Chernishevski.”76

El individualismo de Mill se desprende de su concepción librecambista [179] burguesa. Mill no acepta la esencia de clase de la competencia en el mundo capitalista, donde un productor de mercancías se enfrenta a otro. El “individuo” burgués que hace la competencia a otro es, según él, el creador de la historia. Las consideraciones de este ideólogo burgués sobre la “libertad”, encubiertas por su fraseología burguesa, no son sino la petición de libertad para que la burguesía explote al proletariado.

En este tiempo cobran vigor en Inglaterra otras concepciones filosóficas, singularmente de tendencia idealista subjetiva.

Hacia mediados de siglo, en un período de agudización de la lucha de clases en el país, aparece Tomás Carlyle (1795-1881), filósofo reaccionario representante del voluntarismo en sociología.

Para el idealista Carlyle, la naturaleza es un conjunto de símbolos que en sus diversos ropajes visibles encarnan la esencia espiritual invisible. El idealismo filosófico objetivo se combina en él con el subjetivismo y el voluntarismo en sociología. Un papel decisivo en la historia atribuía a las “grandes personalidades elegidas”, a las que consideraba a modo de “símbolos” de la humanidad. “La historia del mundo –escribe en El héroe y lo heroico en la historia (1841)– es la biografía de los grandes hombres.”77

El genio es un “enviado de la providencia”; el “hombre de la multitud” ha de obedecer y respetar a los “elegidos”.

Carlyle niega las leyes objetivas de la historia y mediante el “culto de los héroes” trata de consolidar la opresión de clase a que se encuentran sometidos los trabajadores y de defender la sociedad de explotación frente a las acciones revolucionarias de las masas populares. Abundan en Carlyle los ataques duros y a veces ingeniosos contra la sociedad burguesa, pero de ordinario se trata de “críticas desde la derecha”.

La burguesía inglesa acentúa en este período, cada vez más, su carácter contrarrevolucionario. En el curso de la lucha de los obreros surge el cartismo (del inglés charter, carta). La Carta, cuya principal reivindicación era el sufragio para todos los hombres mayores de edad, convirtióse en programa de lucha del movimiento político de masas de los obreros ingleses, aunque el derecho electoral no podía asegurar los intereses vitales de su clase.

Hacia 1840 se despliega una polémica entre dos líderes del movimiento cartista: Tomás Atwood y Jaime Bronterre O'Brien. El primero defendía la reaccionaria idea de la alianza de la clase obrera y la burguesía. El segundo, al contrario, insistía en la independencia de la clase obrera, que únicamente podía contar con sus propias fuerzas. O'Brien sostenía que los intereses de la burguesía y del proletariado son antagónicos.

En el Poor Man's Guardian, editado por O'Brien, aparecieron algunos artículos escritos por simples obreros. En uno de ellos se decía que los intereses de los industriales, comerciantes y de cuantos viven de la renta. del diezmo y de otras ganancias son diametralmente opuestos a los intereses de aquellos que trabajan. Hay otro:artículo en el que se afirma que en cualquier sociedad todos los productos deben pertenecer a los obreros; a quien nada hace, nada debe pertenecer. No obstante, O'Brien se hallaba lejos de comprender el papel histórico de la clase obrera. Atraído por las [180] utópicas ideas de emancipación de los obreros mediante la reforma económica por él inventada, se fue apartando del ala revolucionaria del cartismo. Marx se burló en repetidas ocasiones de tan fantásticos proyectos de reforma y señaló su nociva influencia sobre el movimiento obrero.

El cartismo se desarrolló irregularmente: ora se alzaba, ora, como ocurrió en 1842, se venía abajo. A fines de 1848, después de la derrota de los obreros de París en el levantamiento de Junio, entra en decadencia. El movimiento cartista puso de relieve el papel de la clase obrera en la sociedad capitalista, proporcionó un valioso material para la generalización de la experiencia de la lucha de clase del proletariado y contribuyó a la preparación histórica del marxismo.




{71} Véase el cap. VIII del t. I de la presente HISTORIA DE LA FILOSOFÍA.

{72} C. Marx, Historia crítica de la teoría de la plusvalía, trad. esp. de Wenceslao Roces, t. II. Fondo de Cultura Económica, México. D. F.. 1944, pág. 11.

{73} F. Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. cit., t. II, pág. 504.

{74} C. Marx, Historia crítica de la plusvalía, trad. esp. de W. Roces, t. II, México, 1944, pág. 251.

{75} J. S. Mill, Sistema de la lógica deductiva e inductiva. Moscú, 1914, pág. 798.

{76} C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I, pág. 20.

{77} T. Carlyle, El héroe y lo heroico en la historia. San Petersburgo. 1891, pág. 18.