Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1965


Tomo 2 ❦ Capítulo III: 3

3. Teorías sociológicas de los historiadores franceses de la restauración: Guizot, Thierry y Mignet.

La lucha ideológica se hace particularmente intensa en Francia, durante la primera mitad del siglo XIX, en torno a los problemas de la sociología y la historiografía. Los historiadores y sociólogos que expresaban los puntos de vista de la burguesía liberal bajo la Restauración, acuden a los acontecimientos del pasado con el deseo de encontrar las leyes del desarrollo progresivo de la sociedad y, a la vez, de demostrar el carácter legítimo del régimen capitalista.

En este terreno cumplen un importante papel Francisco Guizot (17871874), Agustín Thierry (1795-1856) y Francisco Mignet (1796-1884), los tres historiadores de tendencia liberal.

En su concepción del proceso histórico, los historiadores de la Restauración dan un gran paso adelante con respecto a los ilustrados del siglo XVIII. Oponían los grupos y clases sociales al individuo, y la vida civil de los hombres, la sociedad civil, a la organización política. Esta última es “el ropaje de la sociedad” (Thierry). Los éxitos y los sufrimientos de los “súbditos” son mucho más importantes que las victorias o las calamidades de los reyes.

Los historiadores franceses tuvieron algunos atisbos materialistas en la interpretación de los fenómenos sociales. Guizot, por ejemplo, habla de la dependencia de la filosofía y la literatura inglesas respecto del incremento de la riqueza industrial y de los cambios en las relaciones económicas.

Desde el punto de vista de los historiadores franceses, las modificaciones producidas en las relaciones económicas, y especialmente en la propiedad del suelo, conducen a una nueva relación entre las clases y al cambio del régimen político. No llegan, sin embargo, a explicar el origen de esas relaciones económicas, y de ordinario las atribuyen a la violencia y a las conquistas.

Los historiadores de la Restauración hacen profundos atisbos sobre la división de la sociedad en clases y sobre la lucha de clases como contenido principal de la historia, aunque sin concebir científicamente las unas ni las otras, sin hacer distinción entre “clase” y “estamento”.

La historia de Francia, afirma Guizot, es la guerra del tercer estado contra los dos estamentos privilegiados: el clero y la nobleza. La revolución de fines del siglo XVIII es “el desenlace de esta guerra”. Toda la historia de Francia se ve presidida por “la lucha de clases con el ropaje de partidos”. Este principio no se ve circunscrito a Francia, sino que se aplica a los demás países.

Las concepciones de Guizot y su evolución se ven reflejadas de la manera más completa en obras como Historia de la revolución inglesa (1826, 1854-1856) e Historia de la civilización europea (1828). Guizot hablaba de la existencia de tres grandes grupos sociales: la aristocracia, la burguesía y el pueblo. Este último no era para él sujeto de la historia, que, según afirma, era creada en la lucha de la burguesía contra la aristocracia.

Thierry, que en sus mocedades había sido adepto de Saint-Simon, evolucionó más tarde hacia el liberalismo burgués. Bajo la monarquía de Julio [173] opuso el tercer estado a la nobleza y al clero. Su obra principal la constituyen los Ensayos sobre el tercer estado (1853).

El primer trabajo de Mignet, su Historia de la revolución francesa (1824), era un intento de explicar ese acontecimiento desde el punto de vista de la lucha de clases. Lo mismo que otros historiadores burgueses de este tiempo, Mignet veía en la historia política la historia de la lucha de clases. El marxismo tiene en gran estima las ideas sociológicas de los historiadores franceses. “Marx descubrió la concepción materialista de la historia –escribía Engels a Starkenburg el 25 de enero de 1894–, pero Thierry, Mignet, Guizot, así como todos los historiadores ingleses, hasta 1850, demuestran que ya se tendía a ello...”69

Pero el atisbo de los historiadores de la Restauración acerca de la lucha de clases en la sociedad no va más allá, no pasa de ser un atisbo.

Dichos historiadores no comprendían en absoluto, escribía Marx a Weydemeyer el 5 de marzo de 1852, que “la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas del desarrollo de la producción...70

La formación de las clases y de los Estados es debida, según los historiadores de la Restauración, a la fuerza, a la conquista y a la destrucción de las viejas sociedades, a la esclavización de unos pueblos y tribus por otros. Esto era un profundo error.

Si bien los historiadores burgueses hablaban de la lucha de clases en el pasado, velaban la realidad que tenían ante sus ojos, es decir, el antagonismo de clase de la sociedad capitalista. En cuanto la dominación de la burguesía es asegurada, la lucha de clase del proletariado contra ella se convierte para los liberales en una “incomprensión fatal”, en el fruto de una artificial propaganda. El levantamiento de los obreros en junio de 1848 lo presentan como una “monstruosa catástrofe”. Los historiadores burgueses trataban de argumentar el carácter definitivo del régimen capitalista, perpetuando así la existencia de las clases, y afirmaban llegada la hora de que éstas cesasen en su lucha. Su visión de la sociedad les cerraba el camino para una fecunda y consecuente aplicación de la valiosa idea de la lucha de clases que ellos mismos habían enunciado.

En sus mejores trabajos, los historiadores de la Restauración se elevan sobre la concepción empírica del proceso histórico como una acumulación de casualidades y tratan de descubrir las leyes de dicho proceso.

A pesar de los grandes defectos de que adolecen las doctrinas sociológicas de los historiadores franceses de la Restauración, sus obras constituyen una valiosa aportación al estudio de la sociedad.




{69}Carta de Engels a H. Starkenburg. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. II, pág. 475.

{70}Carta de Marx a J. Weydemeyer. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit, t. II, págs. 424-425.