Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 2 ❦ Capítulo II: 1
1. Desintegración de la escuela hegeliana.
En los años 30-40 del siglo XIX, coincidiendo con el proceso de maduración de la situación revolucionaria, en el campo de la filosofía la escuela hegeliana se desintegra. Los seguidores de Hegel no formaban una tendencia única ni en el sentido clasista ni en el ideológico. Unos (los viejos hegelianos) defendían el viejo sistema feudal de estamentos, el Estado prusiano y el predominio de la religión; otros (los jóvenes hegelianos), desde las posiciones de un radicalismo burgués, pedían la transformación burguesa de Alemania, criticaban el Estado feudal absolutista y combatían a la religión como ideología del viejo régimen del feudalismo.
Pese a que gran parte de los jóvenes hegelianos se hallaban muy distantes de la lucha revolucionaria contra el feudalismo y se inclinaban hacia las ideas liberales, su pugna contra los viejos hegelianos tuvo cierto valor progresivo. De los jóvenes hegelianos procedía el destacado materialista alemán Ludwig Feuerbach. Jóvenes hegelianos fueron en un principio Marx y Engels, los cuales, a diferencia del resto, mantenían puntos de vista verdaderamente revolucionarios.
Los jóvenes hegelianos cumplieron un papel positivo en la defensa de las ideas ateas, aunque, idealistas como eran, no podían ser adversarios consecuentes de la concepción religiosa del mundo. No obstante, consideraban el cristianismo y demás religiones como producto de la actividad de los hombres, es decir, sostenían la acertada tesis expuesta ya por los ateos del mundo antiguo: no son los dioses los que crean a los hombres a su imagen y semejanza, sino que, al contrario, los hombres crean a los dioses. Los jóvenes hegelianos mostraban un espíritu crítico hacia la autoridad de la Biblia, los Evangelios y demás “libros sagrados”; en algunas ocasiones no se limitaron a negar que Jesucristo fuese Dios, sino que rechazaban su existencia misma como personalidad histórica.
Los viejos hegelianos (Hinrichs, Gabler y otros) habían tomado de su maestro únicamente el sistema idealista y rechazaban de plano su método dialéctico. El espíritu absoluto de Hegel lo identificaban plenamente con el Dios cristiano, y de ahí su afirmación de que la filosofía de Hegel era la exposición, en forma racional, de la teología cristiana. La monarquía prusiana era para ellos la encarnación de la “razón universal” y las leyes reaccionarias emanadas de ella encontraban todo su apoyo. Existían la prohibición oficial de toda propaganda de las ideas materialistas. Considerando el Estado feudal como el poder cristiano, rechazaban las reivindicaciones democrático-burguesas de libertad de conciencia y de separación de la Iglesia y el Estado.
Denunciando los intentos de justificar la monarquía prusiana con ayuda de la teología, Marx escribía en 1842: “La amalgama del principio [106] político y del religioso cristiano se ha convertido en símbolo oficial de la fe.”1
A diferencia de los viejos hegelianos, los jóvenes (Strauss, los hermanos Bauer, Ruge, etc.) trataban de criticar el despotismo feudal. Hablaban de la necesidad de abolir los privilegios estamentales y reclamaban reformas burguesas; el sentido de sus reivindicaciones reducíase a la sustitución de la propiedad feudal por la capitalista. Los jóvenes hegelianos concentraban sobre todo su crítica en la religión, que era el principal baluarte del feudalismo en el campo de las ideas. Esto es un indudable mérito histórico de los jóvenes hegelianos, pero, al mismo tiempo, los hacía débiles, puesto que, al interesarse de preferencia por los problemas abstractos, eludían el planteamiento de muchas cuestiones políticas de actualidad. “Pero en aquellos tiempos la política era una materia muy espinosa; por eso los tiros principales se dirigían contra la religión.”2
Los hermanos Bauer, líderes de los jóvenes hegelianos, consideraban como principio creador supremo la “autoconciencia” humana, con lo que hacían patente su idealismo. Pero la oposición de la “autoconciencia” humana al “espíritu universal” de los hegelianos de derecha eran expresión, en forma idealista abstracta, de las reivindicaciones de la joven burguesía alemana, que se pronunciaba contra el despotismo feudal y en favor de la emancipación de la persona y de su liberación de las viejas trabas feudales-estamentales.
Entre los trabajos más valiosos de los jóvenes hegelianos se encuentra la Vida de Jesús (1835-1836), de David Federico Strauss (1808-1874). Partiendo de la doctrina hegeliana del espíritu absoluto, que se desarrolla como “sustancia”, el autor afirma que la religión cristiana es un producto de esa sustancia, la cual toma cuerpo en los mitos de los primeros cristianos, y que Jesús es una persona como cualquiera otra. El idealismo de Strauss no impidió que su crítica del cristianismo ayudase a luchar contra la ideología de la Iglesia.
Otro representante de los jóvenes hegelianos, Bruno Bauer (18091882), considera en sus libros –Crítica de la historia evangélica de San Juan (1840) y Crítica de los Evangelios sinópticos (1841-1842)– al cristianismo como la encarnación irracional y fantástica de la “autoconciencia”, que él admite en lugar del “espíritu absoluto” de Hegel y de la “sustancia” de Strauss. A diferencia de este último, Bauer ve en los relatos evangélicos el fruto de la invención consciente de determinadas personas.
A pesar de sus disputas, tanto Bauer como Strauss mantenían un criterio antimaterialista. Uno y otro, cada uno a su manera, aplicaban el sistema de Hegel a la teología sin abandonar el terreno del idealismo.
En el plano filosófico, las discusiones de los jóvenes hegelianos en torno al origen de los milagros que se narran en los Evangelios se convirtieron en una polémica sobre cuál es la principal fuerza motriz del proceso histórico. Strauss, remitiéndose al “espíritu absoluto”, afirmaba el carácter racional de la realidad, y su movimiento inmanente, objetivo, [107] hacia la realización de los supremos ideales humanos en ella latentes. Bauer, por el contrario, sostenía que sólo es racional la “autoconciencia”, por lo que ésta se ve obligada a “criticar” la realidad; la encarnación de la “autoconciencia” en la realidad la convierte en racional. Tratábase, pues, de una polémica dentro del idealismo.
El punto de vista de Bauer llegó a predominar entre los jóvenes hegelianos.
Al convertir la “autoconciencia” en lo absoluto divorciada de la naturaleza, los hermanos Bauer resucitaban el “espíritu absoluto” de Hegel, eliminando, de hecho, de la filosofía de éste la idea del desarrollo. Y como es propio de los liberales burgueses, atribuían la posesión de la omnipotente “autoconciencia” a ciertas “personas dotadas de pensamiento critico”; en el pueblo veían la encarnación de un espíritu ignorante y enemigo de la razón. “Los señores Bauer –dice Lenin– calificaban desdeñosamente al proletariado de masa carente de sentido crítico.”3
Los jóvenes hegelianos sostenían el nocivo culto a las “personas dotadas de pensamiento crítico”, que se elevan muy por encima del pueblo, de las masas trabajadoras. La concepción anticientífica e idealista de los jóvenes hegelianos, que veía la sociedad como producto de la actividad de los “héroes”, no era exclusiva de los ideólogos de la burguesía, sino que también la hacían suya los portavoces de la reacción feudal. En este sentido no había una diferencia sustancial entre los viejos y los jóvenes hegelianos. Tanto unos como otros partían de la reaccionaria idea de que los trabajadores son incapaces de desenvolverse sin las clases explotadoras; lo mismo los unos que los otros miraban con desprecio al pueblo. Y esto no hacía más que frenar el desarrollo de la lucha revolucionaria de las masas.
El culto a los “héroes”, como figuras que se oponen a las masas del pueblo, era a modo de expresión teórica de la orientación política antirrevolucionaria de los jóvenes hegelianos. Estos revestían sus opiniones con un ropaje de fórmulas abstractas, considerando que se encontraban por encima de los mezquinos intereses de la vida diaria. Identificaban la conciencia religiosa con la conciencia del pueblo y afirmaban que la filosofía y el Estado –supuestos representantes de la “autoconciencia creadora”– eran todo lo contrario de la religión y del pueblo, en los que veían representada la “sinrazón”. El principal obstáculo para la transformación social era para ellos el pueblo. Esta afirmación era consecuencia de la supersticiosa adoración que prestaban al Estado y de su desprecio por las masas populares.
Políticamente, su programa se reducía a unas moderadas reformas burguesas. Para los jóvenes hegelianos, la tarea principal en cuanto a la transformación de la sociedad era la separación de la Iglesia y el Estado.
Las contradicciones sociales aumentan, agudízase la lucha política y se intensifica el movimiento del pueblo; esto mueve a los jóvenes hegelianos a realizar una tímida crítica de determinados aspectos del régimen político de la Alemania de aquel entonces. Mas hallándose como estaban en su conjunto bajo la influencia de la reaccionaria doctrina de Hegel [108] sobre el Estado, veían en este último la encarnación de la “autoconciencia” y eran adversarios de la revolución, cuya sola idea les causaba espanto. Más tarde, Bruno Bauer llegó a pasarse al lado de Bismarck.
No es difícil apreciar que teóricamente, a pesar de su crítica de la religión, los jóvenes hegelianos no iban más allá de una concepción idealista del mundo.
La labor teórica especulativa de los “críticos críticos” era declarada la forma verdadera de la práctica histórica.
Contrariamente a las altisonantes manifestaciones de los jóvenes hegelianos sobre el papel histórico universal de la “autoconciencia”, su actuación probaba hasta la saciedad la impotencia política de la burguesía alemana, su tímida oposición al régimen entonces imperante en el país.
Una manifestación peculiar de la filosofía de los jóvenes hegelianos es la teoría idealista de Max Stirner (1806-1856), quien en su libro El único y su propiedad (1844) veía como un producto del yo, de la autoconciencia subjetiva, no sólo la religión, sino también el Estado, la propiedad, la moral, etc. Del idealismo objetivo pasó Stirner definitivamente al idealismo subjetivo. Su yo (“el único”) es, de hecho, el creador de la realidad. Como portavoz ideológico del pequeño burgués alemán, con sus deseos de defender y perpetuar su pequeña propiedad, Stirner se muestra como individualista militante, enemigo abierto de la disciplina y la organización, adversario del comunismo y defensor de la reaccionaria utopía de la alianza de los propietarios egoístas “independientes”.
Stirner se declara enemigo no sólo del Estado feudal absolutista contra el cual se dirigían entonces los tiros, sino de toda clase de Estados, comprendiendo el democrático, por lo que es uno de los pioneros del anarquismo.
El vocerío levantado por Stirner es el último chispazo de los jóvenes hegelianos, cuyo movimiento se extingue ahí y degenera definitivamente.
Marx y Engels ponen de manifiesto en La ideología alemana las raíces de clase de los jóvenes hegelianos y los someten a una crítica demoledora. Su propósito era “desenmascarar a estas ovejas que se hacen pasar por lobos y son tenidas por tales, poner de manifiesto cómo no hacen otra cosa que balar filosóficamente, cómo las jactancias de estos intérpretes filosóficos reflejan simplemente el estado lastimoso de la realidad alemana”.4
{1} C. Marx, Notas sobre las nueras instrucciunes de la censura prusiana, C. Marx y F. Engels, Obras completas, 2ª ed. rusa, t. I, 1955, pág. 12.
{2} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofia clasica alemana. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos. trad. esp., t. II. pág. 341.
{3} V. I. Lenin, Federico Engels. V. I. Lenin, Marx-Engels-Marxismo (recopilación de artículos), trad. esp., ed. cit., pág. 50.
{4} C. Marx y F. Engels., La ideología alemana. trad. esp. de W. Roces, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1959, pág. 11.