Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1965


Tomo 2 ❦ Capítulo I

El pensamiento filosófico en Alemania durante el periodo de desintegración del régimen feudal y de tránsito al capitalismo (finales del siglo XVIII y comienzos del XIX). La filosofía clásica alemana.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el desarrollo económico de algunos países de Europa Occidental por la vía capitalista alcanzó un nivel relativamente alto.

El acontecimiento más importante de aquel tiempo en la vida económica de la sociedad capitalista fue la revolución industrial de Inglaterra. El enorme auge de la industria inglesa, iniciado en 1760, no sólo abarcó la producción textil –rama fundamental de la industria de Inglaterra–, sino que se extendió a todas las ramas de la producción. En el curso de varios decenios, Inglaterra dejó de ser un país con una industria insignificante y poco desarrollada, de escasa población –principalmente agrícola– y con las pequeñas ciudades habituales de aquel tiempo, para transformarse en el más poderoso Estado capitalista. con una fuerte influencia económica y política sobre todos los países del mundo. Las grandes ciudades fabriles, que abastecían de productos suyos a todo el mundo, la introducción de las máquinas por todas partes, la aplicación de la energía del vapor de agua y el desarrollo de las vías de comunicación, todo ello cambió radicalmente la vida económica de la sociedad, dando origen a nuevas clases sociales y a nuevas relaciones entre ellas.

En la Francia de los años 1789-1794 se produjo la gran revolución burguesa, que destruyó el feudalismo y abrió una ancha vía al incremento de las fuerzas productivas de la sociedad capitalista. Se entró entonces en la época de la consolidación del capitalismo en Europa Occidental. Se derrumbaron las viejas relaciones sociales de carácter feudal, los regímenes políticos monárquicos, así como las tradicionales concepciones religiosas vinculadas a ellos. Sectores de la población cada vez más amplios se vieron arrastrados a la producción capitalista e incorporados a los movimientos político-sociales. Estos desplazamientos económico-sociales, operados directamente en Inglaterra y Francia, tuvieron una significación para toda Europa y, cabe. decir también, una significación histórico-universal, puesto que influyeron inmensamente en la trayectoria de desarrollo de todos los demás países del mundo.

A diferencia de Inglaterra y Francia, Alemania seguía siendo a fines del siglo XVIII y principios del XIX un país atrasado desde el punto de vista económico y político, en el que dominaban, como en otros tiempos, [14] las relaciones feudales de producción y un régimen político feudal. Alemania, que se denominaba oficialmente “Sacro Imperio Romano Germánico”, sólo era en aquel entonces un conglomerado de aproximadamente 300 pequeños Estados independientes, que constituían el patrimonio feudal de reyes, electores, obispos y de otros príncipes seglares y eclesiásticos. Cada príncipe se comportaba con sus súbditos como un déspota absoluto. El desmembramiento económico y social de Alemania era el principal obstáculo en la vía de su desarrollo capitalista.

La gran propiedad territorial, las numerosas supervivencias de la servidumbre de la gleba, el régimen corporativo en las ciudades y la existencia de gran número de Estados alemanes enanos, formalmente independientes los unos de los otros, con un régimen monárquico absolutista, todo ello frenaba el desarrollo del capitalismo en Alemania y el proceso de unificación de la burguesía, en escala nacional, en una clase única, consciente de su fuerza y de su influencia. La situación geográfica desfavorable de los Estados alemanes (su alejamiento del Océano Atlántico, que se había convertido en aquel tiempo en la ruta principal del comercio mundial), las numerosas guerras a las que se vieron arrastrados los Estados alemanes, especialmente la Guerra de los Treinta Años, que asoló a Alemania, retrasaron aún más el desarrollo de las relaciones capitalistas en las entrañas del régimen feudal. Al mismo tiempo, los avances del capitalismo en otros países (sobre todo en Inglaterra), aunque también creaban premisas reales para el progreso capitalista de Alemania, sin embargo, influyeron negativamente en las viejas ramas de la producción alemana, basadas en el trabajo manual. “La introducción de la máquina de vapor y la supremacía de la industria inglesa, que tan rápidamente se había desarrollado, destruyeron la vieja industria alemana.”1 La difusión de la máquina de vapor, que había desempeñado un papel inmenso en el desarrollo de Inglaterra, de Francia y de otros países, condujo en Alemania a la destrucción de la producción artesanal, sin que ello acarreara, por otra parte, un intenso desarrollo de la gran industria.

La situación de Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII era muy grave. Refiriéndose a este período de la historia alemana, escribía Engels: “Nadie se sentía bien. Los oficios, el comercio, la industria y la agricultura del país habían llegado a su nivel más bajo. Los campesinos, los artesanos y los patronos sufrían doblemente: a causa del gobierno parasitario y a causa del mal estado de cosas. Los nobles y los príncipes se encontraban con que sus ingresos no podían cubrir sus gastos, cada vez mayores, pese a que sacaban todo el jugo posible a sus súbditos. Todo andaba mal y en el país entero reinaba un descontento general. No había instrucción ni se disponía de medios para influir sobre la conciencia de las masas; no existían la libertad de comercio ni la opinión pública, ni siquiera un comercio, aunque fuera poco importante, con otros países; no existía nada, excepto la bajeza y el egoísmo; todo el pueblo estaba imbuido de un espíritu ruin, servil y mercantilista. Todo estaba podrido, relajado y a punto de hundirse, y no podía esperarse un cambio favorable, ya [ 15] que la nación ni siquiera tenía fuerzas para retirar el cadáver descompuesto de las instituciones ya caducas.”2

La revolución burguesa de Francia, señalaba Engels, “cayó exactamente como un rayo sobre este caos llamado Alemania”.3 Una parte de los Estados limítrofes con Francia sufrieron directamente la influencia liberadora de la revolución francesa. Los gobiernos europeos reaccionarios, que habían emprendido una guerra contra la Francia revolucionaria, sufrieron un descalabro. El territorio de Alemania se convirtió en campo de batalla. Las tropas francesas revolucionarias –escribía Engels– “expulsaron a la jauría formada por los nobles, obispos y abades, así como por los pequeños príncipes que durante tanto tiempo habían desempeñado en la historia el papel de marionetas”.4 En el curso de la guerra librada por los reyes feudales contra la Francia republicana se puso de relieve palmariamente no sólo la debilidad económica de Alemania, sino también su debilidad política.

Las guerras de Francia contra los Estados feudales de Europa asestaron un duro golpe al feudalismo y absolutismo en Alemania. El número de Estados alemanes se redujo a varias decenas, y en algunos de ellos fue implantada una legislación burguesa. Resultaba evidente que para superar el atraso económico y político del país se necesitaba una serie de transformaciones burguesas.

La derrota de las tropas prusianas por las francesas en Jena y Austerlitz y la conquista de Berlín por las tropas de Napoleón I avivaron la efervescencia revolucionaria de las masas y fortalecieron el espíritu de oposición de los círculos burgueses contra el régimen feudal y el absolutismo. Inicióse entonces en Alemania un impetuoso auge nacional. “La paz de Tilsit fue la más grande humillación para Alemania, pero, al mismo tiempo, marcó también un viraje hacia el más grande auge nacional.”5 La lucha contra el ejército napoleónico, que se había apoderado de algunos Estados alemanes, se transformó en un movimiento nacional, de contenido democrático-burgués. Las masas populares y los elementos burgueses más avanzados, que poco después de la derrota de Napoleón en Rusia habían empuñando las armas contra los invasores napoleónicos, exigían una Constitución y la unificación de Alemania.

Así, pues, a fines del siglo XVIII y a principios del XIX Alemania conoció varios acontecimientos históricos importantes que revelaron palmariamente la podredumbre del régimen económico feudal y de la supraestructura política correspondiente.

En una época en que Inglaterra y Francia avanzaban rápidamente por la vía del progreso capitalista, Alemania continuaba vegetando en las condiciones de un régimen feudal en descomposición. “Si Alemania –escribía Marx– sólo ha acompañado con la actividad abstracta al desarrollo de los pueblos modernos, sin llegar a tomar parte activa en las luchas reales de este desarrollo, no es menos cierto que, de otra parte, ha compartido los [16] sufrimientos de este mismo desarrollo, sin participar de sus goces ni de su parcial satisfacción.”6

Refiriéndose a los ideólogos de la burguesía alemana, decía Marx que los alemanes sólo han pensado lo que otros pueblos han hecho; en esto se reflejaban profundamente las contradicciones del desarrollo económico y político de la Alemania de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. “Así como los pueblos antiguos –decía Marx– vivieron su prehistoria en la imaginación, en la mitología, así nosotros, los alemanes, hemos vivido nuestra poshistoria en el pensamiento, en la filosofía. Somos contemporáneos filosóficos del presente, sin ser sus contemporáneos históricos. La filosofía alemana es la prolongación ideal de la historia de Alemania.”7

Es sabido que los alemanes progresivos acogieron con entusiasmo el comienzo de la revolución francesa de 1789. Los estudiantes de la Universidad de Tubinga (entre ellos Hegel, que a la sazón era ya un joven filósofo) plantaron el árbol de la libertad. Schelling tradujo al alemán “La Marsellesa”. Pero cuando el ejército francés, después de derrotar a las tropas prusianas, en 1792, ocupó la ribera izquierda del Rin y se estableció en Maguncia la Convención Nacional, que proclamó la incorporación de la República de Maguncia a Francia, este movimiento no encontró apoyo en la burguesía de los demás Estados alemanes y fue aplastado fácilmente por las tropas prusianas. Y cuando la burguesía francesa revolucionaria llevó al cadalso a Luis XVI e instauró el poder de los jacobinos, los mismos burgueses alemanes que, al principio, eran entusiastas amigos de la revolución, se convirtieron entonces en sus enemigos más “encarnizados. Una gran parte de la burguesía alemana, a la par que la nobleza, se indignó con los “horrores” de la revolución, es decir, con la dictadura jacobina, aunque seguía interesada, como antes, en una transformación burguesa del país.

La burguesía alemana, que se había desarrollado principalmente en el terreno del comercio y de la producción artesanal y manufacturera (pues las grandes empresas capitalistas casi no existían en Alemania a fines del siglo XVI y principios del XIX), estaba vinculada a los señores feudales, que a la sazón dominaban en el país, por los servicios que les prestaba. La burguesía alemana cumplía los encargos de las numerosas cortes principescas, satisfacía asimismo los pedidos de los aristócratas, atendía a las guarniciones militares acantonadas en las pequeñas ciudades, a la administración estatal, etc. Como el mercado interior estaba muy poco desarrollado y las posibilidades del comercio en el mercado exterior eran muy limitadas, los representantes de las castas dominantes y los numerosos funcionarios eran habitualmente los principales compradores. Así, pues, la burguesía estaba ligada a ellos, sobre todo en los primeros tiempos, en cada uno de los pequeños Estados alemanes.

La burguesía alemana, que a consecuencia del desmembramiento del país no formaba un todo único, era una clase débil y medrosa. Deseaba que en Alemania se realizasen las transformaciones burguesas llevadas a cabo al otro lado del Rin, pero estaba dispuesta a contentarse con las reformas [17] a medias, que habían comenzado a implantar en algunos Estados alemanes los representantes más sagaces de la casta noble dominante. Así, por ejemplo, en Prusia se permitió a los campesinos que pudieran liberarse, mediante pago, del cumplimiento de las obligaciones feudales, y quedó abolida formalmente la dependencia personal de los campesinos respecto de los terratenientes. Cierto es también que todas estas reformas, después de tropezar con la resistencia de la reacción terrateniente, pronto quedaron reducidas de hecho a nada.

Como en otros tiempos, los ideólogos de la burguesía depositaban sus esperanzas, en parte, en el curso espontáneo de los acontecimientos, que impulsaban objetivamente el desarrollo capitalista y la unidad de Alemania, y, en parte también, confiaban en la iniciativa de las “capas superiores” de la sociedad, las cuales no podían dejar de tener en cuenta el desarrollo de la economía burguesa, así como el poder económica cada vez mayor de la burguesía. Era necesario –según escribía, por ejemplo, J. G. Fichte, uno de los representantes de la filosofía clásica alemana– reanimar la industria, mejorar la agricultura, las manufacturas, las fábricas, fomentar la producción de máquinas, estimular los descubrimientos e inventos, mecanizar el trabajo y ayudar por todos los medios al progreso de las ciencias naturales.

Estas ideas de carácter burgués se aproximaban a las formuladas por los ilustrados franceses en el siglo XVIII, en vísperas de la revolución burguesa de Francia.

Marx calificó la filosofía de uno de los representantes de la filosofía clásica alemana, la de Kant, de teoría alemana de la revolución francesa.8 Esta caracterización de Marx tiene un sentido muy profundo y puede aplicarse también al primer período de actividad de otros exponentes de la filosofía clásica alemana, como Schelling, Fichte y Hegel.

Pero la teoría alemana de la revolución francesa se distinguía de las ideas de los ilustrados franceses en que los filósofos alemanes, al reflejar en sus concepciones el proceso de desarrollo de la revolución francesa, consideraban que las conquistas políticas y jurídicas efectivas, alcanzadas por la revolución de 1789-1794, eran en esencia inasequibles para Alemania. Así, por ejemplo, en la filosofía de Kant la república es sólo un postulado de la razón práctica, sólo un deber que guía a los hombres de buena voluntad; pero, en la práctica, la república es un ideal inalcanzable. Semejante interpretación de la revolución burguesa de Francia reflejaba la debilidad real de la burguesía alemana en el terreno económico y político, a la vez que las peculiaridades de su trayectoria histórica, a. las que nos hemos referido anteriormente.

En su obra Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana señalaba que, al igual que en la Francia del siglo XVIII, también en la Alemania del XIX la “revolución filosófica” sirvió de prólogo a la revolución política, pero advertía asimismo que ambas “revoluciones filosóficas” no se parecían entre sí.

No sólo las ideas político-sociales de los ideólogos de la burguesía alemana, sino también las filosóficas, se distinguían esencialmente de las [18] concepciones político-sociales y filosóficas de los ideólogos de la burguesía francesa revolucionaria, es decir, de los ilustrados y materialistas franceses. Mientras que las ideas de los ilustrados franceses del siglo XVIII conducían, por regla general, a la negación revolucionaria del antiguo régimen, los ideólogos burgueses alemanes de fines del XVIII y comienzos del XIX se trazaban como ideal el compromiso entre lo viejo y lo nuevo, la transformación gradual del antiguo régimen, su renovación por medio de reformas, etc.

Aunque los ilustrados y los filósofos idealistas alemanes reconocían la necesidad de realizar transformaciones radicales de carácter económico-social, se oponían a que se implantaran por vía revolucionaria.

Los materialistas franceses estaban profundamente convencidos de que un nuevo régimen social no podía triunfar sin una intervención consciente en el proceso histórico. No confiaban en la marcha espontánea de los acontecimientos y ponían todas sus esperanzas en una reestructuración de la sociedad acorde con las “exigencias de la razón y de la naturaleza humana”. En cambio, los ideólogos alemanes de finales del siglo XVIII depositaban sus principales esperanzas en el curso “natural” de la vida social, y, a causa de la debilidad y del espíritu conservador de la burguesía alemana, rechazaban la transformación revolucionaria de la sociedad. Semejante actitud antirrevolucionaria hacia la transformación burguesa de Alemania es uno de los rasgos más característicos de las ideas conservadoras sobre la sociedad y la revolución; este rasgo es propio de los filósofos burgueses de Alemania. Así, por ejemplo, en Hegel hallamos también el reconocimiento de que el desarrollo histórico de Alemania es irresistible y, a la vez, el convencimiento de que este proceso se opera lentamente, de un modo gradual, “casi imperceptiblemente”. De aquí que sea comprensible su actitud hacia la revolución burguesa de Francia de 1789-1794. Por un lado, la valora muy altamente, calificándola de “majestuosa ascensión del Sol” y de comienzo de una nueva época; por otro, subraya que la revolución es una “forma inferior” del desarrollo del “espíritu subjetivo”, que tiene conciencia de que la realidad misma es racional, de que se halla sujeta a leyes y se desarrolla de lo inferior a lo superior. Pero la fase superior, según Hegel, es la conformidad, la conciliación de la razón subjetiva humana con la realidad, que encarna en sí a la razón universal, objetiva y absoluta.

En las reaccionarias ideas político-sociales de los filósofos idealistas alemanes, Schelling, Fichte y Hegel, correspondientes al período más tardío de su actividad, es decir, cuando ya se habían convertido en adversarios de los ideales de la revolución francesa, se manifiesta la supeditación de los ideólogos de la medrosa burguesía alemana a los intereses y al espíritu de la reacción junker-terrateniente.

A diferencia de los materialistas franceses, los ideólogos de la débil burguesía alemana de fines del XVIII y principios del XIX –clase social incapaz de conquistar el poder– eran idealistas, creadores de sistemas filosóficos extremadamente abstractos, especulativos, es decir, de sistemas divorciados de la vida práctica que rechazaban la transformación revolucionaria de la realidad. También en esto se revelaba claramente la diferencia entre el desarrollo burgués de Alemania y el desenvolvimiento del capitalismo en Francia. Precisamente esta debilidad económica y política [19] de la burguesía alemana, así como su temor a las acciones revolucionarias antifeudales (entre ellas, las dirigidas contra su ideología dominante: la religión) halló su expresión regular en los sistemas idealistas de Kant, Fichte, Schelling, Hegel y otros idealistas alemanes, que se pronunciaron contra el pensamiento ilustrado y materialista francés.

Ahora bien, ¿qué es lo que sirvió, en este caso, de fundamento histórico para que se desarrollara el elemento progresivo de estas doctrinas, a saber, la dialéctica, contenida en la filosofía clásica alemana? La cuestión estriba en que los idealistas alemanes de fines del XVIII y principios del XIX basaban sus doctrinas filosóficas en la considerable experiencia histórica aportada por el desarrollo burgués de Europa, y en las adquisiciones de la filosofía anterior, a la vez que tomaban en cuenta, en cierto grado, los nuevos datos del progreso científico.

La revolución burguesa de Francia, preparada ideológicamente por los materialistas franceses, vino a mostrar palmariamente que la vida social no es algo inmutable, estático, siempre idéntico a sí mismo. Las transformaciones sociales, realizadas durante los siglos XVII-XVIII, la modificación radical del ritmo de desarrollo social, el progreso industrial que, en breve tiempo, incrementó la producción de bienes materiales en proporciones jamás vistas, el sometimiento de una fuerza natural tan poderosa como el vapor, los acontecimientos revolucionarios de Francia y de otros países, la guerra liberadora de Norteamérica contra Inglaterra, etc., todo esto no sólo cambió la vieja faz –en gran parte anquilosada– de la vida social, sino que asestó un durísimo golpe a las concepciones conservadoras y metafísicas, Mientras que para los defensores del reaccionario régimen feudal imperante en Alemania, todas estas inmensas transformaciones representaban un cataclismo histórico-universal, para los partidarios de la sociedad burguesa, por el contrario, esa tempestuosa época revolucionaria era algo necesario y saludable, a la vez que cobraban conciencia de la fuerza de ley del desarrollo, del progreso. Pero la debilidad y el atraso de la burguesía alemana y de sus ideólogos se manifestaban también en que valoraban e interpretaban de un modo idealista, y con frecuencia imbuidos de un espíritu reformista, la experiencia histórica de la época de las revoluciones burguesas, aunque reconocían la justeza de las transformaciones sociales con respecto al pasado feudal. Todo lo cual dejaba su huella en la concepción del mundo de los filósofos idealistas burgueses de Alemania.

A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. el pensamiento alemán era la prolongación y el desarrollo, conforme a leyes, de algunas tendencias filosóficas avanzadas de los siglos XVII-XVIII.

Históricamente, los precursores de la filosofía clásica alemana fueron pensadores tan eminentes como el filósofo y matemático francés Descartes, el materialista holandés Spinoza, el filósofo y hombre de ciencia alemán Leibniz, los ilustrados alemanes de finales del siglo XVIII (Lessing, Schiller y Goethe) y otros. Las teorías filosóficas de estos pensadores contenían profundas ideas dialécticas.

La filosofía clásica alemana se desarrolló también en unas condiciones de progreso de las ciencias naturales en los países europeos, que aportaron durante el siglo XVIII y comienzos del XIX algunos grandes descubrimientos. Estos descubrimientos pusieron de relieve el carácter dialéctico [20] de los procesos y fenómenos de la naturaleza y plantearon la necesidad de crear el método dialéctico.

A finales del siglo xviH1, los investigadores de la naturaleza comenzaron a estudiar sistemáticamente las formas no mecánicas del movimiento de la materia, a saber: las formas física, química y biológica. M. V. Lomonósov descubrió y demostró experimentalmente la ley de la conservación de la materia y del movimiento. Teniendo en cuenta, ante todo, las transformaciones químicas de las sustancias, Lomonósov expresó la idea de que el calor es una forma específica –es decir, molecular– del movimiento de la materia. El gran investigador materialista de la naturaleza Priestley y el químico Scheele descubrieron el oxígeno, mientras que el gran químico francés Lavoisier, basándose en este descubrimiento, rechazaba la teoría de la existencia de una materia combustible especial o materia “imponderable” (el flogisto), con lo cual sentaba las firmes bases de la teoría de la combustión y de la oxidación en general. Después de venir a tierra la teoría del flogisto y aunque todavía no se renunciaba a otras “materias imponderables” del género del “calórico” o de las materias “imponderables” de la luz y del sonido, las ciencias naturales comenzaron ya a acercarse al descubrimiento de que el calor, la luz y la electricidad, es decir, la diversidad cualitativa de la naturaleza en general, no son sino formas específicas del movimiento de la materia. En la química, gracias a la ley de la composición química de las sustancias y, sobre todo, a la ley de las proporciones simples y múltiples, descubierta por J. Dalton en Inglaterra, se puso en claro la dependencia de los cambios cualitativos de un cuerpo respecto de su composición cuantitativa. El análisis de los procesos químicos fue minando poco a poco la concepción mecanicista unilateral del movimiento como simple desplazamiento de los cuerpos, concepción que era, a la sazón, la que dominaba en la ciencia. También contribuyó considerablemente a ello el progreso de los conocimientos científicos sobre la electricidad: el descubrimiento de la electricidad positiva y negativa como formas diametralmente opuestas de ella, pero a la vez unidas íntimamente; la formulación de la ley de la acción recíproca entre los cuerpos electrizados; el descubrimiento de la acción peculiar, desde el punto de vista cualitativo, de la electricidad sobre los tejidos musculares animales (descubrimiento de Galvani), el estudio de los nexos entre los procesos químicos: y los eléctricos (descubrimiento del fenómeno de la electrólisis, y otros), etc.

La idea del desarrollo penetraba cada vez más profundamente en las ciencias naturales. En 1755, Kant expuso su famosa hipótesis cosmogónica, conforme a la cual la Tierra y todo el sistema solar se concebían surgiendo en el tiempo. “...El descubrimiento de Kant era el punto de partida para el progreso ulterior. Si la Tierra era algo que se había formado, también deberían haberse formado su estado geológico, geográfico y climático, así como sus plantas y animales; la Tierra no sólo debía tener su historia de coexistencia en el espacio, sino también de sucesión en el tiempo.”9 [21]

El gran poeta y sabio alemán J. W. Goethe expuso algunas ideas avanzadas sobre los problemas de la anatomía comparada y de la geología. Las investigaciones sobre vegetales y animales fósiles, realizadas por el eminente naturalista francés Cuvier, demostraron, a despecho de sus propias conclusiones teóricas, que el mundo vegetal y animal había conocido un desarrollo durante todo el pasado geológico de la Tierra. Así lo atestiguaban los datos de la anatomía comparada. Las ideas evolucionistas fueron defendidas en Francia por Joffroy Saint-Hilaire y Buffon; a comienzos del siglo XIX, Lamarck expuso su teoría de la evolución, que se anticipó considerablemente a Ja teoría del desarrollo, aparecida mucho más tarde en la biología. La refutación del preformismo en la ciencia biológica significó un duro golpe para la vieja concepción metafísica de la materia viva. De acuerdo con el preformismo, el germen contiene integramente los caracteres del individuo biológico adulto; por tanto, con respecto a él no hace nada nuevo. El mérito de haber refutado esta teoría corresponde al sabio alemán C. Wolff, que llegó a ser miembro de la Academia de Ciencias de Rusia. Como señalaba Engels, ya a principios del siglo XIX “se habían formado la geología, la embriología, la fisiología vegetal y animal y la química orgánica...; por todas partes surgían, sobre la base de estas nuevas ciencias, atisbos geniales (por ejemplo, los de Goethe y Lamarck) de la que más tarde había de ser la teoría de la evolución”10

Los grandes descubrimientos de las ciencias naturales del siglo XVIII y principios del XIX se reflejaron, en cierto grado, en las teorías de los representantes de la filosofía clásica alemana (Kant, Schelling y, sobre todo, Hegel) y fueron las premisas científico-naturales necesarias de sus geniales ideas dialécticas. Estos descubrimientos demostraban que, ya a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, las ciencias naturales comenzaban a estar maduras para llegar a una generalización dialéctica y que era necesario crear un nuevo método, el método dialéctico de pensamiento y de investigación, que reflejase adecuadamente las leyes objetivas de la naturaleza, a cuyo descubrimiento ya se habían acercado de plano. De la misma manera que los filósofos e investigadores de la naturaleza, empezando por Bacon y Galileo, procedieron en el siglo XVII, de un modo espontáneo, a forjar el método metafísico de conocimiento científico, que era el que correspondía entonces al nivel y a las tareas de la ciencia, así también los filósofos alemanes, especialmente Hegel, trataron de crear, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, un nuevo método para la ciencia, el método dialéctico. Sin embargo, en la filosofía alemana de esa época, dicha tarea se cumplió en forma inconsecuente y contradictoria, sobre bases idealistas, ajenas al espíritu materialista de las ciencias naturales.

Tales fueron las condiciones históricas y las premisas ideológicas de la aparición y del desarrollo de la filosofía clásica alemana de fines del siglo XVIII y principios del XIX. [22]




{1} C. Marx y F. Engels, Revolución y contrarrevolución en Alemania. C. Marx y F. Engels, Obras completas, 1ª ed. rusa, t. VI, 1ª parte, 1930, pág. 17.

{2} F. Engels, La situación en Alemania. C. Marx y F. Engels, Obras completas, 2ª ed., t. II, Moscú, 1955, págs. 561-562.

{3} Ibídem, pág. 562.

{4} Ibídem, pág. 563.

{5} V. I. Lenin, La tarea principal de nuestros días. V. I. Lenin, Obras completas, 4ª ed. rusa, t. XXVII, pág. 136.

{6} C. Marx, En torno a la crítica de la filosofía del derecho, de Hegel. C. Marx y F. Engels, La Sagrada Familia y otros escritos filosóficos de la primera época, trad. de Wenceslao Roces, Editorial Grijalbo, México, D. F., 1958, pág. 11.

{7} Ibídem, pág. 7-8.

{8} C. Marx, El manifiesto filosófico de la escuela histórica del derecho. C. Marx y F. Engels, Obras completas,, 2ª ed. rusa, t. I, pág. 88.

{9} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la nuturaleza”. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. esp., t. II, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1952, pág. 59.

{10} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. IL, pág. 348.