Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo VIII: 2
2. El materialismo de José Priestley y su influencia en los Estados Unidos. Tomás Cooper.
En el desarrollo del pensamiento filosófico avanzado de Estados Unidos de fines del siglo XVIII y principios del XIX ejerció una influencia importante el gran hombre de ciencia y filósofo materialista inglés José Priestley (1733-1804), que durante los últimos diez años de su vida trabajó en los Estados Unidos.
Los descubrimientos de Priestley en el campo de la química hicieron época en esta ciencia. Le interesaron también la electricidad y la óptica. escribió mucho en torno a cuestiones históricas, especialmente sobre historia de la religión, y se conocen trabajos suyos sobre pedagogía y gramática. Fue asimismo un infatigable luchador en pro de las libertades políticas y defensor de los principios de la revolución burguesa de Francia.
Tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, la actitud hacia la revolución francesa se convirtió a fines del siglo XVIII y principios del XIX en una especie de “papel de tornasol” que permitía reconocer el rostro de clase de cualquier dirección del pensamiento filosófico y político. Los liberales aplaudieron a la revolución burguesa de Francia en la primera fase de su desarrollo, se asustaron ante el rumbo ulterior de los acontecimientos y, finalmente, en la fase jacobina de la revolución se opusieron a ella. Los reaccionarios temblaron de miedo y de odio. En cambio, los pensadores demócratas progresivos defendían las ideas de la revolución contra sus innumerables enemigos, aunque no siempre consecuentemente. En Inglaterra se fundó incluso una Sociedad de amigos de la revolución francesa, uno de cuyos miembros-más destacado era José Priestley.
La figura de Priestley era muy variada y contradictoria: filósofo, que oculta su materialismo con un ropaje teísta y sabía conjugar la difusión del conocimiento científico con sus obligaciones como predicador eclesiástico; eminente investigador y experimentador en el campo de las ciencias naturales y, a la vez, agudo publicista político; partidario de la revolución francesa y enemigo del ateísmo de los enciclopedistas franceses.
Por sus ideas progresivas fue objeto de persecuciones. En 1791, precisamente el día del aniversario de la toma de la Bastilla, una turba de exaltados reaccionarios, con el apoyo directo del clero y de las autoridades locales, saqueó su casa, su biblioteca y laboratorio. Cuando ya tenía más de sesenta años, este sabio de inquebrantables convicciones se vio obligado a abandonar su patria y a emigrar a América, donde continuó su actividad científica.
Priestley es famoso por sus descubrimientos químicos. En 1774. obtuvo oxígeno sometiendo a la acción del calor el óxido de mercurio. Este descubrimiento permitió más tarde a Lavoisier realizar una revolución en la química al poner fin a la teoría del flogisto, teoría de la que no pudo liberarse el propio Priestley hasta el fin de sus días.
Señalando el carácter contradictorio de la trayectoria de desarrollo de las ciencias naturales, escribía Engels: “... En la química, la teoría del flogisto, después de cien años de trabajo experimental, empezó a suministrar los datos con ayuda de los cuales Lavoisier pudo descubrir en el [530] oxígeno obtenido por Priestley el verdadero antípoda del imaginario flogisto y con ello pudo echar por tierra toda la teoría flogística.”14
En sus ideas filosóficas, seguía la orientación trazada por los materialistas ingleses del siglo XVII, Bacon y Hobbes. Junto con Toland es el materialista inglés más importante del siglo XVIII. Mientras que en la filosofía de Hume el empirismo degeneraba en idealismo subjetivo y agnosticismo, la filosofía de Priestley desarrollaba la tendencia materialista del empirismo.
Priestley se opuso resueltamente a la idea dominante desde Descartes, según la cual la materia y el espíritu son dos sustancias absolutamente independientes. “De la primera de estas sustancias se dice –escribía Priestley– que posee la propiedad de la extensión, o lo que es lo mismo, longitud. anchura y espesor, así como compactibilidad o impenetrabilidad y, por tanto, fuerza de inercia ...A la otra sustancia la definen, en los últimos tiempos, como sustancia totalmente privada de extensión o de relación con el espacio, de modo que no tiene ninguna propiedad común con la materia. Por esta razón es propiamente inmaterial, pero posee como facultades la percepción, el entendimiento (intelligence) y el automovimiento.”15 Al analizar los conceptos de compactibilidad e impenetrabilidad de la materia, Priestley señalaba que la materia está dotada de atracción y de repulsión. En virtud de la fuerza de atracción, cada objeto tiene una forma absolutamente determinada y estable. La fuerza de repulsión obliga a los cuerpos a mantenerse a cierta distancia unos de otros, es decir, conduce a la impenetrabilidad. La compactibilidad y la impenetrabilidad derivan de las fuerzas fundamentales de la materia. Ahora bien, si la materia posee extensión y las fuerzas de atracción y de repulsión, el hombre “tiene la facultad de sentir o percibir, y también la facultad de pensar”. Pero estas facultades humanas no pertenecen a una sustancia especial, sino a la materia misma, organizada en una forma distinta. “Siempre se acompañan mutuamente la facultad de pensar y cierto estado del cerebro... Por esta razón, nos vemos obligados a considerar el cerebro –concluye Priestley– como el asiento natural del pensamiento.”16
En su teoría del conocimiento Priestley trataba de superar los elementos dualistas de Locke y por suministrar una base fisiológica al sensualismo. Para ello, intentó desarrollar la teoría de la asociación de ideas del médico y filósofo Hartley. Priestley pensaba que las diversas facultades psíquicas –memoria, juicio, voluntad, emoción, etc.– podían explicarse satisfactoriamente por el fenómeno de la vibración que, a su vez, sólo es efecto de la sustancia material. Al explicar la asociación de ideas basándose en el principio de la vibración, suponía Priestley que todos los fenómenos mentales son resultado de la asociación de las ideas que el hombre obtiene con ayuda de los sentidos externos.
“Es probable que ni siquiera en los vuelos más audaces de la fantasía –decía Priestley– podamos hallar una sola idea que no esté ligada a una impresión o a una idea existentes desde antes en nuestra alma.”17 [531] Las emociones resultan de la asociación de determinada idea con un sentimiento de agrado o desagrado al que estuvo ligada anteriormente dicha idea. Priestley analiza las ideas abstractas compuestas y trata de demostrar que se basan en la sensación. En su conjunto, la gnoseología de Priestley tiene un carácter mecanicista, aunque él mismo comprende que la mecánica por si sola no puede explicar el complejo proceso del pensamiento.
Priestley trató de fundamentar la necesidad de combinar el experimento, la teoría y la hipótesis en el conocimiento científico. “... La teoría y el experimento se presentan forzosamente cogidas de la mano; todo avance científico se halla unido siempre a una hipótesis especial, que no es más que una suposición acerca de las circunstancias o las causas relacionadas con cierto fenómeno de la naturaleza. Por tanto, los experimentadores más audaces y más originales son aquellos que, dejando en libertad a la imaginación, admiten la combinación de las ideas más alejadas entre sí. Y aunque muchas de ellas más tarde resulten extrañas y fantásticas, otras pueden conducir a los descubrimientos más grandes y fundamentales. Ahora bien, a esos descubrimientos nunca llegarán quienes son demasiado cautelosos, tímidos, sensatos y de lento pensamiento.”18 Priestley mostró el papel de la analogía en la formulación de hipótesis. Considerándola como una de las asociaciones más importantes, suponía que gracias a ella podemos establecer hipótesis que nos permiten realizar grandes descubrimientos, si sabemos utilizarlas. Priestley señalaba determinados límites a las hipótesis y explicaba el papel que desempeña el experimento en su elaboración. Asimismo comprendía muy bien el carácter contradictorio de las relaciones mutuas entre el experimento y la hipótesis en la creación de una teoría científica. “Mientras se las considera simplemente como hipótesis, éstas conducen a los hombres a variados experimentos que persiguen el fin de hacer que dichas hipótesis sean más precisas. De estos experimentos surgen, en general, nuevos hechos. Estos nuevos hechos contribuyen a corregir la hipótesis que impulsó a descubrirlos. Así corregida, la teoría contribuye al descubrimiento de otros muchos hechos nuevos que, al igual que los anteriores, hacen que la teoría se aproxime aún más a la verdad.”19
“... Si el hombre –escribía Priestley– es totalmente material, no puede negarse entonces que debe ser también un ente mecánico. Puesto que todo lo que figura en la teoría materialista es de hecho un argumento en favor de la doctrina de la necesidad, y puesto que la doctrina de la necesidad es, por tanto, una consecuencia directa de la teoría materialista, la defensa de dicha consecuencia debe acompañar, de un modo natural, a la demostración de la cual se deriva.”20 Sustentar la teoría de la necesidad no significa, según Priestley, negar la libertad de acción del hombre. Al formular su concepción de la libertad, Priestley expresa profundas ideas acerca de la unidad de la libertad y de la necesidad. Según él, el hombre decide libremente, pero al hacer esto voluntariamente, no hace más que seguir las leyes de su propia naturaleza. [532]
En relación con el problema de la libertad y de la necesidad, Priestley subraya especialmente la diferencia que media entre el determinismo y el fatalismo. También se acerca al concepto de necesidad social, cuyo reconocimiento no significa negar la importancia de la actividad humana. Por el contrario, los propios actos humanos forman parte de la cadena necesaria de causas y efectos; de este modo, el éxito o el fracaso en la vida de los hombres depende, en el más estricto sentido del término, de ellos mismos. Ningún esfuerzo de la voluntad bien meditado es vano ni obliga a abandonar nuestro esfuerzo; por el contrario, obliga a los hombres a esforzarse con redoblada energía.
En sus concepciones sociales, Priestley se manifiesta como un defensor de la libertad política. Por supuesto, no comprende el carácter de clase del Estado ni tampoco la estructura de clase de la sociedad; sin embargo, proclama el derecho del pueblo a la insurrección. Se pronuncia asimismo contra los abusos del poder y se opone enérgicamente a los “sirvientes del pueblo” que sólo tratan de satisfacer sus intereses personales. Considera Priestley que todo verdadero patriota tiene no sólo el derecho, sino el deber de contribuir al derrocamiento de la tiranía.
Priestley veía con optimismo el porvenir de la humanidad; estaba convencido de que los hombres sabrían hallar una forma de gobierno que asegurara la prosperidad del pueblo. “A la vez que el amplio predominio de estos verdaderos principios de gobierno civil, debemos esperar la supresión de todos los prejuicios y odios nacionales, así como el establecimiento de la paz universal y de la benevolencia entre todo los pueblos.”21 Entonces ya no habrá lugar para las guerras que siempre fueron “ruinosas y funestas”.22 Y agregaba Priestley: “Ninguna región de América, África o Asia seguirá sometida a un Estado europeo...”23 Cuando los hombres conozcan la naturaleza y el modo de cumplir todos sus deberes cívicos, el poder y los beneficios ligados a él ya no podrán ser causa suficiente de guerras. “... La razón se impondrá en todas las disputas y acabará con las guerras civiles y con las guerras exteriores. El reinado de la razón será siempre un reinado de paz.”24
La doctrina ética de Priestley estaba ligada a sus ideas democrático-burguesas, Al rechazar los argumentos teológicos sobre el origen “divino” de la moral, Priestley vinculaba la aspiración del hombre a la felicidad con los sentimientos de placer y dolor. Estos últimos se reducen, en el terreno moral, al principio de la máxima felicidad personal, que a juicio suyo es perfectamente compatible con la máxima felicidad del mayor número de hombres.
Las ideas filosóficas, científicas y sociológicas de Priestley ejercieron una gran influencia sobre la ciencia y la filosofía norteamericanas a finales del siglo XVIII y principios del XIX.
Entre los amigos y compañeros de ideas de Priestley figuraba Tomás Cooper (1759-1840). También nació en Inglaterra y admiraba a la revolución burguesa dé Francia. [533]
A consecuencia de haber entrado en conflicto con los círculos dirigentes ingleses, Cooper decidió buscar una segunda patria, primero en Francia y luego en América. Después de su llegada a los Estados Unidos se convirtió en un activo jefe político y, más tarde, fue profesor.
En suelo norteamericano tuvo que hacer frente a una serie de obstáculos. Sus ideas ilustradas y materialistas no agradaban a la gazmoña burguesía norteamericana.
Los reaccionarios le acusaron de todos los pecados mortales; entre ellos, el de ser ateo, aunque en realidad, como los demás ilustrados norteamericanos –incluso los más radicales–, Cooper estaba muy lejos de los ateos militantes franceses. Nunca fue más allá del teísmo. Era un brillante anticlerical; sin embargo, no deseaba enemistarse definitivamente con los curas. En este terreno estaba dispuesto a hacer concesiones.
En algunos problemas filosóficos Cooper estaba más cerca del materialismo que otros ilustrados burgueses norteamericanos. Sólo hablaba declarativamente, de un modo general, de Dios como de una causa primera bastante abstracta; su concepción del mundo estaba imbuida del profundo convencimiento de que el mundo material es eterno. En la materia veía una sustancia indestructible, regida por leyes propias. No temía calificar de materialistas sus ideas, pero con la reserva de su “inconformidad” con el ateísmo.
No deja de ser característica la objeción de Cooper a la teoría de las mónadas dé Leibniz. Su principal defecto consistía, a juicio suyo, en concebir las mónadas como sustancias espirituales. ¿Cómo puede ser lo psíquico –se preguntaba– el fundamento del mundo, si siempre depende de lo físico?
También criticaba el dualismo cartesiano desde las posiciones materialistas. Afirmaba que no podía haber dos sustancias –extensa y pensante– y que, por esta razón, el pensamiento derivaba, en última instancia, de la sustancia extensa.
Cooper se oponía asimismo a la doctrina cartesiana de las ideas innatas. Siguiendo a Locke, sostenía que el alma humana es una “tabula rasa”, en la que la vida puede trazar cualquier clase de signos. De la negación de las ideas innatas, Cooper sacaba con frecuencia conclusiones democrático-burguesas relativas a la igualdad de todos los hombres por su nacimiento. Cierto es que, en este caso, hacía la reserva de que esta igualdad natural no podía extenderse a los esclavos negros.
Cooper trató de refutar las tesis hilozoístas. Basándose en los datos de la fisiología llegó a la justa conclusión de que el pensamiento es un producto de la materia, pero sólo y exclusivamente de la materia altamente organizada.
El clero norteamericano acogió con singular odio su doctrina de la mortalidad del alma. Cooper sostuvo reiteradas veces que la conciencia muere al morir el cuerpo humano. Escribió que los clérigos necesitan el dogma de la inmortalidad del alma para servir sus fines “egoístas” e intereses que no tienen nada que ver con la auténtica ciencia.
Como verdadero pensador ilustrado subrayó más de una vez la incompatibilidad de la ciencia y de la religión, No es casual, por ello, que hoy día execren su nombre los ideólogos reaccionarios. No faltan predicadores [534] católicos y luteranos que lleguen a afirmar que Cooper y otros filósofos progresivos fueron enviados a los Estados Unidos por el mismo Diablo.
Los filósofos reaccionarios norteamericanos “refutan” hoy la filosofía de Cooper con citas del oscurantista medieval Tomás de Aquino. Declaran, a su vez, que la doctrina de Cooper sobre la dependencia del alma respecto del cuerpo conduce a los hombres al amoralismo y que el propio Cooper era un “amoral”. Los fideístas actuales recomiendan “olvidar” la actividad de Cooper y borran su nombre en sus historias de la filosofía.
Los filósofos ilustrados norteamericanos desempeñaron un papel positivo en la lucha contra la teología y el oscurantismo medieval.
En los trabajos sobre los filósofos ilustrados, escritos por L. Bernard, E. Bogardus y otros historiadores reaccionarios norteamericanos del pensamiento social, no se les menciona en absoluto, y cuando se habla de ellos se les considera como idealistas y teólogos, defensores de los intereses de los grandes capitalistas. W. Z. Foster ha señalado la necesidad de superar la actitud nihilista hacia las mejores tradiciones del pensamiento democrático norteamericano, cuyos legítimos herederos son la clase obrera y las masas trabajadoras de los Estados Unidos.
{14} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 27, 1955.
{15} J. Priestley, Obras escogidas, trad. rusa, pág. 9, Moscú, 1934.
{16} Ibídem, pág. 22.
{17} Ibídem, pág. 195.
{18} J. Priestley, Obras escogidas, ed. cit., pág. 265.
{19} Ibídem, pág. 279.
{20} Ibídem, pág. 80.
{21} J. Priestley, Obras escogidas, ed. cit., pág. 258.
{22} Ibídem.
{23} Ibídem, pág. 259.
{24} Ibídem, pág. 260.