Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo VIII: 1
1. Los pensadores ilustrados norteamericanos durante la segunda mitad del siglo XVIII. Franklin, Jefferson y Paine.
Los primeros colonos llegaron a los Estados Unidos con los prejuicios feudales y religiosos que traían de su vieja patria. Después de haberse liberado del fanatismo católico, los colonos puritanos impusieron en su nueva tierra un fanatismo no menos implacable. También en Norteamérica se llegó con frecuencia a verdaderos procesos de “brujas”, que por su crueldad no tenían nada que envidiar a los organizados por la Inquisición católica medieval.
Sobre la base del desarrollo de las relaciones económicas burguesas, fue gestándose un pensamiento social avanzado y una cultura progresiva en un proceso de superación de los prejuicios esclavistas, de las ideas feudales y del fanatismo religioso.
Como en los países europeos, en el siglo XVIII surgió y comenzó a desenvolverse la Ilustración burguesa, que era un arma de lucha en manos de la burguesía contra las tradiciones feudales medievales en las instituciones y en las ideas.
A la vez que se enfrentaban al catolicismo, los ilustrados norteamericanos se planteaban la tarea de denunciar la esencia reaccionaria del puritanismo, que gozaba de una enorme influencia en aquel tiempo, especialmente en las colonias inglesas, y que propugnaba en Norteamérica un fanatismo religioso muy activo.
Entre los paladines norteamericanos del puritanismo figuraba Juan Elliot (1604-1690). Siendo como era un fanático exponente de la teología puritana, propagaba celosamente las tesis fundamentales de la Biblia. Como los escolásticos medievales, veía en el “problema” del pecado uno de los problemas filosóficos fundamentales; afirmaba que el Diablo interviene abiertamente en la marcha de los acontecimientos y que se opone por doquier al poder de Dios. A los colonos puritanos los declaraba portadores de la gracia divina, a quienes Dios mismo había encomendado luchar contra las intrigas del Diablo. Elliot sostenía ardorosamente el carácter pecador de nuestra existencia y, siguiendo a Platón, afirmaba que el mundo sobrenatural de las ideas determinaba la existencia de las cosas reales, Aseguraba también que la investigación científica de la naturaleza podía llevar fácilmente a la herejía, Aunque se manifestaba demagógicamente en defensa de los indios, declarando que todos los hombres eran “iguales en el pecado”, Elliot, como otros puritanos y católicos, apoyaba de hecho la esclavitud. En su Bosquejo de historia política de los Estados Unidos, escribe William Z. Foster: “El célebre predicador puritano Juan Elliot no se opuso en absoluto a la esclavitud. Incluso después de la proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuando se desarrollaba [519] en el país un amplio movimiento en favor de la liberación de los negros, la Iglesia, aduciendo textos bíblicos y precedentes sagrados, defendía casi unánimemente en los Estados del sur, y en nombre del cristianismo, el régimen esclavista.”5
Los representantes más avanzados de la Ilustración norteamericana criticaban a Elliot y a otros puritanos, así como a los ideólogos católicos, no sólo por su concepción teológica del mundo, sino también por sus intentos de justificar la esclavitud. También censuraban a Elliot por su doctrina teocrática del Estado, conforme a la cual el poder civil no sólo debía someterse al poder eclesiástico, sino que debía hacer dejación de sus propias funciones en favor de este último.
Otro ideólogo puritano fue Cotton Mather (1663-1728). Como los escolásticos medievales, consideraba a la ciencia y a la filosofía como siervas de la teología. Exigía que la ciencia y la filosofía se asignaran como objeto de estudio el mundo sobrenatural, y atribuía una gran importancia no sólo a la demostración de la existencia de Dios, sino también a la fundamentación de la del Diablo. A su modo de ver, las leyes de la naturaleza debía probar la grandeza de Dios y la inconsistencia del Diablo.
En aquella época, el representante más destacado del idealismo en los Estados Unidos era Samuel Johnson (1696-1772).
Johnson trataba de difundir la teología con ayuda de argumentos idealistas subjetivos berkeleyanos. Según él, las cosas sólo existen mientras hay sensaciones humanas; en cambio, las ideas divinas son anteriores al hombre y a sus sensaciones. Armonizando el idealismo subjetivo de Berkeley y el idealismo objetivo de Platón, aseguraba Johnson, por un lado, que los objetos del mundo material existen como conjuntos de sensaciones y, por otro, que no son sino sobras de las ideas divinas existentes en otro mundo.
Al exponer sus ideas de un modo más refinado que los predicadores puritanos por el estilo de Elliot, Johnson se hizo acreedor al reconocimiento de su doctrina en las instituciones docentes norteamericanas. Por esta razón, los pensadores ilustrados norteamericanos daban una importancia especial a la crítica de Johnson.
Un eminente representante de la Ilustración burguesa del siglo XVIII en los Estados Unidos fue Benjamín Franklin (1706-1790). Franklin era el típico sabio de formación enciclopédica. En él se fundían el político y el filósofo, el hombre de ciencia y el técnico. Era un representante de las capas burguesas del “tercer estado”, interesadas vitalmente en aquel tiempo en el incremento de las fuerzas productivas, en la creación de nuevas empresas industriales y en el perfeccionamiento de la agricultura.
Franklin nació en Boston y era hijo de una fabricante de jabón y de velas de sebo. A los doce años se vio obligado a trabajar como aprendiz en la imprenta de su hermano. Dotado de un talento literario poco común, estudió la literatura más diversa y colaboró en el periódico de su hermano.
Ya en este período de su actividad, conoció a fondo los trabajos filosóficos de Locke e, influido por sus ideas, rápidamente se sintió decepcionado por los dogmas religiosos oficiales, Poco tiempo después marchó a Inglaterra a “buscar la felicidad” en sus imprentas. Allí conoció personalmente [520] al filósofo inglés Mandeville, continuador de las ideas de Hobbes v Locke. La crítica a que sometía Mandeville a la moral feudal-eclesiástica afianzó definitivamente a Franklin en sus posiciones ilustradas.
Más tarde regresó a Norteamérica. Ya como propietario de una imprenta en Filadelfia (1727), se convirtió en un burgués acomodado y en uno de los dirigentes más populares de la burguesía norteamericana. Franklin realizó una amplia labor de carácter ilustrado, fundó nuevos periódicos y creó bibliotecas. A iniciativa suya se organizó en Filadelfia una sociedad filosófica ilustrada para la difusión de los conocimientos científico-naturales, filosóficos y políticos. Esta sociedad no se distinguía por su radicalismo ni pretendía criticar los dogmas religiosos; se limitaba a difundir moderadamente las concepciones teístas y a oponerse a la intervención de la teología en la ciencia. Más tarde se hizo diplomático, actuó abiertamente como un paladín de la independencia de Norteamérica, saludó a la revolución burguesa de Francia y adquirió un renombre universal como luchador contra el feudalismo y su ideología. Un busto de Franklin fue colocado en el club de los jacobinos.
Aunque simpatizaba con los acontecimientos revolucionarios de Francia, Franklin expresó más de una vez el temor de que, a consecuencia de la lucha revolucionaria, el pueblo francés saliera de los alrededores de París a la palestra histórica.
Franklin se ganó merecida fama como eminente sabio y audaz innovador en las ciencias naturales. En su conocido Viaje de Petersburgo a Moscú, A. N. Radíschev le llamaba arquitecto de la ciencia de la electricidad.6 Como hombre de ciencia y filósofo ilustrado, Franklin se atenía a la divisa de Bacon de que la ciencia natural es la madre de todas las ciencias. Sus investigaciones teóricas las conjugaba con las tareas técnicas.
Sus indagaciones en el campo de la electricidad y, sobre todo, la invención del pararrayos, le dieron una fama universal. La Royal Society de Londres le eligió miembro suyo.
La idea de construir un pararrayos no sólo tuvo una enorme importancia práctica, sino que fue también un duro golpe para los prejuicios religiosos. No sin razón decían de Franklin los ilustrados franceses: “Hizo caer el rayo del cielo y los cetros de los tiranos.”
El clero fanático sometió el invento del pararrayos y toda la actividad científico-natural de Franklin a la execración de la Iglesia. Empezaron a calificarle de hereje e impío, aunque no sustentaba en absoluto una posición atea y estaba dispuesto a conciliar las ciencias naturales con una teología moderada.
En sus indagaciones económicas y sociológicas, Franklin se mostraba como un ideólogo del régimen social burgués. Marx señaló más de una vez, refiriéndose a Franklin, que ya “en su primera obra de juventud... formuló la ley fundamental de la economía política moderna”.7 Franklin llegó a ver por sí mismo en el trabajo humano la medida del valor. Sin embargo, no podía comprender la verdadera esencia del trabajo y frecuentemente lo consideraba desde un punto de vista pequeñoburgués, como [521] cualquier “actividad”, incluyendo también la del capitalista. Por esta razón, señalaba Marx que “el análisis del valor de cambio, realizado por Franklin, no ha ejercido una influencia directa sobre la marcha general de la ciencia, puesto que él se limita a tratar problemas particulares de la economía política con motivo de tareas prácticas determinadas.”8
En una nota a la segunda edición del primer tomo de El Capital, Marx decía especialmente de Franklin:
“Uno de los primeros economistas que comprendió, después de William Petty. la naturaleza del valor, el famoso Franklin, dice: «Puesto que el comercio no es sino el cambio de unos trabajos por otros, como más exactamente se determinará el valor de todos los objetos será tasándolos en trabajo». Franklin no se da cuenta de que, al tasar en «trabajo» el valor de todos los objetos, hace abstracción de la diversidad de los trabajos que se cambian, reduciéndolos a un trabajo humano igual. No se da cuenta de ello, pero lo dice. Primero, habla de «unos trabajos», luego de «otros» y por último de «trabajo» en general, como sustancia del valor de todos los objetos.”9
Marx señalaba en El Capital que Franklin define al hombre como el animal que fabrica instrumentos. Sin embargo, al abordar de un modo idealista la sociedad, Franklin no pudo sacar de esta notable tesis profundas conclusiones de carácter general. En fin de cuentas, sólo pretendía subrayar la misma idea que sustentaba en sus indagaciones científico-naturales, a saber: que la sociedad burguesa no puede existir, si no dispone de instrumentos de trabajo perfeccionado, es decir, sin técnica.
A la pregunta de qué es lo que determina, en última instancia, la vida social, Franklin respondía como un ilustrado: el desarrollo del conocimiento. Para Franklin la historia de la humanidad se reducía a la historia de la razón. Y el objetivo final del progreso social era para él la democracia burguesa moderada.
Como en otros pensadores ilustrados norteamericanos, los problemas morales ocupaban un lugar importante en la concepción del mundo de Franklin. A la moral eclesiástica, de casta, feudal, contraponía una moral rigurosamente individualista, típicamente burguesa. Franklin comprendía que las relaciones medievales frenaban el desarrollo de las fuerzas productivas, impidiendo el libre desenvolvimiento de la industria capitalista. Por esta razón, sus prédicas en favor del individualismo coincidían en él con el ideal de la libertad de comercio y de la libre empresa.
La moral individualista de Franklin se hallaba vinculada íntimamente a sus ideas políticas, a su crítica de la administración inglesa en América, cuyo poder ilimitado atentaba contra los “derechos sagrados del individuo”.
Las concepciones éticas de Franklin no sólo contradecían las de la Iglesia Católica, sino también las de las numerosas iglesias reformadas y sectas de Norteamérica. Al proclamar que la personalidad humana era el criterio primero y fundamental de la moral, del “bien” y del “mal”, Franklin rechazaba los dogmas religiosos en el campo de la ética, conforme a los cuales las ideas y los actos humanos deben sujetarse a la voluntad divina. [522]
De hecho, la moral individualista de Franklin era la moral del egoísmo racional, pero los adeptos de las sectas norteamericanas consideraban al “egoísmo”, junto con la “razón”, como los extravíos más funestos para la humanidad. La moral eclesiástica la criticaba Franklin desde posiciones ilustradas moderadas. En esta crítica se manifestaba especialmente su tendencia al compromiso. Partiendo de ideas teístas, es decir, de la tesis de que Dios existe, pero sin intervenir en los asuntos humanos ni en los de la naturaleza, Franklin sostenía que la religión no debía imponer coactivamente reglas de conducta al hombre. Pero, al mismo tiempo, aseguraba en todos los tonos que la fe en Dios y en la inmortalidad del alma son la mejor garantía de la conducta moral y el fundamento de ella. A esto se debe que Franklin exhortara a los norteamericanos a seguir los dogmas de la fe, “demostrando” el interés directo de la concepción religiosa del mundo para cada hombre.
Franklin no estaba de acuerdo con las concepciones irracionalistas de la moral. Proclamaba a la razón y al “buen juicio” legisladores de la moral, se reía del altruísmo y contraponía a éste el principio del utilitarismo. Á veces dio un apoyo ideológico al acaparamiento burgués y con ello contribuyó, independientemente de sus intenciones subjetivas, al culto del “business” capitalista, tan difundido en Norteamérica. En' un trabajo suyo sobre problemas morales, publicado con el significativo título de Consejos a un joven comerciante, formulaba las recomendaciones siguientes:
“Recuerda que el tiempo es oro. Supongamos que un hombre que podía ganar 10 chelines al día, pasó la mitad de la jornada dando un paseo o tendido en un diván; él cree que sólo gastó 6 peniques en esta satisfacción. Pero no es así. Tiró también los 5 chelines de su salario posible... Recuerda que, por su propia esencia, el dinero no es, en modo alguno, inútil. El dinero puede engendrar dinero, y de sus retoños pueden nacer nuevos descendientes... Cuanto más dinero se tenga contante y sonante, tanto más dinero produce, puesto que el beneficio crece y más rápidamente. Quien mata una cerda preñada, mata toda su descendencia hasta la generación número mil. Pero quien destruye una moneda de cinco chelines, destruye también todo lo que puede producir, o sea un montón de libras esterlinas.”10
La citada obra de Franklin, en la cual pretendía refutar la moral feudal del “despilfarro”, partiendo de las posiciones de la moral burguesa, se ha convertido en el “evangelio” de muchos “businessman” norteamericanos que proclaman la caza de beneficios capitalistas como el supremo principio moral.
Pero no consiste en esto el meollo de la concepción del mundo de Franklin. Además de sus Consejos a un joven comerciante, tiene muchos escritos en los que ensalza al trabajo, critica el parasitismo e incluso llega a condenar, desde un ángulo democrático-burgués, la “desmesurada propiedad” de los grandes magnates del capital. Siendo como era partidario de la democracia burguesa, temía Franklin que los ricos, movidos por la codicia, se convirtieran en nuevos “feudales”, abandonando así los principios democrático-burgueses.
Las concepciones filosóficas de Franklin tenían un carácter teísta. Dios era, para él, el creador del universo y quien había dado a éste el primer [523] impulso. Pero, una vez creada, la naturaleza tiene una realidad propia, sujeta a las leyes que, de modo inmanente, son propias de ella. Al reconocer la existencia de un nexo causal entre los fenómenos, rechazaba el modo teleológico de explicar la naturaleza. El conocimiento de las causas permite, decía Franklin, prever los efectos.
En teoría del conocimiento, Franklin compartía las ideas sensualistas, con la particularidad de que la sensación era para él un reflejo del mundo material. Más de una vez expresó la idea de que las sensaciones tienen su origen en la acción que los objetos materiales ejercen sobre los órganos sensoriales del hombre.
Franklin intentó superar, en “algunos casos, el trivial empirismo que había tomado de los investigadores ingleses de la naturaleza. Reiteradas veces, sobre todo en sus trabajos científico-naturales, señaló la importancia de la investigación teórica.
La burguesía norteamericana ha consagrado no pocos libros y opúsculos a Franklin, llamándole “genio nacional”; sin embargo, incluso cuando se hallaba en su primera fase de desarrollo, en su fase progresiva, silenció por todos los medios cuanto había de valioso y de radical en la actividad ilustrada de Franklin. Ello explica que los lectores de Inglaterra, Francia y Rusia conocieran muchas obras de Franklin antes que los propios lectores norteamericanos.
En la actualidad, las personalidades sociales avanzadas y los hombres progresivos de los Estados Unidos aprecian objetivamente a Franklin, pensador ilustrado e investigador de la naturaleza. En cambio, la prensa reaccionaria norteamericana tergiversa las ideas de Franklin.
Tomás Jefferson (1743-1826) es también un eminente pensador ilustrado de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Sus ideas filosóficas y político-sociales reflejaban las contradicciones entre las capas democráticas y conservadoras de la burguesía norteamericana.
Jefferson nació en Virginia en el seno de una familia aristocrático-feudal, lo que no fue obstáculo para que se adhiriese al partido antibritánico. En 1769 fue elegido miembro de la Asamblea Legislativa de Virginia y de ella formó parte hasta que fue disuelta por el gobernador inglés. En la lucha contra la dominación británica y por la independencia de Norteamérica, Jefferson combinó diestramente su actividad legal con el trabajo revolucionario clandestino. Fue miembro de la Junta secreta de correspondencia.
Jefferson se hizo popular como autor de un mordaz folleto en el que censuraba al rey inglés Jorge III. Por este folleto el gobierno inglés lo declaró fuera de la ley en 1774. Un año después se le eligió miembro del Congreso norteamericano.
Las actividades de Jefferson en Virginia provocaron un fuerte disgusto entre los representantes de la gran burguesía, que se distinguían por su gazmoñería e intolerancia religiosa.
El período más interesante de su vida fue el de su estancia en Francia como embajador de su país desde 1785 a 1789, es decir, en vísperas de la revolución burguesa francesa. Valiéndose de su posición oficial, Jefferson entró en relación directa con los ilustrados franceses, fue asiduo visitante de los salones democrático-burgueses y amigo personal de Cabanis, por conducto del cual conoció las ideas de la Mettrie. El trabajo de Cabanis [524] Relaciones entre la naturaleza física y moral del hombre inició a Jefferson en la física materialista de Descartes. También estudió las obras de Helvecio Del espíritu y Sobre el hombre; de ellas aceptó firmemente la tesis de que todo lo que es inasequible para los sentidos, también lo es para la razón; la idea de que el hombre depende del mundo circundante, y otras.
En 1787 Jefferson publicó en Francia sus Notas sobre Virginia, en las que exponía algunas ideas democráticas avanzadas y se pronunciaba, en particular, contra la esclavitud en América.
En Francia vivió hasta los acontecimientos revolucionarios de 1789. Se dice que, pese a su situación oficial como embajador extranjero, asistió como “observador” al asalto de la Bastilla.
De 1790 a 1793 fue secretario de Estado. Expresó abiertamente su solidaridad con la revolución burguesa de Francia y prestó a la joven república francesa no sólo su apoyo moral y diplomático, sino también una ayuda directa política, e incluso económica. Esto disgustó fuertemente a la mayor parte de la burguesía norteamericana y Jefferson se vio obligado a renunciar a su puesto de secretario de Estado.
Jefferson defendía la igualdad de todos los hombres ante la ley y era enemigo por principio de los privilegios de casta. Sin embargo, la mayor parte de su programa ilustrado no llegó a aplicarse. Dejándose ganar por el espíritu de conciliación con la gran burguesía y con los esclavistas, dejó intacto, sobre todo, el vergonzoso régimen de esclavitud en América. La labor de Jefferson en la presidencia de la nación demostró palmariamente sus limitaciones de clase.
Más tarde, Jefferson renunció de hecho a la lucha política activa. consagrándose a las labores educativas. A él se debe la fundación de la Universidad de Virginia.
La “Declaración de Independencia de los Estados Unidos”, escrita por Jefferson, sirve en forma especial para caracterizar sus ideas filosóficas y político-sociales. Junto a los problemas puramente políticos, examina en ella algunas cuestiones filosóficas, revelándose como un continuador de las concepciones de los filósofos avanzados del siglo XVIII.
Jefferson partía de la idea de que, por su nacimiento, todos los hombres son iguales. Consideraba el régimen estamental como un régimen ilegítimo, fruto antinatural de una legislación reaccionaria. En virtud del derecho natural, decía también, los hombres son libres. Sin embargo, a diferencia de los materialistas franceses, fundamentaba el derecho natural desde las posiciones del teísmo. Admitía la existencia de un Dios que ha creado la naturaleza y la sociedad, pero que no interviene en la marcha de las cosas. “Creemos que son evidentes estas verdades –afirmaba en la Declaración–: que todos los hombres fueron creados iguales, que su creador los dotó de ciertos derechos inalienables...”11
Defendiendo la teoría del “contrato social”, sostenía Jefferson que hay derechos naturales inalienables a los que el hombre no puede renunciar en ningún caso, El contrato social que priva al pueblo de los derechos “a la vida y a la libertad, y de la aspiración a la felicidad” no tiene fuerza de ley. [525]
Aunque concebía la libertad en un sentido burgués, como libertad de propiedad privada, sus ideas democrático-burguesas e ilustradas asestaron sensibles golpes a la ideología feudal, de casta, que trataba de justificar la falta de derechos del “tercer estado” apelando a la autoridad divina. Remitiéndose a Dios, Jefferson fundamentaba la necesidad de una república democrático-burguesa y de una igualdad formal. Y exigía que el régimen de estamentos dejara paso a un régimen abiertamente de clases.
Fundamentando el principio de la soberanía popular, escribía Jefferson en su “Declaración de Independencia”: “Para garantizar estos derechos (es decir, los derechos a la vida y a la libertad, y la aspiración a la felicidad. Red.) se han instituido gobiernos entre los hombres que basen su autoridad en el consentimiento de los gobernados...; si una forma de gobierno resulta perniciosa para el cumplimiento de este fin, el pueblo tiene derecho a cambiar o abolir el gobierno y a instituir otro nuevo, basado en esos principios y con una organización del poder que, a juicio del pueblo, sea el que más pueda contribuir a su seguridad y a su felicidad.”12
Aunque Jefferson concibiera la soberanía popular de un modo formal, es evidente que la idea misma de la soberanía popular desempeñó un papel progresivo. La burguesía imperialista de los Estados Unidos atenta hoy contra la soberanía de los pueblos; por esta razón arroja por la borda las mejores tradiciones jeffersonianas.
Ya en tiempos de Jefferson, la burguesía norteamericana trató de castrar las ideas más progresivas y más avanzadas de su “Declaración”. Incluso una moderada y tímida intervención de Jefferson contra la esclavitud y el comercio de esclavos fue acogida hostilmente por el Congreso, y se tachó el párrafo de la “Declaración de Independencia” en el que se condenaba la esclavitud.
En su “Declaración”, Jefferson adoptó las posiciones de la revolución burguesa. No sólo reconocía el derecho del pueblo a desobedecer a las autoridades reaccionarias, sino incluso a la insurrección armada. “... Cuando una larga serie de abusos y usurpaciones –escribía Jefferson– revela la intención de avasallar al pueblo sometiéndolo a un despotismo ilimitado, el pueblo no sólo tiene el derecho, sino el deber de derrocar al gobierno...”13
Ateniéndose a una concepción idealista de la historia, Jefferson creía que el desarrollo social es fruto de la actividad del legislador y proclamaba el derecho fundamento de la sociedad. Concebía al hombre como un ser biológico, movido por el instinto de autoconservación. Criticaba el régimen feudal, de casta, sobre todo desde el punto de vista de la moral humanista de la Ilustración.
Su concepción del mundo, que contenía elementos de materialismo, adolecía de limitaciones teístas. A diferencia de los materialistas franceses del siglo XVIII, no criticaba a la religión, sino a sus representantes. No era ateo, sino anticlerical. Rechazaba la dogmática cristiana para sustituirla por su llamada “religión racionalista”.
En su teoría del conocimiento, Jefferson se aproximaba al sensualismo de Locke. Pero aunque reconocía al mundo exterior como fuente de [526] los conocimientos humanos y consideraba a las sensaciones como resultado de la acción de la naturaleza sobre el organismo humano, admitía también, en algunos casos, las ideas innatas y, en este sentido, se inclinaba hacia el racionalismo idealista de Descartes.
Como destacada personalidad en el campo de la enseñanza superior, luchó por independizar a la ciencia y a la educación de la tutela eclesiástica. Frente a los oscurantistas norteamericanos que veían en las ciencias naturales y en la filosofía de la Ilustración una “amenaza a la moral pública”, demostraba que existía una compatibilidad por principio entre las ciencias naturales y la filosofía, de una parte, y la moral, de otra. Defendió con audacia a los ateos militantes como Diderot y Holbach, llamándolos “hombres de bien” que, desde el punto de vista moral, estaban cien codos por encima de los activos apologistas de la Iglesia.
Pero, al mismo tiempo, Jefferson llegaba a un compromiso con los clérigos, declarando que el amor a Dios y la religiosidad pueden ser fuente de una conducta “verdaderamente moral”.
Estas manifestaciones de Jefferson, que revelaban un espíritu de compromiso con la religión y que se hallaban en contradicción con sus propias ideas democrático-burguesas ilustradas y anticlericales, fueron -aprovechadas posteriormente, y lo son en la actualidad, para tergiversar el pensamiento del gran ilustrado norteamericano.
En unos casos, Jefferson defendía y sustentaba ideas democrático-burguesas radicales, que le acercaban a los paladines de la Ilustración francesa como Rousseau; en otros, propugnaba' una componenda con la gran burguesía norteamericana, e incluso con los elementos probritánicos y esclavistas. Basándose en esto, algunos filósofos, sociólogos e historiadores reaccionarios de los Estados Unidos avivan por todos los medios los aspectos negativos de su actividad ilustrada y prescinden del contenido democrático de su labor teórica y práctica. Los comunistas y los hombres de ciencia norteamericanos libran una lucha justa para que sea valorada correctamente la figura de Jefferson, quien, pese a sus defectos, desempeñó un papel importante como dirigente de la Ilustración norteamericana y como filósofo que difundió en el suelo norteamericano las ideas de Locke y de los materialistas franceses del siglo XVIII.
El representante más radical del movimiento antifeudal, ilustrado, en Norteamérica fue Tomás Paine (1737-1809).
Nació en Inglaterra. Fue funcionario inferior del fisco, empleo del que le despidieron por sus convicciones “antigubernamentales”; en 1774 partió para América. Aquí, gracias a las recomendaciones, adquirió rápida fama como publicista que fustigaba el despotismo de la corona inglesa y defendía Ja independencia de los Estados Unidos. Su trabajo El sentido común (1776) se convirtió en un valioso instrumento ideológico en la lucha por independizar a las colonias inglesas de la metrópoli. Paine llegó a ser uno de los jefes del movimiento ilustrado norteamericano y un activo dirigente político durante la guerra de independencia. De 1776 a 1783 dirigió una publicación especial, La Crisis, en la que se dirigía directamente a las masas populares, invitándolas a luchar contra sus esclavizadores ingleses.
Terminada la guerra, regresó a Inglaterra, donde siguió actuando como un ilustrado y como un paladín del régimen republicano. En 1791-1792 [527] vio la luz su trabajo Los derechos del hombre, en el que condenaba el régimen feudal y de casta, criticaba al gobierno inglés y exhortaba al pueblo inglés a seguir el camino de la revolución burguesa de Francia.
Las autoridades inglesas persiguieron a Paine por sus actividades en el país y le obligaron a abandonar la patria. En Francia tomó parte activa en la revolución, fue elegido miembro de la Convención y publicó una obra antirreligiosa titulada La edad de la razón. Algunos trabajos suyos estaban dedicados a la crítica del régimen agrario en España. Sin rebasar el marco del democratismo burgués, protestaba en esas obras contra la opresión de los campesinos franceses y contra la “injusta distribución de la propiedad en el campo”. Sin embargo, Paine se oponía a una profundización cada vez mayor de la revolución francesa, se manifestaba contra el movimiento jacobino y en favor de los girondinos. Gracias a la intervención de Jefferson, pudo salvarse de la persecución de los jacobinos. En 1802, regresó a América y allí, en plena miseria, se apagó su vida.
Después de su victoria, la burguesía norteamericana consideró a Paine demasiado “izquierdista” y lo catalogó entre los ateos. Para los actuales filósofos y sociólogos de los Estados Unidos, Paine es una de las figuras más odiosas. Execran su “democratismo” y su “ateísmo” y critican sus concepciones “materialistas”.
En su concepción del mundo Paine adoptaba una posición teísta, reconociendo que Dios es la “causa primera” del universo. Pero, a la vez, subrayaba más resueltamente que otros teístas la independencia de la naturaleza respecto de Dios. Con frecuencia se mostraba como un materialista metafísico y mecanicista, aunque inconsecuente. Precisamente sobre esta base se produjo el conflicto entre él y Franklin. Este le reprochaba sus formulaciones “a la ligera” que convertían de hecho a la naturaleza en la única realidad, al paso que reducían a Dios a una mera “hipótesis”. A Franklin le inquietaba, sobre todo, el intento de Paine de propagar sus ideas entre las amplias masas populares. En su obra La edad de la razón, Paine subrayaba la falta de fundamento de todas las religiones, empezando por la católica y terminando por las “religiones racionalistas” de las sectas norteamericanas.
En La justicia agraria (1797), obra que provocó gran sensación, Paine criticaba a la teología. Si todo ha sido creado por Dios y todo persigue fines racionales divinos, advertía Paine con ironía, ¿qué fines perseguía Dios al crear a los ricos y a los grandes terratenientes, que no saben qué hacer ni cómo gastar su fortuna, y al crear a los pobres y a los campesinos, que se mueren de hambre?
Paine criticaba la idea de un mundo trascendente. Afirmaba que sólo existe la naturaleza y sus leyes, y que, por esta razón, debemos orientarnos hacia la tierra y hacia las relaciones terrenas. Negaba los desvaríos religiosos sobre los milagros y sometía la teología al tribunal de la razón. En la época de las revoluciones burguesas veía abiertamente la edad de la razón y, siguiendo a Holbach, afirmaba que sólo una mente enferma podía engendrar la idea de la existencia de otro mundo. Sostenía que el hombre puede vivir de un modo racional y feliz, si basa su actividad en el conocimiento de las leyes de la naturaleza. Creía en el poder ilimitado de la razón humana y, en ocasiones, trató de superar el punto de vista del agnosticismo. [528]
Planteándose especialmente el problema de la formación de los conceptos, Paine señalaba que incluso los pensamientos más abstractos que brotan de la mente humana no surgen arbitrariamente, sino que son el resultado de la acción de las cosas y de los fenómenos del mundo material sobre el hombre. Al criticar la teología, contraponía a ella el principio de la causalidad objetiva, entendida, sin embargo, como causalidad mecánica.
Paine consideraba que las contradicciones no son propias de las cosas y de los procesos reales, sino pura y exclusivamente del pensamiento humano. Por ello, recomendaba no descubrirlas, sino evitarlas.
Sus concepciones sociológicas se acercaban, en alto grado, a las de Rousseau. Sustentaba la teoría del “contrato social”. Por su nacimiento, todos los hombres son iguales, afirmaba Paine. La naturaleza ignora los privilegios de casta; por esta razón, la desigualdad de los hombres no es natural, sino “artificial”. Para Paine, la fuente del poder reside en el pueblo, entendiendo por éste el “tercer estado”, y viendo en la burguesía al “principal representante de las masas populares”.
Aunque se distinguía ventajosamente de muchos ilustrados al señalar la necesidad de la lucha política, sin embargo, ponía en guardia contra todo intento de utilizar el poder político para transformar sucesivamente el régimen social. Como otros pensadores ilustrados norteamericanos, Paine era un defensor del régimen burgués.
A los ilustrados se unió también Joel Barlow (1754-1812), que habiendo sido primero sacerdote se convirtió más tarde en un brillante propagandista de las ideas ilustradas y en el más íntimo compañero de Paine.
En su famosa Carta a la Asamblea Nacional Francesa..., publicada en 1792, Barlow criticaba la Constitución francesa de 1791 por su insuficiente carácter democrático y, desde las posiciones de la revolución burguesa, proclamaba la soberanía del pueblo como punto de partida de la organización estatal. Era un resuelto enemigo de los privilegios feudales, de casta, y como otros ilustrados señalaba la incompatibilidad entre el régimen feudal y los derechos naturales del hombre.
A Barlow le interesaban, sobre todo, las relaciones sociales, abordándolas de un modo idealista. A juicio suyo, la sociedad se mueve impulsada por las ideas avanzadas, por las ideas de la razón y de la libertad. Mientras que el régimen feudal representa para Barlow un fruto de los extravíos humanos, la república democrático-burguesa marca para él la culminación del progreso de la “idea de libertad”. En sus obras poéticas (el poema Colombiada y otras), Barlow exhortaba a luchar por la felicidad del pueblo y exigía que el arte se pusiera a su servicio.
De la misma manera que los ilustrados franceses se plantearon abiertamente la tarea de luchar contra la reaccionaria ideología feudal y clerical, así también los ilustrados norteamericanos del siglo XVIII, influidos por las ideas avanzadas de la Ilustración revolucionaria francesa, asestaron firmes golpes a las concepciones feudales y a las doctrinas religiosas, que dominaban en el continente americano. [529]
{5} W. Z. Foster, Bosquejo de la historia política de los Estados Unidos, trad. rusa, pág. 134, Moscú, 1955.
{6} A. N. Radíschev, Viaje de Petersburgo a Moscú. A. N. Radíschev, Obras completas, edición rusa, t. I, pág. 391, Moscú-Leningrado, 1938.
{7} C. Marx; Contribución a la crítica de la economía política, traducción rusa, pág. 44, 1953.
{8} C. Marx, Contribución a la crítica de la economía política, ed. cit., pág. 46.
{9} C. Marx, El Capital, trad. española de W. Roces, t. I, vol. 1, pág. 57.
{10} Franklin, The Works, vol. II, págs. 33-34, Londres, 1806.
{11} Declaración de Independencia. Artículos de la Confederación. Constitución de los Estados Unidos, pág. 3, Nueva York, 1919.
{12} Declaración de Independencia, ed. cit. (cursiva nuestra. Red.)
{13} Ibídem, pág. 3-4.