Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo VII: 6
6. El pensamiento político francés en los años de la revolución burguesa (1789-1794).
Durante el período de la revolución burguesa de Francia de los años 1789 a 1794 se produjo un deslinde ideológico-político de las diversas fuerzas antifeudales y se agudizó la lucha entre los ideólogos de la gran burguesía y los ideólogos de las capas democrático-pequeñoburguesas, semiproletarias y proletarias. Esta lucha ideológico-política se expresó también en el dominio de la filosofía, especialmente en la sociología.
Una vez en el poder, la gran burguesía hizo pública el 26 de agosto de 1789 la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que proclamaba los derechos “naturales”, “inalienables” y “sagrados” del hombre, la igualdad jurídica formal de todos los ciudadanos, y afirmaba el principio de la libertad individual, de la libertad de palabra, de cultos, la distribución equitativa de los impuestos, etc. El derecho de propiedad privada se proclamaba también “sagrado e inviolable”.
La Constitución de 1791 estableció en Francia una forma representativa de gobierno –la monarquía constitucional burguesa– con una división de los ciudadanos en “activos” y “pasivos” de acuerdo con el censo de bienes.
En la Declaración de 1789 y en la Constitución de 1791, la gran burguesía legitimó sus intereses de clase, opuestos a los de las masas proletarias y semiproletarias. Asustada por el desarrollo y las proporciones del movimiento revolucionario de las masas populares, la gran burguesía emprendió el camino de la contrarrevolución,
Después de la expulsión de los girondinos del seno de la Convención y del establecimiento de la dictadura jacobina en 1793, se trazó un programa [509] de transformaciones democrático-burguesas y se procedió a su realización. La Constitución jacobina de 1793, que no llegó a entrar en vigor por la guerra civil, defendía el principio de la soberanía popular siguiendo las ideas político-sociales de Rousseau, abolía el censo de bienes, la división de los ciudadanos en “activos” y “pasivos”, etc.
La nueva Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que precedía a la Constitución de 1793, se distinguía de la Declaración de 1789 por su carácter democrático-burgués; sin embargo, también en ella se consideraba inviolable el derecho de propiedad de los ciudadanos.
Durante el período de la revolución burguesa de Francia, los pensadores más importantes de la gran burguesía, en el campo de la filosofía y de la sociología, fueron Condorcet, Cabanis y Volney.
Juan Antonio Nicolás de Condorcet (1743-1794), de origen noble, era enemigo de la dictadura jacobina. Junto con los girondinos se pasó definitivamente al campo de la contrarrevolución. Acusado de conspirar contra la república, fue recluido en prisión y acabó suicidándose.
La obra filosófica fundamental de Condorcet lleva por título Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (1794).
Condorcet escribió la introducción al proyecto de Constitución, en la que se definía el derecho de propiedad como el derecho de cada ciudadano a disponer de sus bienes, de su capital, de sus ingresos y de su producción sin limitación alguna. Era partidario de las libertades burguesas y defensor de la propiedad privada burguesa; apoyaba asimismo la separación de la Iglesia y del Estado, la prohibición del comercio de esclavos y la implantación de un impuesto progresivo sobre la renta.
Condorcet concebía de un modo idealista los fenómenos de la vida social. Al defender la idea del desarrollo progresivo de la humanidad, veía la fuente de este progreso en el perfeccionamiento de la razón humana y en el enriquecimiento de nuestro saber. La historia de la sociedad la dividía arbitrariamnte en diez épocas: nueve de ellas formaban la sociedad; la décima se la imaginaba como el reino de la razón en la tierra y como el límite del progreso social. Condorcet idealizaba así la sociedad burguesa, que sustituía al feudalismo.
En filosofía se adhería a la doctrina de Voltaire. Continuando las ideas ilustradas volterianas, Condorcet veía en la religión, incluyendo al cristianismo, el fruto del engaño del pueblo por parte de los sacerdotes y funcionarios eclesiásticos.
El materialismo metafísico francés, que había desempeñado un papel histórico importante en la preparación de la revolución burguesa de 17891794, dejó paso, a fines del siglo XVIII, a un materialismo vulgar.
Las ideas del materialismo francés del siglo XVIII fueron vulgarizadas, tras de abandonar su espíritu combativo, por el filósofo, médico y fisiólogo Pedro Juan Jorge Cabanis (1757-1808) en su obra Relaciones entre la naturaleza física y moral del hombre (lecciones dictadas en el Instituto Nacional en los años 1796-1797).
Al admitir la existencia objetiva del mundo material, Cabanis resolvió de un modo materialista el problema fundamental de la filosofía; afirmaba, asimismo, la primacía de la “naturaleza física” del hombre, y el carácter secundario, derivado, de su “naturaleza moral”, es decir, de su conciencia. Sostenía Cabanis que la “sensibilidad” es el fundamento de toda [510] la “naturaleza moral” y que sin ella los hombres no podrían darse una idea de la existencia de las cosas exteriores ni tampoco de su propia existencia.
Afirmando que la teoría sensualista del conocimiento ya había recibido una fundamentación suficiente en Locke, Condillac y Helvecio, Cabanis concentró su atención en el estudio del proceso del pensamiento humano, derivándolo exclusivamente de la naturaleza fisiológica del hombre. Consideró el cerebro como un órgano especial destinado a producir ideas “de la misma manera que el estómago y los intestinos realizan la digestión, que el hígado segrega bilis o que las glándulas parótidas, submaxilares o sublinguales segregan la saliva”.120
Junto a la exigencia racional de dar una base fisiológica a la actividad pensante, en la tesis de Cabanis antes citada aparecía la tendencia vulgar a reducir el acto cognoscitivo a procesos puramerite fisiológicos. Con este motivo, Cabanis rechazaba la tesis materialista de que las sensaciones son la única fuente del pensamiento teórico. Junto al conocimiento sensible de los objetos externos, admitía también una sensibilidad interna. La solución del problema de las relaciones entre la conciencia y el ser la reducía a una investigación fisiológica del hombre, que englobaba a su vez el estudio de la formación de los conceptos y de los impulsos morales sujetos al influjo de la edad, del sexo, de la temperatura, del clima y de las condiciones de vida.
Las combativas concepciones ateas de los materialistas del siglo XVIII desaparecieron de la filosofía de Cabanis, apareciendo, en cambio, dudas escépticas sobre la posibilidad de conocer la verdad. Por sus convicciones políticas, Cabanis estaba cerca de los girondinos y, junto con ellos, se pasó al campo de la contrarrevolución, tomando parte posteriormente en el complot contrarrevolucionario del 18 Brumario.
Otro representante del materialismo vulgar en Francia en el siglo XVIII fue Constantino Francisco Volney (1757-1820), que combinaba eclécticamente el materialismo vulgar con el teísmo. Trivializando la doctrina ética de Helvecio, sostenía que el interés, el egoísmo, el afán de placer y la aversión al sufrimiento son la fuerza motriz del desarrollo social.
Volney defendía la conciliación de las contradicciones de clase y trataba de convencer a los desposeídos de que los ricos están dispuestos a supeditar sus intereses particulares a los de la sociedad. También propuso un plan cosmopolita para unificar a los pueblos en unos “Estados generales de Europa”. Los franceses debían ser, a juicio suyo, el “pueblo legislador”. Volney idealizaba y ensalzaba por todos los medios las guerras de conquista de Napoleón I. Las ideas de Condorcet, Cabanis, Volney y de otros filósofos y sociólogos de la gran burguesía francesa de fines del siglo XVIII demostraban la pérdida gradual de las antiguas tendencias revolucionarias entre los ideólogos de dicha clase, a la vez que ponían de manifiesto la aparición de rasgos conservadores, e incluso reaccionarios, en su concepción del mundo.
La revolución burguesa de Francia alcanzó su más alto nivel durante la dictadura jacobina. Los jacobinos ajustaron las cuentas de un modo revolucionario al caduco feudalismo. Su jefe político e ideólogo más destacado [511] fue Maximiliano Robespierre (1758-1794), discípulo de Rousseau, que propugnó la transformación revolucionaria, democrático-burguesa, de Francia.
Una vez proclamada la República, la gran burguesía que había traicionado a la revolución y se había unido a los aristócratas realistas emprendió el camino de la contrarrevolución. Robespierre presentó un proyecto jacobino de Constitución, que tenía por fundamento teórico las ideas democrático-burguesas de Rousseau. Apoyándose en las capas pequeñoburguesas y, en cierto grado, en las masas serniproletarias, derrotó a los girondinos. Robespierre, demócrata revolucionario y avanzado pensador político, se pronunció en defensa del teísmo y en contra del materialismo, que durante la revolución era aprovechado por los ideólogos de la gran burguesía y en el cual veían los partidarios de Robespierre un arma ideológica de la aristocracia y de la gran burguesía. A los ateos los llamaba enemigos del pueblo, afirmando que “el ateísmo es aristocrático”. Imbuido de las ideas pequeñoburguesas, pensaba que el Estado necesita a la religión, puesto que obliga a los ciudadanos a mirar con respeto y amor las leyes estatales. A la religión católica contraponía la doctrina racionalista, e idealista a la vez, del “Ser Supremo” que, según él, “defiende a la inocencia humillada y castiga al crimen triunfante”.
Juan Pablo Marat (1743-1793), pensador social e investigador científico, fue el jefe político más destacado de la democracia pequeñoburguesa. Expone sus ideas político-sociales en sus obras Las cadenas de la esclavitud (1774) y Proyecto de legislación criminal (1780).
Una crítica aguda del régimen feudal-absolutista, el odio a los opresores de las masas populares, la defensa de los intereses de los pobres frente a los ricos y el reconocimiento del sagrado derecho del pueblo a rebelarse contra sus opresores: tales son los rasgos característicos de la concepción revolucionaria de Marat, por la cual se hizo popular como “el amigo del pueblo”. Marat calificó la Declaración de 1789 de engaño de las masas populares y llamó a éstas a profundizar más y más la revolución.
“La grandeza histórica de los verdaderos jacobinos, de los jacobinos de 1793 –escribía Lenin–, estriba en que fueron “jacobinos con el pueblo”, con la mayoría revolucionaria del pueblo, con las clases revolucionarias avanzadas de su tiempo.”121
Los intereses de las capas bajas revolucionarias del pueblo eran expresados por los ebertistas, que formaban el ala más radical de los jacobinos. Juan Renato Eber y sus partidarios luchaban enérgicamente contra la Iglesia Católica, en la que veían justamente un instrumento de opresión de las masas populares. Al culto católico contraponían otro de carácter antirreligioso: el “culto patriótico” de la Razón. Muchos ebertistas se inclinaban hacia el teísmo.
Al lado de las masas populares revolucionarias estaba resueltamente Graco Babeuf (Francisco Noel, 1760-1797), ideólogo del comunismo utópico y activo revolucionario. Nació en Saint-Quentin y, desde su infancia, conoció la terrible vida de los pobres. Durante la revolución luchó contra [512] la aristocracia y al lado de la democracia burguesa revolucionaria. Criticó la Constitución de 1791, la significación explotadora de las “libertades” burguesas y exigió una legislación social para establecer la igualdad de bienes y abolir la división de la sociedad en pobres y ricos.
Desde las posiciones del comunismo utópico, Babeuf se manifestó en favor de la supresión de la propiedad privada y de la instauración de un régimen comunista o “sociedad de los iguales”. A juicio suyo, a la revolución burguesa de Francia de 1789-1794 debía suceder una nueva revolución, cuyo objetivo fuera abolir la desigualdad y la propiedad privada, y establecer el régimen de la “felicidad universal”. El paso al comunismo debería realizarse después de la victoria de los insurrectos y de la creación de un gobierno revolucionario.
Pese a su carácter utópico, las ideas de Babeuf expresaban en forma primitiva, todavía confusa, los intereses y las necesidades reales de la clase obrera francesa, aún no madura, pero ya consciente de su antagonismo con la burguesía. En el Manifiesto del Partido Comunista los escritos de Babeuf se incluyen en la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas ha expresado las reivindicaciones del proletariado.
La actividad de Babeuf y de sus seguidores es uno de los primeros jalones de la historia de la lucha de clase del proletariado contra la burguesía. El “Directorio secreto”, organizado por Babeuf a principios de 1796, se convirtió en el centro organizador de la insurrección.
La concepción científica de la vida social como proceso sujeto a leyes era ajena al comunismo de Babeuf, en el cual sólo se llegó a vislumbrar las clases y la lucha de clases. Las reflexiones de Babeuf sobre la sociedad comunista, a la que concibe dentro de un ascetismo general y de un burdo igualitarismo, se caracterizan por su ingenuidad.
La burguesía francesa castigó cruelmente a los jefes de la “conspiración de Babeuf”, descubierta poco antes de la fecha fijada para la insurrección. El 27 de mayo de 1797 fue guillotinado Babeuf por atentar contra el orden social capitalista, por su actividad revolucionaria y por defender los intereses de los trabajadores.
*
El desarrollo de la filosofía y de la sociología en Francia durante el siglo XVIII se resume en las grandes conquistas del pensamiento teórico, que han enriquecido el tesoro de la cultura universal y han ejercido una influencia ideológica en las conciencias avanzadas de la humanidad.
La misión histórica de los ilustrados y materialistas franceses del siglo XVIII era la de preparar ideológicamente la revolución burguesa, poniendo al desnudo los fundamentos ideológicos y políticos del régimen feudal-absolutista. Para cumplir esta misión, los pensadores ilustrados y, especialmente, los materialistas sometieron la concepción feudal y teológica del mundo a una critica multifacética y profunda, demostrando su esencia anticientífica y su carácter político reaccionario.
El gran mérito de los materialistas franceses del siglo XVIII estriba en que, apoyándose en las conquistas de las ciencias naturales de los siglos XVII-XVIII, fundamentaron y defendieron el materialismo, encauzaron a la ciencia contra el idealismo y la religión y fueron audaces combatientes [513] contra la dictadura espiritual de la Iglesia y contra todo oscurantismo religioso.
El materialismo francés del siglo XVIII es una variante del materialismo mecanicista y metafísico. Comparado con las doctrinas materialistas del siglo XVII que fueron su fuente teórica, el materialismo francés del XVIII significó un importante avance en la historia del pensamiento filosófico.
Sin dejar de ser metafísico por lo que se refiere al método, el materialismo francés del siglo XVIII comenzó a superar algunas limitaciones propias de las teorías materialistas del XVII.
Los materialistas franceses prestaron una atención especial a la elaboración de una teoría del conocimiento. Tratando de vencer la unilateralidad del racionalismo y del empirismo, criticaron las concepciones especulativas de la metafísica del XVII, propias sobre todo de las doctrinas racionalistas, entre ellas la gnoseología de Descartes y el espinocismo. A diferencia de las concepciones especulativas de los racionalistas, los materialistas franceses seguían a Locke y demostraban el papel determinante de la experiencia sensible en el conocimiento, sin rebajar con ello la importancia de la elaboración racional de los datos de los sentidos. Convencidos profundamente de la capacidad del hombre para conocer la realidad material, los materialistas franceses sometieron el agnosticismo a una severa crítica. El materialismo francés del siglo XVIII alcanzó grandes éxitos en el estudio de las categorías filosóficas fundamentales: materia, espacio, tiempo, movimiento, causalidad, sujeción a ley y otras.
El carácter mecanicista del materialismo francés se debía a que las ciencias naturales se basaban principalmente en la mecánica, puesto que la química, la geología, la biología y otras ciencias, que versan sobre los procesos de la naturaleza, se hallaban aún en las primeras fases de su desarrollo. El método metafísico de los pensadores franceses del XVIII estaba ligado íntimamente al modo habitual, característico de los investigadores de aquel tiempo, de estudiar los fenómenos naturales no como fenómenos sujetos a desarrollo, sino separados, aislados unos de otros.
El materialismo francés se remontó también sobre las limitaciones teológicas de las teorías materialistas del siglo XVII. Mientras que el materialismo de este siglo se contentaba con inclinarse hasta cierto punto hacia el ateísmo o con desarrollarlo de un modo todavía inconsistente, desviándose a veces hacia el teísmo y el panteísmo, el materialismo francés del siglo XVIII se hallaba vinculado íntimamente al ateísmo, que tenía un carácter combativo y se distinguía por su intransigencia no sólo con la Iglesia, sino con todas las formas de religión.
Los materialistas franceses del XVIII formularon algunos atisbos valiosos y profundos en el campo de las ciencias sociales, al sentar la tesis de que las costumbres la conducta de los hombres dependen del medio circundante, despejando así el camino de las ideas del socialismo utópico y del democratismo revolucionario.
Pero, en general, al resolver los problemas de las ciencias sociales, sustentaban la tesis idealista de que las opiniones gobiernan al mundo.
Interpretando en «un sentido marxista la filosofía de los materialistas franceses, escribía Lenin: “Primera limitación: la concepción de los antiguos materialistas era «mecanicista» en el sentido de que «aplicaban exclusivamente el rasero de la mecánica a los procesos de naturaleza química y orgánica»... Segunda limitación: el carácter metafísico de las concepciones de los antiguos materialistas en el sentido del «carácter antidialéctico de su filosofía»... Tercera limitación: mantenimiento del idealismo «en lo alto», en el terreno de la ciencia social, incomprensión del materialismo histórico.”122
Al cumplir la tarea de preparar ideológicamente la revolución burguesa, los pensadores revolucionarios franceses del siglo XVIII criticaban el régimen feudal, la monarquía absolutista y la dictadura espiritual de la Iglesia; en la concepción de los fenómenos de la naturaleza adoptaban en. gran parte las posiciones del materialismo y del ateísmo. Después de conquistar el poder, la gran burguesía puso término a la revolución burguesa, a la par que los ideólogos burgueses se apartaban de la filosofía materialista y atea del siglo XVIII, se convertían en enemigos del materialismo, abrazaban las posiciones del idealismo y, finalmente, se aliaban con la religión. Y cuando en algunos casos se sumaban al materialismo, sólo lo aceptaban en su forma vulgar.
Las ideas filosóficas y político-sociales avanzadas de los materialistas, de los ilustrados revolucionarios y de los comunistas utópicos franceses del XVIII han sufrido desde hace siglo y medio, y siguen sufriendo, los ataques más enconados de las reaccionarias fuerzas antipopulares. Los ideólogos actuales de la burguesía imperialista no sólo combaten el materialismo dialéctico de nuestro tiempo, sino también el materialismo francés del siglo XVIII.
{120} Cabanis, Relaciones entre la naturaleza física y moral del hombre, trad. rusa, t. I, pág. 166. San Petersburgo, 1865.
{121} V. I. Lenin, La contrarrevolución pasa a la ofensiva ("Jacobinos sin pueblo"). V. I. Lenin, Obras completas, trad. española, t. XXIV, pág. 529. Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957.
{122} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. española, pág. 274. Moscú, 1948. (Lenin cita entre comillas palabras de Engels. Red.)