Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1960


Tomo 1 ❦ Capítulo VII: 1

1. Desarrollo de la filosofía francesa a fines del siglo XVII y principios del XVIII. El escepticismo de Pedro Bayle. El materialismo y el comunismo utópico de Juan Meslier.


Los primeros brotes de la ideología antifeudal de la Ilustración francesa y del pensamiento filosófico anticlerical, ligado a ella, surgieron entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII.

Uno de los primeros ilustrados burgueses de Francia fue Pedro Bayle (1647-1706).

Nació en el pueblecito de Carlá, cerca de Toulouse, en la familia de un pastor protestante. Estudió en las universidades de Toulouse y Ginebra. Fue profesor de filosofía en la academia protestante de Sedán. Después de la clausura de la academia por Luis XIV, siendo como era protestante, se vio obligado a emigrar a Holanda. Allí fue profesor de filosofía de la Universidad de Rotterdam hasta que fue separado de ella a iniciativa de los teólogos protestantes.

Por sus numerosos folletos contra el catolicismo, Bayle se hizo famoso como propagandista de la tolerancia religiosa. Al luchar al principio contra el catolicismo, desde las posiciones de la religión protestante, Bayle expresaba ideas que resultaban peligrosas no sólo para los católicos, sino también para los protestantes, quienes consideraban inadmisibles sus prédicas en favor de una actitud indiferente y pasiva hacia la religión. La polémica de Bayle con los católicos se convirtió en una polémica con sus antiguos correligionarios protestantes.

En su principal obra filosófica, el Diccionario histórico y crítico (1695), se mostró escéptico hacia la religión y desafió la concepción feudal del mundo, oponiendo a la religión la “luz natural de la razón”.

“El hombre que teóricamente hizo perder su crédito –escribían Marx y Engels– a la metafísica del siglo XVII y a toda la metafísica fue Pierre Bayle. Su arma era el escepticismo, forjado a base de las mismas fórmulas mágicas metafísicas. Su punto de partida, en un principio, fue la metafísica cartesiana...; la duda religiosa empujó a Bayle a la duda en la metafísica, que servía de punto de apoyo a aquella fe. De aquí que sometiese [449] a crítica la metafísica en toda su trayectoria histórica. Se convirtió en su historiador, pero para escribir la historia de su muerte.”8

La concepción filosófica de Bayle adolecía de indecisión e inconsecuencia; sin embargo, sus ideas avanzadas desempeñaron un papel progresivo en la vida ideológica de Francia.

Después de comenzar exigiendo la tolerancia religiosa y de someter a crítica al catolicismo, Bayle llegó a afirmar la posibilidad de una verdadera moral, independiente de la fe religiosa, y a reconocer, finalmente, que los ateos podían ser no menos morales que los creyentes. Sostuvo que era posible la existencia de una sociedad formada exclusivamente por ateos y demostró, por último, que lo que degrada al hombre no es el ateísmo, sino la superstición y la idolatría.

Al combatir la teología y la filosofía especulativa con ayuda del escepticismo, Bayle despejó el camino para que florecieran en Francia las ideas de la ilustración y del materialismo.

Citando la expresión de un escritor francés, Marx y Engels decían que “Pierre Bayle fue... «el último de los metafísicos en el sentido del siglo XVII y el primero de los filósofos a la manera del XVIII»”.9

Declararse en favor de la tolerancia religiosa en las condiciones de la dictadura espiritual de la Iglesia, exigir la libertad de conciencia hasta admitir incluso el ateísmo, propugnar la separación de la moral de la religión y demostrar la incompatibilidad entre la fe y la razón, y entre la religión y la ciencia, como había hecho en todos estos aspectos Pedro Bayle, significaba amenazar las bases mismas de la concepción teológica del mundo y situarse en el umbral mismo del anticlericalismo combativo y del ateísmo militante de los materialistas.

A comienzos del siglo XVIII se enfrentó al régimen feudal-absolutista, a la religión y a la Iglesia, Juan Meslier (1664-1729), descollante ilustrado de la ideología democrático-revolucionaria, filósofo materialista y comunista utópico. Era hijo de un tejedor rural. Después de terminar sus estudios en el seminario eclesiástico se ordenó de sacerdote y, desde 1689, fue cura de aldea en Etrepigny, Champaña. La vida entre los campesinos le permitió ver la inhumana explotación de los trabajadores y contribuyó a liberarle de las trabas de la concepción teológica del mundo. En 1716 habló desde el púlpito de la iglesia contra el señor De Tuly, dueño de Etrepigny, condenando la crueldad con que trataba a los campesinos. Esta defensa audaz de los campesinos concitó contra Meslier la ira del arzobispo de Reims.

Sus ideas filosóficas y político-sociales, que recogían los anhelos de los pobres del campo, las expuso Meslier en la obra que lleva por título Testamento. Se divulgó por primera vez en copias manuscritas en 1730, y, en 1762, fueron publicados por Voltaire extractos de ella. El texto íntegro no apareció hasta 1864.

Con la doctrina de Meslier brillan por primera vez los rayos revolucionarios de la dictadura jacobina, Su carácter combativo llena de horror a los historiadores burgueses de la filosofía y de ahí que se rodee de silencio [450] a su doctrina hasta el punto de que ni siquiera el nombre de Meslier se cita en los cursos de historia de la filosofía. Y, sin embargo, Meslier debe ser reconocido, con todo derecho, como el primer materialista y ateo francés del siglo XVIII.

Su Testamento es un valioso documento ateo de ese siglo. Meslier dice allí que ha tomado la pluma para abrir, en la medida de sus fuerzas, los ojos de los hombres ante los errores y las supersticiones que les han inculcado. A la pregunta de cuál es el origen de la religión, Meslier da la respuesta típica de un ilustrado: todas las religiones son el fruto de la ignorancia, de la superstición y de la idolatría, y del engaño del pueblo por los explotadores. “Todo esto lo inventaron... astutos y sagaces políticos... y fue apoyado y afianzado por las leyes de los monarcas y de los poderosos de este mundo, quienes se valieron de esos infundios para frenar más fácilmente, con su ayuda, al pueblo, e imponer así su voluntad...”10

Meslier no comprendía las causas sociales del origen y de la propagación de la religión, pero sí veía claramente su papel como instrumento destinado a justificar la explotación del pueblo. En su Testamento expresaba el deseo de que “todos los poderosos y los señores nobles sean colgados y ahorcados...”11

Todas las religiones, dice, sólo son invenciones humanas y, por tanto, extravíos, ilusiones y engaños. “Todo lo que os predican con tanto ardor y tanta elocuencia vuestros teólogos y sacerdotes sobre la grandeza, la excelsitud y el carácter sagrado de los sacramentos que os obligan a aceptar; todo lo que os cuentan tan gravemente sobre sus imaginarios milagros; todo lo que os describen con tanto celo y tanta seguridad sobre las recompensas del cielo y los terribles tormentos del infierno sólo son, en el fondo, ilusiones, extravíos, engaños, infundios y patrañas; éstos fueron inventados primeramente por astutos y sagaces políticos y, tras ellos, los repitieron los embaucadores y charlatanes; más tarde, fueron creídos ciegamente por las gentes ignorantes del pueblo y, por último, los apoyaron el poder de los reyes y de los poderosos del mundo, quienes favorecían el engaño y el extravío, la superstición y la charlatanería, y reforzaban todo eso con sus propias leyes para frenar de ese modo a las masas y obligarlas a bailar al son que les tocan.”12

Con un conocimiento perfecto de la Biblia y de la historia de las religiones, Juan Meslier critica convincentemente y con gran ingenio, rechazándolas a su vez, las pretensiones del cristianismo, del judaísmo y de otras religiones de ser verdaderas, “sagradas” y “milagrosas”. Y no menos críticamente examina las llamadas “visiones” y “revelaciones divinas”, las profecías del Antiguo Testamento y los dogmas cristianos.

Empleando un vivo y pintoresco lenguaje, audaz y rico en argumentos, el Testamento de Meslier señala los perjuicios que el opio de la religión acarrea al pueblo, y pone al desnudo los vínculos que unen a la Iglesia y al Estado en la sociedad feudal.

Afirma indignado que en Francia los ricos y los nobles disfrutan de todo el poder, de todos los bienes, de todas las riquezas y satisfacciones [451] y de todos los placeres, mientras que el pueblo carga solamente con los infortunios y desvelos, con todas las desventuras imaginables y con un trabajo extenuador. Los campesinos trabajan para los ricos y los nobles, en tanto que ellos mismos se ven privados de todo lo necesario y apenas pueden llevarse un pedazo de pan a la boca. Meslier enumera detalladamente todas las formas de explotación y muestra la triste situación de las masas explotadas, la indignante desigualdad entre pobres y ricos, entre las masas populares y los haraganes que dominan sobre ellas. La Iglesia apoya este orden injusto y la religión lo santifica, dice Meslier. Partiendo de esto, llega a conclusiones ateas: “Puesto que la religión cristiana tolera, aprueba y afianza esta inmensa, sorprendente y tan injusta desigualdad entre los estados y las situaciones de los hombres, esto sirve de clara demostración de que la religión no procede en modo alguno de Dios y que Dios no la ha establecido de ninguna manera, pues el buen sentido nos demuestra evidentemente que Dios, a quien se supone infinitamente bueno, sabio y justo, no podría querer establecer, sancionar y apoyar nunca tan grande y escandalosa injusticia.”13

Meslier fue uno de los satíricos más audaces e implacables del régimen feudal. Decía que en la Francia de su tiempo, como sucedía en otros países, existían gentes que no hacían ningún bien a la sociedad y que incluso eran perjudiciales para ella. Por ejemplo, los haraganes ricos, que vivían de sus rentas o de sus ingresos anuales, no sólo no proporcionaban ningún bien a la sociedad, sino que como gusanos devoraban al pueblo. Entre las gentes ociosas, nocivas para la sociedad, incluía también a todo el clero, tanto al “blanco” como el “negro”,14 con todos sus diversos monseñores, abades, canónigos y, especialmente, con el número verdaderamente monstruoso de monjes y monjas.

Según Meslier, el daño social que acarrea la religión consiste en que es un punto de apoyo de la tiranía. La mayor parte de los pueblos viven esclavizados por sus monarcas, tiranos orgullosos y altivos. Entre los aduladores más celosos de los monarca y más serviles para con ellos figuran los “santos padres”, es decir, los papas, los obispos y, en general, toda la clerecía.

“Esto demuestra palmariamente que la religión cristiana tolera, aprueba e incluso legítima la tiranía de los príncipes y de los reyes, así como todos los abusos de que acabo de hablar. Y puesto que todos los abusos y la tiranía de los príncipes y de los reyes contradicen totalmente la justicia y la verdad natural; puesto que se oponen por completo al buen gobierno de los pueblos y, como he dicho antes, son la fuente, la raíz y la causa de todos los vicios, de todos los males, de todos los infortunios y de todas las maldades de los hombres, es evidente que la religión cristiana tolera, aprueba e incluso legítima de ese modo el mal gobierno.”15

Reflejando los intereses de las masas populares oprimidas, el Testamento de Meslier contrapone los trabajadores a las gentes ociosas, es decir, a los nobles, a los clérigos y a los ricos. Así, pues, aunque no tenía una idea clara de las verdaderas causas del origen y de la propagación [452] de las religiones, comenzaba a comprender el papel de la Iglesia como instrumento de opresión de las masas populares.

Meslier opone la filosofía materialista a la religión. Reconoce como fundamento de todos los fenómenos de la naturaleza la materia eterna e infinita, formada por innumerables partículas ínfimas, cuyos movimientos y combinaciones engendran todos los cuerpos, los múltiples fenómenos naturales. El reconocimiento de la materialidad del mundo se une directamente en él a la negación de la existencia de Dios. Su materialismo se halla vinculado íntimamente a su ateísmo.

“La materia es el ser en general –dice Meslier– que sólo por sí misma puede tener su existencia y su movimiento; una vez que suponemos esto, disponemos ya de un principio claro que no sólo elimina inmediatamente todas las dificultades, contradicciones y cosas absurdas, que se derivan de la idea de la creación del mundo, sino que puede abrirse una vía fácil para el conocimiento y la explicación física y moral de todos los fenómenos de la naturaleza.”16

Materia, tiempo, espacio y leyes naturales no han podido ser creados por Dios y solamente son explicables partiendo de la existencia eterna de la naturaleza misma.

Según Meslier, el reconocimiento del mundo material, visible para nosotros, excluye absolutamente ese supuesto y fantástico ser que los teólogos llaman Dios. La doctrina teológica de la creación del mundo es disparatada y absurda; muy distinto carácter tiene, en cambio, la teoría del origen natural de las cosas desde la materia que constituye su fundamento.

¿Por qué no suponer –se preguntaba Meslier– que la materia es eterna y tiene en sí misma su principio? Nuestros propios ojos pueden convencernos de que la materia existe, de que no es ninguna sustancia imaginaria o fantástica, de que posee la capacidad de moverse y de que parte de ella es divisible. En cambio, no vemos ni podemos ver el ser que pudiera haber creado la materia o transmitirle su movimiento, “ya que sólo la idea de una materia universal, que se mueve en distintas direcciones y puede adoptar, día tras día, miles y miles de formas diversas por medio de las diferentes combinaciones de sus partes, nos demuestra claramente que todo lo existente en la naturaleza puede crearse conforme a las leyes del movimiento y por medio de la unión, combinación y modificación de partes de materia”.17

Armonizando la exigencia cartesiana de claridad y distinción como criterio de verdad con la doctrina sensualista de Locke, Meslier se opuso al pirronismo, es decir, al escepticismo, y adoptó el siguiente principio como punto de partida de su teoría materialista: vemos con nuestros propios ojos que existe el mundo material; esta percepción nuestra se distingue por su absoluta claridad y distinción. Por tanto, de aquí se deduce necesariamente que no existe ningún Dios y que la religión es un engaño. “En todas las cosas, el ser en general es lo que constituye su primer principio, su esencia primera y su fundamento; por consiguiente, el ser es el primer principio y el fundamento último de todas las cosas. Y puesto que el ser nunca empezó [453] a existir y siempre ha sido..., y puesto que todas las cosas no son sino modificaciones diversas del ser, de aquí se deduce con toda evidencia que nada ha sido creado y que, por tanto, no hay tampoco un creador.”18

La naturaleza es, según Meslier, el ser material, percibido por los sentidos; para su explicación es absurdo suponer la existencia de fantásticos seres inmateriales, ya que éstos no pueden crear ni siquiera una mosca. El mundo material, percibido por los sentidos y absolutamente independiente de la fuerza o voluntad de cualquier otro ser, ha existido siempre, existe y seguirá existiendo. La afirmación de quienes creen en Dios, según la cual cierto espíritu divino es el creador de todas las cosas, es falsa también, puesto que no existe una fuerza capaz de crear algo de la nada. El tiempo, el espacio y la materia no han sido creados, ni podían serlo, de la nada.

El tiempo no es, según la teoría materialista de Meslier, una sustancia espiritual ni material, pero tampoco es nada; existe, tiene propiedades y es mensurable. El tiempo es duración; un tiempo breve o largo significa una breve o larga duración. Minutos, horas, días, años y siglos designan diversas divisiones de las partes de esa duración. De donde se desprende, según Meslier, que el tiempo debe definirse como la duración del ser originario, de la sustancia material.

La duración de las cosas, las cuales tienen principio y fin, no puede constituir el tiempo, ya que éste existía antes de su aparición y sigue existiendo después de la desaparición de ellas. El tiempo es la duración del mundo material en su conjunto.

“Solamente la duración del ser estable y permanente puede constituir el tiempo, y puesto que sólo el ser primario es estable y permanente y puesto que sólo él es uno –sin principio ni fin– y no podría existir sin su propia duración, y, a su vez, su propia duración no podría existir sin él, cabe deducir de esto que su duración, que forma precisamente lo que llamamos tiempo, no tiene principio ni fin.”19

Aproximando los conceptos de lugar, espacio y extensión, el materialista francés define el lugar como el espacio limitado o la extensión limitada que contiene en su seno a un cuerpo dado; el espacio es para él una extensión más vasta que el lugar dentro de la cual caben muchos cuerpos, y la extensión es el espacio ilimitado y sin fin que abarca el mundo material infinito. A despecho de las afirmaciones de los discípulos de Descartes, la sustancia material no puede ser reducida a la extensión.

Meslier sostenía que los cuerpos pueden moverse por sí mismos, sin necesidad de ningún motor sobrenatural o espiritual. Definía el movimiento no como la esencia del cuerpo, sino como un atributo de su naturaleza. Adhiriéndose en la concepción del movimiento a la física cartesiana, Meslier subrayaba especialmente que la fuente del movimiento de la materia está en ella misma. “Sólo la materia puede impulsar a la materia, ejercer una acción o presión sobre ella y moverla; por consiguiente, lo que no es materia no puede mover a la materia.”20

Así, pues, la materia tiene, según Meslier, una capacidad autónoma de movimiento, La materia, que se mueve eterna e independientemente en el [454] espacio y en el tiempo, se halla sujeta a la necesidad. Los fenómenos naturales son engendrados por causas naturales, pero junto a la necesidad también se manifiesta la contingencia y, además de las causas necesarias, existen las causas contingentes; sin embargo, en la naturaleza no hay finalidad alguna, de la misma manera que tampoco hay ningún primer motor divino.

Para defender y fundamentar su teoría materialista, Meslier formuló su doctrina de las tres causas. De acuerdo con ella, las causas principales de todos los fenómenos de la naturaleza son la causa sustancial, la causa formal y la causa eficiente (en contraste con Aristóteles, rechazó la causa final o fin). Definía la causa sustancial de las cosas como la causa fundamental de su ser, es decir, como aquello de que todas están hechas; la causa formal, como aquello que las hace específicas o pertenecientes a un género u especie determinados; por último, definía la causa eficiente como lo que forma, establece y coloca todo. Con su teoría de las “tres causas” Meslier apuntaba directamente al aristotelismo medieval como fundamento teórico de la teología.

Por lo que se refiere a la causa fundamental del ser de las cosas, es decir, a su causa sustancial, para todo el mundo está claro, decía Meslier, que se trata de la materia, pues si las cosas son materiales y corpóreas, precisamente la materia debe ser su fundamento. Del mismo modo, la causa formal no es más que la combinación interna y externa de las partes de la materia. Para la generación y formación de los múltiples y diversos fenómenos naturales no se requiere otra cosa que diferentes combinaciones y modificaciones de dichas partes de la materia. En este caso, como en todos los demás, no se necesita en absoluto ningún motor sobrenatural e inmaterial. Por último, la causa eficiente está también en la propia naturaleza, ya que los multiformes fenómenos naturales son engendrados por el movimiento de la materia y por las diversas combinaciones de sus partes. “Es evidente que todas las obras de la naturaleza, incluso las más bellas, perfectas y admirables, sólo dependen en su formación y en su desintegración del movimiento de la materia y de la combinación o disgregación de sus partículas. Este movimiento de la materia solamente puede proceder de la materia misma... Las citadas combinaciones y disgregaciones de la materia no son más que el efecto de su movimiento y del movimiento regular o desordenado de sus partículas.”21

Así, pues, estas tres causas fundamentales de la aparición y del cambio de los fenómenos de la naturaleza son materiales; para Dios no queda sitio en el mundo ni fuera de él. “...Todas las obras de la naturaleza se crearon originariamente y siguen creándose aún conforme a las ciegas leyes naturales del movimiento de las partículas materiales de que están compuestas; por consiguiente, nada hay en la naturaleza que muestre o demuestre la existencia de un Dios todopoderoso e infinito.”22

Según Meslier, en el universo infinito se mueven eternamente un número infinito de partículas materiales, Puesto que la materia llena todo el espacio, sus partículas se encuentran y chocan entre sí, se combinan de diverso modo y, finalmente, resultan de ello los múltiples y variados fenómenos [455] de la naturaleza. Entre los muchos géneros de movimiento de la materia figuran los movimientos regulares y los irregulares. Gracias a la combinación de los multiformes movimientos de la materia se producen, de la manera más natural, tanto las bellas creaciones de la naturaleza como las cosas deformes y monstruosas. Con ello reconocía Meslier que una y la misma materia es el fundamento del mundo inorgánico y del orgánico. La materia “es una y la misma en la formación, producción y nutrición de todas las plantas y de todos los animales, sin excluir siquiera al hombre; este último, como todos los demás seres, es producido, engendrado y alimentado por esa misma materia. La materia se limita a cambiar distintamente en todos los objetos posibles.”23

Meslier admitía que la conciencia es un producto de la materia y pensaba que determinadas modificaciones materiales provocan en el hombre ciertos pensamientos y sensaciones, Mostrándose de acuerdo con el materialista y ateo de la antigua Roma, Tito Lucrecio Caro, citaba pasajes de su poema Sobre la naturaleza de las cosas relativos a la materialidad del alma. “La vida y el pensamiento no son sustancias absolutas, específicas o particulares –decía Meslier–, sino simples modificaciones de la sustancia viviente y pensante; estas modificaciones consisten en la posibilidad o facultad de pensar y razonar, propia de ciertos seres, que en unos es mayor, es decir, más independiente, más libre, que en otros.”24

Meslier reconocía tanto la capacidad cognoscitiva de la razón como de los sentidos. “... Cuanto vemos –decía–, cuanto percibimos y conocemos es, indiscutiblemente, materia y sólo materia. Quitadnos los ojos y no veremos nada. Quitadnos los oídos y no oiremos nada. Quitadnos las manos y perderemos toda sensación de tacto, fuera del que percibamos, muy imperfectamente, con otras partes del cuerpo. Quitadnos la cabeza y con ella el cerebro, y no pensaremos ni conoceremos nada.”25

El utopista Meslier soñaba con un régimen futuro de igualdad universal, que llegaría cuando los hombres comprendiesen el ideal del bien colectivo. Veía esta sociedad futura como una unión de comunidades libres, cuyos miembros realizarían un trabajo útil y disfrutarían de su derecho natural a ser libres y de sus bienes vitales. Los miembros de las comunidades estarían unidos por un cariño y una benevolencia mutuos. Y la tarea del poder central consistiría, según Meslier, en contribuir a una buena organización de la vida social.

Al considerar toda la historia de la humanidad como la historia de los sufrimientos de las masas populares, Meslier explicaba estos sufrimientos de un modo idealista, pura y sencillamente por la ignorancia del pueblo y por el engaño en que lo mantenían el clero y las autoridades.

A principios del siglo XVIII, en una época en que proletariado aún no se había constituido como clase, el comunismo utópico de Meslier –expresión de los anhelos de clases trabajadoras oprimidas– representaba una de las tendencias más progresivas del pensamiento social francés. [456]




{8} Carlos Marx y Federico Engels, La Sagrada Familia, traducción española de Wenceslao Roces, pág. 193, Editorial Grijalbo, México, D. F., 1958.

{9} Ibídem, pág. 194.

{10} J. Meslier, Testamento, trad. rusa, t. I, pág. 82. Moscú, 1954.

{11} Obra citada, pág. 71.

{12} Obra citada, págs. 68-69.

{13} J. Meslier, Testamento, trad, rusa, t. II, págs. 167-168.

{14} En la Iglesia Ortodoxa, se llama clero blanco al que no hace votos rigurosos a diferencia del clero negro o monástico, (N, del T.)

{15} J. Meslier, Testamento, trad. rusa, t. II, págs. 279-280.

{16} J. Meslier, Testamento, trad. rusa, t. II, pág. 312.

{17} Obra citada, págs. 312-313.

{18} J. Meslier, Testamento, trad. rusa, ed. cit., t. II, pág. 321.

{19} Obra citada, pág. 356.

{20} Obra citada, pág. 385.

{21} J. Meslier, Testamento, trad. rusa, t. III, págs. 160-161.

{22} Obra citada, pág. 192.

{23} J. Meslier, Testamento, trad. rusa, t. III, pág. 169.

{24} Obra citada, pág. 316.

{25} Obra citada, pág. 277.