Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo VII
La filosofía de los ilustrados y materialistas franceses como preparación ideológica de la revolución burguesa de Francia del siglo XVIII.
El siglo XVIII en Francia fue la época de preparación y. realización de la revolución burguesa.
Caracterizando la situación económica de Francia de fines del siglo XVII y principios del XVIII, decía Marx que en este tiempo “la supraestructura financiera, comercial e industrial, o más bien, la fachada del edificio social..., parecía burlarse del estancamiento de la rama principal de la producción (de la agricultura) y del hambre de los productores”1
En el siglo XVII, en Francia sólo existían gérmenes de capitalismo, o sea una diferenciación de bienes entre los campesinos, formas rudimentarias de industria manufacturera y una desarrollada producción artesanal en el campo; pero aún no se daban las condiciones necesarias para la producción capitalista en masa. En la economía dominaban las relaciones feudales. La monarquía absoluta francesa defendía los intereses del caduco régimen feudal; al proteger hasta cierto punto el desarrollo de la industria y del comercio, el absolutismo era sólo un “aparente” intermediario entre la nobleza dominante y la burguesía.
Las contradicciones entre estas dos clases se agudizaron profundamente en el siglo XVIII. Los privilegios del estamento feudal y la política del propio Estado feudal-absolutista significaban un freno cada vez mayor para el desarrollo capitalista. Al exigir la abolición del yugo feudal, la burguesía expresaba en aquel tiempo los intereses del “tercer estado”.
Hasta la revolución del siglo XVIII, la inmensa mayoría de los campesinos se hallaban en Francia en una situación de semiservidumbre y sujetos a una dependencia total respecto de los nobles.
Durante el siglo XVIII se extendió considerablemente la penetración del capitalismo en el campo, lo que condujo a una diferenciación de clase aún más profunda entre los campesinos. Siguiendo el ejemplo de la gran propiedad agraria en Inglaterra, los terratenientes franceses comenzaron a introducir las relaciones capitalistas en la agricultura. Al mismo tiempo reforzaban las cargas feudales, extendían el laboreo de las tierras señoriales saqueando las tierras comunales, despojaban a las campesinos de derechos consuetudinarios como el de utilizar los pastos; para el ganado, recoger ramas secas, etc. [444]
La nobleza y el clero, que representaban en conjunto menos del uno por ciento de la población, tenían en sus manos las riquezas agrícolas fundamentales del país. El terrateniente se apoderaba de casi la cuarta parte de la cosecha del campesino, mientras que la Iglesia se llevaba el “diezmo” de ella. Los elevados impuestos estatales, unidos a otras muchas cargas feudales, condenaban a los campesinos franceses a una vida de hambre. Muchos fueron despojados totalmente de sus tierras y se convirtieron en mendigos. La muerte segaba implacablemente la población del campo. Según el testimonio de un contemporáneo, a mediados de 1739, los pobladores de algunas regiones de Francia “comían hierba y morían como moscas”.
A lo largo de todo el siglo XVIII hasta la revolución burguesa de 1789-1794 fue ahondándose en Francia la contradicción entre las necesidades ya maduras del desarrollo industrial y las relaciones feudales de producción, que se habían convertido en trabas para el progreso del país.
En el siglo XVIII, pese a las condiciones políticas y sociales desfavorables, comenzaron a desenvolverse en Francia grandes empresas capitalistas, como las minas de hulla de Anzin, plantas de fundición de hierro, las manufacturas de Sedán productoras de paño y empresas para la elaboración de lanas, telas, tejidos de seda y pieles.
El desarrollo de la industria francesa se veía frenado por una caduca reglamentación de la producción, establecida por el Estado absolutista, así como por el régimen corporativo, por la limitación de la oferta de mano de obra libre y por las diferentes trabas impuestas a la venta y transporte de mercancías.
También el comercio interior tropezaba con dificultades diversas, propias del régimen feudal: innumerables derechos de tránsito en los puestos fronterizos, falta de una moneda nacional única y de medidas estatales únicas, etc.
El desarrollo sucesivo del país en el terreno económico y político exigía la supresión del dominio de clase de los señores feudales, el derrocamiento del régimen feudal absolutista y, unido a todo ello, la abolición de las limitaciones corporativas de los gremios y de la política impositiva del poder real, a la vez que la destrucción de la dictadura espiritual de la Iglesia, que apoyaba el régimen feudal y la monarquía absolutista.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, creció el movimiento antifeudal de las masas populares. En Normandía, en la zona montañosa de Seven y en otras regiones de Francia hubo más de una vez levantamientos campesinos. Ya antes de la revolución misma, en los años 80, la dureza de la explotación feudal provocó agitaciones campesinas de masas. En París, Lyon, Ruán, Reims, Dijon, Nevers y en otras ciudades franceses estallaron fuertes agitaciones de los obreros y de las capas pobres urbanas. En 1786 estalló en Lyon una huelga general de trabajadores, que se transformó en insurrección. En los años 80 la crisis revolucionaria había llegado a su madurez. La burguesía, que había conquistado firmes posiciones económicas, aspiraba a tomar el poder político, aprovechando el creciente descontento de las masas populares, A lo largo del siglo XVIII, y especialmente durante su segunda mitad, los ideólogos burgueses llevaron a cabo la preparación ideológica de la revolución, planteándose la misión de realizar una revolución en las conciencias del “tercer estado”, [445] para lo cual necesitaban, ante todo, asestar un golpe a la ideología feudalreligiosa, que justificaba y sancionaba el régimen feudal-absolutista dominante.
La tarea principal que se planteaba al pensamiento filosófico avanzado en las condiciones históricas de la Francia del siglo XVIII radicaba en combatir la servidumbre en las instituciones y en las ideas, y en luchar contra la religión, la teología y las supervivencias de la escolástica medieval.
La crítica de la escolástica y de la teología, iniciada en Francia por los filósofos de la época del Renacimiento, Montaigne y Charron, y continuada en el siglo XVII por Descartes y Gassendi, se transformó en el siglo XVIII, durante el período de preparación ideológica de la revolución democrático-burguesa, en la lucha de los ilustrados y, en primer lugar, de los materialistas contra toda la ideología feudal, especialmente contra la religión. En la Francia del siglo XVIII, a diferencia de lo ocurrido en Inglaterra en el siglo anterior, la preparación ideológica de la revolución burguesa y la propia revolución se realizaron sin ninguna bandera religiosa. Como señalaba Engels, en esta revolución, la burguesía, en pie de lucha contra el régimen feudal, abandonó la religión y libró abiertamente una lucha política. Con este motivo, el materialismo francés, convertido en estandarte filosófico de la burguesía en el siglo XVIII, se enlazó íntimamente con el ateísmo militante.
En el siglo XVIII, Francia llegó a ser un foco de desarrollo del materialismo y del ateísmo.
La Iglesia Católica y la religión ocupaban un lugar importantísimo en la supraestructura feudal de Francia. Por su modo de vida, la aristocracia eclesiástica no cedía en nada a la seglar; además, sacaba todo el jugo a las masas desposeídas y combatía la ilustración. Por esta razón, es natural que la lucha contra la Iglesia y la religión adquiriese una intensidad especial.
Una pléyade de audaces pensadores, portavoces de los intereses y sentimientos de la burguesía francesa, en aquel tiempo revolucionaria, fue minando la supraestructura política e ideológica de la sociedad feudal.
“Los grandes hombres que en Francia ilustraron las cabezas para la revolución que había de desencadenarse –escribía Engels– adoptaron ya una actitud resueltamente revolucionaria. No reconocían autoridad exterior de ningún género. La religión, la concepción de la naturaleza, el orden estatal: todo lo sometían a la crítica más despiadada; cuanto existía había de justificar sus títulos de existencia ante el fuero de la razón o renunciar a seguir existiendo.”2
A la dictadura espiritual del Papado, que santificaba la explotación y seguía una política de esclavización de los pueblos, los ilustrados y los materialistas franceses del siglo XVIII oponían una concepción avanzada del mundo, que criticaba severamente el régimen político y social del feudalismo como un régimen antinatural e irracional. Y en total consonancia con la ciencia de su época desarrollaron la doctrina materialista [446] según la cual la naturaleza es material, eterna, increada e indestructible; además, es infinita y se rige por sus propias leyes objetivas.
Los materialistas franceses comprendieron la íntima relación entre el trono y el altar, y vieron con toda claridad que la concepción religiosa perseguía abiertamente el objetivo de apuntalar el podrido y caduco régimen político y social del feudalismo. Por ello desenmascararon audazmente el dogma del origen divino de la división en estamentos, de la necesidad de subordinar la ciencia a la religión y de una peculiar “revelación divina”, y demostraron que los intereses de los feudales civiles y eclesiásticos se entrelazaban íntimamente y que toda la clase feudal vivía a expensas de una descarada y abyecta explotación del pueblo.
Los pensadores ilustrados del siglo XVIII pensaban sinceramente que el régimen que sucedería al feudalismo traería una prosperidad universal.
En su trabajo ¿A qué herencia renunciamos?, escribía Lenin: “... En la época en que escribían los ilustrados del siglo XVIII (a quienes la opinión más generalizada reconoce como líderes de la burguesía), y en la que escribían nuestros ilustrados, en la época que va del 40 al 60, todos los problemas sociales se reducían a la lucha contra el derecho feudal y sus supervivencias. Las nuevas relaciones económico-sociales y sus contradicciones se hallaban aún en estado embrionario. Por eso, ningún interés egoísta podía entonces manifestarse en los ideólogos de la burguesía; todo lo contrario, tanto en Occidente como en Rusia, creían con toda honestidad en la prosperidad general y la deseaban sinceramente. No veían (y en parte aún no podían verlo) las contradicciones en el régimen surgido del feudalismo.”3
Al defender la necesidad de poner fin a la tiranía feudal, los ilustrados franceses consideraban las relaciones burguesas ya creadas como relaciones absolutamente naturales que respondían a la naturaleza humana y se las imaginaban como el reino de la razón, de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad de los hombres. “Hoy sabemos ya –escribía Engels– que ese reino de la razón no era más que el reino idealizado de la burguesía; que la justicia eterna vino a tomar cuerpo en la justicia burguesa; que la igualdad se redujo a la igualdad burguesa ante la ley; que como uno de los derechos más esenciales del hombre se proclamó la propiedad burguesa.”4
Aunque burguesa por su carácter, la revolución francesa de 1789 a 1794 triunfó gracias a que participaron en ella las masas populares, sublevadas contra el feudalismo y el absolutismo.
“...Fue precisamente la alianza de la «plebe» urbana (proletariado moderno) y de los campesinos democráticos lo que dio tal volumen y fuerza a la revolución inglesa del siglo XVII y a la revolución francesa del XVIII.”5
Las divergencias entre los intereses de clase de la burguesía y de las clases trabajadoras explotadas que forman parte del “tercer estado” originaron [447], a su vez, las grandes divergencias entre los representantes de sus diversas capas que se manifestaron ya durante el período de la preparación de la revolución burguesa. Sin embargo, el “tercer estado en su conjunto, encabezado por la burguesía, luchó contra las reaccionarias fuerzas feudales. “En Francia, en 1789, se trataba de derrocar el absolutismo y la nobleza. La burguesía, en el grado de desarrollo político y económico de entonces, creía en la armonía de intereses, no sentía temor alguno por la solidez de su dominio y marchaba unida a los campesinos. Esta unión aseguró la victoria total de la revolución.”6
En el curso de la revolución burguesa de 1789-1794 se pusieron al descubierto las contradicciones entre las fuerzas antifeudales participantes en la revolución: entre la gran burguesía, que pretendía frenar la revolución en su primera fase, la llamada fase girondina, y las capas trabajadoras y pequeñoburguesas, que querían profundizar la revolución en su segunda fase (la jacobina) y barrer definitivamente todas las relaciones e instituciones feudales. Estas contradicciones, surgidas ya antes de la revolución y ahondadas después de la llegada de la burguesía al poder, se reflejaban en la lucha entre diferentes tendencias ideológicas en el campo de la política y la filosofía, lucha librada tanto en vísperas de la revolución como durante su propia realización.
Entre los ilustrados que expresaban los intereses y las aspiraciones de las clases oprimidas en Francia durante el siglo XVIII figuraban: a principios del siglo, el filósofo materialista y comunista utópico Juan Meslier, ideólogo de los campesinos; posteriormente, los comunistas utópicos Morelli y Mably, y, ya en el curso de la revolución burguesa, Graco Babeuf, todos ellos ideólogos del pre-proletariado.
“Y si, en términos generales –decía Engels–, la burguesía podía arrogarse el derecho a representar en sus luchas con la nobleza, además de sus intereses, los de diferentes clases trabajadoras de la época, al lado de todo gran movimiento burgués que se desataba, estallaban movimientos independientes de aquella clase que era el precedente más o menos desarrollado del proletariado moderno. Tal fue en la época de la Reforma y de las guerras campesinas en Alemania la tendencia de los anabaptistas y de Tomás Münzer; en la gran Revolución inglesa, los «levellers», y en la gran Revolución francesa, Graco Babeuf. Y estas sublevaciones revolucionarias de una clase incipiente son acompañadas, a la vez, por las correspondientes manifestaciones teóricas: en los siglos XVI y XVII aparecen las descripciones utópicas de un régimen ideal de la sociedad; en el siglo XVIII, teorías directamente comunistas ya, como las de Morelly y Mably.”7
La historia de la filosofía y del pensamiento sociológico de la Francia del siglo XVIII es rica en tendencias diversas, dirigidas en su mayor parte contra las doctrinas teológicas y las concepciones filosóficas escolásticas al servicio de la Iglesia, así como contra las teorías sociológicas reaccionarias [448] que trataban de glorificar y perpetuar el régimen monárquico absolutista con todos sus atributos.
Una de las tareas más importantes que se planteaban en el siglo XVIII al pensamiento filosófico francés en el terreno de la sociología era la de refutar las místicas doctrinas providencialistas que sostenían que la marcha de la historia se hallaba establecida de antemano y que toda actividad transformadora revolucionaria estaba condenada al fracaso. Se hacía necesario fundamentar el papel de la razón y de la ilustración en la vida social y demostrar la importancia de la actuación consciente de los hombres en la transformación de las relaciones sociales. Y aunque algunos ilustrados, e incluso demócratas revolucionarios franceses del siglo XVIII, se hallaban lejos del materialismo y del ateísmo, la filosofía materialista en su conjunto fue la base teórica del movimiento ideológico que se convirtió en el prólogo de la revolución burguesa de Francia que habría de triunfar a fines del siglo XVIII.
{1} C. Marx, Cartas a N. F. Danielson. C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, trad. rusa, pág. 321. Leningrado, 1953.
{2} F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico. Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II, pág. 107. Moscú, 1952.
{3} V. I. Lenin, ¿A qué herencia renunciamos? V. I. Lenin, Obras completas, edición rusa, t. IL, pág. 473.
{4} F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit., t. II, pág. 108.
{5} V. I. Lenin, Cuestiones de principio de la campaña electoral. V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVII, pág. 373.
{6} V. I. Lenin, Sobre las dos líneas de la revolución. V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXI, pág. 379.
{7} F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad, española, t. II, págs. 108-109.