Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo VI: 2
2. El materialismo de M. V. Lomonósov. Su papel en el desarrollo de las nuevas ideas en las ciencias de la naturaleza.
Mijail Vasilievich Lomonósov (1711-1765) nació en la antigua provincia de Arjánguelsk, en la familia de un campesino-pomori. Hasta 1730 vivió en su tierra natal; más tarde estudió en la Academia Eslavo-grecolatina de Moscú y en la Academia Moguilia de Kiev. En 1736, fue enviado [421] a la Universidad adscrita a la Academia de Ciencias de Rusia y, posteriormente, se le envió a Alemania para que completara su formación, estudiando especialmente con Cristián Wolff.
En el extranjero se familiarizó con el estado en que se hallaban entonces las ciencias naturales. Al estudiar y asimilar profundamente todas las valiosas y positivas aportaciones de los hombres de ciencia y filósofos europeos, Lomonósov rechazaba, a su vez, el idealismo, así como las burdas explicaciones metafísicas de los fenómenos naturales, dadas en los siglos XVII-XVIII por algunos sabios.
La escolástica medieval y las seudociencias por el estilo de la astrología eran algo extraño a Lomonósov e incompatible con él; en cambio, era característico del filósofo ruso el abordar críticamente las viejas concepciones del pasado. Para Lomonósov, la ciega prosternación ante las autoridades y ante las teorías ya caducas representaba un grave obstáculo en la trayectoria de desarrollo de la verdadera ciencia. Escribía que las ciencias, “estas preceptoras de nuestra felicidad, y en particular la filosofía, sufrieron no pocas inquietudes por apegarse a las opiniones de un hombre famoso. Se honró a todos los que se ejercitaron en la filosofía y siguieron exclusivamente a Aristóteles y tuvieron por verdaderas sus opiniones. No desdeño a tan famoso filósofo, que es mejor que los demás de su tiempo, pero sí me asombro, y no sin pena, de los que pensaban que las opiniones de un mortal no podían contener nada erróneo; esto se convirtió en el obstáculo principal para que progresaran la filosofía y otras ciencias que dependen mucho de ella. Esa fue la causa de que se apagara, en quienes se dedican a las ciencias, el noble anhelo de tratar, unos juntos a otros, de realizar nuevos y útiles descubrimientos.”19 Expresando las mejores y más avanzadas ideas de su época y desarrollándolas en un proceso de lucha contra la escolástica, Lomonósov dio a la ciencia una aportación rica y original.
Después de su regreso a Rusia en 1741 y venciendo los numerosos obstáculos que el gobierno zarista, el clero y las gentes retrógradas, apoltronadas en la Academia de Ciencias de Rusia, interponían en su camino, desplegó hasta su muerte una vasta y variada labor de investigación científica. Fue elegido miembro de las Academias de Ciencias de Rusia y de Suecia. Sus aportaciones científicas fueron conocidas en el extranjero y altamente apreciadas por los sabios progresivos, especialmente por L. Euler y D. Bernulli.
Lomonósov era un pensador y naturalista de formación enciclopédica que abrió caminos nuevos en los más diversos campos del saber científico: física y química, astronomía y mecánica, geología y geografía, filosofía y lingüística. Pushkin veía en Lomonósov una “poderosísima mente de los nuevos tiempos, el hombre que había dado un firme viraje a las ciencias, y trazado el camino que siguen en la actualidad”.20
Toda la actividad científica de Lomonósov, sus ideas sobre la naturaleza, estaban imbuidas de un espíritu materialista y apuntaban contra: la ideología religiosa-idealista dominante en Rusia. En consonancia con esto, [422] sus Obras se hallan impregnadas de la idea de que es posible conocer el mundo y todos sus fenómenos. Los trabajos de Lomonósov desempeñaron también un papel importante en la formación del pensamiento ateo en Rusia. Exigiendo que la ciencia y la educación fueran separadas de la Iglesia, escribía lo siguiente: “El matemático que quería medir la voluntad divina con un compás no estará en su juicio. Pero tampoco lo estará el profesor de teología que crea posible estudiar astronomía o química con ayuda del salterio.”21
En sus obras, Lomonósov criticaba y se mofaba de las ceremonias y fiestas religiosas, de la intervención del clero en los asuntos de la ciencia y de la educación, y pugnaba por limitar la influencia de la Iglesia y del clero en la vida espiritual de la sociedad. En un proyecto de fueros universitarios, incluyó un punto que decía: “El clero no debe mezclarse en las doctrinas que enseñan la verdad física para que sea útil y para la instrucción y, sobre todo, no debe reprender a las ciencias en sus sermones.” Exigir, en una época en que la Iglesia dominaba casi absolutamente en la sociedad, que la ciencia se independizara totalmente de la religión y de la Iglesia era una verdadera hazaña.
Lomonósov fue uno de los primeros sabios rusos que propugnaron un acercamiento de la ciencia a la vida. La activa participación de Lomonósov en la exploración de las riquezas naturales del país, su labor en el Departamento Geográfico, sus estudios sobre el Océano Ártico encaminados a abrir una ruta comercial a Oriente, la construcción de unos laboratorios químicos en Petersburgo y de la fábrica de cristales de Ust-Rúdits demuestran cuán tesoneramente aspiraba Lomonósov a unir la ciencia avanzada de su época con la actividad práctica.
Las concepciones filosóficas materialistas de Lomonósov se hallaban vinculadas íntimamente a sus indagaciones y descubrimientos en el campo de la física y la química. Estas indagaciones y estos descubrimientos fueron el fundamento científico-natural de su filosofía materialista. A su vez, el materialismo de Lomonósov sirvió firmemente de. base teórica y de hilo de engarce en sus investigaciones científicas, en la fundamentación y en el desarrollo de una nueva orientación en el campo de las ciencias naturales.
A mediados del siglo XVIII se definieron dos tendencias en las ciencias naturales: una, dominante entonces, entrañaba una burda concepción metafísica de la naturaleza como absolutamente inmutable y era la que sustentaban la mayoría de los investigadores de la naturaleza en aquel tiempo, especialmente los newtonianos; otra, que acababa de nacer, más progresiva y representada por M. V. Lomonósov, L. Euler, M. Kant, P. Laplace, C. Wolff y otros sabios, comenzaba a defender en las ciencias naturales la idea del desarrollo.
Los rasgos característicos de la primera tendencia eran los siguientes: a) empirismo, es decir, subestimación del pensamiento teórico, negación de las hipótesis generales, verdaderamente científicas, con ayuda de los cuales tratan de penetrar los hombres de ciencia en la esencia de los fenómenos naturales y, además, limitación a la mera constatación de los hechos establecidos directa e inmediatamente; b) negación del desarrollo, [423] de la mutabilidad de las cosas, así como de la unidad, conexión universal y condicionamiento mutuo entre los fenómenos de la naturaleza; c) carácter teleológico, en virtud del cual aceptaba las ideas religiosas relativas al origen divino del mundo y a su estructura finalista.
En las nuevas condiciones históricas existentes a mediados del siglo XVIII y durante la segunda mitad de éste, la tendencia metafísica en las ciencias naturales ya no las hacía progresar, a diferencia de lo ocurrido varios decenios antes, cuando Newton sentó los fundamentos de su teoría, Lo que en Newton tenía en su tiempo un carácter avanzado y progresivo (por ejemplo, su oposición al filosofar meramente especulativo y exclusivamente hipotético) fue convertido por los naturalistas de orientación metafísica en un instrumento contra el pensamiento teórico en general.
La nueva tendencia que acababa de nacer en las ciencias naturales se caracterizaba por los siguientes rasgos: a) reconocimiento del papel importante del pensamiento teórico y de la hipótesis vinculada íntimamente a él y apoyada forzosamente en los hechos ya establecidos; todo ello sin perjuicio del reconocimiento de la significación fundamental de los hechos y del experimento en la ciencia; b) superación de los límites de la concepción metafísica, y nacimiento de la idea del desarrollo de la naturaleza y de la idea de la unidad de las leyes naturales; c) expulsión de la teología y de la teleología del campo de las ciencias naturales y afán de explicar todos los fenómenos de la naturaleza desde un punto de vista materialista, partiendo del principio de la existencia objetiva de la materia, de su movimiento y del condicionamiento causal de dichos fenómenos.
La lucha entre estas dos tendencias científico-naturales se manifestaba como una original lucha de opiniones, que tenía por base el choque entre el modo metafísico de pensar de la mayoría de los investigadores de la naturaleza –método que dominaba entonces, aunque evidentemente ya empezaba a caducar– y los elementos embrionarios de una nueva concepción de la naturaleza, concepción dialéctico-espontánea en esencia. Gérmenes de una dialéctica espontánea, junto a una concepción conscientemente materialista de la naturaleza, en la concepción del mundo del gran sabio ruso M. V. Lomonósov, aparecían ya abiertamente.
La diferencia entre ambas tendencias de las ciencias naturales en el siglo XVIII se ponía de manifiesto, ante todo, en su modo de apreciar la importancia de las hipótesis científicas para las ciencias de la naturaleza, en sus concepciones generales de la materia, de sus propiedades y de su estructura y, finalmente, en su tratamiento general del movimiento de la materia y de sus diversas formas.
Mientras que en el siglo XVII la producción podía contentarse con la solución de tareas puramente mecánicas, en el siglo XVIII se le planteaban otras nuevas, mucho más complejas, relacionadas con la preparación, y más tarde con la realización, del gran viraje técnico que condujo $ la gran industria mecanizada. Con este motivo, cobraron gran importancia los problemas de la tecnología química y de la termotécnica, en particular el problema de la combustión y muy especialmente el de la calcinación de los minerales pará separar el metal puro. También se necesitaba estudiar los fenómenos térmicos, entre ellos los procesos de liberación y absorción del calor al producirse cambios en los estados de agregación, ya [424] que sin estas investigaciones no era posible generalizar ni explicar teóricamente los procesos operados en una máquina universal de vapor. Ésta máquina, creada por Polzunov en 1763 y por Watt en 1765, desempeñó un papel muy importante en la revolución técnica de fines del siglo XVIII.
Las tareas planteadas por la minería y la metalurgia y, posteriormente, por toda la gran industria, en la que la máquina de vapor desempeñó paulatinamente un papel fundamental, no podían ser resueltas reduciendo las formas química y térmica del movimiento a su forma mecánica. Las tesis mecanicistas de que los átomos estaban provistos de ganchos por medio de los cuales se acoplaban entre sí no daba ninguna respuesta a la pregunta de por qué el carbón, añadido al mineral, contribuye a separar el metal, mientras que la calcinación de éste al aire conduce a la formación de herrumbre. Para estudiar una serie de procesos térmicos y químicos, importantísimos desde un punto de vista práctico, era necesario, ante todo, separarlos de la conexión universal de los fenómenos de la naturaleza y examinarlos como sectores sueltos, aislados, de fenómenos.
En el siglo XVIII, la tarea que se planteaba en primer lugar a las ciencias naturales consistía en descomponer, en la forma más completa y más fundada posible, toda la naturaleza en elementos sueltos, en aislar unas formas de movimiento de otras y en estudiar separadamente cada una de ellas.
Todo esto condujo a que en las ciencias naturales del siglo XVIII, que conservaban su carácter metafísico y mecanicista, aparecieran ciertos rasgos característicos en comparación con las ciencias naturales del siglo anterior. Estos rasgos consistían en que cada forma de movimiento se presentaba en la ciencia natural metafísica del XVIII como cierto “líquido imponderable” (o “fluido”), separado tajantemente de todas las demás formas de movimiento. Así, por ejemplo, las importantísimas reacciones químicas y térmicas, que tanto interesaban por razones prácticas, se generalizaban con ayuda del concepto de “flogisto”, o sustancia combustible especial que, según se suponía, era la portadora de la combustibilidad.
Exactamente de la misma manera, el conjunto de fenómenos térmicos conocidos entonces se generalizaban con ayuda del concepto de “calórico” o “líquido calórico imponderable”. Así, por ejemplo, el calentamiento de un cuerpo por otro más caliente se debía a que el “calórico” pasaba del primero al segundo, y el calentamiento en el proceso de frotación se explicaba por el hecho de que el “calórico” se liberaba (“se desprendía”) de los cuerpos que se frotaban. Es natural que con semejante modo metafísico de abordar los fenómenos de la naturaleza no cabía hablar siquiera de una explicación verdaderamente científica de dichos fenómenos.
La ciencia natural del siglo XVIII, con sus ideas sobre los “líquidos imponderables” y sobre las “fuerzas”, puede caracterizarse como una ciencia recopiladora de hechos, y todavía de ponerlos en una conexión necesaria, de acuerdo con las leyes internas propias de esos hechos ni de explicarlos teóricamente. Engels señalaba que, hasta fines del siglo XVIII, la ciencia natural era principalmente una ciencia recopiladora, una ciencia de las cosas acabadas.
Durante el siglo XVIII, las ciencias naturales siguieron en lo fundamental el camino trazado por Newton. Las causas de todos los fenómenos las reducían a la acción de las fuerzas de atracción o de repulsión y, en [425] consonancia con esto, la masa, medida por el peso de los cuerpos, era considerada como la cantidad de materia. Tal es la vía que siguió la química a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Muchos hombres de ciencia se atenían exclusivamente a los hechos; rechazaban, por regla general, las amplias hipótesis científicas con las que se intentaba penetrar en la esencia de los fenómenos naturales y, en cambio, recurrían de buen grado a hipótesis limitadas, puramente descriptivas y empíricas, como sucedía con las falsas hipótesis sobre el calórico y el flogisto.
Sin embargo, conceptos como los de “sustancia” y “fuerza”, metafísicos hasta la médula, contribuyeron en cierta medida a resolver los problemas planteados a la ciencia de aquel tiempo. Así, pese a su falsedad, el concepto de “flogisto” permitió a los químicos agrupar, por un lado, a los cuerpos combustibles y, por otro, a los incombustibles, que en particular son los residuos de la combustión. La doctrina del flogisto permitió separar un hecho real de la invención y la fantasía y, de este modo, hizo que la química, en cuanto ciencia, quedara separada de la fe de los alquimistas en la piedra filosofal y en el misterioso elixir que aseguraba una juventud eterna. Esa es la razón de que Engels señalara que, gracias a la teoría del flogisto, pudo liberarse la química de la alquimia.
El dominio del estrecho método empírico de investigación en el campo de las ciencias naturales durante el siglo XVIII condujo a que el horizonte filosófico de la inmensa mayoría de los científicos de la época fuera extremadamente limitado.
La nueva tendencia científico-natural, nacida en el siglo XVIII, que sustituyó a la vieja doctrina de la inmutabilidad de la naturaleza, dividida en sectores aislados, fue preparada históricamente por los avances de las ciencias naturales en el período anterior, período en el que los objetos y fenómenos de la naturaleza se consideraban necesariamente como acabados, inmutables e independientes entre sí. El estudio de los objetos y fenómenos naturales por sí solos, al margen de sus relaciones mutuas y haciendo caso omiso de sus cambios, permitió al principio recopilar el material empírico necesario para hacer los primeros intentos de estudiar los nexos entre dichos objetos y los cambios operados en ellos. Así, por ejemplo, los progresos de las ciencias naturales en aquel tiempo y, ante todo, las conquistas científicas de Newton y sus discípulos, prepararon el terreno para que aparecieran y se desarrollaran los descubrimientos y las ideas científicas de Lomonósov, así como las ideas de otros pensadores avanzados del siglo XVIII como Kant, En esto es expresaba la ley de todo conocimiento científico, ley descubierta por Engels, según la cual antes de estudiar los vínculos y la acción mutua, la ciencia tiene que establecer qué es lo que se vincula y qué es lo que entra en una acción mutua; y antes de estudiar los procesos de la naturaleza, hay que estudiar las cosas, los objetos, es decir, lo que se mueve, aquello con lo cual se realizan dichos procesos. Por esta razón, la concepción metafísica de la naturaleza tuvo en su época una significación histórica y su fundamento. Justamente este método de conocimiento, basado en la división analítica de los fenómenos de la naturaleza, era el método que permitía desligar los objetos y fenómenos de su conexión natural universal, de la materia en eterno movimiento, de la naturaleza en constante desarrollo, y considerarlos como objetos y fenómenos acabados, inmutables y finitos. Pero cuando ese estudio de los objetos [426] de la naturaleza y de sus relaciones mutuas se desarrolló suficientemente, ayudando a la recopilación de la cantidad de datos necesaria sobre los objetos naturales aislados, se hizo posible el paso a una fase más alta del conocimiento de la naturaleza, al estudio de los procesos de cambio, de desarrollo, que se operan en ella.
En el campo de las ciencias naturales, la significación de los descubrimientos de Lomonósov, así como de los de Kant, Laplace, Wolff y otros sabios del siglo XVIII, consistió en que fueron los primeros en abrir brecha en una concepción petrificada, metafísica, de la naturaleza. Sin embargo, sería falso suponer que estos heraldos de la nueva tendencia científiconatural trataban de rechazar lo alcanzado por la ciencia en el período anterior. Por el contrario, se apoyaban totalmente en las conquistas de 'sus predecesores y de sus contemporáneos para tratar de impulsar sus teorías y de dar solución a los problemas que sus predecesores no pudieron resolver.
En el siglo XVIII, las ideas atomistas y cinéticas:se basaban en general en las concepciones del materialismo mecanicista.
Lomonósov desarrolló las tesis materialistas del atomismo antiguo, defendió la doctrina de Copérnico, hizo suyas las conquistas científico-naturales de Descartes y Newton y, por último, prosiguió e impulsó la doctrina materialista cartesiana de la conservación del movimiento. Las concepciones atomistas de Boyle ejercieron gran influencia sobre Lomonósov. “Desde que leí a Boyle –escribía el pensador ruso– me sentí embargado por el vivo anhelo de estudiar las partículas más pequeñas. Y sobre ellas medité durante dieciocho años.”22
Lomonósov se alza en la ciencia del siglo XVIII como una gigantesca roca. El rasgo más característico de su obra es su capacidad genial para el pensamiento teórico y para establecer amplias generalizaciones de los datos experimentales sobre los fenómenos de la naturaleza.
El gran sabio subrayaba con vehemencia que en la física y en la química era necesario utilizar ampliamente las concepciones teóricas y vincularse íntimamente con la práctica. Señalaba que la investigación empírica representa las manos del sabio, y las concepciones teóricas, sus ojos. La experiencia sin teoría es como las manos sin ojos; sólo a tientas pueden descubrir la verdad. “El verdadero químico debe ser un teórico y un práctico”, escribía Lomonósov. Y para demostrarlo aducía los siguientes argumentos: el químico debe conocer primeramente lo que quiere demostrar y para ello necesita informarse de los cambios que sufre el cuerpo combinado (es decir, la sustancia química compuesta). Por consiguiente, el químico debe ser un práctico. “Pero también debe saber demostrar lo que conoce, o sea explicarlo, lo cual supone ya un conocimiento filosófico... De donde se deduce que el verdadero químico ha de ser también un teórico.”23
Lomonósov se mofaba de los intentos empiristas de privar al sabio del derecho a servirse del pensamiento teórico. “Como si el investigador de la naturaleza no tuviera derecho verdaderamente –escribía Lomonósov– a elevarse sobre la rutina y la técnica empírica y no estuviera llamado a [427] someterlas al raciocinio para pasar de aquí a los descubrimientos... ¿Acaso el químico, por ejemplo, está condenado a mantener las pinzas en una mano, y el crisol en la otra, sin apartarse un solo instante del carbón y las cenizas?”24
Lomonósov censuraba acremente a los que creían que los experimentos se realizan en la física y en la química para formar un caótico montón con una gran cantidad de objetos y fenómenos diversos, sin preocuparse de ponerlos en orden. Y defendía calurosamente no sólo la posibilidad, sino la necesidad, de que el investigador científico recurriese cotidianamente a las hipótesis, si en verdad deseaba avanzar. No hay que “apresurarse a condenar las hipótesis. Son lícitas en los asuntos filosóficos e incluso constituyen el único camino por el cual los grandes hombres han llegado a descubrir las verdades más importantes. Son una especie de impulso que los hace capaces de alcanzar conocimientos nunca alcanzados por las mentes ruines que se arrastran en el polvo.”25
Mostrándose como un innovador que destruía audazmente las falsas ideas científicas y las tradiciones caducas, Lomonósov sentó las bases de una nueva concepción científica de la naturaleza, de la materia y del movimiento. Formuló ante todo la hipótesis de la estructura atómico-molecular de la materia, pero no con el carácter filosófico-natural abstracto con que fue formulada antes de él, sino como una hipótesis científico-natural, basada en los datos de la experiencia. Esta hipótesis sobre la estructura de la materia la desarrolló consecuentemente en un sistema íntegro y armónico, aplicándola a todos los fenómenos físicos y químicos conocidos en aquel tiempo.
En su disertación Elementos de química matemática (1741) expuso la idea de que los átomos de los elementos diversos son cualitativamente distintos y que, combinándose entre sí, dan lugar a las moléculas.
Dando el nombre de “elementos” a los átomos y el de “corpúsculos” a las moléculas, escribía: “El corpúsculo es un conjunto de elementos que forman una sola y pequeña masa... Los corpúsculos son homogéneos si se componen de un número igual de elementos idénticos, combinados entre sí de igual modo.. Los corpúsculos son heterogéneos si sus elementos son distintos y se combinan entre sí de diversa manera o en distinto número; de esto depende la diversidad infinita de los cuerpos.”26
Al reconocer que los “elementos” idénticos, es decir, los átomos de uno y el mismo elemento químico, tienen la capacidad de formar “corpúsculos” homogéneos, Lomonósov anticipaba la hipótesis que setenta años más tarde se conocería con el nombre de hipótesis de Avogrado. De acuerdo con ella, dos átomos de hidrógeno (o de nitrógeno u oxígeno) pueden combinarse entre sí y dar lugar a una molécula de hidrógeno o de otra sustancia correspondiente. En este problema, Lomonósov fue más allá que Dalton, un contemporáneo de Avogrado que rechazaba la hipótesis molecular.
Lomonósov previó el fenómeno del isomerismo, consistente en que sustancias de la misma composición molecular tienen propiedades distintas [428], fenómeno explicable por la distribución desigual de los átomos en sus moléculas. El isomerismo sólo fue descubierto empíricamente en 1823; pero su explicación teórica, con ayuda de la hipótesis molecular, llegó aún más tarde, es decir, un siglo después de que Lomonósov hubiera formulado la conjetura correspondiente.
Desarrollando las concepciones atomistas en el dominio de la química, escribía Lomonósov: “Cuerpo compuesto es aquel que comprende dos o más principios diferentes, unidos entre sí, de modo que en cada uno de sus corpúsculos, la relación entre los principios de que se compone, es la misma que en el cuerpo compuesto entero.”27 Aquí preveía Lomonósov el descubrimiento de nuevas leyes de la composición química de los cuerpos, explicándolas desde el punto de vista de la hipótesis atómica: puesto que los átomos son indivisibles y se combinan íntegramente, la constante de las relaciones entre los átomos dentro del corpúsculo (o molécula) debe manifestarse en la constante de las relaciones entre las grandes partes componentes en que descompone el químico las sustancias compuestas en el laboratorio. De hecho, Dalton siguió precisamente esta vía –la de Lomonósov– setenta años después, cuando confirmó la hipótesis molecular en la química con sus propios descubrimientos. Y puesto que la atomística inauguró una nueva etapa en la química, hemos de reconocer que Lomonósov, que se apoyaba en dicha hipótesis, es decir, en la atomística química, es uno de los fundadores de la ciencia química.
En tiempos de Lomonósov no hacían más que iniciarse las investigaciones cuantitativas de la composición química de las distintas sustancias. En aquella época no se disponía aún del material empírico necesario para comprobar rigurosamente y confirmar la hipótesis atómica en el dominio de la química. Aún más, ni siquiera se tenían ideas claras acerca de cuáles eran los elementos químicos, al grado de que entre ellos se incluían, por ejemplo, el agua, la tierra y el aire.
Sólo a finales del siglo XVIII se llegó a una concepción acertada de los elementos químicos y se recopiló el material empírico necesario para comprobar y fundamentar la hipótesis atómica en la química. Es evidente que la situación de Dalton, en este aspecto, era mucho mejor que la de Lomonósov. Sin embargo, desde un punto de vista filosófico general, sus ideas estaban por debajo de las concepciones de Lomonósov sobre la estructura atómica de la materia.
También tuvieron una inmensa importancia para el progreso de la filosofía materialista y de las ciencias naturales otros trabajos de Lomonósov, que son un modelo de pensamiento teórico y, a la vez, una generalización de gran número de datos experimentales.
El empleo sistemático de las balanzas en los experimentos químicos, iniciado a mediados del siglo XVIII y que tuvo en M. V. Lomonósov a uno de sus pioneros, preparó el primer golpe contra la teoría metafísica del flogisto que dominaba en la química, aunque Lomonósov mismo no se opuso abiertamente a esta teoría; es más, compartiendo las viejas ideas que consideraban el agua, el aire, la tierra y el fuego como elementos químicos, él mismo utilizó ampliamente el concepto de flogisto. Sin embargo, el empleo de las balanzas en el estudio del proceso de combustión [429] demostró que tanto después de la combustión como de la calcinación de los metales sometidos al aire, aumentaba el peso de los cuerpos, fenómeno que no debía observarse si la combustión consistiese en la evaporación del flogisto. De este modo, quedó preparado el terreno para que la teoría del flogisto fuera rechazada, que fue lo que hizo Lavoisier en los años 70-80 del siglo XVIII.
Se impuso la idea de que, en el proceso de combustión, no se agrega nada ponderable al cuerpo calcinado o quemado y que su peso aumenta. A esa misma conclusión llegó Lomonósov después de señalar que partículas de aire, al pasar sobre el metal que se calienta, se unen a éste y aumentan su peso. Con este motivo, se planteó el problema de estudiar la composición del aire y de indagar su papel en el proceso de combustión. Pero en este problema químico solamente se empezó a trabajar a partir de los años 70 del siglo XVIII, es decir, ya muerto Lomonósov.
En 1755, con ayuda de las balanzas, Lomonósov pudo demostrar experimentalmente el hecho de la conservación de la masa general (o peso) de las sustancias que intervienen en una reacción química.
Lomonósov descubrió la ley universal de la conservación de la materia y del movimiento. Esta ley la formuló por primera vez en carta dirigida a L. Euler en 1748. La formulación de esta ley fue dada a conocer posteriormente por Lomonósov en su obra Consideraciones sobre los estados sólido y líquido de los cuerpos, de la cual apareció una exposición resumida en la revista parisiense Anales Tipográficos. Gracias a este resumen y a la obra de L. Euler Cartas a una princesa alemana, en la que exponía las ideas que le había comunicado Lomónosov por carta en 1748, muchos sabios de Europa Occidental pudieron conocer, ya en la segunda mitad del siglo XVIII, el descubrimiento de Lomonósov de la ley universal de la conservación de la materia y del movimiento.
El descubrimiento de esta ley y su propia formulación por Lomonósov son una brillante expresión de la nueva tendencia científico-natural, que tan apasionada y tesoneramente defendía el gran sabio ruso.
“Todos los cambios que se producen en la naturaleza –escribía Lomonósov en sus Consideraciones sobre los estados sólido y líquido de los cuerpos– son de tal índole que todo lo que se quita a un cuerpo se agrega a otro; por tanto, la materia disminuye en un sitio lo que aumenta en otro... Esta ley universal de la naturaleza se extiende también a las reglas del movimiento, ya que un cuerpo que con su propia fuerza pone en movimiento a otro, pierde una fuerza -equivalente a la que transmite al otro que recibe de él el movimiento.”28
De esta formulación se deduce claramente: primero, que Lomonósov consideraba la ley que había descubierto como una “ley universal de la naturaleza” y de ningún modo como una regla cómoda para efectuar cálculos empíricos; segundo, que concebía dicho descubrimiento no como la simple conservación del peso, sino en un sentido más amplio, en el sentido de la conservación, en general, de la cantidad de materia (“todo lo que se quita a un cuerpo se agrega a otro”); y, tercero, que al caracterizar la ley que había descubierto como la ley de la conservación de la materia y del movimiento, expresaba con ello la idea de la unidad de [430] a materia y del movimiento, y se oponía a Newton y a sus discípulos que pensaban que-el movimiento es increado e indestructible y, al mismo tiempo, exterior a la materia, y transmitido a ella, desde fuera, por medio de “fuerzas”.
El descubrimiento de Lomonósov tenía una inmensa importancia no sólo para la química, sino también para todas las ciencias naturales y la filosofía materialista. La importantísima tesis filosófica materialista de que todos los fenómenos de la naturaleza, en lo fundamental, tienen un carácter material y de que la materia misma es indestructible e increada se vio comprobada y recibió una fundamentación científico-natural en los trabajos de Lomonósov. Gracias a ellos pudo pasarse de los atisbos de los materialistas antiguos acerca de la eternidad e indestructibilidad de la materia al descubrimiento, comprobado experimentalmente, de la ley universal de la naturaleza.
Con su descubrimiento de la ley de la conservación de la materia y del movimiento, Lomonósov rechazó la tesis metafísica de que el movimiento es algo exterior a la materia, pudiendo, por tanto, desaparecer y surgir de nuevo. La formulación de la ley de la conservación de la materia y del movimiento, dada por Lomonósov, comprendía lo siguiente: a) la idea de la conservación del movimiento bajo cuyo signo se desarrollaron las ciencias naturales en el siglo XVIII al descubrirse la ley de la conservación y transformación de la energía; b) la idea de la unidad indisoluble de la materia y del movimiento, bajo cuyo signo progresan las ciencias naturales de nuestra época y toda la física del siglo XX después de descubrir la ley de la interdependencia de la masa y la energía.
Por consiguiente, Lomonósov no descubrió solamente la ley fundamental de la naturaleza, sino que anticipó el descubrimiento de otras leyes, cuya detallada comprobación experimental sólo podía realizarse muchos decenios más tarde, cuando la práctica industrial y la técnica del experimento convirtieron en una posibilidad y en una necesidad las mediciones cuantitativas cada vez más exactas de las diversas formas de movimiento de la materia. Con el descubrimiento de la ley de la conservación de la materia y del movimiento, Lomonósov trazó las vías de desarrollo de las ciencias naturales en el futuro, adelantándose a la ciencia de su siglo en 100-150 años.
Puesto que, según Lomonósov, el movimiento es constante y eterno, quedaba refutada con ello la idea de un “impulso inicial” de carácter divino. En oposición a las conclusiones idealistas a que llegaban muchos naturalistas-metafísicos, según las cuales el movimiento puede ser creado o engendrado de la nada, Lomonósov sostenía su eternidad e increabilidad. “El primer movimiento –escribía– es aquel que tiene en sí su propio fundamento, o sea el que no depende de otro... El primer movimiento no puede tener principio; debe existir eternamente.”29
Al igual que la ley de la conservación de la materia y del movimiento, estas tesis tuvieron una enorme importancia para la física.
Como aconteció en la química, en la física del siglo XVIII se pusieron dos tendencias diametralmente opuestas (desde el punto de vista del método de investigación empleado y de la actitud hacia la teoría y las hipótesis [431]): una, vieja, limitada a la recopilación y sistematización de los conocimientos empíricos, pero incapaz de descubrir las leyes del desarrollo de la naturaleza y de comprender los horizontes abiertos al progreso de la ciencia, y otra nueva, que iba más allá de los estrechos límites de la metafísica radical del siglo XVIII.
En oposición a la doctrina del “calórico”, dominante en la física del siglo XVIII, Lomonósov desarrolló la idea de la naturaleza mecánica del calor y, en relación con ella, la concepción cinético-molecular de los gases. En su Disertación sobre las causas del calor y del frío (1749) demostraba que el calor se reduce a un movimiento de “partículas invisibles” y que “las partículas de los cuerpos calientes giran con mayor rapidez y las de los cuerpos más fríos, más lentamente”. Estas ideas de Lomonósov asestaron un duro golpe a la teoría del “calórico”. La elasticidad del aire, el fenómeno de la evaporación, producido al separarse las partículas de la superficie de un líquido y diseminarse después, así como otros fenómenos, eran explicados por Lomonósov desde el punto de vista cinético-molecular.
Lo fundamental y decisivo de los trabajos de Lomonósov de carácter científico-natural eran sus ideas embrionarias relativas a la unidad del mundo y a la unidad de todas las formas de movimiento existentes en la naturaleza que tienen por base el desplazamiento o el contacto de los corpúsculos. Aunque Lomonósov, como hijo de su tiempo, compartía en gran parte las concepciones materialistas mecanicistas sobre la naturaleza de las cosas y el carácter del movimiento, desplegó también un importante esfuerzo para superar las ideas extremadamente metafísicas y mecanicistas de su época.
El descubrimiento lomonosoviano de la ley universal que une indisolublemente el principio de la conservación de la materia y el de la eternidad del movimiento, quebrantó las concepciones metafísicas que habían echado raíces en las ciencias naturales y conforme a las cuales la materia existía separada del movimiento.
Lomonósov pudo percatarse ya de la diferencia entre las diversas formas del movimiento mecánico de las partículas. Llegó a explicar, por ejemplo, la diferencia entre el calor, provocado según él por un movimiento rotatorio (“circular”) y la luz, originada a juicio suyo por el movimiento vibratorio (“fluctuante”) de una “materia éterea” o “éter”. Su idea de la conservación del movimiento la aplicó brillantemente en la fundamentación de sus propias concepciones sobre el calor, la luz, la electricidad y el magnetismo.
Lomonósov intentó estudiar los fenómenos eléctricos y luminosos como formas distintas y específicas del movimiento mecánico del éter. Rechazando la hipótesis del líquido eléctrico y de una sustancia luminosa especial, interpretó dichos fenómenos pura y ¡simplemente como movimientos peculiares de la materia. “En el éter se dan movimientos diversos de la materia; uno de ellos sirve para provocar la luz, y otro, el fuego.”30
Lomonósov admitía que una forma del movimiento mecánico de las partículas podía transformarse en otra (por ejemplo, el movimiento vibratorio en rotatorio), llegando así a la idea de la transformación cualitativa de una forma de movimiento (luminosa, por ejemplo) en otra (calorífica) [432]. Asimismo, formuló la hipótesis de que existe una relación entre la actividad química y la electricidad, relación que sólo empezó a estudiarse prácticamente medio sigla después. “Puesto que la química es la que se encarga principalmente de investigar la estructura interna de los cuerpos –escribía Lomonósov– es difícil sin ella, e incluso imposible, tener acceso a sus entrañas y, por ello, descubrir la verdadera causa de la electricidad.”31
Los trabajos de Lomonósov contienen en germen la idea de la conexión mutua de los fenómenos de la naturaleza. Su fundamentación de la química física, concebida por él como aplicación de la física en el dominio de la química o como una química teórica peculiar, tuvo gran importancia. Aunque a mediados del siglo XVIII la física y la química ya se habían convertido en ramas más o menos independientes de las ciencias naturales, aún no existía una clara línea de demarcación entre ellas.
En su Introducción a la verdadera química física (1752), Lomonósov decía: “La química física es la ciencia que explica, a base de los principios y las experiencias de la física, lo que ocurre en los cuerpos compuestos con las operaciones químicas. También podemos llamarla filosofía química, pero en un sentido totalmente distinto al de la filosofía mística, ya que en ésta no sólo se ocultan las explicaciones, sino que las operaciones mismas se realizan misteriosamente.”32
Al poner de manifiesto la unidad de las propiedades físicas y químicas de los cuerpos, Lomonósov se planteaba también el problema de la unidad de todos los cuerpos naturales, teniendo a la vista, ante todo, las propiedades generales de los fenómenos de la naturaleza y su sujeción a leyes, así como las relaciones mutuas mecánicas entre los cuerpos. Así, al estudiar los cuerpos compuestos de la naturaleza, llegó a la conclusión de que entre las dos clases de seres naturales –orgánicos e inorgánicos– existe simultáneamente unidad y diferencia.
Para Lomonósov, la unidad de los seres orgánicos e inorgánicos consistía en estar formados por los mismos componentes químicos y en hallarse sujetos a las mismas leyes. Su diferencia obedecía a la diversidad de nexos (principalmente mecánicos) existentes entre las partes de los cuerpos.
Sin embargo, a consecuencia de las limitaciones de los conocimientos científicos de su época, Lomonósov se empeñaba en explicar todos los movimientos, entre ellos los biológicos, recurriendo, en lo fundamental, a las leyes de la mecánica.
En su trabajo Acerca de las capas terrestres33 expresaba la profunda idea de la constante mutabilidad de la naturaleza: “*...No debe olvidarse que los objetos que se hallan sobre la Tierra y el mundo entero no eran en el momento de su creación tal como los vemos ahora; en ellos se han producido grandes cambios, como lo demuestran la historia y la geografía antigua, comparada con la actual, y los grandes cambios producidos en nuestros siglos en la superficie terrestre. Y si los cuerpos más grandes del universo, o sea los planetas y las estrellas fijas, sufren cambios, se pierden en el cielo y aparecen de nuevo, entonces ¿cómo pueden permanecer [433] exentas de cambio las diminutas partículas de nuestro globo terrestre, es decir, las montañas (moles inmensas a nuestros ojos)?”34
A diferencia de los naturalistas contemporáneos suyos, Lomonósov empleaba aquí el término “creación”, como lo empleaba en todos sus trabajos, en el sentido de origen natural de la diversidad de seres naturales. Rechazaba las concepciones idealistas que hablaban de actos sobrenaturales de creación divina, contraponiendo a ellas la explicación de la mutabilidad, al igual que todos los fenómenos de la naturaleza, en virtud de causas naturales. Y escribía: “Se equivocan los que piensan que cuanto vemos existe ante nosotros tal como lo hizo el Creador desde un principio... y que, por esa razón, no es preciso estudiar las causas que los hacen distintos por sus propiedades internas y por el lugar en que se encuentran. Tales razonamientos causan mucho daño al desarrollo de Jas ciencias y, por consiguiente, al estudio natural del globo terráqueo... aunque para algunos sabihondos resulta fácil dárselas-de filósofos aprendiéndose de memoria cuatro palabras: así lo creó Dios, y dando siempre esta contestación en vez de explicar las causas.”35
El movimiento, concebido principalmente como las diferentes formas del movimiento mecánico, es según Lomonósov una propiedad inseparable de todos los cuerpos, desde los celestes hasta las partículas ínfimas de materia. Sostenía también que “la formación y destrucción continuas de los cuerpos testimonia el movimiento de los corpúsculos... Los corpúsculos se mueven en los animales vivos y muertos, en las plantas vivas y muertas, así como en los minerales o seres inorgánicos; por tanto, se mueven en todo.”36
Al ver en el movimiento la fuente de todos los cambios que se producen en el universo, suponía Lomonósov que la naturaleza de los cuerpos consiste en acciones y reacciones que no pueden darse sin el movimiento; por consiguiente, los cuerpos se hallan determinados por el movimiento y sin éste no puede producirse ningún cambio.
Lomonósov afirmaba que todo el universo se halla sujeto a cambios. “Sobre estas bases –escribía– podemos concluir y razonar, sin temor a equivocarnos, que el estado de la superficie terrestre, su forma y sus capas, ocultas a nuestra vista, no han existido tal como existen hoy desde que se formó el mundo, sino que con el tiempo tomaron otra forma.”37
Lomonósov fue el primero que emprendió en la historia de la ciencia un intento, sobre bases científicas, de explicar el origen natural, conforme a leyes, de las montañas, de los minerales, del carbón de piedra, del petróleo, de los cambios de clima, de los organismos vegetales y animales, etc, Partiendo de la idea del desarrollo de la naturaleza, afirmaba que también los minerales se habían formado de modo natural y que para explicar la diferencia esencial entre los diversos minerales había que investigar su historia natural y descubrir las causas naturales de su respectivo origen. Por último, Lomonósov formuló la hipótesis de que los mares y las montañas han surgido al hundirse o elevarse las capas terrestres. [434]
Con sus hipótesis científicas, Lomonósov se anticipó a lo que en forma mucho más profunda fundamentarían más tarde la geología y la geografía. Solamente muchos años después, a fines del siglo XVIII, el geólogo escocés J. Hutton y el filósofo materialista polaco H. Kollontai empezaron a elaborar una teoría de las capas terrestres, que distaba de tener una forma tan acabada como la de Lomonósov. A finales del primer tercio del siglo XIX, las ideas de Lomonósov se reflejaron en la teoría de Carlos Lyell sobre la “evolución lenta” de la Tierra.
En los trabajos de Lomonósov se expresa la idea de que tampoco los seres vivos, tanto por su origen como por su estructura, son fenómenos casuales de la naturaleza, sino que están sujetos a leyes y condicionados casualmente. En los seres vivos, decía, “las partes del cuerpo están estructuradas y ligadas entre sí de tal suerte que la causa de una se halla contenida en otra vinculada a ella”.38
La idea de la mutabilidad del mundo, formulada por Lomonósov, encontró apoyo en la ciencia biológica del siglo XVIII. En una época en que imperaba en biología la tesis de la invariabilidad de las especies biológicas y en que la doctrina metafísica del “preformismo” era aceptada en general, algunos hombres de ciencia empezaban ya a proponer ideas avanzadas sobre la evolución gradual del mundo animal y vegetal.
Un duro golpe al idealismo y a la metafísica en el campo de la biología fue asestado por el eminente sabio Gaspar Federico Wolff (17341749), nacido en Alemania, que trabajó gran parte de su vida en Petersburgo.
Wolff rechazó la “teoría inmóvil” y metafísica del preformismo, dominante entre los biólogos de su tiempo, y desarrolló la teoría de la epigénesis, opuesta a aquélla y muy progresiva para su época. Llegó a ella sobre la base de sus propios datos experimentales en el estudio de las fases iniciales del desarrollo de las plantas y de los animales. En su Teoría de la generación, publicada en 1759, investigaba minuciosamente cómo y cuándo aparecen las hojas, las flores y las diversas partes de las plantas, y cómo y cuándo se forman sus frutos y semillas. Estudió la formación de algunos órganos tomando como ejemplo el embrión de pollo.
En contraste con las concepciones metafísicas del preformismo, según las cuales las generaciones futuras se encuentran ya en germen y en forma acabada dentro de los organismos, Wolff estableció que no existe en las plantas ni en los animales ningún órgano “preformado”, es decir, ya predispuesto. En su desarrollo, las partes de una planta arrancan de una entidad casi informe y de estructura muy simple. Y los nuevos órganos vegetales surgen gradualmente de otros más simples, formados anteriormente, que nunca se dan en forma acabada desde el principio. A despecho de las teorías preformistas, las investigaciones realizadas sobre el embrión de pollo demostraron que el corazón de este embrión sólo surge después de formarse otras partes aun más simples.
Wolff estableció también que el nacimiento y desarrollo de todo ser vivo no es un proceso puramente cuantitativo, un simple aumento o crecimiento, sino un proceso de aparición de nuevos y nuevos órganos cada vez más complejos. Así, pues, Wolff fue el primero que, en e historia [435] de la biología, situó sobre bases científicas el estudio del desarrollo individual del ser vivo (ontogénesis).
Rechazando las concepciones teológicas sobre la naturaleza y oponiendo a ellas el punto de vista del transformismo, es decir, del desarrollo y del cambio en la naturaleza viviente, escribía Wolff: “Lo más importante para mí era descubrir a posteriori los principios fundamentales y las leyes generales de la generación, y demostrar, además, que una planta acabada no es, por lo menos, una cosa cuya producción demuestre que las fuerzas de la naturaleza son absolutamente insuficientes y que se necesita un Creador omnipotente; después de llegar a este convencimiento, nada puede impedirnos que formulemos una hipótesis semejante con respecto a los demás seres orgánicos de la naturaleza.”39
Engels apreció en alto grado el papel de Wolff en el desenvolvimiento de las ciencias biológicas y en la gestación histórica de las ideas evolucionistas. “Es de notar –escribía– que casi al mismo tiempo que Kant atacaba la doctrina de la eternidad del sistema solar, Wolff desencadenara, en 1759, el primer ataque contra la teoría de la constancia de las especies y proclamase la teoría de la evolución. Pero lo que en él sólo anticipara brillantemente tomó una forma concreta en manos de Oken, Lamarck y Baer y fue implantado victoriosamente en la ciencia por Darwin, en 1859, exactamente cien años después.”40
También el naturalista ruso Afanasi Avvakumovich Kaverznev, nacido en 1748, expuso en la segunda mitad del siglo XVIII la idea del desarrollo gradual de la naturaleza viviente.
En su trabajo Sobre la regeneración de los animales, publicado en alemán en 1775 y reeditado posteriormente dos veces en lengua rusa con el título de Disertación filosófica sobre la regeneración de los animales, Kaverznev expresó algunos atisbos que anticipaban ciertas tesis de la evolución en el campo de la biología, especialmente la tesis de que la variabilidad de los organismos se halla determinada por las condiciones del medio ambiente. Bajo la influencia de las condiciones ambientales y de la alimentación, las especies animales sufren con el tiempo modificaciones tan profundas que se hace imposible reconocerlas de inmediato.
Los descubrimientos de Lomonósov en el siglo XVIII, junto con los de Kant y Laplace (hipótesis cosmogónica), Bernulli (aparición de las concepciones cinético-moleculares), Wolff, Kaverznev y Buffon (tesis de la variabilidad en la biología) y de otros investigadores de la naturaleza, abrieron las primeras brechas durante el siglo xvH1 en la vieja concepción metafísica de la naturaleza y prepararon el terreno para que surgiera más tarde una concepción dialéctica del mundo.
Los grandes descubrimientos de Lomonósov y sus audaces generalizaciones teóricas en las ciencias naturales fueron una vigorosa fuente de ideas para el desarrollo de la concepción materialista del universo durante la segunda mitad del siglo XVIII y en los períodos siguientes.
Las ciencias naturales fueron el campo en que se desplegó principal. mente la variada y fecunda actividad de Lomonósov; sin embargo, su [436] materialismo no se limitó exclusivamente al dominio de las ciencias naturales. También en el terreno de la filosofía fue Lomonósov un consciente y convencido materialista.
En la teoría del conocimiento defendía los principios materialistas y luchaba contra el idealismo y el agnosticismo.
A su modo de ver, la materia es el fundamento del universo, de toda la naturaleza. Y por materia entiende “aquello de que se compone un cuerpo y de lo que depende su esencia”.41 Todos los seres naturales se componen de materia; como todos los materialistas del siglo XVIII la identifica con lo corpóreo. Todos los cuerpos (o fenómenos) de la naturaleza se componen de materia y forma, bien entendido que esta última depende de la primera.
En oposición a la filosofía escolástica dominante en su época, Lomonósov fundamentaba la necesidad de combinar la experiencia y las generalizaciones teóricas, y se enfrentaba a los idealistas que miraban despectivamente a la experiencia, y, finalmente, se pronunciaba contra las concepciones idealistas de las “ideas innatas”. “Los razonamientos discursivos –escribía– derivan de experiencias firmes y muchas veces repetidas.”42
Mientras que los idealistas consideraban la sensación pura y simplemente como un producto del alma, Lomonósov veía en la sensación un reflejo de las propiedades o cualidades inherentes a los cuerpos mismos. A juicio suyo, las imágenes sensibles, los conceptos, las ideas, son resultado de la acción de los objetos y fenómenos de la naturaleza sobre la conciencia de los hombres. Llamaba a las ideas “representaciones o acciones de las cosas en nuestra mente”.
Siendo como era un brillante exponente de la ciencia natural experimental, Lomonósov consideraba que sin la experiencia y la observación no podía existir ninguna ciencia. “En la actualidad –decía– los sabios, especialmente los investigadores de las cosas naturales, prestan poca atención a las invenciones y a las vacuas palabras nacidas de una sola cabeza, y se basan más en la ciencia verdadera. La física, que es la parte fundamental de la ciencia natural, ya sólo tiene su fundamento en ella.”43
A diferencia de los naturalistas –empíricos–, Lomonósov no se limitaba a enumerar y describir las propiedades de los fenómenos y objetos de la naturaleza, sino que aspiraban a explicarlos e interpretarlos en todos sus aspectos, hasta donde esto era factible a mediados del siglo XVIII.
Criticando a los estrechos empiristas, que ignoraban la generalización teórica de las observaciones y de los experimentos, se preguntaba Lomonósov: “¿Para qué se han hecho los experimentos en física y en química? ¿Para qué han realizado diversos trabajos los grandes hombres y han puesto en peligro su vida? ¿Acaso para reunir una gran cantidad de cosas y materias diversas en un montón desordenado, contemplarlos y asombrarse de su número, sin pensar en su disposición y en cómo ponerlos en orden?”44 [437]
Lomonósov resolvía de acuerdo con sus ideas científico-naturales el problema del papel de la razón, es decir, del pensamiento teórico, del conocimiento racional, que era para él un medio poderoso para penetrar en el corazón mismo de los fenómenos, vale decir, en su esencia. Meditando en el conocimiento de la Tierra y de sus entrañas, escribía en su trabajo Acerca de las capas terrestres: “Gran cosa es llegar con la razón hasta la entraña terrestre, hasta donde la naturaleza prohíbe que lleguen las manos y los ojos; gran cosa es viajar con el pensamiento hasta los infiernos y abrirse paso con la razón a través de apretadas o diseminadas cosas y acciones, oscurecidas por la noche eterna, y sacarlas a la luz del Sol.”45 Según Lomonósov, sólo por esa vía pueden afirmarse las “teorías bien fundadas” y refutarse las “conjeturas soñadoras” y los “presentimientos”, es decir, los prejuicios. El método mejor para. descubrir la verdad no es otro que el de partir de las observaciones para establecer una teoría y el de corregir las observaciones con ayuda de la teoría.
Enfrentándose a los idealistas y a los teólogos que negaban la objetividad de las leyes y afirmaban que en la naturaleza todo se halla sometido a los “designios divinos”, Lomonósov sostenía que la naturaleza se desarrolla conforme a sus propias leyes y se ajusta invariablemente a ellas incluso en las cosas más pequeñas; en la naturaleza no sucede nada, decía Lomonósov, que deba atribuirse a un milagro.
En Lomonósov, la doctrina atomista aparece vinculada al planteamiento y solución de los problemas de la teoría del conocimiento. Pero hay que agregar a esto que combatía los aspectos inconsecuentes del materialismo de Locke y de Boyle. A diferencia de ellos, Lomonósov sostenía que no sólo las llamadas cualidades “primarias”, sino también las “secundarias”, existen objetivamente y son propias de los objetos de la naturaleza. “Al estudiar las cosas naturales –escribía– encontramos en ellas dos clases de propiedades. Unas las concebimos claramente y en todos sus detalles; otras, aunque nos las representamos con claridad en nuestra mente, no podemos concebirlas en forma detallada. Entre las primeras figuran la cantidad, la forma, el movimiento y la posición de la cosa entera; entre las segundas, el color, el sabor, el olor, las virtudes medicinales y otras. Las primeras podemos medirlas con exactitud por medio de la geometría y también pueden ser determinadas mediante la mecánica; en las otras, no puede darse semejante precisión. Las primeras tienen su fundamento en los cuerpos visibles y tangibles; las segundas, en las partículas más sutiles y alejadas de nuestros sentidos. Pero para conocer con exactitud y profundidad alguna cosa hay que estudiar las partículas que la componen...; sin investigar las partículas más pequeñas e indivisibles de que proceden los cuerpos y cuyo conocimiento es tanto más necesario cuanto que las partículas mismas son necesarias para su formación no podemos tener una idea detallada de las cualidades del segundo tipo.”46
Lomonósov veía la diferencia entre las llamadas cualidades “primarias” y “secundarias” en que las primeras son inherentes a todos los cuerpos de la naturaleza, mientras que las segundas tienen un carácter más particular y permiten distinguir a unos objetos de otros. [438]
Subrayando la dependencia de las cualidades particulares o secundarias de las propiedades físicas de los corpúsculos, escribía Lomonósov : “La razón suficiente de las cualidades particulares consiste en la extensión, la fuerza de inercia, la figura y el movimiento de partículas físicas imperceptibles... Todo cuanto existe o se realiza en los cuerpos procede de su extensión, de la fuerza de inercia y del movimiento... y se determina por la figura...; por consiguiente, las cualidades particulares dependen de la extensión de la fuerza de inercia, del movimiento y de la figura de los cuerpos.”47
Oponiéndose a Leibniz, afirmaba que la extensión es una propiedad inseparable de todos los cuerpos (entre ellos los corpúsculos o “mónadas físicas”), sin la cual no pueden existir. De ahí que carezcan de todo fundamento científico las afirmaciones relativas a las existencia de “partículas inextensas en un cuerpo extenso”, razón por la cual “no es posible que las partículas imperceptibles de los cuerpos carezcan de extensión...”48
Con sus investigaciones científicas y sus conclusiones materialistas acerca de la estructura atómico-molecular de todos los cuerpos y sobre las propiedades materiales de todas las partículas, Lomonósov asestó un duro golpe a la doctrina idealista de las mónadas, bastante difundida en aquel tiempo en algunos medios científicos.
A la vez que abordaba los problemas filosóficos de las ciencias naturales y los problemas gnoseológicos relacionados con ellas, Lomonosóv se interesaba vivamente por las cuestiones de la lógica y de la sociología.
Los problemas lógicos fueron tratados por él en varios trabajos, especialmente en su Compendio de retórica (1743) y en su Compendio de oratoria (1744-1747). Criticando severamente a los “realistas” medievales y oponiéndose a los nominalistas, Lomonósov reconocía el contenido objetivo de las formas lógicas. Afirmaba que las palabras sirven para mentar “ideas, que expresan cosas o acciones verdaderas” y que, con respecto a sí mismas, “tienen cierta pertenencia mutua”.
Luchando por la superación del atraso técnico y económico de Rusia, Lomonósov se mostró como un progresivo sociólogo-ilustrado. La condición indispensable para el florecimiento de un país estribaba, a juicio suyo, en su independencia política, económica y cultural, en el desarrollo de la industria, de la ciencia y de la cultura nacional. Por esta razón, combatía la preponderancia de una camarilla extranjera en las instituciones oficiales y científicas rusas, se manifestaba en favor de la ampliación del comercio interior y exterior del país, al mismo tiempo que exigía la instalación de manufacturas y el desarrollo de las vías de comunicación, la amplia exploración de las riquezas naturales para impulsar así la minería, la difusión de los conocimientos civiles y, finalmente, la preparación de especialistas nacionales para la industria en desarrollo, para el comercio, la gobernación del Estado, etc.
Lomonósov no veía aún en las masas populares la fuerza capaz de realizar una profunda transformación económica y cultural del país. Sobreestimaba la importancia de las reformas de Pedro I, sin comprender [439] sus limitaciones aristocráticas, y suponía falsamente que sólo una monarquía “ilustrada” podía resolver la tarea de superar el atraso de Rusia en aquel tiempo.
Siendo como era un innovador y un revolucionario en el campo de las ciencias naturales, así como el fundador de la filosofía materialista en Rusia, Lomonósov no era un revolucionario en el terreno político-social. Sin embargo, sus ideas político-sociales estaban imbuidas de un espíritu de lucha contra todas las formas de vida ociosa y, aunque indirectamente, criticaba las relaciones de servidumbre de la Rusia del siglo XVIII. A diferencia de los ideólogos nobles del “despotismo ilustrado”, se planteaba el problema de la instrucción y del bienestar material de las masas populares, no el de mantener los privilegios de la nobleza.
Trató de fundamentar teóricamente la necesidad de transformar la vida social de la Rusia del siglo XVIII. Compartiendo las ideas ilustradas y racionalistas en el campo de la sociología, creía que bastaba difundir la instrucción y la moral para mejorar la vida de la sociedad y poner coto a la ociosidad, a la miseria y a la ignorancia. Ponía todas sus esperanzas en la ilustración, pensando que los problemas de la vida social exigen “profundo discernimiento, un inveterado arte de interpretar los asuntos del Estado y la virtud de la prudencia al pasar a la acción”.49
Los trabajos de Lomonósov estaban impregnados de patriotismo. En su Historia antigua rusa (1754-1758) refutaba los infundios calumniosos de los historiadores extranjeros reaccionarios, que negaban la capacidad del pueblo ruso para vivir independientemente y para la creación, así como su gran papel en la historia de la humanidad.
“El pueblo ruso ha visto, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, tantas mudanzas en su destino que si alguien piensa en las guerras interiores y exteriores que ha sufrido, se asombrará grandemente de que con tantas divisiones, opresiones y desórdenes no sólo no se haya agotado, sino que ha alcanzado un altísimo nivel de grandeza, de poder y de gloria...”
“Tenemos muchas pruebas de que en Rusia no hubo tan grandes tinieblas de ignorancia como se imaginan muchos escritores extranjeros. Y si comparan sus antepasados con los nuestros y reparan en el origen, en la conducta, en las costumbres y en las inclinaciones de los pueblos entre sí, se verán obligados a pensar de otro modo.”50
Luchando en favor del progreso creador de la ciencia, Lomonósov se opuso resueltamente a la subestimación del papel del pueblo ruso en el desarrollo de la cultura universal. Y, en contraste con los reaccionarios que atizan las querellas entre los pueblos, Lomonósov mostraba un profundo respeto por la cultura de otros pueblos, apreciaba altamente y trataba de impulsar las adquisiciones de sus predecesores y contemporáneos de Europa Occidental. Así lo atestiguan, por ejemplo, el elevado juicio que le merecieron los descubrimientos de Descartes y Boyle, y sus estrechas relaciones con Euler, Bernulli y otros sabios extranjeros avanzados.
Los mejores hombres de Rusia –escritores, hombres de ciencia y filósofos, gloria y orgullo de la nación rusa– aprendieron de Lomonósov [440], pues, como dijo Pushkin en lenguaje figurado, Lomonósov representó nuestra primera Universidad.
La filosofía materialista de Lomonósov, que se desarrolló en un proceso de lucha contra la filosofía idealista y la mística, influyó en el desenvolvimiento ulterior del pensamiento filosófico y científico de Rusia y en el progreso de las ciencias naturales de todo el mundo.
*
El desarrollo del pensamiento filosófico ruso durante el siglo XVII y los dos primeros tercios del siglo XVIII, coronado por el sistema materialista de Lomonósov y relacionado estrechamente con el desarrollo de la filosofía avanzada y de las ciencias naturales en la Europa Occidental durante los siglos XVI-XVII, constituye una valiosa aportación a la historia de la ciencia, de la filosofía y del pensamiento social.
Ya los predecesores de Lomonósov, especialmente Kantemir y Tatíschev, trataron de resolver, tanto en Rusia como en la Europa Occidental, los problemas filosóficos y sociológicos planteados en el curso del desarrollo de la vida social y de la ciencia. Al igual que los exponentes de la tendencia teísta en la filosofía del siglo XVII y principios del XVIII en Europa Occidental, dichos pensadores se pronunciaban en favor del progreso de la ciencia, aspiraban a liberarla del dominio de la religión y de la Iglesia, y volvían sus ojos hacia el conocimiento experimental de la naturaleza y, por último, sometían a crítica los dogmas escolásticos. Kantemir y Tatíschev se solidarizaron con las teorías revolucionarias de Copérnico y Galileo en las ciencias naturales; sus ideas se entrelazaban con los ataques de Descartes a la escolástica y con las doctrinas sociológicas del “derecho natural”, dirigidas contra el despotismo feudal y el oscurantismo eclesiástico. Pero los predecesores de Lomonósov en la filosofía rusa del siglo XVIII no eran materialistas y, por ello, no podían explicar científicamente los fenómenos de la naturaleza.
El progreso de las ciencias naturales planteó a la filosofía del siglo XVIII algunos problemas teóricos vitales que exigían una fundamentación filosófica. Entre ellos figuraban los relativos a la materialidad del mundo, a la naturaleza de la materia, a sus cualidades “primarias” y “secundarias”, a la eternidad y al carácter del movimiento, así como otros problemas filosóficos importantes. Apoyándose en las tradiciones materialistas de los atomistas antiguos y de Bacon, Galileo, Descartes y otros filósofos y naturalistas de Occidente, Lomonósov enriqueció las ciencias naturales de su época con sus descubrimientos científicos y aportó al materialismo filosófico nuevas ideas y nuevos principios. Demostró científicamente que la materia y el movimiento son increados e indestructibles, que el movimiento es inherente a la materia misma y no ha sido engendrado por ninguna fuerza que se halle fuera de las cosas materiales. Demostró, igualmente, que no sólo son objetivas y materiales las cualidades “primarias”; también lo son las llamadas “secundarias”, etc.
A la vez que resolvía estos problemas filosóficos fundamentales de su tiempo en consonancia con los principios del materialismo metafísico de los siglos XVII y XVIII, Lomonósov desarrollaba en sus trabajos científico-naturales ciertos elementos de la concepción dialéctica de la naturaleza [441]. Basándose en sus propios descubrimientos y en los de otros sabios, que revelaban espontáneamente la dialéctica de los fenómenos naturales, formuló el principio del desarrollo de la naturaleza y trató de fundamentarlo. En una forma primitiva expuso, asimismo, la idea de la transformación de unas formas de movimiento de la materia en otras, de la mutabilidad de todas las cosas, etc. Refutando las ideas de muchos investigadores científicos de los siglos XVII y XVIII acerca de la dependencia de los fenómenos naturales respecto de diferentes “fuerzas” y “fluidos” (el “calórico”, etc.), Lomonósov demostró que la estructura interna de los cuerpos es la verdadera fuerza de la que derivan todas las acciones de los cuerpos. Los elementos embrionarios del modo dialéctico de abordar los fenómenos naturales –elementos contenidos en las teorías de Bacon, Descartes, Spinoza, Toland y profundizados en la doctrina de Lomonósov– se desarrollaron posteriormente en las teorías filosóficas y científico-naturales más avanzadas del siglo XIX.
Lomonósov resolvió importantes problemas gnoseológicos vinculados íntimamente con el progreso de las ciencias naturales. En su sistema, basado en un conocimiento experimental de la naturaleza, supo combinar la conservación empírica de los hechos y fenómenos naturales con su explicación racional, teórica.
Uno de los problemas que interesaron más vivamente tanto al pensamiento filosófico ruso del siglo XVIII como al de Occidente fue el de la actitud ante la religión y el ateísmo. El materialismo de los siglos XVII-XVIII era ateo en lo fundamental, pero muchos sistemas filosóficos y científico-naturales de Occidente (los de Bacon, Spinoza, Gassendi, Locke, Newton y otros) no se habían liberado aún de apéndices y elementos inconsistentes de carácter teológico. Lomonósov fue incomparablemente más lejos que sus predecesores rusos –los teístas Tatíschev y Kantemir– al explicar los fenómenos naturales en un espíritu rigurosamente materialista, sin dejar sitio a la teología en las ciencias de la naturaleza. Pero en las condiciones de dominio absoluto de la religión y de la Iglesia, imperantes en aquel tiempo en Rusia, Lomonósov no podía aún criticar abiertamente la ideología religiosa.
Respondiendo a las exigencias ya maduras del desarrollo histórico de Rusia y manifestándose en favor de la superación de su atraso técnicoeconómico y político, el pensamiento filosófico avanzado ruso del siglo XVIII se volvía invariablemente hacia los problemas sociológicos. A la vez que los pensadores sociales avanzados de Occidente, los teóricos rusos del despotismo ilustrado y, especialmente M. V. Lomonósov, el primer ilustrado ruso, se opusieron a las místicas doctrinas de la “predestinación divina” y de una “finalidad original” de todos los acontecimientos históricos, sosteniendo que todos los regímenes sociales tienen un carácter natural, terreno. Pero como no dejaban de ser idealistas por su modo de concebir la historia de la sociedad, exaltaban el papel de la razón, de la ilustración y de la ciencia en la vida social, considerándolos falsamente como el factor decisivo de las transformaciones sociales.
La historia de la filosofía y del pensamiento científico-natural en Rusia durante los dos primeros tercios del siglo XVIII demuestra que si bien es cierto que, en virtud del desarrollo relativamente tardío del capitalismo ruso, la ciencia experimental de la naturaleza y la filosofía materialista [442] comenzaron a desarrollarse en Rusia 150-200 años más tarde que en Europa Occidental, la filosofía rusa se elevó en breve plazo, gracias sobre todo a los geniales trabajos de Lomonósov, al alto nivel alcanzado por la filosofía en Occidente.
El materialismo de Lomonósov, que enriqueció a la filosofía y a las ciencias naturales con teorías, hipótesis y principios nuevos, se convirtió en un importante jalón de la trayectoria de desarrollo de la ciencia rusa y de la ciencia del mundo entero en el siglo XVIII.
En Rusia, las sólidas tradiciones materialistas arrancan de M. V. Lomonósov.
{19} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. I, pág. 423. Moscú-Leningrado, 1950.
{20} A. S. Pushkin, Obras completas, en diez tomos, t. VII, pág. 641. Moscú-Leningrado, 1949.
{21} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. IV, pág. 375.
{22} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. III, 1952, pág. 241.
{23} Ibídem, t. I, pág. 71.
{24} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. II, pág. 220.
{25} Ibídem, pág. 231.
{26} Ibídem, t. I, págs. 79 y 81.
{27} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. I, pág. 81.
{28} M. V. Lomonosov, Obras completas, t. III, pág. 383.
{29} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. II, 1951, pág. 201.
{30} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. III, pág. 289.
{31} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. III, pág. 283.
{32} Ibídem, t. II, pág. 483.
{33} Segundo suplemento de la obra Primeros fundamentos de la metalurgia y la minería. M. V. Lomonósov, Obras completas, t. V, 1954, págs., 530-634.
{34} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. V, 1954, pág. 574.
{35} Ibídem, págs. 574-575.
{36} Ibídem, t. I, págs. 147 y 159.
{37} Ibídem, págs. 575-576.
{38} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. II, pág. 553.
{39} K. F. Wolf, Teoría de la generación, pág. 61. Moscú, 1950.
{40} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”. Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, en dos tomos, traducción española, t. II, pág. 62. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Moscú, 1952.
{41} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. I, pág. 173.
{42} Ibídem, pág. 424.
{43} Ibídem.
{44} Ibídem, t. III, pág. 342.
{45} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. V, págs. 530-531.
{46} Ibídem, t. II, pág. 352.
{47} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. I, pág. 211.
{48} Ibídem, pág. 201.
{49} M. V. Lomonósov, Obras completas, t. VI, págs. 383-384, 1952.
{50} Ibídem, págs 169-170.