Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo V: 8
8. La filosofía en Alemania durante el siglo XVII y comienzos del XVIII. Leibniz.
Comparada con Holanda, Inglaterra y Francia, Alemania era a fines del siglo XVII un país agrario atrasado, en el que dominaba aún el orden feudal y apenas nacían las relaciones capitalistas. La industria y el comercio estaban poco desarrollados. El poder en toda su plenitud se hallaba en manos de los aristócratas feudales. Las diferentes regiones del país tenían sus propios vínculos e intereses económicos, muy distintos entre sí. A consecuencia del desmembramiento económico se ahondó y reforzó la división política más extensa, lo que a su vez ejerció una influencia funesta sobre el desarrollo económico del país. A principios del siglo XVII, Alemania estaba dividida en unos 300 Estados feudales independientes, 50 ciudades autónomas y gran número de pequeños dominios.
Las particularidades del desarrollo económico-social de Alemania, su atraso político y económico se reflejaron también en el terreno ideológico, incluyendo a la filosofía. Pero, al mismo tiempo, el pensamiento filosófico y científico de Alemania, a fines del siglo XVII y principios del XVIII, no permanecía al margen de la trayectoria de desarrollo de la civilización europea en su conjunto; en efecto, en sus principales corrientes se reflejaban los éxitos económicos de los países más avanzados de Europa Occidental, las necesidades y las exigencias del progreso científico europeo, especialmente en el campo de las ciencias naturales.
Eminente filósofo, naturalista y matemático alemán de esta época fue Leibniz.
Godofredo Guillermo Leibniz (1646-1716) nació en Leipzig; era hijo de un profesor de moral de la Universidad de Leipzig, en la que también estudió Leibniz.
Posteriormente, siendo ya un hombre de ciencia, estadista, jurisconsulto y diplomático, estuvo en relación con muchas personalidades destacadas de su tiempo; fue fundador y miembro activo de varias sociedades científicas; en particular, fue consejero de Pedro I y tomó parte en la elaboración del plan para la creación de la Academia de Ciencias de Rusia. Gracias a sus esfuerzos se fundó la Academia de Ciencias de Berlín (en 1700), de la cual fue su primer presidente.
Al conjugar sus ocupaciones científicas con su actividad política, Leibniz expresaba en sus ideas políticas, filosóficas y científicas los intereses de la burguesía alemana que, durante este período de la acumulación capitalista originaria y en las condiciones de una Alemania atrasada económicamente, aspiraba a llegar a un compromiso con el feudalismo [394] y a conquistar derechos económicos y políticos con ayuda del llamado despotismo ilustrado.
Leibniz propugnaba el modo capitalista de producción, era un paladín del progreso técnico y exhortaba a los alemanes a realizar la unidad nacional y defender la seguridad de Alemania. Pero, al mismo tiempo, trataba de conciliar la ciencia con la religión y de unir la filosofía y la teología.
Después de haber empezado mostrando su simpatía por el materialismo mecanicista, pronto creó un sistema filosófico propio –idealista objetivo–, que en lo fundamental era metafísico, si bien contenía a la vez elementos dialécticos. Desde las posiciones del idealismo, Leibniz rechazó el materialismo de Locke y Toland, criticó la filosofía de Descartes, sobre todo su física materialista, y fue enemigo del materialismo de Spinoza y del escepticismo de Bayle.
La médula de la filosofía leibniziana es la monadología o teoría de las mónadas.
Leibniz era pluralista; admitía la existencia de una cantidad infinita de sustancias espirituales, a las que llamó “mónadas”. Esta doctrina la expuso en muchas obras filosóficas y, especialmente, en su Monadología (1714).
De acuerdo con Leibniz, las mónadas son sustancias indivisibles o “elementos de las cosas”. Son absolutamente simples, poseen una fuerza activa e independencia; cada mónada es distinta de todas las demás. Así, pues, como decía Feuerbach, Leibniz agregó al concepto espinoziano de sustancia el principio de la actividad espontánea. Por tanto, la sustancia corpórea, para Leibniz, no es ya como en Descartes una masa puramente extensa, inerte, puesta en movimiento desde fuera; es activa y no conoce el reposo. Como señalaba Lenin, aquí Leibniz “a través de la teología abordaba el principio de la unidad indisoluble (y universal, absoluta) entre la materia y el movimiento”146. En esto, especialmente, se ponen de relieve las ideas dialécticas de Leibniz.
Las mónadas no son materiales, carecen de extensión y, en general no existen en el espacio; éste es infinitamente divisible, mientras que las mónadas son indivisibles. Tampoco son puntos espaciales ni físicos; su naturaleza es puramente espiritual. Son centros metafísicos de fuerza activa. Las mónadas surgen de las “emanaciones” continuas de la “divinidad”, es decir, de la mónada primaria que constituye el fundamento último de todo ser.
Las mónadas se dividen según su grado de perfección en mónadas simples, que son las que poseen solamente percepciones confusas; mónadas provistas de sensación y memoria, que son las que constituyen las almas, y, finalmente, mónadas que constituyen los espíritus o seres racionales, dotados de imaginación, como son el hombre y los “genios”. Las mónadas “no tienen ventanas” al mundo exterior; cada mónada es “un mundo para sí y forma una unidad autosuficiente”.
La realidad absoluta sólo se encuentra, según Leibniz, en las mónadas y sus percepciones. La materia no es más que una amalgama de percepciones confusas. Refiriéndose a estas ideas de Leibniz, señalaba Lenin: [395]
“Mi interpretación libre:
Mónadas = almas de un tipo peculiar. Leibniz = idealista. La materia es algo así como un ser otro del alma o jalea que les sirve de vínculo terreno, carnal.”147
El sistema idealista de Leibniz es contradictorio. Por un lado, afirma la total independencia de las mónadas y, por otro, su dependencia respecto de Dios. Las mónadas no se influyen mutuamente en su mundo interior, escapan a la ley de la causalidad y, sin embargo, actúan de común acuerdo. Para explicar esta unidad de las mónadas, introduce en su sistema el concepto de “armonía preestablecida”, conforme al cual Dios al crear cada mónada aseguró también su unidad y concordancia. Cada mónada representa a todo el universo y es afectada por todo lo que sucede en él; su individualidad contiene como en germen lo infinito, convirtiéndose así en un “espejo vivo del universo”.
La doctrina de la “armonía preestablecida” condujo a Leibniz a la parte más reaccionaria de su filosofía, a su “teodicea”, es decir, a la justificación del orden social existente y de sus males como “el mejor de los mundos posibles” y a la glorificación de su “creador”, Dios.
Pese a su carácter idealista, la filosofía leibniziana contenía elementos dialécticos, tales como el principio de la actividad de la sustancia, la concepción de la vinculación de lo singular con lo universal, de cada cosa individual con el universo entero y, finalmente, su aproximación al principio de la unidad de la materia y del movimiento.
La dialéctica idealista de Leibniz fue desarrollada ulteriormente en la filosofía de la naturaleza de Schelling y en el sistema filosófico de Hegel.
En su teoría del conocimiento, Leibniz enjuició críticamente, desde las posiciones del racionalismo idealista, el' sensualismo y empirismo de Locke. A la tesis lockeana de “nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos”, Leibniz consideró necesario agregar: “excepto el intelecto mismo”. Aunque esta crítica también partía de premisas idealistas, sin embargo, ponía al descubierto la estrechez del empirismo de Locke.
Pero, al oponerse el conocimiento racional al empirismo estrecho, Leibniz concebía aquel en forma idealista. Al decir de Feuerbach, “convierte el medio en fin, la negación de la sensibilidad en la esencia del espíritu...”148, y supone asimismo que la universalidad y la necesidad unida indisolublemente a ella, propias del conocimiento racional, tienen su fuente no en la experiencia sensible, sino en la razón misma, en el principio de las “verdades necesarias” que se da en nosotros mismos. Por tanto, al modificar la doctrina cartesiana de las “ideas innatas”, Leibniz señalaba que el alma no es un pedazo de cera u hoja blanca sin escribir, como creía Locke, sino que viene a ser un bloque de mármol cuyas vetas delinean el contorno de la futura estatua.
Con su racionalismo Leibniz combinó también algunos elementos de empirismo. Junto a las verdades de razón, que no pueden establecerse empíricamente y se caracterizan por su necesidad lógica, Leibniz admitía [396] la existencia de las verdades de hecho, establecidas de un modo empírico con ayuda de la inducción.
A las verdades de razón pertenecen, según Leibniz, todas las verdades de la lógica y de las matemáticas; a las verdades de hecho, las verdades de las ciencias naturales. Mientras las primeras son necesarias, las segundas son “contingentes”. Y en tanto que, en el caso de las verdades de razón, bastan para descubrirlas la lógica aristotélica y sus principios de identidad, de contradicción y de tercero excluido, para hallar las verdades de hecho se necesita también el principio de razón suficiente. Leibniz formuló este principio en su Monadología (§31-32) en los siguientes términos: “Nuestros razonamientos se fundan en dos grandes principios: el principio de contradicción... y el principio de razón suficiente, en virtud del cual consideramos que ningún hecho puede ser verdadero o existente y ninguna enunciación puede ser verdadera sin que exista una “razón suficiente para que sea así y no de otro modo.”149
Para Leibniz, el principio de razón suficiente era una señal orientadora en la investigación de la cadena de fenómenos, en la cual cada eslabón posterior sirve de razón suficiente del anterior, bien entendido que la razón suficiente de todo lo existente, o sea Dios, sólo se halla al final de la cadena entera. Por tanto, el camino del conocimiento coincidía aquí con la concepción mecanicista de la causalidad que ve en ésta un encadenamiento de causas y efectos. Leibniz concebía la causalidad teológicamente. Su visión mecanicista de la naturaleza se manifestaba asimismo en su principio de la continuidad absoluta y en su aforismo de que “la naturaleza no da saltos”.
Leibniz se apartaba esencialmente de las concepciones mecanicistas de Descartes, Galileo y Kepler en las ciencias naturales. Buscaba el “hilo de engarce del conocimiento”, es decir, un método universal que permitiera abarcar la esencia del pensamiento. Este método debía dar una nueva lógica que fuese un “saber de la ciencia”, una teoría de las ciencias y del pensamiento científico en general, es decir, una “ciencia universal”. A diferencia de la lógica formal que era, ante todo, un instrumento de demostración, dicha ciencia debía ser, a juicio de Leibniz, un “arte de invención”.
Al intentar crear una nueva lógica, Leibniz partía del análisis lógico del lenguaje; con ello, aspiraba a deducir un sistema universal de símbolos lógicos, que representara por medio de signos todos los objetos elementales del pensamiento. Gracias a dicho sistema simbólico, las operaciones con los signos expresarían todas las combinaciones posibles de esos objetos. La combinación misma de los símbolos lógicos debía hacer posible el descubrimiento de las falsas combinaciones de conceptos. La lógica se convertía así en un peculiar género de arte calculatoria, en una characteristica universalis.
Leibniz subrayaba que las reglas formales del conocimiento científico por sí solas, como las que había fijado Descartes, eran de poca utilidad. Por ello, exigía que se estudiara la estructura de las cosas, abarcadas por los conceptos, y se analizaran las categorías y los conceptos fundamentales [397] de toda ciencia. Y aclaraba esta exigencia con el siguiente ejemplo: el anatomista debe conocer las articulaciones, pues de otro modo despedazaría el cuerpo, en vez de desmembrarlo.
En el dominio de la lógica, Leibniz fue un precursor del filósofo checo Bolzano, que sentó las bases de la lógica matemática, disciplina de gran importancia en nuestra época tanto para el estudio de los fundamentos de las matemáticas como para la nueva “matemática de las máquinas” y otras aplicaciones del conocimiento matemático. Leibniz también dio comienzo al cálculo de probabilidades, cuya teoría matemática acababa de nacer en aquel tiempo.
Sin embargo, su proyectado arte calculatorio lógico de carácter universal resultó irrealizable y, aún más, su utópico lenguaje simbólico universal. Las escuelas reaccionarias de la filosofía burguesa actual –la logística, la semántica, etc.– se sirven precisamente de estos aspectos idealistas y metafísicos de la lógica de Leibniz; en cambio, todo lo que creó para precisar y perfeccionar la técnica del pensamiento lógico sirve a la verdadera ciencia.
Leibniz aplicó, ante todo, su método lógico a la matemática. Casi simultáneamente con Newton, e independientemente de él, sentó las bases del cálculo diferencial. Con esto se abrieron nuevas vías no sólo a las matemáticas, sino también a las ciencias naturales y a la técnica. El punto de partida, en esta dirección, fueron los problemas relativos al trazado de tangentes a curvas. Para resolverlos, Leibniz empleó, en vez de los métodos particulares de que se disponía entonces, ciertos métodos únicos y generales, que resultaron efectivos no sólo para las funciones algebraicas enteras, sino también para otras muchas clases de funciones. Leibniz descubrió la interdependencia de las dos operaciones fundamentales del análisis –la diferenciación y la integración–, introdujo en ellas símbolos que, a diferencia de la incómoda simbólica newtoniana, recibieron una aplicación universal y, finalmente, resolvió con ayuda del análisis una serie de problemas difíciles para su tiempo, tanto en el dominio de las matemáticas puras como en el de las aplicadas.
También se deben a Leibniz admirables descubrimientos en álgebra y geometría. Fue junto con Newton el creador del cálculo infinitesimal, pero, como el físico inglés, no fue más allá de los límites de la concepción mística de la diferencial.
En contraste con Descartes, que veía la esencia de la materia en la extensión, Leibniz la halló en el movimiento, y supuso que todo movimiento procedía de una misma fuente, a saber: la rotación alrededor del eje terrestre, provocada por un “éter universal” como principio motriz inicial. 1mpugnó la opinión del inventor de la máquina neumática, Guericke, que admitía la existencia del espacio vacío. Desde el punto de vista de Leibniz, el espacio y el tiempo no son, como afirmaba Newton, simples receptáculos de la materia, sino que dependen de ésta y, como ella misma, son absolutamente continuos.
Leibniz mostró también un vivo interés por los problemas de la técnica. Construyó una máquina de calcular, perfeccionando el modelo, de Pascal; sugirió a Papin la idea fundamental sobre la máquina de vapor; dedicó grandes esfuerzos al desarrollo de la minería y se ocupó personalmente del perfeccionamiento de la construcción de estaciones de bombeo. [398]
Leibniz trató de extender a toda la naturaleza su principio de la continuidad. Partiendo de este principio, intentó resolver el problema de la historia de la Tierra, explicando la formación de la corteza terrestre exclusivamente por la actividad volcánica. Expuso algunas ideas bastante profundas sobre los fósiles de animales y plantas, así como acerca de la distribución y emigración de las principales razas y tribus humanas sobre la superficie de la Tierra.
Aplicando el principio de la continuidad a la biología, expresó la opinión de que existe un parentesco orgánico entre los animales y las plantas y de que todos los seres vivos se hallan vinculados con la naturaleza inorgánica, Sin embargo, debemos señalar que aún no concebía históricamente el parentesco y la vinculación entre determinados fenómenos orgánicos e inorgánicos. Y, en efecto, daba a su principio de la continuidad un fundamento teológico e idealista, considerando que en la naturaleza todo ha sido preestablecido adecuadamente por Dios.
Aunque en forma idealista, Leibniz anticipó aquí ideas evolucionistas, al escribir, por ejemplo: “En el universo todo se halla relacionado de tal manera que el presente oculta siempre en sus entrañas el futuro y cualquier estado puede explicarse de un modo natural pura y exclusivamente a partir del estado que le ha precedido en forma inmediata.”150
Leibniz, hombre de ciencia de formación enciclopédica, trabajó en muchas ramas del saber. Además de sus numerosas obras en el campo de la filosofía, de las matemáticas y de la física, escribió algunos trabajos sobre cuestiones jurídicas, históricas y lingüísticas. Mantuvo correspondencia con Hobbes, Spinoza, Malebranche, Bayle, y estuvo en relación con Huygens, Papin, Leewenhoek y otros descollantes hombres de ciencia y estadistas. En sus cartas, apuntes y esbozos, Leibniz dejó importantes ideas científicas. Rompió con la tradición de admitir solamente el latín como lengua científica y escribió en alemán una parte de sus trabajos, lo que contribuyó notablemente al desarrollo de la lengua literaria alemana.
Un continuador y sistematizador de la filosofía idealista leibniziana fue Cristián Wolff (1679-1754). El objetivo práctico de la filosofía es, según él, hacer felices a los hombres; para ello, debe ser un conocimiento claro y distinto. Wolff desempeñó cierto papel en el desarrollo de la lógica formal.
La ley suprema del pensamiento y de la propia realidad es para Wolff el principio lógico formal de no contradicción.
Define a la filosofía como la doctrina de las cosas posibles, es decir, de las cosas que no incluyen contradicción.
Renunciando a las ideas dialécticas de Leibniz, Wolff propugna el método metafísico de pensamiento.
Sus ideas filosóficas se caracterizan por una burda teleología, de conformidad con la cual los ratones fueron creados para ser cazados por los gatos, etc.
El eclecticismo wolffiano combina algunos elementos de la concepción mecanicista de la naturaleza (el mundo considerado como un reloj o una [399] máquina) con el carácter idealista-religioso de su concepción del universo en general.
Durante la primera mitad del siglo XVIII, la doctrina de Leibniz representó el más alto logro de la ciencia y de la filosofía alemanas.
Algunos filósofos idealistas reaccionarios de nuestros días, especial. mente los personalistas, tratando de amparar con el nombre de Leibniz sus concepciones retardatarias y anticientíficas, desfiguran su filosofía, avivan sus aspectos reaccionarios y esfuman sus elementos positivos.
La doctrina de Leibniz ha pasado a formar parte del pensamiento universal, pero no precisamente por sus rasgos escolásticos y místicos. Los clásicos del materialismo dialéctico señalaron los elementos positivos de las ideas de Leibniz, particularmente como matemático e investigador de la naturaleza. “Tú ya conoces mi admiración por Leibniz”, escribía Marx a Engels el 10 de mayo de 1870151. También Engels apreciaba en alto grado sus trabajos en el campo de las ciencias de la naturaleza. El pueblo alemán, que lucha por su unidad nacional, por la paz y la cultura, se enorgullece legítimamente de Leibniz como genial compatriota que fundó, junto con Kepler, la ciencia avanzada en Alemania.
{146} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 313.
{147} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 315.
{148} Ibídem, pág. 321.
{149} G. W. Leibniz, Opúsculos filosóficos, trad. de Manuel G. Morente, pág. 60. Colección Universal, Calpe, Madrid, 1919.
{150} G. W. Leibnitz, Hauptschriften zur Grundlegung der Philosophie, Bd. II, S. 75. Leipzig, 1924.
{151} Correspondencia entre C. Marx y F. Engels.– C. Marx y F. Engels, Obras completas, trad. rusa, t. XXIV, pág. 337, 1931.