Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo IV: 5
5. La lucha de materialismo contra el idealismo en la Italia de fines del siglo XVI. Giordano Bruno.
El gran pensador italiano Giordano Bruno (1548-1600) sacó conclusiones profundamente materialistas y ateas de la teoría heliocéntrica de Copérnico. Nació en Nola, cerca de Nápoles. A los quince años entró en la orden dominicana. Gracias a un esfuerzo tenaz e independiente se convirtió en uno de los hombres más cultos de su tiempo.
Por sus ideas avanzadas fue acusado de “herejía” y excomulgado. Viose obligado a huir de Italia y, durante largos años, tuvo que vagar por Suiza, Francia, Inglaterra y Alemania, difundiendo en todas partes una concepción materialista del mundo.
En 1592 regresó a Italia, donde fue capturado por la Inquisición y arrojado a la cárcel. Pese a las torturas que sufrió, no se retractó de sus convicciones, siendo condenado a muerte. “Tenéis más miedo al pronunciar mi sentencia que yo al escucharla”, dijo Giordano Bruno dirigiéndose a sus verdugos. Finalmente, el 17 de febrero de 1600 fue quemado vivo en la Plaza de las Flores, en Roma.
Bruno fue un pensador avanzado, exponente del nuevo régimen social en formación, luchador ardoroso en favor de la ciencia progresiva y adalid de una concepción antifeudal y anticlerical del mundo. Sus obras principales son las siguientes: La cena de las cenizas (1584), De la causa, principio y uno (1584), Del infinito, del universo y los mundos (1584), Del triple mínimo y de la medida (1591), De lo inmenso y de los innumerables (1591), De la mónada, del número y de la figura (1591). En el libro titulado La expulsión de la bestia triunfante (1584) desenmascara al papado y a la religión católica. Su obra El misterio de Pegaso, con el anexo del asno de Killen (1586), constituye una brillante y cáustica sátira contra los escolásticos y teólogos medievales.
Apoyándose en los progresos de las ciencias naturales y, sobre todo, en las conquistas de la astronomía, Giordano Bruno sostuvo una osada lucha contra la religión oficial y la escolástica. En sus libros y en sus manifestaciones verbales puso de relieve incansable y apasionadamente la importancia científica del viraje revolucionario realizado por Copérnico en el campo de las ciencias naturales. Al mismo tiempo sometió a crítica la física aristotélica y expuso una serie de fecundas ideas cosmológicas y astronómicas. Así, por ejemplo, sostuvo la tesis de la infinitud del universo y de la pluralidad de los mundos; atisbó asimismo el movimiento de rotación del Sol y de las estrellas» alrededor de su propio eje y, por último,. afirmó la unidad material del mundo y el carácter objetivo de sus leyes.
Giordano Bruno no se limitó a defender y propagar el alcance científico del sistema heliocéntrico. Tomando en cuenta la experiencia del desarrollo de las ciencias naturales, estableció generalizaciones teóricas de suma importancia que vinieron a enriquecer la filosofía materialista. Según Bruno, la verdadera filosofía debía fundarse en la experiencia [290] científica; había que poner coto a la escolástica, a sus definiciones extrañas a la vida, así como a su hostilidad al conocimiento empírico.
Bruno se pronunciaba contra la subordinación del saber a la fe. No admitía en absoluto la doctrina de las “dos verdades” y rechazaba total. mente la “verdad” de la religión, reconociendo únicamente la verdad de la ciencia, Bruno hizo suya la teoría heliocéntrica de Copérnico y la convirtió en fundamento de su concepción materialista del universo.
Siguiendo las tradiciones materialistas y ateas de los materialistas antiguos, que sostenían la infinitud y eternidad del universo, a la vez que la materialidad y unidad de toda la naturaleza, y apoyándose en las conquistas de las ciencias naturales de su época, Bruno forjó una nueva concepción materialista conforme a la cual el universo es uno, material, infinito y eterno. Más allá de nuestro sistema solar existe una cantidad infinita de mundos y lo que vemos ante nosotros no es más que una parte insignificante del universo, Las estrellas son los soles de otros sistemas planetarios y la Tierra no es sino una minúscula partícula de polvo en medio de los espacios infinitos del universo. Así, pues, con su teoría cosmológica Bruno fue más allá que Copérnico, ya que éste no había llegado aún a la idea de la infinitud del universo, considerando en cambio el mundo como finito.
Giordano Bruno complementó la teoría copernicana con toda una serie de tesis verdaderas y de fecundos atisbos sobre la estructura del sistema solar. A él se debe, por ejemplo, la teoría de que el Sol no permanece inmóvil con relación a otros sistemas solares. Y suya es también la opinión de que la atmósfera terrestre gira junto con la Tierra.
La concepción materialista y atea de Giordano Bruno se revestía de un ropaje panteísta. Para él, el fundamento de todo lo existente era un principio material único, dotado de ilimitada fuerza creadora. Por oposición a los escolásticos y a los teólogos, Bruno exaltaba a la naturaleza, al mundo material, que genera de sí mismo innumerables formas vitales; escribía a la vez que la “naturaleza es Dios en las cosas” (Deus in rebus). Con este panteísmo de Bruno se relaciona su idea de una animación universal del mundo.
Según Bruno, la misión de la filosofía estriba en conocer la sustancia única en tanto que causa y principio de todos los fenómenos de la naturaleza. Por oposición a la religión, que postula una sustancia divina, la filosofía tiene por objeto la sustancia material del universo. Lo uno, causa y principio, tales son los rasgos fundamentales de la sustancia material.
Principio, con las propias palabras de Bruno, es aquello que concurre intrínsecamente a constituir la cosa y permanece en el efecto, como, por ejemplo, la materia y la forma, o los elementos de que se componen las cosas. Y se llama causa lo que concurre exteriormente a la producción de las cosas, como sucede con la causa eficiente y el fin. Ahora bien, la sustancia material une en su seno la causa y el principio de todas las cosas naturales.
“Del mismo modo, pues, que en el arte –escribe Bruno–, variando al infinito (si ello fuese posible) las formas, hay siempre una misma materia que persevera debajo de aquéllas; así como, en un primer momento, la forma del árbol es una forma de tronco; después, de viga; después, de mesa; después, de escaño; después, de escabel; después, de caja; [291] después, de peine, y así sucesivamente; y con todo, siempre persevera en ser madera; no de otra manera en la naturaleza, aun variando al infinito y sucediéndose las formas las unas a las otras, es siempre una y la misma materia... ¿No veis (acaso) que lo que era semilla se hace hierba, y lo que era hierba se hace espiga; lo que era espiga se hace pan; de pan quilo, de quilo sangre, de sangre semen, de éste embrión, de éste hombre de éste cadáver, de éste tierra, de ésta piedra u otra cosa, y así sucesivamente, viniendo a constituir todas las formas naturales?... Es menester que haya una misma cosa que por sí misma no es piedra, ni tierra. ni cadáver, ni hombre, ni embrión, ni sangre, ni otra cosa, sino que, luego de ser sangre, se hace embrión, recibiendo el ser del embrión; después de ser embrión, recibe el ser de hombre y se hace hombre...”49
Así pues, para explicar los fenómenos naturales no hay que recurrir a la sustancia divina de que habla la religión, sino a la sustancia material, a la materia. Según dice Bruno. hay que distinguir esta materia de la materia en que piensa un mecánico o un médico-práctico, es decir. concebida, por ejemplo, como mercurio, sal o azufre.
En su obra De la causa, principio y uno, Bruno, que en general valora en alto grado a Demócrito, impugna la concepción democritiana de la materia, que él mismo había compartido en otro tiempo. Demócrito y los epicúreos, dice Bruno, llaman nada a aquello que no es cuerpo. y, oponiendo la materia a todo lo que no es corpóreo, quieren que sólo la materia sea la sustancia de las cosas. Aunque la concepción epicúrea de la materia debe ser preferida a la de Aristóteles, concluye Bruno. dicha concepción debe ser sustituida por una concepción que parta de la unidad de la materia y de la forma, y de la unidad de la potencia activa y de la potencia pasiva.
La materia, como sustancia universal, no puede ser separada de la forma, sostiene Bruno; la sustancia material se halla en el fondo de todos los fenómenos de la naturaleza, sean corpóreos o espirituales.
La naturaleza posee una fuerza productora intrínseca, que es la causa eficiente física (“intelecto universal” como facultad interna del “alma del mundo”). Este “artífice interno” de la naturaleza es tanto la causa intrínseca como la extrínseca de todas las cosas naturales; es extrínseca por cuanto no coincide con cada cosa en particular, y es intrínseca toda vez que actúa dentro de la materia, y, por consiguiente, dentro de cada cosa.
Gracias a esta fuerza productora intrínseca que le es inherente, la naturaleza es la causa de todas las cosas y, al mismo tiempo, principio de ellas. La forma es idéntica a la causa eficiente; por esta razón coinciden el principio y la causa en el universo. El alma está en el cuerpo como el piloto en el barco, No sólo la forma del universo, sino también todas las formas de las cosas son alma, y, por tanto, todas las cosas naturales están animadas. En estas tesis, Bruno se aparta del materialismo.
De acuerdo con las concepciones hilozoístas de Bruno, por pequeña e ínfima que sea una cosa tiene materia y forma, es decir, está animada. El espíritu se encuentra en todas las cosas, y no hay corpúsculo por ínfimo que sea que no contenga la posibilidad de estar animado. Pero, [292] al mismo tiempo, oponiéndose a una interpretación vulgar de la tesis de que todo el universo está impregnado de vida, Bruno subraya que todas las cosas están animadas únicamente en potencia y que en acto sólo lo están algunos seres naturales.
Por lo que se refiere a la naturaleza en su conjunto, Bruno llega a la errónea conclusión de que está penetrada del “alma del mundo”, principio formal que entra a producirlo todo, principio del universo y de cuanto hay en él.
De este modo, Bruno llega a la conclusión de que, en su fundamento sustancial, el universo es a la vez absoluta potencia y acto relativo; en el universo materia y forma son una y la misma cosa, sin que puedan distinguirse entre sí.
Así, hay un principio del Universo (que puede inferirse por analogía del precedente) idéntico e indistintamente material y formal, absoluta potencia y acto... Aunque descendiendo por esta escala de la naturaleza se dé como una doble sustancia, una espiritual y corporal la otra, en última instancia una y otra se reducen a un solo ser y a una única raíz.”50
Pero, de acuerdo con la doctrina bruniana, la naturaleza en su conjunto es la fuente universal y única de todos los fenómenos materiales y espirituales. Pese a sus vacilaciones, Bruno sustentó una concepción materialista del mundo.
Este pensador materialista italiano contribuyó considerablemente al desarrollo de la dialéctica; 'a él debemos la tesis dialéctica de la “coincidencia de los contrarios” en el seno de la unidad infinita del universo.
Bruno apreciaba altamente la antigua dialéctica heraclitiana y él mismo trató de abordar dialécticamente los fenómenos naturales. En la naturaleza, decía Bruno, todo se halla sujeto a relación y cambio, desde la partícula material más pequeña (el átomo) hasta los innumerables mundos del universo infinito. La destrucción de una cosa entraña la aparición de otra; el amor se transforma en odio, y viceversa; muchos venenos son también los mejores antídotos.
La idea de la mutabilidad universal de la naturaleza, del fluir de las cosas que, bajo una nueva forma, resucitaba la dialéctica espontánea de los antiguos, pero apoyándose en los descubrimientos revolucionarios de las ciencias naturales, constituía un rasgo característico de la filosofía bruniana. El filósofo italiano había tomado en cuenta los progresos de las matemáticas en el siglo XVI, vinculados íntimamente con el desarrollo de la mecánica. Conocía, por ejemplo, los trabajos matemáticos de Mordente. precursor de la teoría del cálculo diferencial. Según Bruno, en la naturaleza coinciden lo máximo y lo mínimo, y se pone de relieve la unidad de la naturaleza tanto en su conjunto como en sus partes integrantes más ínfimas. Bruno distinguía tres clases de mínimos: el punto, en las matemáticas; el átomo, en la física, y la mónada, en la filosofía. Todo procede de lo mínimo; las magnitudes más grandes se componen de las más pequeñas.
El carácter fundamentalmente dialéctico de las ideas de Bruno se manifiesta nítidamente en sus tesis de que el universo es infinito, de que su centro se halla en todas partes y, por consiguiente, de que el mínimo [293] da lugar al máximo, y de que el mínimo y el máximo constituyen una coincidencia de contrarios. Ni el físico, ni el matemático, ni el filósofo pueden trabajar, decía Bruno, sin contar con el principio de la “coincidencia de los contrarios”.
Con este principio de la “coincidencia de los contrarios” se halla vinculada íntegramente la idea del desarrollo formulada por Bruno. Esto permite comprender que el filósofo italiano prefiriese Heráclito a Demócrito. Consideraba que la teoría atomista era valiosa para la física y. en este aspecto, veía en el átomo el mínimo físico. Pero, desde el punto de vista de la filosofía, pensaba que era insuficiente admitir la existencia de los átomos y del vacío para que aquélla pudiera resolver sus tareas específicas. Al decir de Bruno, el filósofo necesita la materia que “pegue” los átomos y el vacío. Por esta razón considera que el mínimo filosófico no es el átomo, sino la mónada, que corresponde al máximo filosófico, o sea a la naturaleza infinita en la unidad de todas sus formas.
“... lo que es engendrado y lo que engendra... y aquello con que la generación se hace, son siempre de la misma sustancia. Por tanto, no ha de sonar mal a vuestros oídos la sentencia de Heráclito, el cual dijo que todas las cosas son uno, el cual [uno], en virtud de sus transformaciones, contiene en sí todas las cosas, y porque residen en él todas las formas, todas las definiciones, por consecuencia, le convienen; y por eso son verdaderos los enunciados contradictorios.”51
Bruno cita como ejemplos de la coincidencia de los contrarios en lo uno las coincidencias de lo recto y lo curvo en lo mínimo y en lo máximo: no hay diferencia entre el arco mínimo y la mínima cuerda; el círculo de radio infinitamente grande coincide con la tangente.
Concretando su concepción de la coincidencia de los contrarios, Bruno dice: “¿Quién no ve que son uno mismo el principio de la corrupción y de la generación? ¿El último [término] de la corrupción no es acaso el principio de lo que se engendra [de nuevo]? ¿No decimos a la vez: «quitado aquello» [y] «puesto esto otro»?; ¿«había aquello», «hay esto»? Y si bien lo consideramos, veremos con evidencia que la corrupción no es más que una generación, y que la generación no es otra cosa que una corrupción; que el amor es un odio y, en definitiva, el odio es un amor. El odio de lo opuesto es el amor de lo adecuado; el amor de esto es odio de aquello. En su sustancia y raíz, idénticos son amor y odio, amistad y riña.52
Giordano Bruno formula así su concepción del modo dialéctico de abordar el conocimiento de la naturaleza: “En resolución: quien quiera conocer los más importantes secretos de la naturaleza contemple y considere en torno a lo mínimo y lo máximo de los contrarios y opuestos.”53
La teoría bruniana del conocimiento ha tenido también una gran importancia para el desenvolvimiento de la filosofía. Oponiéndose a la autoridad de la Iglesia y de los dogmas escolásticos, el materialista italiano formuló el principio de la duda, exigiendo que se adoptara una actitud crítica hacia las viejas teorías y hacia las ideas admitidas comúnmente. El hombre que desee ser filósofo debe empezar por dudar de todo. [294] Sólo considerando dos juicios contradictorios y sopesando con todo cuidado el pro y el contra, sólo mediante el choque de dos opiniones opuestas, puede llegarse al descubrimiento de la verdad. No hay que emitir juicios basándose en lo que todo el mundo admite; conviene dudar de cuanto creen los hombres, de todo lo sancionado por la autoridad de la Iglesia y de la tradición, así como de lo que sólo se defiende por su reputación. A los principios basados en la fe y en la autoridad hay que contraponer la verdad, conocida sobre la base de la experiencia e iluminada por la luz de la razón.
Después de rechazar la autoridad de la Iglesia, de proclamar el derecho a dudar de los dogmas religiosos y escolásticos, de arrinconar las “verdades de la fe” y de admitir exclusivamente la verdad objetiva del conocimiento científico, Giordano Bruno dio un importante paso en el desarrollo de la gnoseología materialista.
Según Bruno, la naturaleza es el objeto del conocimiento. Conocer la verdad significa percibir esa maravillosa fuente de luz de la que brota todo lo que la bienhechora naturaleza traza en colores y proclama sonoramente.
Mientras que la sustancia material única se revela en toda la multiformidad de los fenómenos naturales que se presentan de modo directo e inmediato a los sentidos del hombre, la vía del conocimiento sigue una dirección inversa: de la multiformidad de las cosas sensibles al principio único, eterno e infinito.
Según la teoría del conocimiento de Bruno, existen tres grados en la adquisición de la verdad (a veces, habla de cuatro). El primero de ellos es el sentido, la sensación (sensus); el segundo, la razón (ratio), y el tercero y último, que es a su vez el grado supremo del conocimiento, es el intelecto (intellectus).
Con ayuda de la sensación, que compara con el “ojo en la oscuridad”, el hombre observa la superficie de multitud de cosas naturales como a través de las aberturas de una reja que cerrase el paso a la verdad. El conocimiento racional ve la. verdad “a través de una ventana abierta”, aunque la verdad no se revela aún en toda su plenitud; viene a ser exactamente la luz del Sol reflejada por la Luna. La verdad plena solamente puede conocerse por medio del intelecto que capta los nexos internos de las cosas y ve la luz radiante del Sol.
En un manuscrito, Bruno describe plásticamente la marcha ascensional del conocimiento de la verdad. “Sabido es que el alimento del alma es la verdad, la cual, a manera de un alimento nutritivo, se convierte en sustancia suya. Perfección y remate de esta alimentación es la luz de la razón, con ayuda de la cual nuestro espíritu puede contemplar, primero, por supuesto, el sol de la verdad primera, y después lo que se halla a su alrededor. El descubrimiento de las particularidades es como el acto inicial de ingerir el alimento, y la combinación de ellas en los sentidos internos y externos es como la digestión de lo ingerido. La intelección es el conocimiento perfecto y, en esa misma medida, representa una elevación del estado actual de nuestra perfección, es decir, del bien y del estado perfecto del alma, al que todo desea acercarse fervientemente en la naturaleza al aspirar al conocimiento. Súbitamente pletóricos del conocimiento y fortalecidos con este género de alimentos, nos encontramos ya en disposición [295] de avanzar en los asuntos de la razón con ayuda del arte y de la ciencia...”54
Bajo la envoltura del aristotelismo se manifiesta aquí la gnoseología materialista de Bruno que considera la sensación como la premisa del conocimiento racional, y a este último como fundamento del conocimiento superior, intelectivo, de la verdad, aunque el filósofo italiano no concibe aún con claridad las relaciones mutuas de la sensación y del pensamiento teórico.
La filosofía de Giordano Bruno estaba llena de optimismo. Según él. el mundo en su conjunto forma un todo armónico y perfecto; la imperfección y la muerte sólo son propias de las cosas singulares.
Bruno puede ser considerado con todo derecho como uno de los críticos más agudos de la sociedad feudal y de sus productos. El vigor de su denuncia iracunda contra los pedantes y los escolásticos se manifiesta perfectamente en su obra satírica de carácter antirreligioso, El asno de Killen.
Bruno criticaba ingeniosamente a la escolástica medieval, que se ocupaba de la cáscara de las palabras en vez de ir al grano de las cosas, y, al mismo tiempo, impugnaba resueltamente los fundamentos de la religión. Sus ideas materialistas y sus ataques a la escolástica y a los “príncipes de la Iglesia” desembocaron en una prédica del ateísmo. Ello explica que las reaccionarias fuerzas feudales se esforzaran por todos los medios para acabar con el gran materialista y ateo.
La muerte de Giordano Bruno no detuvo la marcha del progreso científico. A la vez que las relaciones capitalistas, relaciones progresivas para aquel tiempo, fue desarrollándose también el materialismo filosófico, apoyado en la ciencia natural avanzada.
Los filósofos idealistas reaccionarios y los príncipes de la Iglesia Católica combaten hasta hoy a Giordano Bruno como si fuese un enemigo todavía vivo.
“Hasta finales de la época del Renacimiento –dice Palmiro Togliatti–, Italia se hallaba a la vanguardia del pensamiento europeo. En esa época. dio los pensadores más originales, más valerosos y más audaces. Estos pensadores se opusieron decididamente al viejo modo de pensar en el que basaba la religión católica su doctrina y sus prédicas, comenzaron a estudiar de un modo nuevo la actividad sensible y espiritual del hombre, considerando la naturaleza como un gran libro al que hay que volver la mirada cada vez más frecuentemente para «ver claro». Estos pensadores sentaron las bases de una poderosa y audaz concepción del mundo, en cuyo centro estaban la naturaleza y el hombre. Rechazando la trascendencia religiosa y afirmando la inmanencia de lo divino en la realidad. abrieron así el camino a las concepciones naturalistas y materialistas posteriores, aunque en una forma que todavía distaba de la perfección. Este impulso del pensamiento renovador es interrumpido por toda una serie de tragedias: Tomás Campanella fue recluido en prisión, Galileo Galilei fue condenado por la Inquisición y, por último, Giordano Bruno fue quemado vivo en Roma.”55
*
Durante la época del Renacimiento, los ideólogos de la burguesía, clase ascendente en aquel tiempo, sostienen en Europa Occidental una lucha en favor de la filosofía materialista y de la ciencia natural avanzada a la vez que combaten la escolástica medieval y la teología. Venciendo la encarnizada resistencia de clérigos y escolásticos, y pese a las persecuciones desatadas por la Iglesia, los hombres de ciencia y los filósofos progresivos impulsaron las ciencias naturales empíricas y la filosofía, fundamentalmente materialista.
En los siglos XV-XVI se inició la transformación de la ciencia natural en una verdadera ciencia. Como resultado del desarrollo de la producción material, de la técnica y de los conocimientos científico-naturales se derrumbaron los dogmas escolásticos y las tradiciones teológicas. La ciencia fue enfrentándose, cada vez más audaz y resueltamente, a las doctrinas teológicas y teleológicas ya caducas, así como a la concepción religioso-feudal en su conjunto.
Rasgo característico de las teorías de los pensadores avanzados de aquella época de transición era el entrelazamiento de elementos de materialismo y de idealismo, y la manifestación de las tendencias ateas bajo un ropaje panteísta. La lucha del materialismo contra el idealismo adoptaba con frecuencia una forma peculiar; por ejemplo, pasaba al primer plano la lucha por una ciencia profana y contra las doctrinas religiosas, la oposición del conocimiento empírico a las especulaciones escolásticas, &c.
Rasgo específico de la filosofía del Renacimiento era, asimismo, que las corrientes filosóficas avanzadas, que combatían a la escolástica medieval y a la teología, se apoyaran en las conquistas de las ciencias naturales, vinculadas con el desgajamiento de las ciencias naturales particulares y, en primer lugar, la astronomía, cuyos fundamentos había sentado Copérnico, de la antigua ciencia única e indivisa.
En algunas doctrinas de esta época cobró nueva vida la dialéctica espontánea de los antiguos y se generalizaron los progresos de las ciencias naturales avanzadas. Pero, a la par con ello y en contraste con esa dialéctica espontánea, comenzaron a manifestarse las tendencias metafísicas que se acentuaron de modo especial al finalizar la época del Renacimiento.
La agudización de la lucha de clases durante este período determinó la aparición de múltiples y diversas doctrinas políticas y sociales. Por oposición a la concepción teológica de la sociedad y del Estado, los sociólogos avanzados de la época pusieron de relieve su carácter terreno, rechazaron las teorías medievales providencialistas y, por último, sostuvieron la necesidad de que el hombre tomara parte activa en la vida social. Pero, a la vez, los sufrimientos y las desventuras de las masás populares, arruinadas durante el período de la acumulación originaria del capital, orientaron el pensamiento de los sociólogos más avanzados y más sagaces hacia la crítica de las nacientes relaciones burguesas y daban origen a los sueños relacionados con una sociedad ideal que aboliría la propiedad privada (utopías socialistas de Moro y Campanella).
La lucha de las clases explotadas por sus derechos legítimos y por sus intereses solía revestirse, en aquella época, con el ropaje religioso de una [297] “Reforma popular” y de las “herejías”. Pero ya en esos tiempos algunos jefes de los movimientos populares, como Münzer, por ejemplo –la figura más grande de la época, al decir de Engels–, se aproximaban al ateísmo y difundían ideas revolucionarias.
Sin embargo, los ideólogos que reflejaban los intereses de las fuerzas antifeudales de la sociedad no podían crear aún, en aquel tiempo, una teoría social avanzada, limitándose por ello a formular algunos atisbos acerca del hundimiento ya maduro del régimen feudal, sobre la abolición de los privilegios feudales, así como sobre la necesidad de instaurar un poder seglar y de crear un nuevo régimen basado en la igualdad de todos los hombres.
Pese a la encarnizada lucha de los oscurantistas feudales que se servían de métodos crueles y de bajas perfidias, aquéllos no pudieron contener el desarrollo progresivo de la cultura. La dictadura de la Iglesia y el dominio de la escolástica medieval quedaron quebrantados, iniciándose un rápido desenvolvimiento de las ciencias naturales, basadas en la experiencia, y de la filosofía.
{49} Giordano Bruno, De la causa, principio y uno, trad. de Angel Vassallo, pág. 93. Buenos Aires, 1941.
{50} Giordano Bruno, De la causa, principio y uno, pág. 110.
{51} Giordano Bruno, De la causa, principio y uno, ed. cit., pág. 144.
{52} Ibídem, pág. 154.
{53} Ibídem, pág. 54.
{54} Manuscrito en latín que se conserva en la biblioteca Lenin de Moscú.
{55} Palmiro Togliatti, Desarrollo y crisis del pensamiento italiano en el siglo XIX, “Problemas de filosofía”, núm. 5, pág. 58, 1955.