Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo V
La lucha del materialismo y del idealismo durante el periodo de las primeras revoluciones burguesas de los países de Europa occidental (Finales del siglo XVI y principios del XVIII)
El período de las primeras revoluciones burguesas de Europa Occidental, que se extiende desde fines del siglo XVI a principios del XVII, fue uno de los más importantes y fecundos para el desarrollo de la filosofía.
Las primeras revoluciones burguesas, desencadenadas primero en los Países Bajos (en los años 60-70 del siglo XVI) y más tarde en Inglaterra (en las décadas del 40 al 80 del XVII), así como los movimientos liberadores de los campesinos y artesanos, desplegados en algunos países europeos durante los siglos XVI-XVII, sacudieron a las masas populares y promovieron ideales sociales, cuya realización se convirtió en tarea de las generaciones posteriores. Fue una época en la que la vieja sociedad feudal sufrió una profundísima crisis económica, política e ideológica, en la que se formaron las naciones burguesas y se crearon y consolidaron los Estados nacionales. Para los hombres avanzados del siglo XVII, portavoces de los intereses de las fuerzas antifeudales de la sociedad, las relaciones de producción, que frenaban el incremento de las fuerzas productivas, así como el régimen monárquico-feudal con sus privilegios de casta y sus instituciones, eran no ya algo caduco históricamente, sino antinatural, irracional y hostil a la naturaleza humana.
Los ideólogos progresivos de la época de las primeras revoluciones burgueses hablaban de los derechos “naturales” humanos, despreciados por los caballeros feudales, y reclamaban que las relaciones sociales correspondieran a las exigencias de la “naturaleza” humana; al mismo tiempo, expresaban su fe en el progreso ilimitado de la humanidad y consideraban que la fuerza propulsora de ese progreso radicaba en la ilustración, en la ciencia y en la razón humana. Desde un punto de vista científico, en las expresiones ideológicas de las primeras revoluciones burguesas había mucho de ilusorio y de infundado. Sin embargo, esas ilusiones reflejaban ya, aunque bajo una forma ingenua y, con frecuencia, religiosa, las esperanzas de las masas populares que aspiraban espontáneamente a una transformación radical del régimen social y, en algunos casos, a la instauración de una sociedad libre de la explotación y de la opresión. [299]
Al caracterizar las primeras revoluciones burguesas, Marx subrayaba su significación para toda Europa: “No representaban el triunfo de una determinada clase de la sociedad sobre el viejo régimen político; eran la proclamación de un régimen político para la nueva sociedad europea. En ellas había triunfado la burguesía; pero la victoria de la burguesía significaba entonces el triunfo de un nuevo régimen social, el triunfo de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, de la nación sobre el provincialismo, de la concurrencia sobre los gremios, de la partición sobre el mayorazgo, del sometimiento de la tierra al propietario sobre el sometimiento del propietario a la tierra, de la ilustración sobre la superstición, de la familia sobre el linaje, de la industria sobre la pereza heroica. del derecho burgués sobre los privilegios medievales.”1
Durante el período de formación del capitalismo y después del descubrimiento de América y de la ruta marítima alrededor de África, se abrió ante la incipiente burguesía un nuevo campo de acción. El Mar Mediterráneo dejó de desempeñar un papel principal en el desarrollo del comercio; los españoles, portugueses, holandeses, ingleses y franceses fundaron colonias en todas las regiones del globo. Los mercados de las Indias Orientales y de China, la colonización de América, los nuevos productos traídos de allí, así como la gran cantidad de oro y plata puesta en circulación, dieron un vigoroso impulso al comercio, a la navegación marítima y a la industria. Todo ello contribuyó a que se desintegraran las relaciones feudales de producción y se desenvolviera, en cambio, el capitalismo.
El incremento de la producción manufacturera, la descomposición de las relaciones gremiales que, en gran medida, tenían un carácter patriarcal, el desarrollo del comercio y la ampliación de los vínculos económicos y culturales entre los pueblos aceleraron el ritmo del progreso social y pusieron fin al marasmo de la producción y de la vida social en general. característico de la época feudal. La burguesía, interesada como estaba en el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, necesitaba la ayuda de la ciencia y contribuía a su progreso. Los hombres de ciencia y los pensadores avanzados de la época, expresando las necesidades y los intereses del desarrollo capitalista, tomaban parte activa en el poderoso movimiento ideológico que contribuyó a la formación y a la consolidación de la sociedad burguesa. El incremento de las fuerzas productivas y los grandes descubrimientos científicos asociados a él (fundamentación de la mecánica teórica por Galileo, leyes de Kepler, invención del telescopio y del microscopio, etc.) ampliaron inmensamente el horizonte intelectual de la nueva sociedad, la sociedad burguesa. Engels ha subrayado que, en aquella época histórica, el progreso de las ciencias naturales estaba vinculado íntimamente al desarrollo de la producción capitalista. El desenvolvimiento de la industria capitalista y de toda la producción material, así como las necesidades del comercio y de la navegación, exigían una acumulación y una ampliación de conocimientos en el campo de la mecánica, de la astronomía, la física, la anatomía y de otras ciencias naturales. El progreso de las ciencias naturales, del que dependía en gran parte el [300] progreso de la producción material, reclamaba apremiantemente que la ciencia se liberara de las trabas de la religión, de la dictadura espiritual de la Iglesia. La ciencia, al decir de Engels, debía alzarse contra la Iglesia y, en ese alzamiento, tomaba parte la burguesía, que necesitaba, a su vez, de la ciencia.
En relación con las necesidades del desarrollo social y, ante todo, de las fuerzas productivas, se planteó a las ciencias naturales la tarea de analizar y clasificar todo lo que habían conquistado anteriormente, así como la tarea de describir diferentes fósiles, animales, plantas, etc. En comparación con el período precedente, la filosofía de la época de las primeras revoluciones burguesas dio un inmenso paso de avance.
Sería vergonzoso para la humanidad –afirmaba Francisco Bacon, uno de los primeros grandes representantes de la filosofía de esta época– que el mundo intelectual del hombre se quedara dentro de los límites trazados en la Antigüedad, cuando el campo del mundo material –países, mares y plantas– se extiende inconmensurablemente. Según Bacon, la invención de la imprenta, de la pólvora y de la brújula había cambiado “la fisonomía y la situación del mundo entero; en primer lugar, por lo que se refiere a la escritura; en segundo, por lo que toca a la guerra y, en tercer lugar, por lo que concierne a la navegación marítima. Esto dio lugar a innumerables cambios en las cosas, de tal modo que no hube poder alguno, ni doctrina o estrella alguna que influyeran tanto... en los asuntos humanos como estas invenciones mecánicas.”2
Indudablemente el capitalismo era un régimen progresivo, comparado con el régimen feudal. Una nueva clase, la clase de los capitalistas, impulsaba hacia adelante el desarrollo de las fuerzas productivas. Progresaban la industria, la técnica y, en íntima relación con ellas, la ciencia natural experimental. Esto condicionó a su vez los rasgos materialistas de la concepción del mundo de las capas progresivas de la burguesía.
El materialismo, que se halla vinculado estrechamente a las ciencias naturales, era algo necesario para la burguesía; al apoyar e impulsar a las ciencias naturales, como base teórica de la técnica, la burguesía también apoyaba de hecho a las ideas materialistas. Cierto es que los movimientos antifeudales de la época se revestían de un ropaje religioso, puesto que la gran mayoría de la población, incluidas sus capas burguesas, seguía siendo religiosa, contentándose plenamente con los frutos de la Reforma que dio origen al luteranismo, al puritanismo, al calvinismo y a otras variedades de la religión, burguesa por su carácter, sin que la población aceptara todavía el materialismo y el ateísmo. En el siglo XVII y comienzos del XVIII, el materialismo era la concepción del mundo de las capas más progresivas de la sociedad, interesadas en el desarrollo capitalista y vinculadas íntimamente con la ciencia de su tiempo, particularmente con las ciencias naturales.
Los representantes de la filosofía materialista del siglo XVII y principios del XVIII expresaban los intereses del desarrollo capitalista y creían sinceramente que la abolición de las relaciones feudales, “contrarias a la naturaleza”, los avances de la ciencia y de la ilustración, la liberación de una y otra de la dictadura espiritual de la Iglesia, el dominio sobre las [301] fuerzas naturales espontáneas y los progresos de la técnica debían conducir y conducirían a una prosperidad general. Para muchos pensadores avanzados de la época, el progreso de la sociedad radicaba en la supresión del feudalismo y del dominio de la Iglesia y en el desarrollo de las ideas de las ciencias naturales, ciencias materialistas por su propia naturaleza.
Las grandiosas hazañas económico-sociales llevadas a cabo un los siglos XVI-XVII, así como los grandes descubrimientos científicos ligados a ellas, dieron origen a una nueva forma histórica de la filosofía materialista, distinta por esencia de las doctrinas materialistas del Antiguo Oriente y de la Grecia y Roma clásicas.
A la filosofía de los siglos XVII y principios del XVIII se le .planteaba nuevas tareas. Una de ellas era la de esclarecer las relaciones mutuas entre la filosofía y las demás ciencias. Mientras que en la sociedad esclavista y bajo el feudalismo no existía frecuentemente una clara delimitación entre la filosofía y las ciencias naturales y sociales que estudian regiones particulares de la realidad circundante, es decir, las formas específicas del movimiento, en la época a que nos estamos refiriendo se desarrollaban también, junto a la filosofía, ciencias naturales que elaboraban métodos específicos de investigación de los diferentes fenómenos de la naturaleza. El desgajamiento de las ciencias naturales particulares (la mecánica, la astronomía. la física, etc.) del tronco de la ciencia única e indivisa tuvo una inmensa significación progresiva tanto para el progreso de las ciencias naturales como para el desarrollo de la filosofía.
Al desarrollarse en las ciencias naturales métodos y procedimientos de investigación de la naturaleza, propios de ramas particulares del conocimiento, se planteó a la filosofía la tarea de generalizar y elaborar un método universal de investigación.
Los filósofos de la época de las primeras revoluciones burguesas concedieron a este problema una gran importancia; unos trataron de universalizar el método matemático de deducción y demostración; otros trasplantaron de las ciencias naturales a la filosofía el método empírico de investigación, desarrollándolo y perfeccionándolo, influyendo así considerablemente en el desenvolvimiento de las ciencias de la naturaleza.
Con este motivo se planteó a la filosofía con particular fuerza el problema de la correlación de lo sensible y lo racional en el conocimiento, el problema del valor relativo, desde el punto de vista gnoseológico, de la sensación y del pensamiento y, por último, el problema de las relaciones entre estos dos factores. Así, pues, el sensualismo y el racionalismo, que eran una expresión filosófica de diferentes tendencias de la ciencia moderna, se enfrentaban entre sí a la vez que se complementaban el uno al otro.
En la época de las primeras revoluciones burguesas, la concepción materialista del mundo. incluso la de los pensadores progresivos, tenía un carácter limitado. Era un materialismo metafísico, mecanicista, que no se salía del marco de una concepción materialista de la naturaleza, mostrándose incapaz de concebir de modo materialista la vida social.
Las raíces gnoseológicas de la limitación de horizontes del materialismo del siglo XVII y principios del XVIII deben buscarse, ante todo, en el carácter predominantemente mecanicista de las ciencias naturales de la época y en su insuficiente desarrollo; deben buscarse asimismo en el hecho [302] de que muchas concatenaciones y leyes de la naturaleza (sobre todo, en el campo de los fenómenos químicos, biológicos, etc.) no habían sido estudiadas y eran desconocidas.
El ropaje religioso con que se cubrían algunas doctrinas materialistas del siglo XVII y principios del XVIII, así como su inconsecuencia, se relacionaba con el hecho de que las relaciones feudales, predominantes aún en la mayor parte del mundo, pesaban todavía considerablemente en los países más desarrollados; en algunos países la burguesía era aún una clase débil, poco segura de su fuerza, que con frecuencia trataba de fortalecer sus posiciones recurriendo a toda clase de componendas con las viejas fuerzas sociales, con las fuerzas feudales, incluida la Iglesia dominante.
Sin embargo, pese a todas sus limitaciones, el materialismo del siglo XVII y principios del XVIII representa una de las grandes conquistas del pensamiento humano cuyo influjo ha sido inmenso en todo el desarrollo espiritual de la humanidad.
El método de investigación de los fenómenos de la naturaleza, que imperaba desde la segunda mitad del siglo XV y que en aquella época se concebía unilateralmente, es decir, como método analítico, al ser elevado al rango de lo absoluto legó “el hábito de enfocar las cosas y los fenómenos de la naturaleza, aisladamente, sustraídos a la gran concatenación del universo; no sorprendidos, por tanto, en su dinámica, sino enfocados estáticamente, no captados como situaciones sustancialmente variables, sino como datos fijos, disecados, como materiales muertos, y no aprisionados, como objetos vivos. Por eso, este método de observación, al trasplantarse, con Bacon y Locke, de las ciencias naturales a la filosofía, provocó la limitación específica característica de estos últimos tiempos, en el método metafísico de especulación.”3
Sólo esporádicamente, y a despecho del método metafísico de pensar, podemos descubrir brillantes ejemplos de la dialéctica en los trabajos de algunos eminentes filósofos y hombres de ciencia de ese período, Así, por ejemplo, hallamos elementos dialécticos en los trabajos de Descartes sobre cosmogonía, física y matemática; en las teorías de los físicos y filósofos ingleses (Bacon, Newton) sobre el calor como forma especial del movimiento o sobre el calor como movimiento de las partículas materiales, es decir, corpúsculos (Boyle) y, por último, en las doctrinas de Spinoza y Toland. Entre los filósofos idealistas-dialécticos de este período debe citarse a Leibniz, que fue también, además de filósofo, un gran matemático e investigador de la naturaleza.
En su conjunto, el desarrollo de la filosofía del siglo XVII demuestra palmariamente que las ciencias naturales y la filosofía materialista han avanzado siempre en íntima relación mutua, influyéndose recíprocamente de un modo decisivo. [303]
{1} C. Marx, La burguesía y la contrarrevolución, C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad, española, t. I, págs. 54-55, Ediciones en Leneuas Extranjeras, Moscú, 1951.
{2} F. Bacon, Nuevo Órgano, trad. rusa, pág. 100. Moscú, 1938.
{3} Federico Engels, Anti-Dühring, trad, esp. de W. Roces, pág. 29. México, D. F., 1945.