Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo IV: 4
4. La lucha de la ciencia contra la teología en los siglos XV-XVI. Nicolás Copérnico
Durante los siglos XV-XVI la ciencia rompió cada vez más abiertamente con la teología, bajo cuya férula había estado en la Edad Media; emprendió asimismo su propia vía de desarrollo y comenzó a oponerse a la religión y a la Iglesia. La burguesía, que ya era en aquel tiempo una clase progresiva, necesitaba las ciencias naturales como fundamento teórico de la técnica y como arma ideológica para luchar contra la ideología religiosa. “Paso a paso, con el auge de la burguesía –escribía Engels–, iba produciéndose el gran resurgimiento de la ciencia. Volvían a cultivarse la astronomía, la mecánica, la física, la anatomía, la fisiología. La burguesía necesitaba, para el desarrollo de su producción industrial, una ciencia que investigase las propiedades de los cuerpos físicos y el funcionamiento de las fuerzas naturales. Pero, hasta entonces, la ciencia no había sido más que la servidora humilde de la Iglesia, a la que no se le consentía traspasar las fronteras establecidas por la fe; en una palabra, había sido cualquier cosa menos una ciencia. Ahora, la ciencia se rebelaba contra la Iglesia; la burguesía necesitaba a la ciencia y se lanzó con ella a la rebelión.”45
El desarrollo de las ciencias naturales transcurrió en medio de una lucha implacable, que reflejaba el conflicto entre las fuerzas antifeudales. incluyendo los círculos progresivos de la burguesía, y los defensores del régimen feudal, La ciencia avanzada tenía sus propios mártires, los caídos o los perseguidos por defender la verdad, por exhortar a conocer las leyes de la naturaleza, Entre ellos figuraban Giordano Bruno, Miguel Servet, el pensador italiano Vanini, quemado vivo por la Inquisición; el holandés Vesalio, fundador de la anatomía científica, martirizado por la Iglesia Católica; el gran Galileo, víctima de las persecuciones de los clérigos y muchos otros eminentes pensadores y científicos. [285]
Durante los siglos XIV-XV se desarrollaron profundamente muchas ramas de la industria basadas en el conocimiento de las leyes de la mecánica (industria textil, fabricación de relojes, construcción de molinos), de la física (fabricación de vidrios para anteojos), de la química (industria de colorantes) y de la metalurgia. Estas actividades productivas ampliaron el campo de la experiencia y de los conocimientos, hicieron posible la construcción de instrumentos absolutamente nuevos y contribuyeron a un rápido desarrollo de la técnica de la experimentación científica. Para el progreso de la ciencia tuvieron una importancia especial el telescopio y el microscopio, inventados posteriormente.
Los grandes descubrimientos geográficos ampliaron también las ideas del hombre sobre nuestro planeta y sobre su superficie, así como sobre los seres vivos que habitan en él. Ello contribuyó, a su vez, a la acumulación de un riquísimo material, basado en hechos, obtenido en diversos campos de la ciencia: geografía física, medicina, zoología y botánica. Se elevó también el interés por la astronomía. La invención de la imprenta fue de una importancia excepcional para el progreso de la ciencia. Muchas innovaciones técnicas (como la pólvora, la brújula, el papel y otras) fueron traídas de China a Europa.
Con el desarrollo de las ciencias naturales se pudo disponer de un abundante material basado en hechos para fundamentar científicamente la filosofía materialista.
Á partir de la segunda mitad del siglo XV se planteó a las ciencias naturales, con toda fuerza, la necesidad de crear un nuevo método de investigación de la naturaleza, de estudiar experimentalmente sus fenómenos. Engels ha señalado que sólo a partir de entonces se hizo posible una ciencia propiamente experimental y sistemática.
Por oposición al método escolástico, que establecía todas sus conclusiones y pruebas sobre la base de la confrontación de textos y de silogismos verbales, las ciencias naturales empíricas exigían la investigación experimental, así como la comprobación y demostración dé cualquier tesis o conclusión por medio de la experiencia.
La investigación empírica de la naturaleza fue considerada no sólo como fuente de conocimiento, sino también como criterio de la veracidad de tales o cuales afirmaciones de carácter científico-natural. Para comparar ambos métodos de razonamientos –el escolástico y el basado en el conocimiento empírico– podemos aducir una disputa sobre el número de dientes de los caballos. Los escolásticos, indiferentes a los fenómenos de la naturaleza, sostenían Ja disputa basándose en una confrontación de los textos de Aristóteles con los de otras autoridades de su “ciencia”. En cambio, para el investigador científico de la naturaleza, la respuesta no estaba en los escritos de los antiguos, ni en las afirmaciones de las autoridades, sino en la realidad misma, en la naturaleza, en la vida. Los filósofos materialistas y los investigadores científicos de la naturaleza sólo admitían una autoridad: la realidad, la naturaleza, la vida; y sólo reconocían en ella un camino válido para obtener las respuestas a las preguntas planteadas: la experiencia.
El amplio desarrollo de las ciencias naturales, de la investigación empírica de la naturaleza, planteaban a la filosofía materialista, cada vez más apremiantemente, la tarea de elaborar teóricamente y de generalizar [286] los procedimientos de investigación empírica, es decir, de crear procedimientos de conocimiento empírico con el carácter de métodos científicos. No es casual que la gnoseología materialista se desarrollara en la época del Renacimiento precisamente en relación con el problema de las fuentes del conocimiento y de la certidumbre de los conocimientos derivados de la experiencia. Esta experiencia, mediante la cual el sujeto entra en una relación directa e inmediata con el objeto, debía servir también de punto de partida para el desarrollo ulterior de la filosofía materialista, así como para la elaboración sistemática de la teoría materialista del conocimiento.
La investigación empírica se basaba en el empleo de los métodos de observación y de experimentación. La observación se limitaba a una simple contemplación, al registro de los fenómenos existentes en el mundo objetivo fuera e independientemente del observador. Ya en la época del Renacimiento comenzaban a desarrollarse, junto a la observación, los métodos de investigación experimental. En contraste con la observación, la experimentación supone una activa intervención del investigador en el curso del proceso natural a fin de distinguir el fenómeno en su estado “puro”, liberándolo de las influencias accesorias que empañan y perturban a veces la esencia del fenómeno estudiado. El experimentador coloca el objeto en cuestión en circunstancias artificiales y en ellas reproduce el proceso que le interesa en su forma “pura”, es decir, liberado de toda clase de influencias y factores extraños. Ya de esto se deduce que el experimento representa una fase de la investigación empírica mucho más elevada que la simple observación. Supone asimismo que el investigador comienza a utilizarlo para comprobar la veracidad de tales o cuales hipótesis o conjeturas científicas. El desarrollo ulterior de los métodos experimentales de investigación científica y su transformación en métodos empleados sistemáticamente en diversas ciencias, como la mecánica, la física y la química, y más tarde en la biología, condujeron de lleno a la necesidad de recurrir cada vez con más frecuencia al pensamiento teórico, al manejo de los conceptos científicos, a la generalización teórica del material empírico acumulado y, por último, a la formulación de hipótesis científicas cada vez más amplias. Esta tendencia a fundamentar teóricamente la investigación empírica comenzó a manifestarse ya en la época del Renacimiento, si bien todavía de un modo débil.
A medida que progresaban y se perfeccionaban los conocimientos científico-naturales, así como su generalización filosófica y el empleo de los datos científicos con vistas a la deducción de conclusiones gnoseológicas materialistas, se iba ahondando cada vez más la ruptura entre la ciencia y la teología; ruptura determinada ante todo por el hecho de que la ciencia natural empírica venía a fortalecer y a fundamentar la concepción materialista de los fenómenos de la naturaleza, profundamente hostil a toda religión.
La doctrina heliocéntrica, creada por el gran astrónomo polaco Nicolás Copérnico, representó un paso revolucionario que condujo a la supresión de la antigua subordinación de la ciencia a la teología.
Nicolás Copérnico (1473-1543) consagró toda su actividad científica a demostrar que los movimientos aparentes del Sol y de las estrellas, observados por el hombre, podían explicarse en realidad por el movimiento [287] de rotación que describe la Tierra alrededor de su propio eje cada 24 horas, y por su movimiento anual de traslación en torno al Sol; en consecuencia, el centro de nuestro sistema planetario no es la Tierra, sino el Sol. Estas ideas, dadas a conocer en la obra de Copérnico titulada Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes, provocaron una transformación radical en toda la concepción del mundo vigente en aquella época.
El mérito inmenso de Copérnico reside, ante todo, en haber expuesto en forma rigurosamente científica la tesis heliocéntrica (del término griego “helios”, Sol), vislumbrada ya en la Antigüedad por Aristarco de Samos, después de someter a una decidida crítica la hipótesis geocéntrica de Ptolomeo, según la cual la Tierra era el centro del sistema panetario, girando en torno de ella el Sol y los demás planetas.
Al impugnar las tesis fundamentales de la hipótesis de Ptolomeo, Copérnico partía en lo fundamental de posiciones filosóficas materialistas. Concebía de un modo materialista el papel del conocimiento sensible y señalaba el carácter limitado del empirismo estrecho y unilateral. Afirmaba, asimismo, que el error de la hipótesis ptolemaica estribaba en distinguir lo aparente de lo real y en tomar lo que sólo es apariencia por realidad. Ahora bien, si la Tierra se mueve realmente, al hombre que habita en ella debe parecerle que todos los cuerpos cósmicos que se hallan más allá de sus límites se mueven también a la misma velocidad, sólo que en dirección opuesta. Partiendo de la premisa de que la Tierra permanece inmóvil en el centro del Universo, Ptolomeo tomó por un movimiento real precisamente ese tipo de movimiento aparente.
Decía Copérnico: “¿Por qué no reconocer que al cielo sólo le corresponde la apariencia de un movimiento de rotación cada 24 horas y que su realidad es el movimiento de la Tierra misma, de tal modo que aquí sucede lo que se cuenta en la Eneida de Virgilio: «Zarpamos del puerto, y campos y aldeas se alejan de nosotros»? Pues cuando el barco se mueve tranquilamente, los marinos se imaginan que todo lo que se halla fuera de él se mueve también a semejanza del barco, en tanto que se consideran a sí mismos y todo lo que está con ellos como si permanecieran en reposo.”46
Partiendo de la necesidad de distinguir los movimientos reales y los aparentes, Copérnico sostenía que es la Tierra y no el Sol la que describe verdaderamente el movimiento anual. De donde deduce lo siguiente: “Lo que se nos presenta como movimiento del Sol no deriva del movimiento de éste, sino del movimiento de la Tierra y de su esfera, junto con la cual giramos alrededor del Sol como cualquier otro planeta. Por tanto, la Tierra tiene más de un movimiento.
“Los movimientos aparentes simples y retrógrados de los planetas no se deben a su propio movimiento, sino al de la Tierra, Así, pues, el movimiento de la Tierra por si solo basta para explicar también las numerosas desarmonías aparentes del cielo.”47
Se asestó un golpe a la teología en su punto más importante, más sensible. Después de quebrantar la concepción teológica del mundo, el gran descubrimiento de Copérnico tenía que revolucionar forzosamente [288] todas las ciencias naturales, Este descubrimiento venía a refutar las leyendas bíblicas que hasta entonces parecían inconmovibles. Resultaba que la Tierra no era ya el centro del universo, sino pura y sencillamente uno de los planetas que giran alrededor del Sol, y se llegaba lógicamente a la conclusión de que el mundo, el universo, no podía considerarse creado “racionalmente” por Dios para el hombre, como afirmaban los teólogos. Tampoco existían espíritus que habitaran y movieran las esferas celestes. Las leyendas bíblicas no eran más que mitos. Al decir de Engels, la doctrina de Copérnico fue “el acto revolucionario con que las ciencias naturales declararon su independencia...”48 La audaz innovación del gran sabio polaco significó una verdadera “revolución en el cielo”, precursora de la que habría de operarse en las relaciones terrenas, sociales.
Copérnico asestó también un serio golpe a las concepciones escolásticas sobre el movimiento de los cuerpos, concepciones que arrancaban de la división aristotélica de los movimientos en movimientos “perfectos” (celestes) e imperfectos (terrenos). Copérnico sostenía que no existe ninguna diferencia de principio entre los movimientos celestes y los terrestres: los principios de una misma y única mecánica rigen en todas partes.
El descubrimiento copernicano constituyó un ejemplo de audacia teórica. El sabio polaco se pronunció contra la opinión de que la evidencia inmediata proporciona una verdad absoluta y, con ello, impulsó la creación de una teoría científica del conocimiento. El astrónomo polaco ha entrado en la historia de la filosofía y de la ciencia como un gran innovador científico y pensador materialista.
Todas las fuerzas de la reacción feudal y, en primer lugar, el Papado, se movilizaron contra la “herejía” copernicana. La obra de Copérnico Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes fue incluida en el índice de libros prohibidos como obra francamente herética.
Tampoco los protestantes admitieron el sistema heliocéntrico. Lutero rechazó totalmente la doctrina de Copérnico y calificó al sabio polaco de hombre que aspiraba a “trastrocar todo el arte de la astronomía”. Para “demostrar” la falsedad del sistema heliocéntrico, la clerecía apelaba a ridículos argumentos, entre ellos el de que las leyendas bíblicas decían que Josué había pedido a Dios que detuviera la marcha del Sol, no de la Tierra, a fin de poder terminar una batalla. De ahí se deducía, según los clérigos, que si Dios hubo de parar precisamente el Sol, ello significaba que lo que se movía era el Sol, no la Tierra. Este ejemplo puede ilustrarnos cómo los teólogos continuaban aferrados a su método escolástico, fundado en las opiniones de las autoridades y en los textos de la Sagrada Escritura.
Las ideas de Copérnico fueron desarrolladas fecundamente por el gran sabio alemán, Juan Kepler (1571-1630), que formuló las leyes fundamentales del movimiento de los planetas alrededor del Sol. Continuando las tradiciones copernicanas, Kepler apreció en alto grado la significación teórica de los trabajos de Copérnico. En el gran astrónomo polaco vio a un hombre de genio superior y de independencia de pensamiento.
El descubrimiento de Copérnico tuvo una gran importancia para la elaboración de un cuadro científico del universo, ya que abrió el camino [289] al conocimiento de las leyes más generales del movimiento mecánico que rigen en la naturaleza.
{45} F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II, pág. 94. Moscú, 1952,
{46} Cita tomada de la obra Nicolás Copérnico, pág. 29. Moscú-Leningrado, 1947 (en ruso).
{47} Obra citada, pág. 32.
{48} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”, C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. española, t. II, pág. 55.