Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo II: 2
2. El materialismo del siglo V a. n. e. y su lucha contra el idealismo (la “Línea de Demócrito” y la “Línea de Platón”)
Hacia mediados del siglo V a. n. e., después de las guerras persas (médicas), Grecia logró considerables éxitos en su desenvolvimiento económico y cultural. Se consolidó el tipo democrático-republicano del Estado esclavista y, por último, la ciencia griega entró en una fase nueva, más madura, de su desarrollo.
En aquel tiempo, se enriquecieron considerablemente los conocimientos astronómicos, físicos, matemáticos y biológicos. Hipócrates sistematizó los conocimientos médicos de la época y elevó a gran altura la práctica de la medicina.
La retórica, o teoría del arte de hablar, alcanzó un alto nivel, se cultivó la gramática y la atención de los filósofos empezó a encauzarse hacia los problemas morales y estéticos. También alcanzaron grandes éxitos en [85] el cultivo de la dialéctica en el sentido originario del término (arte de confrontar las opiniones opuestas con el fin de descubrir la verdad). Maduró asimismo la necesidad de estudiar los problemas de la lógica. Se desarrollaron felizmente la arquitectura, la escultura y otras artes plásticas, así como la literatura (especialmente la poesía lírica y la tragedia). Los trágicos de la antigua Grecia (Esquilo, Sófocles y Eurípides), el autor de comedias, Aristófanes, y los grandes artistas plásticos, Fidias y Policleto, crearon obras imperecederas.
Atenas, que era el Estado más importante de la antigua democracia esclavista griega, se convirtió en el foco de desarrollo de la cultura griega de la Antigüedad. Bajo el gobierno de Pericles (40-30 del siglo V a. n. e.) Atenas alcanzó su máximo auge económico, político y cultural.
Sin embargo, ya a mediados del siglo V a. n. e. se advirtieron algunos indicios de la crisis que amenazaba a la democracia ateniense. La guerra que estalló entre Atenas y Corinto se transformó poco después en una encarnizada lucha entre las fuerzas democráticas, encabezadas por Atenas, y la aristocracia reaccionaria, agrupada en torno a Esparta. La guerra del Peloponeso (431-404 a. n. e.) fue ruinosa para la economía de Atenas y trajo consigo la crisis de la democracia esclavista ateniense.
En ese período histórico de la antigua Grecia se agudizó la lucha de clases. Y precisamente en él se desarrolló con una intensidad especial la lucha del materialismo contra el idealismo y de la ciencia contra la religión.
Los materialistas del siglo V a. n. e. impulsaron las ideas científico-naturales y filosóficas de sus predecesores y expusieron algunas ideas sociales bastante adelantadas para su tiempo. Defendían los intereses de los núcleos progresivos de la clase esclavista y con su actividad política contribuyeron al fortalecimiento del Estado democrático esclavista. El materialista Anaxágoras era amigo y compañero de armas del jefe de la democracia esclavista ateniense; el materialista Empédocles encabezaba el partido democrático esclavista de Agrigento, ciudad-estado de la isla de Sicilia; por último, el filósofo materialista Demócrito era destacado dirigente de la democracia esclavista en Abdera (Tracia).
Al resolver de un modo materialista el problema fundamental de la filosofía, los pensadores avanzados griegos del siglo V a. n. e. ya no se contentaban con una concepción inmediata, concreto-sensible, de la materia, semejante a la de los filósofos milesios y Heráclito, sino que aspiraban a resolver el problema de la estructura de la materia y el de la naturaleza de las partículas materiales de que se componen todas las cosas y, a la par con ellos, el problema del carácter de su movimiento y sus causas. Todos los filósofos materialistas de esa época consideraban los fenómenos de la naturaleza como resultado de la unión y separación de las partículas materiales.
Según el testimonio de Aecio, “Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Epicuro y todos los que creen que el mundo se ha formado de la combinación de diminutas partículas materiales admiten (numerosas) combinaciones y separaciones (de ellas), pero no aceptan que se generen o perezcan en un sentido propio.”38 [86]
Anaxágoras de Clezómenas (alrededor de los años 500-428 a. n. e.) considera que el fundamento de todos los fenómenos de la naturaleza son unas partículas materiales, llamadas por él “semillas de las cosas”, que se distinguen por su diversidad cualitativa. Los cuerpos derivan de esos primeros elementos parecidos cualitativamente a ellos (así, por ejemplo, la carne se compone de partículas de carne; la sangre, de gotitas de sangre; los huesecillos, de huesecillos, etc). Posteriormente, estas partículas fueron llamadas “homeomerías” (partes semejantes al todo).
Anaxágoras explicaba el movimiento de las “homeomerías” por una fuerza exterior a ellas, el “Nous” o “Inteligencia” universal, por la cual entendía el más sutil y ligero de todos los seres. Los filósofos idealistas se empeñaron más tarde en tergiversar este concepto afirmando que el “Nous” de Anaxágoras es un principio inmaterial o espíritu universal.
La doctrina de Anaxágoras que sostenía que los cuerpos se componen de combinaciones de partículas de una cualidad determinada y que el cambio de los fenómenos naturales se reduce a la combinación y disgregación de esas partículas se acercaba a la concepción mecanicista del desarrollo, que, a su vez, se distinguía de la doctrina heraclitiana de la transformación de las cosas en sus contrarias.
Al examinar la filosofía de Anaxágoras, Lenin señaló lo siguiente: “...Algunos conciben la transformación como la existencia de partículas cualitativamente determinadas y su crecimiento (respective39 disminución) [combinación y disociación] de ellas). Otra concepción (la de Heráclito): transformación de lo uno en lo otro.”40
Empédocles (490-430 a. n. e.), médico e investigador de la naturaleza, fue otro de los representantes del pensamiento materialista de la época. Consideraba como fundamento último de todos los fenómenos naturales a cuatro elementos materiales o “raíces”: el fuego, el aire, el agua y la tierra. Todas las cosas, según él, se forman de diversas combinaciones de estas cuatro “raíces”. Estas ideas contenían un fecundo atisbo sobre la esencia de las cosas y sobre el fundamento material de los fenómenos naturales, pero dichas ideas no eran sino el primer intento de generalizar las percepciones inmediatas, sensibles.
Empédocles explicaba el movimiento de los elementos por la acción de dos fuerzas opuestas, el “amor” y el “odio”, vislumbrando así, en una forma plástica, la existencia de las fuerzas de atracción y repulsión en la naturaleza.
Los materialistas del siglo V a. n. e. desempeñaron un papel muy importante en el desarrollo de las ideas científicas sobre la naturaleza. Anaxágoras decía que la Luna no tiene luz propia, sino que la refleja del Sol, y explicaba los eclipses lunares diciendo que la sombra de la Tierra caía sobre la Luna. A un meteorito que cayó en aquel tiempo lo llamó piedra caída del Sol y a éste lo concibió como una ardiente masa pétrea o como una piedra molar candente.
Esas concepciones quebrantaban la fe en los dioses, entre ellos el dios solar, Apolo. Por tal razón, Anaxágoras fue acusado de ofender a los dioses, lo que de acuerdo con las leyes de la época se castigaba con la pena [87] de muerte. Sin embargo, gracias a la intervención de Pericles, le fue conmutada la pena capital por la de destierro de Atenas.
A Empédocles se deben algunas intuiciones importantes en el dominio del conocimiento científico-natural. Trató de explicar los eclipses de los cuerpos celestes, la acción de los géiseres y la formación del feto humano.
Dentro de las corrientes materialistas más importantes del siglo V a. n. e.. figura el antiguo atomismo griego, representado por Leucipo y Demócrito.
Se supone que Leucipo vivió entre los años 500-440 a. n. e.. pues no existen datos biográficos exactos acerca de él. Fue el primer filósofo de la Antigúedad que expuso una doctrina de los átomos, concebidos como partículas materiales indivisibles; fue asimismo el primero que formuló una teoría del vacío. También se debe a Leucipo la formulación del principio de causalidad al decir que “ninguna cosa surge sin causa; todo surge por alguna razón y en virtud de la necesidad.”41
Una de las grandes conquistas de la ciencia griega de aquella época fue la teoría atómica de Demócrito (aproximadamente 460-370), discípulo de Leucipo y uno de los más eminentes pensadores materialistas de la Antigiedad. Demócrito nació en Abdera, gran ciudad comercial de la Tracia. Viajó mucho por Egipto, la India y Babilonia, familiarizándose así con los conocimientos alcanzados por los antiguos pueblos de Oriente. Se sabe también que estuvo en Atenas, donde estudió filosofía y escuchó a Sócrates sin revelarle su nombre ni mostrarse de acuerdo con sus ideas.
Demócrito poseía todo el rico acervo de conocimientos de su época y conocía perfectamente la filosofía de su tiempo. Su erudición era tan vasta que suscitó la admiración de muchos pensadores posteriores como Aristóteles, Cicerón, Plutarco, &c.
Escribió numerosas obras, pero de ellas sólo han llegado fragmentos suyos hasta nosotros. Su obra fundamental llevaba el título de Méga Diakosmos (“La gran ordenación”). En sus libros se abordaban los problemas de la filosofía y la lógica, de la cosmología, la física, la biología, así como los problemas de la vida social, de la psicología, la ética, la pedagogía, la filología, el arte, la técnica, &c.
Marx y Engels llamaron a Demócrito “naturalista empírico y primera mente enciclopédica de los griegos...”42
Demócrito encabezó la lucha que los materialistas del siglo V a. n. e. libraban contra el idealismo y la religión. Al oponerse a las concepciones idealistas partía, al igual que Leucipo, del reconocimiento del carácter material del universo. En su explicación de los fenómenos de la naturaleza adoptó la teoría atomista de Leucipo y enriqueció a la ciencia con un admirable esbozo de la teoría atómica de la estructura de la materia. La concepción atomista de Demócrito descansa sobre el principio del movimiento de la materia. Según dicha concepción, los átomos se mueven eternamente; el átomo es la materia misma en movimiento. Demócrito entendía los átomos como el ser, y el vacío como el no ser; pero el vacío era para él tan real como los átomos. [88]
En su Metafísica Aristóteles proporciona valiosos datos acerca de la concepción atomista de Leucipo y Demócrito: “...Leucipo y su amigo Demócrito admiten como elementos lo lleno y lo vacío, llamando a uno lo que es y al otro lo que no es. Es decir: lo lleno y sólido es lo que es; lo vacío [y lo rarificado] es lo que no es; (por esta razón, dicen ellos que lo que es, no es más, en modo alguno, que lo que no es, de la misma manera que el cuerpo no es más que el vacío) y, desde el punto de vista de la materia, uno y otro son causa de las cosas. Y así como los pensadores que afirman la unidad del ser fundamental derivan todo lo demás de los estados por los que éste pasa, considerando la rarificado y lo denso como principios (de todos esos) estados, así también estos filósofos consideran que las diferencias fundamentales ►entre los átomos◄ son las causas de todas las demás propiedades. Y estas diferencias son tres: la forma, el orden y la posición.”43
Según Demócrito, los átomos existen eternamente, y no difieren entre sí por su cualidad, sino solamente por su forma (“estructura”), orden (“contacto”) y posición (“conversión”). Todas las cosas se componen de átomos de la misma manera que las palabras “tragedia” y “comedia” se componen de las letras del alfabeto. Por su forma, los átomos se diferencian como las letras A y B; por su orden, como las combinaciones de las letras AB y BA y por su posición se distinguen como la letra N de la Z. La doctrina democritiana en la forma concisa y rigurosa con que nos la ha transmitido la Antigüedad se reduce a lo siguiente: “Los átomos son los cuerpos más pequeños posibles y carecen de cualidades; en cambio, el vacío es cierto lugar en el que todos estos cuerpos, durante toda la eternidad, se mueven arriba y abajo, o se entrelazan de algún modo entre sí. o chocan y se repelen los unos y los otros, diferenciándose y asemejándose de nuevo en esas combinaciones para formar, de este modo, todos los [cuerpos] compuestos sólidos y nuestros propios cuerpos, así como sus diversos estados y sensaciones.”44
Leucipo y Demócrito concebían los átomos como ínfimas partículas materiales. La doctrina atomística de ambos pensadores constituye una de las grandes conquistas del pensamiento materialista del mundo antiguo.
Las ideas avanzadas de Demócrito suscitaron el odio de la aristocracia, de la cual era Platón un destacado ideólogo. Algunos autores antiguos afirmaban que “Platón abrigó el propósito de quemar todas las obras de Demócrito que sólo él había podido reunir; pero los pitagóricos Amiclas y Clinias le disuadieron [de que hiciera eso]... La verdad es que le dijeron que ya hay muchos [que tienen esos] librejos”.45
Posteriormente, los filósofos idealistas se han empeñado más de una vez en tergiversar la doctrina de Leucipo y Demócrito y en disminuir su verdadera importancia en la historia de la filosofía.
Partiendo de su concepción idealista de que el átomo es un “principio ideal”, no una partícula material, Hegel atribuyó esa misma concepción a Leucipo. [89]
Lenin puso al descubierto la falsedad de esta interpretación hegeliana del atomismo antiguo. “Leucipo dice que los átomos son indivisibles «en virtud de la pequeñez de su cuerpo» y Hegel objeta que esto es «una escapatoria», que la «unidad» no se puede ver, que el «principio de la unidad» «es completamente ideal», que Leucipo no es un «empirista», sino un idealista.
“((?? Interpretación forzada))”46
Las ideas cosmológicas basadas en la teoría atomística de la estructura de la materia e impregnadas de una dialéctica espontánea, tuvieron una gran importancia en la historia de la ciencia antigua.
De acuerdo con las concepciones de Demócrito, la generación y destrucción de los infinitos mundos que forman el universo, así como todos los cambios que se operan en la naturaleza, se reducen a combinaciones –unión y disgregación– de los átomos que se mueven en el vacío y están sujetos a la necesidad natural. Los átomos se mueven por sí mismos (automáticamente) en el “gran vacío”, en el infinito espacio cósmico. “Agitándose en todas las direcciones”, chocan y se repelen los unos a los otros y producen un torbellino, al que son arrastrados cada vez más y más nuevos átomos.
Estos torbellinos atómicos, que surgen en diferentes regiones del universo, dan lugar a una cantidad infinita de mundos. Según Demócrito, se forma primero una envoltura exterior, que separa al mundo naciente de las restantes partes del universo. Más tarde se diferencian el centro del mundo en formación y su periferia. La fuerza del movimiento de torbellino hace que los átomos semejantes se unan entre sí y que surjan la tierra, el agua, el aire y el fuego de los cuales se forma el mundo dado. En virtud de su pesadez, todos los cuerpos del mundo ya formado tienden siempre hacia el centro.
Al reconocer la infinitud y eternidad del universo, Demócrito admitía la existencia de una cantidad infinita de mundos, así como su generación, desarrollo y destrucción eternos.
La intuición democritiana de que el movimiento es inseparable de la materia fue particularmente valiosa. A juicio de Demócrito, los átomos existen eternamente; no tienen principio en el tiempo. Así, pues, el antiguo materialista griego trataba de explicar la naturaleza por ella misma.
Demócrito fue el primero que planteó, en toda la historia de la ciencia griega de la Antigüedad, el problema del espacio y del tiempo. De acuerdo con sus ideas, el espacio es ante todo el “gran vacío”, en el que se mueven eternamente los átomos. También entendía por espacio los intersticios vacíos de los cuerpos, gracias a los cuales se hace posible su contracción y dilatación. Asimismo, llamaba espacio a la extensión de los cuerpos. Partiendo de su teoría atomista, consideraba que el espacio era continuo y negaba que su divisibilidad fuese infinita.
Rasgo característico del materialismo democritiano es su determinismo, o sea el reconocimiento del condicionamiento causal de los fenómenos [90] y de su sujeción a leyes. El antiguo materialista griego se oponía a la teleología (concepción idealista según la cual en la naturaleza no impera la causalidad, sino la finalidad). El reconocimiento de que en la naturaleza existe la causalidad objetiva, la necesidad, la sujeción a leyes, es una de las más grandes conquistas de la filosofía materialista de la antigua Grecia. Al decir de Aristóteles, “Demócrito, al prescindir de la [causa] final, deriva de la necesidad todas las cosas de que se sirve la naturaleza”.47 Demócrito decía que “prefería hallar una sola explicación causal a recibir el trono de los persas.”48
Sin embargo, el concepto democritiano de la causalidad era un tanto simplista y estaba impregnado de fatalismo. Al definir erróneamente la casualidad como lo incausado, hacía de ella un concepto puramente subjetivo detrás del cual se ocultaba la ignorancia humana. De este modo, la necesidad adquiría el carácter abstracto de la predestinación.
Demócrito rechazaba la concepción idealista del alma como principio sobrenatural y sostenía, en cambio, su materialidad. Lo mismo que el fuego, el alma se compone de átomos redondos que se mueven; el alma es el principio “ígneo” del cuerpo. Según Demócrito, la muerte no implica la separación del alma respecto del cuerpo, sino la disgregación natural de los átomos del cuerpo y de los átomos del alma. El alma es tan mortal como el cuerpo. Pese a su ingenuidad, las ideas democritianas sobre la esencia de lo psíquico desempeñaron un papel importante en la lucha contra las concepciones idealistas y religiosas de la inmortalidad del alma.
Al estudiar de un modo especial los problemas de la teoría del conocimiento, Demócrito adquirió grandes méritos en la historia del pensamiento filosófico. Demócrito planteó y resolvió en forma materialista el problema del objeto del conocimiento, del papel de las sensaciones como fase inicial del proceso cognoscitivo y, por último, el problema de la importancia del pensamiento en el conocimiento de la naturaleza.
El antiguo materialista griego distinguía la existencia “conforme a la verdad” y la existencia “conforme a la opinión”. Solamente los átomos y el vacío existen efectivamente, “conforme a la verdad”; considerado aisladamente, cada átomo tiene densidad y extensión, es indivisible, posee una forma y se mueve en el espacio y en el tiempo. Pero, según Demócrito, no sucede lo mismo con respecto al color, al sabor, al olor, al sonido, al calor y al frío, los cuales solamente existen para la “opinión común”. siendo propios de las representaciones provocadas por las combinaciones de los átomos y no por los átomos mismos. “Sólo en la opinión común existe lo dulce; en la opinión, lo frío; en la opinión, el color; pero en la realidad solamente existen los átomos y el vacío.”49
Sin embargo, Demócrito no establecía una diferencia tajante entre los dos modos de existencia (“en la opinión común” y “conforme a la verdad”). Según él, las diferentes sensaciones de color, olfativas, gustativas, auditivas, de calor y frío, se debían a la acción de los átomos, [91] que forman los objetos cognoscibles, sobre las combinaciones de átomos que constituyen el sujeto cognoscente. Así, pues, al reconocer que conforme a la opinión” existen las cualidades sensibles, Demócrito señalaba, al mismo tiempo, que la causa de la diversidad sensorial reside en la diversidad de formas, de magnitud, de orden y posición de los átomos que componen el objeto conocido.
No obstante, interpretando falsamente la tesis de Demócrito acerca de la existencia “conforme a la opinión”, Hegel le acusó de inclinarse a “lo absurdo”, es decir, al idealismo subjetivo.
Lenin defendió la doctrina democritiana frente al intento hegeliano de restarle importancia. “Hegel se comporta con Demócrito enteramente como una madrastra, en todas las págs. [270-272]” –escribe Lenin–. ¡El idealista no soporta el espíritu del materialismo!50
Demócrito sostiene que la sensación constituye la fase inicial del pro: ceso cognoscitivo, y para explicar su papel formuló su doctrina de los “ídolos”, doctrina materialista ingenua. Según él, de la superficie de las cosas salen emanaciones muy sutiles o “imágenes” suyas (en griego, “eidolas”), que actúan sobre el aire que se extiende ante los ojos humanos, permitiéndoles ver los objetos. Pero la sensación no es más que un conocimiento “oscuro”, que por sí solo no permite conocer los átomos ni el vacío; para esto se requiere la intervención de una forma más sutil de conocimiento, a saber: el conocimiento “verdadero”, o sea la razón (el pensamiento teórico).
“Dos son las formas de conocimiento: una, el verdadero; otra, el oscuro. Al oscuro pertenecen todas estas formas de conocimiento: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Por cuanto al [conocimiento] verdadero, éste se halla totalmente separado del otro. Cuando la forma oscura de conocimiento no puede ya ver, ni escuchar, ni gustar, ni tocar lo demasiado pequeño y [debe buscar] lo más sutil [lo que es inasequible a la percepción sensible], ►sobreviene entonces la verdadera [forma de conocimiento], que posee un órgano cognoscitivo más sutil: el pensamiento◄.” 51
Según Demócrito, la razón basa sus “demostraciones” en las sensaciones que nacen bajo la acción de los objetos, compuestos de átomos, sobre los órganos sensoriales; pero, al mismo tiempo, solamente por medio de la razón pueden ser conocidos los átomos, ya que las sensaciones sólo proporcionan un conocimiento directo e inmediato de lo que existe para la “opinión común”. Al afirmar que la verdad se halla “en las profundidades del mar”, no negaba en absoluto que fuera posible conocer la verdad objetiva.
Demócrito expuso su teoría del conocimiento en forma figurada, ha. ciendo que los “sentidos” y la “razón” disputaran entre sí. En esta disputa, la razón sustenta el criterio de que es ella precisamente la que conoce los átomos y que, por tanto, es superior a los sentidos que se muestran incapaces de conocer la verdad. Pero esta opinión de la razón choca con la de los sentidos. “¡Pobre razón! ¡Después de sacar tus pruebas de nosotros, tratas de refutarnos con ellas! ¡Con tu victoria, labras tu propia [92] derrota”52 Así, en esta disputa entre la “razón” y los “sentidos”, del choque de opiniones va naciendo la verdad. Vemos, pues, que la teoría materialista de Demócrito no sólo incluía una concepción dialéctica espontánea de la naturaleza (la teoría del cambio universal de los fenómenos naturales), sino también la dialéctica concebida como choque de opiniones opuestas.
Por consiguiente, Demócrito contribuyó de un modo considerable a la creación de la teoría materialista del conocimiento, vislumbrando fecundamente el papel de la percepción sensible y de la razón en el proceso cognoscitivo.
Demócrito ocupa un lugar señalado en la historia de la lógica. Aristóteles hace notar que fue el primero de los “filósofos físicos” que abordó el problema de la definición de los conceptos y ve en él a uno de sus predecesores en la investigación de los problemas de la lógica. La diferencia entre la lógica democritiana y la aristotélica radica en que Demócrito fue el fundador de la lógica inductiva, mientras que Aristóteles centró su atención en la lógica deductiva.
Demócrito fue también el primero que escribió, en la antigua Grecia, un trabajo lógico especial, titulado Sobre la lógica o Cánones (“Reglas”), trabajo que desgraciadamente no ha llegado a nosotros. Se sabe por fuentes indirectas que en ese tratado se abordaban los problemas de la inducción y se prestaba gran atención a la analogía y a la hipótesis. Al abordar los problemas de la lógica, Demócrito reconocía, en oposición a los idealistas, el valor de la experiencia para la investigación de la naturaleza y veía en la lógica el instrumento de conocimiento de los fenómenos naturales. Asimismo, se pronunciaba -contra el método deductivo apodíctico de los pitagóricos y los eleatas, a la vez que combatía el modo subjetivista de razonar que empleaban los sofistas. Demócrito estudió también la lógica objetiva, la lógica empapada de contenido, y consideraba el conocimiento como un proceso ascendente desde la experiencia, desde las observaciones empíricas, hasta la aprehensión teórica de los fenómenos naturales.
La filosofía materialista de Demócrito desempeñó también un papel muy importante en la historia del ateísmo. Partiendo de sus ideas materialistas llegó a conclusiones ateas, pronunciándose resueltamente contra la religión. En la concepción materialista democritiana de la naturaleza no quedaba ningún lugar para la fe en los dioses. Demócrito sostenía que bajo la influencia de los más terribles fenómenos de la naturaleza los hombres habían llegado a la falsa creencia de que existen los dioses.
Se conserva un valioso testimonio de Sexto acerca del ateísmo de Demócrito.
“En opinión de algunos, hemos llegado a la idea de los dioses [partiendo] de los fenómenos maravillosos del mundo; tal es, al parecer, la opinión de Demócrito. A saber: dice que los antiguos, al observar ciertos fenómenos celestes como truenos, rayos, relámpagos, acercamiento de estrellas, eclipses de Sol y de Luna, se llenaron de espanto y creyeron que los dioses eran los culpables de todo ello.”53
Tratando de extender su teoría de la emanación de los “ídolos” (imágenes) a la explicación científico-natural del origen de la idea de Dios, decía Demócrito que “«a los hombres se acercan ciertos ídolos (imágenes), unos benévolos y otros maléficos»... Partiendo de estos fenómenos, los griegos llegaron a la creencia de que existe Dios; pero [en realidad], fuera de esos fenómenos no existe ningún Dios que posea una naturaleza inmortal.”54 Según Demócrito, los dioses griegos personifican a fenómenos naturales o a rasgos humanos; el Sol, que se diviniza en la religión griega, no es más que una piedra candente; Zeus encarna al Sol y Atena es la personificación de la razón humana. Demócrito sometió a crítica las ideas relativas a la existencia de dioses y de una vida ultraterrena y, al mismo tiempo, se opuso a la creencia en los milagros y en las profecías.
Hasta qué punto era intensa la lucha que libraban los materialistas y los idealistas en torno a la religión, podemos apreciarlo por el ataque que lanza el idealista Platón contra los discípulos del materialista y ateo Demócrito. “Ante todo, amigo mío, estas gentes (los discípulos de Demócrito) afirman que la existencia de los dioses es una astuta invención, que no existen en realidad, que su existencia se admite [solamente] en virtud de ciertas disposiciones y que los dioses varían de un lugar a otro de acuerdo con lo que [cada pueblo] ha establecido en su país, al crear sus costumbres... De ahí que los jóvenes sustenten la idea inmoral de que no existen los dioses que la ley dispone que sean reconocidos.”55
A despecho de los designios de Platón, sus datos sobre las concepciones ateas de Demócrito demuestran que éstas tenían una significación progresiva y que cumplieron una gran misión histórica.
Demócrito participó activamente en las luchas políticas contra la nobleza y en pro de la democracia esclavista, interesada en el desarrollo del comercio y de la artesanía. Al ensalzar la amistad, la sobriedad, la sensatez, las ventajas mutuas y la comunidad de intereses de los ciudadanos libres, Demócrito justificaba teóricamente la superioridad de la república democrática esclavista sobre la autocracia de los aristócratas. Por sus ideas políticas, Demócrito era un ideólogo de las capas medias democráticas de la clase esclavista; asimismo era partidario de la forma democrática de Estado esclavista y un teórico del poder republicano electivo.
“Es preferible la pobreza en una democracia –decía Demócrito– al llamado bienestar de los ciudadanos bajo los reyes, de la misma manera que es preferible la libertad a la mejor esclavitud.”56 Pero, al hablar de libertad, de la unión entre los hombres, de la unidad de pensamiento, el filósofo se refería, por supuesto, a los esclavistas, no a los esclavos; en verdad, todo ello era una idealización de la democracia esclavista.
Demócrito, para quien la actividad política era el arte supremo, un arte que proporciona al hombre honor y gloria, meditó sobre el origen y desarrollo de la vida social. A su modo de ver, los hombres primitivos llevaban una vida de rebaño, carecían de vivienda, de vestimenta y deutensilios y se alimentaban de lo que encontraban casualmente. “Teniendo [94] por maestra a la necesidad”, los hombres fueron cambiando paulatinamente su modo de vida. La imitación de la naturaleza desempeñó un papel importante en la aparición de la cultura.
Demócrito fue uno de los representantes del realismo ingenuo para el cual el arte consiste en la “imitación” de la naturaleza. A juicio suyo, la música había surgido en una época en que estaban satisfechas las necesidades humanas más elementales, al mismo tiempo que existía un %sobrante de fuerzas” y cierto “lujo”.
El mérito histórico de Demócrito y sus discípulos reside en su lucha tenaz y fecunda en pro de la concepción materialista de la naturaleza. Como señalaba Lenin, los filósofos idealistas burgueses actuales combaten “a Demócrito como a un enemigo viviente, lo que demuestra admirablemente el carácter de partido de la filosofía...”57
Además de Demócrito, también algunos sofistas avanzados, en el siglo V a. n. e., fueron ideólogos de la democracia esclavista. La palabra “sofista” significaba “sabio”. Los sofistas cultivaban el arte de la elocuencia o retórica, el arte de la discusión o eurística y el de la demostración o dialéctica. Por esta razón, algunos sofistas concedían gran importancia al conocimiento de las reglas del lenguaje humano y al arte de utilizarlas eficientemente.
Por sus ideas sociales, los sofistas se dividían en dos grupos: uno, ligado a la democracia esclavista, y otro, a la aristocracia esclavista reaccionaria.
Los sofistas de sentimientos democráticos sustentaban ideas sobre la vida social bastante avanzadas para su época. Atisbaron que la necesidad de satisfacer diversas exigencias humanas era la causa del nacimiento y desarrollo de la cultura. Los sofistas trataron de fundamentar la teoría de que el derecho no es de origen divino, como sostenían dos ideólogos de la aristocracia, sino el resultado de un convenio entre los hombres. Como es sabido, hubo un sofista (Alquidames) que condenó la esclavitud, así como el régimen político basado en ella.
La figura más destacada de la antigua sofística fue Protágoras de Abdera (481-411 a. n. e.). Era un ideólogo de la democracia esclavista y relevante político; participó activamente en la organización de una república democrática en la colonia ateniense de Furia, en la parte meridional de Italia. Como Demócrito, consideraba que la república esclavista era la mejor forma de gobierno.
Por sus ataques a la religión, se le acusó en Atenas de ateísmo y su obra Sobre los dioses fue arrojada a las llamas. Un fragmento de ella que se ha conservado demuestra que Protágoras dudaba de la existencia misma de los dioses. “No puedo decir si los dioses existen ni si no existen, ni quiénes sean, pues muchos son los obstáculos que impiden saberlo: la oscuridad (del problema) y la brevedad de la vida humana.”58
Protágoras admitía la existencia del mundo material, de “la materia que fluye”, fuera e independiente del hombre. Por sus ideas gnoseológicas, [95] era sensualista, ya que veía en la sensación el principio de todo conocimiento. Según él, los contrarios contenidos en la materia solamente pueden ser conocidos de un modo unilateral (así, la miel es objetivamente dulce y amarga: dulce para el hombre sano y amarga para el enfermo). Protágoras llegaba a una conclusión falsa, relativista: “El hombre es la medida de todas las cosas; de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son.”59 Posteriormente, se aferraron a esta tesis de Protágoras los idealistas subjetivos, que niegan la posibilidad de conocer la verdad objetiva.
Afirmaba Protágoras que a toda demostración (logos) podía oponerse otra contraria, tan convincente como ella.
Los antiguos sofistas griegos enseñaban a sus discípulos el arte de la oratoria y el de defender cualquier tesis. Vislumbraron que el pensamiento y el lenguaje se hallan sometidos a determinadas leyes. Protágoras, por ejemplo, enseñaba a sus oyentes el uso correcto de las palabras. Otro sofista (Pródico) creía que al alumno había que enseñarle, ante todo, el empleo correcto de los nombres, atendiendo especialmente al análisis de las palabras y expresiones sinónimas.
La filosofía de los sofistas reaccionarios del siglo IV a. n. e. degeneró en un juego de conceptos, en el “arte” de inducir al error, de hacer pasar lo negro por blanco y esto por negro. En sus postrimerías, la sofística se caracteriza por el mal uso que hace de la flexibilidad del concepto, flexibilidad interpretada subjetivamente y dirigida contra el verdadero conocimiento. Precisamente esta forma reaccionaria de la antigua sofística es una de las fuentes de la sofística actual.
La crisis de la democracia ateniense después de su derrota en la guerra del Peloponeso intensificó la reacción aristocrática. La ideología regresiva de la aristocracia esclavista halló expresión en la filosofía idealista de Sócrates y Platón, enemigos de la democracia ateniense.
Sócrates (469-399 a. n. e.) dirigía un círculo filosófico formado por jóvenes aristócratas y por sus correligionarios políticos. A él pertenecían: Platón, enemigo jurado del “demos”; Alcibíades, que había traicionado a la democracia ateniense, poniéndose al lado de la aristocrática Esparta; Critias, que había encabezado la dictadura reaccionaria de los 30 oligarcas en Atenas y, por último, Jenofonte, enemigo de la democracia y admirador de Esparta. Por sus actividades contra la democracia esclavista ateniense, Sócrates fue condenado a muerte.
Para Sócrates, el objeto de la filosofía es el Yo espiritual humano. No menos característico de sus ideas es también el reconocimiento de que existe una razón universal o Dios como principio que rige el mundo.
Sócrates fue un tenaz adversario de la concepción materialista del universo. En la investigación científica de la naturaleza veía una actividad superflua e irreligiosa. Á su modo de entender, el mundo material carecía de interés para el filósofo. Negaba asimismo que los fenómenos naturales se ajustaran a leyes y al determinismo contraponía la teleología (doctrina de los fines), de acuerdo con la cual existe desde siempre una finalidad en el mundo regido por Dios.
En la filosofía socrática, la ética –ética de carácter idealista religioso– [96] ocupaba un lugar esencial. Según Sócrates, la verdadera moral debe partir del reconocimiento de un principio espiritual en el hombre (el alma) y en la naturaleza (Dios). Su ética idealista desemboca directamente en la teología o doctrina de un espíritu universal, es decir, Dios.
Sócrates afirmaba que la moralidad sólo se da en algunos elegidos. Rechazaba la democracia por ver en ella el poder de la “plebe”. A juicio suyo, el poder estatal debía estar en manos de la aristocracia, portadora de la verdadera moralidad.
Sócrates no daba a sus ideas una forma escrita, sino que las difundía en sus pláticas o en las disputas con sus interlocutores.
El método socrático consiste en una dialéctica de los conceptos, en el arte de descubrir las contradicciones en que incurren las opiniones del adversario, contraponiendo con ese fin dichas opiniones. Este método consta de cuatro partes: la “ironía” y la “mayéutica” (por lo que toca a su forma) y, la “inducción” y la “definición” (por lo que se refiere al contenido).
El “método socrático” es, sobre todo, un método interrogativo, tendiente a que el interlocutor se contradiga a sí mismo a fin de que reconozca su propia ignorancia. En ello consiste igualmente la “ironía” socrática.
La “ironía” se completaba con la “mayéutica” o “arte de dar a luz, con ayuda del cual el interlocutor nace de nuevo, o sea conoce “lo universal” en cuanto fundamento de la “verdadera” moral. Al decir de Sócrates, la duda filosófica (“sólo sé que no sé nada”) debe conducir al autoconocimiento (al “conócete a ti mismo”). Pero lo cierto es que esa duda quebrantaba la confianza en la cognoscibilidad del mundo y servía de instrumento a Sócrates y a sus discípulos para luchar contra el materialismo.
La “inducción” socrática consiste en inquerir o indagar “lo universal” en los actos “virtuosos” particulares por medio de su análisis y comparación. Es el método indicado para esclarecer los conceptos éticos de prudencia, valentía, virtud, &c. Con ayuda de la inducción, Sócrates pretendía establecer la significación de los conceptos éticos generales. Para ello, aducía como ejemplo ciertos actos morales singulares, actos prudentes, valientes, virtuosos, &c., con el objeto de descubrir por esta vía la esencia de determinados conceptos. Según Sócrates, “definir” es encuadrar los conceptos singulares bajo “lo general”. Con la fundamentación de su método contribuyó en cierto grado a la elaboración de la dialéctica del concepto, pero, al mismo tiempo, la puso al servicio de una teoría moral idealista y reaccionaria.
Las concepciones filosóficas de Sócrates pretendían principalmente justificar, con ayuda del idealismo, una doctrina moral aristocrática. La ética idealista de Sócrates ha seducido en todas las épocas y sigue seduciendo en nuestros días a los ideólogos de los círculos sociales reaccionarios que se empeñan en justificar moralmente el régimen de la explotación.
El más alto exponente del idealismo antiguo es Platón (427.347 a. n. e.), discípulo de Sócrates, que ha dejado una profunda huella en la historia de la filosofía. La actividad de Platón se desarrolló después de [97] que las fuerzas combinadas de Esparta y sus aliados del Peloponeso derrotaron a Atenas con ayuda de los persas.
Platón procedía de la familia aristocrática de los Codros. Tanto por sus ideas políticas y filosóficas como por sus actividades políticas era un representante de la reaccionaria nobleza ateniense. Primero fue discípulo del relativista Cratilo, que, tergiversando la dialéctica heraclitiana, convertía a ésta en pura sofística, y sustentaba la tesis anticientífica de la relatividad absoluta de! conocimiento, es decir, rechazaba la posibilidad de conocer la verdad objetiva. Más tarde, recibió una educación filosófica en la escuela de Sócrates, y al morir su maestro emigró temporalmente de Atenas. Realizó con fines políticos tres viajes al sur de Italia, mantuvo estrechas relaciones con los pitagóricos, defendió los intereses de la aristocracia con todas partes y se esforzó por influir en la vida social de Siracusa.
La principal institución filosófica del idealismo antiguo –la Academia–, fundada por Platón y llamada así por haber sido instalada en un jardín dedicado al legendario héroe Akademos, fue el centro de la lucha contra la filosofía materialista, contra la ciencia.
La filosofía de Platón se hallaba al servicio de los intereses de clase de los grupos reaccionarios esclavistas, que trataban de minar la democracia esclavista y restablecer el dominio de la nobleza terrateniente, haciendo retroceder así la marcha de la historia. Platón se expresaba con odio acerca de los discípulos de Demócrito, a los que calificaba de impíos. Es el fundador del idealismo objetivo, y su filosofía la expone en El banquete, Teetetes, Fedón y otros diálogos. Llamaba a la naturaleza “mundo de las cosas sensibles”, y veía en ella a un mundo derivado del reino eterno e inmutable de las esencias espirituales o ideas, a las que denominaba el “verdadero ser”. De acuerdo con esta teoría idealista, las cosas sensibles son una mezcla del ser (idea) y del no ser (materia) y son asimismo pálidos reflejos de las ideas suprasensibles, de las imágenes ideales (prototipos) en el “receptor” pasivo de la idea, es decir, en la materia, en el no ser.
Poniendo al desnudo las raíces gnoseológicas y de clase del idealismo, incluido el de “Platón, escribía Lenin: “Idealismo primitivo: lo general (el concepto, la idea) es un ser aparte. Esto parece extraño, monstruosamente (más bien puerilmente) absurdo. Pero ¿acaso no son del mismo género (exactamente del mismo género) el idealismo moderno, Kant, Hegel, la idea de Dios? Las mesas, las sillas y las ideas de la mesa y la silla; el mundo y la idea del mundo (Dios); la cosa y el «noúmeno», la «cosa en sí» incognoscible; el vínculo entre el Sol y la Tierra, la naturaleza en general, y la ley, el logos, Dios. El desdoblamiento del conocimiento humano y la posibilidad del idealismo (religión) se dan ya en una primera y elemental abstracción [«la casa en general y las casas singulares»].”60
La “idea” platónica es una abstracción elemental, el concepto general contrapuesto metafísicamente a las cosas, sensibles y convertido en un “ser aparte”. Rechazando el atisbo de los antiguos materialistas de que la naturaleza se ajusta a leyes objetivas, Platón oponía al determinismo [98] la teleología, es decir, la doctrina místico-religiosa que ve en la naturaleza, regida por Dios, una finalidad eterna.
La concepción platónica es sumamente mística. El mundo “trascendente” inventado por él representa un mundo de ideas dispuestas jerárquicamente, a la cabeza de las cuales se halla una idea divinizada, la idea del Bien.
En su mística teoría del conocimiento, Platón se pronuncia contra la doctrina materialista de los pensadores antiguos más avanzados, según la cual las sensaciones proporcionan un conocimiento de los objetos. Desde el punto de vista platónico, el conocimiento no versa sobre los fenómenos de la naturaleza, sino sobre las esencias ideales. Pero las cosas sensibles pueden ser objeto de la “opinión”, es decir, de algo que no es conocimiento, aunque se asemeja a éste.
Para exponer su doctrina Platón recurre a un lenguaje metafórico. Así, compara la vida humana en el mundo real con la estancia en una caverna oscura. En ésta se encuentran maniatados unos presos, vueltos de espalda a la salida de la caverna, sin poder mirar a donde hay luz. Por delante de ella pasan hombres que llevan vasijas de distintas formas; los rayos del Sol las iluminan y sus sombras se proyectan sobre la pared de la caverna. Los presos, atados de pies y manos, solamente pueden percibir esas sombras, pero no pueden ver el Sol ni los hombres que pasan; nada, en fin, de lo que está fuera de la caverna.
Así, pues, las cosas sensibles no son más que sombras de las ideas; por tanto, al tratar de conocer los fenómenos de la naturaleza, los hombres solamente ven sombras, pues la luz del Sol, la verdad, es inasequible para los sentidos.
Platón afirmaba que si el hombre quiere alcanzar la verdad, tiene que renunciar a todo lo corporal, a lo sensible, cerrar los ojos y los oídos, ahondar en su meditación interior y tratar de “recordar” lo que su alma inmortal contempló alguna vez en el mundo de las ideas. Tal es la mística doctrina de la “anamnesis”, de la “reminiscencia”, que parte del reconocimiento de que el alma es independiente del cuerpo y del mundo exterior circundante, doctrina que descansa, a su vez, en la fe en la inmortalidad del alma.
El método que permite “recordar” las ideas es, según Platón, la dialéctica. Por ella entiende ante todo el arte de plantear cuestiones y de dar las respuestas necesarias para resolver los problemas filosóficos. Por esta razón, la dialéctica platónica, que confina con el método socrático, es el arte de la conservación viva y, a la vez, un instrumento de demostración.
Pero Platón no se limita a esta concepción. Su dialéctica, ligada íntimamente al idealismo objetivo, es también una teoría lógica del conocimiento suprasensible, Al desarrollar la dialéctica idealista, Platón planteó el problema del papel de los conceptos generales en el conocimiento. La dialéctica” idealista platónica representa una dicotomía o método de la división de un concepto en dos conceptos contrarios. Su esencia consiste en contraponer, al examinar cualquier problema filosófico, las opiniones opuestas, como, por ejemplo: “el movimiento es” y “el movimiento no es”. Al indagar la verdad se puede partir, según Platón, de la hipótesis de que algo es y, al mismo tiempo, de que este algo no es. Así, pues, Platón desarrolló la dialéctica de los conceptos que consiste en el choque [99] de las opiniones opuestas. Sin embargo, en la interpretación platónica de la dialéctica se pone de manifiesto la lucha del idealismo con la línea de Demócrito”, filósofo que había puesto la antigua dialéctica al servicio de la ciencia, tratando de vincularla a la teoría materialista del conocimiento. Platón, en cambio, pugna por subordinar la dialéctica a su reaccionaria filosofía idealista. Sin embargo, puesto que en la dialéctica se atisba ya la importancia del choque de las opiniones opuestas para el conocimiento de la verdad, no puede negarse que desempeñó un papel importante en el desarrollo de la dialéctica en el mundo antiguo.
En la filosofía de Platón, los problemas de la dialéctica se entrelazan con los de la lógica. Los problemas del concepto, del juicio y del razonamiento los aborda desde el ángulo de su filosofía idealista. En sus obras estudia la vía ascendente de las especies a los géneros supremos (las ideas) y, a la inversa, de éstos a las especies. La primera vía se asemeja a la “inducción” socrática; y la segunda es un intento de resolver en forma idealista el problema de la deducción. Al estudiar la vía que asciende de las ideas específicas a las genéricas, Platón explica qué ideas pueden combinarse entre sí y cuáles se contradicen mutuamente. Platón intentó definir el juicio (el “discurso”), establecer una clasificación de las categorías o de los géneros supremos (ideas), así como formular los principios de identidad y contradicción. Pero siendo como era idealista, consideraba los principios y las formas del pensamiento como esencias (ideas), separadas de la realidad.
El idealismo objetivo de Platón sirvió de fundamento teórico a su ética.
La ética platónica se basa en su doctrina del alma, compuesta de tres partes: la razón, la voluntad y el apetito. La razón es el fundamento de la virtud suprema, la sabiduría; la voluntad lo es del valor, y la superación del apetito es la base de la prudencia. La cuarta virtud –la justicia– es la combinación armónica de las tres primeras: la sabiduría, el valor y la prudencia.
La ética platónica no era más que una variante de la moral religiosa, parte importantísima, a su vez, de la ideología de la nobleza esclavista. Según Platón, la vida moral, en sus manifestaciones más elevadas (la sabiduría y el valor), solamente se daba en un puñado de elegidos, es decir, en los aristócratas esclavistas: el “demos” solamente podía practicar una moral negativa, la moral del sometimiento, cuya virtud era la prudencia. Por lo que toca a los esclavos, Platón no los consideraba como seres humanos y, por tanto, les negaba toda capacidad moral. Según él, la virtud de la justicia se encarnaba en el “Estado ideal”, en el que debían ejercer el poder los aristócratas esclavistas. La teoría platónica del Estado se hallaba impregnada del odio de clase del explotador hacia los explotados. En ella, Platón se manifiesta contra la democracia en general y contra la democracia ateniense en particular, Refiriéndose al “Estado ideal” platónico dice Marx que “no es más que la idealización ateniense del régimen egipcio de castas...”61 Platón consideraba que todo el poder político debía estar en manos de la nobleza esclavista a fin de que ésta pudiera mantener sometido por la fuerza al pueblo. [100]
En el “Estado ideal” de Platón la sociedad se divide en tres castas: 1ª, la casta de los filósofos o gobernantes; 2ª, la de los guardianes o guerreros, y 3ª, la casta de los agricultores y artesanos. El poder estatal debe pertenecer a unos cuantos elegidos, los filósofos-aristócratas; los guardianes son “vigilantes mercenarios” y forman el aparato estatal de violencia y opresión destinado a mantener el dominio de la clase de los aristócratas esclavistas; los agricultores y artesanos producen todo lo que necesita el Estado. Como vemos, Platón «trató de justificar teóricamente el tipo aristocrático de Estado esclavista.
Siendo como era enemigo político de la democracia esclavista ateniense, Platón veía en la república esclavista aristocrática o monarquía el “Estado ideal”.
Además del “Estado ideal”, admitía cuatro formas imperfectas de gobierno, a saber: la timocracia, la oligarquía, la democracia y la tiranía. La primera no satisfacía las exigencias del “Estado ideal”, pero se aproximaba a él. La Esparta aristocrática, con las relaciones esclavistas que se habían plasmado en ella, correspondía a la timocracia platónica. En un escalón más bajo aún se hallaba la oligarquía o gobierno de unos pocos: los ricos, los esclavistas, comerciantes y usureros. Platón concentraba el fuego de su crítica en la democracia, ante todo en la democracia esclavista ateniense. Pero, según él, la peor forma de gobierno era la “tiranía” (en el antiguo sentido del término), toda vez que en la Grecia esclavista contribuía frecuentemente a quebrantar el dominio de la aristocracia reaccionaria.
Las concepciones de Platón sobre el arte y la creación artística se hallaban vinculadas íntimamente con su teoría de las “ideas”. Según él, la belleza de las cosas sensibles deriva de la idea suprasensible de lo bello. La “idea” de lo bello está más allá de este mundo y es indestructible y eterna. Esta concepción de lo bello como “idea” que se contrapone al mundo real no era sino la antigua doctrina reaccionaria del “arte puro”.
Platón combatía el arte avanzado de la Antigüedad, así como la concepción realista del arte que, en aquellos tiempos, representaba la teoría de la “mimesis”, teoría que concebía. el arte como la imitación de la naturaleza. Al arte que pintaba la vida real lo llamaba Platón “imitación de imitaciones”, “sombra de sombras”.
A juicio de Platón, las tareas del arte y las de la filosofía se oponen abiertamente. Mientras que el filósofo aspira a conocer el mundo de las ideas, el artista tiende a imitar el mundo de las cosas sensibles. De ahí que Platón expulse a los artistas, entre ellos a Homero, del “Estado ideal”. El único género artístico que admite son los himnos en honor de los dioses. Estas ideas estéticas reaccionarias eran hostiles al arte clásico griego, a las grandes creaciones de Homero, Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Platón se opuso también a las ciencias naturales de su época, especialmente a la teoría atomista de la materia. Reducía los fenómenos de la naturaleza a relaciones matemáticas y consideraba el triángulo como la esencia de las cosas sensibles. Falto de argumentos contra la cosmología de Demócrito, se limitaba con frecuencia a verter injurias.
Cambiando la forma de ellas, muchos filósofos medievales y, actualmente, numerosos idealistas repiten las concepciones idealistas de Platón. [101] Estos filósofos ensalzan la teoría platónica del “Estado ideal”. Por otra parte, algunos filósofos reaccionarios de nuestros días resucitan las caducas concepciones platónicas bajo la consigna de “¡Volvamos a Platón!” Al señalar el verdadero lugar de-la filosofía platónica en la historia de la filosofía, el marxismo-leninismo ha puesto al desnudo su carácter reaccionario.
Al igual que la filosofía de Platón y sus discípulos, la escuela de Megara, que combinaba eclécticamente la ética socrática y elementos de la filosofía eleática y de la sofística, era afín al idealismo de Sócrates. El fundador de la escuela de los megáricos, Euclides, sostenía que los sentidos nos engañan y que, en verdad, no hay nada que permita diferenciar de lo Uno al Bien, que es indestructible y que permanece siempre inmóvil e idéntico a sí mismo. Como los eleatas y los sofistas, Euclides recurría a la erística o arte de la disputa. La erística megárica fue desarrollada especialmente por Euclides, que se hizo famoso con sus sofismas: los llamados sofismas del “Montón”, del “Mentiroso”, de los “Cuernos”, &c. El sofisma del “Mentiroso” consistía en lo siguiente: si el mentiroso dice que miente, o bien miente y en este caso dice la verdad, o bien dice la verdad y entonces miente; por tanto, si miente no es mentiroso.
El sofisma del “Montón” decía: un solo grano de trigo no forma un montón; si le agregas otro grano más, tampoco tendrás un montón. Agregando cada vez un solo grano de trigo y teniendo en cuenta que uno solo no forma un montón, ¿cuántos granos necesitaremos para tener un montón?
El sofisma de los “Cuernos” dice: lo que no has perdido lo tienes todavía; tú no has perdido los cuernos, luego tienes cuernos.
Los sofismas de Euclides se reducían a un mero juego de palabras (sofismas del “Mentiroso” y de los “Cuernos”) o eran una mera vulgarización de las “dificultades” de Zenón de Elea.
Estos sofismas demostraban a qué grado de decadencia filosófica había llegado en aquella época el pensamiento filosófico y ponían de relieve. a su vez, que los megáricos no eran más que epígonos.
A diferencia de la escuela de Megara, la escuela cínica, fundada por Antístenes, combatía el idealismo platónico y revelaba cierta tendencia materialista. Al rechazar el mundo de las ideas platónicas, los cínicos sólo admitían la existencia de lo singular, de lo sensible, y afirmaban que los conceptos eran sólo nombres vacíos de contenido. Así, pues, al enfrentarse a la concepción platónica que elevaba lo universal al plano de lo absoluto, ellos mismos daban también un carácter absoluto a lo singular.
La ética individualista de los cínicos también se hallaba enderezada contra la filosofía de Platón, contra su doctrina de la “idea” del Bien. Los cínicos admitían un bien específico, singular para cada individuo. El ideal moral de los cínicos se cifraba en la ausencia de turbación (apatía), es decir, en la indiferencia hacia la riqueza, la gloria, el honor, el matrimonio, la familia, la política, &c.
Los cínicos exhortaban a limitarse a satisfacer las necesidades más vitales, expresando así de un modo original la protesta de los pobres, libres, pero sin gozar de todos los derechos, contra sus opresores esclavistas.
Uno de los más populares representantes de la escuela cínica fue Diógenes de Sínope (aproximadamente 404-323 a. n. e.). [102]
Con el ejemplo de su propia conducta, Diógenes predicó el desprecio por la cultura y la vuelta al estado “natural”. Desafiando a la sociedad, llevaba la vestimenta más primitiva, pasaba la noche donde podía –a la intemperie, en los edificios públicos o incluso dentro de un tonel (el “tonel de Diógenes”)–; bebía sólo agua, sacándola con sus propias manos, se alimentaba míseramente, &c.
Al predicar el repudio de los bienes culturales y la vuelta a una vida primitiva, Diógenes no miraba hacia el futuro, sino hacia atrás. Al combatir la cultura esclavista, los cínicos no proponían ningún ideal social positivo.
Al frente de la escuela cirenaica, adversaria de los cínicos, se hallaba Aristipo (nacido alrededor del año 435 a. n. e.; el año de su muerte se desconoce).
Los cirenaicos admitían la existencia de las cosas fuera del sujeto, pero las consideraban incognoscibles. Afirmaban asimismo que las sensaciones son subjetivas; éstas no reflejan el mundo exterior.
Aristipo de Cirene creó una ética original, que consideraba la sensación no sólo como principio del conocimiento, sino también como fundamento de la conducta humana. Los cirenaicos, decía Lenin, “mezclan la sensación como principio de la teoría del conocimiento y como principio ético”.62
Esta corriente ética recibió más tarde el nombre de hedonismo (del vocablo griego ήδονῃ, placer, satisfacción). Los reaccionarios llamamientos a entregarse a los placeres sensibles reflejaban la mentalidad de los esclavistas en el período de crisis de las ciudades-estados.
Teodoro el Ateo (siglo IV a. n. e.), representante más tardío de la escuela cirenaica, no sólo se manifestó activamente contra el politeísmo, sino que negó la existencia de cualquier dios, fuera el que fuese. Por este motivo, se vio perseguido y fue desterrado de Atenas.
Por sus ideas, también fue afín a los cirenaicos Evémero (fines del siglo IV-principios del III a. n. e.), autor de una Historia sagrada de la que sólo han llegado a nosotros fragmentos muy pequeños. vémero negaba la existencia de los dioses; según él, los “dioses venerados” no eran más que antiguos gobernantes que habían instituido su propio culto.
Así, pues, la lucha entre el materialismo y el idealismo, iniciada ya en el siglo VI a. n. e., se agudizó sobre todo en el siglo V y comienzos del IV, adoptando claramente la forma de lucha entre la “línea de Demócrito” y la “línea de Platón”. Los filósofos posteriores de la antigua Grecia no pudieron permanecer al margen de la lucha entre ambas tendencias. Los que siguieron la “línea de Demócrito” o se aproximaban a ella, se pronunciaron en favor de la ciencia y en contra de la religión, lucharon por la verdad objetiva y contribuyeron al progreso de la ciencia antigua; por el contrario, los que prosiguieron la “línea de Platón” se pronunciaron en pro de la religión y en contra de la ciencia, negaban la posibilidad de conocer la verdad objetiva y formularon teorías reaccionarias agnósticas y místico-idealistas.
{38} Aët. I 24, 2 (D 320). A. Makovelski, Los presocráticos, ed. cit., 2ª parte, pág. 151.
{39} Así en el original. (Trad.)
{40} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, pág. 251.
{41} Aët. I 25, 4 (D 321). A. O, Makovelski, Los antiguos filósofos atomistas griegos, ed. rusa, pág. 208.
{42} C. Marx y F. Engels, La ideología alemana. Obras completas, trad. Rusa, t. III, pág. 126, Moscú, 1955.
{43} Aristóteles, Metafísica, 985a 20-985b 26.
{44} Galen de elem. sec. Hipp. 1 2. Los materialistas de la antigua Grecia, ed. cit., pág. 61.
{45} Diog. IX 40. A. O. Makovelski, Los antiguos filósofos atomistas griegos, ed. rusa, pág. 210.
{46} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. cit., pág. 248.
{47} Arit. de gen. animal. Y 8 782b 2. Los materialistas de la antigua Grecia, ed. rusa, pág. 67.
{48} Dionysios. Eus. P. E. XIV 27, 4. Los materialistas de la antigua Grecia, página 70.
{49} Sext. adv. math. VII 135. Los materialistas de la antigua Grecia, ed. rusa, págs. 60-61.
{50} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, pág. 250.
{51} Sext. VII 139, Los materialistas de la antigua Grecia, ed. rusa, págs. 84-85.
{52} Galen de medic. empir. fr, ed. H. Schöne 1259, 8. Los materialistas de la antigua Grecia. pág. 78.
{53} Sext. IX 24. Los materialistas de la antigua Grecia, pág. 143.
{54} Sext. adv. math. IX 19. Los materialistas de la antigua Grecia, pág. 146.
{55} Platón, Las leyes>, 889 E. Los materialistas de la antigua Grecia, ed. rusa pág. 147.
{56} Stob IV 1, 43. Los materialistas de la antigua Grecia, pág. 168.
{57} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. española, pág. 411, Moscú, 1948.
{58} Eus. P. E. XIV 3, 7. A. Makovelski, Los sofistas, ed. rusa, fasc. 1, pág. 16, Bakú, 1940.
{59} Sext. adv. math. VII 60. Obra antes citada, pág. 15.
{60} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, págs. 307-308.
{61} C. Marx, El Capital, trad. Española de W. Roces, t. I, vol. 1, pág. 406. México, D. F., 1946.
{62} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 260.