Filosofía en español 
Filosofía en español

Ediciones Pueblos UnidosFilosofía y política, Montevideo 1964


Primera sección. Artículos de la época de la primera revolución rusa. La lucha contra el machismo.

2. Revolución y cultura.2

¡Revolución y cultura! Los ideólogos burgueses contemporáneos presentan estos conceptos en oposición diametral. Desde el punto de vista de estos sabios, la revolución y la cultura se excluyen recíprocamente; pues la revolución es sólo destrucción en tanto la cultura es un proceso creador; en su opinión la revolución procura destruir la “cultura”, mientras que la “cultura” exige la conservación del régimen existente; supone la quietud y el curso regular, inmutable, acostumbrado, de las cosas. Tal es la contraposición corriente entre cultura y revolución que muy a menudo encontramos en la literatura burguesa.

Siempre que el pueblo martirizado intenta, en momentos excepcionales de su existencia histórica, levantar la cabeza, toda vez que en el pueblo se observa efervescencia revolucionaria, las ratas “sabias” de las clases dominantes salen de sus cuevas y comienzan a perorar sobre el tema del peligro de las tendencias destructivas y sobre la necesidad de conciliar y domesticar al pueblo en nombre de la sagrada cultura.

Claro está, para las clases dominantes el movimiento popular, la revolución popular, es algo no deseable y a veces muy peligroso. Este hecho no admite discusión pues la cultura de las clases dominantes supone la opresión del pueblo, de las capas trabajadoras de la sociedad. La burguesía tiembla cada vez que resuena la poderosa voz del pueblo. Esta voz es odiada por ella porque el dominio de la burguesía supone la sumisión de la clase obrera.

El pueblo aspira a la felicidad terrenal y a la libertad, busca el sentido auténtico de la vida aquí, en la tierra; pero la cultura burguesa le ofrece: el mundo del más allá conservando para la burguesía el derecho de gozarlo y poseerlo todo. El sentido de la vida radica en una vida que sea digna del hombre, así razonan sobre la cultura los trabajadores. El profundo sentido de la vida, predican los representantes de la cultura burguesa, estriba en la sumisión del pueblo a los ídolos, a los [32] fetiches, a las diferentes deidades celestes y terrenales capaces de conservar la cultura burguesa. La cultura burguesa despoja de todo a los trabajadores y sólo les deja la fe en el triunfo de la justicia en el cielo, en el mundo del más allá...

Esta es la cultura que defiende la burguesía con el fin de desviar al pueblo de la lucha por una cultura auténtica y verdadera.

Pero el proletariado ve las cosas de un modo distinto: mientras que el dominio de las relaciones burguesas significa la subordinación del hombre a la naturaleza circundante y a los explotadores que tienen el poder sobre los demás hombres, en cambio, el sentido de la auténtica cultura consiste en la elevación de lo inferior a lo superior, en la liberación de la humanidad del yugo de la naturaleza y las clases dominantes.

El sentido de la cultura consiste, pues, actualmente, en la liberación de la sociedad del ciego dominio de las fuerzas espontáneas de la naturaleza y los explotadores; éste es el aspecto negativo de la nueva cultura proletaria, revolucionaria;. su tarea positiva radica en someter las fuerzas de la naturaleza a la humanidad y en organizar conforme a un plan la vida social de los hombres y su colaboración, en reorganizar la producción sobre nuevas bases. El proletariado ve el sentido supremo del desarrollo cultural en ir descargando, en la medida de las posibilidades, el fardo del trabajo sobre las fuerzas inanimadas de la naturaleza y en conquistar así una existencia humana para el hombre. En este sentido, la cultura significa una incesante ampliación de la libertad humana y la liberación de las masas trabajadoras del yugo del capital...

El auge de la cultura material y espiritual supone un proceso ininterrumpido que se expresa en cambios ininterrumpidos. ¿Qué es la revolución, a diferencia de la evolución, sino un cambio acelerado y cualitativo en la estructura de la sociedad? En este sentido, la revolución es el más elevado acto creador de cultura porque significa la aceleración y profundización del proceso histórico de desarrollo. Pero, por otra parte, todo el proceso de desarrollo de la cultura no es más que el cambio de las formas sociales de la producción humana, la abolición de las formas que se han vuelto nocivas para su desarrollo y gracias a las cuales se ha puesto de manifiesto la contradicción entre los intereses del todo y los de la minoría dominante. Las formas viejas, caducas, de las relaciones de producción deben ser sustituidas por formas nuevas que correspondan a las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas.

La concepción marxista del mundo y de la historia se basa en el principio del perenne cambio y desarrollo de todo lo existente: no hay nada absolutamente permanente, en la historia se opera una perpetua sustitución de las formas sociales, en la naturaleza se observa el cambio eterno e incesante y, en general, en todas las esferas del ser se advierte una renovación incesante. La concepción marxista del mundo, por esencia, no reconoce el estancamiento y el reposo; el eterno movimiento dialéctico es el principio suprema de esta filosofía. Los marxistas son revolucionarios no sólo en política sino también en filosofía porque... la [33] naturaleza y la historia mismas son revolucionarias. Nuestro conocimiento de la naturaleza y de la historia es sólo el reflejo de la realidad objetiva. La concepción proletaria del mundo es la filosofía de la actividad; el proletariado mismo es el representante del trabajo, de la labor, de la actividad, y por encima de todo no coloca la quietud, sino el movimiento, no el quietismo sino la actividad. Desde el punto de vista del movimiento no existen estadios ni fines últimos y absolutos. El punto de vista marxista no reconoce el “primer motor” y no tiene nada de común con los fines últimos en un sentido absoluto. Por ello jamás podremos contentarnos con el estadio alcanzado; todo escalón logrado mediante la lucha sirve al proletariado de nuevo punto de partida, de nueva posición conquistada y fortificada que utiliza para el posterior movimiento de avance contra sus enemigos.

La concepción proletaria del mundo no reconoce ninguna metafísica; no recurre a la inaccesible “cosa en sí”, supuestamente oculta tras los fenómenos en la que se refugian los espíritus fatigados; su filosofía es ajena a toda creencia en un mundo del más allá. En el singular contacto con todos estos perpetuos procesos de cambio y de flujo de las cosas, nosotros conocemos el verdadero ser de la realidad, pero al mismo tiempo exigimos su “eliminación”. Esta realidad constituye para nosotros la base sobre la que nos apoyamos: es el punto de apoyo para nuestra palanca; pero al reconocer esta realidad como un hecho, como algo dado, y partiendo de ella, procuramos su superación y eliminación porque:

Ich bin der Geist, der stets verneint!
Und das mit Recht; denn alles, was entsteht,
Ist wert, dass es zugrunde geht.

En el mundo no hay nada estancado, sino que todo deviene; en él nacen y desaparecen formas siempre nuevas. El ser dado es sólo una determinada forma del devenir, del. mismo modo que el reposo es una determinada forma del movimiento. Mientras que la burguesía representa el ser social actualmente existente, el reposo, la inmovilidad, en cambio el proletariado es la expresión social de la negación de este “ser”, la expresión del movimiento, del progreso. La burguesía reconoce hoy sólo lo existente, sólo lo que es; no puede ser otra cosa; todo lo que va más allá de los límites del régimen social existente le parece absurdo o por lo menos incognoscible. El ser es igual al ser, y por ello domina el principio de identidad. Las teorías conciliadoras burguesas sostienen que los intereses de la burguesía y el proletariado son idénticos. Pero el proletariado, privado del ser humano en el mundo burgués, va más allá de los límites de lo existente, exige su superación y eliminación. Para él, el ser debe convertirse en ser-otro, ya contiene en sí su negación. Por ello la lógica dialéctica tiene enorme importancia teórica y práctica para el proletariado; en oposición a las teorías burguesas conciliadoras, el proletariado defiende el punto de vista de la lucha de clases intransigente. Mientras que la burguesía reconoce sólo el ser idéntico, igual a sí mismo, es decir, la inmutabilidad del régimen social [34] existente, el proletariado considera mutable a este ser, que deviene, internamente contradictorio. A la clase obrera no le satisface la actual sociedad y por ello lucha contra ella por una nueva forma de vida social. De tal modo se efectúa el tránsito del viejo ser al nuevo ser, de lo existente a lo futuro. Y la sociedad como un todo es a la vez una afirmación y una negación... El proletariado constituye el aspecto negativo y, precisamente por ello, es el portador del progreso, del desarrollo, el representante de lo futuro; en su lucha por su propia libertad, felicidad y cultura va más adelante que ninguna otra clase social; es el combatiente por un tipo superior de ser social, es decir, el representante auténtico de la cultura. Al procurar romper las cadenas se niega como proletariado, niega la actual sociedad que necesita la existencia de la clase obrera explotada; al luchar por su propia liberación brega por la liberación de toda la sociedad porque las necesidades del proletariado expresan los intereses del desarrollo objetivo, es decir, coinciden con los intereses y necesidades de la humanidad. En una palabra, el proletariado es la clase social portadora de lo futuro, cl auténtico representante de la cultura contemporánea.

Al marxismo por esencia le es ajena toda fórmula dogmática porque la concepción marxista del mundo se basa en el método dialéctico, y la naturaleza y la historia no son más que un proceso dialéctico, es decir, una perpetua negación de todo lo dado. Así, pues, quienes desde el punto de vista de los ideólogos burgueses son limitados dogmáticos, en los hechos, resultan ser revolucionarios que critican incesantemente todos los patrones y fórmulas dados de una vez para siempre. El marxismo se sitúa en el punto de vista de la dialéctica porque no reconoce las categorías eternas. Las formas jurídicas y las formas de propiedad, el Estado y la religión, las normas lógicas y éticas, no tienen para él valor absoluto. Las considera categorías históricas, es decir, categorías que surgen en determinadas condiciones y desaparecen junto con ellas. Para la filosofía dialéctica “no existe nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve lo que tiene de perecedero, y no deja en pie más que el proceso ininterrumpido del devenir y del perecer, un ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, cuyo mero reflejo pensante es esta misma filosofía. Cierto es que también tiene un lado conservador, en cuanto que reconoce la legitimidad de determinadas fases sociales y de conocimiento, para su época y bajo sus circunstancias; pero nada más. El conservadurismo de este modo de concebir es relativo; su carácter revolucionario es absoluto, es lo único absoluto que deja en pie”3.

Ya el gran Heráclito veía la esencia de todas las cosas en el fuego que todo lo devora, y todo lo que se cumple en la naturaleza y en la historia era para él una corriente infinita de impetuoso fluir. El primer gran dialéctico fue además el primer sociólogo que formuló, aunque en forma ingenua, la idea de que el desarrollo de la historia y la sociedad se cumple mediante la lucha de las fuerzas sociales. “A los ojos del gran efesio en todas partes se revela el juego de fuerzas y propiedades contrarias, [35] que se condicionan y provocan recíprocamente; la ley de la polaridad abarca la vida universal y todas las demás leyes se encierran en ella”4.

Claro está, no puede olvidarse que Heráclito luchaba contra la democracia, en favor de los intereses de la aristocracia a la cual él mismo pertenecía. Cuando proclamaba que la contradicción y la desigualdad eran los principios fundamentales, quería contraponer la aristocracia y su filosofía a la democracia, que sostenía el principio de la unidad e igualdad ante la ley para todos los ciudadanos con plenos derechos. Los democráticos eleatas subrayaban la unidad de todos, mientras que el aristocrático Heráclito resaltaba los momentos antitéticos, las contradicciones. Pero el verdadero sentido de su filosofía era el siguiente: “es tan necesario que todo se separe, oponiéndose, como que los contrarios vuelvan a unirse”5.

Los ideólogos burgueses contemporáneos se sitúan en el punto de vista de Kant y operan con las antinomias kantianas, que sólo hallan solución en el mundo del más allá. A la burguesía le conviene suponer que la solución definitiva de la cuestión social es inalcanzable, “porque en la Tierra no existe nada perfecto”, como dice, por ejemplo, Carneri (“Der moderne Mensch”, S. 13). Toda contradicción o “antinomia” podría ser resuelta sólo en el mundo suprasensible. Pero, en oposición a Kant, nos enseñan Marx y Engels que el desarrollo se cumple gracias a la lucha de los contrarios y que estas contradicciones deben ser superadas obligatoriamente en nuestra tierra pecadora y además que el tránsito a una forma superior, es decir, el tránsito a una nueva “síntesis” se cumple siempre mediante un salto, mediante una revolución. El principio del desarrollo es propio a todo el mundo, a todo lo existente y a todo ser; es una ley universal. Las revoluciones en la historia son formas transicionales de un estado de cultura a otro tipo de cultura más elevado. Por otra parte, un determinado estado de cultura desarrolla las contradicciones que le son inmanentes, y que se resuelven a través de un “salto” revolucionario. Así, pues, la revolución es una forma de tránsito de una “calidad” a otra, de un estadio inferior de la cultura a otro más elevado; el contenido de las revoluciones político-sociales constituye el desarrollo de la cultura, por la cual entendemos la correspondencia más plena posible entre las instituciones sociales y las necesidades del género humano, la correspondencia más armónica posible entre los intereses del individuo y los de la sociedad.

Desde nuestro punto de vista, toda revolución es la creación de condiciones para la producción de valores culturales. Cuanto más profunda y grandiosa es una revolución tanto mayor importancia tiene desde el punto de vista de la cultura. ¿Quién puede comparar la importancia que para el desarrollo cultural de la humanidad tuvo la gran revolución francesa con la de las revoluciones no acabadas y limitadas de los años 1848-1849? Por ello, los portadores auténticos de la cultura –los socialdemócratas– desde el comienzo de la revolución rusa se pronunciaron por la “revolución permanente”; tienen la convicción de que un viraje [36] radical en el régimen existente de Rusia no solamente tendrá consecuencias extremadamente importantes para el pueblo ruso sino que dará un impulso excepcional al desarrollo de la cultura en todo el mundo.

Pero una auténtica cultura no corresponde a los deseos de las clases dominantes y, sobre todo, de la burguesía. Por cultura esta clase entiende la conservación del régimen social existente, la libertad de explotar a la clase obrera, la posibilidad para ella, y exclusivamente para ella, de utilizar las adquisiciones de la cultura. El proletariado lucha en el presente por una cultura plena y auténtica, para que todos los hombres puedan vivir una vida humana. En la actualidad el desarrollo de la cultura se efectúa gracias a la lucha de clases. El proletariado, creador de todo, nada tiene, no es “nada”, mientras que la burguesía, que nada crea, resulta ser la poseedora de todo. Ella es todo. El trabajo somete a la naturaleza superando todos los obstáculos; proporciona al género humano la posibilidad de vivir libre y felizmente; el obrero es el verdadero representante de la cultura porque sólo gracias al trabajo el hombre se ha hecho hombre. En una palabra, únicamente el obrero crea la cultura y, no obstante, es sólo un esclavo productivo, un señor sin tierras. Pero cl mundo debe pertenecer al trabajo; el trabajo conquistará el mundo porque precisamente en ello radica él sentido de la lucha social, el sentido de toda la cultura contemporánea.

La burguesía fue en otra época una clase revolucionaria y aún continúa siéndolo parcialmente en algunos países donde se trata de conquistar la libertad formal y la cultura burguesa. Sin embargo, su situación social la obliga a ser conservadora hasta en la revolución. Está obligada a ver todos los múltiples fenómenos sociales desde el punto de vista de un principio conservador la posesión de la propiedad. En una sociedad en la que todos los bienes inmuebles se han convertido en “mercancías” muebles, todo es mutable. Pero las relaciones de producción, las relaciones de propiedad fundamentales, deben permanecer inmutables, esto lo exige la burguesía porque ella es el sujeto de este “ser” y, por consiguiente, la personificación de su inmutabilidad. En filosofía adopta por punto de partida el ser igual a sí mismo, la sustancia absolutamente en reposo e invariable que constituye la esencia de todos los fenómenos. La sustancia, la cosa en sí, es, en cierto sentido, sólo una proyección de este reposo, de esta inmovilidad y de las relaciones inmutables del ser... A la inversa, el propio obrero se ha convertido en un objeto de propiedad, en una mercancía, pero, desde su punto de vista, no sólo las mercancías sino también las relaciones de propiedad son fluidas y cambiantes.

“La propiedad privada en cuanto propiedad privada, en cuanto riqueza, se halla obligada a mantener su propia existencia y con ella la de su antítesis, el proletariado. Es éste el lado positivo de la antítesis, la propiedad privada que se satisface a sí misma.

Y, a la inversa, el proletariado en cuanto proletariado está obligado a destruirse a sí mismo y con él a su antítesis condicionante, que lo hace ser tal proletariado, es decir, a la propiedad privada. Tal es el lado negativo de la antítesis, su inquietud en sí, la propiedad privada disuelta y que se disuelve... [37]

Dentro de esta antítesis, el propietario privado es, por tanto, la parte conservadora y el proletariado la parte destructora. De aquél parte la acción del mantenimiento de la antítesis, de éste la acción de su destrucción”6.

Para la burguesía la propiedad es el punto de partida de todo el ser social, de todos los fenómenos sociales. Todo se muevo, todo cambia pero sólo hasta un cierto punto final que para siempre debe permanecer inmóvil. La propiedad es el centro en cuyo torno todo gira. Por ello los ideólogos burgueses son auténticos “eleatas” y con estos defensores de la “filosofía de la inmutabilidad” y de lo permanente pueden decir: todo es ilusorio, todo es aparente, sólo existe el ser invariable e inmóvil, y, precisamente, el ser de las relaciones sociales dadas. Este ser determinado es el punto de partida y el objetivo final de toda la cultura y libertad burguesas. Para la burguesía y sus ideólogos lo existente es el límite final, y todos los intentos de ir más allá serán vanos. Los diferentes cambios del movimiento son admisibles en el mundo de lo aparente, pero no en el mundo del ser, de la “cosa en sí” social, de la propiedad.

El proletariado no es nada, nada tiene, por consiguiente es el representante de la inquietud, del movimiento y del progreso. Para él, la forma de existencia de todas las cosas no es el ser, sino el devenir; reconoce no un ser estancado, sino un eterno proceso. El proletariado debe tender siempre hacia adelante, a formas más elevadas de existencia porque él mismo representa el momento de negación del orden existente. Así, pues, el proletariado se convierte en el verdadero combatiente por el progreso y consiguientemente por-la cultura. Mientras que lo existente (el estado de cultura alcanzado) tiene valor para la burguesía que encuentra en él quietud y fuente de placer, para el proletariado en cambio, la quietud y la inmutabilidad significan sufrimiento y dolor. El proletariado debe apoyar el cambio de lo existente para librarse de sus sufrimientos. En tanto que para la burguesía y sus ideólogos el movimiento social (y cualquier otro) es sólo una determinada forma del ser inmutable, desde el punto de vista marxista el ser social (y cualquier otro) es sólo una determinada forma y una determinada fase del movimiento y del devenir. Así pues, en opinión de quienes no hacen nada, el mundo se basa en la quietud mientras que en opinión de quienes lo crean todo, el mundo se basa en el trabajo, la actividad, el movimiento. Por ello, los primeros reducen todas las formas del movimiento a la sustancia inmóvil, mientras que los últimos reducen, incluso la sustancia aparentemente inmóvil, a determinadas formas del movimiento; para los primeros (como para los eleatas) el movimiento aparente es una forma del reposo, para los últimos: el reposo aparente es una forma: del movimiento. Para eternizar su ser la burguesía y sus ideólogos niegan el progreso social, en tanto que el proletariado, en nombre de la cultura humana, considera que la revolución es un escalón de transición necesario, pues toda revolución no es más que una solución [38] de las contradicciones y, por consiguiente, la creación de nuevas formas gracias a las cuales los hombres ascienden a un más elevado escalón cultural. Desde este punto de vista, toda victoria de la revolución es una grandiosa victoria de la cultura.

En nuestra época, el contenido de la lucha cultural conforma la contradicción entre quienes nada tienen y que son “nada” pero lo crean todo, y quienes todo lo poseen pero nada crean. Quienes ahora son nada deben aspirar a serlo todo; los que no tienen nada deben aspirar a poseerlo todo, porque el mundo debe pertenecer al trabajo, a quienes lo crean todo. “Al vencer el proletariado no se convierte con ello. en modo alguno, en el lado absoluto de la sociedad, pues sólo vence destruyéndose a sí mismo y a su parte contraria. Y, entonces, habrían desaparecido tanto el proletariado como su antítesis condicionante, la propiedad privada”7

Estas agudas contradicciones se resuelven mediante la revolución. Y esta solución de las más agudas contradicciones, la victoria del proletariado, significará un grandioso triunfo de la cultura.




{2} El presente articulo apareció por primera vez en “Die Neue Zeit”, 1907.

{3} C. Marx y F. Engels, “Obras Escogidas”, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1952, t, II, pág. 337.

{4} Th. Gomperz, “Griechische Denker”, Band I, 1896, S. 59.

{5} Zeller, “Die Philosophie der Griechen”, 1. Teil, 1876, S. 602.

{6} C. Marx y F. Engels, “La Sagrada Familia”, Editorial Grijalbo, México, 1958, págs. 100-101.

{7} C. Marx y F. Engels, “La Sagrada Familia”, ed. cit., pág. 101.