Filosofía en español 
Filosofía en español


[ P. T. E., El estudiante del pío, doctor en hambre y bachiller en frío ]

Reglas de Higiene: un caso de consulta

¡Qué enfermo estoy! Decía ayer un prójimo a un amigo suyo. ¿Llamaré el facultativo? No lo repruebo… pero con intenciones de recibir medicamentos saludables, jamás, porque nunca aciertan. ¿Es así? No tengáis inconveniente en creerlo: voy a daros una razón práctica, referiros un hecho: solo hubo un médico, Adán; que como gran naturalista, conocía perfectamente toda clase de plantas y minerales, la virtud que tenían para evitar cualquier contraste que la máquina del hombre sufriese por influencia de los astros, de los elementos, o de cualquier otro cuerpo extraño y su oportuna aplicación, éste enseñó a sus hijos y éstos a los suyos, consiguiendo por este medio tan laudable esa duración tan extraordinaria que nos refiere la historia de los primeros tiempos los primeros tiempos. Pero del mismo modo que la calaverada de Adán causó la muerte al género humano, privándole del conocimiento del árbol de la vida, en justa pena de tan grande delito, así también la de los descendientes de Noé, fue la causa de confundir con la lengua los conocimientos médicos: y de aquí tan notable disminución de vida, la palidez de la muerte al más insignificante impulso de un catarro cualquiera, de un ligero soplo de viento.

Perdidas las esperanzas de concluir la torre, los arquitectos y los que no lo eran, dejando para muladar su obra, se dispersaron para buscar otro modo de vida más positivo, y dejarse de vanidades tontas y altamente reprensibles: mas he aquí que siendo de menos nutrición los frutos de la tierra, por lo mal parada que salió del baño, comenzaron a verse primeramente hombres afeminados que a al menor dolor de estómago desaparecían; otros sin narices; sin brazos, fatuos, tartamudos y tullidos otros, por no haber en la matriz la fuerza necesaria para su completo desarrollo. Tiempo después, entrando en putrefacción sustancias mil, que con las aguas estancadas impregnaron la atmósfera de miasmas venenosos, se dejaron sentir enfermedades de todas clases, sin que a nadie ocurriese otro plan curativo que quejarse del lado que le dolía, y lamentar tanta pérdida.

Mas como nunca faltan especuladores que de todo quieran sacar provecho, conociendo algunos las ventajas pecuniarias que la humanidad doliente les prometía, si se mostraban inteligentes en materias curativas, prescindiendo de escrúpulos de conciencia, surgen, se dan a conocer, y haciendo alarde de conservar puras las primitivas tradiciones, consiguieron poner a su disposición la vida y bolsa de sus inocentes hermanos.

Al más ambicioso, para sacar mejor partido, se le ocurrió el dividirse en dos secciones, una para recetar emplastos, y otra para prepararlos; pero usando siempre de términos tales, que solo ellos, y los que les quisieren suceder, pudieran interpretar; pero con la expresa condición de pagar bien el ajo y guardar perpetuo silencio.

Queriendo progresar… trataron de examinar… o de dividir cual fieras perrinas al ente más noble de la creación, sujetaron a sus sacrílegas manos el análisis del segundo dios de la tierra, para conocer (¡atentado digno del más riguroso castigo!) la relación que sus partes tenían entre sí, y el modo de trasmitirse mutuamente sus sanos o viciados humores; y para no ser criticados de inhumanos, como era natural, excogitaron un medio muy a propósito para conservar su honor, como el de predicar continuos adelantos, eficacísimos remedios para la radical curación de los miembros inútiles y partes viciadas del cuerpo, ventajas inmensas que la humanidad doliente recibía de sus prodigiosas operaciones. ¡Válgame Dios!… ¡Qué talento!… ¿Con qué si un miembro no está del todo corriente amputarle? ¡Bien me libraré de quejar a un médico dolores de cabeza!…

A pesar de todo esto no dejo de conocer que sean útiles para aquellos que ignoran la trampa: porque si da la casualidad que no receten cosas venenosas, el paciente, con la esperanza de recobrar la salud, que le infunde la presencia del médico, se anima; le promete grandes esperanzas, se anima más; y desechado que haya todo el miedo, la naturaleza recobra las fuerzas necesarias para vencer todos los obstáculos que se opongan a su marcha regular, y cátamele ya sano.

Los que conocen esa clase de gente, o están curados de espantos, o no: si lo están, no mueren de otra enfermedad que la vejez: si no lo están, o mueren de miedo, o si salvan, despreciando todo género de padecimientos, siguen contando navidades hasta la decrepitud.

¿Y cómo es posible, replicó el enfermo, que clase tan acreditada, que tantos servicios ha dispensado a la humanidad exponiendo su vida a cada paso en obsequio de sus hermanos, sea por ti tan altamente injuriada? ¿Cómo se comprende que en el trascurso de tantos siglos, a solo a ti hayan ocurrido tamañas imposturas? Pues, caso de ser cierto lo que dices, antes que tú hombres hubo, y no obstante… ¿tan burdos supones que han sido?

¡Qué crédulo eres y qué inocente! repuso el compañero. Quiero que me estés atento con todas tus potencias y sentidos a lo que te voy á decir: ten mucho ojo; no se escape una rata; estás en un error muy trascendental y del que quiero despojarte por un principio de amistad y de conciencia: quiero decirte con toda sencillez y verdad, cuáles han sido sus progresos en esa ciencia tan interesante, el modo que han tenido de captarse la aceptación pública, y los heroicos servicios que han prestado a la humanidad doliente. Respecto al progreso, es cosa averiguada que los repetidos experimentos han dado por resultado; para unos (los torpes), la confusión, efusión de sangre y una terrible mortandad de seres racionales; para otros (¡los de talento!), acelerar la visión beatifica a los justos, las lagunas estigias a los pecadores, negar la existencia del alma, porque no la encontraron con las tijeras, y otras muchas verdades filosófico-teológicas, cuya ignorancia prueba sus escasos o ningunos conocimientos metafísicos: de aquí el uso de la daga y las tenazas para curar un mal, que realmente procede de una afección del alma, de una sensación demasiado grata o ingrata, que con cataplasmas de jamón, purgas de vino y paseos se conseguiría indudablemente un éxito más satisfactorio, que de sus planes curativos se pudiera desear.

Estos han sido sus notables adelantos.

Cómo al examinar ese mundo compendiado, esa obra admirable del hombre, ese orden y proporción de sus partes, la delicadeza, aptitud, sutileza y oficio de los elementos de que se compone, se atreven algunos de ellos a darle un arquitecto ciego… No lo comprendo. Cómo explicarán la unidad de conciencia, creyendo material el alma… tampoco lo entiendo. En otro tiempo los hombres y las mujeres traían su origen de las mujeres y los hombres, habían sido creados por Dios inmediatamente sus primeros padres, y creían su verdadero destino más allá del sepulcro: ahora salen de los ríos y de las fuentes, aunque no se vean salir… y vuelven por el mismo camino, pasando por toda la escala de los seres, llegado que haya el sepulcral silencio.  Antiguamente Dios era un ser que existía por sí, era lo más perfecto, era la infinidad en todo género de perfecciones, era el bien sumo, era el ser; ahora no es nada y lo es todo.

Un insecto imperceptible, un ratón, un zapaterón cualquiera, un tiorro de barbas un poco dificultosas, el asno que monta y sus correspondientes alforjas, son Dios; y todo lo demás que no se ve, palpa o gusta, es no Dios, es nada. Hasta aquí el progreso.

Observando la plebe que algunos con los consejos del facultativo recobraban su salud perdida (por el mismo camino que sin ellos la recobrarían), comenzaron a correr rumores que aquellos hombres habían aparecido llenos de celo y de la más ardiente caridad, suficientemente autorizados por Dios, y con ciencia infusa bastante para el alivio de sus semejantes y sostén de la sociedad, que sin ellos volvería a su centro y en breve tiempo desaparecería. Esta consoladora voz se hizo resonar en todas partes; y haciendo de hombres sencillos respetable el concurso de creyentes, que se alistaron en honor de sus banderas, aunque hostiles y bañadas en la inocente sangre de un sin número de víctimas, muda la voz del inteligente por el horror pánico que le causaba ver tanto odio junto si mostraba su opinión, dejó de hacerse sentir en lugar público: más no por eso se ha sepultado en el olvido; pues una tradición privada, y no interrumpida, lo ha venido conservando hasta nuestros días. Este ha sido el modo de captarse la benevolencia y aceptación del público.

Razones son estas que no dan lugar a duda; pero si no las quieres creer por ser de mi propia cosecha, te encargo encarecidamente leas al insigne Fr. Luis de Granada, en su Vida, tomo 1.º lib. 2.º, cap. XV, y al celebérrimo Feijoo, Teatro crítico, tomo 1.º, discurso 5.º, tomo 4.º, disc. 4.º, en cuyos lugares encontrarás sin duda incontrastables pruebas, basadas en el hecho y en la sana razón, una impugnación sistemática, fundamentada en principios ciertos e inconcusos, y una noción imparcial y sincera de la medicina.

Como esta tradición no se ha extendido mucho, por desgracia, en líneas trasversales, por eso lamentamos en todo tiempo la fatal pérdida de tantos hombres beneméritos, que, dejándose llevar de la común corriente de los fatuos, vuelan a otra esfera, privando a sus hermanos, con una muerte prematura, del fruto de su saber, que otro caso percibirían: de manera, que a no mostrarse tan fecunda la naturaleza humana, hubiéramos marchado todos, sin excepción de clases, sexos ni condiciones, a no ser médicos, por el camino que nuestros antepasados.

Estoy enterado, replicó el enfermo; pero es lo cierto que no estoy del todo corriente, y quisiera aliviarme, como puedes comprender. ¿Qué he de hacer en este caso? Además de los autores citados, puedes leer al Dr. Gazola, veronés, médico cesáreo, en su famoso libro intitulado El mundo engañado de los falsos médicos; el P. Malebranche, Inquisición de la verdad, y al Dr. Martínez, en su Medicina escéptica. Pero tan lleno de pesadumbre te veo, le dijo el compañero, tan triste estás, con tales ojos de piedad me miras, que creo un deber de caridad darte un plan curativo infalible, por todos los autores referidos comúnmente admitido, y que te eximirá por ahora de romperte la cabeza registrando libros y meditando párrafos.

A todo ser senciente ha dado Dios medios para llegar a su fin, y cumplir su misión en el lugar que se ha dignado colocarle. Los seres irracionales tienen un instinto que les sirve de segura guía para proporcionarse las flores, yerbas, raíces y demás alimentos salubres y huir con horror de los nocivos: ellos se curan a sí mismos, y viven todo o que su naturaleza y destino exigen.

Ahora, bien; ¿por ventura el hombre, ser incomparablemente más perfecto, se ha de hallar destituido de medios necesarios para su conservación? El hombre además del instinto natural, que en sus animales propensiones le insinúa, lo que su naturaleza, verdadera y provisora madre, prescribe para su desarrollo y subsistencia, tiene también una razón comprensora y reflexiva, que modera, ordena y regulariza los desbordes y ciegas propensiones, que el apetito sensitivo manifiesta, premovido por algún vicio o costumbre inveterada. Él tiene experiencia de la robustez o debilidad de su complexión; tiene sensación de la enfermedad y conciencia prácticamente cierta de su mayor o menor intensidad: tiene un apetito o repugnancia a lo que de hecho puede dañarle o servirle de provecho. Es, pues, un verdadero médico de sí mismo: se basta a sí, y no necesita de otro, sino para proporcionarle lo que pida, si no está en disposición de buscarlo por sí mismo.

No se podrá negar con fundamento que la naturaleza sea una verdadera madre, que moviendo los resortes del apetito, nos insinúe lo que nos es o no conveniente para la restauración de la salud. La naturaleza no es una madrasta que, rehusando ejercer sobre nosotros su saludable acción, solo nos inspire una infeliz propensión a lo que nos es nocivo, cuando más necesario nos es su tierno y maternal aviso. La naturaleza no nos olvida jamás, siempre estimula nuestros apetitos hacia el bien: esto se ve, se palpa en todas las indigencias naturales, ya del hombre, ya de los de demás animales, porque cada una tiene sus apetitos correspondientes que les sirven de reloj, para fijarles la hora en que se ha de acudir a su socorro. La sed dicta cuando es necesaria la bebida: la inclinación al sueño, cuando procede el reposo: el hambre, cuando es indispensable el manjar, &c

Algunos objetan que el apetito solicita algunas veces cosas nocivas. ¡Execrable blasfemia, fiero e irracional pensamiento, les diré con Feijoo, que tantas víctimas ha causado, que tanta sangre ha hecho derramar, y que a tantos inocentes precisó a sufrir el más cruel martirio! ¿Es cierto que algunos, después de saciar su apetito, sucumben o se les agrava la enfermedad? ¿Pero cómo se demuestra que la bebida o manjar ha sido la causa de la muerte o del aumento del dolor? ¿No se observa con más frecuencia lo contrario? ¿Cuántos más, siendo fieles observadores de las tontas adivinanzas de los médicos, aceleran su muerte? ¿Y cuántos, abandonados ya de los médicos, consiguen una rаdical curación por seguir el consejo de su apetito?

¡A cuántos, en las crueles garras de la sed y el hambre, hacen sufrir el más atroz martirio las irracionales prohibiciones de muchos médicos tiranos!

No son, por lo mismo, las bebidas y manjares los que ocasionan la muerte, sino el no ser eternos, y el tener que dar el día que Dios haya fijado exacta cuenta de nuestras obras y omisiones.

Para saber si el apetito es una moción de la naturaleza o no, es necesario fijarse en la siguiente regla: si el apetito es intolerable, o aunque sea tolerable, procede del estómago, entonces es moción infalible de la naturaleza, y a la que hay que obedecer, so pena de sufrir graves consecuencias: si procede de un vicio o de un hábito cualquiera, como sería el apetito de vino en un fabricante, entonces son necesarias algunas precauciones. Se requiere serenidad y reflexión, ya en el enfermo, ya en sus asistentes, para la tasa de la dosis que se haya de conceder. No se deben oponer abiertamente, ni tampoco pecar de indulgentes. No se deben oponer, y dije bien, porque la experiencia confirma que la abolición repentina de un vicio en un enfermo, agrava su mal y llega a causar no pocas veces la muerte. Dije también que no se debía pecar de indulgentes, porque así como una módica cantidad será su puerto de salvación, pues todo lo que agrada nutre, y no puede haber mejor medicina que la que al mismo tiempo sirve de alimento, alarma y vivifica las fuerzas de la naturaleza, así también una dosis excesiva será su cierta muerte, por ser insoportable a las fuerzas de la complexión, sin duda menores que antes.

Efectivamente, amigo mío: si el arte de medicinar, como dice el doctor Gazola, es una purísima conjetura, ¿quién mejor que el paciente puede comprender los desconciertos que pasan en su interior, las circunstancias de su mala condición y las distintas fases de sus dolencias? ¿Quién mejor que el paciente puede interpretar los destinos de la naturaleza propia, con quien frecuentemente se explica en tantas y tan varias sensaciones? «Es indudable, decía Malebranche, que nuestros sentidos deben ser consultados, aun en la enfermedad, para prender de ellos el modo de adquirir la salud.» Por esto Tiberio y Platón se maravillaban que hubiese un sabio que permitiese a un médico tomarle el pulso.

Importa muy poco que su principal estudio no sea teorético, sino práctico, o que se circunscriba a la historia de los medicamentos que surtieron felices efectos en estos o los otros hombres, y en enfermedades que presentaban estos o los otros síntomas: pues es cosa cierta que cada hombre tiene su complexión distinta más o menos débil que la de los demás, apenas se hallan dos hombres que tengan un mismo temperamento; y por consecuencia lógica, que lo que es provechoso para unos, es altamente nocivo para otros. De aquí esa incertidumbre general en la aplicación de los medicamentos: ese cruel proceder de criticar de extravagante lo que el enfermo apetece, porque así lo prescribe su naturaleza, y hacer tomar al pobrecito paciente lo que reprueba su complexión, lo que expresamente anatematiza su naturaleza, y lo que detesta el forzado con toda su alma y todo su corazón.

Y para saber si un emplasto prueba bien a uno, ¿cuántos perecen antes? ¡Ah! De esa cofradía era yo socio, si no hubiese sabido mirar por mí. Voy a referirte un caso. Estando un día de mal humor, sin saber cómo salir de él, determiné visitar un médico muy conocido en España, por ver si me daba un consejo que me viniese como luz al ciego. Llegué á su habitación; pero he aquí que, sin dar lugar a músicas celestiales, extiende con la majestad de doctor su brazo, y mirando el cielo raso por espacio de unos tres minutos, bajó su cabeza, que sin exageración, era como un cesto de celemín, y en tono magistral rompió el silencio con las siguientes palabras: Tiene V. hictericia bien caracterizada y una propensión premarcada a la tisis, la que tendrá lugar cuando la tuberculosis latente entre en el período de evolución. Me retiré a mi posada admirado de oír tanto disparate junto: y reflexionando sobre lo que mi naturaleza exigía para recuperar mi estado interesante de salud, conocí que era buen humor. Tomé dos copas de ron, y quedé sano. Mil ejemplos pudiera citar más lamentables aún, no solo de mí, sino también de otros infelices, que, siendo fieles observadores de las terribles demencias de sus médicos, dieron el alma a su Hacedor en medio de horribles tormentos e indiscretas privaciones.

Razones bastantes se me ocurren para poder escribir una obra voluminosa sobre el particular, pero no quiero molestarte por más tiempo. Consúltame, cuando alguna dificultad se te ocurra; pues en todo tiempo serás servido como verdadero amigo.

Nada te quise decir de la cirugía, porque se funda en principios ciertos, y es sumamente interesante.

Luego según tú, repuso el enfermo, médicos y boticarios unos matan los enfermos, y otros enferman los sanos. Pobres de nosotros, si nos oyeran!… ¡Qué purgas nos iba a costar!… ¡Y gracias!… Tal es el terror que infunde, ¡que ni los Reyes se atreven a tasarles sus derechos!

El estudiante del pío, doctor en hambre y bachiller en frío,
P. T. E.