Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta del libro

 
El Mundo engañado de los falsos Médicos

Discursos del doctor José Gazola
Veronés, Médico Cesáreo, y Academista Aletófilo.

 
Obra póstuma,
Traducida fielmente del Toscano.

 
Sicut pisces capiuntur hamo, & sicut aves laqueo comprehenduntur,
sic capiuntur homines in tempore malo.

Ecclesiastes cap. 9.

 
Con licencia: En Valladolid por Antonio Bordazar,
año de 1729, a costa de Cristobal Branchat,
Mercader de Libros, en la Plaza de la Seo.

 
 
 
[ Aunque pusieron Valladolid esta primera edición se imprimió en Valencia.
Ya en 1731 se publicó que Gregorio Mayans era el anónimo traductor
de la obra y también el autor de “A los médicos buenos” ]

 

Índice de los discursos

  1. Más vale estar sin Médico, que no tenerle bueno, pág. 1.
  2. La Medicina sirve, pero cada uno puede ser Médico de sí mismo, pág. 46.
  3. De la dificultad de la Medicina, y del engaño de las más famosas Sectas de Médicos, y particularmente de los Dogmáticos, y secuaces de los antiguos, pág. 73.
  4. Advertencias para vivir, y conservar la salud mucho tiempo, pág. 107.
  5. Si es mejor valerse de Médicos modernos, o Galénicos, pág. 143.


A los médicos buenos

No puedo hacer a v. ms. mayor obsequio, que dirigir a sus manos este preciosísimo librito, que no es otra cosa, que una docta Apología de la verdadera Arte Médica, y una justísima invectiva contra aquellos, que hurtando a v. ms. su venerable nombre, y autoridad, hacen inhumano destrozo de las vidas humanas, por hacerse de oro, aunque sea a costa de sus muchos yerros. El Arte, que a Hipócrates, Príncipe de la Medicina, pareció superior a la brevedad de nuestra vida, para ellos es estudio de cuatro días. En su concepto toda experiencia es certísimo dogma; como si aquella no fuese muy falaz, por la diversa constitución del cuerpo, lugar, y tiempo, y otras circunstancias, tal vez impenetrables. Sin estudio, y observación, quieren hacer juicio de las más ocultas causas; y como a Repartidores de la salud, dan a entender que la venden, siendo animadas pestes; y lo que es más insolente, permitidos homicidas del linaje humano. Tales son los Médicos, sin ayuda de los cuales vivió sanísimo el Pueblo Romano, por el largo espacio de seiscientos años; o por mejor decir, sin tales Médicos se mantuvo el mundo robustísimo millares de años. Pero no hubiera podido conservarse sin muchos Médicos semejantes a v. ms. observadores digo de la naturaleza, que con razón juzgaban, y amonestaban, que los Padres, amas, y educadores, son los que más contribuyen a la salud, procurando, que no falte, ni dañe cosa alguna a la tierna edad; la cual crecida en fuerzas, y entendimiento, solo necesita de este para conservar aquellas: para mantener, digo el temple natural, respirando aires saludables, tomando buenos alimentos, haciendo ejercicio, y viviendo con una decente alegría; y cuando todo esto no baste, consultando a uno de v. ms. que confiando más de la naturaleza, que de su propio dictamen, ayude a aquella, y no violente, ni tuerza sus designios. Este libro, pues, que cuando reprehende a los Médicos, reprehende a los malos, espero, que hallará en v. ms. una grata acogida, por haberse copiado en él aquella alta idea de la verdadera Medicina, que v. ms. tienen, y practican tan dichosamente. Nuestro Señor dé al mundo conocimiento de v. ms. para que a v. ms. y no a los falsos Médicos sepa apreciar, y venerar para las ocasiones oportunas.


Aprobación de Don Gregorio Mayàns y Ciscàr, del Gremio, y Claustro de la Universidad de Valencia, y su Catedrático del Código de Justiniano,
M. P. S.

Tiempo ha que juzgo, que los buenos Médicos dan autoridad a los malos; y heme afirmado mucho en este juicio, después que de orden de V. A. he logrado leer el librito del Dr. Joseph Cazola, hombre juicioso, y docto, según se ve. Su intento, es manifestar, que siendo la sanidad un temple según la naturaleza, y siendo esta tan poderosa por sí, y tan benéfica, puede ella sola más, que cuantos Médicos hay. Pero el daño está, en que como la naturaleza obra de espacio, como tan madura en sus cosas, tenemos en poco su lentitud, y con diligencias infructuosas, y violentas, nos multiplicamos el mal. No queremos entender, que la precaución es el mejor Médico del mundo; y que la medicina más aventajada es, una comida, y bebida más natural, que deliciosa; un aire acomodado al temple de cada uno; un ejercicio moderado; y el reposo que basta para la renovación de las fuerzas: y sobre todo esto, una alegría interior, que con ninguna cosa se logra, sino con la satisfacción que da una buena conciencia. Esta Medicina natural, de que Dios a todos proveyó, es la que sabemos sin peligro de error alguno. Pero estimándola en poco, nos acarreamos el mal, con una vida derreglada; y vamos después a buscar en otros, una Medicina incierta, que suponemos en ellos. Debiéramos pensar, que el más eficaz remedio, para restituir la naturaleza a su debido temple, es dejarla obrar, procurando practicar aquellos medios, cuya omisión fue causa de que perdiésemos la salud; y no fiarnos de cualquiera indiscretamente, porque no menos que la vida nos va en ello. Siempre, pues, que la necesidad nos obligue a consultar algún Médico, sea este tal, que ayude, y no destruya a la naturaleza; que fíe más de la conducta de esta, que de la suya, y que por último nos cure sin afectar que cura. Veamos que de estos hay muy pocos Médicos. Pues todos los otros, según el sentir del Doctor Gazola, son falsos Médicos, que tienen engañado no menos, que a casi todo el mundo; y muy vanamente engreídos nos quieren dar a entender; que aquel espinoso palo, que los Antiguos pusieron en la mano de Esculapio, para significar con los nudos las dificultades grandes, que la Medicina tiene, es para ellos tan liso, como si fuera un junco. Pues no admite duda, que esta Arte, sobre difícil, es larga, y cualquiera vida muy corta para poderla comprehender. Pues si en todas las Ciencias, y Artes, aún Mecánicas, hay tan pocos hombres grandes; ¿cómo ha de haber en cada barrio un eminente Médico? Muchos, pues, serán falsos, muchos impostores. Contra estos habla el Doctor Gazola: y este es el desengaño, que nos da en cinco doctos Discursos, elegantemente traducidos, por quien con su modestia ha podido defraudar al público de la noticia de su nombre, pero no a sí propio de las merecidas alabanzas. Siendo esto así, juzgo que V. A. debe dar la licencia que se pide. Valencia a 1 de Marzo de 1729.

Don Gregorio Mayàns y Ciscàr.




Imprimatur,
De Rius, Vic. Gen.

Suma de la licencia

Tiene licencia de los Señores del Real Consejo, Antonio Bordazar, Impresor, y vecino de Valencia, para poder imprimir por una vez el libro intitulado: El mundo engañado de los falsos Médicos; Discursos del Doctor Joseph Gazola, traducido en Castellano, como más largamente consta de su original despachado por Don Pedro Manuel de Contreras en 29 de Abril 1729.

Tasaron los Señores del Real Consejo este libro, a ocho maravedís cada pliego, como consta de su original despachado por Don Pedro Manuel de Contreras en 18 de Junio de 1729.

Fe de erratas.

Este libro intitulado: El mundo engañado de los falsos Médicos, su Autor el Doctor Joseph Gazola, traducido en Castellano, corresponde con su original. Madrid a 18 de Junio de 1729.

Lic. Don Benito del Río Cao de Cordido.
Corrector General por su Majestad.




El traductor, a quien leyere.

Causa admiración, Lector mío, que una de las cosas, que en opinión de los hombres es la más aborrecible, sea al mismo tiempo la más amada. Tal es el engaño. Bien conocido, es abominado; y desconocido, se tiene en sumo aprecio: y es este tanto mayor, cuanto el bien que se busca por medio de él, es en sí más apreciable. Por esta causa, siendo la salud el mayor bien humano, no hay peor engaño para quien apetece vivir, que solicitarla por los medios que la destruyen más. Es tan común este engaño, que se puede decir que es de todo el mundo. Ojalá en esto fuese falso yo; pero lo que digo es verdad, que acredita la experiencia cada día. Son rarísimas las muertes, cuya única causa sea una vejez debilitada de puro larga; o por mejor decir, aquel fatal destino, que nos espera a todos. Es preciso, pues, que haya otras causas, que nos acorten la vida, engañándonos estas con apariencias de bien. Tales son los placeres de los sentidos, que cuando no se contienen en la debida templanza, nos azucaran el veneno, y con una falsa dulzura nos hacen beber la muerte. La medicina, pues, más saludable, es una templada precaución, que nos conserve la salud, y una dieta con tolerancia que la restablezca: y cuando lo juzgare la discreción, preciso es que entonces nos valgamos de un sabio, y prudente Médico. Aquí está el error: aquí el engaño, que por ser tan común, podemos llamar universal. Cada uno piensa, que aquel Médico que elige, es el mejor, no teniendo más causa para persuadírselo así, que creer a otros, que lo piensan; o juzgarlo él (sin conocimiento del Arte) por apariencias falaces. Este engaño, pues, es el que pretendió demostrar en cinco Discursos el Doctísimo Médico, Doctor Joseph Gazola Veronés, cuyo solo nombre es superior a los elogios que se le pueden dar. Verás en ellos, cuánto más sano consejo es, estar sin Médico, que tenerlo tal, que con su ignorancia destruya nuestra salud, y vida. Verás, que hay Medicina, y por consiguiente Médicos, que son capaces de hacer que recobremos la salud perdida: pero que el Médico mejor es cada cual, por más bien informado de las causas de su quebrantada salud, y por más interesado en el recobro de ella. Conocerás también la dificultad insuperable de la Arte Médica, miserablemente dividida en tan varias Sectas, no menos opuestas a la salud humana, que entre sí mismas. De donde llanamente inferirás aquella necesaria consecuencia, de que la mejor Medicina, es una sabia precaución; y cuando esto no valiere, y quebrantada tu salud, desconfiado de ti, quisieres servirte de otro Médico, que tu Templanza, sabrás que debes elegir al que estuviere más bien informado de la naturaleza, al que recetare menos, y más hiciere alarde de ser testigo de lo que la naturaleza obrare, que no de ser el agente que la hace obrar. Esto, pues, y mucho más verás en este librito, donde si bien se halla proporcionada sal (por tal entiendo la prudencia con que está escrito) si tal vez también hay algún granito de pimienta (digo de una justa indignación contra la falsedad de los Médicos) no es tal, que irrite a la razón destempladamente; sino que solo la mueva a un conocimiento utilísimo del universal engaño, con que se suele vivir. Siendo, pues, tan importante, que conozcan todos a los falsos Médicos, pues de su conocimiento depende la salud del mundo; me ha parecido conveniente, y aun necesario, hacer hablar en Español al sapientísimo Doctor Gazola. Si a su nativo estilo (elegantísimo por cierto) no correspondiese este nuevo, alguna disculpa merece por ser extranjero, y haber aprendido la lengua en muy pocos días. Aunque yo entiendo, que se ha explicado de manera, que parecerá Español. Leelo, que bien te importa; y si tienes prudencia, aprovéchate de ella, enviando enhorabuena a los falsos Médicos, quedándote tu sin ellos, y con la paz de Jesucristo.



Discurso I
Más vale estar sin médico, que no tenerle bueno

Siempre fue grande la posesión que ha tenido en este mundo el engaño, porque siempre ha sido igualmente grande la confianza de los hombres en su sabiduría. Ellos mismos han hecho con su opinión, de la ignorancia virtud; y voluntariamente han convenido en tener por hombres célebres, o a los más engañados, o a los más falsos: de que se sigue, que ocultándose con el común aplauso los falsarios, estos triunfan, y hacen caer en su red, no solo a los más cándidos, pero aún a los más advertidos. Si el hombre hubiese llegado a conocer en sus principios, que no hay otra ciencia que la naturaleza, y que es vanidad todo cuanto fuera de ella sueña su entendimiento, vería siempre expuesta sin arrimo la mentira, la ignorancia sin secuaces, y sin cómplices la malicia; pero como las apariencias hacen sensaciones trémulas de luz en sus mismos ojos, no llega a discernir las cosas, más que por su dificultad, y con la preocupación de falsas ideas.

Toda la fuerza del engaño consiste en divertir el entendimiento humano, para que no se aproxime a la verdad, persuadiéndole a no hacer caso de la experiencia, haciéndole seguir ciegamente obstinado los vestigios de sus mayores, y que su doctrina, por la servil opinión del respeto, le sea una inviolable ley; viniendo así a perder la libertad de filosofar, y al mismo tiempo el uso de la razón humana. De esta forma se han hecho monstruosas algunas ciencias. Educase con los errores de los antiguos la adolescencia de los modernos; de que sucede, tomar posesión de tal modo aquellos del juicio tierno de estos, que llegan a hacerse cuando adultos, firmemente obstinados: y ciegos en su misma ignorancia, a manera de topos, no divisan después aun los objetos más luminosos de la verdad. Todos estos son efectos del engaño en que incurrieron los antiguos Filósofos, todos sus secuaces, y por ventura nosotros mismos, si en la averiguación de las obras intrínsecas de la naturaleza nos dejamos llevar de Platón, de Aristóteles, o de cualquier otro Autor, con discursos vagabundos, y engolfarnos presuntuosos en el océano más abierto a nuestra imaginación; logrando con esto, hacernos perder todos los rumbos de la verdadera Filosofía. Y no es de maravillar, que tanto se haya propagado, si se observa, que muchos tomaron, y ya una derrota, ya otra; o según el color del hábito que vistieron, o según el Maestro que los condujo en una, o en otra secta: habiendo llegado la educación, y la disciplina, al desprecio a que le destinan las razones de la opinión humana.

Poco fuera, si semejantes Filosofías se hubiesen contentado solamente con tener al humano entendimiento en una ignorancia metafísica, y contenerle en los límites de su abstracta, y soñada jurisdicción: quedaría así el mundo sepultado ciertamente en un fatal letargo; porque siendo el daño, que de aquí se difunde a la humana república, igualmente fantástico, estaría asimismo comprehendida del mismo engaño, aunque en tanto grado, que el gritar en las aulas, el cuestionar de voces, y el ostentar conclusiones sin concluir cosa alguna, no sirviera de otro, que de un aparente literario pasatiempo a la juventud escolar. Pero la lástima es, que si ubi desinit Physicus, ibi incipit Medicus, esta enfermedad, de cosa de risa en la Filosofía, ha pasado a la tierna infancia de la Medicina su confinante, de tal manera, que lo que era solo epidemia de la mente, se ha hecho ya contagio del cuerpo, con perjuicio notable de los enfermos. De aquí es, que poco a poco se ha manifestado tan sensible el daño, que despertando ya la humana prudencia, con el ejemplo de muchos desengañados, y experimentados, vuelta la espalda al Peripato, ha tomado otro rumbo, para llegar con mejor conocimiento a esta Arte, y conseguirla, si no más útil, siquiera menos dañosa. Ello es bien cierto, que por ser este dictamen perjudicial, y de poco útil a los Profesores, muchos de ellos, unos por mayor facilidad, otros por interés, y otros por no confesarse reos de las curas pasadas, no solo rehúsan el emprenderlo, sino que procuran el séquito de sus comilitones, y dependientes; y con el apoyo de un popular proverbio de mantener el crédito en el camino trillado, se aseguran confiados en hallar feliz salida. Y así, siendo como son poquísimos los sabios, que verdaderamente entienden, y llegan con tiempo a mudar de consejo, y por el contrario innumerables los ignorantes obstinados, ciertamente no pueden ser muchos los de este partido.

Para atajar, pues, y reparar en parte la corriente de este perjudicial engaño, con voz de misionero de la verdad, entonaré junto al lecho del enfermo aquella sentencia del Eclesiastés: Noli esse stultus, ne moriaris in tempore non tuo (cap. 7, v. 18.) y por dar remedio a la indisposición del cuerpo, aplicaré una medicina universal a la del entendimiento, con demostrar, que el hombre sabio debe pensarlo bien antes de ponerse en las manos del Médico; porque si este no fuere perfecto, o no supiere que lo es, ni puede conocerlo, será mucha más razón estar sin él. Y si la necesidad de este asunto me obligase a hablar mal de los falsos Médicos, esto mismo redundará en mayor alabanza de los buenos; y espero no ser notado de satírico, ni malévolo: de satírico, porque supongo discutir con personas virtuosas, que saben distinguir la verdad, de la sátira: de malévolo, porque me defiende San Agustín, afirmando: Non est malevolus qui crimen alterius indicat, quia indicando corrigere potest, & tacendo frater perire permittitur. Con cuya confianza, entro a la prueba de mi argumento.

Si todos los que se llaman Médicos, fuesen verdaderamente Médicos, ministros colaterales de la naturaleza, sería para nosotros menos molesta la enfermedad, viendo en ellos frecuentemente corresponder el conocimiento, y medios de remediarla, al éxito de ella: y la naturaleza misma, socorrida a tiempo en su opresión, daría mayor crédito a su Arte con la recuperada salud. Pero porque después de muchas medicinas, de ordinario sucede empeorarse, y hacerse crónicas las enfermedades, hace creer la experiencia, que son muy pocos los Médicos de quienes se pueda tener necesidad. Y así, el enfermo, si es prudente, debe pensarlo bien antes de ponerse en sus manos; porque si por su desgracia llamase a uno de los Médicos de que hay mayor número, en vez de obtener la salud, porque tanto anhela, vendría a buscarse por sí mismo miserablemente la muerte. Y en efecto, ¡cuántos mueren cada día de esta tan necia enfermedad! Creen muchos, que el recetar bien, es, necesaria consecuencia del título, y una virtud infusa en el capirote: por lo que cayendo enfermos, se parecen a ciertos pájaros bobos noveles, que estimulados de la hambre, van abriendo los picos a todas las aves que vuelan en torno, creyendo ser los padres, que les traen el alimento; pero lo que acontece muchas veces, es, dar con las aves de rapiña, que les quitan la vida. Así sucede a los enfermos ansiosos, y solícitos de la salud, que al pico lisonjero del Médico dan luego el pulso, y abren prontos la boca a cualquier pócima; pero los miserables, cuando creen beber la salud, se tragan inadvertidamente la muerte, no habiendo, en dictamen de Plinio, entre todos los engaños, otro más peligroso: Tam blanda est unicuique pro se sperandi dulcedo, ut cuicumque se Medicum profitenti statim credatur, cum sit periculum in nullo mendacio majus (lib. 29.) ¡Oh pobres ignorantes engañados! No es lo mismo llamarse Médico, y saber medicinar: escribir una receta, y remediar el mal. Para curar una enfermedad, es necesario conocer todo el sistema de la naturaleza; pero para aumentarla, una leve gota de tinta que cae inadvertidamente en la receta, es suficiente. Ved, pues, cuanto importa pensarlo bien, antes de llamar al Médico, dependiendo de nuestra buena, o mala elección, nuestra vida, o nuestra muerte, y siendo cada cual el que se labra su destino: Nam unusquisque est sibi suum Fatum.

Ahora bien, si cada uno entendiese la mucha dificultad que hay, para discernir un buen Médico entre tantos malos, tengo por cierto, que cayendo enfermo, se retiraría luego a un rincón de su casa, y lo pasaría sin el sufragio de los Médicos, atendiendo solo a los dictámenes internos de la naturaleza, seguro así de no malograr el beneficio de las leyes de su gran providencia: porque ¿quién no sabe, que sola ella es el Médico de cualquier mal? Esta es una verdad, que la afirma una voz todo el coro de los médicos; y aún el mismo Hipócrates, que más que otros pudiera tener satisfacción de su conducta, lo dejó advertido en el sexto de sus Epidemias: Natura morborum medicatrices; que fue lo mismo que decir, que la naturaleza de cada uno es el Médico de su enfermedad: y que los que llamamos Médicos, no hacen otro que obedecer sus leyes, de la misma manera que un siervo a su señor. Decidme, pues, por cortesía: Si un criado no entendiese la lengua de su dueño, ¿qué beneficio tendría éste de su conducta? No otro en mi juicio, sino que cuando le pudiese una cosa, aquel por no entenderle trajese otra. Esto sucede a la naturaleza de los pobres enfermos, cuando dan con un Médico que no entiende bien el idioma oscurísimo con que suele indicar lo que quiere; porque en vez de coadyuvarla, sirve de obstáculo para conseguir la salud. Pues imaginemos, lo que frecuentemente acontece, que por algún desorden del enfermo, le falta aquella porción de sangre, o espíritus, conveniente para lograr una vigorosa convalecencia; y que el Médico, en vez de añadir aquello que le falta al enfermo con los remedios más propios; lo que hace es, disminuirlo, con repetidas sangrías, o con medicamentos purgantes. ¿Creeréis que le haría en tal caso una gran merced? Ciertamente podemos decir, que hubiera sido mucho mejor, dejar que obrase por sí misma la naturaleza sin asistencia del Médico, mayormente cuando las más de las enfermedades no requieren otro que la quietud, y el poco, pero buen alimento.

Muchas son las enfermedades que poco a poco se puede introducir en el cuerpo humano, de donde nace ser casi infinitas en su especie; pero todas se reducen a estos tres géneros, esto es: curables, incurables e indiferentes. En las curables, la naturaleza no necesita de Médico; porque teniendo ella toda la fuerza suficiente, podrá por sí misma superarlas. En las incurables, siendo el mal superior a las fuerzas de la naturaleza, que a estas se unan todos los Médicos del mundo, es preciso que ella sea dominada; y en semejante caso, debe la prudencia humana doblar la cerviz al formidable decreto: Statum est hominibus semel mori. En las indiferentes, pues, es muy probable, que sin Médico se curen la mitad; porque teniendo la naturaleza tanta fuerza para superar el mal, como tiene el mal por sí para oprimir la naturaleza, hace creer, que entrambos quedaran igualmente vencedores, y vencidos en la palestra. De donde se ve claro, que todo el beneficio que puede conseguir el humano individuo en la elección, y asistencia de un buen Médico, es en las enfermedades curables, o en las indiferentes: en aquellas, haciéndolas menos molestas, y más breves; en estas, asegurándolas del peligro de la muerte. Por el contrario, con la asistencia de un Médico ignorante, no solo puede hacerse mortal cualquiera enfermedad, sino también la misma salud, si no contento alguno con estar bien, intentase con las recetas mejorar de condición. De aquí se manifiesta, cuanto mejor sea mantenerse sin Médico en cualquiera enfermedad, y seguir el puro instinto de la naturaleza, pudiendo temer, que se dé en manos de quien no sepa cooperar a sus disposiciones: y tanto más temor debe causar esto, cuanto es sin comparación más excesivo el número de los Médicos malos, que el de los buenos.

Podrá sin embargo haber alguno, que por la afición a algún Médico se me oponga con decir, que mi consejo fuera bueno en caso de que no se distinguiesen los buenos Médicos de los malos; pero le respondo, que en eso consiste el engaño. Cada uno piensa, que su propria opinión es segura, pero es más cierto que yerra, no habiendo cosa más falaz que esta, en la cual pueden contribuir al engaño, no solo la apariencia, y la fama, sino aún los mismos efectos. ¿Acaso es menester mucha fuerza para usar de la extravagante política, o sea estratagema, de hacer que le tenga a uno por grande Médico en la Ciudad? Dios nos libre, que alguno, llevado de la ambición quiera engañar el mundo en semejante empleo: no le sería difícil introducirse como tal, no solo con la plebe crédula, sino aún con los que presumen de más cuerdos. Por ventura no se experimenta cada día, ser el más acreditado, y tenerse por más excelente, aquel que sobresale en despejo, y en afabilidad, y que se acomoda más fácilmente a los genios. Este le busca gracioso, el otro familiar, uno novelero, otro joven, otro viejo; y por el contrario, son poquísimos los que le buscan Médico-Médico: y de esta que debiera ser la mayor circunstancia, por ser la que solo importa, casi todos descuidan, y hacen poco caso de ella. De aquí nace, que para acreditarse de grande Médico, bástale valerse de estas apariencias, a las cuales se junta el valimiento de los amigos, y el voto de los Cirujanos, y Boticarios, que le imponen la buena fama, y le acreditan digno del Protomedicato de la República: Quippe Medicorum hic optimus creditur, quem particeps lucri commendat Pharmacopola, vel Chirurgus, qui cum illo colludunt. Así habla el Autor del libro de vanitate Scientiarum. ¿Éstas no son las verdades que frecuentemente se experimentan? Demos que haya un Médico verdadero, el cual sea eternamente aplicado al estudio, nada desenvuelto, taciturno, y que no quiera adquirir fama con otro medio que el de la virtud: ¿confesaréis todavía que este tenga grande aplauso? Pues ¿cómo discerniréis los buenos de los malos, si os dejáis impresionar de lo que poco, o nada conduce para ser perfecto Médico?

Veamos ahora, cómo ni aun de los mismos efectos se puede discernir el buen Médico del malo. ¿Qué enfermo habrá de tan perspicaz ingenio, que sin exponerse a engaño pueda con seguridad afirmar, que su mejoría procede más de las medicinas que le suministró el Médico, que de su misma buena complexión? Pero para hacer ver esto con claridad, quiero manifestar, que no solo del recetar bien no conoceréis al bueno, ni del recetar mal al malo; sino que antes bien al que más ciegamente cure le reputaréis por mejor. Y si no, valga la verdad. Adolezcan dos jóvenes, que sean de una misma edad, y complexión, de una fiebre terciana causada del frío; y supongamos, que el uno de ellos encuentra la asistencia de un Médico bueno, el cual, investigada la frialdad causal de la enfermedad, con remedios cálidos, y diaforéticos, dejándole beber un poco de vino generoso después del alimento, en pocos días le cura; porque con este medio abrió la naturaleza los poros, y expelió en vapor la calentura. Esté el otro enfermo al mismo tiempo asistido de un Médico ignorante, y malo, el cual, juzgando el calor como causa de la calentura, siendo efecto de ella, le procura refrescar con la casia, jarabes, agua, sangrías, y por último según el abecedario metódico de recetas que suelen usar en la mayor parte de nuestras enfermedades: hasta que la calentura va pasando de intermitente a continua, de continua a maligna; y que finalmente, llegando a gravarse hasta lo extremo, o por la complexión robusta, o por la edad juvenil, o por otro acaecimiento oculto, recobra la salud. Vos no me podréis negar, que poco, o ningún caso se habrá hecho del primer Médico; y por el contrario, muchísimo del segundo, juzgando haber sacado este a su enfermo de una enfermedad grave, larga, y peligrosa, causada únicamente de su pésimo método, y curación. Con lo que se ve, no poderse de ninguna manera discernir los buenos de los malos Médicos; siendo así, que estos recetando mal aseguran más presto su mayor reputación. Y cuántos Médicos hay, dice Cornelio Agripa, que adrede, con sangrías, u otros remedios, llevan los pobres enfermos al extremo, por ostentar una gran curación, y acreditarse con ella: Nonnunquam verò medicamentis suis exagitato morbo hominem ad extremum vitæ discrimen adducit, quo illum tunc absque gravissima, & periculosissima ægritudine liberasse prædicetur.

Por aquí pueden hacer reflexión aquellos que son tan aficionados a los Médicos, y obstinados en defenderlos; que no basta, para probar que sean excelentes, el decir que los han librado de una, o más enfermedades, sino que es menester demostrar que en ellas han recetado bien: porque puede ser que la naturaleza, no solo haya dominado al mal primitivo, sino aun al que ocasionaron los mal aplicados remedios. No siempre mata una medicina malamente ordenada, ni una sangría intempestiva, es siempre gravemente dañosa. La naturaleza de cualquier individuo puede resistir hasta cierta cantidad de mal; y siendo este pequeño, y el enfermo de complexión robusta, podrá superar esta al que procede de la curación siniestra del Médico. Pero esto se debe entender hasta cierto término; porque si por ventura fuese tal el daño, que unido a la enfermedad, superase a las fuerzas de la naturaleza, en este caso quedaría esta postrada, el enfermo perdería miserablemente la vida. Por lo que cuando uno sana de cualquier enfermedad, es muy posible que suceda por puro efecto de la naturaleza; y que el Médico, no solamente no haya cooperado a la consecución de la salud, sino antes bien por el contrario haya hecho mayor el impedimento.

Además de esto, si solo por curar algunos enfermos se debiese inferir que sus Médicos son buenos, podría decirse absolutamente que no había ningún Médico malo, la cual es proposición muy falsa: pues si en todas las Artes, tanto Mecánicas, como Liberales, sabemos que hay Profesores buenos, y malos; con cuanta mayor razón creeremos, que los hay en la Medicina, que es Arte tan difícil, y en que para ser malo basta faltarle una sola condición de las muchísimas que deben concurrir en uno para que sea bueno. Ojalá quisiera Dios, que para beneficio del género humano no los hubiera; o que no hubiera tantos, o que fuera mayor el número de los buenos: pero oigo afirmar al Petrarca con libertad, que en todos tiempos han sido los sabios poquísimos: Profecto non solum hodie, sed semper raros ingeniosos, rarissimos sapientes fuisse nemo dubitet, nisi qui nunquam oculos, vel in ætatem suam intenderit, vel ad antiquam reflexerit. Y estaba tan persuadido de esto, que escribiendo al Papa Clemente VI, en ocasión de estar enfermo su Santidad, le dice: Yo he más miedo, Beatísimo Padre, a los Médicos, que a los accidentes de V. B. por lo que aconsejo a V. B. que los arroje de su presencia, considerándolos como enemigos capitales. Veluti inimicorum aciem, clementissime Pater, intuere. Aún en tiempo más antiguo, era tan copioso el número de los malos Médicos, que Catón el sabio, y Plinio Veronés, los aborrecieron de modo, que a estar en su mano, los hubieran echado del mundo, así como los echaron de Italia, que estuvo sin ellos 600 años, y creo de la prudencia Romana, que lo hubiera continuado si pudiera. Si bien Marcial, sintiendo no poderlos herir con los dientes, los mordía con la lengua: ya comparándolos a los Sepultureros:

Nuper erat Medicus, nunc est Vespillo Diaulus.
Quod Vespillo facit, fecerat & Medicus.

Que otro Poeta, Español también, vertió así:

Diaulo, es hoy Sepulturero,
y ha poco que era Doctor:
lo que hace Enterrador,
hizo Médico primero.

Ya motejándolos con decir, que solo vistos en sueños, bastan a matar; como lo expresa en el Epigrama, que hizo a la muerte súbita de Andrágoras.

Lotus nobiscum est, hilaris cenavit, & idem
Inventus mane est mortuus Andragoras.
Tam subitæ mortis causam Faustine requiris?
In somnis Medicum viderat Hermocratem.

Cuyo Epigrama tradujo un Poeta Español con igual elegancia.

Cenó Andragoras bañado
conmigo anoche de gana;
y ya muerto esta mañana
en su cama lo han hallado.
Si de tan arrebatado
fin quieres saber Faustino,
la causa cual es, o exista?
El sueño de un Galenista.
Te parece poco mal,
soñar un Médico tal?

Pero porque yo debo hacer caso de las chanzas de los Poetas en argumento tan serio, dejaré que el Oráculo de la antigua Medicina Hipócrates, me haga el balance de buenos, y malos Médicos, bien seguro de que dirá lo mismo que yo he de demostrado: Medici fama, & nomine multi, re vero, & opere valde pauci. Si queremos bajar a los tiempos más próximos a nuestra edad, han sido tantos los Médicos ignorantes, que obligaron a Ceferiel Bovio, célebre Médico Veronés, a componer un libro intitulado: Rayo, y Azote de Médicos sofistas; y encendido de la compasión, celo, y caridad hacia sus conciudadanos, y va clamando continuamente: ¡Oh desdichado siglo nuestro! ¡Oh pobres enfermos, en qué manos habéis caído!

En medio de todas estas demonstraciones, y testimonios, podrá haber alguno que me inste, cómo es posible, que sean tantos los falsos Médicos, cuando estamos viendo, que de los enfermos a quienes visitan, son más los que cobran salud, que los que mueren. Y bien, ¿qué se pretende inferir con semejante argumento? Acaso, ¿o que es mayor el número de los buenos, o que a lo menos, del todo de los Médicos, la humana república, es mayor el beneficio que saca, que el daño? Pues, tanto la una, como la otra ilación, son falsísimas; siendo mayor sin comparación el perjuicio que causan los malos, que el provecho que puede ocasionar el corto número de los buenos. Y si queréis saber, por qué son más los que sanan, os diré, que esto procede de la común cualidad de las enfermedades; las cuales, siendo por la mayor parte curables, esto es, de benigna condición, con facilidad las supera la naturaleza: y esto sucede, no solo en aquellas Repúblicas en que hay muchos Médicos, sino aun en aquellos Lugares, que no se afrentan de no haberlos de menester. Antes bien, si queremos creer al Señor de la Montaña, Autor muy acreditado en la Francia, allí se vive con más salud que en otras partes: y Adriano Turnebo, celebre crítico, refiere, haber observado en la Normandía, en tiempo que se padecía un mal contagioso en muchos Lugares, que en aquellos en que no había Médicos, murieron muy pocos enfermos, y por el contrario se libraron muy pocos de los que fueron a medicinarse a la Ciudad.

Pero sin buscar otras Provincias, ¿no vemos suceder lo mismo cada día en Italia? ¿Y quién hay de nosotros, que ignore lo que dice Leonardo de Capua, Médico insigne de nuestros tiempos? Sucedió, dice, en cierto Lugar, que no habiendo conocido todavía Médico alguno, quiso el Señor de él, introducir uno, juzgando hacer a los vasallos un gran beneficio. Comenzó el tal a usar de las sangrías, purgas, vesicatorios, y otras medicinas jamás allí practicadas, con tal aire, y efecto, que despachando los vecinos, caminaba aprisa el Lugar a quedar desierto: advirtiéronlo los Vasallos, y como perros rabiosos se convirtieron contra su Señor, obligándole a echar al Médico de la tierra. Sobre todo esto, ¿cuántas enfermedades podréis creer, que convenientemente fomenta la naturaleza en el humano individuo, no por otro fin, que por dejarle más sano? No son otra cosa los achaques comunes, de cámaras, fiebres, viruelas, y otros, que unas revoluciones internas de los humores, y alteraciones depuratorias de la sangre, en que tiene la natural providencia sus usuras. De aquí es, que los hombres no siempre enferman porque hayan luego de morir, y aquello que a primera vista parece mal, puede ser salud: sin que deba causar admiración, que de la mayor parte de las enfermedades, siendo benignas, y curables, salgan libres; porque no sucedería así, siendo de mala calidad, e inclinadas con malignidad a agravarse. Pero cuando corren con bonanza las enfermedades, el salir a puerto los enfermos, procede de la templanza de la estación, de la buena complexión del cuerpo, o como quieren los Astrólogos, de la benigna influencia de las Estrellas: y en suma, quedan más obligados a la naturaleza, que al Arte de la Medicina.

Ello es bien cierto, que en este engaño, tienen los Médicos afianzado su crédito; porque siendo imperceptibles las operaciones de la naturaleza a los ojos del vulgo, si son favorables, las creen efectos de sus recipes, y si son adversas, culpa, y desorden del enfermo: Sic enim efficit, ut nemo ægrotus nisi propria culpa periisse, nemo nisi Medici beneficio restitutus videatur. (Cor. Agripa.) Y esta es la razón, porque no es conocido el Médico malo, ni puede imputársele culpa. Si el Abogado habla, o el Músico canta malamente, tienen el oído por Fiscal de lo que se canta, o dice: si el Pintor hace una figura, o el Escultor una estatua diforme, luego fiscaliza la vista sus defectos; y en suma, todos los sentidos del hombre son rigurosos censores de las obras de cualquiera profesión: solo la Arte Médica goza del privilegio de obrar ocultamente; por lo que sucede, que siendo sus defectos más sensibles, por tocar como tocan en lo más vivo, no habiendo cosas evidentes, por medio de las cuales se pueda convencer al Médico de ignorancia, o delito, se ve el Juez precisado a dejarle que que mate sin castigo: Nulla præterea lex (dice Plinio, lib. 29, cap. 1.) quæ puniam inscitiam capitalem, nullum exemplum vindictæ; discunt periculis nostris, & per experimenta mortes agunt, Medicoque tantum hominem occidisse impunitas est.

Ya que hemos hecho el balance de los buenos, y malos Médicos, y manifestado ser estos muchísimos, y aquellos muy pocos, no pudiéndose distinguir los unos de los otros, por las razones que ya he insinuado; qué otra cosa restaba, sino decir con el Petrarca, que el camino más recto, y seguro para recobrar la salud, es el de mantenerse sin Médico: Nulla est agro rectior ad salutem via quam Medico caruisse. (Senil. lib. 5, epist. 4.) Pero, aunque parece teneros persuadido, y convencido con lo dicho; sin embargo temo, que todavía os admiráis, cómo puedan ser tantos estos falsos Médicos: yo mucho más me admiro, cómo no sean muchos más; y de que haya hombres de no humilde nacimiento, y de mediano juicio, que o desterrados de su Patria, u obligados de la necesidad, para poder vivir se reduzcan a hacer cosas que deshonren su linaje, abandonándose tal vez a cometer hurtos, cuando hay un modo de vida tan seguro, y noble, como la Medicina, mayormente pudiéndose aprender, y ejercitar con tanta facilidad. Ojalá me viniese la ocasión de poder yo hablar a uno de estos a solas, cómo me prometía hacerle bien presto mudar de profesión; ¡y esperaba conseguir lo que no puede todo el mundo con la opinión de la honra, ni la Justicia humana con el terror de los patíbulos! Yo le haría ver, que con solo trocar las armas, con solo mudar de hoja, conseguiría tener cierta la ganancia, y segura la vida. Entre tanto podré decirle por consejo, lo que por invectiva escribe el mencionado Autor a un falso Médico: Utere funesto privilegio, pretio etiam mortis adbibito? Con esto a lo menos serían solamente asesinados aquellos que permiten, que se les vaya quitando poco a poco con la sangre más espirituosa la vida; pues no merece compasión una gente tan obstinada, e inhumana, que exponiéndose insensiblemente a esta crueldad, y dejando sacar la sangre de sus venas, se manifiestan incrédulos, no solo a la experiencia que no disciernen, o a la razón que no alcanzan, pero ni aún a la verdad de la Sagrada Escritura, que tan claramente atestigua en el Levítico, que anima carnis in sanguine est (cap. 17). Y tanto más me jactaría de poder persuadir a alguno semejante resolución, haciéndole demostración, de que cualquiera, sin entender de buena Filosofía, de Matemática, de Química, de Anatómica, de Botánica; sin haber estudiado, ni la Diagnóstica, ni la Dietética, ni la Higiástica, ni la Semiótica, ni la Fisiología, podrá desde luego meterse a Médico.

¿Y por ventura se necesita de otra cosa, para ser uno de estos Médicos vulgares, que saber de memoria cuatro aforismos de Hipócrates, una docena de textos de Galeno, y algunas otras citas de cualquier Autor clásico, con la nomenclatura de varias, y distintas enfermedades, cuya teórica se podrá toda reducir a una hoja? Le bastaría saber decir a los enfermos, que la fiebre es un calor extraordinario del corazón: que el arquitecto de la hijada, y piedra, es un espíritu lapidífico: que la causa de las otras indisposiciones procede de la intemperie de las entrañas, o de corrupción, a de plétora: otras veces de calor del hígado, o de obstrucción del brazo, a del mesenterio: cuando por debilitación del calor natural, cuando de vicio facultativo. Si son hombres achacarlo al instante a las fumosidades, y vapores que nacen de los hipocondrios: si son mujeres, que es cosa del útero, correspondiente a la cabeza, y que siendo según Galeno una calabaza, tanquam cucurbita magna, se recogen allí los humores, y se convierten en catarros, flemas, pituita, fluxiones; y conforme al miembro en que caen, ¿bautizar la enfermedad con su poco de nombre Griego, a Arábigo?

En cuanto a la práctica, ¿se requiere otra cosa, que saber recetar, si es bebida, seis onzas de jarabe áureo, o maná desleído; y si es de otra forma, una onza de casia, o de latovaro lenitivo? Hacer que siga el servicial a la sangría, alternando, un pisto de confección de jacintos, al dulce, y el bizcocho; y finalmente saber prescribir otras poquísimas recetas ordinarias, cuyo método diario aprenderá fácilmente cualquiera que no fuere muy duro de cascos. Sobre esto, dar a entender a los enfermos, que se les quiere corroborar el estómago, desopilar el bazo, refrescar el hígado, purificar la sangre, y purgar de los malos humores: si hipocondriacos, de la melancolía: si coléricos, de la bilis: si flemáticos, de la pituita. En suma, ofrecerles hacer todo aquello, que imaginan ser conducente a recobrar la salud. He aquí epilogada toda la enciclopedia de la secta común de los Médicos; y a esto en fin se reducen toda su Arte, toda su Ciencia, y toda su doctrina. ¿Y qué mayor riqueza que esta? Si con el simple capital de cuatro recetas viejas puede cualquiera correr todo el mundo, y ganar su vida sin peligro alguno. Con esto creo, que siempre que os acordéis cuán fácil cosa sea hacerse Médico, ya no os causará admiración la multitud de Curanderos, que veréis cada día, que ejerce semejante profesión: Ermitaños, Herbolarios, Cirujanos, Boticarios, Saltimbancos, Judíos. Fingunt se cuncti Medicos, Idiota, sacerdos, Judæus, Monachus, Histrio, Rasor, Anus.

La razón, pues, porque sean tan pocos los buenos Médicos, procede de ser dos los caminos que conducen a aquella Arte: uno llano, y breve, como he demostrado; el otro escabroso, y difícil. De aquí es, ser muy pocos los que por este se fatigan; y muchísimos los que por huir del trabajo, se echan al otro: los cuales, contentándose con saber solamente cierta superficialidad, por valerme de una frase de Tertuliano, nominis phantasma tantum affectant, dejan de buena gana que se quiebren la cabeza los menos políticos, y más estudiosos; bien seguros de que mientras estos gastan el tiempo en interpretar las cosas de la naturaleza, ellos se adquieren por otros medios las visitas, y se llevan el crédito de la Ciudad. Saben muy bien, que la mayor parte de los hombres, sin hacer estas reflexiones, se dejan engañar de la apariencia; y que para ser Médico, basta serlo en la estimación de aquellos. Y valga la razón, ¿qué diligencias practican jamás los enfermos en la elección de Médico? Muchos, el primero que les viene a mano: otros, el que está recomendado: algunos, aquel con quien se tiene afinidad, o bien el compadre, o el amigo; como si los Médicos fuesen todos unos, y entre el bueno, y el malo hubiese solo una imaginaria diferencia: y de esta suerte, pone cada cual a peligro su vida, sin precaver un perjuicio tan notable. Pero no para aquí todavía el engaño; pues si empeora el enfermo, tan lejos están sus familiares de conocer el yerro, que antes bien cometen otro mayor con llamar otros Médicos de la misma clase, persuadiéndose, que verán más muchos ojos que dos, sin advertir, que en las tinieblas tanto no verá va ojo solo, como ciento; y que la vista de un Médico falso no es otra cosa, que una necia conjetura, que cuanto más se multiplica, tanto más se le esconde la verdad en las tinieblas de la ignorancia.

¿Quién no conoce con esto, que poner la propia vida en manos de más ciegos, es lo mismo que conducirla mejor al precipicio? ¿Acaso las enfermedades se vencen con la muchedumbre de los Médicos? Ciertamente los Príncipes alistarían un ejército. Pero desde que leyeron aquel lastimoso epitafio, que hizo esculpir Adriano sobre su sepulcro, turba Medicorum perii, ya apenas tienen los que bastan para la decencia del estado más forzados de la costumbre, que por el beneficio de la salud: a más de que si es tan difícil escoger un Médico bueno entre tantos malos, ¿cuánto más lo será la elección de muchos buenos? De aquí se hace creíble, que el servirse de muchos Médicos ha sido un abuso introducido por la política de los mismos Medicastros, para afianzar su crédito en cualquier acaecimiento; porque siendo muchos los que intervienen a la curación, ninguno será culpable en particular, y así pasan por inocente mortalidad los homicidios. De las consultas también consiguen muchas ventajas, no solo acreditándose con recíproca aprobación sus errores, sino multiplicando el beneficio de la mutua correspondencia en ocasiones semejantes: puntualmente, como aquellos cuervos, que no siendo bastante su voracidad para acabar con un cadáver, graznan hasta tanto que vienen otros cuervos al pasto. ¡Oh! si los hombres pudiesen conocer los negociados que estos Médicos hacen en sus pellejos. Cuando sanos, les persuaden que deben purgarse en la Primavera para tener buen Estío; y con esto pagan cada año un tributo con su propia sangre a esta mala costumbre, y un censo, y obligación al Médico, que no cancela menos que con el desembolso de la misma vida. Cuando enfermos, hacen que se retarde la salud, con molestas recetas, siendo así que la naturaleza, por ser robusta, se la franquearía con más brevedad. Yo sé bien, que no serían tan ciegos, ni prontos en llamar al Médico; y que el consejo que no alcanzan por ignorancia, lo tomarían por conveniencia: con no llamarlo, ahorrarían de gasto, y juntamente librarían la vida de tantos, y tan evidentes peligros.

Pero porque no sospechen, que estos discursos son engañosos, como abortos de la contradicción, quiero que los oigan de boca de ellos mismos. Galeno, comentando el libro de las Epidemias, claramente enseña a sus secuaces; que hagan mayor el mal de lo que él es en la realidad: así porque los enfermos no puedan quejarse de ellos, si tan presto no los curan; como porque creyendo haberlos librado de gravísima enfermedad, sea mayor la paga. Medicum debere persuadere ipsis agris morbum esse majorem, quam sit, ne forte accusetur ab illis, nisi cito fuerint curati, & ut ampliorem largiantur mercedem, dum se a malis affectibus crederint liberatos (Com. 5, lib. 6). Y el Montuo Autor de la misma secta, dice, que el dilatar la enfermedad es la cosecha de los Médicos: Producere morbos, & agros diu in reditu habere; vindemia quædam est. Pero qué hay que buscar pruebas una mayor que otra, si Domingo Sala, Galenista celebre, y Catedrático en la Universidad de Padua, explicó, que Medicina est Ars illudendi mundum, & a qua totus mundus delusus est. Cuya definición, para que fuese entendida aun de los que ignoran la Lengua Latina, tradujo en la vulgar otro Médico.

Bien dice aquel gran Médico primero
de la Ciudad por Antenor fundada,
la Medicina debe ser llamada
Arte de alucinar el mundo entero.

Y bien que todo esto sea tan claro, y manifiesto, que el daño sea tan patente, y tanto el número de los malos Médicos; con todo eso prevalece a la razón la costumbre, y abiertamente se permite a cualquiera practicar esta Arte, de manera, que hacen dudar si es que los hombres piensan en su salud. Veo por una parte, con la vigilancia que atienden, y procuran adquirir noticias de la menor sospecha de algún mal contagioso, si le hay en alguna Ciudad vecina, y aun distante; el temor, la formalidad, las diligencias con que se procura prohibir el comercio, y la comunicación: y todo esto me hace creer, que el principal cuidado de los hombres sea su propia conservación. Por otra parte, viendo el poco, o ningún cuidado, que tienen en remediar el grave daño que de continuo les causa la turba de tantos Medicastros, me veo obligado a mudar de dictamen. No advierten, que al mismo tiempo que los Padres de la República se hacen Argos para precaver un mal muy distante; los vecinos están ciegos para no ver el contagio que se les entra por sus mismas casas. Pero en la realidad, no ha sido siempre el mundo tan tierno de corazón, que no haya advertido esta peste doméstica; porque si leemos las historias, hallaremos, que Roma lo reparó sabiamente: Roma dum fuit optima, prævidit hanc pestem, vitandamque præmonuit.

Un descuido tan grande merecería compasión, cuando no fuese tan sensible el daño, que acarrea tanto falso Médico a la naturaleza humana. Pero advertid cada día a vuestra misma vista, después de tantas sangrías, debilitados los enfermos, unos tullidos, o contrahechos; otros cortos de vista, o casi ciegos, y otros siempre enfermizos. Veréis a algunos dar vueltas en la cama aburridos de tantos brebajes asquerosos; a otros pasmados de las heridas de los vesicantes, y asados al fuego de las cantáridas: a unos cocidos, y pasados vivos por alquitara entre colchones, y estufas; a otros, que caminan para tísicos por su rígida inedia: y por último, reparad, como para consuelo de los moribundos, les procuran echar lastre de piedra cordial en polvos, que no pueden servir de alegrar otro corazón, que el del Boticario. En suma, tienen puesta su confianza en tan crueles homicidas; sin reparar en la infeliz experiencia de su daño, en tantos siglos como ha que la tienen los enfermos. Y no sé, qué disculpa podrá dar la prudencia humana, para justificar semejante estolidez. Con todo eso, es tal la ceguedad, que cuanto más irracional el remedio, cuanto más asquerose el brebaje, cuanto más cruel la medicina, tanto más se persuaden, que está recetado con acierto, y entonces el Médico malo, en vez de castigo, recibe mayor aplauso, y mayor premio.

Por eso, montado en colera Alfonso López, Médico famoso de Carlos V exclama: Infirmos suppliciis infinitis injustè puniunt, dieta exquisitissima necant, pharmacis molestissimis replent, crudelibus cucurbitis, & urunt, & secant; aliaque multa patrant, quæ capere memoria est impossibile: & quod magis indignationem nobis movet, ab errore, crimineque mercedem accipiunt: ac punitionis loco præmia non exigua capescunt, lucidantur quod auxiliis multis adversus morbos pugnaverint. Y aún no creáis, que pare en esto la necedad de tantos engañados, pues a vuelta de los funerales, no enjutos todavía sus ojos, si se les ofrece llamar a un Médico, envían con gran estrechez por el mismo; de manera, que podemos decir con el Salmista: Et cum occideret eos, quærebant eum (Psalm. 77, v. 34). Pero ya parece que oigo a muchos parciales de estos Médicos sanguinolentos (porque siempre la ignorancia tuvo la fortuna de tener más secuaces, que el mérito) que cómo es posible que haya sido tan nocivo este método de medicinar, cuando vemos tantos hombres grandes acreditarlo con la práctica; y que ciertamente me vería obligado a afirmar una de dos cosas, ¿o que son muy crueles, o muy necios? A este dilema, ni debo, ni quiero responder. Yo sé bien, que Francisco Petrarca, habiendo corrido toda la Francia, y la Italia, y con esa ocasión tratado con diferentes Médicos de esas sectas, preguntó a uno, que conoció estar muy adelantado en la profesión, por qué no practicaba ese método; a que respondió seriamente aquel Galenista, que tenía grande escrúpulo de engañar al mundo con una práctica tan perniciosa, y no quería abusar de la ignorancia de los hombres; pues si entendiesen el mucho daño, y la poca utilidad que les lleva, sería mucho menor sin duda el número de los Medicinantes: Supercilio mæsto, & gravi, & amari digno, & ad fidem rei fatis virium habente, timeo, inquit, Deo res hominum spectante, impietatem hanc committere, ut credulum vulgus circumveniam capitali fraude: cui si notum esset, ut mihi, quam modicum, seù quam nihil ægro medicus prosit, & quam sæpw multum obsit, minor, & minus phalerata esset acies medicorum. Agant sane, quoniam & gentium impietas, & patientium credulitas tanta est, abutantur simplicitate populorum, vitam polliceantur, & perimant, & lucrentur, mihi nullum fallere, aut necare propositum est.

Siendo esto así, desearéis saber, por qué la Pintura, queriendo simbolizar la muerte discurrió pintar un esqueleto con una hoz en la mano; ¿le faltaban acaso instrumentos más nobles, sin mendigar los de la Agricultura? Si yo no me engaño, creo que quiso que sirviera de jeroglífico, para significar, que así como la hoz siega igualmente todas las plantas del prado; así la parca, sin reserva de edad, de condición, ni sexo, corta el estambre de la vida humana. Yo al contrario, si me hallara Pintor, dejaría con esta rústica alusión a los Extranjeros, y estudiaría en representarla vestida de mal Médico, con el mote: Æquo pulsat digito; porque este, recetando de un mismo modo a todos, así viejos, como mozos, que tengan un temperamento, que tengan otro, expresa tanto más vivamente aquella ley de la indiferencia, que en dictamen de Teodoro Prisciano: Occiditur æger, non moritur. Y quien no conoce, que ha sido una artificiosa simulación el hacerse retratar con un instrumento rústico en la mano, por parecer a la vista como desterrada de la Ciudad, aumentando así en la profesión de la Medicina la confianza de su uso: cuando de otro modo, muchos enfermos se negarían a la visita, por no aumentar el temor del original con la copia, si se les representase la muerte con el hábito de la salud. Sin duda hace creer, que ha sido una gran máxima, no comparecer con semejantes insignias, no solo por no contaminar el crédito de una opinión tan lisonjera, sino porque haría por sí muy poca guerra, si en la república del universo fuese privada de tan solícitos Ministros, que hacen contribuirle con tanta honra los mortales tributos de la flaqueza humana.

¿Son por ventura otra cosa muchísimos recipes, que letras de ejecución, notificadas cruelmente por los Médicos, a pagar a letra vista de un supuesto remedio, cuando alojando media Botica en un estomago sano, hacen desembolsar antes de tiempo la vida al enfermo? ¡Ha! Qué ciertamente ha sido arte de su crueldad el valerse de esta Arte. Veía bien, que por último era su jurisdicción limitada, y hizo que fuese infructuosa la resistencia del hombre a su dura ley; pues jamás su bárbaro imperio, por decirlo así, se hubiera dilatado tan absolutamente de una a otra parte de mundo; si no hubiese tenido por cómplices de su tiranía la malicia, o ignorancia de profesión semejante. Porque a la verdad, ¿cómo ella hubiera podido nunca cortar con su hoz del tronco materno tantos tiernos renuevos, y robar a la fecundidad sus futuros partos, sin los yerros abortivos de esta; ni cómo se hubiera atrevido por sí a atosigar, y quitar con su ocaso los albores de tantos vivientes posibles; y aún con la propagación de los descendientes matar la misma providencia de la naturaleza, sin semejante alianza? Ved para todo esto cuanto le han favorecido las fuerzas auxiliares de los falsos Médicos, y que fin el socorro de esta Arte hubiera sido vencida. Vaya enhorabuena con su guadaña a correr los desiertos, o a los Lugares donde no conozcan tales Profesores: y nosotros, aunque le pese, tratemos de pintarla más al natural, esto es, con una lanceta en la mano; que así a lo menos, desengañaremos la vista, en caso que por nuestra fortuna, o ignorancia, no podamos al entendimiento: el cual, como si no comprehendiera la genealogía de los abusos, cree que es prudencia el servirse de los errores introducidos, y juzga acertar con hacer lo que hacen la mayor parte de los hombres: así, con una necia Filosofía, siguen como los animales, según dice Séneca, los unos el parecer, y las huellas de los otros: Реcudum more antecedentium gregem. (de vita beata.)

De esta simpática estolidez se vale la muerte, para introducir en muchos Países estos sus Ministros: y para que no fuesen conocidos de sus obedientes súbditos, los bautizó con un nombre, que con la hipocresía de su significado, esto es, Medicinantes, sonase restituir la salud, cuando su ignorancia no hace otro que destruirla; de lo cual advertido Caton el Sabio, se vio precisado a clamar: Irrumpunt in orbem nostrum magno agmine Medici, atque utinam Medici, & non Medicorum sub insignibus medicinæ hostes armati. Así, para que menos penetremos el equívoco, se deja caer tal vez algún casual beneficio de las recetas, estableciendo con esto el crédito de su engaño: y parece, que estos se valen de la misma estratagema que practican ciertos vagabundos, los cuales con poquísimo capital aseguran el ganar ciento por uno. Van estos a los mercados más famosos, y en el sitio que les parece más vistoso, abren una bellísima tienda; adornada de mil cosas extranjeras, todas dispuestas con buen orden, y artificiosa perspectiva. Con semejante embeleso de los ojos, y de la esperanza, se detiene embobada la gente; y como cada uno fácilmente concibe para sí la fortuna, juzga usura arriesgar poca moneda. Todo el engaño de estos consiste en la cantidad de letras falsas, que sin proporción excede al número de las verdaderas: de donde nace, que muchísimos han de quedar precisamente burlados. Si por ventura se halla alguno bien librado, he aquí que a voz en grito se publica su buena suerte, aumentando la ansia de aquellos que ya estaban dispuestos con el deseo; y de este modo el uno al ejemplo del otro consume su dinero, cogiendo un hombre solo a ciento con semejante artificio.

Así puntualmente la muerte abrió tantas tiendas en la Ciudad, como son las Boticas: Postea fraudes hominum, & ingeniorum capturæ officinas invenere istas, in quibus sua cuique homini venalis promittitur vita. (Plin. lib. 24.) Observad el orden, y el número de frascos, de vasos, de botes, de garrafas, de ampollas, y de cajas, en cuyas frentes no se lee otro que nombres Griegos, Arábigos, y Bárbaros. Esto es bueno para un mal, aquello para otro, y lo otro para muchos; no habiendo enfermedad, cuyo antídoto no se encuentre, y lea, a la letra vista. Aqui oiréis sin avaricia quebrar las perlas, destrozar las esmeraldas, hacer polvos los jacintos, y otras durísimas piedras, que se juzgan saludables solo porque son costosas. Aquí veréis traer continuamente de la otra parte del mundo drogas peregrinas: bezares del Oriente, febrífugos de la China, bálsamos del Perú, carnes momias de los desiertos de Arabia, y muchos vegetables de los montes de Congo, y de los Valles del Mogor. En suma, no hay rincón de la tierra por distante que sea, con quien no se tenga comercio, para que no haya indisposición, por ligera que sea, a que no se juzgue necesario, con injuria de la Providencia Divina, algún peregrino remedio: Ulcerique parvo medicinæ a rubro mari importantur. (Ibid.) Si después de esto os encontraseis en el suntuoso aparato, y festiva pompa con que se compone la Triaca Magna, entonces sí, que os quedaríais absortos de ver un ciento de ingredientes, todos Extranjeros, y de climas distantes, de virtudes, y cualidades diversas, para zambullir en la piscina de este antídoto, epilogando la Botánica de muchas Provincias en la cantidad de media dracma. De donde Plinio, no pudiendo sufrir un engaño tan solemne, exclamó: Theriace vocatur excogitata compositio luxuriæ; fit ex rebus externis, cum tot remedia dederit natura, quæ singula sufficerent. Mithridaticum antidotum ex rebus quinquaginta quatuor componitur, interim nullo pondere æquali, & quarundam rerum sexagessima denarii unius imperata. Quo Deorum perfidiam istam monstrante? Hominum enim subtilitas tanta esse non potuit. Ostentatio artis, & portentosa scientia venditatio manifesta est.

He aquí cómo los enfermos, no tanto estimulados del dolor, cuanto lisonjeados de la esperanza, viendo tanta salud en perspectiva, exponen a la fortuna la vida en manos de los Médicos , cuyas recetas son las letras de cambio de aquellas tiendas; pero como son muchísimos los malos Médicos, es lo más cierto padecer gravísimo daño. Si por ventura encuentra alguien con el recipe de la salud, fit plausus intolerabilis, dice Cornelio Agripa; y esto es constante, para aumentar la universal confianza en esta Arte, dándole más honra el dicho de uno que recibió la salud, que deshonra el silencio de innumerables muertos. Esta es la razón porque estamos tan dispuestos a engañarnos; damos más fe a una cosa que vemos con nuestros ojos, u oímos con nuestros oídos, que a millares de las que debemos especular con la prudencia, e inferir con el discurso: basta para deslumbrarnos, un golpe luminoso de un relámpago; y solo unos átomos de luz, que centelleen en torno, nos hacen acreditar de luminosas las más opacas tinieblas de la noche. Verdaderamente parece, que los Médicos falsos gozan de la misma fortuna que los Astrólogos, a los cuales basta que adivine uno, para quedar con él acreditados todos sus embustes: Astrologiæ proprium est, ut coram vulgo una fortuita veritas etiam publicis mendaciis fidem faciat. Así igualmente les basta a aquellos conseguir por dicha una curación, para justificar con esa todos sus homicidios.

¿Todo lo ponderado hasta aquí, no es por ventura la misma verdad? ¿Qué partido, pues, tomaremos nosotros estando enfermos? ¿Iremos a ponernos sin reflexión en las manos de cualquier Médico, y con escándalo de la razón humana daremos precipitadamente un revés a la providencia de la naturaleza? Hemos visto cuan dificultoso sea discernir un Médico bueno entre tantos malos, por las muchas circunstancias en que puede padecer engaño nuestra elección; habiendo hecho demostración del modo con que engañan las apariencias, que hacen creer que es lo que no es: cómo engaña la fama, y las alabanzas que dan a los Médicos los que cobraron salud, cuando pudo ser, como quiere Ausonio, que evasere Fatiope, non Medici: cómo se engañan los mismos Médicos; y cómo nosotros nos podemos asimismo engañar en la opinión propia con nuestro genio, o con deducir la bondad del Médico de las prerrogativas, que nada conducen para serlo; o con dejar, que prevalezca la fuerza de la recomendación, o de la amistad, al mérito de la virtud. Todos estos deslumbramientos nos impiden distinguir los verdaderos, de los falsos Médicos; por lo que si quisiésemos nosotros ciegamente elegir uno, aun siendo igual el número de unos, y de otros, habría tanto riesgo como fortuna en la elección; pero habiendo manifestado ser en tanto exceso mayor el número de los Medicastros, nos vemos obligados a confesar, ser al mismo respeto grande el peligro de quedar engañados. Una reflexión prudente como esta, creo que dio motivo a Hercules Bentivollo, para cantar así:

Cuán sabio es el Villano, que asaltado
de una fiebre, por más que arda, y lo abrase,
no tiene con el Médico cuidado;
sino que en la accesión, del frasco hace.
Al maná, y al ruibarbo no ha querido,
que quitan apetito, y fortaleza;
ni en purga, y servicial ha consentido,
dejando que obre en él Naturaleza.

Con lo que podremos sentar por conclusión, que no teniendo seguridad de buen Médico, es ciertamente mejor estar sin él. Es mejor, por las dificultades que hay en distinguir los buenos de los malos: mejor, porque estos son muchísimos, y considerabilísimo el daño que pueden causar en la vida, y en la hacienda: y últimamente mejor, porque de este modo sus siniestras conjeturas, y atentados, no perturbarán las disposiciones internas, y crisis saludables de la naturaleza provida; y cuando no, tendrán nuestros trabajos el consuelo de haber llegado a aquellos últimos límites, que no es permitido que pase nuestra fragilidad: Constituisti terminos ejus, qui præterivi non poterunt. (Job. 14, v. 5.)


Discurso II
La Medicina sirve, pero cada uno puede ser Médico de sí mismo

No quisiera, que por el discurso antecedente sospechase alguno, que yo soy algún enemigo de la medicina; pues recibiría tanto mayor engaño, cuanto yo más que otro ninguno me mostraré Parte en defender su existencia. Y cómo pueda haber nadie que esto dude, supuesto, que cuando no hablasen en su favor las Sagradas Páginas, abogaría en la causa toda la naturaleza, haciendo hablar por ella el numeroso vulgo de virtudes, que resplandece en todas las cosas sublunares. Porque bien mirado, ¿en qué lugar, o rincón del mundo no se halla por ventura la medicina? ¿En el fuego? Ahí se encuentra una turba de Químicos, que al calor de sus hornillos la ostentan alquitarada en espirituosas quintas esencias. ¿En el aire? Con solo mudarle preserva las enfermedades de sí mismas. ¿En el agua? Parecen Probáticas Piscinas tantos baños, y fuentes, de donde parten con salud Hospitales enteros de enfermos. ¿En la tierra? Continuamente no se ha halla otra cosa en sus entrañas, sino una Oficina de minerales salutíferos; y en su superficie no se ve otro, que una vistosa Botica en los huertos, en los prados, en los collados, y en los montes: Ne Sylvæ quidem horridiorque naturæ facies medicinis carent; sacra illa parente rerum omnium nusquam non remedia disponente homini, ut medicina fieret etiam solitudo ipsa. (Plin. lib. 24.) Pero mírala volar por los aires, y navegar por las ondas; mírala arrastrar por la tierra, y correr la posta con innumerables especies de animales, en cuyas entrañas se cuecen muchísimos antídotos para beneficio del humano individuo. Por ella florecen las Primaveras, sudan bálsamos los Estíos, y sazonan tantos otros frutos los Otoños. ¿Y en dónde no se hallará la medicina? Si ella es tan universal, tan abundante, y tan prodiga de sí misma, que ninguno hay, por miserable, y solitario que sea, que en torno de su choza no le nazca cuanto importa para remediar su indisposición: Cum remedia vera pauperrimus quisque cœnet. Y si acaso, después de tan visibles, y continuas experiencias, hubiese alguno tan obstinado, que todavía persistiese en negarla; temería yo, que por castigo fuese llevado de la fortuna a ser sepultado vivo en los arenales de Armenia, donde convertido su cadáver en carne momia, fuese obligado con sus efectos saludables a restituirle en muerte aquella fama, que neciamente le había quitado en vidas y que el veneno de su maledicencia convertido en antídoto, dando a otros salud, sirviese de clara demonstración de esta indubitable existencia.

En la Historia, y memorias de los antiguos, no hallo que jamás se haya puesto en duda la Medicina; antes bien fue de ellos tan apreciada, que no quisieron menos que soñarla primogénita de la Divinidad, fingiendo con Ovidio, que Apolo, y Esculapio hubiesen sido sus inventores:

Inventum Medicina meum est; opiferque per orbem,
Dicor, & herbarum subjecta potentia nobis.

En tanta veneración tuvieron a sus Profesores, que los adoraron como Dioses sobre los Altares; pareciéndoles, que el dar salud a los enfermos tenía un no se qué de milagroso, y excediese al poder de la naturaleza: de manera, que para manifestar la grandeza del beneficio, se hicieron idólatras, y erigieron Templos en honor de una Arte tan provechosa en el mundo. ¿Pero qué padrón se me figura este? ¿Qué extraña metamorfosis es ya la de nuestros tiempos? La medicina, que en aquella edad quitaba la adoración a las Deidades, y usurpaba los inciensos de los Pueblos (comed. de Mons. Molin) ha llegado a ser la risa de los Teatros, y entretenimiento de los Cómicos Franceses. ¿Qué mutaciones ha habido jamás como estas? ¿Pasar de los encomios a las sátiras? ¿De los aplausos a los apodos ridículos?

Pero esto no os causará admiración, cuando queráis seriamente averiguar la causa; porque al instante conoceréis, que esta tan rara mutación no procede de ser la Medicina una fábula, si solo de la ignorancia de sus Profesores, los cuales, por no saberla, hacen vana, y sospechosa la misma Arte, con la mala aplicación de sus remedios. De aquí es, que los Romanos, aunque echaron de Italia los Médicos, no por eso condenaron la Ciencia, según lo que refiere Plinio: Non rem antiqui damnabant, sed artem. (lib. 29.) Y de aquí nació, que en muchas Naciones, particularmente en la basta Monarquía de los Turcos, aunque no hay Médicos, se hallan sin embargo fidelísimos observadores de muchas reglas de la Medicina, guardando los enfermos una rigurosa dieta, y usando a menudo de su tártago, y de otros remedios experimentados: Hæc ratio Romanorum, ac Barbarorum plerumque, quæ non in artis vituperationem, sed artificum solum cedit (in Encom. Medicinæ). Así podríamos nosotros, con Cardano, restituirle a la Medicina sus primitivos encomios; y revolver los improperios, e ignominias contra aquellos que ignorándolo ejercen un ministerio tan difícil. Esta, si yo no me engaño, fue la intención de todos aquellos Autores célebres, que pareció a alguno, que hablaban mal de la Medicina, no haciéndolo sino de aquellos que la profesan mal; sin que nadie me pueda hacer creer, que haya hombres sabios, que pongan en duda una cosa tan sensible a la cotidiana experiencia.

Establecida la existencia de la Medicina, juzgo, que por el discurso precedente me redarguiréis, que no podríamos servirnos de los que la profesan; y seríamos desobedientes al precepto del Eclesiástico, que manda honrar por necesidad al Médico: Honora Medicum propter necessitatem (cap. 38, v. 1.) siendo así, que todos los Teólogos, cuando caemos enfermos, nos obligan a ponernos en las manos del Médico, por no faltar a la propia caridad. Está bien. Pero, si hacéis reflexión seria sobre las razones insinuadas arriba, será bien conciliarlas con la presente verdad. Siendo cierto, que mandando Dios respetar al Médico, debe creerse, que se refiere el precepto a aquellos que están experimentados en la Arte; de manera, que teniendo vos seguridad de ser vuestro Médico uno de ellos, estaréis en tal caso obligado a obedecerle, y a honrarle: pero el precepto de ninguna manera comprehende aquellos, que por valerme de la frase de Tertuliano: Nominis phantasma tantum affectant; y que no tienen otra cosa de Médico, que el capirote doctoral, y una fama adquirida a fuerza de industria.

Son instrumentos de que se vale Dios, para castigar la malicia humana; y permite, que se introduzca en la República esta honrada peste; dejando por divina venganza, que así nos engañemos en la elección de Médico, que lleva cubierta con el guante de Esculapio la mano homicida; porque reste difusa nuestra imaginación, y quedemos deslumbrados, sin advertir al récipe de los castigos Divinos. Así fue puntualmente del Rey Asa: Nec in infirmitate sua quæsivit Dominum, sed magis Medicorum in arte confisus est. (2. Paralip.) Y si leéis con mayor atención el citado capítulo del Eclesiástico, observaréis, que mandó honrar al Médico hablando en singular; manifestando con semejante aviso, que no todos los Médicos son dignos de honor; y por eso va diciendo: Honora Medicum: Da locum Medico. Et disciplina Medici exaltabit caput illius: con aludir sola, y singularmente a aquel que fuere verdadero Médico. Pero cuando quiere Dios castigar algún pecador, le amenaza, que le hará caer en manos del Médico: Qui delinquit in conspectu ejus qui fecit eum, incidet in manus Medici: (Eccl. 38, v. 15) en cuyo caso se debe creer, que se entiende del Médico ignorante; pues no fuera castigo el caer en las manos de uno, que supiera la verdadera Medicina.

Ve con esto discurriendo conmigo: ¿por qué queriendo Dios atemorizar los pecadores, los amenaza con hacerles caer en las manos del Médico? ¿Qué especie de venganza, o castigo puede por ventura ser este? ¿No esta acaso en su fuerza cualquiera enfermedad; y de su ceño no depende todo el sistema de la humana aflicción? ¿No castigó la obstinación de los Egipcios con asquerosísimas llagas? ¿No vengo la detención del Arca en los Filisteos con plagas muy vergonzosas? ¿No hizo correr sobre la cutis de Herodes una turba de animada podredumbre? ¿No dio lepra a la hermana de Moisés? ¿No dejó mudo, y paralítico a Eliodoro; impedido el brazo a Geroboan, leproso el rostro a Ozia; y semejantemente a tantos como se leen en la Historia Sagrada? ¿Por qué, pues, amenaza a aquellos con hacerles caer en las manos del Médico? De necesidad hace creer, que semejante castigo sea sin comparación mayor que otra cualquier enfermedad. Nil malo Medico perniciosus. Y es la razón: porque muchas enfermedades puede vencerlas por sí misma la naturaleza; pero si a la malicia de la enfermedad se junta la ignorancia del Médico, no puede la vida del enfermo hallarse en mayor peligro. De aquí es, que Dios, para mayor terror de la malicia humana, prorrumpió en aquella amenaza tan espantosa: Faciam, ut incidat in manus Medici; siendo la mayor de las calamidades temporales, que aquel mismo medio por el cual creíamos recobrar la salud perdida, nos cause la muerte, y por huir de un peligro, demos en otro mayor; de donde vino a decir un Poeta.

Incidit in Scyllam cupiens vitare Charibdim.
Qui morbum fugiens incidit in Medicum.

La razón, pues, porque los Teólogos, cuando nosotros caemos enfermos, nos hacen recurrir a la ayuda del Médico, es, porque estamos obligados a usar de todos aquellos medios, que pueden ser de alivio a nuestra indisposición; ni debemos descuidarnos de lo concerniente a la caridad con nosotros mismos: Pues de la misma manera, que incurriendo nosotros en la transgresión de los Divinos Preceptos, necesita nuestra alma de un Sacerdote Confesor, que los cancele con la absolución; así un cuerpo tiene la necesidad de un Médico, que la libre de las enfermedades contraídas, Sin embargo es bien cierto, que con el Médico espiritual, y el corporal, no corre en todo la misma paridad; porque siendo la salud del alma de mayor importancia que la del cuerpo, así Dios con su infinita Sabiduría, y Bondad dispuso más seguros, y más fáciles medios para purificar aquella, que para medicinar este; concurriendo en la purificación de aquella como Soberano Autor de la gracia, cuando en la curación de este obra sencillamente como Autor de la Naturaleza. De manera, que si por ignorancia, o inadvertencia del Médico espiritual se comete algún defecto, le corrige, y suple, como principal Autor de la Medicina del alma el Arqui-Médico Divino; pero si en la curación del cuerpo el Médico temporal comete algún error, no tenemos un Corrector dispuesto, y prevenido; porque Dios deja obrar a las causas segundas, y sin especial milagro no puede remediarse. Por lo que si Dios quisiera remediar los innumerables errores de los Médicos, sería preciso que multiplicase la sombra de San Pedro más que los panes del Desierto, y que fuese esta de casa en casa haciendo con cada enfermo un milagro. Pero habiendo dejado a la discreción de los hombres la Medicina, si los que la profesan no saben su buen uso, a proporción de su ignorancia estará en mayor, o menor peligro nuestra vida, pudiendo ellos igualmente, o ayudarnos con un remedio a propósito, o dañarnos con otro opuesto; de donde dijo Ovidio:

Eripit interdum, modo dat medicina salutem.

Y así, nos debiéramos guardar igualmente de los malos Médicos, como procurar la asistencia de aquellos, de cuya virtud tenemos alguna noticia. Pero es bien cierto, que por ser estos poquísimos, importa mucho pensarlo bien antes de llamar alguno; para no meterse uno la ascua por su misma mano en el seno, y por su descuido hacerse cómplice en su desgracia. Por cuya razón, conociendo la dificultad de poder distinguir los verdaderos, de los falsos Médicos, se juzga por mejor resolución, la de estar sin ellos, que exponerse con ellos a riesgo de mayor daño; y del antecedente discurso puede juzgarse, que no por otra cosa repruebo el uso de aquellos, sino por la facilidad de engañarse en la elección, según las muchas razones que allí se dan; y porque para saber con seguridad distinguir los buenos de los malos, era necesario que cada uno tuviese algún conocimiento de la Medicina; pero si cæcus non iudicat de colore, ninguno que no sepa en qué consiste ser perfecto Médico, podrá distinguirle entre muchos ignorantes.

¿Pues de dónde procede todavía (podrá alguno aquí replicarme) que no hay enfermo que no tenga algún Médico señalado a quien no juzgue por el mejor de todos los demás? La razón de esto es, que cuando nuestro entendimiento no tiene fundamento, ni conocimiento alguno de aquellas cosas de que debe hacer juicio, entonces el genio se hace árbitro de la elección, y se inclina siempre a aquella parte con quien tiene alguna simpatía. Así los enfermos, no conociendo a los Médicos con otra reflexión, que la de la vista, o del oído; se dejan llevar de su genio particular a la elección, quién de este, y quién de aquel, llevados de las prerrogativas, o cualidades personales, que nada tienen que ver con el perfecto Médico. Esta, pues, viene a ser la razón, porque comúnmente son más acreditados los más hipócritas, y los más sagaces, como quienes saben mejor frisar con los genios, y con más destreza saben llevarse el afecto de los más. No se puede dudar de esto, porque si de aquellos fuese conocida la perfección del Médico, solamente se servirían de aquellos que fuesen escogidos excelentes en el Arte, y los malos quedarían descartados de la común estimación. De ninguna manera se observa, que haya Médico tan desgraciado, e ignorante, que no tenga más, o menos sus visitas, y sus apasionados, que le estiman en más que a cualquier otro: ni esto puede nacer de otra cosa, que del genio particular, el cual les figura a todos por buenos; y cualquiera, por más ignorante que sea, tendrá una cierta cosa, por la cual agrade a algunos.

Este engaño simpático, aunque no le advirtamos en nosotros mismos, se descubre claramente en los otros; y si bien los errores debieran ser igualmente conocidos de todos, pero la pasión propia, tanto nos oculta los nuestros, como nos pone a la vista los de los otros. De donde nace, que cada día nos admiramos de ver a unos, y otros tan apasionados por un Médico, que nosotros no le tomaríamos (como solemos decir) para visitar una gata; como por el contrario, se maravillan los otros, viendo la buena fe que tenemos en los nuestros: y así unos, y otros se ríen de la necesidad del prójimo, sin advertir la propia; perdiendo el tiempo en contemplar los engaños ajenos, cuando cada uno debiera hacer reflexión en su propia simplicidad. Si sobre esto se encuentran muchos de una misma inclinación, entonces crece más el engaño, fortaleciéndose la propia opinión con la pluralidad de votos; y aun así estuviera en su mano, haría que aquel fuese el Protomédico de la Ciudad.

He aquí, pues, cómo la ignorancia adquiere título de virtud; y cómo aquella fama, que es puro efecto de nuestro capricho, parece ya un justo reconocimiento del mérito, o una pura justicia del entendimiento.

En ninguna cosa se conoce más la fuerza de nuestro genio, que en esto; porque si el aspecto de aquel Médico no nos cuadra, por más que administre bien sus remedios, siempre nos parece que acarrean algún daño; y al contrario, siendo de nuestra satisfacción, por muy poco que haga, nos parece que da la vida: y cuando el mal se agrava, lo creemos puro efecto de nuestro mal temperamento, o causa de la malignidad de nuestros humores; no entrando jamás en sospecha de que haya sido la medicina la que agravó nuestra enfermedad. Solamente comienza el enfermo a sospechar de su mala suerte, cuando le cercan las agonías, y se conoce próximo a la muerte, pero tarde el infeliz advierte el engaño; porque este, si no se procura adquirir a costa de otros, teniendo solo una vida que perder, es imposible a costa de ella desengañarse. Con todo sucede en algunos advertirlo a tiempo; porque después de haber usado de muchísimos remedios, no percibiendo, ni aún imaginado el alivio; les hace conocer la experiencia, que están más faltos de Médico, que de salud. De donde nace, que después de haberse dejado medicinar de unos, y otros, y viendo que todavía empeoran, maldicen el día, y la hora en que se han puesto en manos de los Médicos; y lo peor es la misma medicina, la cual no tiene más culpa, que la mala administración de los que ignoran su buen uso.

Pero para que adviertan la injusta maldición, que echaron a esta Ciencia, y conozcan la ignorancia de aquellos a quien tenían en tanta estimación; permite Dios, que se introduzca aquella viejecita, o aquel rústico con un secreto, que en pocos días le vuelve la salud, porque tanto suspiraba. Constat famigeratissimos Medicos a rustica anu sæpe victos, illamque unica planta, seu herbecula perfecisse, quod illi cum suis methodicis, preciosis, tamque de cantatis pharmacis non potuere; como llanamente confiesa el Príncipe de la Medicina Latina, Cornelio Celso. Cuántos se han muerto, porque no supieron los Médicos administrarles el verdadero remedio: y cuántas enfermedades quedaron supuradas de la fortuna de una casual experiencia, y otros males fueron curados finalmente de una oculta disposición de la naturaleza misma.

Esta es la causa porque muchos enfermos, reconociendo el recobro de su salud por invisible medio, se creen reengendrados por un milagro; y sin embargo de ser puro efecto de la naturaleza, con todo eso cuelgan el voto en los Altares, por triunfo de Religión; siendo cierto, que el idiota, por no conocer las fuerzas de la providencia natural, confunde muchas veces sus operaciones con los milagros de su fe. No hay duda ninguna, que Dios los puede hacer; pero lo ordinario es, según el parecer de los más sabios Teólogos, dejar obrar a las causas segundas. Sin embargo, es tanta la presunción, que los hombres tienen de sus méritos, que a cualquier leve ruego imaginan, que debe abrirse de par en par el Empíreo, y venir al instante las gracias de mano del Altísimo, juzgando con una corta devoción interesada, alterar todo el sistema de la naturaleza. De aquí es, que recobrando la salud en cualquiera grave enfermedad, como fénix que ha vuelto a nacer de las propias cenizas, haciendo devota ostentación con el color modesto de un hábito, se ofrecen a la admiración, como merecedores de un milagro.

Pero volviendo a nuestro propósito, ya habréis observado, como el genio hace muchas veces que parezca ser, lo que no es en la realidad, sustituyendo alguna otra particularidad en vuestro Médico, que nada sirve para aseguraros, de que sepa bien todo aquello de que necesita; y sucede, que aunque se os figure gracioso, diligente, mañoso, cortesano, y con otros muchos bellísimos dotes; con todo eso puede ser un mal Médico, y otro tanto peor, cuanto engaña más con una buena apariencia. Por esto, pues, se afirma, que para distinguir en cualquiera Profesión el sabio del ignorante, es preciso que se tenga alguna noticia de ella. Ahora supongamos, que un enfermo sepa tanto de Medicina, cuanto baste para discernir los buenos de los malos Médicos; no hay duda ninguna, que este no se engañará tan de ligero en la elección; y aunque no llegue a conocer el mejor de todos, a lo menos se guardará de los malos: y antes que valerse de estos, si los hallase todos de un calibre, se medicinaría por sí mismo. Para cooperar a la naturaleza propia, una pequeña vislumbre que tengamos de esta Ciencia, es suficiente. Porque es una indubitable verdad (conforme al dictamen del Señor de la Sciambre, lib. 1. Caract. de las pasiones) que en nosotros hay un secreto conocimiento de las cosas que conducen a nuestra conservación; de manera, que con muy corta noticia que tengamos de la Medicina, podemos con facilidad ser Médicos de nuestras enfermedades.

La Arte de medicinar es una purísima conjetura, y nadie mejor que nosotros mismos puede adivinar que tales sean los desconciertos que pasan en nuestros interiores; pues ningún otro puede interpretar los destinos de la naturaleza propia, como los mismos enfermos con quienes en tan varias sensaciones muy frecuentemente se explica. Así las enfermedades se explican más sensiblemente con los enfermos; y es más probable, que estos adviertan las principales circunstancias de su mala condición, mejor que lo puede hacer ningún Médico por la simple relación del enfermo. Por esta causa debió de decir Platón, que para llegar uno a ser famoso Médico, era necesario experimentar en sí todas las enfermedades; juzgando, que con dificultad podría saberlas con estudiarlas simplemente en sus libros: y quien no conoce bien el mal, y su causa, jamás sabrá remediarle: Non intellectui nulla est curatio morbi. Cuántas enfermedades han venido a ser por esto, el oprobio de los Médicos, porque todavía ignoran su esencia, y su causa.

Por el contrario, ¿queréis saber cuán fácil sea el medicinarse por sí mismos? Observad todos los animales curarse con el puro instinto de la naturaleza; porque como quiere Catón: Sua cuique Natura est ad vivendum dux. Ella es la primera que facilita el camino, y los medios de su conservación. Ni me puedo persuadir, que les falte a los hombres este beneficio; mayormente viendo a menudo muchos enfermos, que abandonados de los Médicos, y administrándoles aquello que apetecen, se les quitaron aquellas dolencias de que estaban oprimidos. Ellos se sienten estimular con ciertos deseos, que así que los cumplen, se recobran, reconociendo en ello su convalecencia.

¿Y es otra cosa todo esto, que un puro instinto, o por mejor decir inspiración de la naturaleza, que hace desear aquello que les puede ser de alivio? Verdaderamente si los tales enfermos quisiesen en esto tomar antes el parecer del Médico, jamás se cumpliría lo que interiormente sugiere la naturaleza próvida; porque lo juzgarían manifiesto desorden el condescender en semejante apetito, por no poder entender, ni concebir con los axiomas de su doctrina escolar, que con medios tan extravagantes fuesen libres de semejante enfermedad. Y cuántos sucesos de estos se leen en sus mismos libros; y cuántos oímos cada día, que ellos proprios refieren en sus familiares conversaciones, haber curado ya a uno, ya a otro de gravísimas enfermedades, con solo haber cumplido el enfermo su apetito. Por lo cual filosofando modernamente el Padre Malebranche, vino a decir: Itaque dubium non est quin sensus nostri sint interrogandi etiam in morbo, ut ab iis discamus rationem restituendæ sanitatis. (De inquir. verit.)

Sin embargo podrán aquí replicar algunos, en defensa del Arte Médica, no negando que haya un gran número de casos semejantes; que no se saben por el contrario cuántos hayan muerto por no haber obedecido al Médico, y querido satisfacer sus viciados apetitos. Esto no puede ciertamente negarse, pero también es mucho más probable, que la naturaleza haga apetecer a los enfermos cosas por lo común, antes convenientes, que dañosas; solicitando ella, y estando como empeñada siempre en la conservación del humano individuo. Natura omnia pro hominis salute agit. (de inquir. verit.) A más de esto, cuántas veces creéis vosotros, que los Médicos prohíben aquello puntualmente que debieran ordenar; y cuántas ordenan aquello, que nunca mejor que entonces debieran prohibir. De aquí nace, que por lo común los enfermos tienen aversión a ciertos remedios, como cosas perjudiciales a su salud; sintiendo interiormente la repugnancia de la naturaleza, y los presagios de su calamidad. Cuántos con esto habrán muerto por haberles obligado el Médico a recibir la sangría, a tragar la purga, u otro brebaje, contra la voluntad de los miserables. Cada cual siente estos secretos impulsos, y parece que su alma tiene un género de presciencia de los sucesos futuros, y de ordinario hace ella que se sospeche anticipado el peligro.

Hay a más de esto muchas cosas, que aunque en sí sean bonísimas, pero encuentran con temperamentos, a los cuales son dañosas; y por el contrario, otras que por lo común son dañosas, y sin embargo a ciertas complexiones les son antídotos en sus males. Por lo que no debemos maravillarnos, que de tantas cosas que a nuestro parecer habían de dar salud a los enfermos, les sean algunas las más perniciosas; y que de otras muchas, cuyo uso juzgábamos perjudicial, reciban manifiesto beneficio. Ultimæ rerum differentiæ nobis ignotæ sunt; ni toda la especulativa del Arte Médica puede llegar a comprenderlo, y es más fácil que el enfermo tenga alguna vislumbre con la propria experiencia y movimientos interiores, que el Médico con toda su conjetura: y siendo cierto, que lo que agrada nutre, tanto mejor podrá curar, y servir de remedio; pues no puede haber mejor medicina, que la que al mismo tiempo puede servir de alimento; porque nutriendo las partes, vivifica la naturaleza, y le da más fuerzas para superar la enfermedad. Ello es cosa que no debe dudarse, que hay en nosotros una cierta individual filosofía, con la cual, si quisiésemos hacer discreta reflexión, cada uno vendría a ser Protofísico de sí mismo: que por esto Tiberio se maravillaba, cómo hubiese hombre sabio que se dejase tomar el pulso de ningún Médico, y no hubiese aprendido a medicinarse por sí en el curso de su edad: Sibi ridiculum videbatur, quod vir prudens manum porrigeret Medico, & post tot annos nesciret, quomodo jam sibi mederi debeat.

El engaño porque el mundo no ha llegado todavía a advertir esta importante verdad, y precaver el perjuicio que se le sigue a la humana República del uso indiferente de los Médicos, nace principalmente de tres causas. La primera es, que se tiene por dificultoso el saberse uno mismo medicinar; y no obstante que se ve, que todos los demás animales se curan por sí mismos, con todo se figuran, que aquellos tienen mejor conocimiento de sus medicinas que nosotros; y que por instinto natural saben ellos discernir las plantas más convenientes a su remedio, mejor que nosotros las podemos conocer, aun con la ayuda de la razón. A más de esto, cuando ven a los perros curarse cualquier llaga, o herida, creen muchos, que la naturaleza los ha dotado de un bálsamo específico en la lengua, con el cual, lamiéndose, curan: y por ventura, si nosotros hiciésemos lo mismo con la nuestra, sucedería lo mismo.

La segunda causa de valerse de Médicos, nace de otra más simple creencia, y es, el dar nosotros por supuesto, de que ellos tienen todo aquel conocimiento necesario para medicinar bien, y ciertamente nos engañamos; porque de ordinario saben menos los Médicos, que los mismos enfermos. Ellos saben en nuestra opinión, mucho más que saben en la realidad; y la experiencia nos hace conocer frecuentemente la falsedad de nuestra opinión. La última causa es, el ver que casi rodos se sirven de Médico; y como si nos gobernásemos a ciegas por la opinión común, el ejemplo de los demás nos alienta para seguir los abusos, como dice el Padre Malebranche: Ex opinione vivimus, aliorumque exemplum nos facit audaciores, teniendo para con nosotros una gran persuasiva el ejemplo común; porque le parece a cada uno, que tanto es más verdadera una opinión, cuanto es más universal. No hay ninguna duda, en que si los ignorantes no fuesen con grande exceso más en número, que los hombres sabios, sería así; pero aquello mismo que a nosotros parece que acredita la cosa, eso mismo la condena, ni nada la puede hacer más sospechosa, como el mayor número de aprobadores.

La prudencia humana no tiene esta por seguridad, de que aquella opinión sea mejor que sigue la mayor parte; siendo así, que los malos de ordinario logran la fortuna de tener más séquito que los buenos. Por lo que no conviene atender al número de secuaces, si solo hacer reflexión en la razón, y la experiencia hacia la verdad. El vulgo rara vez se sirve del discurso: lo común es, dejarse llevar más de los sentidos, que del juicio; como vea ejemplar, esto le basta para abrazar, y defender ciegamente todos los abusos, siempre se inclina donde es mayor el número de votos: Ex opinione multa, ex veritate pauca judicat. (Cicer.) Las bestias hacen lo mismo, porque es uno mismo en ellas el instinto de la naturaleza: Los hombres hacen aquello, que es instinto de la mayor parte de las opiniones. Aquellas obran según el dictamen de la natural providencia, y estos según el arbitrio de una falacísima conjetura. Y así no conviene avergonzarse con Plinio, si aquellas tienen mejor conocimiento de la Medicina, que tenemos nosotros: Pudendum est omnia animalia noscere, quæ sibi sunt salutaria præter hominem. (lib. 27) Nosotros ciertamente les haríamos ventaja, si cada uno quisiese emprender la curación de su propio individuo.

La confianza que tenemos en la Arte Médica, hace que vivamos descuidados de nosotros mismos; y lo que ella ocasiona es, hacernos más desordenados, y menos cautos en nuestra conservación. Que de otro modo, si conociésemos el riesgo en que nos ponemos cada vez que nos dejamos en las manos del Médico, bien sé yo que lo pensaríamos mejor, y que cada cual viviría más regulado, y se guardaría más bien. Se huirían los desórdenes, no solo como tales, sino como causa contingente de poder caer en otro peor; esto es, en un Médico que pueda viciar la complexión con sus nocivas recetas. Finalmente, de un simple desliz, la naturaleza misma puede sacar fácilmente en muy poco tiempo; pero si a aquel juntamos los de las Medicinas mal aplicadas, dará al traste miserablemente el paciente.

Síguese, pues, de todo el presente discurso, que la Medicina sirve, y es digna de honra, y que debe usarla el que verdaderamente la entienda; pero por el contrario, se ha de huir de aquellos de quien no tenemos certeza que enteramente la poseen. En suma, que es igual necedad creer, que los Médicos sean provechosos, porque sea la Medicina verdadera; como dudar de la Medicina, por no ver siempre los bueno efectos de ella, a causa de administrarla mal los mismos Médicos. Luciano no podía sufrir que ciertos hombres blasfemasen de la Astrología, por solo que saliesen falsas las predicciones de algunos Astrólogos. ¿Qué culpa tiene la Ciencia, si su Profesor es un ignorante? Neque enim ob imperitiam fabri ars ipsa culpatur; neque ob cantoris inscitiam ipsa musica parum est erudita. (Lucian. de Astrolog.) Lo mismo debe decirse a favor de la Medicina, siendo esta en dictamen de Hipócrates, semejante enteramente al Arte de adivinar: Medicina autem, & vaticinatio valde cognatæ sunt. (in epist.) Si van errados los Médicos, no debe atribuirse el defecto a la Ciencia; siendo cierto, que aunque ninguno tuviese conocimiento de ella, subsistiría todavía la Medicina.

Por otra parte hemos visto, cómo la inclinación, que tenemos, y suposición que hacemos en nuestro Médico, pueden engañarse; esta, con hacer presumir, que él sepa todo lo que conduce para medicinar bien; y aquella con dejarse aficionar de ciertas prerrogativas, que nada importan para ser buen Médico. Por esto, para no engañarse en la elección del Médico, es mucho mejor que cada cual por sí mismo se le busque. De este modo no se expondrá a sujetarse a los Médicos malos, y suministrándole uno mismo a la naturaleza aquello que otras veces experimentó favorable, y por consiguiente lo que ella apetece, más seguramente podrá recuperar la salud perdida. En esto consiste toda la medicina de los otros animales, que obran por instinto, y ellos harán lo mismo por elección; no habiendo camino más seguro, como discretamente advirtió el Padre de la elocuencia Romana, que aquel en que sirve de guía la misma naturaleza: Naturam ducem si sequamur nunquam aberrabimus.


Discurso III
De la dificultad de la Medicina, y del engaño de las más famosas Sectas de Médicos, y particularmente de los Dogmáticos, y secuaces de los antiguos

Al que pudiese enteramente comprehender todo lo que hay difícil en el Arte Médica, este solo conocimiento le sería bastante, no solo para amedrentar a cualquiera que desease lograr imponerse en ella, sino también para hacer comprehender, cuán pocos se hallan en este tiempo, que verdaderamente la posean. Entre los antiguos nadie hubo, que alcanzase más de esta Profesión, que Hipócrates: con todo eso llegó a afirmar absolutamente, que hasta su tiempo nadie había llegado a conocer la verdadera Medicina: Neminem penitus medicinam novisse. Pues si los mismos que veneró el mundo por Maestros de esta Arte, llanamente confiesan, no haberla comprehendido; nos veremos obligados a decir, que es dificultosísima, cuando no queramos sospecharla imposible: Ego quidem ad Medicæ Artis finem minimè perveni, & si senex jam fim. Así lo escribe después de encanecer en el Arte el Príncipe de la Medicina, en una de sus cartas a Demócrito; pero lo que me causa mayor admiración, es lo que añade, que ni aun el famoso Esculapio, su inventor, pudo llegar a saberla: Quin nec ejus inventor Æsculapius. La razón porque ninguno haya llegado a este estado, ya la dejaron escrita en el principio de sus aforismos Hipócrates, y Galeno. Ars longa, vita brevis: esto es, que la vida humana es cortísima, a proporción de la dificultad de esta Arte. Pero si vivieron, el uno ciento y veinte años, y el otro ciento y cuarenta, y todavía se quejaban de la brevedad de la vida; ¿qué podrán decir los Médicos de nuestro tiempo, a quienes cuesta harto trabajo vivir la mitad?

No hay duda; que para tener un conocimiento suficiente de la Medicina, serían menester los años de Néstor, o que fuese verdadera la transmigración de Pitágoras. Si el alma de cada Médico pasase a vivir en otro, y con el beneficio de la reminiscencia Platónica, supiesen los postreros en su adolescencia, lo que llegaron a saber en la edad decrépita los que nacieron antes, con este sucesivo injerto de conocimientos, me atreviera a creer, que por el discurso de muchos siglos llegarían los hombres al exacto conocimiento de la Medicina; de otra suerte tendría siempre razón de exclamar el Valeciola: Quis enim tam longævus, vel fuit, vel futurus est unquam, ut artem omnem plenè teneat? (Enarrat. Medic.)

Cuán inaccesible sea la Arte Médica, podemos comprehenderlo de las dificultades, con que el entendimiento humano llega a habilitarse en la práctica de muchas otras Artes puramente mecánicas, y sin comparación algunas mucho más fáciles. ¿En qué consiste la Pintura, sino en extender cuatro colores sobre un lienzo, y hacer una superficie a lo mosaico, mezclada, digo, o de variedad de colores, para que reverberando la luz en los ojos, retrate las ideas del Artífice? ¿Qué otra cosa es la Escultura, que desbastar un mármol, hasta que represente la imagen conforme al diseño? Con todo eso, ¿cuán pocos son los Ceuxis, que sepan pintar tan al natural las uvas, que dejen burlada la voracidad de las aves? O los Praxíteles, que entallen tan al vivo las Venus de Creta, que arrebaten los afectos de cuantos las miran. Pues si en tales Artes, y otras mucho más fáciles hay tan pocos Profesores excelentes en sus ejercicios, menos sin comparación serán los que tengan entero conocimiento de la Medicina, siendo como es una Arte difícil por el juicio, falaz por la experiencia, y peligrosa por la ocasión. No se emplea en cosas visibles, y sobre objetos que estén expuestos al sentido, sino en el conocimiento de los males, cuyas causas son tan ocultas, como profundos, e incomprensibles los misterios de la naturaleza.

Por eso creía el doctísimo Montuo, que para ser verdadero Médico, era menester saber todas las Ciencias; y que lo que no pueden muchos comprehender, solo un hombre lo comprehendiese. Los Egipcios, por Jeroglífico de la Medicina, pintaban a Esculapio con una barba larguísima, y con un palo lleno de nudos; tan imposible les parecía conseguir su conocimiento, que cada Médico era un Dios en su concepto. De aquí es, que los Griegos Abderitas, creyendo que Hipócrates había librado de la peste a su País, expidieron un Decreto, concediéndole las Sagradas ceremonias de Hércules: Sacris eleusinis initiatus est. Así Apolo, Esculapio, y muchos otros fueron colocados en el número de los Dioses; porque creían, que el conocimiento de la Arte Médica era tan difícil, y superior a la capacidad humana, que si alguno llegaba a tener la fama de grande Médico, al mismo tiempo se acreditaba de tener más de Divino, que de humano.

Pero contra esto me podréis decir: ¿cómo es que teniendo la Medicina toda esa dificultad, haya tantos aplicados a ese mismo estudio? No tiene duda, que si muchos de esos lograsen su exacto conocimiento, sería indicio manifiesto de su facilidad; pero no habiendo entre tantos quien llegue a comprenderla, ni sepa adelantarse, ese mismo argumento hace mucho más demostrable su dificultad; que por eso maravillándose Galeno sobre este punto, dijo: Mirum non est in tanta hominum multitudine, qui in medica exercitatione versantur, non inveniri, qui in illa rectè proficiant. (de ordine libror. suor.)

A más de esto, ¿qué argumento puede haber más fuerte para probar mejor nuestro asunto, como observar la multitud de los que han profesado este estudio? Pues dividiéndose en varias Sectas, unos han trabajado por un camino, otros por otro; pero saliendo igualmente vano el conato de todos, siempre se deja ver más claramente cuan arduo es el estudio de la verdadera Medicina. Tres fueron las que entre todas las demás Sectas, adquirieron algún aplauso de los antiguos; pero ya se ha reconocido, estar todas muy distantes de aquella esencia, que constituye únicamente un buen Médico; y es, tutó, cito, ac jucunde curare. La Empírica fue la primera, y es la que en el vulgo todavía conserva algún crédito; porque muchas veces se ven con una yerba, o algún otro simple remedio, curaciones de enfermedades tenidas en las demás Sectas por incurables, o medicadas por el curso de mucho tiempo sin algún alivio. En el número de los Empíricos, entran también todos aquellos que no entendiendo más que Química, pretenden con cualquier medicina que han manipulado, curar algunas particulares indisposiciones, por haber experimentado una, o más veces buenos efectos con lo que suministran. Con todo eso, nunca pueden los tales llegar a ser verdaderos Médicos; porque no teniendo otro que aquella sola experiencia, y siendo ésta falaz por razón de las muchas, y varias circunstancias, que cada día se ven complicadas, es lo mismo que querer caminar con un pie solo por un camino muy resbaladizo.

El engaño de los Empíricos consiste en la confianza, que tienen de curar con un mismo secreto todos los enfermos del mismo mal, y que la misma receta que sanó a Francisco, haga asimismo recuperar la salud a Antonio; pero al fin advierten, que lo que sirvió de Antídoto al primero, causa daño al segundo, y que no se puede fiar en semejantes casos, de que sus medicamentos sean de provecho; porque la diferencia del clima, de la estación, del temperamento, y de la edad, causan efectos muy distintos; y aunque en muchos se encuentren los mismos señales diagnósticos, y por eso a la vista parezca el mal uno mismo; no obstante puede ser la causa diversa, a la cual, si no se le ordena su peculiar remedio, tan lejos está de que sane el enfermo, que antes se aumentarán mucho más las dificultades de restablecerlo a una segura convalecencia.

La segunda Secta fue la de los Metódicos, quienes creyeron que podían llegar con poquísimo trabajo a ser consumados en la Facultad Médica, y se vanagloriaban de enseñar a cualquiera en seis meses todo el Arte de la Medicina. Methodici se Artem Medicam sex mensibus edocturos profitentur. (Galen. lib. 1. de dignos, puls. cap. 1.) Bastaba a estos saber ciertos principios comunes, y algunas noticias universales, no atendiendo al conocimiento de las singulares, y a las causas de las dolencias. Creían los Empíricos, que estas jamás podían llegar a conocerse; y los Metódicos las juzgaban infructuosas, que por esto son dignos los primeros de compasión, por confesar la flaqueza del propio entendimiento; y de otro tanto castigo estos, por despreciar como inútil la averiguación de las causas. Por cierto, con mucha razón incluyó Juvenal en sus Sátiras al Autor de esta Secta: Quot Themison ægros autumno occiderit unos (Sátira 10.) dando a entender, que era tanto el número de las humanas indisposiciones, cuanto el de los enfermos que había muerto Themison en sola la estación del Otoño.

Sucedió la Dogmática a las dos Sectas referidas, y como si naciera la Medicina en las manos de los Empíricos, y después ceñida en las fajas de algunos preceptos metódicos, lograse alguna pequeña adolescencia, creciendo por último con la disciplina Dogmática, pareció que había recibido de esta toda su perfección.

Es cierto, que a quien considera el orden establecido por los Dogmáticos, para estudiar esta Arte, le parece a primera vista, no poder ser más racional; porque no reconoce otra guía, que la filosofía natural. Galeno autorizándose con la doctrina de Hipócrates, fue quien logró mayor séquito que ninguno otro, y todavía basta el ser secuaz suyo para lograr crédito de grande Médico. Tanta es la reputación, y fama que han tenido sus escritos, que basta citar un texto suyo, para justificar cualquier homicidio, y para que quede el mayor desatino canonizado.

No tiene duda, que si los Galénicos supiesen lo que entienden que saben, serían excelentísimos en su Arte. Pero porque lo más de lo que saben está fundado sobre falsos supuestos, su doctrina es mucho más perniciosa que su ignorancia. Las doctrinas cuando son falsas, se apartan más del conocimiento de la verdad; y el saberlas no es saber, antes bien es quedar más ignorantes que al principio. Mas discretamente se opone a la verdad el engañado presuntuoso, que el simple ignorante: este es tal, porque no ha tenido fortuna de conocerla, y aquel cree poseerla, cuando idolatra sus errores; y así el ignorante, en dejando de ser ignorante, de repente pasa ya a sabio; el engañado, para que se haga sabio, es menester que retroceda al estado de la ignorancia, y procure sacudir de sí todo el engaño, para poder abrazar, y reconocer la verdad. Por esto el puro Galenista, supone ser Médico, y no lo es: vive engañado en la opinión de sí mismo, y con este engaño se atreve a medicinar los enfermos, que muchas veces cuando cree visitarlos mejorados, los encuentra cadáveres.

Si fuera verdad, que solamente fuesen cuatro los principios de la naturaleza, y otros tantos los humores del cuerpo humano, que la calentura fuese un calor extraño, que en el hígado se fabricase la sangre, que ésta se estancase en las venas, y que no tuviese movimiento circular; si no fuesen delirios las facultades de retener, de expeler, de cocer, de atraer, &c. las cualidades, el desperdicio de espíritus; y que por vía de calor, se hiciese en el estomago la digestión del alimento: y últimamente, si fuesen verdaderos todos sus presupuestos; no tendría género de duda, que los Galenistas serían buenos Médicos: pues siendo cierto todo esto, les serviría en gran manera para descubrir la causa de las enfermedades, y el valor de los medicamentos, en que consiste toda la Arte de medicar. Pero si al contrario muchos de sus Dogmas son falsos, y ajenos de razón, y de lo que dicta la experiencia; será fuerza concluir, que ni los Dogmáticos tampoco entienden la Medicina.

Por cierto, yo no puedo detener la risa, cada vez que oigo alguno de estos, que creen haber probado bastantemente tales proposiciones para afirmarse en ellas, sin más fundamento, que mostrarlas en Hipócrates, o Galeno, no pudiendo jamás persuadirse que sean falsas, y haberse estos engañado. No se ponen a considerar si es verdadera la doctrina, sino que miran a la fama del Autor; persuadiéndose, que basta poner delante cualquiera autoridad suya, para inferir seguramente una infalible consecuencia. No han llegado todavía a conocer, que las opiniones humanas desde los primeros siglos han estado expuestas a errores, y que los antiguos han podido muy bien conseguir mayor veneración, y respeto, que los que han vivido después de ellos; pero que no por eso han conseguido sus doctrinas más verdad, de la que ellas se tenían en su principio. Hasta que los hombres no tengan mayores conjeturas, pueden servir de algo las autoridades; pero si con el tiempo se descubren otras convincentes más razonables, ¿por qué no se ha de mudar de dictamen? La filosofía es libre, y el Médico debe ser filósofo, no sectario. No consiste el saber en seguir las pisadas del Maestro, sino en conocer las cosas por sus causas, y distinguir lo negro de lo blanco. Tan capaces somos nosotros de desentrañar la verdad, como los antiguos.

Ni será soberbia estimarnos tanto como ellos, antes bien haremos justicia a la naturaleza, mientras veamos que nos ha formado a todos con un mismo modelo. Jamás ha mudado sitio nuestro entendimiento, siempre tuvo en el cerebro su residencia: todavía concurren allí los sentidos a tributarle lo que palpan, y lo que ven. A él toca después conciliarlo con la razón. Con que si los hombres siempre han sido unos mismos; ¿por qué han de haber sabido los antiguos, más que los que les han sucedido? ¿Más los abuelos, que los nietos? ¿Y nos veremos en todo, y por todos tiempos obligados a sujetarnos a sus falsas, y rancias opiniones, y sin otro examen defenderlas obstinadamente? Las ovejas son dignas de compasión, si una va tras de otra, porque los Pastores las guían por fuerza, y les falta el uso de razón; pero que los hombres, absolutos en el genio, y libres en el conocimiento, corran tras los dictámenes de otros, es una deplorable flaqueza del humano entendimiento.

De aquí es, que entre los Galénicos, aquel está en concepto de más excelente, que sabe relatar más aforismos, y alegar más copia de autoridades. Y es tal la presunción que tienen de sí mismos semejante género de Médicos, que en citando algún pronóstico de Hipócrates, o sea texto de Galeno, abultan entonces mucho más el énfasis, como si de la Tripo de Délfica hablase algún Oráculo. Todo su caudal consiste en tener buena memoria. Si esta les falta, no saben ya qué decirse.

No quisiera que mientras hago ver la dificultad de la Medicina, con manifestar, que ni aun los Dogmáticos la han alcanzado, me culpen de maldiciente, o de opuesto a los antiguos. Me harían muy poca merced en formar de mí ese concepto; pues conozco muy bien debérseles a los antiguos mucha alabanza, sin embargo de no haber descubierto siempre la verdad, como también debérseles compasión, si tal vez se engañaron en aquellas primeras tinieblas de la ignorancia.

Toda la queja cae contra los que todavía quieren defender obstinadamente sus errores; porque si Galeno, y Hipócrates viniesen otra vez al mundo, se adelantarían los primeros de todos a borrarles de sus libros, y sin vergüenza aprenderían muchas cosas, que no tuvieron fortuna de conocer en sus tiempos. No es vileza, dejarse convencer el entendimiento de la razón; antes bien es prudencia no fiarse del juicio propio, y reconocer la facilidad con que nos podemos engañar. No hubieran ellos escrito muchas cosas, si no las tuviesen como verdaderas; que fuera de esto, si entonces hubieran conocido el engaño, con el mismo celo hubieran condenado los propios defectos, como impugnaron los ajenos. Pero no puedo sufrir ver algunos, a quienes parece herejía todo lo que no se conforma con sus doctrinas escolares; y en oyendo impugnar a Aristóteles, o a Galeno, parece que se les podrece la sangre en las venas, como si sus dogmas fuesen indisputables, y se hubiesen de admitir ciegamente como Artículos de Fe.

En materias pertenecientes a la Filosofía, se disputan también los dictámenes de Santos Padres, porque también como hombres pudieron engañarse en las conjeturas de la naturaleza. Sólo a la Fe debe sujetarse la razón; y ésta es la que valientemente censura las cosas naturales, y de cada una puede formar juicio con la ayuda de los sentidos. Cede la razón a las Divinas, porque las venera como de jurisdicción soberana; examina menudamente las humanas, porque las juzga como propias. Tal es la soberanía del entendimiento humano, que cuanto produce, y posee la naturaleza, está sujeto a la libertad de su discurso, basta solo el que sepa desprenderse de la multitud de errores. ¿Por qué razón, pues, apenas abre los ojos para filosofar sobre las cosas sublunares, ha de seguir las pisadas de los antiguos filósofos? ¿Cómo podrá rastrear cuales sean las verdaderas, y cuales las falsas, sino se deja a su talento el distinguirlas? Supongamos, que por ventura nuestros antepasados tuviesen por muy cierto, que nosotros habíamos de abrazar ciegamente sus opiniones, y que se les haría injuria siempre que no sigamos sus documentos: ¿no fueron acaso los antiguos los que nos enseñaron a dudar de las cosas? ¿Por qué, pues, si es necesario, no podremos igualmente dudar de sus doctrinas?

Bien es verdad, que no siempre es prudencia el dudar, porque tal vez puede ser pecado de flaqueza, o de vanidad. Si dudamos por facilidad de genio, es una inconstancia de juicio; si por tenacidad de la opinión, es una vana idolatría de sí mismos: si después dudamos, por desconfianza que tenemos de nosotros mismos, esto es valerse de la desconfianza, por antídoto de las propias dudas: si para entender los errores de nuestros antecesores, es hacerse dueños de la sabiduría con su ignorancia. Así al Filósofo deben servir los escrúpulos, no de freno que lo detengan, sino de estímulo que le induzcan a investigar más intrínsecamente las cosas de la naturaleza. No hay otra cosa que más constituya un hombre sabio, que las mismas dudas: Por esto Cicerón pronosticó de Marco su hijo que sería, como lo fue, de corto talento, porque observó que no sabía dudar. Si creemos nosotros sin reparo alguno cuanto escribieron nuestros mayores, jamás llegaremos a ser verdaderos filósofos, y por consecuencia seremos ahora, y siempre incapaces de entender la Medicina. Es esta una condición tan necesaria para ser Médico, que Galeno compuso por eso un libro intitulado: Quod optimus Medicus sit etiam philosophus; porque de ser buen filósofo, depende todo el conocimiento de la verdadera Medicina. Así, que de las doctrinas de los antiguos debemos servirnos con cautela, pudiendo también ellos engañarse, y estorbarnos con sus juicios prevenidos el hallazgo de la buena filosofía.

Este excesivo respeto que han tenido los sucesores a sus mayores, ha aumentado de todo punto la dificultad de esta Arte; porque los libros enseñan tanto lo verdadero, como lo falso, ni la prensa separa las buenas de las malas opiniones: de un mismo modo salen de la impresión las herejías, y el Evangelio. Si esta tuviese la propiedad de dejar solamente copiadas aquellas cosas que son verdaderas, en tal caso podríamos a ojos cerrados abrazar todos sus fundamentos; pero como no tiene la prensa esta discreción, con dejar correr la verdad envuelta entre mil mentiras, viene a hacerse más escabroso el camino de la sabiduría; a nosotros toca el discernir las doctrinas verdaderas de las falsas: y cuan dificultoso sea cada uno puede conocerlo, de no ver salir buen Médico a ninguno de aquellos, que solamente se aplican a saber lo que han dejado escrito los Autores antiguos. Entre nosotros, aquel de ordinario es el mejor, que no es tal absolutamente por su merito, sino tal, porque respectivamente es menos ignorante; esto es, porque comete menos errores que los otros. Con esto, es fortuna de los enfermos, lo que es su menor desgracia, y deben contentarse en que sus Médicos sean los menos malos, recibiendo el menor mal por el mayor bien.

Si todos conociesen estas verdades, podrían los Médicos salirse de las Poblaciones a un destierro voluntario, o mudar de profesión; porque cada uno remediaría sus indisposiciones, más con la parsimonia, y dieta, que con el peligro, y la esperanza; más sin tomar nada, que algo que haga mal, y daño. Cada uno conocería entonces, no ser antídotos las palabras, ni saludables medicinas las promesas del Médico; y asimismo, que ni los textos de Galeno, ni los aforismos de Hipócrates expelen las enfermedades del cuerpo humano; pudiendo únicamente tener semejante fortuna aquellas recetas, que por ventura se encuentran para desvanecer las causas, y que aciertan a dar ajustado el golpe a medida del mal; de otra suerte, faltándole alguna condición, toda medicina al punto se convierte en daño, y perjuicio de la naturaleza. Mala est Medicina, si aliquid naturæ perdit. (Pub. mim.)

Habiendo visto hasta aquí, cuan arduo sea el logro de la verdadera Medicina, ¿quién podrá jamás creer en su Médico tanta perfección, cuanta es menester para saber medicinar bien? Sabemos que un hombre, con todo el estudio, y aplicación de su vida, difícilmente llega a saber formar un zapato, que siempre calce el pie tan justo, que no sea algo más largo, o más corto, demasiado ancho, o demasiado estrecho; pues ¿cuánto más difícil de creer será, que otro ninguno sepa cortar por sí una receta tan justa, que atine a punto fijo en el blanco de la enfermedad? Esto con la suposición de saber la grande diferencia que hay entre la filosofía, que ha de menester un artista para hacer un zapato, que a lo menos ve, palpa, y mide el objeto; a la de que necesita un Médico, que no ve con otros ojos, que con los de una  falacísima conjetura, y que no sabe otros remedios, que los aprendidos de una peligrosa, y casual experiencia. Sin embargo, pues, de toda esta gran dificultad, y diferencia, que pasa entre una, y otra profesión; vemos nosotros conseguir a un hombre con más facilidad fama de buen Médico, que a otro de buen Zapatero. A aquel, para lograr aplauso, bástale la apariencia, para preocupar la fe del vulgo; pero a este nada le aprovecha, si no corresponde la obra a la opinión. Finalmente, cualquiera sabe conocer un zapato si está bien trabajado; pero no puede saber si una receta es mala, o buena. Al uno cree por ignorancia, pero al otro censura por el conocimiento, que por esto es mucho más fácil engañar al mundo como Médico, que como Artífice; y aunque sea más difícil sin ninguna comparación el estudio de la Medicina, con todo puede ser uno creído científico, por más que ignore la verdadera Arte de medicar. Puede aumentar el mal al enfermo, y entenderse que le hace mucho bien; porque el ser Médico, depende más de la credulidad, de la fe, y de la opinión de los hombres que los creen tales, que no de serlo realmente, como hemos visto en el discurso antecedente.

Pero detengámonos a resolver una objeción, que puede hacerse antes de proseguir el propuesto argumento. Dirán algunos, ¿cómo puede ser, que no sea verdadera toda la doctrina de los Dogmáticos, si sabemos de las historias cuan grandes Médicos fueron Hipócrates, y Galeno, y cuan maravillosas curas hicieron en su tiempo? Si estos tales hubiesen leído a Cornelio Celso en el principio del libro primero, hubieran encontrado satisfecha del todo la dificultad. Pueden ser falsas sus doctrinas, y con todo eso haber ellos sabido medicinar. Sé que esto a primer vista parecerá una grandísima paradoja: pero si queremos descubrir el fondo de la verdad, encontraremos, que la proposición no contradice tanto como parece; antes bien, que es muy probable.

Óiganse las palabras del mismo Autor: Después que la experiencia enseñó a los hombres lo que aprovechaba, y lo que era dañoso a los enfermos encontraron diferentes remedios a muchas enfermedades, y después comenzaron a formar el sistema de su teórica: y así primero fue descubierta la Medicina, que la razón de medicar. Repertis deinde remediis, homines de rationibus eorum differere capisse: nec post rationem medicinam esse inventam, sed post inventam medicinam, rationem ese quæsitam. Que quiere decir, que fueron Médicos prácticos antes que teóricos. Por lo cual puede ser verdadera su práctica, como fundada en la experiencia, y falsas sus doctrinas, como colegidas de una falacísima conjetura. De aquí ha provenido, que los modernos, viendo la fama de sus antecesores, se hicieron secuaces de sus teóricas, y por estas comenzaron a ser Médicos, como todavía permanece esa costumbre en los que se aplican al estudio de la Medicina. El vulgo los llama Doctores antes que sepan escribir una receta; y excelentísimos, antes de saber cómo se cura un sabañón.

Con esto tenemos visto, que aprenden esta Arte tan difícil al revés de lo que la aprendieron Hipócrates, y Galeno. Siguen con todo rigor, y se instruyen en las doctrinas que pueden ser falsas, y no se cuidan al principio de la práctica, que puede ser verdadera. Siguen a Hipócrates en la teórica: pero muy poco en los remedios, y en lo que él aprendió de una larga, e incansable experiencia. Esta es la razón porque después de tantos siglos, ninguno ha llegado a ser tan grande Médico como Hipócrates. Si sus sucesores hubiesen hecho lo que él hizo para saber esta Arte, tengo por seguro, que muchos le habrían excedido: pero seguirlo en las opiniones, que pueden ser falaces, y apartarse en los experimentos probados, es haber querido ser solamente Médicos de perspectiva, y engañar la simplicidad de la gente con una dorada superficie; hacer que parezcan más excelentes los que pueden ser los peores, y abusar de la ignorancia del vulgo para adquirir reputación, y crédito, con universal perjuicio de los pobres enfermos.

No me admiro ahora de ver todas las demás Ciencias mucho más adelantadas de lo que estaban en sus primeros Inventores. Observad todas las partes de la Matemática. La Astronomía ha mejorado el sistema de los Planetas, y ha colocado los movimientos de todas sus esferas en ajustadísimas efemérides. La Óptica nos ha ampliado maravillosamente la visiva jurisdicción de los ojos, y lo que no se podía ver, o por la distancia, o por la pequeñez, se ha hecho visible, y pueden descubrirse con telescopios los satélites de los más remotos Planetas, y medir todas las eminencias del Disco lunar, y con el microscopio hacer anatomía de cada parte de cualquier fenómeno sutilísimo. La Arquitectura Militar se ríe ahora de la antigua disciplina. Así la Náutica, la Mecánica, y todas las otras están ahora más adelantadas, y todavía van adquiriendo mayor perfección.

Solo la Facultad Médica ha tenido la mala suerte de empeorar de condición. Ni esto puede haber procedido de otro, sino de que aquellas han caminado siempre por el camino verdadero, y los secuaces de esta desde el principio han caminado ciegamente en seguimiento de falacísimas conjeturas de otros; y suponiendo muchas mentiras como indispensables verdades, se han apartado del verdadero camino, que conduce al progreso, y complemento de la Medicina. Las que están fundadas sobre verdaderos, y estables fundamentos, crecen, y de cada día más se dilatan: pero las que por fundamento no tienen más que la opinión, van variándose repetidamente, y jamás se aumentan: Quæ enim in natura fundatæ sunt, crescunt, & augentur; quæ autem in opinione, variantur, non augentur. Así escribe el gran Bacon de Verulamio. (Novum organ.)

Pudiera ahora referir otras muchísimas Sectas de Médicos, los cuales, unos por un camino, otros por otro, han pretendido llegar al último estado de esta Arte: Pero como no puede haber más que uno solo que guíe al conocimiento de la Ciencia Médica, todos los otros serán extraviados, y tanto falaces cuanto más se aparten del recto, y verdadero.

De esta Babilonia, y diversidad de pareceres, claramente se ve cuán difícil sea la Medicina; porque cuanto más se multiplican los libros, queda mucho más confuso el entendimiento humano con la variedad de doctrinas; y si esta Ciencia no hubiera sido tan difícil de aprenderse, no hubieran sido sus Profesores contrarios en concebirla, sino muy conformes en establecer axiomas, y principios incontrastables. No hay cosa que motive mayor desprecio entre los hombres sabios para con los Médicos, como el ver medicinar a estos de una forma, y a aquellos de otra: muchos seguir a Cartesio, otros a Wilis; quien a Silvio de Boe, quien a Paracelso, quien a Elmoncio, y quien todavía a Hipócrates, y Galeno. Pues si tal vez se juntan para la cura, o para la consulta de algún enfermo Médicos de diferentes Sectas, entonces el pobre enfermo puede rogar a Dios de todo corazón, que le dé fortuna de que acierten con el remedio que ha de hacer bien; porque no haciéndose en semejantes casos cosa a derechas, viene a parar toda la consulta en debates, y suele suceder al infeliz paciente puntualmente el proverbio al revés, porque inter duos litigantes tertius moritur. (Cels. in lib. citat.)

De aquí es, que los esforzados Empíricos pretenden que su curación sea la más segura, y más provechosa; pero no niegan, que si se pudiese llegar a conocer la razón a priori de la ciencia, en tal caso el Médico racional sería el más perfecto de todos; bien que para hacer supuestos falsos, y con estas armas querer entrar a combatir las enfermedades, sea un camino antes pernicioso que saludable. Pues la experiencia hizo ver, cuando se descubrió el morbo gálico, que su teórica valía poco; y si los Empíricos no hubiesen encontrado el palo santo, las unciones del azogue preparado, y muchos otros secretos, de quienes ahora también se sirven los otros Médicos, maldecirían todavía los dolientes su mala fortuna. Por lo cual, tenazmente creen, que es por extremo imposible la Ciencia Médica; y por eso superflua tanta especulativa, y metafísica, para sanar las enfermedades.

De manera, que si hubiesen de contrapesar todas las razones de cada Secta, no sabrían a cual inclinarse, porque cada una parece, según su sistema, seguir la verdad; y sin embargo observan, que medicando de cualquier manera se libran, y se mueren los enfermos. Y así no comprehenden por qué se haya de creer más a Silvio que a Wilis, más a Galeno que a Paracelso. Obscurarum verò causarum, & naturalium actionum quæftionem, ideò supervacuam esse contendunt, quoniam incomprehensibilis natura sit. Non posse verò comprehendi patere ex eorum, qui de his disputarunt, discordia. Cur enim potius aliquis Hipocrati credat, quam Herophilo? Cur huic potius, quam Asclepiadi, si rationes sequi velit, ómnium posse videri non improbabiles. Si curationes, ab ómnibus his ægros perductos esse ad sanitatem. (Celsus in lib. cit.)

A más de esto, no hay duda que el enfermo estimará más a quien sepa con un ajustado remedio quitarle el mal, que a otro que le diga de dónde puede haber tenido origen. Poco importa a quien padece en una cama, saber cómo se produce la gota, o la jaqueca, si después de haber echado en el cuerpo todos los remedios metódicos, está peor que estaba, y el dolor mucho más le aqueja. El engaño de los Dogmáticos, o Galénicos, que se llaman Racionales, está en suponer el ser razón una falacísima conjetura, y que es ciencia positiva, una imaginaria hipótesis suya. Por lo cual Galeno en muchos lugares confiesa, ser mucho mejor fiarse de sola la experiencia, que de una flaca razón. Multo decuriores Medicos esse, qui sola experientia nituntur, quam qui dilutam illis rationem adjiciunt, ac multo præstiterit nulla, quam infirma ratione uti.

Todavía hay ciertos Médicos, que para remediar el desorden que causa a su Arte la disonancia de tantas doctrinas, procuran conciliarlas: y si los modernos encuentran por la anatomía, o con alguna propia particular experiencia, alguna cosa incontrastable, luego van a buscar en Hipócrates, o Galeno algún texto que tenga alusión en la nueva doctrina; y en caso de no encontrarse palabras expresas para el intento, vienen a la postre a decir, que poco más, o menos es una misma cosa, y está tan distante del sentir de sus Autores, como lo negro de lo blanco. De aquí es, que con tantas glosas, y comentarios, se aumentan mucho más las contradicciones, y variedades; con las cuales multiplican los Intérpretes las controversias, y hacen más dificultosa la Medicina.

¿Cuánto mejor hubiera sido, que no hubiese habido otra Secta, sino solamente la de los Empíricos? ¿Y cuánto más se habrían adelantado los hombres con la simple experiencia en el Arte Médica, de lo que lo han hecho, valiéndose de tantos, y tan desproporcionados medios? Con la natural filosofía de lo que aprovecha, o daña a los enfermos, tendría ya cada clima, y cada Ciudad conocidos sus oportunos remedios, y los Médicos serían más Médicos por sus curas, que lo son hoy en día, porque ellos lo dicen: pues no hay en el mundo más seguro Maestro que la experiencia, y en las Artes conjeturales, la prueba es la que decide toda disputa. Experientia est ómnium rerum efficacissimus Magister. (Plinius.) Por esto los Chinos medican con la mayor brevedad, y certeza las enfermedades; porque hasta ahora no solo se han valido de las puras observaciones, pero dudando que un hombre solo pueda saber curar todos los males, hay algunas familias prácticas en curar, unas un género de enfermedades, y otras otra especie, siéndoles prohibido entrar en la cura de aquellas dolencias, en que ellos, y sus antecesores no han hecho larga experiencia, y observación; así sucesivamente crían sus hijos, enseñándoles aquellos remedios, que en el curso de tantos años, y siglos han experimentado ser más propios, y conducentes para sanar los pobres enfermos: y lo mismo practicaron los Egipcios, según la relación de Heródoto.

Con esto hemos visto, cuán arduo sea el estudio de la Medicina, y cuánto ha crecido la dificultad de esta ciencia con la discordia, y confusión de tantas Sectas, que han querido con diferentes, y entre sí contrarios pareceres, explicar el sistema de la naturaleza. El idioma con que ella da a conocerse al Médico su Ministro, no es el que nos fabricamos con nuestro capricho, sino el que discretamente puede aprenderse de sus efectos, y de su intrínseco modo de obrar. De otra forma, si no la tomamos por maestra desde el principio, podremos bien llegar a ser Metafísicos, pero nunca Filósofos naturales; porque su sutileza sobrepuja con grande exceso la perspicacia del entendimiento humano. Naturæ operatio ipsa per se ineffabilis, recondita, longeque nostra cognitione profundior. (Galen. lib. de dict. quod in utero.). Aquel, pues, será perfecto Médico, que se hará discípulo de la naturaleza: sus doctrinas no pueden dejar de ser verdaderas, y esta es la ciencia por donde un hombre se hace Médico, y sin la cual nadie puede llegar a entender esta Arte. Naturæ scientia omni Medico necessaria. (Hipp. lib. de vet. med.)

Observando la naturaleza, se conocen las enfermedades; y obedeciéndola, se sanan. ¿Cuándo los modernos hubieran llegado a desengañarse de tantas cosas, que sus Maestros suponían verdaderas, y tan razonables, si al cabo la Anatomía no les hubiera hecho ver la falsedad del supuesto? ¿Cuándo habrían podido conseguir con toda la especulativa la organización del cuerpo humano, si últimamente no hubiesen manoseado los cuerpos muertos para mirar los artificios, y las máquinas de que se sirve la naturaleza para mantener, y hacer vivir este pequeño mundo? Los accidentes que le combaten no son más que desconciertos de las entrañas, y humores que ellas engendran, por no cumplir fielmente su oficio. De esta forma crecen las indisposiciones de este tan noble compuesto, y se hacen mortales, al paso que más se apartan de aquella ley que les impuso la naturaleza. Lo mismo conoció Galeno en el comentario de un aforismo de Hipócrates. A natura si aliquid recedat quantus est recessus, tantus est morbus: si parvus, parvus; si multus, multus; si valde multus, lethalis.

Será, pues, el conocimiento que tendremos de la Medicina, a proporción de nuestras observaciones; y otra tanta será nuestra ignorancia, cuanta será la ciega fe que prestaremos a las conjeturas de otros. No por eso hemos de despreciar la verdad, si la encontramos en algún Autor: pero débese bien reparar, que su fama no nos preocupe el entendimiento, de suerte, que las doctrinas falsas también nos parezcan buenas. Sobre todo, debemos considerar la facilidad con que podemos quedar engañados, y dejar en cualquiera enfermedad obrar por sí misma a la naturaleza, administrándole los menos remedios que sea posible, esto es, aquellos solos, de quienes hemos tenido más repetidas experiencias. Con ordenar menos recetas, se cometerán menos errores, y menos se trastornarán sus aabias operaciones; y así el que observare estas advertencias, será el menos ignorante, o será el Médico mejor que los demás. Por eso el prudentísimo Malebranche aconseja a los enfermos, se valgan de solos los Médicos que no obran cosa alguna sin motivo, que poco se confían en sus remedios, y que no son tan fáciles, y prontos en ordenar medicamentos, previniendo, que no hagan pruebas de sus caprichos, sino únicamente acompañan la naturaleza, solo corroborándola cuanto les sea posible: débeseles declarar el ánimo, insinuando que se apreciarán sus visitas a menudo, aunque no sirvan siempre de alivio; porque las más veces hacen demasiado con no acarrearnos algún daño. Credo igitur consulendos esse Medicos sapientes, qui temere nihil faciant, qui de remediis suis nimium non sperent, quiquæ ad præscribenda medicamenta non sint æquo animo promptiores, & cum morbo laboramus Medicum noscere debemus, nihil periclitari, Naturam sequi, & illam, si fieri possit roborare. Ipsi insinuare debemus nobis satis esse Rationis, & patientiæ, ut ægre non feramus, quod sæpè nos invisat, quamvis nobis nihil levaminis afferat; nam in his casibus illi satis agunt, qui nihil mali afferunt. (In illustrat. ad lib. 3. de inquir. verit.)


Discurso IV
Advertencias para vivir, y conservar la salud mucho tiempo

El mayor asesino, y homicida de los hombres ha sido el deseo de vivir largo tiempo, y de gozar una salud continua; porque para conseguir ese intento, han empezado con muy falaces conjeturas a fantasear, y quimerear muchas cosas, que más les han sido perniciosas, que saludables. Muchos, pues, que se hallaban bien, por querer hallarse mejor, se murieron, y se acortaron la vida con lo mismo que creyeron alargarla. ¡Oh! ¡Si para calificar esta verdad pudiésemos hacer que saliesen de los sepulcros todos aquellos que por esa causa murieron! Sé muy bien, que la muchedumbre de fantasmas, y de cadáveres resucitados había de ser tan numerosa, que parecería ya la fin del mundo, viéndose rebullir tantos esqueletos, que a coro lleno harían resonar en todo lugar el miserable eco de una verdad tan mal conocida. Y sin embargo todavía no advierte el engaño la república humana, sino que únicamente se duele de su mala fortuna, y cree que la naturaleza no es la misma que siempre ha sido, entendiendo que ha degenerado de aquel ser primero, en que los hombres contaban muchos siglos más, que nosotros lustros, y muchos años más, que nosotros semanas. Dase crédito a la edad de nuestros primeros mayores, la cual pasaba de muchos siglos. Pues ¿cómo después se ha acortado tanto la vida? A la verdad, la Justicia Divina siempre fue la misma, sin alteración alguna; la Divina Providencia siempre es una: la naturaleza ella por ella, siendo la misma en peso, número, y medida, que la que siempre fue, y que en adelante será. Pero habiendo el vicio variado el modo de vivir, ha hecho la vida mucho más breve, y a la humanidad más débil. Es observación indubitable, que los Labradores, los cuales se acercan más al antiguo modo de vivir, son más robustos, más sanos, más viejos, y menos expuestos a muchas enfermedades, que los que vivimos en Ciudad, muriendo la mayor parte de ellos, más por desconcierto, y consumidos de las fatigas, que por abatimiento de las indisposiciones enfermizas, y de la frecuencia de enfermedades. Según esto, después que los hombres se han retirado a las Ciudades, y han empezado a vivir entre la borrachera, y el ocio, se han hecho tan débiles de complexión, y ésta tan delicada, y enfermiza, que cualquier calenturilla los vuelve éticos y cualquier alteración de aire por leve que sea los conturba, y echa a perder su salud. De esta delicadeza viene todo el origen de una tan grande mutación, como también buena parte de las calamidades a que está sujeto el individuo humano; pues siendo todo su estudio complacer a los apetitos, y satisfacer a la destemplanza de los sentidos, ha sido preciso, que los vicios hayan crecido tanto, y consiguientemente con ellos las enfermedades: de donde contaminada la semilla del linaje humano, y viciados en su primer origen los rudimentos de la vida, pasan las enfermedades a los descendientes, como sucesión hereditaria; y así no es mucho, que se hayan estrechado tanto los términos de nuestra vida. Y valga la verdad. Aunque sea tan manifiesta la causa de la debilidad, y la brevedad de la vida, de que al presente gozamos; y aunque sea patente la causa, porque se han multiplicado tanto, y hecho tan familiares las enfermedades de los hombres: sin embargo hasta ahora no han pensado los hombres en quitar el origen, porque enamorados, y bien hallados en los placeres, solo han intentado remediar sus malos efectos; imaginando, que es composible, ser vicioso, y sano; satisfacer a la gula, al ocio, y a los apetitos, y al mismo tiempo gozar una perfecta salud, y larga vida. Pero como estas dos cosas son entre sí incomposibles y totalmente opuestas; la experiencia les ha hecho ver, que el más destemplado, y el más ocioso, es el que primero muere, y el que más frecuentemente es atormentado de enfermedades. Así creyendo lograr una vida robusta, sana, y deliciosa, se la hacen breve y achacosa, reducida a términos de un infeliz reposo. No hay duda, que si no prevaleciese en nosotros aquella anticipación de juicio, con que falsamente creemos, que deliciosamente se puede lograr la felicidad de este mundo; renovaríamos tal vez aquel siglo de oro, en que nuestros mayores vivieron pacíficamente; pero la presunción, o mal uso de nuestra razón nos ha acarreado más daño, que provecho.

Es certísimo, que si desapasionadamente queremos hacer reflexión sobre la manera de gobernarse de los demás animales, nos veremos obligados a confesar, que ellos se portan mucho mejor que nosotros. Pues yo no leo en las historias, que el ciervo, el elefante, el cuervo y otros muchos viviesen antes más que al presente: y es muy cierto, que mantienen el mismo tenor de vida sin Boticas, ni Médicos, sirviéndose solo de aquellas reglas, que les sugiere cierto discernimiento natural del bien, y el mal, que nosotros en ellos llamamos instinto, y en nosotros discurso. Y la razón de todo esto, no puede nacer de otro, sino de haberse ellos gobernado siempre con un mismo dictamen, comiendo, y bebiendo las mismas cosas, y llevando unos mismos vestidos: de donde necesariamente viviendo del mismo modo, y con las mismas circunstancias, tanto los primeros, como los segundos, quiero decir, tanto los antenados, como sus descendientes, los unos naturalmente no podían vivir más que los otros. Pero nosotros con andar mudando en todo tiempo de manera de vivir, hemos trocado la largueza en brevedad de vida, y esta se ha abreviado tanto, cuanto nosotros más nos habemos alejado de la sencillez natural, y nos habemos aplicado a las invenciones, artificios, e inconstante fantasía de nuestro genio. Pues ¿cómo curaremos los males que nuestra opinión ha hecho? No hablo aquí de los civiles, ni de los políticos, sino de aquellos solos, que son contrarios al goce de una perfecta salud. Sé muy bien, que por haberlos el uso aprobado, será muy difícil darlos a conocer; porque a los que tienen el entendimiento preocupado de semejantes anticipaciones, ninguna razón les hace fuerza. Me aplicaré no obstante a esclarecerles la razón con una tan importante verdad.

Lo que más me ha admirado, ha sido ver tantos Médicos, que han escrito innumerables volúmenes, de tuenda valetudine, los cuales si uno quisiere leer se moriría antes, que pudiese aprender las reglas para saber vivir. Esta es una Ciencia de que cualquier animal inmediatamente que nace ya es Maestro. Únicamente el hombre no la entiende, porque con los escrúpulos, y dudas de su mente, se ha hecho ignorante. Duda de todo aquello, que tan pródigamente le suministra la tierra, temiendo arruinar su complexión, o con el sobrado calor, o frialdad, o con la demasiada humedad, o sequedad de sus manjares. Y así con infinidad de fantásticas, e imaginarias cualidades, se han hecho sospechosos los inocentes beneficios de la naturaleza. Yo al contrario, considerando esto, procuraré aquí enseñar aquellas advertencias, que me parecen necesarias que las sepa el que desea gozar aquella salud posible, que la prudencia humana puede conseguir.

El cuerpo humano es una máquina organizada de innumerables partes, y todas ellas por más que tengan diferente estructura, con todo eso se dirigen a un mismo fin , que es, destilar los humores, mediante cuya circulación, y nutrimento vive el humano individuo. Dos son los principios, materia, y movimiento, de que es compuesto este admirable microcosmo, como también cualquiera otra cosa sublunar. La materia es una masa de innumerables, menudísimas, e indivisibles partecicas, a que dio el Criador diferentes figuras; y el movimiento no es otro, que un trabajador a lo musaico de todo lo criado. Este es el que compone, y destruye los mixtos; el que une, y separa las cosas; el que da, y varía las formas, y por decirlo en una palabra, el alma del mundo, o la misma naturaleza. Si él se pone en una semilla, le da vida, suministrándole toda aquella materia que después tiene para ensancharse, según las tres dimensiones de su especie.

Ahora dejemos a parte a los vegetables, y a los animales brutos, y pasemos a discurrir de nuestra vida: y examinándola desde su primer origen, vendremos más fácilmente en conocimiento del verdadero modo de conservarla. Nace, pues, el hombre del hombre (en lo que toca al cuerpo, de que solo hablaremos) produciendo en el acto venéreo, una quinta esencia epilogada de sí mismo; y para que no se acordase de su ruina, la naturaleza le hechizó con el placer del sentido, acrecentándole el deleite, cuando él más se disminuye a sí. De este modo pasa el humano embrión al útero de la mujer, donde ingiriéndose, a manera de injerto, con la vida materna, va poco a poco sazonándose, hasta que llega a estado en que pueda ya vivir introducida el alma. Desde este momento empieza nuestra vida, para cuya manutención, ninguna cosa es tan conveniente cono conservar la sangre en su movimiento natural, e ir restaurándola de las continuas pérdidas, que ella hace con su infatigable circulación.

A este fin, el Omnipotente Arquitecto fabricó dos grandes conductos por donde entrase lo que convenía para reintegrarla. El primero es la canal, que llaman Tráquea, por donde el aire que respiramos entra, y sale. El segundo es el esófago, conducto por donde entra todo lo potable, y comestible. La vitualla mantiene los humores en su proporcionada cantidad, y el aire su fluidez, y movimiento, de cuyo cuotidiano riego se alimenta cualquier parte del cuerpo. Siendo así, ya habemos visto, que no es otra cosa la vida (sin hablar ahora del alma) que una reintegración continua, y movimiento de la sangre; pues todas las veces que él para, o falta, se hace un inmoble cadáver el individuo humano. Ahora que conocemos en qué consiste la vida, con facilidad descubriremos todas aquellas causas que le pueden ser de impedimento, remediándolas, y precaviéndolas de modo, que no puedan alterar aquel tan bien regulado sistema de la naturaleza; y consiguientemente nosotros gozaremos una larga, y perfecta salud. Para comprehender todas las causas hábiles para resolver este tan noble designio, nos dejaremos de metafísicas sutiles, y nos serviremos de la más sencilla, y más prudente filosofía, haciendo reflexión sobre aquello que entra, y sale.

Dos son los ingredientes, que aumentan, conservan, restauran, y mueven esa hermosa máquina del hombre, aire, y comida. Pero como estas cosas se componen de muchas partecillas heterogéneas, así también la naturaleza se ha organizado varios intestinos, por los cuales filtrándose aquellas, que son de su servicio, las retiene, y se sirve de ellas, y a todas las otras las echa fuera como heces inútiles, y nocivas, ya por una, ya por otra parte, siendo infinitos los poros, y canales, por donde las puede arrojar. Mientras que nosotros respiremos un aire del todo perfecto, y nos alimentemos de buenas viandas, y salgan del cuerpo los excrementos, mientras duren digo estas tres circunstancias, se prolongará nuestra vida con una continua salud. Pero si alguna cosa de estas viene a faltar, a proporción de su falta, irán procediendo las indisposiciones, y enfermedades.

El aire, que es el principalísimo medio con que vive este microcosmo, por lo regular es la causa de todos sus males, porque cualquiera mínima alteración de él es suficiente para poner en desorden los humores, y los principios de la sangre, con cuya buena unión, y armonía se mantiene en salud. Por esto es menester examinar la esencia de este fluido, para que podamos venir en conocimiento de los malos efectos, que puede ocasionar en nosotros. Creyeron, y todavía creen muchos filosofastros, que el aire es un elemento simple, de que se componen los mixtos. Pero los más sabios Filósofos con sus cuotidianas experiencias han descubierto, que no tiene el aire simplicidad alguna, sino la ignorancia de aquellos que la sueñan tal.

Y valga la verdad: yo no puedo encontrar en la naturaleza cuerpo más compuesto que el aire. ¿Qué otra cosa es, sino una mezcla de efluvios, que continuamente transpiran de todos los cuerpos? O sino un seminario, un océano, un caos de principios, de que se componen todas las generaciones sublunares. Así, pues, habiendo nosotros necesariamente de vivir en este ambiente, de dos maneras nos puede ofender, o mediando el contacto extrínseco, o mediando la respiración. Por tanto, si habitásemos en lugares pantanosos, y llenos de aguas estancadas, o donde hubiese muchas concavidades subterráneas, de las cuales se exhalan muy malos efluvios, mezclándose con estos nuestros humores por medio de la respiración continua, harán que prevalezca cualquier principio, desconcertándole de aquella buena armonía, y proporcionada mistura, de la cual depende toda nuestra salud.

Con el contacto igualmente puede constipar la cutis de tal manera, que de la circunferencia de el cuerpo no transpiren los acostumbrados excrementos; los cuales retrocediendo hacia la sangre, suelen producir gravísimas enfermedades, o bien malearla con los aculeos de pestilenciales exhalaciones, e inficionar a ese modo los demás humores. De estas varias constituciones del aire procede la mayor parte de aquellos males, cuya causa por lo regular ignorantemente se atribuye, ya a una cosa, ya a otra, que son del todo inocentes. Por esto Hipócrates en su libro de flatibus, claramente enseñó, que de la mutación del aire dependen todas nuestras miserias. Subjiciam igitur mox, & illud, quod non aliunde unquam verisimile sit, morbos evenire, quam ab aere, si is, aut plus, aut minus, aut cumulatior, aut morbidis sordibus inquinatior in corpus se ingerat.

¿Cómo haremos, pues, para guardarnos de aquellos daños, que puede traernos el ambiente? ¿Y cómo impediremos, que no entren en nuestro cuerpo los malos efluvios, debiendo por necesidad de la mecánica tragarlos con la continua dilatación del tórax? A la verdad es imposible; de otra suerte, si estuviese en nuestra voluntad guardarnos de eso, como lo podemos hacer de otros males, nosotros gozaríamos una larga vida. No obstante, para consolar nuestra debilidad, la prudencia humana puede sugerir varias advertencias; con cuya diligente observación se puedan remediar, sino todas las causas aéreas del mal, a lo menos una buena parte de ellas. Porque procurando nosotros vivir bajo de un clima templadísimo, o en va lugar, en cuyo distrito no haya sino prados, colinas, y campañas fértiles de plantas saludables; de suerte, que con el continuo comercio de tantos vegetables, y exhalaciones balsámicas, se purifique nuestra atmósfera, en una tal situación, seguramente podremos respirar un aire perfecto, con cuya benigna comunicación, sazonándose los humores en sus vasos, y purificándose la sangre cada día, se gozará igualmente de tranquilidad de complexión con un salud entera.

En lo que toca, pues, a las otras mutaciones de este fluido, las cuales dependen de las influencias celestiales, de la intemperie de las estaciones, de la dañosa configuración de los Planetas, de las ventosas correrías de extranjeros efluvios; todos esos males, que de semejantes causas pueden proceder, con un exactísimo gobierno, y dieta, y con aquellos preservativos, que la experiencia ha probado que ayudan, y que son saludables, se pueden corregir, y hacer menos nocivos. Porque cada una de estas constituciones pésimas del aire, si encuentra cuerpo desordenado, y viciado, le conducirá a la muerte. Mas si encuentra en un hombre muy regulado, aunque es verdad que puede suceder le ocasione un desconcierto interior, no será difícil poderse restituir a su primer estado.

Esta es la causa por qué en una epidemia algunos mueren, otros enferman, y muchos continúan en gozar la misma salud, fin sentir en ella quiebra alguna; porque aunque sea común el contagio aéreo, no por eso deja de obrar según las disposiciones particulares, que en cada uno encuentra. Descompone al uno, porque con él coopera el desorden antecedente, y aquella hereditaria mala complexión. Al otro no hace mal alguno, porque resiste aquel reguladísimo modo de vivir, y el cuerpo bien organizado, y bien alimentado.

La causa más familiar, porque enferma nuestro individuo, es la inconstancia de este flexible elemento; porque él es tan fácil de mudar condición, que por una poca lluvia, un poquito de viento, un nubladillo, un sereno se cambia, haciéndose sentir, ya caliente, ya frío, ya húmedo, ya seco, siendo tan indiferente para cualquiera de estas ya referidas cualidades, que aunque entre sí son del todo opuestas, y contrarias, sin embargo, de un instante por otro se altera, y se muda el aire. Asimismo, a cada ligera mutación, se da por sentido el cuerpo humano, siempre que se desconciertan sus humores, o por el movimiento, o por perder el equilibrio de la debida expulsión, y consistencia.

Y valga la verdad, tanta es la fuerza de las alteraciones del aire, que observando nosotros diligentemente algún termómetro, de una hora por otra se advertirá, que aquel poco fluido, se levanta, y baja con admiración de toda la filosofía antigua; no sabiendo ella encontrar la razón de un fenómeno tal, sin recurrir al acostumbrado asilo de sus ocultas cualidades: pues si aquel licor, bien que herméticamente encerrado dentro del vidrio, siente tanto el calor, o frío del exterior ambiente; ¿cuánto más se alterara nuestra sangre, expuesta abiertamente al aire, que por todas partes se introduce, ya haciéndola más tenue, y rara, ya condensándola más? Para guardarla de todos estos inconvenientes, que de ello pueden proceder, no hay mejor cautela que aligerarse, o cargarse de ropa, según la necesidad: porque muchas veces habremos experimentado, que después que ha hecho en nosotros alguna impresión, el calor, o frío, nos han ofendido; de donde no hay necesidad de dejar el vestido de paño en el Estío, si es frío, ni de cargarse de ropa en el Invierno, si es templado.

En suma, es menester regularse, según los grados del termómetro, no según los nombres de los meses y sobre todo, no hacerse a ser tan delicado que luego que se sienta frío, se haya de correr a la chimenea, y cuando calor, a la cantina; porque no pudiéndose habitar siempre en el mismo lugar, y, siendo preciso salir de cuando en cuando al sereno, es mucho mejor acomodarse a la condición del tiempo, y padecer un poco de frío en el Invierno, y un poco de calor en el Estío, y no pasar a menudo de un lugar frío, a otro caliente, o de un cuarto retirado, al frío, proprio de la estación. A esta tan fácil mutación del aire, atribuía Hipócrates la ocasión de casi todas las enfermedades; y haciendo él una exactísima observación de la cualidad de los tiempos, anticipaba la noticia de la calidad de males, que habían de correr en la estación venidera, como claramente se infiere de la cesión tercera de sus aforismos. Mutationes temporum maxime pariunt morbos, & in temporibus magnæ mutationes frigoris, aut caloris, & reliqua juxta rationem hoc modo.

Después de haber manifestado el daño, que causa la malignidad del aire al individuo humano, pasaremos a investigar el daño que puede hacer lo que pasa al estómago por la canal de la garganta. Tres son las cosas que entran por el esófago de nuestro cuerpo, o las que son alimentos, o medicinas, o venenos. Estos son derechamente contrarios a la salud humana, y así como los primeros son los medios, con los cuales se mantiene la vida, del mismo modo se pierde con el uso de estos, porque parando el movimiento de la sangre con represarla, corroyendo con los acúleos de sus partecillas pequeñas, las cuales por donde pasa, son causa, de que estragándose los humores, y moviendo una guerra intestina, echen por tierra el ordenado sistema de la naturaleza, y la hagan incapaz de resistir a las violencias de sus contrarios. Las medicinas son un medium quid entre el alimento, y el veneno, participando igualmente del uno, y del otro; o porque sabiamente suministradas se convierten en saludables viandas, o porque ignorantemente prescriptas vienen a ser un mortal tósigo. Todo medicamento, que se suministra, si no corresponde a la indicación del mal, es una estocada que se tira al pobre enfermo, el cual si no muere es, o porque el golpe no es mortal, o porque la naturaleza es superior en fuerza, y cura la llaga que hizo la ignorancia del Médico.

Ahora vendréis en conocimiento, por qué a este discurso, el cual enseña cómo nos habemos de mantener sanos, haya anticipado aquel que exhorta a atinarse bien en la elección del Médico: porque nada aprovecharía a uno haber estudiado todos los libros que tratan de tuenda valetudine, y haber observado en todo, y por todo una rigurosísima dieta, si estando malo se fiase de un Médico, que con una plumada le quitase la vida. Es menester, pues, advertir, que no se debe tragar cosa alguna que pueda ser dañosa al propio individuo. En lo que toca al veneno, no creo que haya quien sea tan necio, que no sepa guardarse. En cuanto a las medicinas, el que menos toma está más sano; y así, si no tenemos muy segura experiencia de su aprovechamiento, o si no las manda tomar un Médico muy aprobado, e inteligente, lo mejor es no tomarlas.

Acerca del examen de las viandas de que cada día nos debemos alimentar, poco tenemos que quebrarnos la cabeza; y aunque muchísimos Autores se han fatigado en señalar en cada una de las viandas los grados de frío, de calor, de humedad, de sequedad, ventosidad, solidez, y de otras muchas cualidades; nosotros sin embargo no discurriremos en ello, enseñando solo aquellas advertencias, que aprovechan para no acrecentar mayores escrúpulos a ciertos hipocóndricos, los cuales cuanto comen, lo tragan con miedo, y todo el día no hacen otra cosa, fino ir preguntando, si tal cosa es buena, o mala, como si la naturaleza hubiese sido, o madrastra, o poco próvida en haber criado defectuoso aquello que debe ser puro mantenimiento del cuerpo.

Nosotros, pues, daremos mil gracias a la infinita Providencia del Altísimo, que en copia tan abundante, hace nacer tanta variedad de saludables, y exquisitas viandas, las cuales en sí no tienen otra malicia, sino aquella que les da nuestro mal uso, o nuestra voracidad. Asimismo, para que se entienda bien todo lo que debe saberse sobre la elección de las viandas, es menester que ante todas cosas, se desengañe de una falsa opinión, con que se han preocupado el entendimiento, y creído ciertos Médicos del tiempo de Maricastaña, dando a entender con una necia filosofía, que nuestro estómago es una olla, en la cual se cuecen los alimentos mediante el calor nativo, o con aquellos grados de calor que en sí tienen las viandas que se tragan; la cual sentencia está tan lejos de la verdad , que sería muy fácil probar que la digestión se hace por medio del frío: porque los abstemios, esto es, aquellos que siempre beben agua, que es muy fría, comen mucho más que los que beben vino, que es caliente, y aquellos digieren más cantidad de comida, que no estos otros: la cual experiencia debiera ser contraria, si fuese el calor el agente de la digestión. Que los abstemios sean mayores comedores, el mismo Hipócrates lo aprueba: Aqua vorax, vigilia vorax, (de morb. popul.) y al contrario vini potus famem solvit. (in aphorism.)

Fuera de esto, el perro que es un animal friísimo, y así lo debemos conjeturar, viéndole temblar a menudo, y buscar el calor, y estar muchas horas al Sol, aún en lo más ardiente del medio día de Agosto, en poco tiempo digiere durísimos huesos, reduciéndolos a perfectísimo quilo; y si esto hubiese de hacerse por el calor, era menester creer, que tendría un gran fuego al contorno del vientre. De aquellos pequeñísimos peces, que encerrados viven en algún estanque en el rigor del Invierno bajo del agua helada, no sería creíble, que digiriesen en medio del frío; porque si mediante el calor cociesen los alimentos, fuera necesario un continuo milagro, que impidiese que la agua apagase aquellas centellas de fuego, que se podían soñar en aquellos cuerpecillos, siendo inseparable propiedad del agua el oponerse al calor, y extinguirlo.

¿Cuál, pues, será la causa, sino el frío, de que en el Invierno comemos más que en el Estío? Si me responden, que en aquella rigurosa estación del ambiente frío esta reconcentrado nuestro calor con el aumento del cual el estómago puede cocer mayor copia de comida y que en el Estío, dilatándose fuera por eso se digiere menos que en aquella estación; cuando fuese así, habrían vencido la contienda los que sostienen contra Hipócrates, deberse beber el vino más generoso en los días del Estío, y el aguado, o ligero en los meses de Diciembre, y Enero. Fuera de que faltarían a su oficio los Provisores de la pública sanidad, permitiendo que se venda agua fría en lo más fuerte de la Canícula, siendo eso perjudicial a la común salud; porque encontrándose, según lo presupuesto, desunido, y esparcido el calor del estómago, y debilitado, fácilmente se podía sufocar, y extinguir por el uso de los refrescos, y bebidas frías: y cuán falsas sean las mencionadas razones, lo manifiesta claramente la misma experiencia, siendo certísimo, que es saludable, y cosa que ama el estómago el beber fresco.

Aunque por esto parezca estar ya establecido ser la frialdad la causa eficiente de la digestión, y no el calor: sin embargo ambas opiniones son falsísimas; porque hallándose algunos individuos, los cuales más fácilmente digieren la carne de vaca, que la de ternera; antes las viandas gruesas, que las que llamamos sutiles, y de fácil digestión; otros que han tenido por meses enteros en su estómago cierto género de viandas, como legumbres, habiendo digerido con facilidad las otras comidas; si del calor, o frialdad dependiese la digestión, ¿por qué aquel no había de cocer las codas más tiernas, y este no digerirlas indiferentemente todas? Es necesario, pues, que haya en el estómago otra cosa, que concuerde todas estas repugnancias, y sea la causa de tan diversos efectos aparentemente contrarios.

La experiencia, y la razón, dos polos sobre que se revuelve el sistema de la filosofía moderna, serán los que pondrán en claro la verdad de esta tan admirable operación de la naturaleza. Observan los Anatómicos, que se encuentra en el estómago de los más perfectos animales un cierto licor, ordinariamente de sabor ácido, y por varias experiencias han venido en conocimiento, de que aquel jugo no puede ser otra cosa sino un menstruo disolvente, del cual se vale la naturaleza para ablandar, macerar, y reducir a buen nutrimento las cosas comidas; porque constando aquel de partecillas agudas, y penetrantes, con pequeños picos se introduce, resuelve, y deshace la comida, convirtiéndola en quilo.

De la diversidad de estos ácidos resolutivos nacen los más de los efectos tan diferentes; porque fabricándose cualquiera individuo su menstruo particular correspondiente al proprio temperamento, de ahí proviene, que uno digiere mejor que otros mejor una cosa, que otra, y de una vianda recibe más partimento, que de otra. De aquí es, que toda comida es en sí saludable, y todo el daño que por ella le causa tiene su fundamento en nuestro menstruo inhábil a macerarla. Ahora con la luz de esta doctrina será muy fácil explicar cualquiera de las referidas dificultades, y no será maravilla el ver como en la variedad de viandas pueda haber una que dañe, y no se digiera por espacio de muchos días en el estómago, y también como pueda uno más fácilmente digerir las cosas, que a nosotros nos parecen gruesas, y de más difícil cocción, que otras delicadas, y más tiernas.

Pero por hacer más patente esta verdad, supongamos, que uno en su estómago tuviese agua fuerte por menstruo: si ese tal tragase plata, la podría digerir; y si oro; como aquella no es bastante a resolverlo, quedaría siempre por digerir. Al contrario, si tuviese en el estómago agua regia digeriría el oro, y quedaría la plata en su mismo ser. Todo esto procede de la variedad de las sales de que se componen esas dos aguas, las partecillas de las cuales unas son aptas para penetrar las porosidades de la plata, y las otras las del oro. Lo mismo sucede en las cosas que comemos; si nuestro fermento es capaz de disolverlas, en breve tiempo se reducen a perfecto quilo. Al contrario, se detienen en el estómago hasta que el menstruo mude de naturaleza, o las disuelva, o bien indigestas salgan fuera por una, u otra vía.

Toda nuestra salud depende de la buena cualidad de este fermento: si él falta, o se hace defectuoso, se ocasionan de ahí molestísimas enfermedades, que no se curan hasta que la naturaleza nos lo engendra nuevamente. Cuán verosímil sea esta conjetura, fácilmente se puede colegir de un aforismo del grande Hipócrates: In longis levitatibus intestinorum, si ructus acidus fiat, qui prius non erat bonum est signum, siendo indicio aquel regüeldo de que el ventrículo lo convierte en primera sustancia de su menstruo, donde puede con facilidad recuperarse juntamente la salud perdida. Así también nos enseña hacer un buen pronóstico a aquellos enfermos que se alimentan con gusto: In omni morbo, benè se habere ad oblata bonum; porque es señal evidente, de que el estómago no ha perdido su temperamento, haciendo una buena digestión, de la cual principalmente depende nuestra vida. Fuera de que sin la ayuda de aquel licor resolutivo, ¿con qué otra teórica se podrá explicar, que el avestruz digiera los metales, el cisne la arena, y tantos melancólicos la tierra, piedras, carbones, vidrio, y otras cosas extrañas, como lo atestiguan muchos físicos? Entre otros cuenta Senerto de una mujer, que en poco tiempo se comió una gran piedra, comiendo cada día dos libras. Por cierto, que si el calor hubiese de cocer todo eso, sería menester que la naturaleza en vez de estómago le hubiese dado una fragua, donde se pudiese cocer semejante materia.

Véase, pues, como se hace manifiestamente inverosímil tal opinión, y queda claramente demostrado, que este jugo ácido es el agente principal de la digestión. Él es también aquel, que nos causa la hambre, y según su cualidad nos hace desear más una cosa que otra. Así la experiencia nos ha enseñado servirnos de cosas ácidas, como del agrio del limón, del vinagre, de la sal, y de otras cosas de semejante naturaleza, no solo para avivar el apetito, sino para poder digerir mayor cantidad de viandas; porque acrecentándose con eso el fermento del estómago, más fácilmente puede ablandar mayor porción de comida. Por la misma razón, los que solo beben agua son mayores comedores, porque el agua abunda de más ácidos, que el vino, y no se ceban tan presto.

Bien entendido el orden de este tan importante supuesto, podremos observar todas aquellas advertencias, que en orden a la dieta pueden ser provechosas. En lo que toca a la elección de la comida, debemos comer sin escrúpulo todo aquello que nos agrada, y abraza el estómago, porque a uno que está bueno todas las cosas que crió la suma, y singular Providencia de Dios, son convenientes: Omnia sana sanis, y seguir el parecer de Cornelio Celso: Nullum cibi genus fugere quo populus utatur. La experiencia ha de gobernar la elección de las viandas, y las que están en uso, de las cuales experimentamos provecho, serán las más saludables, y por más que todos los Autores nos prediquen, que son las peores, sin embargo nos habemos de servir de ellas, como de las mejores: y al contrario, si algunas otras dañan, debemos abstenernos aunque todos los Médicos del mundo las celebren por buenas: Socrates monebat, ut caverent sibi homines a cibis qui non esurientes, ad edendum, & a potibus qui non sitientes ad bibendum alliciunt. (Stobæus, serm. 99. de sanitate.) La tierra, y el Sol no hacen otra cosa, que sazonarnos varias especies de frutos: después el ácido de nuestro estómago es el que causa el provecho, y el daño con una buena, o mala digestión. Los manjares son como la cera, la diferencia de los menstruos es el sello, que los hace parecer, ya de una, ya de otra cualidad.

No puede haber cosa comestible, que no puede ser util, o dañosa a algún individuo: si ella se acomoda a tu gusto, y estómago, cómela sin reparo, porque quod sapit nutrit: guardaré solo de la demasía; en ella aun lo mejor viene a ser peor, y totalmente contrario a la naturaleza: Omne nimium naturæ inimicum. Por esto debes huir ciertos guisados artificiosos, los cuales te pueden tentar el paladar, y la gula, para que el apetito no quede engañado de la dulzura, y sin reparar excedas en tragar más de lo que puede sufrir tu menstruo; porque del exceso, no de la calidad de la comida se engendran las enfermedades. Hipócrates con dos advertencias muy breves, enseñaba a conservar la salud, comer poco, y no huir el trabajo: Non satiari a cibis, & impigrum esse ad laborem.

De aquí nació el proverbio, que si bien a primer vista parece inverosímil, es sin embargo una verdad clarísima: que quien come menos, come más que los otros; porque alargándose la vida, con una dieta regular, come más que el destemplado, que luego muere por la demasía de sus excesos. Si tú observas esos dos preceptos, lograrás perfecta salud. El primero te enseña a comer únicamente lo que es menester, y a dejar la mesa con algún apetito, que el poco que te queda es indicio, de que el ácido del estómago es aún superior, y tiene aún actividad para romper, y desmenuzar lo que se hubiere comido: pero si quedas saciado hasta reventar, como dicen, aquella masa de viandas que has tragado, sobrepujando a la actividad de tu menstruo, es causa de que el quilo se haga imperfecto, y pase a viciar la sangre, en la cual se introduce, y maleando esta a los intestinos, por donde pasa, se desconcierta el cuerpo, y provienen enfermedades.

El segundo precepto enseña a trabajar. Cuán grande sea el beneficio que resulta de la fatiga, es fácil de comprehender, atendiendo a los Labradores, a los Artífices, y a todos aquellos que hacen ejercicio, los cuales por lo regular se ve estar sanos, y menos sujetos a aquellas enfermedades, a que están expuestos aquellos que pasan una vida ociosa, y perezosa. La razón de todo esto es, porque teniendo siempre en ejercicio sus miembros, y por consiguiente en mayor movimiento a la sangre, y a los humores, de este modo estos se purifican más, y el cuerpo se alimenta mejor; y poniéndose más ágil expele mejor los excrementos. Así que cumpliendo cada parte del cuerpo con su oficio puntualmente, no podrá dejar de gozarse una perfecta salud.

Ved ya, como habiendo tratado de lo que entra en el cuerpo humano, es preciso decir algo de lo que ha de salir. Para que pueda vivir esta hermosa máquina del hombre, no solo tiene necesidad de la respiración, y de la comida, sino que también necesita, de que todo aquello que entra, salga fuera. De otra suerte, llenándose los vasos de jugos, se sofocaría bien aprisa el calor nativo, y se apagaría su llama vital. Por esto maravillosamente próvida la naturaleza, conociendo cuán necesaria era la salida de la materia que entró, abrió puertas a millares en otros tantos poros. Hizo la cutis a manera de criba, a fin de que los continuos movimientos de la sangre expeliesen fuera los vapores corrompidos: Fabricó también otros muchos conductos en las narices, en las orejas, en la boca, en los ojos, y otras partes, como también en los intestinos, por donde pudiese salir la multitud de inmundicias.

Tal es la providencia de la naturaleza en procurar la salida a los excrementos, que si tal vez no se pueden expeler por los acostumbrados conductos, los busca extraordinarios, y muchas veces se vale de las mismas enfermedades para librarse; porque tal vez los recoge, y madura en un tumor, o si están mezclados con la masa sanguínea, enciende una fiebre para separarlos, y poder mejor expelerlos: y se vale de otros infinitos modos extraños, y maravillosos. De donde si la naturaleza es tan solícita en expeler los humores superfluos, es menester creer que esto importa a la salud.

Para promover una tan sana intención no hay medio más seguro, que el ejercicio cotidiano: Oportet se frequentius exercere, siquidem ignavia corpus bebetat, robur firmat; illa maturam senectutem, hic longam adolescentiam reddit; (Cornel. Celsus) más ese no ha de ser, ni muy violento, ni muy penoso, sino moderado, y grato, como es el paseo, el baile, y cosas semejantes. Con el movimiento, las articulaciones, y los músculos, las tendillas del cuerpo, los ligamentos que lo mantienen, se purifican, se hacen más expeditos, y los vasos capilares no se obstruyen. Y así como un reloj se conserva mejor, y está más fino cuando se mueve, que cuando está parado, del mismo modo sucede a la máquina humana, porque es necesario que por la transpiración insensible se evapore cierta cantidad de materia, proporcionada a aquella que se introduce.

Observó Sanctorio en su estática, que de ocho libras de comida que uno puede comer en un día, insensiblemente se transpiran cinco libras, poco más, o menos: de donde yo conjeturo, que cada día se renueva una cuarta parte de la sangre; porque teniendo el cuerpo humano cerca de veinte libras con poca diferencia, evaporando cinco, para quedar después en la misma cantidad, es menester que del alimento se hagan otras cinco; y así las otras tres que quedan, saldrán por las otras canales, o esguazaderos, como heces inútiles, y partecillas más gruesas de la comida. Entre tanto que dura esta proporcionada entrada, y salida de materia, el humano microcosmo goza de una salud perfecta, pero si come más de lo que expele, o expele más de lo que come, de aquí provienen las indisposiciones particulares. Esta es la causa, por la cual aquellos que más se fatigan comen más que los otros, porque consumiendo con el trabajo la mayor cantidad de humores, la próvida naturaleza los hace más hambrientos, pidiendo con el aumento del apetito mayor copia de viandas, para convertirlas en el capital de la sangre consumida. Lo mismo suele suceder a aquellos convalecientes, que en su enfermedad observaron una rigurosísima dieta.

Después de haber examinado todo aquello que entra, y sale de nuestro cuerpo, y es material; solo queda que digamos algo de lo que es espiritoso, y poderoso, a alterar, y hacer perder la salud. El aire, la comida, y los excrementos, no son la única causa, por la cual enferma nuestro individuo, sino que también hay otras que dependen de la opinión, y estas se llaman pasiones del ánimo, nacidas del amor, o del odio, de diferentes objetos, o de varia imaginativa de buena, o mala fortuna; porque nuestra alma, como quien tiene por satélites a los espíritus corpóreos, que son la parte más volátil de la sangre, con facilidad recibe cualquier impresión de las ideas del placer, o del disgusto, que ella forma en la fantasía; de donde ellos por la intimidad, o simpatía que tienen entre sí, se resienten a cualquier movimiento. Si demasiadamente se alegra, corren apresurados por la jurisdicción de sus nervios, y tal vez desconciertan el regulado sistema del cuerpo: o si ella se halla congojosa, y triste, ellos muy melancólicos, y temerosos se retiran, buscando la soledad, y las tinieblas, con perjuicio de la salud.

Para remediar estas morbosas causas del ánimo, nada vale la medicina, y únicamente aprovecha la filosofía moral, enseñando a tener los afectos regulados bajo la conducta de la razón, y de la prudencia. Los dictámenes de estas, son las riendas con que se doman, y hacen menos sensibles las pasiones: de donde los espíritus hechos magnánimos, e imperturbables a cualquier mundano accidente, se mantienen constantes en su oficio, y asisten a la saludable armonía de su nobilísimo individuo. Pero porque a mí no me toca hablar de esto, dejaré de tratarlo, conociendo que valen más algunos pocos documentos de Séneca, o de Epicteto, que todos los antídotos, y medicinas de Esculapio: y me contentaré con haber hablado solamente de la materia que entra, y sale del cuerpo humano, de la cual depende el nutrimento, y nuestra vida, habiendo enseñado aquellas advertencias, que es más necesario que sepa el que desea mantenerse sano; como también habiendo hecho ver el engaño de los que creen, que la digestión se hace mediante el calor.

En este discurso se descubren también las causas de las humanas indisposiciones, las cuales si todas se pudiesen prevenir, y estuviesen sujetas a la prudencia humana, no sería tan débil, y breve nuestra vida. Mas porque de muchas que dependen de varias condiciones del aire, el cual necesariamente debemos respirar, no podemos apartarnos, es necesario sujetarnos a todos aquellos desconciertos, que puede ocasionar el contagio aéreo. Ya, pues, que no podemos guardarnos de todos, procuraremos a lo menos con la dieta, con el ejercicio, con la elección de un buen clima, con la quietud, y tranquilidad del ánimo, disminuir los peligros, puesto que del todo no los podamos huir.


Discurso V
Si es mejor valerse de Médicos modernos, o Galénicos

Esto no se disputa en la sabia Academia, y gran Metrópoli del mundo; porque quitada toda duda, luce la verdad por sí misma. Es bien cierto, que en algunas Ciudades, donde aun reina el engaño, y maliciosamente triunfa la ignorancia, todavía la virtud no se ha podido dar a conocer; de donde nace, que los Galénicos están en mayor estimación. Esto proviene, de que teniendo ellos de su parte la gente más sabia, y al Pueblo de su natural contumaz, el cual con dificultad se aparta de los antiguos usos, y con mucha mayor mejora de condición: no se da lugar a que los Médicos modernos adquieran el crédito que merecen; antes bien se aplican los más sutiles estratagemas para oprimidos, y abatirlos.

La mayor ventaja que llevan, es de tener sus parciales los Médicos más viejos; porque reconociendo la autoridad, el respeto, y crédito, que consigo traen las canas, con desenfado, y libertad pueden pronunciar, como sentencia, cualquier despropósito, y por axioma, cualquier paralogismo; estando ciertos, que todo lo recibirá el vulgo como verdad infalible. Ellos como hombres advertidos, saben muy bien, que plebi non judicium, non veritas, non discrimen, non ratio, non intellectus, y que para con el idiota estará en mayor estimación una necedad que salga de su boca, que cien verdades que diga un mozo; porque ellos miden la sabiduría con la vara de los años: y naturalmente creen, que con la barba crece la doctrina, y que aquella tiene dos hijos mellizos, la vejez, y sabiduría.

Yo de ningún modo me maravillo de esto, porque es tan natural semejante engaño, que es dificultoso el repararlo. Pero me causa espanto, que la experiencia en cosa tan notable, no sea bastante para dar a conocer la verdad, y que la multitud de tantas exequias, y que el dolor de tantos contumaces, y de las crónicas enfermedades, ocasionadas de los abusos de la Medicina, no hayan penetrado los sentimientos de la prudencia humana, ni le haya hecho advertir el perjuicio de su sencilla, y demasiado crédula simplicidad.

No hay duda, que para llegar a advertirlo, es menester un largomira, y el conocimiento de una filosofía solida; de otra fuerte el entendimiento del que está preocupado de falsas ideas, no puede discernir, ni distinguir la inteligencia de la ignorancia; y tanto menos, cuanto más lleva consigo las buenas apariencias de aquella. Mucho menos puede hacer reflexión sobre los sucesos, ni es capaz de que la experiencia le haga conocer el origen de todo el mal; porque puede más el crédito que da el enfermo al Médico, que no las heridas de sus mal aplicados remedios. De donde teniendo ella de su parte toda la imaginación, hace que el miserable se duela de la propia naturaleza, y no le deja conocer el homicidio.

Mas si la experiencia no vale, ni es conocida la razón, ¿cómo se podrá dar a comprehender la verdad de la controversia? Y más siendo tantos los engaños en que está el mundo. Para llegar al fin de esto, no hay camino más expedito, como examinar el modo que tienen de curar los unos, y los otros; los cuales aunque tengan una misma intención de sanar a los enfermos, sin embargo, por conjeturar diversamente las causas del mal, se valen de medios totalmente contrarios para vencerlos.

De aquí es, que muchas veces juzgaran los unos conveniente el sangrar, cuando los otros, si se pudiera, añadirán sangre de buena gana; y así al mismo tiempo que los primeros recetarían, por su modo de entender, cosas que refrescasen, al contrario los segundos, propinarían remedios calientes. De esta contrariedad de opiniones, y modos de curar directamente opuestos nace aquella confusión universal, de que muchos enfermos, además de estar oprimidos del mal, tienen este otro más, que dudosos no saben qué partido han de seguir, ni a qué secta de Médicos aplicarse. De donde proviene, que irresolutos los abandonan, y dejan obrar a la naturaleza y por solo el temor de engañarse, siguen inocentemente lo mejor. Sin embargo la mayor parte del vulgo, en cuyo número también se incluyen aquellos, que aunque hayan tenido nacimiento ilustre, con todo esto no han salido de las tinieblas de la ignorancia, con la misma confianza retrocede, y quiere ser curada a la moda antigua, haciéndole fuerza dos tazones, que tienen una gran apariencia de verdad.

La primera es aquella de haberse practicado así por el curso de muchos siglos: La segunda la de haber algunos sido curados otras veces de esta forma. De donde les parece necedad, querer fiar la propia vida de la experiencia de los Médicos modernos. Estos dos argumentos, cuanto mejor parecen al idiota, tanto menos fuerza hacen a aquellos que tienen entendimiento perspicaz; porque el uso no canoniza las cosas, ni éstas serán verdaderas, y mejores, porque se usan. ¿Cuántas de ellas se han descubierto ya ser falsísimas, cuyo fundamento depende únicamente de la opinión, y de la demasiada credulidad de los hombres? Es política, que se mantengan en buen crédito muchas de estas, cuyo abuso redunda en público beneficio. Pero aquellas que son perjudiciales a la salud pública, no se pueden defender por ninguna parte; y Cipión Africano apreciaba más conservar la vida de un solo Ciudadano, que pasar a cuchillo muchos enemigos.

Por esto los Romanos, aunque fuesen muy detenidos, y circunspectos antes de admitir en la Ciudad alguna profesión, no obstante oyendo que la Arte Médica, no tenía otro fin, sino recuperar la salud de los enfermos, engañados de sus promesas, la acogieron con universal aclamación, y muy aprisa le dieron entrada; pero la misma política con que la recibieron, obligó a desterrarla porque a expensas de la propia sangre, y desgraciada experiencia de sus Ciudadanos, aprendieron que prudentemente debían tomar alguna providencia. De allí nació, que desterrando los Médicos de la Ciudad, introdujeron la verdadera Medicina, y por espacio de 600 años, fue el cúralo todo aquel destierro, habiéndose librado de ese modo de todos los abusos del Arte: Sicut Populus Romanus vitra sexcentesimum annum, nec ipse in accipiendis Artibus lentus Medicinæ, verò etiam avidus, donec expertam damnavit. (Plin. lib. 29.)

Así Roma restauró el crédito, que había perdido, con una tan sabia deliberación, y le adquirió la enmienda más alabanza, que desprecio el error. Porque un engaño aparente, es fácil de impresionarse en la opinión de los hombres; pero una vez introducido, es otro tanto dificultoso el reconocerle, y enmendarle. Esta dificultad, que tienen los abusos de ser desarraigados de la plebe, tiene fuerza de razón; pero para los hombres doctos, no sirve sino de argumento para probar su poca prudencia, y flaqueza de entendimiento.

En cuanto al otro argumento de haberse medicinado otras veces a la moda Galénica, y haber curado; ya queda bastantemente demostrado en el primer discurso la falacia de esta consecuencia. ¿Quién puede jamás averiguar, que los remedios suministrados, hayan sido antes provechosos al enfermo, que contrarios? El haber sido curados, no prueba que hayan sido buenos, porque aunque fuesen malos, podía suceder lo mismo. Las heridas no son todas mortales, ni toda mala receta es suficiente para matar. Desgraciados los hombres, si a cada medicina, o sangría mal ordenada hubiesen todos de morir. ¡Válgame Dios! Y qué presto se despoblarían las Ciudades.

Para reparar una tan miserable destrucción, dio fuerzas la providencia a la naturaleza de cada individuo, para resistir, no solo a las propias indisposiciones, sino muchas veces al daño que puede ocasionar la ignorancia del Médico. Pues supongamos, que la naturaleza de un individuo tenga por sí mismo las fuerzas que bastan para vencer doce grados de mal; y supongamos, (como puede suceder) que se halle asaltado de una enfermedad, la cual con todo su natural crecimiento no pueda tener más que seis grados, esto es, la mitad de las fuerzas, que hemos supuesto que tiene la complexión de aquel particular. Llámese a la cura de este enfermo un Médico, que ignorantemente le recete remedios muy contrarios; de suerte, que después en la primer medicina el mal suba un grado más de fuerzas; otro más después de la sangría, y así por el orden de los medicamentos mal recetados, vayan siempre de aumento los grados de la enfermedad, hasta poner, además de sus seis grados, otros cinco, que en todo vendrán a ser once grados de mal, por lo cual el pobre enfermo llegaría al último estado; con todo eso no tiene duda, que aun sanaría, porque le habrían quedado fuerzas aun superiores a las de la supuesta enfermedad.

Curado este tal, ¿se podría decir, que las medicinas, y la asistencia del Médico habrían sido la causa de que él recuperase la salud? A mí me parece, que se debía afirmar lo contrario y que no solamente le había procurado el Médico el alivio, sino que antes por su parte no había dejado de ejecutar todo lo que pudiera servir para quitarle miserablemente la vida. Véase, pues, cómo pueden ser falsas las razones ya referidas, y a este modo cualquier otra que pudiese alegarse en defensa de los Médicos Galenistas. Estas mismas, con otras de mayor fuerza, se prohijaban a la gente más docta; pero como esta es más capaz de descubrir la verdad, así no ha sido dificultoso a los Profesores modernos el convencerlos, y obligarlos con la razón a mudar de parecer, y hacerlos del partido de la nueva doctrina.

Si el idiota a lo menos tuviese la fortuna de conocer la flaqueza del propio entendimiento, y que en las cosas, de que no es capaz, se sujetase al juicio de los hombres más adelantados en los estudios, lograría el mismo beneficio. Pero no teniendo esta discreción, su misma ignorancia le hace estar mucho más contumaz en su mismo perjuicio. Pero adelantemos más nuestro asunto, para que con mayor evidencia se pueda decidir esta cuestión.

Es indubitable, que aquellos Médicos serán los mejores, que entienden mas, y conocen mejor la estructura del cuerpo humano; aquellos que saben dar razón de su modo de obrar, que más satisfacen el entendimiento, y mejor que los demás, advierten las necesidades de los pobres enfermos, sabiendo suministrarles más a propósito lo que necesita su mal, para que bien aprisa restauren la deseada salud. Nada de esto puede hacer quien no es moderno: Luego solo los modernos serán los Médicos verdaderos, y los más sabios Ministros de la naturaleza; pues para obrar con razón en el Arte Médica, y curar los enfermos, es menester saber muy por menudo, no solo el sitio, y la figura, sino también el uso de cualesquiera intestinos del cuerpo animado; como también en qué consista la armonía de este microcosmo, para conocer de ahí los desconciertos, y poder descubrir de los síntomas, y diferentes efectos de las enfermedades las varias causas que las producen, y después la actividad de los medicamentos, de que debe valerse para atajarlas.

¿Quién puede comprehender todo esto, mejor que el Médico moderno? Puesto que él tiene noticia de los nuevos descubrimientos anatómicos, de las demostraciones de una bien fundada mecánica, de tantas luces de la nueva filosofía experimental, de la eficacia de los remedios químicos, del uso de los microscopios perfectísimos, con que llega a ver hasta la figura de las más mínimas particulillas, de que se componen los mixtos. Sin todas estas tan necesarias noticias, ¿quién no ve, que será curar ciegamente, y que el servirse de tales Médicos es poner a riesgo la propia vida, o buscar mayor mal, cuando queremos librarnos de él? Quede, pues, sentado, qué es mejor, o menor mal, servirse de los modernos, que de los meramente Galenistas.

Yo no quiero extenderme aquí en probar a la larga con razones Médico físicas, una verdad tan clara, así porque la gente más docta bastantemente está desengañada, como también porque hay ya tantos libros, en los cuales están rechazadas las teóricas antiguas de esta Arte. No obstante procuraré desengañar a algunos que no pueden concebir, que el mundo haya podido haberse engañado tan neciamente, habiendo hecho tanta estimación de un método de curar, más perjudicial, que saludable a la república humana.

Para advertir bien un engaño tan arraigado, es menester averiguar dónde tiene su origen; porque de otra suerte no se podrá declarar este abuso, El ha nacido de la ignorancia del interés, de la malicia de los mismos Profesores. Estos viendo que para ser Médicos, basta tener el nombre, y la edad, han ideado un modo de curar, que les fuese el más fácil, el más útil, y más aparente. Tal es puntualmente el que practican los Galenistas de nuestro tiempo, como lo habemos demostrado en los antecedentes discursos. Para que se creyese mejor este método, acordaron de publicarse secuaces de los antiguos, valiéndose de su autoridad para canonizar cualquiera operación suya. Se han valido del respeto de la antigüedad para conciliarse mayor crédito, y hacer a los Pueblos más confidentes.

Se persuaden muchos, que en la fábrica de los hombres de aquellos primeros siglos, puso la naturaleza más cuidado, y mayor solicitud que la que pone al presente, y lo que es una sospecha de su imaginación, lo juzgan realidad, y no se pueden persuadir a que los sucesores jamás pudiesen excederles: y a la verdad cada día lo vemos sensiblemente en muchas otras ciencias. Es certísimo, que las letras, y la filosofía, aunque hayan tenido sus veces, y haya habido tiempos en que hayan florecido más que en otros, y en que los hombres se hayan fatigado mucho para penetrar las especulaciones naturales; como también, que ha habido otros tiempos, en los cuales ha triunfado la ignorancia, y aquellas se cultivaron muy poco: mas no por eso ellos no han mudado la organización, ni ha bastardeado su estirpe, habiendo solo variado la voluntad, y la inclinación, por haber sido diversamente educados, por otras causas. De donde quieren creer, que aunque en los siglos antecedentes haya habido sujetos de grande inteligencia, cuya verdadera doctrina, o se perdió, o corrompió; y que el tiempo, como dice el gran Bacon de Verulamio, a manera de un Río las ha arrebato por el transcurso de los siglos, y ha sumergido las más sólidas, y macizas.

Así puntualmente parece que ha sucedido en nuestros Galenistas, los cuales por más que digan que siguen al grande Hipócrates, citando cada instante sus aforismos, si se observa el éxito infeliz de sus curaciones, y su diferente modo de curar, están ellos tan apartados, y tan opuestos, como las tinieblas, del medio día, no teniendo de Hipocráticos, sino solo el nombre, y toda la sustancia de verdaderos Hipócritas: Porque hacerse discípulos de un hombre tan grande, ha sido un puro artificio para granjear el crédito, que de otra suerte les fuera difícil poder conseguir.

Al contrario los modernos de quienes siempre fue amicus Socrates, amicus Plato sed magis amica veritas, no teniendo otro fin, ni otro adalid, que una razón fortalecida de la experiencia, y que por eso sus doctrinas no pueden en todo conformarse con las antiguas; con todo eso ellos se acercan mucho más al método práctico de Hipócrates: porque el curar a lo moderno, únicamente consiste en procurar mantener las fuerzas de la naturaleza, y en socorrerla a su tiempo con los remedios, cuando ella por sí sola no es poderosa a vencer las enfermedades, como quiere el ya citado Autor.

La curación de aquellos que tanto se desvanecen en ser sus secuaces, no consiste, sino en quitar desde el principio las fuerzas con repetidas purgas, y sangrías, y después de debilitada, socorrerla con cordiales que no tienen más virtud, que dar ganancia a los Boticarios. Con el valor de las piedras preciosas, y del oro dan reputación a la cura, porque el vulgo cree, que el remedio es tanto más eficaz, cuanto más costoso. En suma parece, que estos solo han tenido la idea de buscar la apariencia del Arte, y no la Arte misma; dar a entender, que hacen una grande cosa con la abundancia, y precio de los medicamentos, preocupar con la hipocresía de la mayor solicitud el entendimiento de los hombres, y hacerse esclava a la común creencia, empleando todo el estudio en medicar la opinión, y no el mal.

En esto consiste toda la Arte, y todo el mal de los Galenistas; porque por acreditarse de diligentísimos destruidores de las enfermedades, y para hacer más sensible su medicina, se valen del hierro, y del fuego; sabiendo ellos, que el idiota cree, que los mejores Médicos, son los que sin comparación alguna desuellan, y martirizan a los enfermos; así cuanto más les multiplican las heridas, tanto mayor aplauso consiguen, estando seguros, de que aunque los infelices mueran, quedará a los parientes el consuelo de haber hecho todo lo posible, y de haber empleado toda la munición de la Facultad Médica para curarlos; o bien si sanan, redundará todo en alabanza suya, porque aquella salud que regularmente es obra de la robustez de la naturaleza, se atribuye a las operaciones del Médico, por más que muchas de ellas hayan sido más nocivas, que favorables a los enfermos.

Siendo esto así, no podía Alonso López, Médico de Carlos V, describir con frases más expresivas semejante modo de medicar de dicha raza de Médicos, que las que aquí repetiré. Isti enim, vel in levissimis affectibus, suos infirmos, supliciis infinitis injustè puniunt: dieta exquisitissima necant, pharmacis molestissimis replent, crudelibus cucurbitis, & urunt, & secant, aliaque multa patrant quæ capere memoria est impossibile: & quod nobis indignationem magis movet, ab errore crimineque mercedem accipiunt, ac punitionis loco præmia non exigua capescunt: laudantur, quod auxiliis multis adversus morbos pugnaverint, & sanitatem attulerint, quam natura attulit sola, etiam ipsis repugnantibus, nam quæ fortis est, non modo affectiones leves sanat, fed etiam errores inertium Medicorum corrigit. (in prognost. Hipocrat.)

¿Queréis ver más para persuadiros finalmente a que el Arte de estos consiste en engaños? Haced reflexión en el ordinario método, que practican estos falsos secuaces de los antiguos, y observad, cómo al principio de la curación de cualquier enfermo, luego le recetan una medicina, que ellos llaman minorativa, y los Modernos destruye estómagos; y esta con el fin de limpiar la primer región. Verdaderamente, si se mira a su buena intención, y si sucediese aquello que ellos sueñan, los enfermos podrían estar de buen aire, porque en breve tiempo recuperarían la salud perdida. Pero como no conocen, ni la disposición del cuerpo humano, ni la fuerza de los medicamentos, acaece que muchas veces sucede lo contrario de cuanto han prometido.

Mas ¿dónde han aprendido, que las medicinas hayan tenido jamás tal propiedad de limpiar? Es fácil darlo a entender a los que no son de esta Arte; porque viendo salir los excrementos, se afirman mucho más en su dictamen: Así cuanto es mayor la operación, juzgan que la medicina es tanto más favorable, y que ha limpiado mejor el cuerpo. Estos tales no saben, que los purgantes tienen fuerza de convertir los buenos jugos en malos, los humores sanos en materia podrecida, y que todo aquello que encuentran, así en el estómago, como en el lugar de donde se conduce a los intestinos, lo pueden corromper, y hacer de malísima calidad: que si pudiesen llegar a comprehenderlo, me persuado, que no serían tan necios, en vencerse a tomarlos.

Para que vengan, pues, en este conocimiento, quiero que la misma experiencia les sea maestra, y que una razón natural se lo demuestre, claramente. Un individuo para que se conserve sano, es menester, que sus humores se mantengan en tal bondad, y fluidez, cuales se requieren para conservar aquella armonía, de que depende la salud humana: de otra suerte es imposible que se halle bien, y que no se llene de jugos malos, y podridos. Ahora con esta advertencia hágase la experiencia siguiente. Tómese cualquiera purgante medicamento, y aquel mismo en la misma forma, y cantidad adminístrese a dos individuos, uno de los cuales esté perfectamente sano, y el otro enfermo, y se observará, que sale copia de heces de entrambos; de manera, que si acaso sucediese, que la evacuación del enfermo fuese más copiosa que la del sano, eso debería creerse, que sucedía, no porque la medicina no hubiese ejercitado igualmente su fuerza en el uno, que en el otro; sino porque la naturaleza del sano, hallándose más vigorosa que la del malo para poder resistir a la violencia del purgante, daba menos lugar a la operación de éste, en el uno, que en el otro.

Si esto es así, quien no infiere ser cosa tan ajena de la verdad, que los medicamentos limpian el cuerpo, que antes bien es cierto, que lo ensucian; puesto que no admite duda, que si antecedentemente a la purga, se hubiesen hallado en el sano todos aquellos excrementos, que después salieron; aquel individuo, no hubiera logrado una salud perfecta. Es necesario, pues, inferir, que los produjo la purga, pues no estaban antes. Esta es la causa de la debilidad, y desganas, que provienen a aquellos, que estando sanos, por hallarse mejores se purgan; porque corrompiéndose por la malicia del purgante los humores buenos, no pueden aquellos individuos dejar de resentirse, y perder algunas fuerzas, contaminándoseles parte del quilo, y aquellos jugos de que depende el resarcimiento de las cotidianas pérdidas de sangre, y consumo de los espíritus. Conocieron los antiguos esta verdad; esto es, Asclepíades, y el mismo Hipócrates, como se ve en sus aforismos: Sana habentes corpora, dum medicamentis purgantur, citò exsolvuntur: itemque qui pravo utuntur cibo; (Aphoris. 36. secr. 2.) queriendo inferir, que igual daño causan los medicamentos purgantes, que las viandas de mala sustancia; siendo lo mismo tener malos jugos en el cuerpo, que hacerlos malos con la medicina, si son buenos.

Visto, pues, que las medicinas hacen a los buenos malos, solo queda por averiguar, si pueden hacer buenos a los enfermos. Si estas tuviesen la discreción de purgar únicamente los malos humores, y dejar estar a los buenos, serán siempre provechosas. Pero como no tienen discernimiento para separar lo bueno de lo malo; por eso de ordinario son perniciosas. Por lo cual si habemos demostrado que dañan a aquellos que gozan una perfecta salud, mucho más dañarán a los debilitados, y enfermos. Sin embargo algunas veces, bien que pocas, pueden los purgantes ser convenientes al principio de las enfermedades. Discretamente lo dice el Grande Hipócrates: Raro principiis medicamentis uti oportet; atque hoc cum magna præmeditatione faciendum. (Aphoris. 24. prim. 5.) enseñando también, que aún en tal ocasión debe pensar el Médico muy bien, si es conveniente, o no, recetar al enfermo alguna medicina.

Díganme, pues, ahora los que blasonan ser apasionados a la doctrina antigua, ¿qué razón tienen para recetar al principio de cualquier enfermedad medicamentos purgantes? Aquella de limpiar la primer región, ya he probado que es vanísima, y contraria, no solo a la autoridad de los antiguos, sino también a la razón natural, y a la experiencia. Tienen otra, que piensan ser incontrastable, y es, que los purgantes que hoy se usan, no fueron conocidos antiguamente, los cuales siendo unos lenitivos suaves, se pueden recetar a cualquier enfermo.

A esto respondo primeramente, que es falsísima la consecuencia que infieren, esto es, que porque no fueron antiguamente conocidos, se deben ordenar ahora, queriendo Hipócrates, y la razón, que no de suministre algún remedio, que tenga fuerza purgante: Medicamenta purgatoria dare non oportet. (Hippocrat. de medic. purgant.) y es de advertir, que habla en general de todas aquellas cosas que pueden mover al cuerpo; esto es, no solo de los medicamentos, sino también de las mismas viandas, que pueden obrar lo mismo, con el uso excesivo; como lo avisa en el mismo libro: Quare fieri non potest, ut quis medicamentis confissus ea temere exhibeat, nam, & cibos nos alentes medicamenta esse putandum est, siquidem qui modum excedunt, purgantur, velut a sinceris medicamentis.

Las razones, pues, de no haberse de recetar al principio de las enfermedades los remedios purgantes, son muchísimas. Primeramente, porque la naturaleza no tiene siempre necesidad de purgarse. Segundariamente, porque al principio los humores, como ellos mismos dicen, no están cocidos, Terceramente, porque se confunden, o se perturban las buenas intenciones de la naturaleza, y por el temor de no desconcertar el estómago, fastidiar el apetito, hacerle perder las fuerzas de manera, que no pueda resistir a la violencia del mal; y por último, por otros muchos daños que pueden acarrear las medicinas, los cuales son bien notorios; y por eso regularmente en vez de disminuirse las enfermedades, se aumentan, y se ponen de peligro.

Veo que algunos podrán instar con esta dificultad: Luego los pobres enfermos que padecen estitiquez, parte por el calor de la calentura, parte por estar en la cama, ¿no habrán de tomar algún remedio, que tenga fuerza de aliviarlos de aquellos excrementos, que cotidianamente se engendran en los intestinos? Previniendo Hipócrates esto, y la necesidad de la naturaleza, acuerda el uso de los clísteles, no porque estos sean siempre saludables, sino porque pueden causar menos mal, y ser menos peligrosos: Verum si alicui opus fuerit, infussum per clysterem adhibere potes, hoc enim minoris periculi est (lib. cit.). Pues si Hipócrates tenía reparo de ordenar un pequeño lavativo, ¿cuánto más se hubiera guardado de recetar la casia, el jarabe rosado, y todas las otras cosas de ese género, que los antiguos ignoraron? Por esto enseñan las antiguas doctrinas, que al principio de las enfermedades, se deben abstener los Médicos de cualquiera medicina purgante, cuando la materia morbosa no sobreabunda; lo cual sucede rarísimas veces: Nisi materia turgeat; plerumque autem non turget. (aphoris. 22, prim. 5.)

De manera, que solamente entonces pueden ser las medicinas convenientes, cuando en el estómago se halla cantidad de materia indigesta, que no pudiendo digerirla la naturaleza, quiere ser aliviada de aquel peso de que se halla oprimida. Pero recetar purgantes al principio de cualquier enfermedad, eso no es remediar al mal, sino aumentarlo; ocasionando mayor desorden a la naturaleza, viciándole más los humores, divirtiéndola de su crisis, y confundiéndole sus designios.

De no ser bien entendidas semejantes doctrinas, proviene que los Galenistas hacen a los enfermos dos imponderables daños. El primero es, que cuando se ha de purgar alguno al principio, ellos prescriben un género de minorativas, que no teniendo tanta fuerza, cuanta se requiere para aligerar la naturaleza de la copia de los humores pecantes, aumentan la confusión, y el desconcierto, sin lograr algún alivio. El segundo daño es, que purgan cuando no hay necesidad de purgar. De estos dos engaños se acordó Cardano, mentando los aforismos de Hipócrates. Medici nostri temporis in utroque præcepto aberrarunt: nam, & in non turgente materia purgant, & in turgente alvum solum lenientes, etiam purgantes occidunt agros, causa quod Medici tam sæpè aberrent ab hoc scopo, & quod dum sum juvenes verentur, si non purgent ne pro imperitis habeantur. En estas palabras da Cardano la razón del origen de este abuso, diciendo, que los Médicos siendo Jóvenes, parte temiendo ser tenidos por ignorantes en caso de no purgar a los enfermos, por la mayor parte de aquellos a quien parece estar mal medicados, los que no andan bien corrientes de cuerpo; parte engañados de cualquier razón aparente, continúan, y se acostumbran al mismo error.

Da aquí proviene, que envejeciendo después, ordenan del mismo modo, que en sus primeros años, y su larga practica, y edad no han obrado en ellos, sino hacerlos más obstinados en sus errores; pero no les han hecho medicar con más seguridad. De esta suerte se ciegan de tal manera en semejante abuso, que si lo lleva la ocasión, practican lo mismo con sí propios, y con las personas que más aman. Plures tamen Medici sequentes consuetudinem a juventute contractam, in errore perseverant;  adeò ut etiam se, suosque, si casus se oferat, ut frequenter accidisse vidi, perimant: plurimum ergo debemus huic aphorismo, quando quidem vel cum ipso adhùc adeò male audiant Medici, ut dicere soleant Medicos plures occidere quam sanare. Quod si hic ob ex non esset, haud dubito, quemasmodum Romani fecerunt, Urbes ejecturas esse Medicos publico decreto. (Ibidem.)

De todas las referidas razones, y autoridades debemos legítimamente inferir, que cualquier cosa purgante, por leve que sea, si no se da con todas aquellas cautelas, e indicaciones necesarias, que prescribe Hipócrates, y pide la razón, puede echar a perder al enfermo, y poner la enfermedad en muy mal estado. La misma casia, que esta especie de Médicos tiene por tan benigno remedio, he visto que muchas veces ha ocasionado grandes desconciertos, y precipicios a los enfermos; de modo, que no me causa admiración aquel lugar de Libario, donde hablando de la casia, afirma haber descubierto todas las señales de veneno en aquellas personas, que la habían tomado: Memini non defuisse, qui casia sumpta, omnia pateretur quæ illi, qui venenum bauserunt.

Con todo esto, es tanta la satisfacción que tienen los Galenistas en su rancio método de medicar, que ni aun los éxitos desgraciados les hacen advertir el engaño: y si los enfermos después de haberse purgado se quejan de que se les ha aumentado el mal, luego los animan diciéndoles, que aquel es buen señal, siendo indicio de que el remedio ha batallado con los humores pecantes, que estaban ocultos: y que por eso es preciso, que la naturaleza se altere, y que suceda en ella como un tumulto. Con estas, y otras aparentes semejanzas dan a entender el mal por bien, y venden el tósigo, como si fuese bálsamo. Ahora sabréis mejor, cómo pueda ser buen señal, el que después del efecto de los medicamentos se aumente el mal. Si estos tienen propiedad de dañar, ¿por qué al contrario fiais, que luego que los recibe el enfermo, encontrará alivio? Y si es verdadero aquel axioma de los Peripatéticos, contrariorum eadem est ratio, ac disciplina, se deberá colegir, que si es buena señal, que los remedios hagan mal; al contrario será malo, que hagan bien.

De la falsedad de esta propia, y necesaria consecuencia, infiero este dilema: o que es necesario, que tenga una gran fuerza en la fantasía de los hombres semejante engaño; o que es muy grande su ceguera, puesto que unas experiencias tan visibles, no les hacen advertidos. Lo cierto es, que pide la razón, y muchos aforismos de Hipócrates, que las enfermedades se deben minorar luego, que obra el medicamento; porque o es verdad, que el remedio ha expelido el humor pecante; o que ha corrompido, y revuelto los humores, trocándolos de buenos en malos. Si lo primero es verdad, esto es, si se ha disminuido la causa del mal, deberá el enfermo sentirse aliviado. Mas si es lo segundo, es preciso que la enfermedad se haya puesto peor, y que la medicina se haya aplicado malísimamente. Si qualia purgentur, qualia purgari oportet, confert, & agri leviter ferunt; sin minus, è contra, o bien como dice en el libro de Arte: Quæ profuerunt, ob rectum usum profuerunt. Quæ verò nocuerunt, ob id quod non rectè usurpata sunt, nocuerunt. (Aphor. vit. p. 5.)

Con otro engaño procuran estos desgraciados Médicos consolar a los miserables enfermos, y es, que cuanto mayor es el daño que se les ha hecho, tanto mayor beneficio pretenden haber ocasionado, dándoles a entender, que cuanto más copiosa haya sido la evacuación, tanto mejor ha sido la medicina; y así con un bien puramente fantástico, se libran de las censuras y desvanecen las quejas. De aquí es, que los miserables enfermos, por lo regular sencillos, o poco advertidos, se ven obligados a llevar el mal en paciencia, y a recibir un daño presente, por la esperanza de un bien venidero imaginario. Un Autor moderno se ríe mucho de que Hipócrates nos venga a vender por oráculos, ciertos aforismos, como es el referido, que no hay mujercilla que no lo sepa.

¿Quién no sabe (dice el tal Autor) que si el Médico hace evacuar los humores, que se habían de purgar, redundará en beneficio del enfermo, y que eso es lo mismo, que decir: Remota causa, removeri debet effectus? No hay duda, que a primer vista parece ridículo, y superfluo el referido aforismo; pero si se carga la consideración, vendremos en conocimiento de su importancia: y yo no me persuado, que Hipócrates lo hizo sin acuerdo, y no solo lo puso entre los primeros, sino que lo repetía varias veces para confusión de los Médicos, que podremos llamar Purgadores, los cuales con una leve apariencia de bien, aun con visible perjuicio de los enfermos, los purgan, y vuelven a purgar: de manera, que no ay error más frecuente.

Entienda, pues, el enfermo, que se le ha recetado la medicina malamente, siempre que habiéndola tomado, no percibe algún sensible beneficio; y guárdese también de fiar su salud de semejantes Médicos. También advierte el dicho Médico moderno, que no debe medirse la bondad de los purgantes con la copia de los excrementos que salen, si no de la cualidad, e inmediata conveniencia. Dejectiones non multitudine sunt æstimandæ, sed si talia dejiciantur, qualia conveniunt, & ægri facile ferant. (Aphoris. 23, p. 5.)

Tres advertencias quiere Hipócrates; que haga el buen Médico, para que la medicina se aplique oportunamente, tales son, que observe el tiempo, la calidad de los humores, y lugar por donde se deban purgar. Y como al principio de las enfermedades (según habemos dicho) raras veces convienen los purgantes, por estar entonces todos los humores en confusión, por eso debe esperarse que la naturaleza haga sus separaciones, y después atender bien al lugar por donde ella se inclina a descargarlos. Esta doctrina se contiene en estos dos aforismos. Concocta medicari opportet, & quo natura vergit eo ducere (5. Aphoris. 21, y 22, p. 5.)

En estas pocas palabras consiste toda la Arte de la Medicina; y ninguna Secta de Médicos obra por lo regular más opuesta a ella, que la de aquellos que se precian de ser Hipocráticos. Porque muchos de ellos, presumiendo ser los Ministros de la sabia naturaleza, y que ella es la que solamente cura las enfermedades, al tiempo que hace sudar a los enfermos, estos, o con catárticos, o con remedios contrarios, derechamente se oponen a sus designios. De donde proviene, que las enfermedades se hacen contumaces, o a lo menos se enfurecen contra el oprimido individuo. Natura enim repugnante, irrita omnia fiunt. (Hippocrates.)

Si es, pues, el Médico (como quiere su Escuela) un puro Ministro de la naturaleza, ¿por qué ha de hacer él siempre del Doctor, y obligarla mal de su grado, ya a hacer un movimiento, ya otro, y perturbarle ignorantemente sus saludables designios? Ella no tiene después en todos los males ayuda alguna. Muchos hay que por sí sola puede soportar; porque si el mal, cono le define bien un Moderno, no es otra cosa, que un esfuerzo de la naturaleza contra la salud, procurando amontonar contra ella los humores pecantes; Morbus est naturæ conamen, materiæ morbificæ exterminatione in ægri salutem omni ope molientis: ¿por qué ha de querer el Médico con sus falacísimas conjeturas, y dudosísimos remedios, salir al opuesto, cuando ella tiene tantas fuerzas, que lo pueda hacer?

Si la Arte Médica fuese segura en sus operaciones, y se pudiese prometer con sus recetas un buen éxito, en tal caso sería siempre provechosa, y en toda enfermedad, aunque ligera, pudiera emplearse. Pero si no contiene cosa alguna cierta, siendo el entendimiento humano incapaz de comprehender las infinitas circunstancias, que deben concurrir para coadyuvar las impenetrables operaciones de la naturaleza, ¿no es así que será una ignorante temeridad de los Médicos querer prescribir cada día, ya esto, ya lo otro? Si los remedios tuviesen compasión, y no dañasen cuando no causan bien, en tal caso se podría aventurar, ordenándolos para que hiciesen bien. Pero siendo ellos, o convenientes, o perjudiciales, es preciso que hagan sus naturales efectos.

Siendo esto así, si la salud no es otra cosa, que una consonancia de humores, también la eficacia de los remedios lo que no añadirá de armonía, lo aumentará de confusión. Ni aquí tiene lugar aquel axioma de Cornelio Celso, que es mejor suministrar algún remedio incierto, que ninguno: Melius est anceps experiri remedium, quam nullum; porque esto debe entenderse, como quiere el Autor, únicamente en aquellas enfermedades, las cuales, no haciéndose alguna diligencia, son ciertamente mortales; mas no en aquellas, que naturalmente pueden inclinarse hacia la salud del individuo: y si en aquellas es prudencia tentar un remedio dudoso, no yendo a perderse nada, al contrario en estas es necedad, exponiéndose la vida, que es el todo.

Hasta ahora habemos observado, que Hipócrates iba con grande tiento al principio de las enfermedades, antes de llegar a ordenar algún remedio; y al contrario la facilidad de aquellos que tanto se precian de ser sus secuaces. Queda solo que nos adelantemos en la cura de las enfermedades, hasta descubrir la diferencia que hay, entre el método que hoy practican nuestros purgadores, y aquel que practicaban los antiguos. Estos en el aumento, y vigor de las enfermedades, se abstenían de cualquier medicamento, y dejaban toda la contienda a la naturaleza, no atendiendo sino a solas las reglas de la dieta. Cum morbi consistunt, ac vigent, melius est quietem habere. (Aphorism. 29, 2. sect.) Nuestros Purgadores, ordenada la minorativa, pasan al uso de ciertos brebajes, que llaman jarabes, y estos los dan con la intención de preparar los humores, que por eso los suministran muy por la mañana, a fin de que haciendo reseña de los pecantes, puedan evacuarlos con nuevas medicinas.

Así lo sueñan, y lo discurren, y todo esto por hacer alguna cosa, o dar a entender que la hacen, no siendo política de su Arte visitar un enfermo, y no dejarle cada vez su Récipe. No hago aquí mención de toda la serie de medicamentos, que suelen recetar los Galenistas; porque al pagar al Boticario bastantemente se conoce, que por lo regular, es mayor el dolor del gasto, que el de la enfermedad. La causa de abstenerse Hipócrates de los purgantes, y de cualquier otra suerte de medicinas en el aumento, y estado de las enfermedades, era por el temor de no perturbar a la naturaleza, para que tuviese lugar de perfeccionar sus crisis, porque saliendo éstas perfectas, venía a ahorrar el suministrar medicamentos, aun en la misma declinación, como se colige del aforismo 20. Quæ judicantur, & judicata sunt integre, neque movere, neque novare aliquid, sive medicamentis, sive aliter imitando, sed sinere oportet. O bien, sino veía algún movimiento crítico, ni declinar el mal, dejaba pasar el decimocuarto, ordinario término de las enfermedades agudas, y después tentaba con algún catártico mover la naturaleza, para que se descargase de aquellos malos humores, que la tenían oprimida. Medicamenta purgatoria dare non oportet, donec remisserit febris, sin minus saltem non intra quatuordecim dies. (De medicam. purg.)

De manera, que aquí puede alguno añadir, que si Hipócrates al principio de las enfermedades pocas veces ordenaba, nunca recetaba en su vigor, y aumento. Lo mismo practicaba en la declinación siempre que terminaban con buenas crisis. Según esto, en la mayor parte de las enfermedades, y especialmente en las calenturas, era un mero observador de la naturaleza, y ella la que curaba; mas no él a ella. ¿Quién hay que dude esto? Él mismo lo confiesa en muchísimos lugares: Naturam morbonum esse medicatricem; puesto que cuando ella hace bien su oficio, y tiene fuerzas superiores a las del mal, en tal caso no tiene necesidad alguna de ayuda extrínseca; y es saludable medicina (como él mismo lo enseña en el libro de Articulis) no recetar cosa alguna: Bonum medicamentum aliquando est nullum adibere medicamentum.

Cuando el mal, pues, es superior, de dos maneras puede el Médico socorrer a la naturaleza; o manteniéndole las fuerzas suministrándole alimento, o tales medicamentos con que las pueda adquirir, o a lo menos no perder; o bien disminuyendo las fuerzas del mal, ahora fea expeliendo la superfluidad de los humores, ahora corrigiendo su mala calidad: que por es Hipócrates con dos palabras describe toda la Arte Médica: Medicina enim nihil aliud est nisi adpositio, & ablatio. Pero porque es más fácil, saber mantener las fuerzas de la naturaleza, que disminuir las del mal, por eso los más excelentes Médicos, que ha tenido el mundo, han sido aquellos que con meros elixirios, y panaceas han procurado confortarla. Y la razón es, porque siempre que aquella tenga más fuerza, que la que tuvieren los males, podrá sin duda superarlos, y hacer todas aquellas operaciones, que con incertidumbre pudiera hacer el Arte. De aquí es, que cuando conviene, hace sudar, orinar, purgar, y otros muchos movimientos, que los Médicos llaman críticos.

Pero no lo entienden así los Galenistas, porque quieren ellos purgar, y volver a purgar, y no dejar al enfermo, aunque la naturaleza haya hecho una buena crisis, y él se halle bien, si primero no le prescriben la última medicina, y esta con la intención, como ellos dicen, de hacer una limpiadura, como si hubiesen hecho colada de su estomago, e intestinos, que por eso necesiten de almidonarse.

Con estas doctrinas, y aparentes semejanzas, han logrado de los hombres una total creencia; de manera que les parece ser curados al revés, cuando los curan de otra forma; y no advierten la consiguiente debilidad, y larga convalecencia, y las nuevas recaídas en el mal, las cuales causa este modo de curar a lo antiguo. Los Modernos al contrario, como quienes fían más de la naturaleza, que de la medicina, se abstienen más de tan nocivo abuso de purgar siempre, y sin muy conocida necesidad nunca llegan a suministrar dichos medicamentos. De donde nace, que ellos, sin vanagloriarse secuaces de Hipócrates, amaestrados de sola la razón, y la experiencia, se acercan más a la norma antigua de curar.

Los mismos abusos, que tienen los Galenistas en purgar, practican también en el sangrar; siendo igualmente sanguinarios, que purgadores. En su método, que no es otra cosa, que un abecedario de recetas; esto es un abecedario que prescribe, hoy una cosa, mañana otra, y esto en todas las enfermedades, se cuentan también las sangrías, empezando por ellas, prosiguiendo con las sanguijuelas, y acabando en las ventosas. Es verdad, que ellos todo eso lo aplican con varios fines; pero si después el éxito es contrario, como las más veces lo es, nunca tiene la culpa la crueldad del remedio, sino la contumacia del mal, o el desorden del enfermo, y como dice Plinio: Quinimò transit in convitium, & intemperantia culpatur, ultroque qui perire arguuntur. (lib. 29.)

Los verdaderos modernos, al contrario, raras veces se sirven de esta bárbara medicina; antes bien juzgan, que la sangría es una especie de homicidio; y por eso se abstienen de ella cuanto les es posible, ordenando otros remedios más conducentes, mediando los cuales, presto, y con mayor seguridad sanan las mismas enfermedades. Muchas son las razones que estos alegan contra las sangrías, como se pueden ver largamente en Leonardo de Capua, en Lucas Porcio Romano, en Jacobo Silvio Holandés, a quienes no traslado, porque quiero dejar aparte todas las conjeturas médicas, y valerme de sola una razón, que si no me engaño, me parece que no tiene respuesta, por ser dependiente de la misma experiencia.

Es certísimo según las historias, que Crisipo, Erasístrato, Elmoncio, y otros muchísimos, así antiguos, como modernos: Médicos de gloriosísima fama, por todo el curso de su vida, ejercitaron la Medicina, y curaron enfermedades de toda especie, sin que jamás sacasen una gota de sangre: Luego el sacar sangre no es necesario para curar las enfermedades: ¿no es necesario? Luego es superfluo, y fuera de eso peligroso; porque con la sangre siempre sale porción de aquellos espíritus, que son los conservadores de la vida humana. Este daño es cierto, el bien que puede causar, o es imaginario, o casual.

Sin embargo los Galenistas tienen un fortísimo argumento en contrario, que es su Aquiles; y es, que la naturaleza por sí misma, muchas veces hace salir la sangre a los enfermos, y sanan; y así el Médico que debe imitar a la naturaleza, debe también sacar la sangre. En verdad que esta razón, a primer vista parece que tiene mucha fuerza; mas pensándolo bien, está tan lejos de la verdad, que la sangría sea favorable, que antes bien es manifiesto lo contrario. Porque ¿cuál es el Galenista que sepa imitar bien a la naturaleza; esto es, que conozca qué males, cuándo, en qué lugar, en qué cantidad, y otras muchas circunstancias que la naturaleza atiende, y convenga que la sangre se saque a los pobres enfermos? Si no hay pues alguno que pueda saber estas cosas, es imposible que sepa imitar a la naturaleza.

Fuera de eso, para inferir que debe imitarse a la naturaleza en el sangrar, por ver que ella se sirve de tal remedio, era menester también, que todas las veces que ella lo practica, se experimentase quedar sanos los enfermos; pero si eso no obstante se observa, que muchos de ellos mueren, ¿cómo se ha de imitar a la naturaleza en una cosa en que no puede haber seguridad, de que es provechosa? Claramente vemos, que ella raras veces practica ese remedio, y que aun en esas suele ser poco favorable. ¿Pues cómo los Señores Galenistas tienen tanta confianza en sangrar? ¿No es manifiesto, que esto no es imitar a la naturaleza, sino querer medicar según su capricho? Sin embargo ellos dicen, que sacan sangre para refrescar. Mas yo quisiera saber ¿con qué filosofía infieren que se refresque la sangre sacándola, y fuera de eso, cómo saben que sea conveniente el refrescarla? Porque si esto fuese, más valdría que aquellos a quienes pretenden curar de ese género, se echasen en una artesa llena de agua fresca, que así con mayor facilidad conseguirían su fría intención.

Muchísimas otras razones hay contrarias a la sangría; pero como estas se pueden ver en los referidos Autores, las omito aquí, contentándome con haber demostrado, que la naturaleza raras veces se vale de ese remedio, y que por eso Hipócrates lo practicaba poco. Siendo esto así, aunque los modernos nunca sangrasen, se había de juzgar, que ellos imitan mejor a la naturaleza, y medican más a lo Hipocrático, que los mismos Galenistas; puesto que observamos, que de las cien veces que estos sangran, Hipócrates, como se colige de sus escritos, no sangraría, ni aun diez. Según esto se ve, que los Galénicos, así en el purgar, como en el sacar sangre, están muy lejos de la enseñanza de los antiguos, y que no por otra causa se desvanecen de ser sus secuaces, sino por conciliarse de este modo más crédito para con el vulgo. Si esto es asó, ¡oh enfermos! Estad bien lejos de esta raza de sanguijuelas, y siempre que se os acerquen a la cama, despedidlos con aquellas palabras del Salmista: Viri sanguinum declinate a me! (Psalm. 138, 19.), que haciéndolo así, presto recobraréis la salud.

Me alargaría yo demasiado en este discurso, si quisiese examinar por menudo todas las cosas que estos Médicos Dogmáticos irracionalmente prescriben, por curar una sola enfermedad; las cuales, como no son tan perniciosas, como la sangría, y las medicinas purgantes, las pasaré en silencio; y más, cuando cada cual con facilidad puede advertir el abuso de cada una de ellas. Mas hay una, que por su gran impertinencia no se puede pasar en silencio. Esta es la cruel invención de las ventosas, con las cuales cada día martirizan a los pobres enfermos; y si el mal no basta a atormentarlos, lo hacen éstas. Sin duda que sería loable su uso si se advirtiese que de ellas procedía algún visible beneficio; mas al contrario, es sensible el daño que hacen. Verdaderamente el remedio no puede tener mejor apariencia de ser provechoso, porque se observa salir por medio del tanta podre, que no se puede dejar de creer, que eso redunde en alivio de la naturaleza oprimida. Pero ese es un engaño de la vista; porque aquella materia corrompida, y gastada, que se halla sobre la plaga que han hecho las ventosas, dentro no es tal, cual aparece por fuera, siendo una porción de aquellos buenos humores que la próvida naturaleza filtra por tantos intestinos, a fin de alimentar el humano individuo.

Ahora quien no ve que si estos humores circulan por todo el cuerpo, en cualquier parte del que se quite la cutis, que lo cubre, de necesidad deberán faltar de todas aquellas bocas, y pequeñas canales que están abiertas. Tal puntualísimamente es la operación de las ventosas, las cuales aplicadas a cualquier parte del cuerpo, a manera de fuego, hacen levantar una vejiga, levantando la piel dolorosamente; la cual quitada, quedan descubiertos muchos pequeños agujeros, por donde es preciso que salga porción de aquellos humores, que son el común alimento de todos los miembros. Mas ¿cómo (dirá alguno) puede aquella materia ser alimento, si se descubre corrompida, y hecha una podre?

Digo que ese es un engaño de la vista, porque aquella materia, que se descubre gastada, antes de salir de sus vasos, no estaba así; sino que se pone tal, luego que se expone al aire, siendo de un temple tan delicado, que no puede mantenerse en su primer ser; o porque se evapora de ella la substancia más espiritosa; a porque mezclándose con muchas sales del exterior ambiente, se contamina de esa suerte. Y si se observara bien con un microscopio, se advertiría bien la referida diferencia. ¿Y para qué más razones? ¿No se ve claramente que sucede lo mismo, cuando al que está bueno le aplican ventosas?

Pues quien no advierte, que los Galenistas han introducido estos, y semejantes remedios, a fin de que parezca, que no dejan cofa alguna, por dolorosa que fea, que no la empleen a favor de los enfermos, no consistiendo su método en otra cosa, que en ordenar cuanto tenga apariencia de remedio, engañando con eso a la gente sencilla, que les da crédito. De aquí es, que para curar a un solo enfermo, revuelven toda una Botica, no habiendo parte del cuerpo, a la cual no apliquen, o sea emplasto, cerote, ungüento, o epítema, los cuales, como dice Plinio, no tienen otra virtud, sino la de enriquecer a los Boticarios: Non fecit ceruta, malagmata, emplastra, collyria parens illa, ac Divina rerum Artifex. Officinarum hæc, imò verius avaritiæ commenta sunt.

Raras veces los modernos se sirven de estas cofas, porque apenas pueden ser convenientes. Y si alguna vez ordenan las referidas ventosas, es en un letargo, o dormitorio, para despertar a los enfermos con el dolor que ellas causan; no porque creen, que la naturaleza pueda por medio de aquellas llagas, aligerarse de materias morbosas, que ella por tantos agujeros suyos puede expeler, siempre que se hayan cocido, como suele decirse. Por último, el medicar de estos, es obrar según las conjeturas de una buena filosofía, y el medicar de los Galenistas no es otro, como habéis observado, sino un ocuparse en tapar los ojos al vulgo; esto es, una hipocresía, y mera apariencia. Así, que a la Arte de estos no puede describirla mejor el ya citado Ángel Sala, Doctor, y Profesor en la célebre Universidad de Padua: Ars illudendi mundum, & a qua totus mundus illussus est.

No debe, pues, causar maravilla, que los Galenistas tengan mayor aplauso, que los otros; porque ¿qué método más engañador se puede inventar, que el que ellos practican? Fuera de que es interés de muchos, que se mantenga la Medicina Galénica: de manera, que sería menester toda la cautela de los Antiguos Romanos, para descubrir todas las fraudes de que se valen sus parciales, por sostener la posesión de una tan grande reputación. ¿Que habían de hacer tantos Boticarios? ¿Tantos cirujanos? ¿Tantos curanderos? ¿Y tantos otros, que viven al abrigo de este engaño, si ella no estuviese en estima?

Por lo cual os tengo, y llamo dichosos, a vosotros habitadores de los campos, y soledades, que estando enfermos, por necesidad, y falta de Médicos, dejáis vuestra curación a la providencia de la naturaleza. Dad gracias a Dios por la desgracia de haber nacido en las selvas, ya que por eso gozáis de un beneficio tan grande. Vuestra pobreza ha puesto en seguro a vuestra vida, librándola de la ignorancia, o malicia de esta Arte. No tenéis por eso ocasión alguna de estar engañados, ni de comprar los tormentos a precio de oro, ni de acrecentar el propio mal con el abuso de la medicina.

En cuanto a vosotros, oh Ciudadanos, ¿habéis visto ya cuáles Médicos se tengan por tales? ¿Quién lo puede saber? Yo sé muy bien, que el método que practican los verdaderos modernos, nunca puede ser tan dañoso, como aquel de los Galenistas; porque así lo demuestra la razón, y hace ver la experiencia. Acerca, pues, de lo que de debéis hacer, estando enfermos, me parece haber hallado todo lo que convenía en los discursos precedentes: esto es, que el récipe más seguro, y los antídotos más favorables en cualquier curable enfermedad, son la dieta, la quietud, el tiempo, y la tolerancia. De estos cuatro ingredientes se compone la Panacea universal, o por hablar más claro el Curalotodo: y el que supiere servirse de ello, recobrará la salud con poco gasto, y se curará con menor peligro.

Piense, pues, cada cual los varios acontecimientos que pueden suceder, originados de ponerse en manos del Médico; porque el que se engañara en la elección de éste, se engañará en un todo. Y así vuelvo a repetir: Noli stultus esse, ne moriaris in tempore non tuo. Ecclesiast. cap. 7.

LAUS DEO.

[ Edición íntegra del texto contenido en un libro impreso sobre papel, dice que en Valladolid 1729, de viii hojas + 191 páginas, actualizando la ortografía. ]