Filosofía en español 
Filosofía en español


Capítulo VI

Influencia del enciclopedismo francés en el pensamiento hispanoamericano

Influencia del enciclopedismo francés en el pensamiento hispanoamericano.– El buen salvaje.– Fray Benito Jerónimo Feijoo y su influjo en América.– Don Pablo de Olavide.– Ideas dominantes en Hispanoamérica durante los últimos años de la Monarquía castellana.


Llegó un día en Hispanoamérica en el que la influencia intelectual francesa fue un hecho indiscutible. Vencida España en la desigual y tremenda lucha que, guiada por un alto ideal político-religioso, con fuerte ánimo e inmenso derroche de energías, librara por la hegemonía política mundial y en que, si bien logró extender su lengua, religión y cultura por vastísimas regiones de América y Oceanía y conservar para el espíritu latino y la Religión Católica la mitad de Europa, en cambio, el alma nacional fatigada, enflaquecida y desmayada por el terrible esfuerzo, no pudo mantener la originalidad y grandeza que en la Filosofía, las Artes y las Ciencias lograra en los días magníficos del Siglo de Oro.

La filosofía enciclopedista se difundió en Hispanoamérica durante algún tiempo en forma lenta, callada, casi desapercibida, hasta que bruscamente se hicieron patentes su desarrollo, derivaciones y consecuencias lógicas. De día en día se multiplicaron los admiradores de Rousseau, fueron legión los lectores de la Enciclopedia, Voltaire se alzó con una verdadera dictadura intelectual y sus libros se acataron como verdaderos oráculos. El influjo de su obra fue tan intenso que aun perdura en nuestros días. Gracias a él, por primera vez en América se puso en duda la verdad del Cristianismo.

Si en el pensamiento hispanoamericano fue muy grande la influencia de los enciclopedistas, a su vez en las ideas de éstos, el descubrimiento del Nuevo Mundo había influido decisivamente, aunque de manera indirecta, con la concepción del buen salvaje, o sea la ingenua creencia, que tanta importancia a través de Rousseau había de lograr en varios sistemas políticos modernos, de que el hombre en su estado primitivo es un ser esencialmente virtuoso, corrompido más tarde por la civilización. Originó esta doctrina el casual encuentro de Montaigne en Rouen, en mil quinientos cincuenta y cinco, con algunos indios provenientes del Brasil. La descripción que de sus hábitos y costumbres hizo el genial ensayista francés, pintándoles como prototipos humanos de inocente bondad, los transformó en el espíritu visionario de Rousseau en símbolos de la igualdad, libertad y fraternidad a que aspiraban extensos sectores sociales y en su Discurso sobre el origen de las desigualdades humanas presentó como ideal para una sociedad decadente y fatigada, la regeneración por la vuelta al estado de la naturaleza.

La influencia del benedictino español Fray Benito Jerónimo Feijoo contribuyó también en forma profunda y decisiva a la transformación de las ideas filosóficas de los hispanoamericanos, siendo muy intensas sus ulteriores repercusiones en el campo social y en el político. Proclamándose justamente ciudadano libre de la república de las letras, si bien acataba sin reservas mentales el dogma católico, pretendía llamar a libre examen todas las cuestiones que Dios ha dejado libres a las disputas de los hombres. Vivió en perpetua lucha con lo que denominaba el monstruo de la ignorancia. Con ánimo resuelto, destrozando la veneración a lo antiguo y tradicional, se enfrentó con doctrinas a la sazón estimadas como indiscutibles y desdeñando métodos acreditados como perfectos e invariables, no vaciló nunca en burlarse de los errores y supersticiones del vulgo.

Su Teatro Crítico y sus Cartas Eruditas se hicieron popularísimas en América y constituyeron la base cultural de los espíritus más libres y audaces dentro del catolicismo, despertando en ellos el apetito de saber, la libertad de examen en materias filosóficas y políticas y la resolución para romper con preocupaciones y rutinas.

Entre los enciclopedistas americanos se destaca don Pabló de Olavide. Nació en Lima en el año de mil setecientos veinte y cinco y a los diez y seis años se doctoró en Cánones, llegando muy joven a ocupar los cargos de Oidor de la Audiencia y Auditor de Guerra. Cuando el terremoto de mil setecientos cuarenta y seis asoló su ciudad natal, su reputación de honradez y la fama de su talento eran ya tan grandes que se le designó para distribuir los fondos colectados por suscripción popular con el fin de socorrer a las víctimas del terrible siniestro. Aunque honrada su gestión, se le acusó por haber destinado gran parte del dinero reunido a la construcción de un teatro, viéndose obligado a trasladarse a Madrid para acudir a su defensa. Preso por corto tiempo, fue absuelto de los cargos que se le hacían. Después estuvo en París, intimando con varios enciclopedistas. Voltaire en una de sus cartas hubo de escribirle: “Sería de desear que hubiese en España cuarenta hombres como vos.”

No tardó en volver a Madrid, donde conquistó a poco de su llegada el corazón de una rica viuda, doña Isabel de los Ríos, y aunados los caudales de la esposa y sus brillantes dotes personales, logró destacada situación social, convirtiéndose la tertulia de su casa en centro de reunión de los filósofos al estilo francés. Rápida y brillante se desarrolla su carrera política. Síndico del Ayuntamiento de Madrid y Director del Hospicio de San Fernando, por obra y gracia del omnipotente Conde de Aranda, era en mil setecientos sesenta y siete Asistente de Sevilla e Intendente de Andalucía. Aficionado al teatro, estableció uno en su casa y tradujo gran número de obras del francés: La Fedra, de Racine; El Desertor francés, de Sedaine; la Hipermenestra y la Lina, de Lemierre; Nineta en la Corte, de Favart; El Pintor enamorado de su modelo, de Anseaume; Mérope, de Maffei; Zelmira, de Du Belloy; El Jugador, de Regnard; Casandro y Olimpia y la Zayre, de Voltaire.

El gran Jovellanos resolvió escribir, según se dice, El Delincuente Honrado, con motivo de una discusión sobre el valor y alcance de las obras y teorías dramáticas de Diderot, mantenida en Sevilla en casa de Olavide. Nunca le olvidó en su desgracia. Así en mil setecientos setenta y ocho cantaba Jovellanos la obra colonizadora del ilustre americano:

Mil pueblos que del seno enmarañado
De los Marianos montes, patria un tiempo
De fieras alimañas, de repente
Nacieron cultivados, do a despecho
De la rabiosa envidia, la esperanza
De mil generaciones se alimenta:
Lugares algún día venturosos,
Del gozo y la inocencia frecuentados
Mas hoy de Filis{1} con la tumba fría,
I con la triste y vacilante sombra
Del sin ventura Elpino{2} ya infamados
I a su primer horror restituidos.

Siempre emprendedor y entusiasta, se propuso Olavide, durante su estancia en Sevilla, realizar dos magnos proyectos: colonizar Sierra Morena y reformar la Universidad. Grandes disgustos habían de acarrearle uno y otro propósito; pero el primero, en gran parte realizado, constituye el mejor de sus títulos al recuerdo de la posteridad.

El Coronel bávaro don Juan Gaspar de Thurriegel propuso a Carlos III colonizar Sierra Morena, con seis mil alemanes y flamencos de religión católica. El Conde de Aranda aconsejó al Rey encargase a Olavide el estudio del proyecto y el dictamen de éste fue totalmente favorable. El Fiscal del Consejo de Estado Campomanes informó en igual sentido y realizado el contrato de colonización, se concedió también permiso a don José Antonio Yauch y a don Alfonso de Alburquerque para establecer, el primero, cien familias suizas, y el segundo, ciento cuarenta griegas. Designose a Olavide Superintendente de las colonias. En breve tiempo, con actividad y energía incansables, fundó numerosos pueblos y aldeas, en los que no sólo fomentó la agricultura sino también la industria. En Informe dirigido al Ministro de Hacienda, el primero de Noviembre de mil setecientos setenta y dos, enumeraba las siguientes nuevas poblaciones: en Sierra Morena: La Carolina, Vista Alegre, Navas de Tolosa, Navas de Linares, Carboneras, Escolástica, Arellano, Guarromán, Los Ríos, Rumblar, Santa Elena, Mojón Blanco, Miranda, Magaña, Aldeaquemada, Martín Pérez, Herradura, Tomajoso, Arquillas, Porrosillo, Venta de los Santos y Montizón; en Andalucía: Carlota, Baneguillas, Petite Carlota, Pinedas, Fuencubierta, Garabato, Luisiana, Campillo, Los Mantillos, Cañada Rosal, Fuente Palmera, Ventilla, Peñalosa, Herrería, Aldea del Río, Villalón, Hilillos, Fuente Carreteros y San Sebastián.

Por entonces seguía Olavide las doctrinas de los más avanzados enciclopedistas. Como él mismo escribirá más tarde: “Había concebido, no sólo el más alto desprecio, sino también la adversión más activa contra todo lo que pertenecía a la Iglesia. Creyendo que el Cristianismo era una invención humana como todas las religiones, no podía mirar en la Iglesia sino el hogar o centro de sus principales ministros, que abusaban de la credulidad en favor de sus intereses. Todas sus sociedades me parecían cavernas de impostores; sus creencias, ridículas; sus ritos, irrisorios…”

Para Olavide, según puede verse en el plan de reformas de la Universidad de Sevilla, de veinte y dos de Agosto de mil setecientos sesenta y nueve, la Metafísica y la Teología: “Son cuestiones frívolas e inútiles, pues o son superiores al ingenio de los hombres o incapaces de traer utilidad, aunque fuese posible demostrarlas”. Del escolasticismo llega a decir: “Este es aquel espíritu de error y de tinieblas que nació en los siglos de ignorancia”, “Mientras las naciones cultas, ocupadas en las ciencias prácticas determinan la figura del mundo y buscan en el cielo nuevos luminares, nosotros consumimos nuestro tiempo en vocear las cualidades del ente o el principium quod de la generación del Verbo”.

Imprudente, no recataba su pensar. Fue denunciado a la Inquisición por Fray Romualdo de Friburgo, Superior de los capuchinos suizos, que vinieron con el fin de satisfacer las necesidades espirituales de los seis mil colonos alemanes y flamencos católicos. Ya en mil setecientos setenta y seis, cuando desempeñaba el cargo de Director de los Hospicios de Madrid y de San Fernando, le habían denunciado al Tribunal de la Fe, por poseer pinturas libidinosas, habiéndose repetido la denuncia dos años después, siendo en esta segunda ocasión apercibido por el Tribunal. Fray Romualdo acusó a Olavide de ateo y hereje; de negar lo sobrenatural, la Divina Providencia, la eficacia de las buenas obras y de la oración y la realidad de los milagros; de poseer imágenes obscenas, dar mal ejemplo a los colonos, mantener correspondencia con Rousseau y Voltaire, leer de continuo sus obras, prohibir entierros en las iglesias, no consentir se tocasen las campanas durante las tempestades y defender que la tierra gira al derredor del sol. Los enemigos de Olavide aprovecharon el haber sido alejado del Poder su protector el Conde de Arando para tramar su ruina, y sus amigos acobardados por el vigor del ataque no se atrevieron a defenderle de frente. Vio Olavide el peligro que le amenazaba, y el siete de febrero de mil setecientos setenta y seis, escribió a Roda una carta, de seguro para ser mostrada a terceras personas, en la cual, ocultando su verdadero modo de pensar, aparecía diciendo a su amigo, mucho más incrédulo que él, entre otras cosas, lo siguiente: “Nacido y criado en un país donde no se conoce otra (religión) que la que profesamos, no me ha dejado hasta ahora Dios de su mano por haber faltado nunca a ella: he hecho gloria de la que, por gracia del Señor tengo, y derramaría hasta la última gota de mi sangre”, “Yo no soy teólogo, ni en esta materia alcanzo más de lo que mis padres y maestros me enseñaron conforme a la doctrina de la Iglesia”. Era Roda un estadista demasiado frío y astuto para arriesgar su situación política por arrojarse a una defensa tan incierta y llena de peligros como la de Olavide, quien ardoroso y entusiasta había procedido con escasa cautela. No le abandonó del todo, pero limitose a recomendarlo al Inquisidor General. Aunque la Inquisición estaba en plena decadencia y no era sino un pálido reflejo de la de otros tiempos, sacando fuerzas de su flaqueza, condenó a Olavide a destierro perpetuo de Madrid, Sitios Reales, ciudad de Lima, poblaciones recién fundadas en Sierra Morena y Reinos de Sevilla y Córdoba; a reclusión por ocho años en un convento, degradación y confiscación de bienes.

Le llevaron a Almagro, de allí al Monasterio de Sahagún y más tarde al Convento de los Capuchinos de Murcia. Habiendo obtenido permiso para ir a un balneario, aprovechó la ocasión para huir a Francia. Es casi seguro que sus poderosos amigos en el Gobierno le facilitaron la fuga.

En su reclusión del Monasterio de Sahagún, Olavide, poeta menos que mediano, escribió una de sus composiciones líricas más tolerables, mirada por la generalidad de los historiadores como muestra de una pasajera conversión al catolicismo, aunque esté lejos de ser una prueba concluyente de ello:

¡Señor, misericordia! A tus pies llega
El mayor pecador, mas ya contrito.
Que a tu infinita paternal clemencia
pide humilde perdón de sus delitos…

En Francia se le recibió como a un mártir de la ciencia, la libertad y el progreso y le colmaron de agasajos y honores. Diderot escribió su elogio y Marmontel compuso en su honor un poema leído en sesión pública de la Academia francesa:

Le citoyen flétri par l’absurde fureur
D’un zéle mille fois plus affreux que l’erreur,
Au pied d’un tribunal que la lumiere offense,
Accusé sans témoins, condamné sans défense,
Pour avoir méprisé d’infámes délateurs,

En pleublant les déserts d’heureux cultivateurs;
Qu’il regarde ses monts oú fleurit l’industrie,
Et fier de ses bienfaits, qu’il plaigne sa patrie.
Le temps la changera, comm’il a tout changó
D’une indigne prison Galilée est vengé.

Como España solicitase en mil setecientos ochenta y uno su extradición, tuvo que trasladarse a Ginebra. Triunfante la Revolución francesa volvió a París. La Convención, después de rendirle el homenaje de una corona cívica, le declaró hijo adoptivo de la República; pero los acontecimientos por entonces andaban en Francia muy de prisa. Las circunstancias cambiaron. Preso el diez y seis de Abril de mil setecientos noventa y cuatro, en la cárcel perdió su fe en el enciclopedismo, hasta el punto de escribir más tarde para refutarlo, su obra más famosa y de mayor mérito: El Evangelio en Triunfo{3}, publicada en Valencia, en mil setecientos noventa y ocho. El éxito del libro fue extraordinario y se multiplicaron las ediciones, si bien precisa reconocer contribuyó a ello en mucho, más que su valor filosófico y literario, las circunstancias de la época, el renombre del autor y la abjuración que hacía de su pasado. No dejaron de notar los suspicaces que en la obra, mientras se expone con bastante vigor las doctrinas de los incrédulos, en cambio es débil la refutación de ellas y la exposición de los principios del catolicismo. Quienes creen en la sinceridad de la conversión de Olavide atribuyen el hecho, cuya exactitud no niegan, a que el autor, asiduo lector de los enemigos de la fe católica, no llegó nunca, ni aún después de su conversión, a poseer profundos conocimientos dogmáticos. Indultado, volvió a España, donde escribió, a base de la versión latina de la Vulgata, una mala traducción al castellano de los Salmos{4}. También tradujo casi todos los Cantos existentes en la Biblia y gran número de himnos de la Iglesia. En la obra Poemas Cristianos{5} coleccionó varios poemas originales de carácter religioso. Olavide murió en Baeza, en mil ochocientos cuatro.

Escritor mediocre, mal poeta, conversador brillante, hombre de salón y empresa, de iniciativas poderosas y audaces, no puede propiamente contarse a Olavide entre los filósofos, aunque él aspirase a serlo y tuviere de continuo esta palabra en sus labios. Fue un eco del pensamiento francés contemporáneo, cuyos más notables representantes, si bien le superaban en mucho, no dejaron tampoco en el campo de la especulación filosófica, huellas muy profundas. Contribuyó, eso sí, a remover gran número de ideas y a popularizar en los medios cultos de España las doctrinas de Voltaire, Diderot, Rousseau y sus discípulos, influyendo así grandemente en el desenvolvimiento ulterior del pensamiento español y americano. Nadie lee hoy sus libros, los que carecen de las condiciones de pensamiento y estilo indispensables para sobrevivir.

Poco a poco, a pesar de las prohibiciones, entraban en América y se difundían con pasmosa rapidez, dadas las condiciones de la época, las obras todas de Voltaire y Rousseau: El Espíritu de las Leyes de Montesquieu; la Historia Natural de Buffon; el Tratado de las Sensaciones de Condillac, y, sobre todo, la Enciclopedia.

Aunque por Cédula de mil setecientos ochenta y cinco se ordenó recoger todos los ejemplares de la Enciclopedia, no llegó ello a realizarse, no sólo por notoria falta de celo en los encargados de hacerla cumplir, sino porque con frecuencia y fácilmente se concedían autorizaciones para leer libros prohibidos. Demuestra la tolerancia entonces existente, el hecho de que en mil setecientos ochenta y cuatro, don Manuel Belgrano, teniendo diez y nueve años de edad, recibió autorización del Sumo Pontífice para traducir a Rousseau, Montesquieu y Voltaire.

El mismo clero estaba saturado por las nuevas ideas. Monseñor Agustín Piaggio, en su libro Influencia del Clero en la Independencia Argentina, nos hace conocer los libros donados por frailes y clérigos al fundarse la Biblioteca de Buenos Aires. Nada más elocuente que esta lista en la cual se encuentran: Las Obras Completas de Locke, en inglés; la traducción francesa, en cuarenta y tres tomos, de una Historia Universal dada a luz por la Sociedad de Literatos Ingleses; la traducción española de una Historia Natural, obra de un miembro de la Real Academia de Ciencias de Londres; una Historia de las Ordenes Monásticas, en francés; y la traducción española del Diccionario Universal de Física de Brisson.

Las más altas dignidades eclesiásticas y políticas eran entusiastas lectores de los enciclopedistas. Así vemos en Méjico, al Obispo Fray Antonio San Miguel aducir en uno de sus escritos la autoridad de Montesquieu. En mil setecientos noventa y cuatro le fue robado un libro al Virrey de Nueva Granada: El libro era una Historia del Congreso Constituyente de Francia. A pesar de las prohibiciones era tan escasa la vigilancia, que cuando se fiscaliza los libros que traía de España el chileno don José Antonio Rojas, si bien se le decomisan unos pliegos de la traducción española de la Historia de Robertson, se le permite introducir, además del Teatro Crítico Universal del Padre Feijoo y de la Recreación Filosófica del Padre Teodoro de Almeida, nada menos que la Enciclopedia, las obras de Montesquieu y la Historia Filosófica y Política de los Establecimientos y del Comercio de los Europeos en las Indias del abate Raynal.

Humboldt, con su penetrante observación, nos pinta el estado espiritual de los hispanoamericanos en los últimos años de la Monarquía castellana: “Las palabras europeo y español han llegado a ser sinónimos en México y en el Perú. Los habitantes de las provincias remotas conciben difícilmente que haya europeos de otra lengua y consideran esta ignorancia de la suya como signo de baja extracción, porque en derredor de ellos sólo la última clase del pueblo no puede expresarse en español. Conociendo más la Historia del siglo XVI que la de nuestros días, creen que España continúa ejerciendo una preponderancia pronunciada sobre el resto de Europa. Para ellos la Península es el centro de la civilización europea.

No pasa lo mismo con los americanos que habitan en una capital. Si han leído obras de la literatura francesa o inglesa, caen fácilmente en el defecto contrario: tienen de la metrópoli una idea más desfavorable que la que se tenía de ella en Francia cuando las comunicaciones eran menos frecuentes entre España y el resto de Europa. Prefieren a los españoles los extranjeros procedentes de otros países, y se abandonan a la creencia de que la cultura intelectual realiza progresos más rápidos en las colonias que en la Península.”

Vientos de transformación soplaban por todos los ámbitos de los virreinatos españoles de América. Nuevas ideas, entibiando la fe católica, rompieron la unidad espiritual que aglutinaba con invisibles lazos las varias y múltiples partes de la grandiosa máquina de la unidad de la monarquía castellana. Las ideas tradicionales cedían una a una y eran reemplazadas por nuevas doctrinas, confusas aún, pero vigorosas. Una concepción distinta del hombre, la vida y el Estado iba a motivar el nacimiento de las nuevas nacionalidades hispanoamericanas.




{1} Doña Engracia, hija de Olavide.

{2} El nombre arcádico con que solían en verso llamar sus amigos a Olavide era el de Elpino.

{3} El Evangelio en Triumpho o Historia de un Philosopho desengañado.– Valencia.– Imp. de Joseph de Orga.– 1798.

{4} Salterio Español o Versión Parafrástica de los Salmos de David, de los Cánticos de Moisés, de otros Cánticos y algunas oraciones de la Iglesia en verso castellano, a fin de que se puedan cantar. Para uso de los que no saben latín.– Por el autor del Evangelio en Triunfo.– En Madrid.– Imprenta de don Joseph Doblado.– 1800.

{5} Poemas Christianos, en que se exponen con sencillez las verdades más importantes de la Religión, por el autor del Evangelio en Triunfo.– Madrid.– Imp. de Joseph Doblado.

(Ramón Insúa Rodríguez, Historia de la Filosofía en Hispanoamérica, Guayaquil 1949, páginas 173-188.)