Filosofía en español 
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Capítulo III

La Inquisición en América

La Inquisición en América.– El protestantismo en Hispanoamérica durante la Colonia: Juan Aventrot.– El judaismo en Hispanoamérica durante la Colonia: Antonio José de Silva, Daniel Israel López Laguna.– Alumbrados.


La Inquisición no existió en América durante la Conquista y los primeros años de la Colonización. No fue establecida hasta fines del siglo XVI. Sin embargo, ya en el año de mil quinientos diez y siete el Cardenal Cisneros concedió a los Obispos de Indias poderes inquisitoriales para perseguir los “crímenes o delitos de herejías e de apostasía, guarda e observancia de las setas de Moisés y Mahoma”; mas como la Inquisición española era refractaria a delegar sus facultades, se opuso a esta concesión, exigiendo se enviasen los reos a la Península. Sólo en virtud de la cédula de veinte de Mayo de mil quinientos diez y nueve, dada por el Emperador Carlos V, es que se realiza una indiscutible delegación, hecha por el Inquisidor General a favor del Padre Alonso Manso, Obispo de Puerto Rico, y de Fray Pedro de Córdova.

La Inquisición fue un organismo a la vez político y religioso, creado con el propósito de defender la religión católica; establecer la unidad religiosa y social; combatir el judaísmo, el mahometismo y el protestantismo; moralizar las costumbres; purificar el clero, y perseguir las supersticiones. Su jurisdicción era muy extensa, su autoridad grande, severas las penas que imponía. Sin embargo, su administración de justicia no era rápida y arbitraria, como generalmente suele creerse, sino lenta y formulista. Se concedían al acusado muchas garantías: Tenía derecho a ser oído en audiencia siempre que lo pidiere, a designar su abogado defensor y si no lo hacía, el Tribunal nombraba uno de oficio. Se le daban a conocer los cargos, había que evacuar todas las citas, practicar las pruebas propuestas y considerar cuanto favoreciese al reo, quien podía presentar cuantos testigos de descargo tuviere a bien y recusar jueces y secretarios. Si abjuraba, reconocía sus culpas y solicitaba absolución, el Tribunal hasta por dos veces le absolvía. Cierto que se aplicaba el tormento, pero esto era entonces práctica general en todos los países y tribunales del mundo.

Las costumbres e ideas de la época motivaron la creación de la Inquisición. Los protestantes, tras proclamar el libre examen, igualaban en intolerancia a los católicos. Eran tiempos en que los hombres animados de ardentísimo fanatismo religioso combatían sin miramientos, con ciego furor. No sólo la Inquisición derramó sangre. La intolerancia era general en Europa. Nadie sentía la noble aspiración de comprender a los demás. Todos querían imponer su opinión si era preciso, con la espada. Todos pretendían exponer la palabra de Dios con el hierro y el fuego, como si sólo para ellos hubiera sido con claridad expresada. En esta lucha implacable, toda arma, aun las más vedadas, se estimaban buenas. Lutero proclama que “Por la corrección y la Iglesia no hay que espantarse ante una buena y robusta mentira”, y frenético de gozo al ver caer degollado a Tomás Münzer, mientras millares de campesinos eran pasados a cuchillo o morían entre atroces suplicios, se jacta “de que su sangre la lleva él sobre su cabeza”. Si la Inquisición quema herejes en sus autos de fe, Calvino somete la ciudad de Ginebra a un régimen de rígida y fría tiranía y en cinco años, en una ciudad de menos de quince mil habitantes, condena a muerte a cincuenta y ocho opositores, destierra setenta y seis y quema al gran Servet por diferencias de doctrina; en Dresde, Crell, Canciller de Cristián I, elector de Sajonia, es decapitado por querer conciliar a los calvinistas con los luteranos; en Francia, las guerras de religión hicieron correr a torrentes la sangre y la revocación del Edicto de Nantes lanza setenta mil calvinistas a la emigración; en Inglaterra, Enrique VIII hizo morir en el patíbulo a dos de sus esposas, al canciller e ilustre humanista Tomás More, a cardenales, obispos, abades y monjes, a los nobles de más esclarecido linaje, a los hombres más sabios del reino, a multitud de obscuros caballeros, pacíficos burgueses y tímidas mujeres. Su hija la gran Reina Isabel dio muerte en cadalso a la Reina de Escocia María Estuardo y se mostró siempre implacable con los católicos. En América del Norte no era mayor la tolerancia: Massachusetts promulgó una Ley contra la idolatría y llegó a considerar la celebración de la misa como crimen castigado con la muerte, prohibiéndose severamente como supervivencia del romanismo celebrar la Navidad. Si un jesuita llegaba al territorio del Estado era: la primera vez expulsado, la segunda muerto. En Nueva York, a los sacerdotes católicos que penetraban al Estado se les castigaba con prisión perpetua y si trataban de huir se hacían reos de pena capital. Los católicos carecían del derecho de voto y no se les permitía ejercer cargos públicos. En Virginia, les estaba prohibido residir a los sacerdotes católicos y los seglares de esta religión no podían llevar armas ni tener caballos de cierto valor. La legislación anticatólica fue característica común a todas las colonias inglesas de América.

Con extraordinaria severidad la Inquisición combatió la hechicería; mas precisa no olvidar que los juicios por tan absurda causa eran por entonces muy frecuentes en Europa, siendo los protestantes en esta materia más severos aún que los católicos. El Juez de brujas de Lorena, Nicolás Remy, se enorgullecía de haber ejecutado en quince años a novecientos hechiceros, y graves historiadores calculan las víctimas en Alemania, sólo durante el siglo XVII, en más de cien mil. En Francia, Enrique IV decidió en mil seiscientos nueve depurar el Pays de Labourd y para ello nombró una comisión que en cuatro meses quemó cien personas. En Inglaterra, el número de víctimas llegó a treinta mil. En las colonias inglesas de Norteamérica era también la hechicería castigada con áspera sevicia.

La Inquisición persiguió en Hispanoamérica a moros, judíos, protestantes, hechiceros y blasfemos. Pero aun con anterioridad a su establecimiento en el Nuevo Mundo, en Méjico, en tiempos del Obispo Zumárraga, tan benemérito por otra parte de la cultura mejicana, se sustanciaron ciento treinta y un procesos, aunque sólo un reo fue condenado a muerte: El Cacique don Carlos Chichicatócotl.

Entre mil quinientos sesenta y ocho y mil quinientos setenta y cinco se estableció la Inquisición en América en forma de tribunal organizado para conocer las causas de fe contra españoles, mestizos y mulatos. Los indios se exceptuaron “por ser nuevos en la fe, gente flaca y de poca sustancia”.

La Inquisición tuvo en América tres tribunales: Méjico, Cartagena y Lima. Inició en el Perú sus actividades en mil quinientos setenta; y en Méjico, al año siguiente. En el Virreinato del Perú condenó a muerte a treinta personas, de las cuales quince murieron en la hoguera. En Méjico, el número de condenados a muerte ascendió a treinta y nueve, a saber: En mil quinientos setenta y cuatro fueron cinco las ejecuciones capitales; en el auto celebrado en mil quinientos noventa y seis hubieron ocho quemados en persona y diez en efigie, sesenta y seis penitenciados y se reconciliaron veinte y dos judaizantes, y en el de mil seiscientos uno los penados fueron ciento veinte y cuatro, de los que a tres quemaron vivos y a diez y seis en efigie. El número de los judaizantes llegó a cincuenta. Desde mil seiscientos cuarenta y seis hasta mil seiscientos cuarenta y nueve se celebraron en Méjico cuatro autos: tres particulares y uno general. En éste, que se realizó en mil seiscientos cuarenta y nueve, aparecieron ciento nueve penitenciados, entre ellos un calvinista y un luterano. Sólo fue quemado Tomás Triviño de Sobremonte; sufriendo doce reos más muerte en garrote. En mil seiscientos cincuenta y nueve se celebró el último auto solemne y en él se ejecutaron siete personas. En mil seiscientos setenta y ocho fue condenada a muerte una y en mil seiscientos noventa y nueve, otra. Es muy dudoso el que en mil setecientos quince se ejecutara una pena capital.

Durante la Colonia se difundieron por América, pública o clandestinamente, todas las ideas. Las librerías de los conventos y las de muchos particulares eran muy ricas, no siendo raro encontrar en ellas libros que la Inquisición romana y la española hacían figurar en sus índices expurgatorios. Cosa curiosa, no obstante el trato relativamente frecuente, ya militar, ya pirático, ya motivado por el intenso contrabando comercial, con ingleses, holandeses y colonos americanos de uno y otro pueblo, no se encuentra en la historia de Hispanoamérica ningún conato serio de difusión del protestantismo. Ello podría explicarse, aparte de razones de idiosincrasia racial hasta hoy no estudiadas, por el hecho de ser el nivel cultural de los virreinatos españoles superior en mucho al de las colonias establecidas por otros pueblos europeos en el Continente, sin olvidar que por los años en que se realizó la colonización de América, España era en el mundo la primera potencia intelectual, política y militar y la irradiación de su cultura se hacía sentir por todas partes. Mirados como inferiores los otros pueblos, su influencia intelectual tenía forzosamente que ser nula entre los criollos de origen español. Más tarde, en cambio, las doctrinas del enciclopedismo francés se difundirán en forma fulminante, obteniendo un éxito superior, y quizá más rápido, del logrado en la misma Península ibérica, no obstante haberse en ésta enseñoreado de las inteligencias en extensos sectores sociales con extraordinaria rapidez.

Por tierras de lo que hoy son Ecuador, Perú y Bolivia anduvo el célebre propagandista protestante Juan Aventrot, nacido en Altran, Alemania, calvinista famoso por una carta que, ya de vuelta en Europa, dirigió desde Ámsterdam a Felipe III, induciéndole a convertirse al protestantismo. Al portador de la carta, un sobrino suyo llamado Juan Coote, le condenaron en España a galeras. Con gran ardor continuó Aventrot su propaganda protestante, terminando por presentarse personalmente en la Península ibérica a pedir al Rey Felipe IV y a su omnipotente valido el Conde-Duque de Olivares la concesión de la libertad de conciencia. Obtuvo lo que era de temer. Se le confiscaron sus bienes y fue quemado vivo en un auto de fe celebrado en Toledo, el veinte y dos de Mayo de mil seiscientos treinta y dos.

Se asegura, aunque ello no está demostrado, que Aventrot tradujo al castellano el Catecismo de Heidelberg, obra de Ursinus y Olevianus. Lo cierto es que dio a luz varios folletos en diversos idiomas: castellano, latín, flamenco, italiano y francés, reproduciendo su carta a los Reyes de España: Sendbrief van Joan Aventrot… Amsterdam, Paulus van Ravensteyn, 1613; Carta de Juan Aventrot al poderosísimo Rey de España, en la cual brevemente se declara el Misterio de la guerra sobre las XVII provincias del País Baxo, revista y enmendada con una exhortación para los Grandes, Ámsterdam, en casa de Pablo Ravensteyn 1614; Epístola Joannis Aventroti, ad potentissimum regem Hispaniae, in qua breviter declaratur mysterium belli XVII Provinciarum Belgicarum, recognita et aucta. Cum admonitione ad proceres. Et fuit Belgice excussa, Amsterodami, apud Paulum Ravensteinum, anno 1615; Lettera di Giovanni Aventrot al Potentissimo Re di Spagna, nella quale brevemente si dichiara lo mysterio della guerra delle XVII Provincie del Paese Basso, Riveduta e corretta con una essortazione a i Grandi. Tradotta dalla lingua Fiamenga, Amsterodam 1615; Lettre missive de Joan Aventrot au tres puissant Roy d’Espagne. En laquelle est declarée succinctement le Mystere de la guerre des XVII Provinces du Pays Bas. Revuée et corrigée. Avec une admonition aux Grands, Amsterdam, imprimé par Paul de Ravensteyn, l’an 1616.

El proceso seguido contra Aventrot ha sido impreso: Copy van’t Proces ende Sententie teghens Joan Aventroot Die gekomen is in Spangien in’t Hof van Madrid, om te spreken met den Koningk van líberteyt van Conscientie, maer vande Inquisíti gevangen en na Toledo ghebracht, 1632, Ámsterdam, Gersit Jansz Arenteyn.

Juan Aventrot no fue varón de muy grande entendimiento, pero sí de fuerte ánimo y extraordinario fanatismo en la defensa de sus ideas. No han quedado noticias de su labor de propaganda en tierras de América, si alguna realizó durante su permanencia en el Nuevo Mundo.

El Gobierno español vigilaba desde un principio con receloso cuidado la inmigración al Continente americano. Poco después del descubrimiento se prohibió establecerse en Haití, a judíos, moros, nuevos conversos e hijos y nietos de quemados, es decir, de muertos en la hoguera por causas de fe.

El único escritor hispanoamericano de importancia condenado a muerte por la Inquisición, y no por la americana sino por la portuguesa, fue el famoso poeta brasileño de origen hebreo Antonio José de Silva, llamado el Judío. Nació en Río Janeiro, el ocho de Mayo de mil setecientos cinco, de familia muy rica y de gran cultura, a la que vigilaba estrechamente la Inquisición, pues la sinceridad de su catolicismo despertaba sospechas. Numerosos judíos europeos, ante la terrible persecución de que eran objeto, simularon cambiar de religión, pero continuaron practicando en secreto su culto tradicional, y como esto se les hiciera imposible en Europa, algunos buscaron refugio en América, esperando gozar, aunque fuese breve, algún respiro. La intolerancia les persiguió de inmediato y pronto dispersos se perdieron en la masa de la población católica, hasta el punto de olvidar totalmente sus orígenes. Varios miembros de la familia de Silva estuvieron, más o menos tiempo, presos por causas de fe. Los padres del poeta fueron Juan Mendes da Silva y Lorenza Coutinho. A ésta por relapsa la condenaron en un auto celebrado el diez y seis de Octubre de mil setecientos veinte y nueve, habiendo sido ya anteriormente reconciliada en auto de nueve de Julio de mil setecientos trece. En los primeros años de su vida trasladose Silva a Lisboa, donde inició sus estudios, continuándolos más tarde en la Universidad de Coimbra. Cuando en ésta estudiaba Derecho, le procesó la Inquisición. Se le acusaba de haberse convertido al judaísmo y de practicar en secreto los ritos de la religión de sus antepasados. Sometido a tormento, reconoció el hecho, si bien aseguraba haber vuelto al seno del catolicismo convencido por los sermones de un fraile dominico. En auto de fe de veinte y tres de Setiembre de mil setecientos veinte y seis salió penitenciado. Más tarde contrajo matrimonio con su prima Leonor María de Carvalho, también de raza judía, a quien la Inquisición había condenado a ser reconciliada, en un auto de fe celebrado en Valladolid. El cinco de Octubre de mil setecientos treinta y siete, Antonio José de Silva fue delatado a la Inquisición por una esclava de su madre, acusándole de guardar las abstinencias del rito judío. En el auto de fe celebrado el diez y ocho de Octubre del mismo año, se le decapitó, arrojándose después a las llamas su cadáver.

La decadencia de la escena portuguesa era por entonces extrema y Antonio José de Silva se alzó con su cetro, aunque sus obras, es preciso reconocerlo, son todas de segundo orden. No olvidó a su tierra natal y en sus óperas suele emplear en los trozos de canto los aires brasileños denominados modinhas. Escribió: Vida do Grande Don Quixote e do Gordo Sancho Panza (1733), refundición de un entremés castellano de Nuno Nisceno Sutil; Esopaida o Vida de Esopo (1734); Os Encantos de Medea (1735); Amphitryao ou Júpiter e Alcmena (1736); Labyrintho de Creta (1736); Guerras de Alecrim e Mangerona (1737); Variedades de Protheu (1737), y Precipicio de Phaetonte (1738).

Daniel Israel López Laguna, judío de religión y raza, tradujo, cuando residía en la Isla de Jamaica, los Salmos, según nos cuenta él mismo en unos versos autobiográficos:

A las musas inclinado
He sido desde mi infancia:
La adolescencia en Francia
Sagrada escuela me ha dado:
En España algo han limado
Las artes mi juventud:
Hoy Jamaica en canción
Los salmos da a mi laúd…

López Laguna sabía bastante hebreo y su traducción no carece de mérito; pero su gusto era tan malo y desatinado que osó traducir en seguidillas algunos salmos de David. ¡Audacia inconcebible, en verdad, la de profanar así la majestuosa severidad, la espléndida magnificencia, la imaginación ardorosa, el arranque lírico del Rey profeta!

Esta traducción de los Salmos se publicó en Londres con el título de Espejo fiel de vidas, en mil setecientos veinte.

Un capuchino español, en el siglo XVIII, propagó doctrinas de alumbrados en Cartagena de Indias, estableciendo una tenebrosa secta de iluminados, mezcla de lujuria e ideas heterodoxas. Aseguraba haber recibido revelaciones durante la Consagración. Su doctrina reducíase a sostener que para alcanzar perfección espiritual y vencer la sensualidad era preciso satisfacerla, siendo inocentes los actos sexuales realizados in charitatis nomine. La Inquisición envió preso a España al capuchino, quien había sido misionero apostólico y desempeñado el cargo de guardián. D. Juan Antonio Llorente,{1} que es quien nos relata estos hechos, silencia el nombre del reo. Este, en un principio, no vaciló en sostener la autenticidad de la revelación recibida, llegando a proclamar que Dios le había relevado de cumplir con el sexto mandamiento. El Inquisidor Rubín de Cevallos y el Secretario de la Suprema, Llorente, no querían condenarlo como hereje y agotaron cuantos medios estaban a su alcance para salvarle. Al fin consiguieron declarase que eran falsas las revelaciones y sólo había obrado movido de lujuria. La Inquisición, ya por entonces débil y muy tolerante, le impuso un castigo poco severo. Se le hizo adjurar de levi, le privaron de licencias con carácter perpetuo y lo recluyeron por cinco años en un convento. Además, se le sometió a severos ayunos y penitencias y sus hermanos de hábito le aplicaron algunos azotes con el fin de volverle al buen camino. Unas monjas, que se contaban entre sus discípulas, fueron tratadas también con bastante benignidad, y se las dispersó por varios conventos.

No fue este el único conventículo de alumbrados en Hispanoamérica, pero en todos ellos hubo siempre en sus dogmas más lujuria que filosofía. Verdad eso solía ser muy frecuente entre estos obscuros sectarios, lo mismo en Europa que en la América de habla española y en la de habla inglesa. Sus creencias no consiguieron nunca en el Nuevo Mundo el número de adeptos que en diversos tiempos tuvieron en el Viejo, donde algunas sectas, como la de los fraticelos, lograron extraordinaria difusión. Los alumbrados constituían generalmente conventículos secretos en los cuales se reunían personas que profesaban un falso misticismo. Su creencia básica se reducía a que el alma en la pura y absorta contemplación de la esencia divina pierde toda individualidad y logra tal perfección que se torna impecable, careciendo el acto malo cometido en tal estado de carácter pecaminoso. Nunca tuvieron unidad de doctrina, variando ella sustancialmente de un grupo a otro; pero todas eran más o menos peligrosas para la moral cristiana y las buenas costumbres. En Hispanoamérica la Iglesia Católica los persiguió enérgicamente hasta lograr su total extinción.




{1} Histoire Critique de l'Inquisition d'Espagne, depuis l'epoque de son etablissement par Ferdinand V jusqu'au régne de Ferdinand VII, tirée des piéces originales des archives du Conseil de la Supréme et de celles des Tribunaux subalternes du Saint Office. Par D. Jean-Antoine Llorente.– París.– 1818.– Tomo IV.

(Ramón Insúa Rodríguez, Historia de la Filosofía en Hispanoamérica, Guayaquil 1949, páginas 93-106.)