Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo XVI
Profetas del porvenir
Sumario: Inquietud presente.– Los falsos sistemas, vistos por nuestros pensadores.– La cruzada española.– Las guerras europeas.– El expansionismo ruso y la influencia norteamericana.– ¿Hacia una tiranía universal y despótica?
Llegamos al último capítulo de nuestro trabajo. Nuestros pensadores, a fuer de realistas y estudiosos del pasado, fueron también profetas del porvenir. Todos llevan fama de videntes, y según pasa el tiempo se acentúa esta cualidad. Sobre ella queremos tratar, cerrando ya nuestro estudio.
En primer lugar, los pensadores del mil ochocientos hablaron de los sistemas que hoy dominan el mundo, y que entonces acababan de incubarse, con visos de exactísima realidad. El socialismo, el comunismo, la apostasía de las masas, la revolución española, las guerras europeas, todo estuvo presente a su vista y patente en sus retinas de historiadores y filósofos del porvenir. Como de costumbre, aplicaremos el argumento de la afirmación y testimonio, en prueba de la mejor garantía.
«Jamás se ha visto la sociedad con un desarrollo tan general, tan grande y tan simultáneo de fuerzas morales y físicas; jamás se había visto tanta acción, tanto movimiento; sin embargo, se nota la falta de un principio regulador que encamine esas fuerzas al bien de la sociedad.»
«La España nueva se divide en dos fracciones: unos quieren anarquía en las ideas y anarquía en los hechos; otros, anarquía en las ideas y despotismo legal sobre los hechos; que también a la sombra de las leyes y por medio de ellas se puede establecer el más puro despotismo…»
Huelga afirmar que este lenguaje es del filósofo de Vich, que tratando del socialismo añade:
«Que las ilusiones de esa escuela no son para despreciadas lo indica la repetición de sus aspiraciones en diferentes tiempos y países y que el mal éxito del innovador no desalienta a sus imitadores. Hay en la actualidad una circunstancia notable y alarmante. En todas las épocas se han visto hombres que soñaban con una república, pero estos filósofos no salían de la esfera de tales; no sucede así hoy, pues que los reformadores no se resignan al papel de utopistas, sino que, empeñados en hacer aplicaciones de sus ideas, se han erigido en fundadores y directores de una sociedad nueva, enteramente calcada en los principios que ellos mismos inventan»{1}.
Muchísimo más añade el autor de los Estudios sociales comentando las teorías de Rousseau, Montesquieu, Roberto Owen y demás utopistas sociales.
En cuanto a Donoso, va más adelante en sus afirmaciones proféticas. «Si se considera –dice– esta sociedad agitada y palpitante, sus oscilaciones se parecen menos al movimiento de la vida que a las convulsiones de la muerte; sólo el quebrantamiento de aquellas leyes eternas por las que se gobierna y rige el mundo moral puede explicar los ásperos trastornos que hoy padecen las sociedades y el gran cataclismo que ha venido sobre las gentes. Los filósofos quisieron explicar al hombre y construir la sociedad, y la sociedad y el hombre se han aniquilado entre sus manos. El socialismo no es otra cosa sino la razón social de una compañía de histriones.» Los sistemas socialistas son hijos de los liberales, y por eso merece el padre los mismos calificativos que el hijo: «A las teorías sobre la penalidad de las monarquías absolutas se siguieron las de las escuelas liberales, que trajeron las cosas al punto en que hoy las vemos: tras las liberales vienen las socialistas con su teoría de las insurrecciones santas y de los delitos heroicos; no serán éstas las últimas, porque allá en los lejanos horizontes comienzan a despuntar nuevas y más sangrientas auroras. El nuevo evangelio del mundo se está escribiendo quizá en un presidio, y el mundo no tendrá sino lo que merece cuando sea evangelizado por los nuevos apóstoles.» Recordemos su discurso sobre la situación de Europa en 1849, llamado «de los frenos» o de las represiones, al que no le falta sino coronarlo con la represión de la bomba atómica{2}.
No estuvo menos, acertado Cánovas en sus apocalípticas profecías:
«La tradición religiosa –dice–, todavía no extinta, ni mucho menos, en los campos principalmente; el desconocimiento de las propias fuerzas; la falta de medios rápidos y seguros de recíproca inteligencia y organización; la nativa indisciplina del gran número y otras tales o semejantes causas retardan y retardarán más o menos que la identidad del sufragio universal y del comunismo se establezcan en los hechos; pero como eso es inevitable, al fin vendrá. Porque el comunismo en todas sus formas es hijo del sufragio universal y de la descreencia religiosa, como el socialismo.»
Y aun estuvo más elocuente concretando a nuestra Patria:
«La España mística y guerrera del siglo XVI, servil y pobre en el XVII, decaída casi siempre desde entonces, sin que una mudanza de dinastía ni dos guerras de sucesión, ni una contienda épica por su independencia, ni sesenta años de revoluciones políticas le hayan podido poner en camino de recobrar de verdad su grandeza, que aun deba contársela hoy en día por la única nación de Europa donde de vez en cuando se predique el comunismo o se organice un socialismo impío y disolvente…»
La realidad ha confirmado estos solemnes vaticinios sociales y españoles{3}.
Aun dijo más Aparisi con aires y acentos proféticos:
«Es menester adelantarse a los tiempos. Todas las cuestiones sociales que amenazan pueden, deben, tener soluciones católicas. Contra la doctrina que os hace reyes de la tierra, pero reyes miserables nacidos del polvo para convertirse en podredumbre, está esa doctrina que nos hace hijos de Dios y nos ofrece en el cielo una corona. Contra la doctrina que tiende a destruir todas las jerarquías, ese espíritu de caridad que hace a los hombres hermanos…, y, para no cansaros, contra la revolución, está la religión, y nosotros, que reprobamos todo lo malo de los tiempos antiguos y aprobamos todo lo bueno de los presentes; nosotros, que creemos que la sociedad está fuera de los caminos de Dios; nosotros queremos que el evangelio, que es ley de libertad, aliente nuestras obras y viva en nuestras leyes; nosotros creemos que puede salvarse Europa, perfeccionarse, progresar la sociedad hasta donde es dado a la humana naturaleza, unida estrechamente a esa Iglesia santa que venció a las tiranías del mundo derramando su sangre, que luchó en la Edad Media por los fueros de los pueblos y que entonces y ahora y siempre atraviesa las edades coronada de gloria o de espinas, pero conservando intacto el depósito de la fe. No le queda ya a la Iglesia sino una cruz de madera, pero es la cruz en que murió Jesucristo»{4}.
Y seguía Mella:
«El bolchevismo triunfa, se extiende por toda Europa. ¿Con qué lo vamos a contener? ¿Con esos partidos locales y contrahechos, fragmentos exagerados de un principio nuestro, como el catalanismo y el bizcaitarrismo, tan elocuentemente criticado por los Sres. Pradera y Careaga? Yo creo que a esas gentes, si no avivan el seso, cuando llegue la hora sangrienta los va a sorprender bailando sardanas y zortzicos al borde de un cráter…»
«Posible es que la anarquía rusa, que es demasiado violenta para durar mucho, se descomponga y caiga; pero el bolchevismo no perecerá por eso. Es una idea siniestra y absurda, pero que sopla sobre apetitos inflamados y que antes de servirla habían destronado el orden moral o se habían encargado de quitárselo otros bolchevistas correctos, comedidos y hasta filantrópicos y enemigos de la efusión de sangre. Ellos les han enseñado tenazmente, hasta esculpírselas en el alma, estas sentencias: «No tenéis límites religiosos, ni morales, ni jurídicos para vuestras propagandas. Tenéis derecho a atacar a Dios, la vida futura, la ley moral y todas las bases sociales…» Los bolchevistas contaron los puños, y como saben que la masa sigue a los audaces, encaramaron sobre sus espaldas zares a la medida de su instinto…»{5}.
Maeztu vio igualmente con ojos proféticos el porvenir social. «Al morir Menéndez y Pelayo –dice– el 19 de mayo de 1912, puede decirse que la innegable derrota de su propósito fundamental coincidía con el comienzo de su victoria definitiva. Estaba derrotado, porque había dedicado la vida a arrancar a España de las garras de la revolución y ésta se propagaba en torno suyo por todos los departamentos del Estado para minar y corroer lo que aún quedase de espíritu tradicional. Don Marcelino había vivido entre sus muertos, sin poderse dedicar al cuidado de formar generaciones de discípulos que continuasen su labor. De cuando en cuando se escuchaba la protesta del polígrafo, que volvía a sumirse en sus infolios después de formularla. Sus compatriotas estaban divididos desde hacía más de un siglo en dos grupos: los que seguían la tradición patria en la línea del tiempo, pero vueltos de espalda a lo que en el mundo acontecía y temerosos de que les fuera el porvenir tan enemigo como el pasado, y los que vivían con las miras puestas en el mundo exterior, dispuestos en cualquier momento a aceptar sus ideas y a dar a la novedad el valor de la verdad, pero ignorantes y despreciadores de su propio pasado… Al morir el polígrafo, ese mundo que tantos españoles vienen venerando con culto idolátrico estaba a punto de arrojarse por el despeñadero en que se ha hundido. Los españoles no hemos sabido evitar que la catástrofe universal nos alcanzase. Desde hace tres años puede decirse que estamos en la guerra»{6}.
Lo mismo podemos decir de Pradera.
«En un mitin celebrado en el teatro de la Comedia expuso los cinco puntos fundamentales de una obra política de concordia española: Religión, Patria, Estado, Propiedad y Familia. Veía llegar, con el triunfo del comunismo ruso, una época caótica social y política. Adivinaba que la barbarie del Este prendería en España.»
Así escribe su biógrafo M. García. Y aún dice más:
«El año 1920 volvió a pronunciar otra conferencia en el teatro del Centro, que periódicos como El Debate recogían íntegra, comentándola en el artículo editorial y haciendo un examen minucioso de los avances del socialismo, productores de la disgregación nacional. Pradera había estudiado a fondo el marxismo. Era uno de los pocos españoles ajenos al socialismo que lo estudió y comprendió en toda su importancia social y nacional»{7}.
De este mismo malestar político participó D. Antonio Maura, y después de agotar sus esfuerzos esperó en su retiro de Torrelodones el desenlace, y aun pudo ver el gesto de D. Miguel Primo de Rivera, precursor de gestos posteriores.
Visión española.– Esta visión general, doctrinaria y social – que así podemos llamarla– de nuestros hombres, porque abarcó diversos aspectos sobre la sociedad y las doctrinas que se iban propagando, se concretó en nuestra Patria. Nuestros pensadores contemplaron el camino de España, lamentaron su franca decadencia y adivinaron su final. Término y fin que no había de contenerse sino a base de sangre y heroísmo, porque el pueblo español, dijeron, nunca es más grande que cuando pelea. Pues atendamos a esta pelea adivinada por nuestros pensadores.
«No hay que engañarse, no hay que decir que la verdad siempre triunfa. Sí, triunfa; pero es después de grandes y sangrientas luchas, después de revoluciones, después de un mar de sangre, y yo quiero evitar a mi país esas luchas, esas revoluciones y ese mar de sangre.» Así habló Aparisi, pero su frase parece de cualquier político del siglo presente, enemigo de adoptar medios violentos para la salvación de España. Y unas páginas más adelante afirmaba: «La revolución que amenaza a España es profundamente social.» Y en los mismos términos habla de una gran hecatombe de dimensiones colosales, que nosotros no queremos concretar a nuestra Patria, sino generalizarla a Europa. No hemos de tardar en aducir su elocuente y profético testimonio.
Más explícito aún se mostró el marqués de Valdegamas. He aquí cómo terminaba su discurso de 30 de enero de 1850 sobre la situación de Europa: «¡Diputados de la nación, mirad por la vida de las asambleas españolas! Y vosotros, señores de la oposición conservadora, mirad también por vuestro porvenir, por el porvenir de vuestro partido. Juntos hemos combatido siempre; combatamos juntos ahora. Vuestro divorcio es sacrílego; la Patria os pedirá cuenta de él en los días de sus grandes infortunios. Esos días quizá no están lejos; el que no lo vea posible padece una ceguedad incurable. Si sois belicosos, si queréis combatir aquí, guardad para ese día vuestras armas. No precipitéis los conflictos. Señores, ¿no le basta a cada hora su pena, a cada día su congoja y a cada mes su trabajo? Cuando llegue ese día de la tribulación la congoja será tanta que llamaremos hermanos a nuestros adversarios políticos; entonces os arrepentiréis, aunque tarde tal vez, de haber llamado enemigos a los que son vuestros hermanos.» Y escribiendo desde Berlín definía el carácter de esa revolución: «Si, lo que Dios no permita, nuestra España está destinada a ver otra revolución, esa revolución será la más socialista de todas; cabalmente porque en España no hay obreros; y la más republicana, porque en España no hay republicanos; y la más sangrienta, porque será la más injustificada y absurda… La ausencia de republicanos y obreros es un bien y un mal. Un bien, porque hace difícil la revolución; es un mal, porque si estallara acumularía en pocas horas escombros sobre escombros y estragos sobre estragos; lo que tuviera de injustificada y efímera eso tendría de terrible…» Recordemos que ya llamó a España el país del socialismo y propinaba sus remedios para combatirlo{8}.
De Balmes podemos citar mucho. Fue, como los demás, un verdadero historiador del porvenir, y en sus páginas quedaron encerradas escenas del futuro. Baste la siguiente confirmación, recogida de su obra magna: «Si un día estuviese destinada la Europa a sufrir de nuevo un espantoso y general trastorno, o por un desborde universal de las ideas revolucionarias, o por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre los poderes sociales y la sociedad; si ese coloso que se levanta en el Norte en un trono asentado en eternas nieves, teniendo en su cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone a la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos van recorriendo el Oriente y Occidente con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica de los pueblos invasores; si acechando el momento se lanzase a una tentativa sobre la independencia de Europa, entonces quizá se vería una prueba de lo que vale en los grandes apuros el principio católico; entonces se palparía el poder de esa unidad proclamada y sostenida por el catolicismo; entonces, recordando los siglos medios, se vería una de las causas de la debilidad de Oriente y de la robustez de Occidente; entonces se recordaría un hecho que aunque es de ayer empieza ya a olvidarse, y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de Napoleón era el pueblo proverbialmente católico…» Ese desbordamiento ya sucedió en nuestra Cruzada y está a punto de repetirse. Por eso insiste en el primer volumen de los Escritos políticos en la misma idea, señalando su fuerza y hasta el motivo de envidia que puede ser para muchos pueblos, y políticos europeos. Frente a las invasiones no hay más poder que la unidad católica, y este precioso elemento es patrimonio legítimo de la nación española{9}.
Veamos cómo veía Cánovas el porvenir de la Patria:
«No hay más forma, no hay más medio de hacer ver lo que es verdadero y lo que es justo en esta revuelta historia de la humanidad que la lucha y el triunfo. Sí; cuando una idea es verdadera, justa y santa, esa idea se lanza en los torbellinos de la vida, esa idea lucha, padece, vence, después de haber padecido y luchado…» «No hay más pruebas de la sinceridad en aquel hombre que se cree llamado por su conciencia o destinado por la Providencia a regenerar a su país que jugarse de veras la cabeza y someterse resignado a la muerte. El que cree tener una intuición, una voz secreta que le dice que la conciencia de su país, que la justicia, la razón y el derecho están con él, que la Patria exige que se levante en armas y abandone otros deberes, ese hace como Daoiz y Velarde: va derechamente a la muerte y ni siquiera se le ocurre salvarse de ella por modo alguno»{10}.
Manterola, Nocedal, Pidal y Mon formularon el dilema que encerraba la cuestión del porvenir en estos términos: «O Carlos VII o el petróleo. Tradicionalismo o socialismo. Carlismo o anarquía.»
Veamos cómo hablaba Ganivet: «…Si estamos aún en la convalecencia de la colonización americana; si tenemos dos grandes colonias que en vez de darnos las fuerzas que nos faltan son dos sangrías sueltas, dos causas de disolución de lo poco que habíamos conseguido fundar, ¿cómo vamos a acometer nuevas empresas colonizadoras? Si así lo hiciéramos, más tarde recibiríamos el pago: un desastre económico, una guerra civil, otro ensayo republicano, un nuevo ataque a nuestra independencia; cualquiera de esas cosas u otras peores, a elegir…»{11}.
Víctor Pradera exclamó en un momento de emoción patriótica: «Sabiendo que el acta que me disteis –el año 1918– había de serme robada, por la energía misma que puse en la defensa, dije en nombre del pueblo vasco: Nosotros no podemos romper amarras con España; nosotros hemos de vivir o morir con España. ¡Dios quiera que nos salvemos con ella!» Acertó en parte. España se salvó, pero él, Víctor Pradera, sucumbió para engrandecer más y más su pedestal y agrandar el sacrificio.
En cuanto a Ramiro de Maeztu, baste recordar su obra y escritos con el título En vísperas de la tragedia.
Visión europea.– Nuestros políticos no se encasillaron dentro de su Patria. Ampliaron su visión más allá de las fronteras y adivinaron también las hondas luchas que habían de asolar al viejo continente. A esta Europa, madre de pueblos, fuente de civilizaciones, depositaria de las esencias cristianas, que perdida su unidad religiosa y social se desangra buscando su equilibrio perdido, consagraron profundas meditaciones. El camino de los acontecimientos llevaba inevitablemente a una gran bancarrota que ellos ya comprendieron y adivinaron. Testigos son estas apremiantes lamentaciones del gran periodista valenciano: «Preparémonos –decía Aparisi–, preparémonos a una grande y descomunal batalla; mayor quizá no la han presenciado los siglos. Hoy se lucha con ideas trastornadoras, mañana probablemente con armas homicidas. Formidable lucha esta lucha de las ideas, y no hay medio de esquivarla; no habéis de lograrlo siquiera os encondáis en lo más secreto de vuestras casas. Allí buscan el espíritu de vuestros hijos para enloquecerlo, y el casto corazón de vuestras hijas para viciarlo. Cada día caen sobre el mundo, esparcidas a los cuatro vientos, mil ideas enemigas de Dios, semejantes a los ejércitos del Anticristo; arrojemos nosotros un millón y tengamos fe, que después de probarnos Dios nos ha de dar la victoria…»{12}. La magnitud de esta lucha y terrible prueba la hemos presenciado. Las guerras europeas han sido la panacea terrible con que Dios ha probado a la humanidad.
Donoso Cortés se desborda una vez más en este aspecto y obliga a supremos esfuerzos cuando se trata de sintetizar su pensamiento. Europa, las naciones beligerantes, el teatro de la lucha, todo queda revistado en sus páginas. Así, por ejemplo, en su estudio sobre Pío IX hace la descripción de los trastornos de Europa, y dice: «No era cosa difícil de presumir que siguiendo la Europa por esos caminos iba a salir definitivamente de la edad aristocrática y monárquica para entrar en la democrática, llena de tempestades y tumultos. Veíanse venir estos tiempos, no sólo por los rumores sordos, intermitentes, amenazadores, erráticos, que anunciaban a los entendidos las grandes tormentas populares, sino también por los signos de perdición que comenzaban a descubrirse en todas las monarquías europeas…»
Consecuencia de esta decadencia popular había de ser la erección de un tremendo despotismo que se disputaría el dominio de Europa. Así lo dice en su discurso de 1849. «El fundamento, señores, de todos vuestros errores consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo. Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. Para anunciar estas cosas no necesito ser profeta. Me basta considerar el conjunto pavoroso de los acontecimientos desde su único punto de vista: desde las alturas católicas…» «Señores, las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso; señores, miradlo bien; ya no hay resistencias, ni físicas ni morales, porque con los barcos de vapor y los caminos de hierro no hay fronteras, porque con el telégrafo eléctrico no hay distancias, porque todos los ánimos están divididos y todos los patriotismos están muertos… Una sola cosa puede evitar la catástrofe: eso no se evita con dar más libertad, más garantías, nuevas constituciones; eso se evita procurando todos, hasta donde nuestras fuerzas alcancen, provocar una reacción saludable, religiosa.»
En su polémica con los redactores de El País afirma la suerte de la sociedad europea: «La sociedad europea se muere; sus extremidades están frías, su corazón lo estará dentro de poco. ¿Y sabéis por qué se muere? Se muere porque está envenenada, porque la sociedad había sido hecha por Dios para alimentarse de la sustancia católica y medios empíricos le han dado la sustancia racionalista. Se muere porque así como el hombre no vive de solo pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, así las sociedades no mueren solamente por el hierro, sino por la palabra anticatólica salida de la boca de los filósofos. Se muere porque el error mata y esta sociedad está fundada en errores.» Pasa revista a las naciones europeas: Francia, Alemania, Turquía y Rusia, cuya influencia amenaza a Europa y aceptará una guerra cuando la revolución haya disuelto la sociedad, el socialismo extinga los ideales patrióticos y acabe con los ejércitos: «Entonces sonará en el reloj de los tiempos la hora de Rusia, y podrá pasearse tranquila, arma al brazo, por nuestra Patria; entonces presenciará el mundo el más grande castigo de que hay memoria: el castigo de la Inglaterra, a quien de nada servirán sus naves. Ese imperio colosal, Rusia, con un brazo cogerá la Europa, con otro la India y su lúgubre estertor resonará en los polos…»
Aquí pondríamos fin al pensamiento de Donoso, pero no nos es posible. El lector lo comprenderá al transcribir su último párrafo del estudio que dedica a la cuestión de Oriente: «La Rusia abarca hoy día la octava parte del mundo habitable y la vigesimoséptima de todo el globo. Este imperio colosal, al mismo tiempo que amenaza a todas las gentes, no puede ser atacado, porque está ceñido de inaccesibles fronteras… Este imperio inaccesible se ha hecho señor de todas las posiciones que servían de fronteras naturales a todos los imperios. Señor del Báltico, amenaza la Suecia. Señor de Polonia, pone espanto en Alemania. Señor del mar Negro, sus águilas pueden volar en un día desde Sebastopol a Constantinopla. Desde el Cáucaso amenaza la Persia. Desde la Persia influye en las revoluciones interiores del Asia Central, fronteras del imperio británico de la India. Y como si le viniera estrecho tan gigantesco principado, coloso de Europa, tiende su brazo por el océano Glacial para unir su mano a la mano de otro coloso: la América. De este imperio puede decirse que su historia parece una fábula; los que le miran tienen motivo para dudar si las fábulas de los imperios asiáticos son fábulas o son historias»{13}. Tengo interés en que el lector compruebe por la nota que estas palabras son del marqués de Valdegamas. No les falta sino aducir una lámina con las figuras de Stalin, Molotov y demás personajes actualmente influyentes en la política del mundo. Es Donoso, sin excepción, el más exacto profeta del porvenir. Todos gozaron de esta cualidad, pero el marqués de Valdegamas se sobrepone. Las palabras transcritas abonan más que todos los encomios.
Una vez más repetimos que cambiar de estilo no es cambiar de concepto. Porque los párrafos siguientes son de Balmes y se asemejan a los anteriores. Y así dice: «¿Qué espectáculo no nos ofrece la Rusia, ese coloso que amenaza en el porvenir de Europa?» Ideas que repite en otro volumen: «Creen algunos que la Europa no puede pasar ya por conflictos semejantes al de la irrupción de los bárbaros del Norte o de los árabes; pero tal vez no han reflexionado bastante sobre lo que de sí podría dar el Asia gobernada por la Rusia.» Y en otros muchos lugares expone el mismo peligro. Pero no es cosa de entretenernos después del minucioso examen hecho sobre el pensamiento del marqués de Valdegamas, que nos ha robado buen espacio del presente capítulo. Remitimos a la nota y seguimos adelante{14}.
Nos llama el apremiante atractivo de Cánovas, que tuvo visión del panteísmo absorbente alemán, y dice:
«¿Y si, lejos de presentar el catolicismo la última y total expresión del sentimiento religioso, todavía estuviese destinada la reforma a reponerse o regenerarse? ¿No sería también de temer entonces que el protestantismo alemán, padre del de toda Europa, aspirase a reunir a la conquistada primacía militar y política del antiguo electorado de Brandenburgo la dirección religiosa y moral de la sociedad europea?» Y en su discurso de la Academia Española de 3 de noviembre del 67 confirma el mismo pensamiento: «Hay un pedazo de tierra en Europa de donde han salido, buenas o malas, las mayores novedades que haya experimentado el género humano desde Constantino hasta ahora. El Rhin, que tanta parte, con sus afluentes, lo riega, presenció las secretas alianzas y el alzamiento armado de los primeros germanos, que con Arminio vencieron en Roma; andando el tiempo conoció a Lutero, y en una vieja ciudad de la que luego ha retirado sus aguas ofreció teatro solemne a las primitivas disputas del audaz heresiarca con los príncipes y doctores católicos. Llegada la cuestión a serlo entre ejércitos y naciones, sostúvose ésta principalmente en sus orillas por medio de la pólvora y la imprenta, allá experimentadas; que bien corto trecho, por cierto, separa Friburgo de Maguncia… Pocos hasta este siglo han salido en Europa, no obstante la lengua que sus gentes hablan. Pero lo cierto es que de cien años acá el influjo de la filosofía, de las letras y aun de las artes de aquella nación sobre Europa ha sido inmenso…»{15}.
Así han hablado nuestros pensadores sobre tema de tanta actualidad, que sus palabras parecen robadas a los artículos editoriales de la Prensa diaria. Por eso esperamos que nuestro trabajo –si halla benévola acogida en el seno del jurado– vea cuanto antes la luz pública, ya que los pensamientos expuestos se actualizan de hora en hora y nuestros pensadores se acreditan de historiadores y profetas del porvenir.
Pero sigamos adelante. Escuchemos a Mella, que escribía textualmente: «Digo, señores diputados, que no son los profetas de mi partido y de mi escuela; que no es un vidente como Donoso; no es un vidente como De Maistre el que anuncia la catástrofe; es un poeta escéptico, un poeta que llevaba todas las iras semitas infiltradas en su alma y que las derramó en sus versos maravillosos, de forma helénica, que muchas veces disparó contra la Iglesia, de quien Luis Veullot dijo que era un ruiseñor que había anidado en la peluca de Voltaire: Enrique Heine, que en una página candente, hablando de los discípulos de Kant decía: «Vienen tiempos rojos y ateos; el que haya de escribir el nuevo Apocalipsis tendrá que buscar nuevos animales simbólicos, porque ya no sirven los antiguos para representar las visiones que se preparan». Reíos hoy del poeta, pero creed que lo que se ha cumplido en el orden de las ideas se realizará fatalmente en el orden de los hechos, porque las ideas preceden a la acción como el relámpago al trueno. Cuando oigáis un estampido como no se ha oído otro en la historia; cuando veáis que las águilas caen muertas desde las alturas y que los leones en los desiertos bajan la cola y se refugian en sus antros, sabed que ha llegado una revolución ante la cual sería un idilio la revolución francesa…»
Y continúa en páginas no menos conmovedoras:
«En las famosas veladas de San Petersburgo y en el epílogo preparado para terminarlas hay una página de psicología rusa que no se puede leer sin experimentar honda emoción. De Maistre conoce a Rusia en el período de su grandeza, y al fijar en ella su mirada profunda ve en los elementos heterogéneos que la forman un germen de anarquía que produce gran inquietud en su ánimo. Pocas páginas antes saludaba una gran unidad que se acercaba, y al mirar la irreligión avanzando sobre Europa preguntaba, lleno de tristeza: «¿Os parece que semejante estado de cosas puede durar y que esta vasta apostasía no sea a la vez causa y presagio de un memorable fallo?»
«Al contemplar a más de un siglo de distancia los temores del conde De Maistre; al ver de cerca la tremenda unidad que él entonces contemplaba de lejos; al sentir el calor de la llama que ya ardía en Europa, basta confrontar la página del vidente con las escritas por Lenin y Zinovieff en su estudio sobre el socialismo y la guerra, para que se comprenda que el memorable fallo que iba a provocar la vasta apostasía está pendiente sobre nosotros. El bolchevismo se desborda. Los Estados eslavos independientes pactan; Polonia vacila; Austria tiembla; el Japón retrocede; Inglaterra está llena de angustias; y desde el Báltico al mar Negro y desde el Cáucaso a la India y el interior de China la bandera roja, como una llama que anuncia el incendio universal, se agita en el horizonte. Todos los peligros, el rojo, el amarillo, el musulmán, se juntan como ríos que van al mismo océano. Y el trono de los zares está ocupado por la gigantesca dictadura de un judío: de Trotsky. Es el fallo formidable que se acerca sobre la vasta apostasía de Europa»{16}.
No desmerece en acentos patéticos la profecía de Cándido Nocedal sobre Europa:
«No hay que disimularlo. La Europa entera está, España también va estando ya, dividida en racionalistas y católicos. Cada cual tome su partido. Cualquier otra cuestión al lado de la que hoy preocupa los ánimos sería pequeña e insignificante… La civilización moderna tiene hoy sobre sí un nublado grande, del cual no se sabe cómo saldrá; tiene abiertas sobre su cabeza todas las cataratas del cielo; tiene a sus pies abierto el cráter de todos los volcanes; porque hace tres siglos y medio que viene rebelde y en lucha contra el principio católico; porque ha traído el principio del libre examen a ser la base y el cimiento de todas las teorías hoy al uso; porque se comenzó por negar la autoridad de la Sede Apostólica y se ha concluido por aplicarla a la revelación…; en suma, porque las libertades modernas han tenido la desventura de enlazarse, de casarse, muchas veces acaso sin querer, con el principio anticatólico»{17}.
Lo confirmaba Ganivet: «Quienquiera que se ponga en contacto con el pueblo ruso, notará la inquietud precursora de la explosión, el deseo universal de romper la espesa costra de religión bizantina que comprime las energías naturales e impide que se muestre con entera pureza y espontaneidad»{18}.
No cede en elocuencia vaticinadora Ramiro de Maeztu. «Todos los países de Hispanoamérica –dice– parecen tener ahora dos patrias ideales, aparte de la suya. La una es Rusia, la Rusia soviética; la otra, los Estados Unidos. Hoy es Guatemala; ayer, Uruguay; anteayer, El Salvador; mañana, Cuba; no pasa semana sin noticia de disturbios comunistas en algún país hispanoamericano. En unos los fomenta la representación soviética; en otros, no. Rusia no lo necesita para influir poderosamente sobre todos, como sobre España, desde 1917. Es la promesa de la revolución, la vuelta de la tortilla: los de arriba abajo, los de abajo arriba. Sus partidarios dicen que tenemos que pasar quince años mal para que más tarde mejoren las cosas. He ahí, pues, dos grandes señuelos actuales. Para las masas populares, los inmigrantes pobres y las gentes de color, la revolución rusa; para los políticos y clases directoras, los empréstitos norteamericanos. De una parte, el culto de la revolución; de otra, la adoración de los rascacielos. Y es verdad que los Estados Unidos y Rusia son, por lo general, incompatibles y que su influencia se cancela mutuamente. Rusia es la supresión de los valores espirituales por la reducción del alma individual al hombre colectivo; los Estados Unidos, su monopolio por una raza que se supone privilegiada y superior. Rusia es la abolición de todos los imperios, salvo el de los revolucionarios; Estados Unidos, el Estado económico a distancia. Dividida su alma por estos imperios antagónicos, aunque ambos extranjeros, los pueblos hispánicos no hallarán sosiego sino en su centro, que es la Hispanidad»{19}.
{1} Balmes: O. C., v. XXIII, p. 130; v. XXVII, p. 24; v. II, El socialismo.
{2} Donoso: O. C., v. IV, p. 327; v. II, p. 298.
{3} Cánovas: D. P., 3-IV-1869, 25-11-1871.
{4} Aparisi: O. C., v. III, Discursos.
{5} Mella: O. C., v. II, p. 73; v. XXIV, p. 118.
{6} Maeztu: D. H., p. 280.
{7} M. García Venero: Víctor Pradera, ps. 93, 121.
{8} Donoso: O. C., v. II, ps. 139, 189.
{9} Balmes: v. V, cap. XII, p. 206; v. XXIII, p. 130.
{10} Cánovas: D. P., 15-XII-1886.
{11} Ganivet: Idearium…, p. 150.
{12} Aparisi: O. C., v. II, p. 553.
{13} Donoso: O. C., v. II, ps. 23, 87, 91, 116, 128, 134; Cartas sobre la situación de Prusia, ps. 205, 208, 626; v. III, Antecedentes para la inteligencia de la cuestión de Oriente, ps. 577, 925.
{14} Balmes: O. C., v. XII, p. 176, La población; v. XIV, p. 225; v. IV, p. 191; v. VI, p. 266; v. XXX, p. 169.
{15} Cánovas: P. C., 26-XI-1870.
{16} Mella: O. C., v. (?), p. 159; v. VI, p. 444.
{17} Ganivet, o. c., p. 150. Nocedal: D. P., Ante el secreto del reino de Italia.
{18} Mella: O. C., v. I, p. 159; v. IV, p. 444.
{19} Maeztu, p. 40.