Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo cuarto
La dictadura franquista

El VI Congreso

Del 28 al 31 de enero de 1960 se reunió el VI Congreso del PCE, con asistencia de delegados del interior y de la emigración.

El Congreso se reunió en una situación internacional sensiblemente distinta a la que existía en el anterior. 1959 había sido el año inicial de un gran viraje en las relaciones internacionales; el retroceso de la guerra fría, el aminoramiento de la tensión y los progresos de la coexistencia pacífica entre el sistema socialista y el sistema capitalista eran los rasgos característicos del viraje. Diversos acontecimientos, y singularmente el viaje a EE.UU. del primer secretario del PCUS y jefe del Gobierno de la URSS, camarada N.S. Jruschov, habían puesto de relieve la evolución operada.

La propuesta de desarme presentada por el Gobierno soviético ante la Asamblea General de la ONU, conmovió a la opinión mundial, estimulando las corrientes en pro del desarme y de la paz. A comienzos de 1960, la URSS dio una nueva prueba de su voluntad de paz al reducir en un tercio sus efectivos militares.

Al presentar su proyecto de desarme total y general, la URSS no expresaba un simple deseo; reflejaba con ella una posibilidad concreta, real, derivada de la nueva situación que se estaba gestando en el mundo.

Desde que la URSS, en octubre de 1957, lanzó el primer satélite artificial de la Tierra, su superioridad en ramas decisivas de la ciencia, de la técnica, de la industria y de la economía en general, ha ido afirmándose de un modo cada [275] vez más patente. El primer país del socialismo ha abierto la era de la conquista del cosmos por el hombre.

Los éxitos de la URSS en el terreno de los cohetes cósmicos y en otras ramas han sido la expresión concentrada del impetuoso avance de las fuerzas productivas de la sociedad soviética, la cual ha entrado en la fase de la construcción del comunismo.

En todos los países del campo socialista, la economía se ha desarrollado a ritmo incomparablemente superior al de los países capitalistas. En 1958 y 1959, China dio grandes saltos adelante en la edificación del socialismo.

La superioridad del socialismo sobre el capitalismo ha elevado el poder de atracción del socialismo sobre las masas trabajadoras y la población de los países capitalistas. Los progresos del socialismo en todos los ámbitos han asestado un golpe al anticomunismo.

En 1959 el movimiento de liberación de los pueblos subyugados alcanzó nuevos éxitos. África era teatro de una gran lucha anticolonialista. El movimiento liberador y democrático cobraba nuevo ímpetu en América Latina; a las puertas mismas de Estados Unidos, Cuba realizaba una revolución agraria, antifeudal y antimperialista.

La potencia alcanzada en todos los órdenes por la URSS y por los demás Estados del sistema socialista mundial –potencia que está totalmente al servicio de la causa de la paz– y el grado de desarrollo de la ciencia y de la técnica contemporáneas, imponen la necesidad de asentar las relaciones entre los países con diferentes sistemas sociales sobre el principio de la coexistencia pacífica.

Algunos políticos burgueses de EE.UU., Inglaterra, Francia y otros países han empezado a comprender la necesidad de tener en cuenta las nuevas realidades de la situación mundial. Otros, como Adenauer y Franco han seguido colocando minas en el camino de la paz, tratando de hacer del occidente de Europa un foco agresivo, una fortaleza de la reacción.

Las perspectivas alentadoras de paz mundial abiertas ante la humanidad por las iniciativas y los éxitos del campo socialista fueron examinadas en una Conferencia celebrada en [276] Roma en Noviembre de 1959, y en la que tomaron parte los representantes de 17 partidos comunistas de los países capitalistas de Europa, entre los que figuraba el Partido Comunista de España.

En el llamamiento dirigido a los trabajadores y demócratas europeos, la Conferencia insistía en que la eliminación para siempre de la guerra es hoy un objetivo accesible para los pueblos, si bien ello exige que las masas intensifiquen su lucha por aislar y maniatar a los más peligrosos enemigos de la coexistencia pacífica.

Sintetizando la experiencia de diversos partidos comunistas, la Conferencia subrayó la existencia de posibilidades cada vez mayores para la lucha por la democratización de los países, resaltando que uno de los objetivos esenciales de esa lucha tiene que ser la limitación del poder de los monopolios capitalistas. «La marcha hacia el socialismo –afirmaba en su llamamiento– se inscribe en una perspectiva de desarrollo democrático».

La Conferencia llamó a la unidad de todas las fuerzas obreras y democráticas en la lucha por la paz, por la defensa de los intereses de los trabajadores, por el progreso y la renovación de la democracia.

La Conferencia de Roma consideró que uno de los deberes de las fuerzas obreras y democráticas era incrementar su solidaridad con la lucha del pueblo español y llamó a intensificar la acción internacional en pro de la amnistía para los presos antifranquistas.

«La causa de los pueblos de España y de Portugal así como la del pueblo de Grecia, decía el llamamiento de los 17 partidos, es la causa común de todos los hombres libres».

También en la situación interior de España se habían producido cambios sensibles.

La crisis cíclica del capitalismo, iniciada en el mundo en los años 1957-1958, adquirió en nuestro país mayor agudeza que en otras partes. Todas las consecuencias nefastas de la política económica que había venido practicando la dictadura durante veinte años en beneficio de la oligarquía [277] se exacerbaban entonces. El mercado interno se contrajo aún más, las reservas de divisas se agotaron, la desconfianza en el régimen provocó la huida de capitales y el retraimiento de las inversiones. Al borde del colapso económico, el Gobierno franquista concertó en Washington, el 17 de julio de 1959, los convenios de estabilización, aceptando todas las condiciones licitadas por los monopolios internacionales. El plan de estabilización, que comenzó a ser aplicado inmediatamente, comportó el ingreso de España en la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) y la probable perspectiva de integración en el Mercado Común. Mediante este plan, el capital monopolista pretendía echar sobre los hombros del pueblo las consecuencias del caos económico que ese mismo capital había provocado e impedir que la bancarrota virtual de la política económica de la dictadura desembocara en una quiebra declarada.

En el curso de pocos meses, dicho plan había lesionado gravemente a todas las capas de la población, descontando a los grupos oligárquicos que eran sus promotores. Habían sido suprimidas las horas «extra», las primas y los pluses para la mayoría de los obreros, lo que implicaba un descenso de los salarios del 40 al 50 por 100. Decenas de miles de trabajadores, sobre todo los «eventuales», habían sido despedidos; la amenaza del paro se generalizaba. La situación de una parte de la burguesía no monopolista se hacía cada vez más difícil.

A las calamidades económicas se unían los fenómenos de descomposición aguda de la dictadura. Ya no se trataba sólo de que la Falange y el mismo «Movimiento», de hecho, habían dejado de existir. La descomposición afectaba ahora a los órganos vitales del Estado.

En el Ejército empezaban a aparecer síntomas de descontento. El mismo fenómeno, más acentuado aún por razones de su mayor contacto con el pueblo, se daba entre las fuerzas de orden público.

En la Magistratura y en los Colegios de Abogados el descontento tomaba a veces formas abiertas, dando lugar incluso a acciones colectivas de cese del trabajo por parte de los magistrados, como había ocurrido en Sevilla. La [278] aparición en un Estado fascista de hechos de esta índole –insólitos en cualquier país capitalista– atestiguaba el grado de descomposición del régimen encabezado por el general Franco.

Frente al debilitamiento de la dictadura destacaba el incremento del movimiento de masas y el creciente influjo de la política de Reconciliación Nacional. Los progresos unitarios, logrados durante la preparación de la huelga nacional de junio de 1959, se habían consolidado, y en cierto modo ampliado, en el período ulterior.

Tales eran los principales rasgos de la situación al reunirse el VI Congreso. Ellos atestiguaban la existencia de condiciones incuestionablemente más favorables para la lucha contra la dictadura.

El VI Congreso ratificó la política de Reconciliación Nacional; sus decisiones tendieron a desarrollarla en las nuevas condiciones, a convertirla en patrimonio de las masas, en el arma capaz de llevar al pueblo a la victoria sobre el fascismo.

En el informe del C.C., presentado por el camarada Santiago Carrillo, se abordaba la siguiente cuestión. ¿Cómo puede la dictadura en una situación económica tan desastrosa y en un estado tan avanzado de descomposición interna, mantenerse aún en el Poder?

El Congreso dio respuesta a esta pregunta: Si la dictadura subsistía no era sólo por las asistencias externas ni tampoco por su fuerza propia. La razón radicaba principalmente en que no existía un acuerdo entre las fuerzas de oposición para una acción conjunta capaz de desplazar a Franco del Poder. Las vacilaciones, la pasividad de una gran parte de las fuerzas de la oposición burguesa y del PSOE, su negativa a entenderse con los comunistas: he ahí lo que retrasaba la liberación de España.

El Congreso consideró, pues, que era preciso centrar la actividad del Partido en dos direcciones fundamentales, muy ligadas entre sí: la intensificación de sus esfuerzos en pro de la unidad y la elevación a un nivel superior de la lucha de las masas.

El Congreso dirigió una carta a todas las fuerzas de la oposición insistiendo en la propuesta que ya había formulado en julio de 1959 de celebrar una Conferencia de «mesa [279] redonda» para contrastar las opiniones y determinar los puntos en que la coincidencia era posible. La carta precisaba la plataforma que podría servir de base a un acuerdo de todas las fuerzas de oposición, y cuyos puntos eran:

1) Lucha unida contra la dictadura hasta conseguir su derrocamiento por la huelga nacional pacífica.

2) Restablecimiento de las libertades democráticas sin discriminación.

3) Amnistía para los presos y exiliados políticos, extensiva todas las responsabilidades derivadas de la guerra civil en limbos campos contendientes. Abolición de la pena de muerte.

4) Mejoramiento de las condiciones de vida de la población.

5) Política exterior favorable a la coexistencia pacífica.

6) Elecciones constituyentes que permitan al pueblo escoger democráticamente el régimen de su preferencia.

El Partido Comunista no hacía cuestión cerrada de estos puntos: declaraba estar dispuesto a examinar otras sugerencias,

El Congreso advirtió claramente que una persistente negativa del PSOE y de la oposición burguesa a actuar contra la dictadura se traduciría en la reducción de la influencia de dichas fuerzas a la hora de determinar los futuros destinos de España.

Ante la extrema agudización de la situación económica, el Congreso destacó, como la tarea más urgente del Partido, la de volcar, en la lucha contra el plan de estabilización, las energías de la clase obrera y de todas las capas dañadas por la oligarquía.

Esta tarea tenía una importancia decisiva por cuanto significaba defender los intereses vitales de los obreros, de los campesinos, de las capas medias, de la burguesía no monopolista. Tenía además un alcance nacional, pues oponerse al plan de estabilización y a la «integración europea» de España, representaba luchar contra la colonización del país por los monopolios extranjeros, contra la ruina de su industria, contra la despoblación de extensas zonas rurales, por evitar un desastre económico sin precedentes.

El VI Congreso llamó a los comunistas a marchar, a través de múltiples acciones parciales de los obreros y de otros [280] sectores, hacia la preparación de un gran movimiento nacional de protesta, de una gran huelga nacional. Si ésta se llevaba efectivamente a cabo con la simpatía y el apoyo de las masas con la benevolencia o neutralidad de una parte del aparato represivo, la dictadura no podría sostenerse y se vendría abajo.

El Congreso reelaboró el Programa del Partido. Los cambios producidos en la situación exterior y nacional, los progresos del movimiento comunista internacional en la aplicación de los principios marxistas-leninistas a las condiciones contemporáneas y el subsiguiente estudio por el Partido de los problemas fundamentales de la revolución española, determinaron la introducción de substanciales modificaciones en el Programa.

En el curso del año 1959, las organizaciones del Partido habían discutido los cambios a introducir en el Programa sobre la base del documento del C.C. «Balance de 20 años de la dictadura franquista». Los debates y decisiones del VI Congreso sobre este punto fueron la culminación y el resultado de ese estudio.

El programa aprobado por el VI Congreso abarca, además de las medidas inmediatas para el derrocamiento del franquismo, una parte relativa a los objetivos del Partido en el período democrático ulterior, y otra a sus objetivos finales, es decir, al paso de España al socialismo.

La primera comprende un conjunto de medidas encaminadas a consolidar y desarrollar la democracia en los diversos ámbitos de la sociedad española sin romper los moldes de la estructura burguesa.

La principal reforma de estructura que el Programa preconiza es la reforma agraria tendente a suprimir las supervivencias feudales en el campo español. En esta cuestión, el VI Congreso ratificó la posición elaborada por el C.C. en septiembre de 1957 sobre la base de un informe del camarada Juan Gómez. La lucha por la reforma agraria no se podía llevar a cabo en este período sin tener en cuenta una serie de condiciones peculiares como las siguientes: fusión de la aristocracia terrateniente absentista y del capital monopolista; profunda penetración de éste en la agricultura en detrimento, no sólo de los braceros y campesinos pobres, sino de los campesinos ricos y medios, incluso de ciertos sectores [281] de terratenientes; extraordinaria amplitud, a consecuencia de los factores citados más arriba, de la oposición antifranquista, en el campo. Estos hechos llevaron al PCE a modificar ciertos aspectos de su posición anterior en cuanto a las formas de efectuar la reforma agraria. En el Programa aprobado por el VI Congreso se propone que los latifundios de la aristocracia absentista sean expropiados con indemnización y entregados a los campesinos y jornaleros; de la expropiación quedarían exentos los propietarios que llevan personal y racionalmente la explotación de sus fincas, cualquiera que sea la extensión de estas. Estas propuestas tienden esencialmente a propiciar la creación en el campo de una amplia coincidencia de intereses, a fin de centrar la lucha contra la dictadura franquista, contra la aristocracia absentista y el capital monopolista, y a facilitar así que España emprenda cuanto antes, y con un mínimo de conmociones, el camino de su efectiva democratización.

El Programa incluye asimismo otras reformas de estructura tendentes a limitar el poder de los grandes monopolios en la industria y en la vida económica y política en general.

La parte del Programa referente al paso al socialismo contribuye a disipar equívocos y falsificaciones y a despejar el camino a las alianzas con otras fuerzas en la lucha por la democracia y el progreso.

El Programa traza las grandes líneas del avance hacia el socialismo en una perspectiva de desarrollo democrático: la gran mayoría del país, interesada en el triunfo del socialismo, con la clase obrera a la cabeza, podrá utilizar el Parlamento con el apoyo de un fuerte movimiento de masas, para transformar el carácter de los órganos del Poder, convirtiéndoles en instrumentos que actúen al servicio del pueblo y de la causa socialista. De esa misma forma, se podrá llevar a efecto la socialización de los principales medios de producción.

El paso a formas cooperativas socialistas en el campo se realizará de un modo gradual y sobre la base de la libre voluntad de los campesinos. La integración en una economía socialista de las empresas de la pequeña burguesía y de la burguesía no monopolista, se efectuará de una forma [282] progresiva y teniendo en cuenta los intereses de dichos sectores sociales.

En esa perspectiva, la clase obrera podrá ejercer el Poder y construir el socialismo sobre la base de una democracia parlamentaria con pluralidad de partidos políticos. El Partido Comunista desempeñará el papel dirigente en el avance hacia el socialismo en alianza con otros partidos.

El Programa proclama el propósito de los comunistas de hacer cuanto esté de su parte para que España vaya al socialismo por esa vía parlamentaria y pacífica. Cierto, ello no depende sólo de la voluntad de la clase obrera; depende de que las fuerzas reaccionarias se vean imposibilitadas de recurrir a la violencia, de que un poderoso frente de las fuerzas progresivas sea capaz de aislar y maniatar a quienes intentasen utilizar la violencia contra la voluntad de la mayoría del país.

El VI Congreso abordó ampliamente los problemas de organización del Partido.

La inmensa atracción que el socialismo ejerce hoy permite, y a la vez reclama, que los partidos comunistas, en los países capitalistas, sean grandes partidos de masas, que agrupen en sus filas no sólo a una vanguardia reducida, sino a extensos sectores de la clase obrera, los campesinos, la intelectualidad, la juventud trabajadora y estudiantil y otras capas; partidos capaces de desplegar su actividad y su influencia sobre el conjunto de la sociedad.

El Partido Comunista de España, reducido a la clandestinidad por la dictadura fascista, ¿podía o no plantearse la tarea de convertirse en un Partido de masas? El VI Congreso respondió afirmativamente. Incluso en las condiciones de la clandestinidad, era necesario formar un partido de masas, de decenas de miles de militantes. Tal era el contenido del viraje que el VI Congreso consideraba necesario dar en el terreno de la organización.

Esta posición era producto del análisis de las condiciones políticas generales y del desarrollo interno del Partido.

La extrema descomposición de la dictadura de un lado, y de otro el movimiento de masas, creaban en España una situación original. La dictadura fascista era [283] considerablemente mas débil que en años anteriores. Los comunistas habían adquirido más experiencia de trabajo clandestino, lo que les permitía desplegar mayor actividad entre las masas.

Desde el punto de vista del desarrollo interno del Partido, éste había logrado, sobre todo desde 1956, grandes éxitos en la lucha contra el sectarismo y el dogmatismo. Este era otro factor esencial que le permitía abordar con garantías de éxito la tarea de convertirse en un Partido de masas.

La necesidad de este viraje en la organización del Partido era planteada además por las propias masas, ya que, sobre todo después de la huelga de junio de 1959, los nuevos militantes habían afluido al Partido por decenas, por centenares, por grupos enteros. La tarea de organización esencial planteada por el VI Congreso, fue crear comités del Partido en todos los lugares, empresas, centros docentes, aldeas, barriadas, &c., comités que debían ser el alma y la osamenta del Partido. Y en torno a esos comités, decenas, cientos, miles de comunistas debían organizarse utilizando formas variadas.

El Congreso decidió introducir ciertas modificaciones en los Estatutos del Partido para facilitar su transformación en un Partido de decenas de miles de militantes.

El VI Congreso eligió el C.C. del Partido. Este, en su primera reunión plenaria, eligió los otros órganos dirigentes con la siguiente composición:

Comité Ejecutivo: Santiago Álvarez, Santiago Carrillo, Fernando Claudín, Manuel Delicado, Ignacio Gallego, Juan Gómez, Dolores Ibárruri, Enrique Líster, Ramón Mendezona, Antonio Mije, José Moix, Simón Sánchez Montero, Federico Sánchez. Como miembros suplentes: Gregorio López Raimundo y Francisco Romero Marín.

Presidente del Partido: Dolores Ibárruri.

Secretario General: Santiago Carrillo.

Para el Secretariado fueron elegidos: Santiago Carrillo, Fernando Claudín, Ignacio Gallego, Antonio Mije y Eduardo García.

El VI Congreso, por su composición misma, por sus debates, fue un testimonio vivo de la profunda renovación que el Partido había experimentado; demostró que éste había sabido vencer la inclinación sectaria –inevitablemente [284] acusada en un largo período de ilegalidad– a encerrarse en sí mismo, limitándose a organizar a los camaradas más firmes y probados. El Partido se había abierto a las nuevas generaciones; había promovido centenares de nuevos cuadros, había combinado armoniosamente, en sus órganos responsables, las fuerzas veteranas y las fuerzas jóvenes, fundidas en una idéntica entrega a la causa de la clase obrera y del pueblo.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 274-284