Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo segundo
La República

Por la unidad del proletariado

Hasta 1935, todas las alianzas políticas entre fuerzas obreras y burguesas en España, se habían basado siempre en que la clase obrera quedase supeditada a la dirección de la burguesía.

La política de Frente Popular representaba en este orden un viraje completo. En el período de intensas luchas de 1931 a 1935, las masas trabajadoras habían sufrido una profunda transformación de su conciencia. Después de la experiencia decepcionante de la colaboración socialista con los gobiernos republicanos, se habían liberado de las ilusiones pequeñoburguesas del 14 de abril. Por otro lado, los reiterados fracasos anarquistas habían restado mucho crédito a las esperanzas puestas en un milagroso advenimiento del «comunismo libertario». En cambio, Asturias había demostrado que la unidad era el arma decisiva para la lucha de la clase obrera. Esos factores, y sobre todo la influencia cada vez mayor adquirida por el Partido Comunista, crearon la posibilidad de forjar una alianza de todas las fuerzas opuestas al fascismo en la cual la clase obrera desempeñase el papel dirigente. A crear una alianza de ese género tendía, precisamente, la política de Frente Popular.

Mas ese puesto dirigente, el proletariado no lo podría ocupar de un modo, por así decir, automático. Tenía que ganarlo y consolidarlo dando el ejemplo y mostrando el camino a las otras fuerzas democráticas, convenciéndolas de que debían unirse a la clase obrera en la lucha común contra el fascismo. Y mal podría el proletariado cumplir ese papel si no estaba unido, si no había, por lo menos, unidad de acción entre socialistas y comunistas. Uno de los objetivos esenciales de la política del Partido Comunista después del movimiento de Octubre fue lograr esta unidad con el Partido Socialista.

Las condiciones para progresar en la vía de la unidad con el PSOE, habían mejorado considerablemente después de Octubre. La corriente besteirista se había desprestigiado de [101] forma definitiva ante las masas; el Gobierno reaccionario protegía a los reformistas y les permitió incluso publicar un periódico, «Democracia», cuando la prensa obrera y democrática estaba prohibida. Los centristas no podían dejar de tener en cuenta la presión de la base en pro de la unidad. La corriente izquierdista era la más fuerte, sus posiciones eran las más cercanas al sentir de la masa obrera socialista, que de los acontecimientos de Octubre había sacado una enseñanza clara: la necesidad de la unidad obrera, de la unión del Partido Comunista de España y del Partido Socialista Obrero Español.

La izquierda socialista no era homogénea, ni política ni ideológicamente. Y menos aún después de la experiencia de Octubre. La parte más organizada y activa de la izquierda socialista era la juventud, dirigida por Santiago Carrillo, José Cazorla, Federico Melchor y otros camaradas. En el seno de la Juventud Socialista se había iniciado, sobre todo después de Octubre, un profundo proceso de revisión de concepciones políticas e ideológicas. El rasgo más importante de los documentos publicados por la Juventud Socialista en aquel período era que, pese a las confusiones que aún contenían, proclamaban su ruptura completa, moral y política, con la II Internacional y con la Internacional Juvenil Socialista. La Juventud Socialista daba su aprobación, en lo fundamental, al Programa de la Internacional Comunista, y declaraba que su objetivo era luchar por la dictadura del proletariado en España y en el plano internacional.

Esta toma de posición demostraba que el núcleo dirigente de la Juventud Socialista había recorrido ya entonces, en 1935, un buen trecho en el camino que debía conducirle a la identificación completa con el Partido Comunista. Por tercera vez en la historia del movimiento obrero español, la Juventud Socialista rompía sus ataduras con un partido que ya no encarnaba el gran ideal del socialismo. La Juventud Socialista encaminaba su marcha hacia el movimiento comunista, llevando consigo un rico caudal de capacidad política y organizativa, de abnegación y de combatividad revolucionarias.

La repetición de ese fenómeno en épocas y circunstancias tan diferentes, demuestra que no era casual. Los jóvenes [102] revolucionarios que quieren luchar por el socialismo, que quieren servir a la causa de la clase obrera, sólo pueden encontrar satisfacción a sus anhelos en las filas de nuestro Partido.

En 1935, la Juventud Socialista, desde el punto de vista de sus concepciones políticas e ideológicas, estaba ya más cerca del Partido Comunista que del Partido Socialista; pero durante algún tiempo abrigó aún la esperanza de transformar a este último «desde dentro». Por eso su posición era luchar por la «bolchevización» del Partido Socialista Obrero Español. Cuando comprobó prácticamente que el PSOE no se «bolchevizaba», y estuvo en condiciones de comparar a uno y otro partido, sobre todo durante la guerra contra el fascismo, el proceso iniciado después de Octubre de 1934 llegó a su conclusión lógica: el ingreso en el Partido Comunista del núcleo dirigente de la Juventud Socialista y de un gran número de sus afiliados, fundidos ya entonces con los jóvenes comunistas en la Juventud Socialista Unificada.

Al lado de la actitud sinceramente revolucionaria de la JS, y de otros camaradas socialistas, una serie de dirigentes del PSOE tomaban posiciones izquierdistas con fines muy diferentes: trataban, sobre todo, de evitar que la masa obrera socialista, entre la cual los sentimientos unitarios eran muy fuertes, abandonase las filas del PSOE y pasara al Partido Comunista. Por eso resaltaba en la conducta de ciertos dirigentes socialistas, y singularmente de Largo Caballero, la contradicción entre las palabras, favorables a la unidad, y los hechos, que entorpecían no pocas veces esa unidad.

Esto se reflejó en el Comité Nacional de Enlace, creado en el mes de diciembre de 1934, a propuesta del Partido y del que formaban parte el PCE, el PSOE, la UGT y la CGTU. Durante varios meses ese Comité permaneció casi pasivo: el PSOE rechazaba sistemáticamente todas las propuestas del PCE y se negaba incluso a firmar ningún manifiesto o declaración conjunta de los dos Partidos.

Esta conducta equívoca se manifestaba negativamente en el desarrollo de las Alianzas Obreras y Campesinas. Existían a comienzos de 1935 trece comités provinciales y 150 comités locales de Alianza. El PCE propuso crear un Comité Nacional de las Alianzas y que, en los lugares de [103] trabajo, los comités de éstas fuesen elegidos directamente por los obreros. El PSOE rechazó ambas propuestas y se esforzó por frenar la actividad de estos organismos de unidad.

A despecho de estos obstáculos, el Partido Comunista intensificó sus esfuerzos por dar formas concretas a la unidad de acción de comunistas y socialistas en todos los terrenos: lucha por la amnistía, movimientos reivindicativos, sindicatos, Alianzas, propaganda, juventud, preparación de eventuales elecciones, &c. El Partido realizaba estos esfuerzos tanto en el plano nacional, provincial y local como en los lugares de trabajo, y siempre de una forma pública, de cara a las masas, a fin de conseguir que las fuerzas partidarias de la unidad, dentro del PSOE, ejerciesen sobre los dirigentes una presión cada día mayor, en pro de la acción conjunta con los comunistas.

Pero la política de unidad no podía quedar limitada a ese aspecto. Paralelamente, el PCE llevaba a cabo una intensa lucha de principios contra las posiciones erróneas defendidas por los socialistas; exponía y desarrollaba las ideas revolucionarias del marxismo-leninismo, considerando que la lucha ideológica era consustancial con una política sana de unidad de acción.

1935 fue un año de profundas polémicas ideológicas en la calle, en las fábricas, en la prensa y sobre todo en las cárceles, donde se hallaban, después de Octubre, muchos dirigentes y cuadros socialistas, comunistas y anarquistas. Firmes en los principios, los comunistas se esforzaban por imprimir a sus discusiones con los socialistas un tono cordial, de camaradas.

Esta lucha ideológica afianzó las posiciones del marxismo-leninismo en el movimiento obrero español; facilitó la unidad de acción con el PSOE; templó ideológicamente a los propios militantes del Partido Comunista y contribuyó poderosamente al proceso de acercamiento al Partido de los sectores más revolucionarios del Partido Socialista.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 100-103