Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo segundo
La República

El gran viraje

La solución positiva de esta contradicción fue preparada por el IV Congreso del Partido Comunista de España, inaugurado el 17 de marzo de 1932, en Sevilla.

El IV Congreso se reunía en una situación distinta a la que existía al celebrarse el III Congreso. Si entonces el objetivo central del Partido era movilizar a las masas contra la dictadura primorriverista y por el derrocamiento de la Monarquía, ahora se trataba de desarrollar hasta el fin la revolución democrático-burguesa iniciada el 14 de abril.

Ello exigía imprimir un viraje a toda la actividad del Partido a fin de terminar con los métodos sectarios y convertirlo en un gran partido comunista de masas. Esta fue la tarea central del Congreso.

Era evidente que el Partido sólo podría dirigir el movimiento revolucionario e influir de manera determinante sobre la marcha de los acontecimientos a condición de ser él mismo un partido de masas, capaz de llegar con su programa, con sus soluciones, con sus métodos de lucha a las más profundas capas de la población trabajadora. [77]

La circunstancia que daba mayor apremio a la lucha del Partido por la conquista de las masas era que el reformismo y el anarquismo, las dos corrientes que impedían al proletariado español convertirse en la fuerza dirigente de la revolución democrática y continuaban ejerciendo una influencia poderosa en la mayoría de los trabajadores.

La cuestión se planteaba así: o el Partido lograba liberar a las masas de esa influencia nociva, dándoles una verdadera conciencia socialista, o la clase obrera seguiría siendo un mero auxiliar de la pequeña burguesía, en cuyas manos desfallecía la revolución.

Los debates y resoluciones del IV Congreso asestaron un fuerte golpe a las tendencias sectarias que frenaban el desarrollo del Partido y su proceso de consolidación. Con el Congreso, el Partido dio un gran paso en el camino de su transformación en un partido de masas, destacando de su seno al núcleo dirigente capaz de realizar el viraje que la situación exigía. Entre los miembros del nuevo Comité Central figuraban José Díaz, Dolores Ibárruri, Vicente Uribe, Antonio Mije, Manuel Delicado, Pedro Checa, Trifón Medrano, Jesús Larrañaga, Cristóbal Valenzuela, Eustasio Garrote, Hilario Arlandis, José Silva, Rafael Millá, Daniel Ortega, Luis Zapirain, y otros dirigentes comunistas que habían dado pruebas de su capacidad y de su firmeza revolucionaria.

El Congreso no desplazó del Buró Político a Bullejos, Adame y Trilla, confiando en que éstos rectificarían sus errores. Sin embargo, los pacientes esfuerzos del Partido para ayudarles fracasaron y el 21 de octubre tuvieron que ser excluidos de las filas del Partido Comunista de España. Su expulsión en aquel período fue una necesidad vital para el fortalecimiento ideológico, político y orgánico del Partido.

En la discusión abierta en el Partido se analizaron los errores del grupo y sus raíces sociales.

¿Cuáles eran estos errores?

El grupo no había comprendido el carácter de la revolución democrático-burguesa antes del 14 de abril. Su error partía de una falsa apreciación del carácter del Poder bajo la Monarquía; cerraba los ojos a los vestigios feudales existentes en el país y al peso político que conservaba la aristocracia [78] latifundista, considerando que, dentro del bloque gobernante, llevaba la dirección la burguesía y no la aristocracia terrateniente. De aquí la concepción del grupo, de que la revolución debía ser dirigida contra la burguesía, y su consigna extemporánea del 14 de abril: «¡Abajo la República burguesa!».

Este desenfoque impidió al grupo comprender la importancia de la revolución agraria, nervio central de la revolución democrática española, y la formidable carga revolucionaria que llevaba en su seno el movimiento campesino.

El grupo mantenía también en la cuestión nacional una posición errónea. La justa consigna del Partido «Derecho de autodeterminación e incluso separación para Cataluña, Euzkadi y Galicia», era interpretada como una consigna de separación inmediata y obligatoria de dichas nacionalidades, lo que constituía una burda deformación del pensamiento del Partido, ferviente partidario de la unión voluntaria y no de la separación de los pueblos hispanos.

Después del 14 de abril, el grupo rectificó algunos de sus errores, pero de manera harto formal. Hablaba de la revolución agraria y la cuestión nacional, pero sin realizar esfuerzos serios para organizar y dirigir la lucha de los campesinos por la tierra y la acción de las nacionalidades oprimidas por sus derechos.

Ello reflejaba, en el fondo, la incomprensión del grupo sobre el papel movilizador, organizador y orientador del Partido, y éste era, precisamente, su error más grave. En su concepto, el Partido era una secta cerrada de doctrinarios y no un combatiente avanzado, ligado por mil vínculos a las masas populares. Imbuidos de una mentalidad pequeño-burguesa de jefes insustituibles, los componentes del grupo rechazaban el método de la dirección colectiva, frenaban la promoción de nuevos cuadros, pretendían mandar en vez de dirigir.

Los pacientes esfuerzos de la Internacional Comunista para ayudarles a vencer sus incomprensiones fueron rechazados, lo que era tanto como no aceptar la ayuda del movimiento comunista mundial, su experiencia revolucionaria. El grupo abandonaba el internacionalismo proletario y caía en un chovinismo provinciano y pequeño-burgués. [79]

Analizando todo este sistema de conceptos erróneos, el Partido lo definió como una desviación sectario-oportunista. El sectarismo y el oportunismo marchan casi siempre unidos; suelen ser el anverso y el reverso de una misma moneda. La falta de madurez teórica y de firmeza ideológica hacía al grupo particularmente vulnerable al impacto de posiciones extrañas al marxismo; sustancialmente, sus concepciones eran la resultante de la presión de la pequeña burguesía sobre las filas del proletariado. El sectarismo del grupo reflejaba la mentalidad de la pequeña burguesía radicalizada, impregnada de verbalismo revolucionario, pero ajena a la mentalidad del proletariado y a sus métodos de lucha, cuya clave reside en la acción consciente de las grandes masas, en el espíritu de organización y de disciplina, en la constancia revolucionaria.

La expulsión del grupo vino a completar la obra iniciada por el IV Congreso, a cerrar esta etapa de la lucha contra el sectarismo. Pero no eliminó definitivamente esta enfermedad en el Partido. Las particularidades de la lucha política y del movimiento obrero en nuestro país eran terreno abonado para un renovado brote de sectarismo; el Partido podría extirparlo, ante todo, multiplicando sus lazos con las masas, participando en sus luchas diarias y sosteniendo una lucha ideológica permanente tanto contra el oportunismo socialdemócrata como contra el anarquismo.

En la historia de nuestro Partido, 1932 es el año del gran viraje, cuando a la dirección de éste fueron José Díaz, Dolores Ibárruri y otros camaradas, que tan importante papel han desempeñado en el desarrollo y fortalecimiento del Partido; cuando se corrigió la orientación estrecha y dogmática que frenaba el desarrollo del Partido y, en cierta medida, le apartaba de las masas. A partir de entonces se produjo el proceso de consolidación y reafirmación del Partido Comunista de España como vanguardia dirigente de la clase obrera. El Partido penetró ampliamente en las filas de la clase obrera y entre las masas campesinas. Su consecuente posición leninista sobre los problemas fundamentales de la revolución democrática le granjearon la simpatía y la adhesión de hombres de diferentes sectores sociales que comenzaron a ver en [80] el Partido Comunista una fuerza política seria, con la cual había que contar.

En el esfuerzo por impulsar la actividad y organización del movimiento comunista, realizado a partir de entonces, tuvo importancia histórica la creación del Partido Comunista de Cataluña. En Cataluña, no sólo se concentraba el 45 % del proletariado de toda España; además existía un fuerte movimiento campesino y un poderoso movimiento nacional. Los líderes socialistas habían dejado el movimiento obrero catalán a merced del anarquismo, y el movimiento campesino y nacional en manos de la pequeña burguesía. La creación del Partido Comunista de Cataluña venía, en cierta forma, a enmendar aquel error histórico del socialismo español. Con su fundación, se daba un paso decisivo para dotar al proletariado y al pueblo catalán de su partido nacional marxista-leninista, creándose la premisa fundamental para iniciar la gran obra de liberar el movimiento revolucionario y democrático de Cataluña de la influencia anarquista y pequeño-burguesa y de unificar políticamente a la clase obrera de España.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 76-80