Historia del Partido Comunista de España 1960

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Preliminares

La fundación del Partido Comunista de España ha sido una necesidad histórica de la sociedad española y, en primer término, del movimiento obrero, al alcanzar un determinado grado de su desarrollo.

En este breve análisis del proceso que ha llevado a la constitución del Partido Comunista, es ineludible recordar, aunque sea sucintamente, algunos antecedentes históricos.

Al comenzar el siglo XIX, España era un país económicamente atrasado respecto a otros Estados europeos; las relaciones feudales eran aún predominantes.

Con la guerra de independencia contra Napoleón, en 1808, se abrió en nuestro país el período de las revoluciones burguesas.

Esas revoluciones, que conmovieron a España a lo largo del siglo XIX, tenían como objetivo fundamental el cambio de las relaciones feudales, el establecimiento de la dominación burguesa. Las guerras civiles, los pronunciamientos militares y golpes de Estado, el constante tejer y destejer constituciones y alternar de períodos liberales y reaccionarios, los destronamientos y cambios de dinastía, eran expresiones de esa lucha.

A diferencia de Francia, donde la burguesía combatió contra el feudalismo hasta la destrucción revolucionaria del Poder político feudal, en España la lucha no adquirió un carácter radical y se tradujo en un compromiso. Al lado de una burguesía débil y pusilánime, actuaba una casta feudal que, [10] si históricamente caduca, conservaba suficiente vitalidad para imponer su sello a la vida política, económica y social de nuestro país. Junto a este factor objetivo de la correlación de fuerzas entre la burguesía y la aristocracia feudal, en la conclusión de este compromiso influyó poderosamente la aparición en las barricadas de la Revolución de 1868 y más tarde en la I República de una fuerza nueva: la clase obrera.

Así se llegó a la formación del bloque terrateniente-burgués, base del sistema político y económico en que se apoyó la restauración monárquica en 1874, y que duró hasta la proclamación de la República en 1931.

Con las leyes desamortizadoras de 1835, la burguesía asestó un serio golpe al poder feudal de la Iglesia, pero no destruyó la propiedad latifundista de la aristocracia. Sin embargo, la desamortización fue el punto de arranque del capitalismo moderno en España.

En la década del 40 al 50 del siglo XIX, la técnica manufacturera fue dejando su puesto a la máquina; las manufacturas se convertían en fábricas. Este proceso fue particularmente rápido en la industria textil de Cataluña. Al mismo tiempo se levantaron factorías metalúrgicas y algunas empresas de construcción de maquinaria en Barcelona, Valencia, Málaga, Asturias y Santander; se sentaron las bases de la industria siderometalúrgica en el País Vasco; inicióse el desarrollo de la red ferroviaria española; surgieron compañías de seguros y Bancos; el capital bancario comenzó a desempeñar un papel cada vez más importante.

Esta revolución industrial iniciada en España y la existencia de ricos yacimientos mineros apenas explotados despertaron el interés del capital extranjero, que se concentró fundamentalmente en la industria extractiva y en la construcción de ferrocarriles. Se destacó, a partir de ese momento, como otra de las particularidades del desarrollo capitalista de España, la tendencia de la burguesía española a facilitar la penetración del capital extranjero, con desdén u olvido de los intereses nacionales.

La desamortización puso en venta, al mismo tiempo que las tierras de la Iglesia, tierras comunales y de propios, cuyo [11] usufructo había constituido el principal medio de vida de grandes masas campesinas. La burguesía española, lejos de dar la tierra a los campesinos, les despojó de ella. Con este acto se privaba de un aliado importantísimo para la lucha contra la reacción feudal.

Se comprobaba en España la afirmación marxista de que el camino del desarrollo capitalista pasa, en todas partes, a través del empobrecimiento y de la miseria de los campesinos y de los trabajadores en general.

La desamortización provocó el éxodo de los campesinos hacia las zonas mineras e industriales y fue, por ello, un factor impulsor del aumento numérico del proletariado.

El crecimiento de la clase obrera y su concentración dio origen, en la década del 40 al 50, a un hecho de extraordinaria importancia: el surgimiento de Asociaciones Obreras, que fueron el primer paso hacia el movimiento obrero organizado en España.

La primera de ellas fue la Asociación de Tejedores a Mano, fundada en 1840, en Barcelona, por el obrero tejedor José Munts. En 1854, esta asociación se unificó con otras simiIares de Cataluña en la primera federación de Sociedades Obreras, que adoptó el título de Unión de Clases.

Los intentos del Gobierno y de la burguesía, tendentes a impedir el desarrollo del movimiento societario obrero, fueron inútiles. A la suspensión de la Unión de Clases, respondió el proletariado de Barcelona, el 2 de julio de 1855, con una huelga general, en la que participaron más de 40.000 obreros, y que fue la primera que registra la historia de nuestro país.

Al mismo tiempo que surgían las primeras sociedades obreras de defensa, empezaron a extenderse por España las ideas del socialismo utópico: en Andalucía y Madrid, las de Fourier; las de Cabet, en Cataluña.

Los primeros difusores de las doctrinas de Fourier fueron Joaquín Abreu, Sixto Cámara y Fernando Garrido, el cual, en 1846, fundó en Madrid una revista, «La Atracción», primera publicación socialista de España. Entre los adeptos más destacados de las doctrinas de Cabet, figuraron [12] Aldón Terradas y Monturiol, quienes en 1847 editaron en Barcelona el semanario socialista «La Fraternidad», en cuyas páginas se publicó la conocida obra de Cabet «Viaje a lcaria».

Sin embargo, las organizaciones obreras constituidas para la defensa de los intereses económicos de los trabajadores no abarcaban más que un aspecto de su lucha y de sus crecientes aspiraciones. En el frente político, la clase obrera y los asalariados en general luchaban bajo una bandera que no era la suya; actuaban bajo la influencia ideológica de la burguesía.

Para intervenir en la lucha política como una clase independiente, el proletariado necesitaba tener una ideología auténticamente revolucionaria que, científicamente, mostrase su misión histórica como enterrador del capitalismo y de toda forma de explotación del hombre por el hombre.

Esta ideología no podía ser la de los socialistas utópicos, los cuales no comprendían las leyes que determinan el desarrollo de la sociedad ni podían, por tanto, indicar el camino de la liberación del proletariado de la esclavitud capitalista. Estos criticaban a la sociedad capitalista, pero se limitaban a ofrecer soluciones ideales, que, si estimables por la intención, eran prácticamente irrealizables.

La aparición en la arena política, coincidiendo con la revolución de 1848, del socialismo científico, cuya esencia fue expuesta en el «Manifiesto del Partido Comunista» de Marx y Engels, dotó a la clase obrera de la ideología que necesitaba para convertirse en una fuerza política decisiva.

El marxismo daba a. los trabajadores una concepción del mundo coherente y científica, inconciliable con toda superstición; demostraba que el régimen burgués, como los que le antecedieron en el curso de la historia, es sólo un régimen transitorio, un paso hacia un nuevo sistema social más elevado, el comunismo.

Esta doctrina se abría camino en la conciencia de los trabajadores; se extendía por el mundo, despertando a la lucha a las masas oprimidas y explotadas; se transformaba en una fuerza material indestructible; sentaba las bases de la revolución proletaria. [13]

El «Manifiesto del Partido Comunista» fue traducido al español y publicado en 1872 en el periódico «La Emancipación» de Madrid, dirigido por José Mesa, y encontró amplio eco en los núcleos más avanzados de la clase obrera y de la intelectualidad, desplazando las ideas del socialismo utópico, hasta entonces en boga.

En 1864 se fundó en Londres la Asociación Internacional de los Trabajadores, cuyos estatutos generales se asentaban sobre las teorías marxistas del «Manifiesto del Partido Comunista».

La primera organización española de la Asociación Internacional de los Trabajadores se fundó en Madrid el 21 de diciembre de 1868, después de la visita del diputado italiano José Fanelli, enviado para dar a conocer en nuestro país los objetivos de la Primera Internacional. Los hombres que integraron el grupo inicial fueron, entre otros, Angel Mora, Anselmo Lorenzo, Francisco Oliva, Manuel Cano, Enrique Simancas y Francisco Mora. Este grupo puede considerarse como el iniciador del movimiento político proletario español. Algo más tarde, se constituía en Barcelona otro grupo de internacionalistas y, en junio de 1870, se celebraba en esta última ciudad el congreso de los partidarios de la Internacional, que fue el primer Congreso Nacional de la clase obrera española. En él se constituyó la Federación Regional Española de la Primera Internacional.

Un nuevo sentimiento se desarrollaba en la conciencia de las masas explotadas: el de la solidaridad proletaria. La clase obrera española ya no se sentía aislada detrás de los Pirineos, sino integrada en el gran movimiento del proletariado internacional.

El desarrollo del movimiento obrero no transcurrió en España llanamente, sino con una intensa lucha interna, que tuvo su expresión principal en el choque entre el socialismo y el anarquismo.

Refutadas todas las teorías socialistas anteriores por la irrebatible lógica marxista que el desarrollo capitalista confirmaba cada día, las viejas ideas pequeño-burguesas del periodo artesanal se resistían a desaparecer. [14]

Apoyándose en esas ideas, el anarquista ruso Miguel Bakunin organizó, en el seno mismo de la Internacional, la lucha contra el marxismo, utilizando para ello una fraseología demagógica en la que destacaba como dogma básico el de la «liquidación social», que debía consistir en un golpe fulminante que destruyera a la vez el capitalismo y el Estado para levantar sobre sus escombros la «anarquía jurídica y política».

Siguiendo las instrucciones de Bakunin, Fanelli, al mismo tiempo que ayudó a constituir las secciones de la Internacional en España, introdujo en ellas la manzana de la discordia, creando en su interior grupos secretos bakuninistas. El primero, fundado en Barcelona a mediados de 1869, se transformó rápidamente en el centro de propaganda anarquista en el país.

Estos grupos realizaron una labor disgregadora y antisocialista en el interior de las organizaciones de la Internacional y sobre ellos recae la responsabilidad de la división del movimiento obrero, al que causaron desde el primer momento de su actuación graves daños. Abusando de la buena fe de los trabajadores, a los que ocultaban los verdaderos fines de la actividad bakuninista, consiguieron alistar en sus grupos secretos incluso a los hombres más honestos y más fieles a la Internacional y apoderarse de los puestos dirigentes de la Federación Regional Española.

Pero no hay que buscar en estos hechos las causas principales de la influencia del anarquismo entre la clase obrera y los campesinos españoles, ni menos atribuir esa influencia al supuesto «poder de captación» del anarquista italiano Fanelli, o al presunto «individualismo español». Las causas son eminentemente económicas y sociales, y la perpetuación en España de las ideas anarquistas, cuando éstas no ejercían ya influencia en ninguno de los países capitalistas más avanzados, tiene su causa fundamental en el lento desarrollo industrial del país.

En el periodo de desarrollo industrial, cuando las máquinas desplazan la pequeña producción artesanal y el capitalismo desaloja a los campesinos de sus parcelas de tierra, cientos de miles de artesanos y de pequeños propietarios ya [15] no pueden seguir viviendo como antes, se ven obligados a ir a trabajar a la fábrica, a ganar un salario, a convertirse en proletarios. La mentalidad de estos hombres, sin embargo, no es proletaria, es pequeño-burguesa. El desarrollo rápido de la gran industria va modificando esta mentalidad. En cambio, un desarrollo industrial lento y débil, y la multiplicidad de pequeñas fábricas y talleres, como era el caso de España, contribuyen a hacer perdurar ese modo de pensar.

El artesano o el campesino convertido en proletario en estas condiciones, son propensos a aceptar cualquier doctrina que les permita mantener la esperanza de que aún pueden recobrar su antigua posición, restablecer sus antiguos modos de vida, trabajar en su taller artesanal o en su parcela de tierra. Odian la fábrica que les arruinó; odian al Estado que les despojó de las tierras que eran su sustento. Su rebeldía nace de su empobrecimiento. Su origen de clase, su individualismo, es el terreno abonado en el que prende fácilmente la semilla de las ideas pequeño-burguesas anarquistas.

Las teorías anarquistas no arrancan del conocimiento de las leyes objetivas del desarrollo social sino de principios abstractos, como la «libertad», la «igualdad» y la «justicia»: conceptos genéricos y eclécticos, que admiten toda clase de interpretaciones, en dependencia de quiénes son los encargados de aplicarlos. De aquí que en la lucha por esa revolución social a que aspiran, los anarquistas desvíen la energía y la actividad de las masas que siguen sus inspiraciones hacia una lucha estéril, sin perspectivas de victoria, atacando no las causas del régimen injusto que ellos quisieran suprimir, sino los efectos exteriores y visibles de esas causas.

En nuestro país, la vida patentizó la inanidad de estas tesis anarquistas. Con su intervención en el movimiento cantonalista de 1873, los anarquistas dieron un ejemplo insuperable, según la conocida frase de Engels, «de cómo no debe hacerse la revolución».

En el curso de aquellos sucesos, todos los principios anarquistas se vinieron al suelo al choque con la realidad. Los anarquistas infringieron primero el dogma del abstencionismo electoral; luego, el de la abstención en revoluciones que no persiguieran la inmediata emancipación proletaria, [16] puesto que participaron en un movimiento, como el cantonalista, de carácter burgués; seguidamente le tocó el turno al dogma de la abolición del Estado, pues en vez de abolirlo en los cantones donde triunfaron, levantaron en cada uno de ellos un pequeño Estado y participaron incluso en las Juntas gubernamentales de los cantones.

El anarquismo en España –descontando la abnegación y espíritu de sacrificio de las masas obreras y campesinas que creían en él apasionadamente, que le sacrificaban la libertad y la vida–, ha sido una escuela de derrotas. Después de 1911, en que se constituyó la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y durante algún tiempo, el movimiento anarcosindicalista recibió en sus filas a lo más combativo de los obreros y campesinos, que, por reacción contra el oportunismo socialdemócrata, se orientaban hacia los anarquistas.

En luchas huelguísticas de envergadura nacional, fracasadas todas a pesar de la combatividad obrera, el anarquismo demostró, repetidas veces, que ni sus principios ni su táctica hacen avanzar un solo paso a las masas trabajadoras en el camino de su emancipación.

Pese a la indudable influencia que el anarquismo alcanzó en España en aquellos momentos iniciales del movimiento obrero organizado, queda en pie un hecho que no puede ser negado por nadie: las primeras asociaciones obreras de tipo internacionalista, independientes de los partidos burgueses, se constituyeron en España, por la propia voluntad y decisión de los trabajadores, inspirándose en los principios del marxismo, en los principios del comunismo, expuestos por Marx y Engels en el «Manifiesto del Partido Comunista».

Estas ideas fueron las que impulsaron la constitución del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la organización sindical obrera, la Unión General de Trabajadores (UGT).

El Partido Socialista fue fundado en mayo de 1879 por un grupo de internacionalistas arbitrariamente expulsados por los bakuninistas de la Federación Española de la Internacional.

Con la fundación del Partido Socialista, como partido [17] independiente de la clase obrera, el proletariado español iniciaba un nuevo camino.

A la iniciativa de los socialistas se debe la creación de la UGT, en agosto de 1888. Su primer secretario fue Antonio García Quejido, más tarde fundador del Partido Comunista de España y uno de sus primeros secretarios generales.

El grupo fundador del Partido Socialista estaba compuesto de obreros en los que desde el primer momento predominó una tendencia economista, sindicalista. A pesar de sus propósitos de constituir una organización política sobre la base de los principios marxistas su escasa formación teórica les llevaba a concentrarse exclusivamente en las reivindicaciones prácticas, inmediatas, y a despreciar aspectos tan fundamentales para un partido marxista como los de la educación socialista de los trabajadores, la orientación de la lucha de la clase obrera hacia el derrocamiento del régimen capitalista, la toma del Poder por el proletariado y el paso al socialismo.

El menosprecio hacia el problema fundamental de toda revolución, la toma del Poder; la tendencia a conciliar los intereses del proletariado con los de la burguesía, constituyeron la fuente del oportunismo del Partido Socialista.

Otra debilidad del Partido Socialista, desde su período inicial hasta nuestros días, ha sido la incomprensión de que los campesinos son una de las fuerzas fundamentales de la revolución democrática española y el aliado esencial de la clase obrera.

El Partido Socialista desconoció el problema nacional, negó el derecho de los pueblos a la autodeterminación y dejó así la dirección del movimiento nacional de Cataluña, Euzkadi y Galicia a merced de la burguesía.

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En el último tercio del siglo XIX, el capitalismo entró en su etapa imperialista. En la guerra hispano-norteamericana de 1898 –que fue la primera guerra imperialista–, España perdió sus últimas posesiones en el Mar Caribe y en el Pacífico y, con ellas, sus principales mercados exteriores. [18] La guerra puso de relieve la podredumbre y la senilidad del régimen monárquico y agudizó todas las contradicciones de la sociedad española.

La pérdida de las colonias y de los beneficios coloniales llevó a la burguesía y a los terratenientes a intensificar la explotación de la clase obrera y la expoliación de los campesinos en España misma. En Cataluña y Euzkadi se recrudeció el movimiento nacionalista. La burguesía nacional exigía del Gobierno central concesiones que le permitieran resarcirse de la pérdida de los mercados exteriores. La monarquía intentó frenar y desviar la oposición creciente de la burguesía, acentuando su política imperialista en Marruecos; pero las consecuencias desastrosas de estas aventuras coloniales impulsaron la lucha popular antimonárquica.

Con el comienzo del imperialismo, terminaba para el movimiento obrero español la etapa de desarrollo relativamente pacifico iniciada después de la Restauración; se anunciaba un período de grandes luchas, que hacían más necesaria aún la existencia de un partido obrero revolucionario, armado de la ideología marxista. Pero el Partido Socialista, lejos de evolucionar en ese sentido, fue perdiendo su carácter de clase y deslizándose, cada vez más acusadamente, al oportunismo. A ello contribuyó, en no escasa medida, el papel preponderante que un grupo de intelectuales liberales pasó a desempeñar en la dirección del Partido Socialista. Y a medida que se afirmaban estas tendencias reformistas, y como reacción a su abandono de las posiciones de clase, comenzó a perfilarse en el seno del Partido Socialista Obrero Español un ala revolucionaria, que más tarde habría de ser núcleo constitutivo del Partido Comunista de España.

La primera guerra mundial (1914-1918) fue el estallido de las contradicciones del imperialismo, la expresión violenta de la crisis general del capitalismo. En ella se valoraron los quilates revolucionarios de los partidos socialistas. Con la excepción del Partido Bolchevique, dirigido por Lenin, todos los partidos de la II Internacional, arrastrados por la mayoría de sus dirigentes, se colocaron al servicio de su burguesía, respaldando con su complicidad abierta la terrible [19] matanza en la que el imperialismo sacrificaba millones de vidas humanas.

Por el camino del abandono de las posiciones internacionalistas proletarias marcharon también los líderes reformistas del PSOE, que muy pronto se colocaron al lado de la «Entente» anglo-francesa.

Para España, la primera guerra mundial significó enriquecimiento de un puñado de industriales, de negociantes, de magnates financieros, pero, al mismo tiempo, carestía y privaciones para el pueblo. En las ciudades escaseaban el pan, el carbón, el azúcar, el arroz, el aceite; España no estaba en guerra, pero los precios de los artículos de consumo popular aumentaron más que en Francia.

Esta situación empujó a las masas laboriosas a la lucha. En el verano de 1916 se produjo una huelga ferroviaria que encontró el apoyo de todo el proletariado español; en diciembre, conoció España una huelga general de protesta contra la carestía. La lucha fue adquiriendo un carácter cada vez más político.

En 1917 existía ya en España una situación revolucionaria. El crecimiento de las fuerzas productivas durante los años de guerra y la exacerbación de las contradicciones en el seno de la sociedad española, cuyo desarrollo era frenado por la existencia de supervivencias feudales, ponían sobre el tapete de manera apremiante la realización de la revolución democrático-burguesa.

Las condiciones objetivas para tal revolución habían madurado; pero faltó un partido capaz de dirigir la lucha de las masas y de conducir a éstas a la victoria.

En agosto de 1917, la clase obrera española llevó a cabo una huelga general revolucionaria. En Asturias y Vizcaya ésta tuvo carácter de insurrección armada. A pesar del heroísmo de los trabajadores, el movimiento, que pudo ser decisivo para el desarrollo democrático de España, fracasó por la actitud de los partidos burgueses –que dejaron en la estacada a la clase obrera– y por la incapacidad de la dirección del Partido Socialista, el cual había supeditado la lucha de la clase obrera al juego político de la burguesía liberal y no hizo nada para incorporar a las masas campesinas a esa lucha. [20]

La derrota del movimiento revolucionario de agosto de 1917 mostró a la clase obrera española que el Partido Socialista no era el Partido que podía dirigir su lucha. ¿Qué tipo de partido hacía falta para llevar a la clase obrera a la victoria?

La respuesta llegó con la nueva de la gran Revolución Socialista triunfante en Rusia: en octubre de 1917, bajo la dirección del Partido Bolchevique, los obreros y los campesinos rusos derrocaron el Poder de los capitalistas y de los terratenientes y proclamaron la República Socialista Soviética, inaugurando una nueva era en la Historia.

La Revolución Socialista de Octubre galvanizó las energías revolucionarias del pueblo español, especialmente de la clase obrera y de los campesinos.

La reacción española, que después de haber aplastado sangrientamente el movimiento revolucionario de agosto creía haberse asegurado un largo período de paz, tuvo que enfrentarse de nuevo con un movimiento obrero templado en la lucha y estimulado por el ejemplo ruso, y con unos campesinos que querían marchar por el camino de octubre.

Las fuerzas terratenientes y burguesas, aterradas por la pujanza y la rapidez con que prendían en las masas las ideas de la Revolución de Octubre, buscaban el apoyo de la reacción internacional y se adherían a los planes de ésta, tendentes a aplastar a la joven república proletaria.

En 1918, cuando la reacción imperialista organizó la intervención armada contra el País Soviético, el Gobierno francés recabó la colaboración de España en el bloqueo contra el primer Estado proletario. Al conocerse esta noticia en España, las masas trabajadoras se levantaron en un movimiento impresionante que hizo retroceder al Gobierno. En Barcelona y Valencia, el pueblo asaltó los consulados franceses y dio fuego a los documentos que encontró en ellos.

Los sindicatos obreros tomaron rápidamente posición en defensa del País Soviético.

El II Congreso de la Confederación Nacional del Trabajo, celebrado en diciembre de 1919, decidió que los obreros de las fábricas de armas y municiones se negasen a fabricar materiales destinados a la lucha contra el Ejército Rojo y asumió [21] la obligación de declarar la huelga general en caso de que el Gobierno tratase de enviar tropas a Rusia.

A su vez, el IV Congreso Nacional de Obreros Agricultores y Similares (Federación Nacional de Agricultores), anarcosindicalista, celebrado en Valencia en diciembre de 1918, acordó, por unanimidad, «felicitar a los campesinos rusos por haber llevado a la práctica nuestro lema: La tierra para los que la trabajan», y aprobó lo siguiente: «los campesinos españoles deben declarar la huelga general si el Gobierno español intenta intervenir en el movimiento revolucionario ruso.»

El sindicato metalúrgico de Vizcaya exigió del Gobierno «levantar el bloqueo a Rusia y restablecer las relaciones comerciales con el País de los Soviets».

En su Conferencia de la primavera de 1919, el PSOE se pronunció contra toda clase de intervenciones en Rusia y por la huelga general en caso de que tal intervención tuviera lugar. El Congreso Agrario de la UGT de Andalucía y Extremadura acordó, en 1920, expresar «su simpatía a la República Rusa de los Soviets y exigir su reconocimiento por el Gobierno español».

Toda la España del trabajo montaba la guardia para defender al joven País Soviético, desarrollando luchas de envergadura nacional, que ataban las manos al Gobierno y le impedían participar en la cruzada imperialista contra el Estado proletario.

Después de la Revolución de Octubre se produjeron en toda España grandes huelgas y manifestaciones de masas, que llegaron a repercutir en los cuarteles, dando lugar a sucesos como la sublevación del Cuartel de Artillería del Carmen, de Zaragoza.

La crisis del régimen se acentuó y la situación de la Monarquía era tan precaria, que en la noche del 21 de mayo de 1918, la llamada «noche trágica», el rey amenazó a los dirigentes de los partidos monárquicos con abandonar el trono si no eran capaces de contener el movimiento revolucionario de las masas.

El centro de gravedad de la política del país, entre 1918 y 1923, se trasladó a Barcelona, donde residían el cuartel [22] general de las Juntas Militares de Defensa, la influyente Federación Patronal y la mayor concentración proletaria de la Península.

En marzo de 1919 estalló la huelga de los obreros y empleados de la compañía extranjera la «Canadiense», con lo que se privaba de fluido eléctrico a muchas fábricas de Cataluña y se paralizaba la vida industrial de la ciudad. Ante la firmeza de los trabajadores, el Gobierno se vio obligado a satisfacer sus demandas; pero la Federación Patronal, apoyada por las Juntas de Defensa, negóse a ello, provocando la réplica inmediata de la clase obrera.

El 24 de marzo se declaró la huelga general, que fue total en Barcelona y otras ciudades catalanas, y se extendió a otras provincias. El 26 de marzo se proclamó el estado de sitio en Barcelona, Valencia y La Coruña. En respuesta a la implantación de la censura militar a las publicaciones obreras, los obreros implantaron su propia censura, aplicándola a los periódicos burgueses y a los documentos oficiales. La huelga terminó con una victoria obrera.

Bajo la presión de los trabajadores, que luchaban en toda España, el 3 de abril de 1919 era promulgada por decreto la jornada de 8 horas.

En agosto de 1919, la burguesía catalana inició una serie de «lock-outs» para impedir la aplicación de la jornada de 8 horas. El 19 de agosto, solamente en Barcelona, quedaban en la calle 15.000 albañiles, 6.000 carpinteros, 30.000 obreros textiles. Una violenta represión se abatió sobre los obreros. Bandas de forajidos, a sueldo de la patronal y de la policía, asesinaban en las calles de Barcelona a los obreros revolucionarios. Los anarcosindicalistas, en lugar de responder al terror policiaco con la movilización de las masas, le opusieron la violencia individual. En esta desigual lucha fueron cayendo centenares de trabajadores.

Para ayudar al movimiento obrero catalán hubiera sido preciso un gran movimiento solidario, que nadie podía encabezar mejor que la UGT, dirigida por los socialistas; pero esto no se produjo, a pesar de que la clase obrera de Madrid y de otras regiones lo exigía. Faltaba coordinación en la lucha. No existía unidad de acción. [23]

Las derrotas de una parte de la clase obrera dirigida por los anarcosindicalistas dejaban impasibles a los dirigentes socialistas de la UGT. Y, a la inversa, la mayor parte de los movimientos y huelgas organizados por la UGT no eran secundados en general más que por la parte más consciente de los trabajadores anarcosindicalistas. La burguesía y el Gobierno podían golpear a unos y a otros por separado. En esta situación, el gran esfuerzo de la clase obrera resultaba estéril.

La creación de un partido de la clase obrera, de nuevo tipo, aparecía cada vez más como una necesidad del propio desarrollo de la lucha.

No era ésta, sin embargo, tarea fácil. La fidelidad de los trabajadores socialistas y anarquistas a los principios y a las organizaciones en que habían despertado a la lucha los mantenía sujetos a concepciones políticas sobrepasadas, por las que habían luchado honrada y abnegadamente.

La creación de la III Internacional, en marzo de 1919, fue una ayuda inapreciable para orientar el movimiento revolucionario en todos los países. La Internacional Comunista venía a soldar los vínculos entre los trabajadores, que habían sido rotos por la política chovinista de los líderes oportunistas de la II Internacional durante la primera guerra mundial. La Internacional Comunista, fundada por Lenin, reunió y unificó en torno a las banderas del marxismo-leninismo a las fuerzas más revolucionarias del movimiento obrero internacional. La creación de la Internacional Comunista fue una victoria del marxismo-leninismo sobre el reformismo y ejerció un gran poder de atracción sobre el proletariado de nuestro país.

En el Partido Socialista y en la Federación de Juventudes Socialistas se produjo un amplio movimiento de adhesión a la Internacional Comunista. En el año 1919 se constituyó en Madrid un Comité Nacional de los Partidarios de la III Internacional en el que participaban personalidades socialistas del más alto prestigio.

Mientras tanto, la CNT decidió en su segundo Congreso, celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid, en diciembre de 1919, adherirse a la Internacional Comunista y a la Internacional Sindical Roja, aunque años después, bajo la presión [24] de los grupos específicos anarquistas, abandonase el camino emprendido.

Sin la Revolución Socialista de Octubre de 1917, sin la creación de la III Internacional, la clase obrera y los campesinos españoles habrían continuado aún mucho tiempo su lucha, sin una perspectiva clara y concreta, faltos de horizontes revolucionarios adonde dirigirse.

La adhesión de las masas obreras de la ciudad y del campo a la III Internacional tuvo su más alta expresión en la creación del Partido Comunista de España, en abril de 1920.

La historia del Partido Comunista de España pasa por tres grandes etapas: Lucha por el derrocamiento de la Monarquía, de 1920 a 1931; Revolución democrático-burguesa, de 1931 a 1939, con la guerra nacional revolucionaria, lucha contra la dictadura fascista del general Franco, desde 1939 hasta nuestros días.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 9-24