Vértice
Revista Nacional de la Falange
número 5 [h28v]
septiembre-octubre 1937 · II Año triunfal

José Luis López Aranguren

El arte de la España nueva

La Catedral de Burgos (Fotografía Azqueta)Uno de los más punzantes problemas que se encuentra planteados de antemano la España que renace es el que apunta a lo que ha de ser su arte. Las nuevas falanges hispánicas, revolucionarias y tradicionales a un mismo tiempo, han aprendido pronto algo que la agonizante clase burguesa no llegó a saber nunca bien: que el arte es esencial para el Estado.

De esta arraigada convicción prende la serie de disquisiciones que se llevan a cabo actualmente sobre el tema; disquisiciones que a primera vista pudieran parecer superfluas, puesto que la producción artística sólo tiene que atenerse a ciertos principios muy generales y no se sujeta a reglas a priori, más que en lo meramente técnico, siendo más bien ella misma quien crea su propia regla, que luego, a posteriori, interpretan y formulan los estetas.

Pero, a pesar de esta peculiaridad de la esfera estética, las especulaciones de intención normativa sobre ella, están justificadas en sí mismas: el arte, como la ciencia especialmente cuando poseen una profunda significación social, colectiva, nacional, extraen sus ideas del sentido de la vida, de la actitud ante el mundo, de la fe eucarística o del descreimiento último. El artista y el hombre de ciencia no captan la pura objetividad de las cosas, sino que encuentran siempre, precisamente lo que iban buscando, guiados por una oculta, íntima, demoníaca o divina luz.

Es, pues, perfectamente posible, influir decisivamente en el arte del próximo porvenir; sólo que este influjo ha de ejercerse apuntando más arriba, al núcleo mismo del espíritu social, colectivo, nacional.

Lo ingente es, en consecuencia, y no sólo por ésta, sino por muchas otras razones, determinar exactamente, no a base de generalidades, cuál es el auténtico espíritu español.

Por de pronto, quizá un poco precipitadamente, doblegándose ante esquemas mentales preconcebidos y más o menos importados, se escribe ahora por todas partes que en la España nacional ha de imperar un orden clásico. ¿Pero se está seguro de que este juicio coincida con la realidad de España? El estilo barroco se tacha, sin más, de error; pero, ¿y si resultase que la España metafísica fuera, por esencia, barroca?

Yo no pretendo, ni mucho menos, contestar afirmativamente a estas interrogaciones, contradictorias de la doctrina imperante en estos momentos. Sólo quiero hacer ver dos cosas: primeramente, el peligro que constituye el dejarse llevar de cualquier forma de racionalismo, con su prurito de conformar la vida según leyes de la razón, en vez de respetar los fueros de cada una al lado de la otra; en segundo lugar, la ineludible y apremiante empresa de formular la Filosofía de la Historia del espíritu español, que servirá para desvelarnos la España entre las varias Españas racionalmente posibles.

Sería un imperdonable pecado del espíritu el de permitir que la manera de ver racionalista, superada por la filosofía contemporánea, fuese a apoderarse a estas alturas de nosotros, cuando ya no puede negarse la eficiencia de otras potencias humanas, fe e intuición, instinto y vida, a un lado y otro de la razón.

Claustro de San Juan de Duero. Soria. Foto Azqueta
Claustro de San Juan de Duero. Soria. Foto Azqueta

La peculiaridad de cada pueblo, como el temperamento y la individualidad de cada hombre, es algo que, en sus líneas generales, siempre ha de resultar inmodificable. Por eso la misión del gobernante consiste en amoldar su sistema político a la espontaneidad del país, en vez de pretender que éste se adapte a aquél. Hombres y pueblos han de buscar la verdad en sí mismos, sin más limitación que la que impida su caída en el relativismo sinónimo de Anticristianismo y anarquía. Justamente esta es la causa, por ejemplo, según se ha hecho notar mil veces, de que el liberalismo inglés, producto allí de una constitución histórica, fracase al ser trasplantado al Continente y también de que el Comunismo no pueda arraigar en los países occidentales.

Hasta tal extremo es actual este punto de vista, que ha servido de fundamento a todos los regímenes nacionalistas; lo que suele oscurecer la cuestión es que, de entre ellos, el italiano se encontró con la venturosa coincidencia de las esencias clásicas con el espíritu nacional; la síntesis le era, pues, dada. En cambio el nacionalsocialismo alemán que se enfrentaba con una realidad previa opuesta a la anterior, lo que ha hecho es acabar violentamente la disociación de ambos términos, incidiendo en un extremado vitalismo.

Es por tanto sólo a medias útil para el porvenir nacional que se nos venga con abstractas afirmaciones de que se debe ser clásico y no barroco: nosotros los españoles en definitiva sólo nos haremos lo que ya seamos, en potencia y en historia, o, de lo contrario, no haremos nada español.

Por eso insisto una vez más en la perentoriedad de que se nos oriente sobre lo que en realidad somos y significamos; y con ese dato previo ya podremos tomar partido por un orden clásico renacentista, un desarrollo del potencial estilo Isabel, un orden clásico medieval o un estilo barroco al que quizá había de buscarse en su caso el momento de plenitud, de paradójico equilibrio; lo clásico en el barroco español.

Y al propio tiempo, tras la obtención de esos datos esenciales, manifestados en nuestra Historia, cabrá formular también una teoría política genuinamente española: la unificación que nuestro caudillo y jefe nacional el General Franco ha realizado en el orden práctico, está aun por realizar en el orden doctrinal.

De ese modo evitaremos, por una parte, la desviación en el cumplimiento de misión hispánica y por otra que en la nueva España se infiltre el relajamiento, nacido de falta de espíritu, anterior al 14 de Abril. Porque, en cuanto a esto último, si bien es seguro que la Dictadura poseyó un núcleo de valor, adherido éste exclusivamente a la personalidad sólo relativamente consciente del Dictador, aquella etapa histórica ya no puede representar para nosotros otra cosa que una revolución fracasada, según ha dicho quien menos sospechas puede infundir al juzgarla de este modo, el primer político teórico español de estos últimos tiempos. Para honrarle, pongamos pues cuidado en que la nueva revolución no fracase más.

Y para el final, una cita humorística y seguramente de autor inesperado: «... cada cual debe cultivar el bien en sí, según las condiciones de su propia naturaleza. La condición angélica no es concedida a todos, mejor dicho, hay distintos modos de ser angélico, sin fijarnos en éste o en el otro caso. Variadísimo es el reino de la naturaleza espiritual. Hay mamíferos, aves y moluscos... Pues yo sostengo que nunca el caballo debe echarse a volar y que el pájaro no debe hacer vida de ostra». (Pérez Galdós: «Ángel Guerra».)

José Luis López Aranguren

 


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José Luis López Aranguren
1930-1939
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