El Sol
Madrid, sábado 5 de diciembre de 1925
 
año IX, número 2.600
página 1

Avelino Gutiérrez

Panamericanismo, latinoamericanismo e hispanoamericanismo

Don Avelino Gutiérrez, a quien nuestros lectores conocen ya por artículos anteriores y por su incansable y ejemplar labor en la Argentina, como elemento importante de la Cultural Española, nos envía un nuevo trabajo sobre asunto de tanta trascendencia como el de los «ismos», que dan nombre al interés o al afecto que despierta la América española en Europa y Norteamérica.

Recordarán nuestros lectores que días atrás, con motivo de un homenaje a otros miembros de la Cultural Española –los Sres. Ortiz de San Pelayo y Escasani–, se acordó nombrar presidente honorario de la Asociación Hispanoamericana a nuestro ilustre colaborador.

Esa es una pequeña muestra del agrado con que en España se ve la labor que desde 1912 viene desarrollando la Cultural Española y el aplauso con que se acoge la noticia de los éxitos de esa importante entidad.

Son expresiones que responden a conceptos distintos, derivados de realidades diferentes, y que, no obstante, considerados aisladamente, tienden cada uno de ellos a un fin similar: Todos son nacionalistas, egoístas.

El panamericanismo ha nacido en Estados Unidos de Norteamérica, como similar del pangermanismo, del panslavismo y panlatinismo, aunque sin tener el mismo fundamento, pues mientras que el pangermanismo se basa y quiere la unión de todos los pueblos que hablan la lengua alemana, y el panslavismo expresa la unión de los pueblos de alma eslava, y el panlatinismo a los que hablan lenguas neolatinas, el panamericanismo, tomando como motivo aparente el concepto de que la Europa no tiene por qué entrometerse en los asuntos de América (concepto geográfico), se basa, realmente, en el anhelo de atar al yugo norteamericano a todos los diferentes pueblos de este continente. Anhelos de dominios.

Para fundamentar este su íntimo anhelo no puede basarse en el criterio de razas, en el de lenguas, ni menos en el de religiones; se basa, ostensiblemente, en un criterio puramente geográfico; pero en realidad, el panamericanismo no es ni significa otra cosa «que América para los norteamericanos».

Ese es el significado de la expresión desde el punto de vista íntimo de sus inventores. Es decir: que el valor de esta expresión es puramente egoísta, nacionalista y particular: norteamericana.

No abarca, ni es favorable, a todo el Continente, aunque a veces pueda serlo.

El concepto de latinoamericanismo tiene un fundamento más sólido, pues significa algo así como la comprensión en un mismo haz de todos los pueblos que hablan lenguas que derivan del latín, y, si lo valoramos en las relaciones de sus pueblos con América, tendremos que descomponerlo en hispanoamericanismo, lusoamericanismo, francoamericanismo e italoamericanismo.

Las expresiones hispanoamericanismo y lusoamericanismo, en sus relaciones con los pueblos de América, tienen por fundamento las vinculaciones de España y Portugal con las naciones de América que hablan español y portugués.

En estas expresiones lo aparente y lo real se funden, y no encubren sentido oculto; en cambio, la expresión de latinoamericanismo, dicha por franceses, tiene el valor íntimo de América que habla español y portugués, para Francia. Latinoamérica, en boca de Francia, significa latinoamérica para los franceses, y de igual modo, latinoamérica en boca de Italia, significa latinoamérica para los italianos.

Vemos, pues, que aunque las expresiones latinoaméricas, externamente tengan algo de común, en lo íntimo responden a finalidades muy diferentes, puesto que miran todas hacia sí propias, a lo específico, con exclusión de lo genérico; es decir: con exclusión de los afines; mas hecha esta separación, todas tienen algo de semejantes y se pueden reducir a un común denominador: todas derivan el agua común a su molino.

Y bien: ¿es esto un pecado? ¿Debemos protestar contra ello?

Por otra parte, ¿tendrán algún valor semejantes protestas?

¿Nos importa algo que los franceses e italianos invoquen o dejen de invocar el latinoamericanismo para sus fines particulares?

¿Les habrá de traer la invocación algún beneficio?

¿Los valores sentimentales son intercambiables con valores materiales y espirituales?

Si no invocaran tales atributos, pero trabajaran en silencio, superando y superándose, para penetrar en estos pueblos y ganarlos en las lides de la concurrencia universal, ¿qué les resultaría?

Inglaterra y Alemania no los invocan porque no pueden, y no obstante, sin esas unturas suavizantes, penetran y dominan con igual facilidad que los demás en todos aquellos rubros en que no encuentran dificultades naturales, como ser lo que no tiene relación con el idioma.

Callemos esas protestas verbales, aun en los discursos de sobremesa, porque son completamente anodinas.

Protestemos de verdad, con hechos, con valores, con superaciones.

No se tiene ni se tendrá en cuenta para nada lo que carezca de valor intrínseco.

El idioma mismo, si bien es cierto que encierra espíritu, no es espíritu. El idioma sólo per se, no da contenido.

Podemos conservar el idioma y perder el espíritu.

Podremos poblar una nación enteramente con nuestros elementos y no dominarla espiritualmente.

Por el contrario, pueden otros pueblos dominar espiritualmente en naciones extrañas, sin tener en ella habitantes propios.

¿Tienen alguna virtualidad, alguna potencialidad esas protestas verbales? ¿Podremos ganar con ellas muchos prosélitos? Yo croo que no, y si me equivoco tendré que confesar que el vulgo es necio, y que la humana naturaleza se deja engañar con palabras; eso es cierto en muchas cosas; pero cuando se hiere demasiado el interés personal, no se confunden valores reales con falsos valores.

No protestemos, verbalmente, contra el latinoamericanismo.

Dejémoslo correr y, entre tanto, afirmemos nuestro hispanoamericanismo contra ese latinoamericanismo que nos irrita; pero afirmémoslo con actuales valores hispanoamericanos.

La flamante expresión de latinoamericanismo que se ha lanzado a la circulación cono un nuevo valor, no tendría, en sí y para nosotros, la menor importancia si no fuera una revelación de los anhelos, actividades y esfuerzos que hacen los que la han lanzado para entrar o afianzarse en esta América; anhelos y esfuerzos que se traducen en hechos positivos.

Por ejemplo: las Universidades francesas han celebrado un convenio con las Universidades argentinas para el envío de profesores, creando en Buenos Aires el Instituto de la Universidad de París, y el Gobierno francés contribuye al sostenimiento de esta obra con la suma de cien mil francos.

¿No es esto una revelación de los anhelos de esa nación para mantener el espíritu francés entre los argentinos, y no contrasta esto con la indiferencia y pasividad de nuestras Universidades y Gobiernos?

Este año han pasado por las universidades argentinas seis profesores franceses.

Domegue, de Derecho civil; Moret, de Egiptología; Bertrand, de Química biológica; Bernard, higienista; Pièrre Duval, cirujano; Dumas, psicofisiólogo.

Han desfilado también profesores italianos de gran valer, entro ellos Ficchera, que ha dado un notable curso sobre el cáncer, nuevas orientaciones en su etiología, patogenia y tratamiento.

No es criticable que en los banquetes se saque a relucir el latinoamericanismo.

Claro que se estaría más dentro de la verdad si en cada una de esas oraciones se hablara en nombre propio y para sí propio, con exclusión de todos los demás; mas eso a nosotros no nos debe importar. Debe importarnos, sí, la intromisión.

La invocación familiar debemos tomarla como una voz de exclusión, voz de alerta para nosotros.

Avelino Gutiérrez

 
José María Salaverría, «De las palabras y las divisas» (ABC, 20 diciembre 1925)
Avelino Gutiérrez, «Carta abierta a D. José María Salaverría» (El Sol, 20 abril 1926)
José María Salaverría, «A un compatriota benemérito» (ABC, 26 mayo 1926)

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