Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, enero 1965
número 40
páginas 83-87

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín
acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

Los campesinos pobres y medios

En relación con los campesinos pobres y medios, éstos constituyen potencialmente una de las principales fuerzas sociales de una alianza antimonopolista dirigida por la clase obrera. En la etapa actual esos campesinos sufren de las supervivencias feudales en el campo, del latifundismo, del desarrollo capitalista de la agricultura, de la política del capital monopolista; constituyen posiblemente la clase más oprimida en la etapa actual del desarrollo de la revolución española.

La evolución de esta clase social de productores individuales, en el proceso de transformación capitalista del campo, que se ha realizado en la agricultura y que va acelerándose, marcha en el sentido de su desagregación. Una parte cada vez mayor se proletariza, pasando a la industria, española o europea, y una pequeña parte prospera y pasa a la categoría de campesinos más o menos ricos. Al considerar este proceso y examinar sus consecuencias políticas hay que tener muy presente que, pese a su aceleración, es y será un proceso gradual que va materializándose de forma individual, y que, en las condiciones concretas actuales del desarrollo industrial de España y de los países europeos, encuentra una salida individual en [84] la generalidad de los casos. Los efectos políticos serían muy distintos si esa salida no existiera. A consecuencia de este proceso resulta que el peso específico de esta clase campesina, de productores individuales, en la estructura social de España, ha disminuido y seguirá disminuyendo. Pese a esta disminución relativa, su importancia como aliado potencial del proletariado en la lucha por la democracia y más tarde por el socialismo, particularmente la de los campesinos pobres, sigue siendo grande.

Para que esa posibilidad potencial se convierta en realidad efectiva, la clase obrera, nuestro Partido, tiene que vencer grandes obstáculos, como se ve por algunas de las informaciones que acabo de leer, que serán vencidos no sólo por nuestra política y esfuerzos organizativos, sino por el desarrollo objetivo, por la experiencia propia que en ese desarrollo adquiera ese sector social. Entre esos obstáculos destacan: la dispersión de esta clase que dificulta considerablemente su acción colectiva, sobre todo en las condiciones actuales de no existencia de libertad de asociación; la influencia considerable que todavía tiene en ella la ideología de las clases dominantes, particularmente a través de la Iglesia, de los caciques, de los campesinos ricos, que disponen además de otros muchos medios, de las hermandades, cooperativas, &c.

En la etapa actual una gran parte de este sector social está todavía bajo la dirección, de hecho, de la burguesía agraria. Como consecuencia de esta situación real, para que estos sectores puedan pasar a una acción masiva, organizada al lado de la clase obrera será necesario una etapa de libertades políticas en la que la influencia y la acción organizada de la clase obrera pueda llegar a ellos en profundidad y extensión. La política del Partido es naturalmente un elemento fundamental de ese proceso. Hoy ya tiene su influencia, pero todavía en escala muy limitada. Tanto en las condiciones actuales, como en la etapa posterior a la liquidación del franquismo, para que esa política tenga la máxima eficacia, deberá ser más aún, si cabe, que en relación con cualquier otro sector social, muy realista, muy adaptada a las condiciones concretas de cada fase, centrada en cada momento en aquellos objetivos que sea posible lograr en virtud de esas condiciones concretas de la correlación de fuerzas en el país y ayudando a los campesinos a encontrar formas de acción que sean también posibles, adecuadas a esas condiciones y al nivel de su conciencia social y política. Consignas que sólo sean realizables en la etapa más radical de la revolución democrática, en las condiciones de un poder donde la clase obrera tenga posiciones importantes, no pueden ser movilizadoras para estos sectores en la etapa actual y chocarán con el espíritu práctico, con la intuición sensata, típicos en ellos. Pueden tener un efecto contraproducente y facilitar la demagogia ideológica y política de las fuerzas reaccionarias y reformistas.

Varios camaradas, particularmente el camarada Ignacio, han presentado en el curso de la discusión mi discrepancia y la discrepancia del camarada Federico sobre la consigna de la tierra para quien la trabaja, de una manera que no refleja el fondo real. La discusión no era sobre si había que plantear o no el problema de la tierra, de la reforma agraria en toda su importancia. La discusión era sobre la forma correcta de plantearlo en la etapa actual. La opinión de Juan Gómez, de Federico y mía, y también de Enrique López en un comienzo, era que la consigna «la tierra para quien la trabaja», dado el proceso del desarrollo capitalista de la agricultura española, era una consigna que corresponde a la etapa más avanzada de la revolución democrática, a la fase de su transformación en revolución socialista. Que en la etapa actual debemos hacer una diferencia, como hace el Programa, entre la explotación de la tierra de tipo semifeudal atrasado y la explotación capitalista moderna, que sólo puede ser liquidada en esa fase muy avanzada de la revolución democrática y probablemente cuando haya pasado a su fase socialista.

Costa tiene razón en lo de la iniciativa política, en que debemos ir más allá de lo que van otras fuerzas oposicionistas, en que debemos ser el Partido que ataque los problemas profundos de la revolución española. Pero la divergencia no gira sobre eso. Giraba y gira sobre si la forma correcta de abordar el problema agrario en la etapa actual era la que está en el programa o si era necesario introducir esa consigna. La cuestión de fondo es si debemos ahora, ya en esta etapa, incluir en la reforma agraria que preconizamos las explotaciones capitalistas modernas o no, si debemos o no concentrar el ataque contra las estructuras arcaicas. lgnacio dijo, con mucho énfasis, que no ver los cambios habidos en el desarrollo capitalista en el campo y los 100.000 tractores es un error; que no ver que el problema de la tierra está sin resolver sería un error mucho mayor, sin duda alguna. Eso sería el error de los errores, ¿pero quién cae en ese error? De lo que se trata es de cómo resolver ese problema, de las etapas por las que tiene que pasar su solución.

Ignacio ha dicho que debía haberse hablado con obreros agrícolas, que debía yo haber hablado buscando la razón de los otros para esa consigna. Para mí no hay absolutamente ninguna duda de que los obreros agrícolas quieren la tierra, y más aún los campesinos pobres y medios, sobre todo éstos, los qué son propietarios. Hay obreros agrícolas que tienen otros horizontes. Es indudable que quieren la tierra como los obreros quieren las fábricas. De lo [85] que se trata es de precisar los objetivos alcanzables en la etapa de la revolución democrática hacia la cual marchamos, de no confundir esta etapa con la que será su fase más avanzada, en la que el ataque contra la gran propiedad capitalista del campo y de la ciudad se ponga al orden del día.

En la discusión agraria se utilizó abundantemente el argumento de que esa consigna nos ayudaría mucho a movilizar a las masas del campo hoy. Por eso mi extrañeza que cuando se produjeron las grandes acciones de masas de la clase obrera los camaradas que pensaban así no utilizaran esa consigna en nuestra agitación y ni siquiera aludieran a ella. Yo creo que hicieron bien, porque para que una consigna nos ayude hoy a movilizar a las masas del campo tiene que ser realista dentro de la etapa actual, tiene, además, que tener en cuenta, nuestra política de alianzas, de bloque de fuerzas que tratamos de agrupar contra el obstáculo inmediato, la dictadura.

 

Nota crítica

En este examen que F. C. hace de las diversas clases y capas de la sociedad española, un hecho muy significativo es que deja de lado al proletariado agrícola. Dedica mucho espacio a desmenuzar actitudes de diferentes capas y sectores de la burguesía, pero «se olvida» de los obreros del campo, de esa masa ingente de dos millones de hombres y de mujeres, condenados a una explotación brutal y que, en estos últimos tiempos, han realizado acciones potentes, y de un profundo contenido político, como las huelgas de la región de Cádiz, Sanlúcar y otros lugares. Los obreros agrícolas representan, al lado del proletariado industrial, la fuerza revolucionaria fundamental de España, y no sólo en la etapa actual, sino en las etapas futuras.

La existencia en España de esa masa de obreros agrícolas, entre los que el Partido Comunista tiene una influencia preponderante, y que constituye un destacamento revolucionario firme, aguerrido, combativo, es un factor de primera importancia para poder convertir el agro en el teatro de crecientes acciones, protestas y luchas de las masas campesinas contra la dictadura del capital monopolista. El que F. C. lo pase por alto es una muestra más de su permanente obsesión por negar o rebajar todos los elementos favorables a la causa de la democracia, mientras exalta cuantos factores pueden facilitar, en su opinión, la permanencia en el Poder de la oligarquía financiera.

De esta obsesión tenemos un nuevo ejemplo en este punto dedicado a los campesinos pobres y medios. La tesis central de F. C. es que no se puede contar con esos campesinos para acciones de masas en la etapa actual. Y la primera causa que aduce es que esos campesinos, si bien en su mayor parte son proletarizados, encuentran «una salida individual», que es el éxodo a la ciudad, al extranjero. Con lo cual los «efectos políticos» quedan disminuidos.

Es un puro sofisma de gabinete que no tiene nada que ver con la realidad. Lo que F. C. llama «salida individual» es la ruina, la miseria, la pérdida de la casa y de la tierra, la disgregación de la familia, la humillación en tierras extrañas, el hacinamiento en los suburbios, es decir, un cúmulo trágico de sufrimientos de difícil descripción. Los campesinos no aceptan esa «salida» alegres y satisfechos. Todo lo contrario. Se agarran a la tierra. La experiencia les muestra quién es su verdadero enemigo. Comprueban que la política franquista, al servicio de los latifundistas y del capital monopolista, es la que les expulsa de la tierra. Y los efectos políticos son considerables: entre esas masas campesinas se levanta una ola creciente de protestas, que se expresan de mil formas, incluido en las Hermandades y en algunos periódicos; el problema de la Reforma Agraria se plantea en términos cada vez más agobiantes; se opera una radicalización profunda de las masas campesinas. El mismo éxodo de masas del campo actúa como un «boomerang», como un revulsivo; contribuye a llevar aires nuevos incluso a esas zonas [86] tradicionalmente paralizadas de la geografía española que los políticos burgueses llamaban con desprecio «burgos podridos». Las reivindicaciones campesinas acosan al régimen. Las condiciones son cada vez más favorables para crear en extensas zonas agrarias –como plantea el Partido– un movimiento de resistencia y lucha de los campesinos que les permita defender sus intereses de forma más unida y organizada y desempeñar un papel mayor en la lucha contra el franquismo.

Frente a esta política combativa, preconizada por el Partido, F. C. invoca una vez más el argumento repetido por él a lo largo de toda su intervención: sin una etapa previa de libertades democráticas, no habrá acciones de masa de los campesinos. Esta forma de presentar el problema de las libertades políticas separado, al margen de las otras cuestiones de la revolución democrática, es completamente antidialéctica. F. C. hace de las libertades un mito: sin ellas casi no se puede hacer nada y con ellas todo estará resuelto. Ambas cosas son falsas. Las acciones de masa contra el franquismo son necesarias precisamente como una de las condiciones para arrancar las libertades políticas. Y en esa tarea tensa el Partido sus energías. Por otra parte, la conquista de las libertades será un momento decisivo, pero no para pararse, sino para utilizar las condiciones nuevas, más favorables, y llevar adelante la lucha por las otras transformaciones democráticas que España necesita. Concretamente para los campesinos, el problema de la libertad está estrechamente ligado al de la tierra.

En esta parte F. C. se refiere a su discrepancia con la dirección del Partido sobre la consigna «la tierra para el que la trabaja», discrepancia que se manifestó por primera vez en 1962. De pasada, queremos dejar constancia, sin entrar en detalles, de que F. C. falsea en sus alusiones las actitudes de otros camaradas del C. E. y del C. C., como Ignacio Gallego, Juan Gómez y Enrique López.

¿Cuál es la cuestión de fondo en esta discrepancia? F. C. considera –por muchas envolturas que ponga a su opinión– que tanto en las condiciones actuales como «en la etapa posterior a la liquidación del franquismo», el Partido no debe plantear la consigna de la Reforma Agraria, de la liquidación de los latifundios. Esta posición concreta corresponde a su actitud de conjunto, de que no debemos enfrentarnos con la dominación política y económica de la oligarquía sino acompasar las consignas del Partido al marco de esa dominación. En España, por el elevado grado de fusión entre el capital monopolista y la propiedad latifundista, es imposible liquidar la segunda sin chocar con el primero. De ahí que la posición de F. C., a pesar de que hable de «concentrar el ataque contra las estructuras arcaicas», le lleva de hecho a abandonar incluso ese ataque contra las «estructuras arcaicas»; le lleva a retirar de su plataforma programática la Reforma Agraria –como veremos más adelante–.

El mismo F. C. reconoce que los obreros agrícolas y los campesinos pobres y medios «quieren Ia tierra». Hay que agregar que una de las causas de que las amplias masas campesinas tengan una profunda confianza en los comunistas es porque ven en nosotros el Partido que lucha sin vacilación para darles la tierra. Es más, como el único Partido que, en todo el curso de la Historia española, ha dado la tierra a los campesinos, ha aplicado la consigna de «la tierra para el que la trabaja» mediante la Reforma Agraria de octubre de 1936, salvajemente liquidada después por el franquismo. Esa consigna ha figurado en las banderas del Partido desde su fundación misma. Esa misma consigna figura asimismo en los programas agrarios de todos los Partidos Comunistas en cuyos países se plantea un problema agudo de distribución de la tierra. Esa consigna expresa la posición más general, profunda, [87] de los comunistas ante el problema campesino. Es la soldadura imprescindible para toda política seria de alianza de los obreros y los campesinos.

¿Qué significaría el abandono de esta consigna en la coyuntura actual de España? Significaría que el Partido Comunista, operando un viraje de 180 grados, abandonaba su lucha por la alianza de los obreros y los campesinos y aceptaba la política de la parte «más dinámica» del capitalismo monopolista, dejando a éste que «liquide» a su modo esa clase «atrasada» de los campesinos. Ese ha sido siempre el fondo de la política reformista en las cuestiones del campo. Y esa misma concepción la vemos de nuevo hoy en el centro de las posiciones de F. C.

Pero además, en estos momentos, por la agudeza que reviste el problema de la Reforma Agraria, por la presión misma de las masas del campo, una serie de fuerzas políticas, incluidos sectores católicos, subrayan en términos apremiantes la necesidad de liquidar los latifundios. Si el Partido tomase la línea preconizada por F. C., empujaríamos a las masas campesinas a alejarse de nosotros y a caer bajo la influencia de otros sectores. En ese caso sí que dejaríamos libertad de maniobra a la reacción para que pudiese seguir disponiendo en el campo de una fuerza política.

Por otra parte es evidente que una consigna de siete palabras no puede contener todo el articulado de una Ley de Reforma Agraria. El Partido ha trazado las líneas generales que lo que podría ser tal Reforma en su Declaración de junio. Una idea que preside toda nuestra actitud es el respeto más escrupuloso a la voluntad de los campesinos. ¡Que los campesinos mismos decidan!

En las condiciones presentes, la consigna de «la tierra para el que la trabaja» tiene un contenido antifeudal y antimonopolista; significa acabar con los latifundios y a la vez defender la propiedad de los campesinos frente a las expoliaciones del capital monopolista. Como reiteradamente ha dicho el Partido, nuestra política es de respeto y defensa a la propiedad de los campesinos, incluidos los campesinos ricos. Muchos campesinos ricos ven hoy su propiedad amenazada como consecuencia de las exacciones del Gobierno y del capital monopolista. Los comunistas luchamos por defender también a esos campesinos ricos. Por lo tanto, nuestra política en el campo corresponde por completo a nuestra política general de lucha por forjar una amplia coalición de todas las fuerzas antimonopolistas.

 

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