Cuadernos de Ruedo ibérico
París, abril-mayo 1966
número 6
páginas 62-86

Américo Pumaruna

Perú: revolución,
insurrección, guerrillas

Nota introductoria

El problema de la vida y la muerte es tan sólo uno, aunque importante, entre los muchos que se le plantean a diario al combatiente revolucionario latinoamericano. Algunos hemos quedado con vida, otros han muerto. Podría haber sido diferente, y sería un muerto quien hoy escribe, mientras que quizás camaradas de innegable mayor valor, que hoy yacen muertos, estarían con vida y combatiendo.
Hay también el problema de la responsabilidad frente a la tarea, que lo es todo, y que, a la vez, debe resultar no ser problema, ser tan sólo existencia normal, quehacer cotidiano y regular.
¿Y qué decir de la necesidad de objetividad, de la obligación de ser realista y de la responsabilidad de la crítica y la autocrítica? ¿Lugares comunes; frases hechas y huecas, manidas y carcomidas? ¿Y dejar pasar el año 1965 para que lo entierre el tiempo y los recuerdos novelescos, y escribir quizás un verso, o una canción para que no se olvide lo subjetivo? Primero digo: ¡maldita sea, no! y cualquier cosa menos dejar de hacerle frente a la responsabilidad de analizar con los hechos en la mano, la ideología revolucionaria y el método marxista, la experiencia insurreccional de los últimos meses; y luego digo: que vengan los versos, que se produzcan mil canciones combativas, pero que no se olvide que el deber primero y la tarea de hoy es no permitir que nos gane la inercia y dejar pasar la experiencia sin su análisis y su crítica.
¿Habrá quizás quien quiera tambien inmolar los más elementales principios revolucionarios en el altar de la «táctica» y de la «solidaridad» y por ello nos pretenda acusar de hacerle el juego a la burguesía, al imperialismo y a las fuerzas de represión al llevar adelante el análisis y la crítica? Digamos de estos compañeros, si mañana aparecieran con dichos planteamientos, que están sensiblemente equivocados, y no digamos más que la Revolución se ocupará de acallar sus voces.

 

Algunos antecedentes

El signo del Fidelismo preside los últimos siete años de experiencia revolucionaria peruana. Difícilmente podría haber sido de otra manera. La endeblez teórica y organizativa de las agrupaciones de izquierda, combinadas con la vehemencia y las ansias de hacer justicia han hecho su experiencia. La herencia del Fidelismo mal entendido es el foquismo guerrillero y los ejemplos clásicos peruanos son también parte del bagaje revolucionario latinoamericano.

Antes de caer en el riesgo de no ser bien interpretados, expliquemos en dos palabras con qué concepto de foquismo vamos a trabajar esta elaboración teórica. La idea principal es tomada equívocamente del libro de Ché Guevara: La guerra de guerrillas, en tanto de allí se entiende que no es necesario que estén dadas todas las condiciones que se requieren para emprender la lucha, ya que el foco guerrillero las puede ir creando. ¿Exactamente de qué condiciones se trata, y de qué manera se realiza la proyección y adaptación correcta de este enunciado a cada [63] libre situación concreta? es el aspecto antojadizo y de las interpretaciones. Naturalmente hay algunos elementos adicionales, también importantes para redondear la noción. Entre éstos por ejemplo: la necesidad de creer en la omnipotencia del foco, que, claro está, como en la Revolución Cubana, tiene que tener como final lógico la huída del enemigo y el triunfo en medio del alborozo generalizado; la necesidad de que el proceso se dé en ausencia de un movimiento de masas, porque éste –una de las condiciones necesarias– no existe al partir y se tiene la esperanza de crearlo sobre la marcha. Es decir, todo lo cual debe explicarse al nivel de una interpretación incompleta y defectuosa del proceso revolucionario cubano. A muchos camaradas cubanos les cabe culpa en tanto ellos informalmente, inconscientemente y por falta de una comprensión cabal, difundían consignas equívocas como aquellas de los doce hombres de la sierra, las condiciones de superhombre de Fidel y el paralelismo entre la Sierra Maestra y la Cordillera de los Andes. Esto a innumerables revolucionarios peruanos, ganados por el tonismo del momento y faltos de capacidad de análisis y formación teórica, les hacía pensar que bastaba reunirse doce y que más quizás sobraran, que era suficiente sentirse predestinado y con condiciones superhumanas o por último simplemente instalarse en cualquier contrafuerte andino, para repetir la hazaña del pueblo de Cuba que derrocó a Batista y en una sola operación ininterrumpida produjo el parto socialista en la Isla Gloriosa.

Claramente se puede ver entonces cómo se complementan y se entrelazan los diferentes elementos para dar los fundamentos teóricos del concepto de foquismo guerrillero. A todo ello debe agregársele una noción que también ha sido difundida por un sector de opinión cubano: la de la «no excepcionalidad de la coyuntura cubana». Así pues los revolucionarios peruanos que llevaron a cabo los procesos insurreccionales que examinaremos a continuación, se sentían situados dentro de condiciones como las cubanas del 58 y ellos miembros de un movimiento como el 26 de Julio y su ubicación como la de un paraje de la Sierra Maestra en la provincia de Oriente, y sus propias capacidades como las de Fidel, el Ché, Camilo y Raúl y más no, porque más no era sino el calibre, la cantidad y tipo de las armas y algunos aspectos logísticos, a veces ni esto mismo.

Los procesos que vamos a examinar a continuación, a manera de antecedente, son los siguientes: 1) Jauja, en Mayo de 1962; 2) Convención y Lares, entre 1962 y 1963; 3) Huacrachuco, a principios de 1963 y 4) Puerto Maldonado, en mayo de 1963. Examinaremos brevemente tres de ellos y dejaremos sin tocar el de Huacrachuco, del cual se sabe bien poco, y sólo indicaremos que, a nuestro entender, el grupo de aproximadamente una docena de universitarios que realizó la acción, fue debelado en el curso de unas horas y sin pérdida de vidas por ninguno de los dos bandos. De los cuatro fue indiscutiblemente el de menor importancia y proyecciones, a la vez que también el más elemental y foquista.

1) Jauja, Mayo de 1962

La experiencia de Jauja es foquismo puro. El desarrollo de los acontecimientos fue el siguiente: un cuadro de izquierda, en ese entonces militante del POR, una de las fracciones trotskistas existentes en esa época, se conectó primero a nivel amical y luego a nivel conspirativo con un oficial, con grado de subteniente, de la Guardia Republicana, que hacía servicio en la cárcel de Jauja.{1} El oficial, que tenía a su cargo la cárcel y un destacamento de unos quince hombres, fue quien propuso el levantamiento, y para ello quería contar con el respaldo de una organización política. El dirigente sindical efectuó dos o tres intentos de conseguir el compromiso de su organización, pero ésta se resistió manteniendo serias reservas sobre todo el proyecto. Ambos tenían gran coraje y voluntad revolucionaria, muy escasa formación teórica y nula capacitación guerrillera. En el curso de unos seis meses, entre Jauja, residencia del oficial revolucionario y Lima, residencia del dirigente sindical, se realizaron tres o cuatro viajes, en cada uno de los cuales conversaron algunas horas sobre «todo», animándose y conjurándose uno al otro. El plan era por lo demás elemental y simple; consistía en comprometer el respaldo de determinados dirigentes campesinos de la zona, alzarse en Jauja y constituirse como foco guerrillero en las inmediaciones de la Selva Alta. El oficial había tomado contacto con dos dirigentes campesinos y había cumplido con el mínimo de conversaciones. Todos asentían, todos estaban de acuerdo en la necesidad de producir acciones insurreccionales y constituir focos guerilleros. Surgió entonces como muy decidido un dirigente comunal{2} con cierta [64] trayectoria de lucha, aunque igualmente de nula capacitación guerrillera y de aún más escasa formación teórica. Cumplidos estos compromisos se extendió la participación a un grupo de estudiantes de secundaria de la ciudad de Jauja que, aunque no se tenía intención de que participaran armados, servirían de acompañamiento agitativo en la primera fase de las acciones. Este grupo lo constituían unos doce muchachos llenos de coraje.

Un día antes de la fecha fijada para comenzar las acciones el dirigente sindical viajó de Lima a Jauja y esa noche se reunió con el oficial revolucionario y con el más combativo de los dirigentes campesinos. Se hizo conocer que dos maestros, que durante un tiempo habían vacilado respecto de participar o no, finalmente habían decidido echarse atrás aludiendo una serie de razones personales. Se aseguró, sin embargo, la participación de otros dirigentes campesinos y se acordó que todos los insurrectos se reunirían a las 5 a.m., en el punto prefijado, para comenzar las acciones.

Las acciones planteadas eran elementales: el oficial tomaba la cárcel y con ayuda de los conjurados desarmaba y encarcelaba a los soldados y con estas armas se dotaba a los combatientes revolucionarios. Se tomaban luego las otras dos comisarías de policía, se expropiaban los dos bancos y con armas y dinero se partía en retirada hacia las quebradas de las laderas orientales de los Andes a instalar el foco.

El desenlace fue también elemental: a la mañana siguiente no se presentaron sino dos de los dirigentes campesinos, cuando, a través de éstos, aproximadamente unos diez habían asegurado hasta el día anterior su participación. Unos adujeron que tenían que ir a recoger su ganado del monte, otros que habían tenido que viajar a un pueblo vecino por razones del trabajo y en fin otros ni siquiera se molestaron en ofrecer explicación alguna. Los maestros habían desertado un día antes y todo ello motivó que, en la madrugada del día que debía comenzar la insurrección, no hubieran sino los cuatro actores principales. Se esperó un tiempo y mientras se vacilaba si proceder adelante con las acciones o no, se hicieron presentes los estudiantes. Estos, llenos de inconsciencia y de coraje, decidieron en pocos minutos su participación armada, alentaron al grupo y terminaron todos por decidir seguir adelante.

Las acciones comenzaron con tres horas de atraso pero el grupo «guerrillero» no tuvo mayor dificultad para asaltar la cárcel, las dos comisarías y uno de los bancos.{3} Finalmente, rumbo al Este, el grupo se retiró en un automóvil y una camioneta expropiados como punto final de las acciones urbanas. El viaje motorizado duró más o menos unas seis horas hasta un pueblo en donde el camino terminaba. En este lapso, de Jauja las autoridades avisaron a Huancayo y desde allí salió un destacamento de cien Guardias de Asalto en «jeeps» y camiones militares. Este destacamento represivo llegó al mismo pueblo al final del camino sólo dos horas más tarde que los insurrectos. Desde allí comenzó la persecución a pie.

El grupo insurrecto se había dividido en dos, uno conformado mayormente por los estudiantes iba adelante, el segundo conformado por los dirigentes iba atrás, arreando dos burros que cargaban las armas sobrantes, el dinero y algunos pertrechos. El contacto con las «fuerzas del orden» se produjo al final del día y con las últimas luces, en momentos en que se coronaba una cumbre desde donde se inicia el descenso hacia la zona más protegida de la Selva Alta, comenzó una muy desigual batalla.

El combate duró unas horas. Le costó la vida al oficial Vallejos cabeza del grupo revolucionario y al dirigente campesino Mayta, que, habiendo caído herido, fue tratado brutalmente hasta que murió en el camino de regreso. Los estudiantes se dispersaron, algunos cayeron presos horas más tarde en los alrededores y el resto se fue entregando en Jauja mismo durante los días subsiguientes. El dirigente sindical-político trotskista Rentería cayó también preso al final del tiroteo junto con el otro dirigente campesino y algunos de los estudiantes. Todos fueron encarcelados y mantenidos presos sin juicio alguno.

Estos hombres llenos de coraje, de valor y de «voluntarismo revolucionario», se alzaron por la revolución socialista y así lo expresaron pública y personalmente a los cientos de jaujinos que presenciaron las acciones en la cárcel, en las comisarías y en el banco. ¿Qué tipo de razonamiento empírico los condujo a una acción tan bárbaramente equívoca? [65] Es algo que encontramos sin duda en los elementos que hemos enunciado al comienzo del trabajo: un desconocimiento casi total del método marxista y de la teoría revolucionaria, así como de los procesos reales de las revoluciones socialistas; una deformación a partir de una interpretación equívoca del proceso cubano en particular y un aislamiento casi total de las masas.

2) Puerto Maldonado, mayo de 1963

La experiencia revolucionaria de Puerto Maldonado, casi exactamente un año después, es también un caso de foquismo, aunque los planes tácticos tuvieran relación –unilateral y equívoca– con las acciones de masas que realizaban los campesinos del Valle de la Convención y Lares en el Departamento del Cuzco.

Las acciones de Puerto Maldonado{4} se refieren al enfrentamiento entre la vanguardia táctica (unos seis combatientes), de un grupo expedicionario-revolucionario y las fuerzas armadas del Estado que esperaban su llegada.

El grupo revolucionario se encontraba constituido por aproximadamente treinta y cinco cuadros militares formados para la lucha guerrillera y que habían tenido, en general, una cierta capacitación política marxista, aparte de que, en algunos casos se trataba de camaradas con trayectoria de militantes en alguno de los partidos de la izquierda peruana, de donde se habían escindido por discrepancias que muy frecuentemente tenían relación con «la necesidad de producir acciones armadas».

El grupo –enfrentado a una disyuntiva– había optado por la no incorporación al MIR{5} que por aquella época hacía la preparación de sus cuadros; y había logrado un cierto respaldo que le había permitido atravesar clandestinamente el Brasil, armarse en Bolivia y llegar a la frontera selvática Perú-Boliviana.

El plan estratégico-táctico consistía en entrar armados al Perú, atravesar los 300 Km. de selva que separan la frontera de los valles donde actuaban los campesinos dirigidos por Hugo Blanco y prestarle a este grupo el apoyo militar que, se les hacía evidente, necesitaba. El grupo se constituiría en foco y a partir del foco y en combinación con las acciones de masas campesinas de la zona mencionada se iría desarrollando el proceso por la toma del poder. Los integrantes, todos hombres de gran valor y coraje, eran mayormente de extracción pequeñoburguesa y de las capas medias; una minoría era producto de familias proletarias y aun campesinas. Casi en su totalidad eran estudiantes universitarios.

La avanzada de seis combatientes que entró en la ciudad de Puerto Maldonado tenía el objetivo de toda avanzada: auscultar la situación e informar, salvando de riesgo al grueso de las fuerzas. Parecía hacerse necesario tomar contacto con la ciudad en razón de que se esperaba poder introducir a algunos de los combatientes dentro de la circulación normal y ritmo de vida de la zona con el fin de que hiciera los contactos con otras organizaciones y en especial con los grupos del FIR{6}, ligado a los cuales actuaba Hugo Blanco; y también en razón de que muchos camaradas se encontraban enfermos, atacados de parásitos intestinales y especialmente por infecciones de uta.{7}

El desenlace debe ser examinado en perspectiva. Los acontecimientos del 15 de mayo fueron los siguientes: en las calles de Puerto Maldonado se produjo una escaramuza armada entre la avanzada y la policía local que se hizo presente para interceptarla. El desarrollo ulterior fue la persecución de los combatientes revolucionarios por las Fuerzas Armadas y por los hacendados de la localidad provistos de armas de caza. Estos grupos se encontraban advertidos desde días antes, pues la presencia de los guerrilleros en una zona selvática próxima de Puerto Maldonado y conectada con éste, los había denunciado. La cacería humana duró unos días, le costó la vida al joven poeta laureado y militante revolucionario Javier Heraud, integrante de la avanzada. Cayó herido Alaín Elías, otro de los combatientes, quien fue encarcelado junto con el resto. El grueso de las fuerzas pudo captar conversaciones radiales en onda corta entre los oficiales de las fuerzas [66] represivas en Puerto Maldonado y la Jefatura zonal en el Cuzco; comprendió claramente lo sucedido y optó por retirarse a Bolivia por una ruta más inhóspita que la recorrida meses antes. El plan quedó frustrado.

En Bolivia el grupo se dispersó y vivió un tiempo semiclandestinamente. Recibió cierta ayuda de algunas organizaciones de izquierda bolivianas y luego fue infiltrándose paulatinamente al Perú. Posteriormente tomaron el nombre de Movimiento 15 de Mayo y se constituyeron en el ELN (Ejército de Liberación Nacional). En este reagrupamiento las fuerzas habían quedado reducidas a aproximadamente la mitad; pese a que algunos de los combatientes apresados en las acciones de Puerto Maldonado ya se encontraban en libertad y se habían sumado también otros, una parte de los que no llegaron a combatir se había replegado y pasó a una actividad no militante. A este grupo del ELN lo volveremos a encontrar más adelante, cuando nuevamente comienza a producir acciones armadas.

Pese a que la concepción estratégico-táctica era evidentemente foquista y pese a que posiblemente los mismos elementos de crítica enumerados en el caso de Jauja, un año antes, pueden ser repetidos para este segundo proceso examinado, parece interesante señalar algunas diferencias que serían el fruto de una cierta maduración por vía de las aproximaciones. Así por ejemplo, el grupo de Puerto Maldonado concebía su desarrollo asimilado (o más bien podría decirse incrustado), dentro de un movimiento de masas que ellos consideraban en condiciones de ser suplementado por acciones de tipo militar revolucionario. Pero, ciertamente no se habían detenido a examinar la relación entre la situación y circunstancias de la zona Convención-Lares y el resto del país, ni tampoco las condiciones particulares y de detalle que se daban en la propia zona. El grupo había incorporado a su bagaje revolucionario importantes conocimientos en el aspecto de la táctica guerrillera, pero ciertamente no había ganado en perspectiva, en concepción nacional, en amplitud de miras y en la incorporación de una problemática que le es propia y obligatoria a todo grupo revolucionario. Un proceso revolucionario que se frustra porque alguien olvidó la llave para abrir la puerta que le permitirá a la revolución pasar a su etapa siguiente, es ciertamente un proceso que se encuentra encauzado muy lejos todavía de la concepción marxista y del desarrollo de las revoluciones socialistas. Todo proceso debe tener un mínimo de impulso vital que no puede ser proporcionado por las acciones táctico-militares (guerrilleras o no), y que deviene de las condiciones objetivas y subjetivas del país.

No se tiene conocimiento de ningún documento crítico producido por el grupo de Puerto Maldonado ni por su heredero político, el Movimiento 15 de Mayo y el ELN, y se verá más adelante cómo este hecho ciertamente debe de haber contribuido a la reproducción de determinados aspectos de una línea táctica equívoca.

3) Convención y Lares, 1962-1963

La experiencia de los valles de la Convención y Lares,{8} difícil de examinar por su naturaleza más rica y compleja. Se le ha fijado en el tiempo de 1962, fecha en que se comienzan a desarrollar determinadas acciones conexas en Lima, a abril-mayo de 1963, fecha en que son apresados los dirigentes campesinos más importantes incluyendo al líder indiscutible: Hugo Blanco.

Para entender bien el proceso es necesario tener presente diferentes elementos. Por un lado, el aparato político del FIR que funcionaba en Lima y que, como hemos dicho, tenía ramificaciones internacionales de importancia. Por otro lado, las condiciones esenciales que se presentaban en las relaciones entre clases en la zona de Convención y por último la ligazón que se presentaba entre las masas campesinas de la zona y el aparato político, a través de la persona de Hugo Blanco, cuadro revolucionario firista.

En Lima, el FIR había juntado un equipo teórico de regular calidad y había montado una organización militar, aún de carácter solamente urbano, que llegaba aproximadamente a unos sesenta cuadros. Con una concepción internacionalista, un tanto exageradamente ortodoxa, la organización internacional trotskista había desplazado –por acuerdo– sus mejores cuadros al Perú. Se habían hecho presentes en Lima y militaban activamente cuadros trotskistas de origen foráneo que cumplían celosamente las consignas de su organización. Periódicamente se hacían presentes los dirigentes máximos del aparato internacional que normalmente tenían residencia en el extranjero. Todo esto era absolutamente nuevo en el país y estaba rebasando rápidamente las condiciones [67] políticamente subdesarrolladas a las cuales se encuentran acostumbradas las organizaciones peruanas de izquierda. Todo el aparato político se encontraba extraña y equívocamente intermezclado con el comparativamente poderoso aparato militar y el conjunto muy débilmente conectado con el otro extremo de este eje revolucionario, el extremo campesino: los dirigentes cuzqueños y las masas de la provincia de la Convención.

En los valles de la Convención y Lares la estructura agraria determinaba una suerte de relación de producción sumamente interesante. Por un lado, los hacendados propietarios de extensos latifundios, mayormente incultivados (un total de 136 propiedades latifundiarias cuya extensión varía entre las 2.000 ha y las 152.000 ha. y en los cuales sólo un 8 a 10 % de la extensión se encuentra cultivada), y por el otro lado los «arrendires, los allegados y los habilitados»,{9} el campesinado pobre de la zona sufriendo increíbles condiciones de explotación económica, de injuria, sometimiento y miseria. Allí se presenta muy bien asimilado y encubierto el aparato revolucionario del FIR y comienza el trabajo de organización sindical. En 1962, en momentos en que en Lima el aparato militar y politice se encontraba en condiciones de pasar a la acción en los valles de la Convención y Lares, casi todas las haciendas contaban con una organización campesina en estado de ebullición. Los dirigentes del FIR en el campo, iniciaron la agitación por mejores condiciones, difundieron la consigna «Tierra o Muerte», decretaron las huelgas, conmovieron toda la región y condujeron el proceso hasta el borde mismo de la insurrección campesina. Las masas descontentas de arrendires, allegados y habilitados, los siguieron, respaldándolos absolutamente, y por la naturaleza de las condiciones y de la lucha obtuvieron una primera serie de resonados éxitos. Es fácil explicarse qué es lo que ocurre cuando masivamente campesinos, sujetos a una estructura como la descrita, entran en huelga». Esto significa no dar más trabajo gratuito al propietario, pero ocuparse en sus propias parcelas y para su propio beneficio, significa no pagar más arriendo, no entregar más productos al dueño, pero utilizar ese dinero para vivir mejor y esos productos para incrementar sus ingresos. No era lo mismo para los habitados, pero éstos se pliegan sobre todo en la esperanza de que el proceso terminaría por dotarlos de tierra a ellos también. Los hacendados huyen y a las fuerzas represivas se les hace difícil controlar un movimiento de esta envergadura, y en donde los infractores de la Constitución y el orden burgués eran, en primer lugar, visiblemente, los propios latifundistas que estaban perpetrando una explotación no sancionada por las leyes capitalistas de la república.

En Lima, la organización comienza a actuar. Se expropian dos bancos en operaciones «comandos» perfectamente exitosas, y que estaban destinadas a proveer de fondos para la lucha revolucionaria. Luego de estas operaciones, la mayor parte de los cuadros debía trasladarse al Cuzco para entrar en contacto con la organización que trabajaba en el campo y seguir desarrollando una táctica que combinaba: las movilizaciones campesinas por la tierra, el tipo de organización sindical precaria y empírica que agrupaba a los campesinos alrededor de un líder y unas consignas muy elementales y el aparato militar guerrillero que estaba por constituirse.

El desenlace se dio ligado a las condiciones particulares de la estructura revolucionarla que se examina. En Lima surgieron serias discrepancias entre los miembros de la dirección política y aún más serias discrepancias entre estos y el aparato militar, e inclusive, por último, condiciones de rompimiento entre este conjunto y la dirección internacional. Dos factores tuvieron marcadísima importancia en estos acontecimientos. Uno de ellos, la cuestión del destino de los fondos expropiados, su aprovechamiento, distribución, contabilidad y custodia; fue el punto principal que motivó el distanciamiento con la dirección internacional. El otro, la cuestión de la jerarquización y la comprensión cabal y profunda de la línea táctica a desarrollar, fue lo que motivó las discrepancias entre el buró político y la organización militar. En los momentos inminentes se planteó la cuestión de si era de veras necesaria una dirección política y si en todo caso, de existir, debía estar ésta por encima de la dirección militar. En estas circunstancias, un sector del aparato militar realiza una tercera expropiación bancaria actuando unilateral e inconsultamente. Una parte de la dirección política toma la decisión de ajusticiar con la pena de muerte a uno de los dirigentes de primera plana y procede a ello con éxito, aunque en medio del desconcierto y la desorganización general. Producidos estos acontecimientos (parte integral e importante del desenlace), el final no podía estar lejos. Un sector de los cuadros militares ya en el Cuzco, motivados por el nerviosismo, delatan su presencia ante una patrulla policial totalmente inadvertida y [68] de esta manera provocan su captura. En Lima mientras tanto, al producir los hechos descritos, la organización se «dejaba ver» de manera extremadamente aparatosa y en unas semanas más el aparato represivo de la policía terminó por apresar a la mayor parte. Apenas unos pocos lograron salir al extranjero. La mayor parte de los dirigentes está todavía en la cárcel sin haber sido sometida a juicio.

En el campo se desató una represión feroz contra un campesinado inerme y a la espera de que llegaran los instructores, las armas y los demás pertrechos para comenzar su preparación guerrillera. Se produjeron masacres en las cuales murieron decenas de campesinos que no alcanzaban a comprender la proyección de los acontecimientos de los cuales habían sido autores. En Chaullay, en pleno valle de la Convención, por ejemplo, murieron en una sola oportunidad cuarenta y seis campesinos asesinados por la policía que ya en este tiempo (diciembre de 1962) actuaba brutalmente frente a cualquier concentración de pobladores que se reunía para ver si, de entre el conjunto, se planteaba un camino de salida para su estado de desorientación. Naturalmente, Hugo Blanco y los principales dirigentes se encontraban perseguidos y se desplazaban escondidos evitando el cerco policial. En circunstancias de desesperación, Blanco produce el asalto a un puesto policial en Pujyura y al tomarlo cae, en combate, uno de los guardias civiles. Este hecho, en vez de orientar, endurecer y entonar a las masas campesinas que lo habían seguido a través de todo el proceso de agitación, huelga y movilización reivindicativa, les hace replegarse aún más de lo que era motivado por efecto de la represión policial y en esas circunstancias Blanco se ve abandonado, ya no sólo de su organización, el FIR, que ha sido destrozada por la policía en Lima y luego en el Cuzco, sino ahora también del campesinado que sin formación política, sin capacitación técnica, sin experiencia concreta de lucha insurreccional, se repliega no alcanzando a comprender la naturaleza de los acontecimientos.

Los dirigentes más calificados de la organización en la zona misma de la Convención y Lares van cayendo uno tras otro. Finalmente Hugo Blanco mismo es tomado prisionero estando enfermo, solo, descalzo y con una pistola sin balas, como toda arma. Desde entonces se encuentra preso bajo condiciones especiales de incomunicación y sin haber sido sometido a juicio.

Los artículos de análisis del proceso, que la organización internacional ha dado a publicidad en la Argentina, con la firma de Hugo Blanco, dando a entender que habían sido escritos por él mismo e indicando que eran de carácter autocrítico, en realidad se plantean a un plano teórico muy general, no hacen la crítica ni se refieren a los acontecimientos realmente producidos y más bien terminan ratificándose sobre la línea siguiente: desarrollo de las organizaciones campesinas de tipo sindical, agitación y movilización de masas, nacimiento y robustecimiento del «poder dual», ocupación de las haciendas y culminación con la auto defensa campesina en las tierras ocupadas. En la práctica el FIR, como organismo de izquierda peruano, con sus dirigentes encarcelados (y divididos en fracciones aún dentro de la cárcel y en razón de los acontecimientos previos a la captura), con las deformaciones que les son propias al movimiento trotskista internacional: líneas tácticas apriorísticas, ortodoxia bolchevique, esquematización simplista, dogmatismo, tendencia a las divisiones y subdivisiones, no ha sido capaz de volver a levantarse. Por otro lado, si bien no sería correcto sindicar el proceso de la Convención y Lares como simplemente foquista, está claro que la organización que lo hizo avanzar no contaba con respaldo entre el proletariado urbano ni tenía mayor ligazón con otros sectores del campesinado. La zona misma escogida resultaba una unidad aislada del resto del país.{10}

Y se daba por último una línea exclusivamente «ruralista» lo cual parece haber sido el signo común a los cuatro procesos examinados como antecedentes.

 

El proceso insurreccional de 1965

Se hace necesario, antes de pasar a examinar el desarrollo de los acontecimientos, detenernos unas líneas describiendo brevemente las condiciones que se daban en el país y la génesis y las características que le son propias a la [69] organización que desencadena la lucha revolucionaria: el MIR.

En enero de 1959, triunfa la revolución cubana y durante los primeros meses cuenta con la simpatía no sólo de la izquierda latinoamericana sino aun también de los grupos reformistas radical-burgueses como el aprismo en el Perú. Frustrado el gabinete de Urrutia, dada la ley de Reforma Agraria y producidas las primeras escaramuzas en el enfrentamiento con los Estados Unidos, el Apra, entre otros grupos, la denuncia y la abandona. El Apra en ese entonces mantenía una alianza política informal con el gobierno de Manuel Prado y le brindaba su apoyo parlamentario y general bajo el título de «Convivencia». El 12 de octubre de 1959, un grupo de dirigentes medios y de militantes apristas fue expulsado de ese partido por su IV Convención. Este núcleo cohesionado alrededor de Luis de la Puente, se constituyó primero en Comité Aprista de Defensa de los Principios Doctrinarios y de la Democracia Interna, luego en Apra Rebelde, levantando las banderas Marxista y Fidelista arriadas por el Apra tradicional, y más adelante, en su Convención Nacional de Dirigentes de mayo de 1962, se convirtió en MIR. A través del proceso avanzó desarrollándose en cierto modo paralelo a las evoluciones ideológicas de la revolución cubana.

En julio de 1962, se llevaron a cabo en el Perú elecciones para presidente de la república y para la renovación total del parlamento. Hubieron siete candidatos para presidentes: Víctor Haya por el Apra, Fernando Belaúnde por Acción Popular, Manuel Odría por la Unión Nacional Odriísta, Héctor Cornejo por la Democracia Cristiana, César Pando por el Frente de Liberación Nacional, Alberto Ruiz por el Social Progresismo y Luciano Castillo por el Partido Socialista; en orden decreciente de votación alcanzada, los últimos tres representaban a la izquierda y en conjunto no alcanzaron ni el 10 % de la votación. En julio, las fuerzas Armadas dieron un golpe militar, depusieron al presidente Prado, anularon las elecciones que hubieran llevado al Apra al gobierno y convocaron a nuevos sufragios para el año siguiente. En enero de 1963, la JMG atendiendo a las presiones de la derecha y de los principales grupos políticos burgueses, produjo una redada política de dirigentes de izquierda. Aproximadamente 1500 militantes izquierdistas fueron apresados en todo el país, algunos fueron liberados poco tiempo después, otros permanecieron en prisión hasta después del proceso electoral. En junio de 1963, hubieron nuevas elecciones, sólo se presentaron tres candidatos: Balaúnde, Haya y Odría. Salió elegido Belaúnde, esta vez respaldado por una alianza de su partido Acción Popular, con la Democracia Cristiana.

Instalado el gobierno de la Alianza AP/DC, éste pretendió desarrollar su programa reformista, pero descubrió a las pocas semanas que no había posibilidad para posiciones intermedias. La gran burguesía y el imperialismo no querían reformas ni estaban dispuestos a permitirlas. El gobierno de la alianza vaciló algunos meses y luego comenzó a claudicar de manera regular, asegurándose en el gobierno a medida que se entregaba a las presiones de los grupos mencionados. Así se llega a 1965, después de un año y medio de entreguismo proburgués y proimperialista expresado principalmente en: la dación y promulgación de una ley de reforma agraria que favorece al latifundismo en Costa, Sierra y Selva y que esta destinada a dar mayor solidez a la estructura actual; la mantención del status de favor y privilegio a la compañía americana explotadora y refinadora de petróleo subsidiaria de la Standard Oil de New Jersey: Internacional Petroleum Co.; y la represión sistemática de las organizaciones obreras y campesinas que, aun dentro de los marcos de la ley, han venido pugnando por alcanzar pliegos reivindicativos.

Acompañando el proceso que hemos descrito en los acápites anteriores, se venía produciendo en el país un importante movimiento de masas campesinas que, en su pugna por mejorar su situación, habían escogido el camino de la ocupación de tierras, de propiedad privada, en los latifundios vecinos. Las condiciones en el campo eran tales que, si bien de 1956 a 1962 (durante el gobierno de la convivencia del Apra con el Pradismo), se habían producido una serie de hechos aislados, distribuidos indistintamente por todo el territorio nacional; en los cuales las comunidades de indígenas o los campesinos «siervos» de los latifundios, habían reivindicado derechos aduciendo argumentación legal.{11} Aproximadamente, a partir de 1962; éstos se habían localizado en dos zonas geográficamente precisas: la sierra central y los valles de la [70] Convención y Lares. En esta segunda etapa, que va a culminar en julio de 1963, (al subir al gobierno la alianza AP/DC, con una plataforma programática que incluía la Reforma Agraria), ya el proceso de movilización campesina pasó, de estar situado al nivel de los dirigentes comunales y sus asesores legales, a ser preocupación fundamental y parte de la misma táctica de algunas organizaciones de izquierda. Estas, como el FIR en la provincia de la Convención y el Partido Comunista (antes de su división en dos organizaciones separadas), en la zona de la sierra central, destinaron algunos de sus cuadros y de sus activistas para impulsar el movimiento campesino. Finalmente, entre julio de 1963 y enero de 1964, se da un proceso espectacular en todo el ámbito de la Sierra,{12} que determina la ocupación de tierras en forma masiva, fenómeno que abarcó unas 300 haciendas y al cual estuvieron ligados aproximadamente medio millón de campesinos indígenas. El gobierno vaciló entre las actitudes brutalmente represivas y masacradoras de los regímenes anteriores y su plataforma electoral reformista y de reivindicación campesina; pero la posición de los conciliadores no poda ser sostenida por mucho tiempo y espantados por el terror que les producían las masas populares en ascenso y presionados por los grupos de poder ultraderechistas, iniciaron la represión masiva en enero de 1964 con la masacre de 17 campesinos en Sicuani, departamento del Cuzco.{13} En esta fase de la lucha por la tierra ya no se habían argumentado cuestiones de orden legal y la consigna más difundida había sido: «Tierra o Muerte». Bastó sin embargo, que el Estado burgués tomara la ofensiva y que los destacamentos policiales desarrollaran sus métodos represivos para que en pocas semanas se hubiese puesto fin al flujo revolucionario. Nuevamente en esta última etapa los acontecimientos habían desbordado a las organizaciones políticas de izquierda y a sus dirigentes más calificados. Todos ellos, por una razón u otra, se limitaron a observar el proceso, impresionados por sus dimensiones espectaculares, pero incapaces de conducirlo, menos aún de intentar su defensa.

Es durante toda esta etapa que el MIR preparaba sus cuadros, ajustaba su organización y se disponía a pasar a la lucha armada.

A) El desarrollo de los acontecimientos

1. La ofensiva propagandística

A fines de marzo y durante los meses de abril y mayo, el secretario general del MIR, Luis de la Puente, hizo llegar, desde el campamento donde operaba,{14} unos reportajes y declaraciones a determinados diarios y revistas de Lima. De esta forma y por primera vez el país tomó conocimiento, por vía del alto comando mirista y los diarios de la burguesía, que el MIR se declaraba insurrecto y en lucha contra el Estado burgués peruano. Si bien es cierto que la línea estratégica del MIR había sido hecha pública años antes y pese a que el diario «La Prensa» de Lima había estado dando noticias sobre sospechosas actividades en determinadas zonas del país, como en la zona de «Mesa Pelada» en el valle de la Convención, todos los sectores del país habían sido tomados de sorpresa y ciertamente muy pocos pensaron que la insurrección había de comenzar precisamente por reportajes y declaraciones en los diarios, acompañados de fotografías en donde aparecían los guerrilleros armados y barbudos en el ambiente natural de su «zona de seguridad». Es interesante dar una idea aproximada de cómo reaccionaron, en líneas globales, los diferentes sectores del país:

a) El pueblo, es decir el sector del proletariado de Lima y de otras ciudades importantes que reprodujeron la noticia, no se expresó en ningún sentido al nivel de sus organizaciones gremiales. No hubieron pronunciamientos y aparentemente tampoco hubo inquietud, pese a que la ofensiva propagandística se extendía en el sentido de volantes distribuidos en las salidas de las fábricas. Debemos entender, sin embargo, que fue numeroso el sector en el cual, a nivel individual, sí se le prestó atención al proceso desde su inicio;

b) Las organizaciones de izquierda, en general dieron el asunto como por no ocurrido. Cerraron los ojos a la insurrección que tocaba a sus puertas y, con las excepciones que mencionaremos a continuación, en esta etapa no emitieron pronunciamiento alguno. El FIR, la organización de la cual hemos hablado anteriormente y que quedara hecha pedazos después [71] de la represión que se desató contra ella, pudo producir un mínimo de reagrupamiento para emitir una opinión sobre las intenciones insurreccionales del MIR: el planteamiento que difundió fue que se trataba de «un aventurerismo irresponsable» y que ellos lo denunciaban. El PROC,{15} debatía con vehemencia si pronunciarse en pro o en contra, finalmente se hicieron públicos ambos temperamentos y alrededor de éste y otros puntos en discrepancia, se dividió en dos fracciones. Más adelante, ambas terminaron por disolverse, pero en sentidos inversos: la fracción que en la primera etapa sostenía la posición más izquierdizante a poco devino terrorista y quedó disuelta por los estragos de la represión, mientras que la fracción que aparecía como menos izquierdista, se disolvió por propia voluntad, solicitando su incorporación individual al MIR, en momentos en que la represión se desarrollaba salvajemente contra éste. El único pronunciamiento que se produjo en esta etapa, examinando en extensión y en profundidad a la organización insurrecta y las condiciones en medio de las cuales se había de desenvolver, fue emitido por Vanguardia Revolucionaria,{16} en su publicación VR nº 4. La izquierda estaba pecando mortalmente de oportunismo, todos los sectores anonadados esperaban que de alguna manera fuesen iluminados para saber a que atenerse y mientras tanto se escondían a la espera de futuros acontecimientos que les permitiese «oportunamente» acoplarse al carro de la revolución o denunciarla cuando todo estaba terminado, retornando sus posturas pacíficas y electoralistas;

c) La gran burguesía y el imperialismo, el norteamericano es decir, a través de los diarios y revistas que poseen, controlan o manejan, demandaron acción enérgica exigiendo se les reprimiera violentamente y de inmediato;

d) El gobierno emitió pronunciamientos informales ridiculizando y minimizando la situación, restándole toda importancia y solicitando no se le prestara atención. Las Fuerzas Armadas, mientras tanto, al nivel del comando de las tres armas, hicieron saber que no se trataba de un asunto para ellos y que bastaba una simple tarea policial de limpieza. Era la presunción de los ignorantes, que a poco habría de tornarse en pánico;

e) Los partidos burgueses por su lado se dividieron, en esta etapa, en dos grupos, sustentando dos posiciones equidistantes e igualmente lejanas de la realidad: APRA/UNO, que exageraba la situación real para con este argumento desarrollar una táctica macartista que no sólo estaba dirigida contra la organización insurrecta y contra la izquierda en general, sino Perú también contra los sectores reformistas y progresistas de la sociedad y con las miras puestas en las universidades que les resultaban un baluarte perdido, que para recuperar debían primero desbrozar de elementos progresistas que cumplen, en estos casos, el papel de una capa amortiguante entre la reacción macartista y la izquierda universitaria; el otro grupo lo constituían los partidos del gobierno, AP y DC, que minimizaban la acción y sostenían que no se trataba de guerrilleros (ni podía tratarse, según ellos, porque las condiciones de república democrática del Perú! no daban lugar a guerrillas); que no había más amenaza para el Estado, que no fuera la de un desprestigio internacional por efecto de las voces alarmantes que hacían correr sus oponentes del otro sector burgués;

f) El CIA y el FBI comenzaron de inmediato a enviar decenas de agentes –de lo cual en los primeros momentos se dio cuenta precisa (e irresponsable) en los propios diarios de la reacción– a la vez que fue grandemente reforzada la misión militar imperialista con especialistas antiguerrilleros. La contraparte nacional de las agencias de espionaje extranjeras: La PIP (Policía de Investigaciones del Perú), y el DIN (Dirección de Inteligencia Nacional), dieron a conocer en conferencias de prensa todo lo que conocían del MIR, y de la izquierda en general, pero no pudieron evitar que se entreviera que en un momento determinado habían perdido el rastro de la organización insurrecta y que, al igual que el resto del país, habían sido sorprendidos.

De esta manera habían madurado los acontecimientos entre marzo-abril y los primeros días de junio. Pero el proceso insurreccional parecía no haber salido todavía, del todo, de la etapa de la tinta y el papel.

Aparentemente, todo el alto comando mirista se encontraba en el campo y el plan estratégico parecía evidenciar una actitud de desvinculación con las ciudades, las cuales habríanse [72] considerado sólo como responsabilidad de la última etapa de la lucha, cuando con todo el campo a favor, se produciría el asedio de éstas.

Los militantes del MIR que cumplían tareas en la capital, estaban limitados a entregar comunicaciones y declaraciones a los medios de prensa y a adquirir materiales y pertrechos para uso en las zonas de combate y que aparentemente habían sido olvidados en la preparación anterior. Sólo contactos muy preliminares y sin otro propósito que no fuera el demandar hicieran eco de la propaganda insurreccional mirista, eran planteados en esta etapa a las otras organizaciones de izquierda; aún inclusive a aquellas que habían hecho pública su posición estratégica en líneas afines. Debe entenderse que quizás no se trataba de una actividad real del comando mirista de aislarse y de subestimar la coordinación revolucionaria sino más bien que, si bien tenían una disposición favorable a ello, no habían logrado montar y poner en funcionamiento un aparato que les permitiera cumplir estos objetivos; a la vez que no le asignaban a los objetivos mismos una prioridad que –debemos estimar hoy día en una mirada retrospectiva– sin duda tenían.

2) La ofensiva guerrillera en el campo

Debe estimarse que el MIR tenía contactos interesantes en el campo desde 1963 y que ellos, desde un comienzo, estuvieron orientados hacia un sondeo para el establecimiento de las zonas guerrilleras. Debemos estimar así mismo que con el discurso de su secretario general, de la Puente, en la manifestación de varios grupos de izquierda (FLN, PC prochino, FIR y MIR), en la plaza principal de la capital, el 6 de febrero de 1963, éste dio por terminados los trabajos públicos de su organización y a poco se decidió el traslado total de la jerarquía dirigente y la militancia al campo a reforzar la preparación de las zonas guerrilleras. A poco también habría de producirse el aislamiento voluntario y unilateral del MIR, del resto de las organizaciones de izquierda –debe entenderse con el fin de ganar en materia de condiciones de seguridad y firmeza combativa– y la organización pasó a una etapa de clandestinidad, orientada por la naturaleza de la táctica a desarrollar. Aparentemente, en marzo de 1964 el MIR se trasladó al campo y a fines de este año se acordó que las zonas guerrilleras, que trabajaban de una manera casi enteramente autónoma, pasarían a la acción según lo juzgaran conveniente. Desde el comienzo de 1965, el MIR trabajaba armado en el campo y bajo la consigna de repeler con las armas cualquier intento de reprimirlos. La proximidad de una represión por parte de las fuerzas armadas se dio luego de las proclamas revolucionarias de la etapa precedente y para aquel entonces el comando de cada zona tenía libertad de acción.

Si bien es cierto que los planes originales del MIR comprendían varios focos al comenzar la ofensiva armada en el campo, la realidad los había reducido a sólo tres: en el Sur, en la provincia de la Convención, Pachacutec, comandado por Luis de la Puente; en el Centro, en la provincia de Concepción del departamento de Junín, Tupac Amaru, comandado por Guillermo Lobatón; y en el Norte en la provincia de Ayabaca del departamento de Piura, uno comandado por Gonzalo Fernández Gasco.

Fue en la zona de la sierra central, el 9 de junio de 1965, comenzó la acción armada con una ofensiva guerrillera. El país se conmovió hasta sus cimientos por segunda vez en pocos meses, y en esta oportunidad, a un nivel que no conocía la historia revolucionaria peruana. De las declaraciones de la tinta y el papel se había pasado a los hechos. Nadie podía ya tener dudas de que efectivamente el MIR estaba cumpliendo con la palabra empeñada, y hasta los más escépticos en la izquierda se alinearon, momentáneamente, con admiración y respeto, frente a los acontecimientos que espectacularmente sacudían al país. La versión periodística respecto de las acciones fue la siguiente: «60 hombres en uniforme verde olivo, armados con metralletas, fusiles, pistolas, actuando súbitamente, se apoderaron de la hacienda 'Runatullo' en la provincia de Concepción (Junín), donde robaron víveres, herramientas y un equipo de radio transmisor-receptor. Causaron daños y destrozos cuantiosos para infundir terror. Seis de los mismos asaltantes a caballo se dirigieron a Canchapalca donde asaltaron la mina «Santa Rosa» llevándose 41 cajas de dinamita. Luego, para proteger su huída, volaron los puentes de concreto de «Marayniyoc» y de «Canchapalca» en los Km. 60 y 70 respectivamente, de la carretera Concepción-Satipo. En el paraje «Sayhua», los asaltantes distribuyeron cuatro quintales de queso y otros víveres tomados de «Runatullo», a unos campesinos indígenas de la zona, diciéndoles: «Ustedes son nuestros hermanos. Tienen que comer lo que les hemos quitado a los ricos». Prosiguiendo su marcha llegaron a Tambo, último lugar accesible para vehículos [73] motorizados, donde los esperaba otro grupo de guerrilleros con 26 mulas, en las que cargaron la dinamita. Los guerrilleros asaltaron, en su huída, dos puestos de la Guardia Civil, los de Andamarca y de Santo Domingo de Acobamba, apoderándose de armas y municiones y tomando rehenes a un sargento y dos guardias. Luego prosiguieron su marcha. En Huancayo circularon subrepticiamente volantes dando cuenta de los asaltos y alabándolos y mientras tanto, se supo que otro grupo de extremistas había asaltado la hacienda «Coto Villa» en Huancavélica».

Aun en estas circunstancias el ejecutivo, por boca del propio presidente de la Republica y de su ministro de Gobierno, insistía en ridiculizar a los combatientes revolucionarios, llamándolos esta vez abigeos.

Sin embargo, pese al impacto profundo que el estallido revolucionario produjo a todos los niveles sociales, no se dieron movilizaciones de masas en ningún sentido, ni tampoco se desataba aún la represión con intensidad. El país parecía como anonadado.

La guerrilla de la zona central, apenas unas semanas más tarde, el 27 de junio, tuvo ocasión de demostrar que la ofensiva continuaba con una gran intensidad y que dominaba plenamente su zona: en una operación táctica de emboscada, liquidaron a una patrulla policial de casi treinta hombres, dando muerte a nueve de ellos y tomando todas las armas, materiales, pertrechos y parque, así como las acémilas de que se servían.

Las declaraciones de los portavoces de los diferentes sectores del Estado burgués, que se produjeron los primeros días de julio, cuando los hechos fueron conocidos y divulgados en Lima, son el más vivo testimonio de la reacción que se produjo a este nivel: en la capital, el diario «Correo», publicó un titular a todo lo ancho de su primera página: «¡Basta de palabras! ¡Acaben con las guerrillas!» Era éste el mismo diario que había iniciado la campaña propagandística del MIR, dándole cabida a sus primeras declaraciones, a fines de marzo. El presidente de la comisión de Gobierno y Policía y senador reaccionario, uno de los restos del Pradismo, Enrique Martinelli, declaró: «¡Que salgan los 'rangers', el Ejército y la Aviación, tras los guerrilleros. Nosotros los respaldaremos porque no podemos permitir que el régimen constitucional sufra un sabotaje, una subversión, para que caiga en manos de los rojos. ¡No caben las medias tintas! ¡Es necesario enfrentar con firmeza a los extremistas!» La alusión a las medias tintas y el ofrecimiento de respaldo a las Fuerzas Armadas, estaban dirigidas como puntos de crítica al ejecutivo que todavía vacilaba entre reconocer la insurrección revolucionaria como tal o seguir minimizándola, no otorgándole más nivel de acción que el abigeato. A nombre de la UNO, el sector político más derechista, representado en el Parlamento, Víctor Freundt, Presidente de la Cámara de Diputados, declaró: «La situación es crítica. ¡Hay que poner más energía para combatir a los extremistas!» Es importante anotar, por ejemplo, cómo todavía a estas alturas de desarrollo de la lucha no se uniformizaran los conceptos con los cuales se habría más adelante de calificar a los combatientes revolucionarios. Especialmente el diario La Prensa, de una inmensa influencia en la sociedad peruana, sobre todo en sus niveles mas altos, habría de insistir en las calificaciones hasta lograr su objetivo: «Se trata de guerrilleros comunistas, ladrones y asesinos». Por el partido aprista, el diputado Nicanor Mújica declaró: ¿Se puede seguir llamando abigeos a personas que matan a diestra y siniestra a sus semejantes, en este caso policías? ¡Se reclama una mayor acción del gobierno!»

Resulta inevitable, en condiciones revolucionarias, que determinados sectores de la izquierda que no se encuentran ligados a una dirección nacional, produzcan acciones al nivel de su propia, particular y equívoca interpretación. En el caso de la situación peruana de julio, ni siquiera aun la organización insurrecta misma contaba en la práctica con una dirección nacional y el comando que se ejercía en el campo era, como hemos indicado, de carácter autónomo para cada zona guerrillera. Menos aún lo habrían de tener minúsculos grupos terroristas que comenzaron a proliferar en la capital. Uno o dos de éstos, el día 4 de julio, en circunstancias en que se celebraba un baile de gran frivolidad y gala en el más lujoso y oligárquico club privado de Lima, hizo explotar en la sala de entrada una bomba terrorista. Lo mismo ocurría, minutos más tarde, en la sala del Hotel Crillón, el más moderno de Lima, y donde se encontraban alojados la gran mayoría de los nuevos asesores militares y espías enviados por el gobierno de los Estados Unidos. Lo que no había ocurrido cuando la ofensiva guerrillera de junio fue posible gracias al pánico que suscitó la explosión en los medios de la gran burguesía y el imperialismo: a las pocas horas se desató brutalmente la represión contra toda [74] izquierda en general, en todo el ámbito del país, a la vez que eran suspendidas las más elementales garantías constitucionales. La democracia burguesa se quitaba la careta y aparecía, mostrando su ferocidad dictatorial y tiránica, el orden burgués. Era el Estado peruano, de grandes intereses capitalistas y de consorcios extranjeros, que echaba a andar su adormilada maquinaria. Recién la sociedad iba a despertar ante los sabores de una futura lucha de clases que hasta entonces había estado alejada en razón de las posiciones mediatizadas de la izquierda tradicional. Las clases que se enfrentaban a esta lucha, sin embargo, no se encontraban bajo condiciones comparables: la clase obrera y el campesinado no aparecían aún en el escenario y las acciones las venían dando, en su nombre, pequeñas vanguardias, llenas de coraje y decisión, pero faltas de una ligazón real concreta con sus millones de representados: se había iniciado la insurrección sin contar con el aparato insurreccional que debía corresponderle. Ciertamente el MIR, que a estas alturas del proceso daba la sensación de haber montado muy bien el aparato guerrillero en el campo, no contaba con una organización nacional de fuerte arraigo entre las clases que son las fuerzas motrices de la revolución: el proletariado y el campesinado pobre.

En el campo se encontraban en plena actividad los focos de la zona central y de la zona sur y el estallido insurreccional crecía, con cada hora, en importancia y profundidad. Es durante estos días de la primera quincena de julio, cuando el gobierno de la alianza AP/DC, presidido por Belaúnde, se tambaleaba ante la arremetida de los sectores más derechistas que exigían acción y resultados. Fue el mismísimo Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas quien terminó canalizando estas aspiraciones (de la reacción y el imperialismo sobre todo), y planteó, el 14 de julio, una disyuntiva muy clara al ejecutivo: o entregarles la responsabilidad total de la dirección de la lucha antiguerrillera, bajo una clara concepción de lucha contrarrevolucionaria abierta en todos los frentes que ellos juzgaran necesario, o producían el golpe de estado «institucional» (una variante dictatorial que ya había sido ejecutada con éxito el año 1962, en razón del resultado de las elecciones). La vacilación del gobierno de Belaúnde no duró sino unas horas y se resolvió, naturalmente, con la claudicación total. A partir de ese momento, si bien es cierto se siguieron manteniendo las apariencias formales más notables de un régimen normal, en realidad había comenzado a gobernar la clique militar. Días más tarde, naturalmente, se iban a producir las declaraciones correspondientes a través del ministro de Gobierno, el contralmirante Rottalde (que había comenzado por llamar abigeos a los guerrilleros): «Yo he pedido que el Ejército asuma el comando de las fuerzas contra el grupo de extremistas». Lo que el ejército en realidad estaba asumiendo era el control del gobierno, en íntima consulta con los militares norteamericanos que trabajaban a todos los niveles, y que se encontraban también en los centros de operaciones en el campo.

La represión se extendió y se intensificó sin medida ni criterio y la izquierda toda se vio obligada a actuar en clandestinidad total o caer apresada. Eran condiciones nuevas que los partidos burocráticos no podían soportar. Las nuevas circunstancias estaban produciendo una importante depuración en las filas y en los métodos de los grupos revolucionarios pero habría de pasar todavía mucho tiempo antes de que se dieran los reajustes que adaptaran a las organizaciones y a sus dirigentes a las condiciones de la lucha insurreccional. Antes de que esto llegara a ocurrir, nuevamente habían de cambiar las circunstancias y, en cierto modo, la izquierda habría de volver a su nivel de existencia anterior.

Durante el mes de agosto, la ofensiva guerrillera se mantenía pujante pero siempre al nivel limitado de los dos focos mencionados. Aparentemente, el foco de la zona norte había quedado retrasado, o, quizás, estaba desenvolviéndose de acuerdo a una táctica diferente, presionado por la presencia masiva del ejército, y ya había abandonado el esquema de la «zona de seguridad», otorgándole de esta manera una movilidad mucho mayor a su equipo combatiente, evitando los enfrentamientos con las fuerzas armadas y por tanto, dificultando la posibilidad de ser ubicados. Es decir, dada la relación desproporcionada, al nivel de los efectivos militares y el poder de fuego, estaban haciendo lo correcto, que por lo demás no se trata sino de una cuestión elemental a tener presente en la táctica guerrillera.

Por otro lado, la contraofensiva de la reacción ya se hacía sentir; y se vería, a mediados de agosto, fuertemente reforzada en el plano subjetivo, en razón de dos decretos por el parlamento y promulgados por el ejecutivo con carácter de urgencia. Uno acordaba la pena [75] de muerte para los que desarrollaran o los que colaboraran con las guerrillas o cualquier otro tipo de violencia que atentara contra el «orden de la república» y el otro acordaba bonos por 200 millones de soles (aproximadamente 8 millones de dólares), para atender a los gastos demandados por la lucha contrarrevolucionaria. Estos, naturalmente, comenzaron de inmediato a ser suscritos por la gran burguesía y el imperialismo, en una verdadera emulación reaccionaria entre las grandes empresas financieras, industriales y comerciales. Por el lado de los grupos progresistas, no se escucharon sino voces tímidas y mediatizadas, de algunos sectores intelectuales, contra estos salvajes acuerdos unánimes de los partidos burgueses del parlamento y el ejecutivo. En la calle se escucharon también petardos aislados de los grupos terroristas; pero en general, el pueblo, las masas populares, estaban quietas y aparentemente sin entender el enfrentamiento de estos grupos que en la práctica le eran –ambos– ajenos: el uno por tratarse de sus opresores y sus verdaderos enemigos de clase, el otro porque no había logrado penetrar en la conciencia obrera y campesina, porque no había dejado de ser una vanguardia bastante desconectada.

Es en estas circunstancias que se alcanza el clima insurreccional, las acciones de los primeros días de junio se han reproducido varias veces, en términos similares, en el ámbito rural de las dos zonas guerrilleras, pero el control de los medios de difusión de masas es casi total y sólo aparecen las versiones parcas, tendenciosas y escuetas de los comunicados del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, las especulaciones que en torno a ellas hacen los diarios y una sistemática campana de calumnias contra la izquierda y la revolución. La ofensiva contrarrevolucionaria comienza por otro lado a producir sus frutos y se da cuenta de las primeras detenciones efectuadas en las mismas zonas de combate. Los combatientes capturados pasan todos por un mecanismo brutal: son interrogados, torturados y luego fusilados (pero los diarios hablan de «suicidios» y muertes en combate o en «fuga»).

3. La contraofensiva reaccionaria a todos los niveles

A partir de septiembre la situación en el campo había variado sustancialmente. Las áreas guerrilleras habían sido ocupadas por el Ejército y Perú las llamadas «zonas de seguridad» dentro de éstas, habían sido desmanteladas. Los equipos guerrilleros se habían visto forzados a salir de ellas y a desplazarse, pero el cerco militar ya estaba tendido y, sobre todo en el caso de la zona sur, se había montado con eficiencia sobre la base de los accidentes naturales. Los ríos que prácticamente triangulaban la zona de combate, servían para mantener un cerco permanente e infranqueable al haber sido reforzado con emplazamientos del ejército. Dentro de éste operaba un cerco móvil, de la periferia hacia el centro, mientras que a la vez, sobre la base de un bombardeo aéreo masivo, con bombas incendiarias «napalm», en el área de la llamada «zona de seguridad» y el desembarco posterior de unidades paracaidistas sobre el terreno anteriormente arrasado, se abría del centro a la periferia un segundo cerco: entre uno y otro habrían de quedar atrapados los combatientes de la guerrilla. El desmantelamiento de la zona de seguridad había consistido en lo siguiente: a) en una primera operación se habían capturado aproximadamente 400 campesinos que constituían la ligazón del nivel intermedio entre los cuadros guerrilleros y las masas rurales de la zona; b) se les había reunido en una especie de campo de concentración y allí sistemáticamente se les había interrogado hasta reunir la información necesaria; c) se les había utilizado a ellos mismos para despejar los accesos minados que conducían a la zona de seguridad, operación en la cual muchos campesinos perdieron la vida al hacer estallar ellos mismos las minas; d) se habían ubicado los depósitos subterráneos de almacenamiento de víveres y pertrechos cayendo éstos en poder de las Fuerzas Armadas. La guerrilla quedaba entonces, sin base de sustentación a nivel local: desde el punto de vista tácticomilitar, quedaban incapacitados para utilizar sus recursos materiales, a cuya obtención, transporte y ubicación, tanto esfuerzo habían dedicado; y desde el punto de vista político-militar, quedaban incapacitados para mantener una ligazón con las masas campesinas de la zona, al haber sido capturados los contactos de nivel intermedio que habían estado destinados a participar indirectamente, sin armas, produciendo el enlace de los cuadros guerrilleros, extraños a la zona, con los recursos humanos de ésta.

Los últimos días de septiembre, entró en acción guerrillera un segundo grupo revolucionario, el ELN.{17} Su aparición en escena no [76] significó un estremecimiento nacional, como ocurrió meses antes con el MIR, las clases dominantes se habían curado del miedo, por lo menos por el momento, y como no eran las masas las que estaban en movimiento, sino determinadas vanguardias que iniciaban su experiencia para ligarse a éstas (aunque para algunos sectores esto no fuera evidente), los dueños del capital, sin necesidad de razonarlo a este nivel, actuaban en consecuencia. El ELN aparecía desarrollando una línea táctica en algunos aspectos diferente del MIR. Se trata también en este caso de una guerrilla autónoma, sin dirección nacional, sin contacto con las ciudades, sin mayor trabajo político previo. Es, sin embargo, de un carácter más móvil, no utiliza nada que se le asemeje siquiera a la «zona de seguridad», parece haber comprendido bien una de las consignas elementales de la lucha guerrillera: «muerde y huye». Su primera acción consiste en el ajusticiamiento de dos latifundistas de una zona de sierra en Ayucucho. Antes habían reunido a los campesinos, y es por decisión de estos que proceden a hacerles pagar sus crímenes de muchos años. Terminada la acción, que se da en medio de una batalla en las inmediaciones de la casahacienda, se retiran, evitando el enfrentamiento con la policía. Al haber hecho desaparecer a los propietarios y su administrador, la masa indígena oprimida y explotada durante siglos, queda en una situación completamente nueva. Ya no tienen a quien darle trabajo servil y gratuito, ya no tienen a quien entregarle la mitad o tres cuartos de la cosecha. Poseen la tierra para sí y los campos que se trabajaban para la hacienda pueden también ser ocupados por todos en conjunto. Así les ha explicado la guerrilla y así resulta tan pronto se ha llevado a cabo la acción. La policía que llega luego no tiene función a cumplir. Reprime al campesinado y gana su odio mayor. Mantiene un destacamento cuidando los campos vacíos (la casa-hacienda y otros símbolos materiales de la opresión latifundista, han sido destruidos por el fuego), pero no puede evitar que el campesino cultive sus parcelas y se aproveche de la totalidad del producto. No habrá otro propietario que quiera venir a ocupar el turno del saliente, eso está bien claro, pues correría la misma suerte.

El ejército de inmediato comienza su ofensiva contra la guerrilla del ELN, pero en este caso es diferente, se trata de un grupo muy pequeño y muy móvil, no resulta simple ubicarlo en un lugar preciso, cuando las fuerzas de represión llegan al lugar de los hechos producidos, la guerrilla bien puede estar a 150 km. de allí. No van a producir una segunda acción de inmediato; esta es una guerra larga y esta etapa se gana en el plano de la moral y en los aspectos subjetivos. El ejército no puede tender un cerco, sería un cerco muy amplio, y por ello muy raleado, y quizá sea un cerco de nada; la guerrilla no delata su presencia en razón de una acción puramente militar.

A la vez que las acciones producidas por el ELN se desarrollaban, según las describimos, en la zona guerillera sur del MIR, los combatientes probaban una acción táctica desesperada para intentar salvar al comando rompiendo el cerco. Así fue creado por pocos días un foco guerrillero que produjo acciones en Vilcabamba y que tenía como fin concentrar sobre ellos los efectivos del ejército, que al desplazarse del cerco permitirían abrir una brecha. Las fuerzas Armadas, sin embargo, no estaban dispuestas a arriesgar su ventaja real y para cercar el nuevo foco transportaron nuevas tropas militares desde los cuarteles de Huancané y Juliaca, que guardan la zona fronteriza con Bolivia y sobre todo protegen al sur de un alzamiento campesino, como ya antes hubo en Huancané a principios de siglo. Así finalmente, el 23 de octubre, fue muerto el secretario general del MIR, Luis de la Puente y con él cayeron otros tres dirigentes de primer plano: Paul Escobar, Rubén Tupayachi Edmundo Cuzquén. En los días subsiguientes, la zona guerrillera sur fue, para todos los efectos prácticos, liquidada.

Había caído el máximo dirigente de las fuerzas insurreccionales pero las masas no se movieron, la clase obrera, que había quedado estática a través de la contienda, no atinó a reaccionar, en protesta siquiera, no podía haber sido de otro modo, ella aún no se sentía participe, las vanguardias de la izquierda no le habían explicado cómo la insurrección venía a ser no otra cosa que la continuación de la política por otros medios, por los únicos medios viables en el caso y circunstancias del Perú.

La expresión máxima de reacción, a nivel de la izquierda, se produjo a poco, en la capital, en la forma de terrorismo urbano. Esta vez ya no por obra de grupos trotskistas o anarquizantes, sino por acción del propio aparato urbano que el MIR había llegado a montar, sobre todo en función de un acuerdo de coordinación producida con una fracción desprendida del Partido Comunista prochino (que publicaba el periódico Bandera Roja), y con el ELN. El resto de la izquierda, o se encontraba preso o estaba en libertad pero escondido y quieto, [77] entendía su contribución insurreccional haciendo madurar la conciencia política de la clase obrera, trabajando sobre todo en el plano sindical y en la formación crítica de los cuadros obreros, aun bajo las condiciones de una brutal represión.

El MIR había creado en la ciudad un comando de coordinación en el que participaban tres organizaciones: MIR, ELN y FALN.{18} Esta última estaba constituida por un grupo de exmilitantes comunistas que concebían su acción estrictamente en el plano militar y que estaban, un tanto, a la búsqueda de orientación en el plano político. El Comité de Coordinación no estuvo a la altura de sus responsabilidades ya que, si bien es cierto (como su nombre lo indicaba) había sido creado para coordinar, en realidad ninguna de las tres organizaciones que lo componían contaba con una dirección nacional que estuviera examinando el curso de los acontecimientos con una perspectiva orientada por cabales conocimientos teóricos y por tanto formulando una línea (de acción táctica a todos los niveles): y que fuera consecuente con las circunstancias que se daban y con las exigencias de los objetivos por alcanzar. Es decir, más concretamente y por ejemplo: ¿tenía sentido realizar acciones terroristas como las que se introdujeron (bombas ruidosas en las puertas de entrada de instituciones del Estado burgués, como el Palacio de Justicia o de las residencias de miembros destacados de la burguesía financiera?, ¿o es que la crítica clásica al terrorismo que explica el sentido negativo que éste puede tener cuando no aparece acompañado y a manera de culminación de un movimiento de masas, y las experiencias vivas y recientes de Caracas, no eran cuestiones a tener presente?; o también por ejemplo: la evaluación regular y sistemática de las propias fuerzas y de los cambios en la correlación de fuerzas y en el desarrollo de la lucha de clases, que debían ser los elementos de juicio para evitar caer en el peligro omnipresente de subestimar al enemigo y sobreestimar sus propias fuerzas. ¿Quién o quiénes, y desde dónde, y en función de qué mecanismo, y a partir de qué datos, estaba o estaban, efectuando los análisis que correspondían como responsabilidad fundamental a una dirección nacional, a un buró político de la revolución, a un comité central de la insurrección?

Liquidado para todos los efectos prácticos el foco guerrillero de la zona sur, las fuerzas de represión avanzaban, ahora con renovados bríos y con el estimulante de un triunfo momentáneo (pero muy sonado e importante), en los trabajos de cerco en la zona de la sierra y selva alta de la región central. Se produjeron sucesivas e importantes detenciones, con la mecánica posterior que hemos descrito, y se recibía la sensación de que la ofensiva contrarrevolucionaria estaba teniendo un resultado que la burguesía recibía alborozada, y por el cual se deshacían en elogios para con los jefes militares del país.

En estas circunstancias ocurrieron en el país dos actos de masas de gran importancia y que interesa analizar con algún detalle separadamente.

4. En tiempos de revolución los límites de lo posible se dilatan mil veces{19}

Juliaca es la capital de la provincia de San Román en el Departamento de Puno, en pleno altiplano del extremo sur peruano. Es una ciudad tan importante como Puno, la capital del departamento a orillas del Titicaca. Por su ubicación resulta el centro geográfico comercial, y en el cruce de las principales vías troncales de la zona. En Juliaca se ha desarrollado una minúscula burguesía comercial no ligada a la tierra. Los representantes más conspicuos de ésta, son la familia Cáceres. Dos hermanos Cáceres son diputados de oposición progresista e independiente en el Parlamento. Un tercer hermano Cáceres es el alcalde de la ciudad, elegido por amplia mayoría, en votaciones provinciales. Los Cáceres cuentan con una radioemisora y con una red de tiendas venden, entre otras cosas, radios transistores. Los Cáceres organizaron y controlan el Movimiento Sindical Campesino que agrupa unos 600 sindicatos campesinos{20} que incluyen pequeños grupos de 40 a 50 colonos (siervos) de hacienda; y parcialidades, estancias y comunidades que llegan a agrupar hasta 700 campesinos en algunos casos.

Juliaca tiene aeropuerto, Puno no tiene. Puno tiene agua y desagüe, Juliaca no tiene. Puno es la capital, Juliaca tiene más actividad comercial. Se desenvuelve entre las dos ciudades un proceso de emulación que es vivido a todos los niveles sociales de éstas. El 4 de noviembre de 1965, Puno celebraba el centenario de su fundación y habían ofrecido su asistencia el ministro de Gobierno y Policía y el presidente [78] de la Cámara de Diputados. Personalidades de Acción Popular y del Apra, respectivamente. Juliaca, a nivel de un Cabildo abierto, tomó el acuerdo de aprovechar la oportunidad para mostrarle a estas personalidades burguesas, el estado de abandono en que se encontraba: el pueblo se congregó y esperó la llegada del ministro, éste sin embargo aterrizó en Juliaca, único aeropuerto de la zona, pero pasó de largo a Puno y dejó a las masas sumidas en una sensación de desprecio. Ello habría de ser suficiente para que el pueblo de Juliaca, masivamente, se levantara en rebeldía. Las dos emisoras de radio arengaron a la huelga general decretada por el Consejo Municipal y el pueblo se organizó, espontáneamente, para desarrollar la consigna con su estilo. En el aeropuerto colocaron tambores de gasolina sobre la pista de aterrizaje vara bloquear el tránsito de aviones que traían más personalidades políticas burguesas (entre ellas. el Presidente aprista de la Cámara). En la nueva carretera de doble vía, que une Juliaca con Puno, los mismos obreros que la habían construido, cavaron zanjas transversalmente, impidiendo el paso de regreso de los «ilustres visitantes». Eran las masas que estaban demostrando la importancia regional de su abandonada ciudad. Se trataba, para cualquiera que tuviese la voluntad de entender, de una lección de teoría del Desarrollo Regional. El ejército y la policía, en pánico por las proyecciones del movimiento y las circunstancias de la lucha insurreccional que se daba en el país, comenzaron de inmediato una brutal represión armada.

Las masas urbanas se defendieron con valentía, armaron barricadas, usaron palos y piedras; botellas de gasolina, y aun cartuchos de dinamita y las pocas armas de fuego de que disponían. La lucha duró tres días y la calma sólo pudo ser restablecida cuando las fuerzas represivas terminaron de tomar la ciudad y los cerros aledaños, barricada por barricada, grupo por grupo, con el poder de sus metralletas y sus bombas. El parte policial, hasta entonces siempre lacónico, esta vez no pudo dejar de entrever la diferencia que se daba por efecto de haber participado las masas. De uno de ellos tomamos los siguientes párrafos: «a horas 000 del día 4 de noviembre en curso, se inició en la ciudad de Juliaca el paro general decretado por el Consejo Provincial de San Román. Desde horas antes, varios centenares de manifestantes congregáronse frente al local del Municipio y fueron arengados por varios oradores...»; «aprovechándose de la oscuridad de la noche, numerosos piquetes de huelguistas interrumpieron diversas vías de comunicación, principalmente la carretera de Juliaca a Puno y de Juliaca a Cuzco, con enormes piedras y profundas zanjas en no menos de diez puntos...»; «En el curso de la mañana, en la plaza principal y calles céntricas de Juliaca, se reunieron aproximadamente seis mil personas, entre hombres, mujeres y niños, de las cuales la mayor parte eran campesinos en estado de ebriedad...»; «... [una turba de huelguistas], atacó a las 11:30 el local de la Comisaría de la Guardia Civil. Los atacantes, que eran varios miles, no sólo lanzaron piedras y bombas de fabricación casera contra los custodios del orden público, sino que usaron también armas de fuego...»; «... otra turba de huelguistas, a horas 12:00 atacó el local de la Comandancia de la Guardia Civil, lanzando piedras con bombas y también disparos de armas de fuego...»; «se ha comprobado la intervención de conocidos elementos comunistas...». El parte policial deforma los hechos de manera absoluta: llama a las masas urbanas «campesinos ebrios»; acusa a los huelguistas de intentar asaltar los puestos policiales para justificar la masacre represiva; y por último pretende responsabilizar a los «comunistas» como si de alguna manera éstos (sean ellos quienes fueren), hubiesen planeado estos actos de masas.

Entre la rebelión de Juliaca (rebelión contra la burocracia, contra los métodos políticos burgueses, contra el abandono y la miseria), y la insurrección que se daba en determinadas zonas apartadas del país no había ninguna relación directa, ningún contacto efectivo al nivel de tal o cual Cuadro, o «elemento», como los llama el parte policial. Pero, si bien es cierto no había este tipo de relación, es innegable que las masas se habían movido con ese estilo, con esa decisión y ese coraje, impulsadas por la situación que se daba en el país, es decir, habían madurado subjetivamente, frente a las condiciones objetivas de su suerte. Por otro lado sin embargo, había una condición objetiva que no había variado un ápice: la ausencia de la organización y los cuadros revolucionarios capaces de conducir a estas masas por el camino de los éxitos tácticos. Tres días después de iniciados los actos de masas, la represión se enseñoreó en dicha ciudad y en las zonas aledañas, masacró a los campesinos, encarceló a muchos de los participantes y quebró el movimiento en pedazos. Los Cáceres al defenderse [79] de los ataques en el Parlamento, se lavaron las manos con lógica actitud pequeño-burguesa y aduciendo a una frase hecha popular por el propio gobierno, negaron toda responsabilidad afirmando: «El pueblo lo hizo».{21}

Unas semanas más tarde, en Lima, se habría de producir otro acto de masas, éste de carácter singularmente distinto, pero no por ello menos interesante: de él también debiéramos extraer algunas lecciones de utilidad.

La Federación de Estudiantes del Perú que agrupa aproximadamente a 60.000 estudiantes de unas 30 universidades y escuelas superiores distribuidas por todo el país, había convocado a un Congreso Nacional que se celebró en Lima con una asistencia ampliamente mayoritaria de delegados estudiantiles de izquierda. El Congreso tenía la responsabilidad de examinar ponencias que abarcaban desde el campo estrictamente estudiantil hasta cuestiones de interés e importancia nacional e internacional. El Congreso nombró, en su primera sesión plenaria y por efecto de la aplastante mayoría de izquierda, a Luis de la Puente, máximo dirigente mirista muerto en combate en su zona guerrillera sur, presidente de honor. así, en nombre de decenas de miles de estudiantes universitarios, se le rendía homenaje al fallecido jefe de las fuerzas insurreccionales. Se trataba de un acto simbólico de proyecciones interesantes, cuya noticia produjo un impacto real y concreto en el país. Más adelante sin embargo, al tratarse del análisis de las ponencias en sí, se observó que la madurez de las masas estudiantiles era sólo aparente y que el nivel de su comprensión no les permitía aún centrarse correctamente sobre los problemas esenciales de la hora revolucionaria. No aparecían los trabajos de análisis y crítica ni las líneas que se proyectasen sobre el desarrollo futuro de las tareas a éste u otro nivel.

De esta manera, finalmente, al llegar al punto crucial del certamen y tratarse de la elección del nuevo presidente y la directiva de la FEP. la aplastante mayoría izquierdista expresó una vez más, la naturaleza viva de uno de los aspectos fundamentales a resolver dentro de la problemática de la lucha revolucionaria peruana: la cuestión de la unidad. Los delegados de izquierda se dividieron en las siguientes fracciones en orden de importancia mayoritaria: Partido Comunista prochino que publica el periódico Bandera Roja, Partido Comunista prosoviético que publica el periódico Unidad, Vanguardia Revolucionaria, MIR y FALN; y en dos bloques, uno integrado por sólo la fracción comandada por el Partido Comunista prochino, el otro por todas las demás organizaciones. El segundo bloque era ampliamente mayoritario sobre el primero y los dos en conjunto mayoritarios en el Congreso pero, aparentemente ni uno ni otro podían, separadamente, imponer su decisión. El planteamiento del bloque unitario era otorgar la presidencia al representante del MIR y conformar la directiva proporcionalmente al número de delegados de cada una de las fracciones, dejando un número pequeño a repartirse entre las fracciones burguesas que también participaban en el Congreso. El planteamiento del grupo del Partido Comunista prochino, exigía una mayoría absoluta prochina en la conformación de la nueva directiva. Frente al impase, la izquierda concurrió dividida a la sesión electoral y en circunstancias en que los dirigentes estudiantiles del Partido Comunista prochino descubrían que la votación habría de resultarles adversa, se retiraron de la sesión dejándola sin quorum. El desenlace fue simple: la FEP quedó sin dirección, el Congreso se disolvió y el panorama estudiantil se proyectó sombrío sobre las próximas jornadas de lucha y responsabilidad revolucionaria. Este acto de masas, aparte del hecho simbólico de reconocerle a Luis de la Puente el mérito de su heroísmo y su martirio, no había hecho sino reflejar la naturaleza de los problemas a resolver dentro de la misma izquierda en el curso de la lucha insurreccional si se busca proyectar esta resueltamente sobre el futuro.

 

Desenlace preliminar de la guerra

El cerco que la contraofensiva de las fuerzas armadas tendía en la zona guerrillera del Centro, y los desplazamientos masivos de tropas del ejército y la intervención regular y sistemática de la aviación; terminaron por dar sus resultados. A fines de diciembre la jefatura zonal de las fuerzas represivas daba alborozada la noticia de la captura y muerte de Guillermo Lobatón, combatiente revolucionario del MIR, jefe de la zona centro al comenzar las acciones, y que, luego de la muerte de de la Puente, había asumido el comando de la insurrección. Algunos días antes había sido también capturado, interrogado, torturado y asesinado, el dirigente mirista de un grupo guerrillero en la misma zona: Máximo Velando. Al igual que en el caso del aniquilamiento de la guerrilla en la zona sur, en el curso de los [80] próximos días, la zona central, quedó también, para todos los efectos prácticos, liquidada.

De esta manera, el ejército peruano podía vanagloriarse de haber destruido a las fuerzas insurreccionales en menos de ocho meses. Quedaban sin embargo en actividad los focos de la zona norte y del ELN, este último ubicado en una región a media distancia entre las anteriores posiciones centro y sur de las guerrillas miristas. De los combatientes ubicados en Ayabaca, en el extremo norte del país, no se había sabido más y se tenía (y se tiene) la impresión de que se efectuaron importantes modificaciones de orden táctico que les permitió mantenerse en existencia sin producir acciones armadas, sin dar enfrentamientos y trabajando encubiertos a un nivel preliminar de asentamiento y consolidación.

El grupo guerrillero del ELN, tampoco aparecía ubicado y por lo tanto, no se daban las condiciones que favorecían el trabajo de cerco y aniquilamiento por las fuerzas represivas. Sin embargo, circunstancias fortuitas habrían de colocarlo en una situación por lo demás precaria. El jefe de la organización, Héctor Béjar, fuertemente atacado por la uta, se vio en la necesidad de salir de la zona y desplazarse clandestinamente a Lima en busca de asistencia médica de urgencia. En la capital fue ubicado y capturado por los servicios nacionales de espionaje y actualmente se encuentra preso y en riesgo de ser condenado a muerte y fusilado.

Unas semanas más tarde, en circunstancias que aún se desconocen, fue también apresado Julio Gadea, combatiente revolucionario mirista (hermano de la primera esposa de Ernesto Guevara), quien cumplía funciones dirigentes a un alto nivel dentro de su organización.

Los diarios y revistas burgueses, comenzaron por tanto a hablar del «RIP del movimiento insurreccional» y de cómo quienes «habían tomado la espada, habían muerto por la espada». No aparecía por ninguna parte, ni entonces ni hasta el momento, el análisis objetivo que hiciera un balance de la situación de la lucha insurreccional.

El MIR se encontraba, ciertamente, diezmado, no sólo al nivel de sus militantes de base, devenidos guerrilleros, sino fundamentalmente al nivel de sus dirigentes medios y su comité central. En función de las publicaciones de los diarios y revistas burgueses, y la confrontación con los boletines del propio aparato de propaganda mirista, podemos estimar que no menos de un 50% de sus dirigentes medios había sido anulado para la acción, va sea a través de su muerte o su apresamiento, y que aproximadamente 3/4 de los miembros de su comité central habían sufrido la misma suerte. Se hacía por tanto, a partir de una premisa de este tipo, difícil hablar del MIR con estricta objetividad. Cierto es que todo un foco guerrillero queda, aparentemente hasta el momento de escribir estas líneas, intacto; y así mismo debemos estimar que un número indeterminado de militantes de base han escapado a la represión, no sólo en la ciudad sino también en el campo. Pero, respecto de los noveles organizativos que tienen sobre sí la responsabilidad de desarrollar los análisis y ratificar o rectificar las líneas, debemos decir que no es posible hacer vaticinios acerca de su composición o sus tendencias. ¿Quién dentro de ésta organización habrá de surgir como dirigente al nivel de la calidad de los camaradas muertos, quién, de entre ellos, habrá de tener la decisión y la firmeza para seguir llevando adelante la lucha, y más aún, impulsarla por los caminos que la experiencia recogida muestre como más propicios a las necesidades de la hora?

Las masas proletarias urbanas, los grupos estudiantiles y las masas campesinas que, hechas las excepciones descritas: permanecieron quietas, se han seguido manteniendo inmóviles y parecen encontrarse a la expectativa de que se les explique, en términos que le son propios, la naturaleza, desarrollo, experiencia, alcance y proyecciones de la lucha. Aparece de esta manera esbozada, quizá si la tarea más importante de las organizaciones revolucionarias que se plantean con el mismo o afán objetivo estratégico que el MIR.

¿Quién había ganado la primera batalla y porqué resultó esto así? Es algo que pretenderemos analizar a continuación.

 

Resumen de nuestra crítica

De la primera publicación difundida por el MIR,{22} tomamos los párrafos que citamos in extenso a continuación, clasificados por grupos según conviene a nuestro análisis. [81]

I. Respecto de la caracterización de la sociedad peruana

«La historia de los regímenes políticos en el país, es la historia de una oligarquía con gran capacidad de maniobra que se perpetúa en el poder a despecho de los cambios que en el orden económico y social se efectúan.»

«...esta oligarquía que monopoliza el capital nacional en todas sus formas, sin desprenderse de sus propios orígenes, invierte sus utilidades en el campo industrial, se proyecta a las finanzas, enlaza sus capitales a los del imperialismo, compartiendo con éste el dominio de las grandes empresas. La capitalización del país en su integridad pasa por sus manos, y a esta vasta concentración monopolista lleva su viejo espíritu feudal que, a través del poder político de los vehículos culturales, ideológicos, sociales, &c., impone a todo el país.»{23}

«Es así cómo esta oligarquía ha logrado hasta el momento mantener al país sujeto a la hacienda, dominado por el imperialismo, sometido al más alto grado de explotación, impidiendo su plena integración nacional.»

«[el imperialismo] se enlaza con los señores de la tierra y forma poderosas empresas agrícolas para la explotación, por ejemplo, de la caña de azúcar.»{24}

«[la] insuficiencia del desarrollo de la base económica (es) debida a la incidencia del imperialismo, a la supervivencia de relaciones de producción precapitalista y a la desigual distribución de la renta nacional.»{25}

«Para el Perú, provincia del mundo capitalista, con supervivencia de la estructura y de las relaciones de producción feudales y precapitalistas, la Reforma Agraria es la primera de esas medidas fundamentales.»{26}

«La tesis de que la burguesía nacional, al desarrollarse, se enfrenta al imperialismo y por tanto de que puede realizarse una revolución antiimperialista en nuestro país, conducida por ella, no es más que una ampliación (sic){27}, mecánica e incompleta del método marxista. En países como el nuestro, en su actual etapa, la burguesía industrial es una prolongación de la oligarquía y el proceso que conduce es mediatizado por esta relación de parentesco. Además, la penetración imperialista es múltiple, ágil, dinámica.
El inversionismo extranjero en los últimos años penetra en el campo industrial con las limitaciones que impone el interés imperialista y generalmente empieza por comprometer a la burguesía nativa, neutralizando de este modo sus atisbos de independencia.»{28}

II. Respecto de la caracterización del proceso revolucionario y las tareas

«Creemos también que la Revolución en el Perú, más que en ningún otro país de América, se iniciará como un fenómeno social, multitudinario. Millones de campesinos levantarán los puños y aplastarán a la oligarquía comenzando desde los Andes.»

«Trabajamos por la unidad de la izquierda revolucionaria que crea sinceramente en la insurrección como único camino para la conquista del Poder.»{29}

«Llevar a la unidad de lucha al campesinado en su conjunto en el plano nacional y vincular ésta a la de las demás clases explotadas, es la tarea imperativa del momento actual que se propone cumplir el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (antes Apra Rebelde), y a la cual deben contribuir todos los sectores auténticamente revolucionarios.»{30}

«[la] toma de conciencia de la clase obrera de su papel fundamental y determinante para la liberación del país, es uno de los presupuestos decisivos de la obra que el país espera, y en la cual el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (antes Apra Rebelde), empeñará sus mejores esfuerzos{31}

«...el desarrollo de factores negativos como el sectarismo, el caudillismo, el oportunismo y la ausencia de esclarecimiento teórico, hicieron que la lucha en vez de ser nacional y total se parcializase, facilitando a la reacción la tarea de frustrarla y controlarla

«Las nuevas generaciones que se incorporan a la lucha traen la convicción de la necesidad de superar la frustración antigua.»{32}

«La consigna de nuestro tiempo impone la unidad en la lucha y la victoria, que será resultado de la consecuencia en esta lucha, debe tener carácter nacional.»{33}

1. La caracterización de la sociedad es, en general, correcta; sobre todo en lo que respecta a la ligazón estructural, que se denuncia, entre la burguesía nacional industrial, con la tierra de donde proviene y de la cual no se ha separado, con el imperialismo con quien se enlaza [82] y quien la compromete y neutraliza, y con los otros sectores de la economía donde invierte y se proyecta.

2. Una cierta confusión se produce al nivel de la caracterización de un sector como feudal y precapitalista, concebida no sólo como supervivencia de relaciones de producción sino aún como toda una estructura. Esta estructura o aun las relaciones no pueden ser calificadas propiamente como feudales; y en todo caso debe de ellas decirse, que se encuentran integradas, como partes de un todo, en el sistema económico nacional: la suma de diversas estructuras que se corresponden, se contradicen o se complementan, pero que operan debidamente entrelazadas.

3. No puede decirse que la tesis del MIR, por lo menos al nivel de la tinta y el papel y para la fecha de febrero de 1963: fuera de tipo «dualista». Es decir, que concibe al Perú como dividido en dos partes separadas, una moderna y capitalista, la otra atrasada y precapitalista, sin «integración» entre ellas. Si bien el planteamiento mirista no aparece concluyente, claro y categórico a este respecto, presenta de hecho apenas atisbos de elementos que pudieran ser desarrollados hasta la sustentación de la tesis y «dualista» que mencionamos.

4. El MIR muestra con aterradora claridad (en la cita de la página 4, que ofrecemos), cómo concebía, por lo menos a esta altura de su desarrollo organizativo, el proceso revolucionario. Debemos entender, por tanto, que el gran despliegue propagandístico y más aún, la ofensiva iniciada por las fuerzas guerrilleras, se daba sobre la base de que el proceso «se iniciará como un fenómeno social multitudinario» en el cual «millones de campesinos... aplastarán a la oligarquía comenzando desde los Andes.» Ciertamente el MIR hacía una evaluación puramente subjetiva y extremadamente errada, de cuales eran las condiciones subjetivas reales de las masas campesinas. El MIR había visto, en el segundo semestre de 1963, desarrollarse el proceso masivo de ocupación de tierras, y habla encontrado en él, la prueba definitiva de la certidumbre del enunciado que mencionamos. Había visto en el apetito pequeñoburgués de los campesinos peruanos por la tierra, la comprensión política de las tareas históricas de la revolución; y sin contar con un aparato que lo ligara estrechamente con estas masas, había decidido que eran las campanadas furiosas de la revolución las que sonaban en sus oídos. Había deseado, y había convertido «su» deseo en «su» realidad, y, en función de ésta, se había echado a andar.

5. El MIR afirma que la unidad en la lucha se impone como la consigna de nuestro tiempo y que trabajará por ésta. Debemos entender que los esfuerzos por la misma terminaron por cansar a los dirigentes miristas sin haberla logrado y que, alrededor del verano de 1964, abandonaron estos trabajos, se aislaron del resto de la izquierda y prosiguieron adelante solos y por su cuenta, considerando que el resto de la izquierda peruana se encontraba en una línea estratégica equivocada. Este hecho, que era, posiblemente, de manera general, cierto para marzo de 1964, ciertamente no lo era ya un año después, cuando el MIR se disponía a la acción. Sin embargo, para ese entonces, el MIR traía la inercia de su aislamiento, unilateralidad y sentido no unificado del trabajo, todo lo cual, en cierto modo, determinó el desarrollo que hemos descrito.

6. El MIR plantea, con absoluta corrección, que las tareas son: al nivel del campesinado, llevarlo a la unidad de lucha vinculándolo con las clases explotadas; y a nivel de la clase obrera, la toma de conciencia de su papel fundamental y determinante del proceso. De ambos se expresa como de la tarea imperativa, decisiva, determinante, en la cual empeñara sus mejores esfuerzos. En la práctica sin embargo, el MIR no pudo llegar a montar el aparato nacional para la realización de las tareas, perdió el equilibrio y se inclinó fuertemente hacia el polo militar y guerrillero de la balanza, hasta que hubo de abandonar totalmente las tareas enunciadas, emprendiendo el camino de la instalación de los focos guerrilleros en el campo. Aparentemente el MIR se logró ajustar debidamente para el cumplimiento de ciertos aspectos de la tarea insurreccional: el trabajo con los grupos proletarios urbanos y las masas campesinas al nivel nacional; llevándolos por los caminos que se esbozaban y en cumplimiento de las tareas planteadas. No logró formar los cuadros que para ello eran necesarios, ni consiguió montar la organización que los objetivos demandaban, y por tanto decidió tomar un atajo: añadió esta condición a las muchas que habrían de ser alcanzadas por efecto del desarrollo de la lucha en los focos insurreccionales. Se estiraba cada vez más y mas el alcance del enunciado de Ernesto Guevara, que ya hemos mencionado al comienzo de este [83] trabajo: «No siempre hay que esperar a que se den el todas las condiciones para la revolución, el foco insurreccional puede crearlas».{34}

7. El MIR, con toda corrección, señalaba la «ausencia de esclarecimiento teórico», como una de las causas más importantes que habían determinado que la lucha anterior fuese sólo parcial, no fuese nacional, y quedase frustrada. Pero el propio MIR, en un momento determinado abandona el esclarecimiento teórico; como si ya se hubiese dicho la última palabra y ésta hubiese sido aprendida por la mayoría de los integrantes de las clases revolucionarias. De esta manera se separa de las masas, pierde contacto con ellas y éstas pierden contacto con la posibilidad de esclarecimiento proveniente de quienes habrían de reclamar conducirlas.

Si bien es cierto que el MIR ha sido consecuente con su línea estratégica, en tanto ha luchado por la revolución socialista y se ha inmolado llevando adelante el proceso insurreccional, ciertamente no ha sido consecuente con sus propios planteamientos, en tanto no los ha llevado a la práctica o de otro modo no los ha autocriticado reemplazándolos después de su correspondiente análisis.

En julio de 1965, instalado en su «zona de seguridad», y en pleno auge insurreccional, el MIR dio a conocer, a través de Monthly Review, un documento de gran interés. Este apareció firmado por Luis de la Puente y con el título «La Revolución en Perú: concepciones y perspectivas».{35} Siendo un documento tan rico en planteamientos, nociones y conceptos, se hace difícil efectuar un análisis resumido y enfrentarlo con la realidad que hemos descrito, pero dada su importancia, y siendo el último documento de este nivel producido por el MIR y por provenir del propio jefe de la insurrección le hemos de dedicar la ultima parte de este ensayo.

El documento mirista se plantea con toda claridad y absoluta franqueza sobre una serie de aspectos fundamentales. ¡Cómo puede concebirse, habiendo sido escrito desde un foco guerrillero, con el arma en una mano y la pluma en la otra!

Respecto de la caracterización de la sociedad, sostiene el MIR las mismas equívocas tesis que en su primera publicación, ya comentada, aunque esta vez con mucha mayor intensidad y error. Insiste en las tesis del feudalismo: implantación de éste en Perú por efecto de la conquista, su existencia y vigencia actual y la influencia determinante que tiene. Se llega a extremos como el de llamar a la Sierra, de plano, región del «Perú real, el Perú feudal, el Perú indio{36} De aquí deduce una burguesía feudal que se complementa luego de la elaboración de la noción de oligarquía y el concepto de imperialismo para establecer: «El poder político está en manos de la oligarquía-feudal-burguesa-imperialista»{37}. Sin embargo, reconociendo que se instala en la región de la sierra para luchar por el socialismo por vía de las acciones guerrilleras; proclama a «una revolución nacional y popular antioligárquica y antiimperialista, llamada a establecer el gobierno democrático que siente las bases para la instauración del socialismo en nuestra patria».{38} ¿Es decir que, reconociendo que lucha por el socialismo en plena zona feudal no lucha contra el feudalismo, sistema que según ellos explota y oprime a los campesinos serranos? Ciertamente así es, no podía ser sino así pues luchar contra el feudalismo en el Perú, sería algo así como Quijote y los molinos de viento. Coincidimos con los editores de Monthly Review (Huberman y Sweezy), cuando en el prólogo sostienen: «...no puede sino inducir a la confusión el introducir términos como 'feudal' y 'feudalismo'...»{39} Pero no podemos dejar de enfrentar la siguiente reflexión: ¿Y si no se tratara sólo de 'términos' sino de a 'conceptos', y si alrededor de estos conceptos se ha formulado una estrategia y una táctica? ¿Y si realmente el MIR hubiese pensado que, sólo en esta etapa intermedia, naturalmente, se encontraba combatiendo por el capitalismo y contra el feudalismo que menciona y que le sirve de base fundamental para su análisis?{40} ¿Y si, por tanto, dedujo que no debía esperar una represión tan tremenda o quizás si hasta la «burguesía nacional progresista» o algunos sectores medios de ésta, intervendrían para frenar la acción represiva y que todo ello permitiría una consolidación y desarrollo efectivo de la lucha insurreccional? Nuestra opinión es que, si bien esto no fue así, no poco daño ha hecho a una comprensión cabal de la sociedad peruana por el MIR (y de allí las tesis [84] políticas, la estrategia y la táctica), el tener conceptos tan errados sobre la realidad estructural del país. Lo que el MIR no había llegado a comprender bien, la burguesía peruana (sin entenderlo mayormente), sí había asimilado; ésta por tanto reaccionaba en defensa de sus intereses objetivos. Así demostraban, en la practica, cómo es que en realidad hay una integración estructural, de naturaleza real y fundamental, que los lleva a defender el orden capitalista y burgués, allí donde el MIR no ve sino un Perú feudal y condiciones feudales de producción y existencia.

Respecto de la caracterización del proceso revolucionario, sobre todo en cuanto a la estrategia y táctica insurreccional, el MIR rechaza la tesis que llama «esquema citadino de la Revolución de octubre» acusando a los trotskistas de postularla dogmáticamente;{41} rechaza la tesis que llama del «poder dual», postulada por Hugo Blanco, indicando que la prueba de su error proviene del fracaso de éste y el FIR, «a la primera embestida de las fuerzas represivas;{42} rechaza la tesis que llama del «gran partido de masas de estructura leninista» que implícitamente queda asignada al Partido Comunista prorruso, al Partido Comunista prochino y al FLN;{43} y por ultimo postula su propia línea estratégico-táctica.

Sostenía el MIR «la necesidad de encarar el fenómeno partiendo de la lucha armada en el campo, con la estrategia y táctica guerrilleras». El proceso incorporará paulatinamente a las masas campesinas, estudiantiles, pequeñoburguesas y de la clase obrera y terminará por capturar el poder por la vía de la guerra del pueblo que va de la sierra a la costa, del campo a la ciudad y de las provincias a la capital.{44} Para ello han optado por basarse en «... mínimos indispensables en cuanto a organización partidaria y a prestigio ante las masas...» ya que todo otro esfuerzo debe estar enpeñado a la preparación de las zonas guerrilleras. La formación del partido se difiere para ser desarrollada sobre la marcha. Consideraba el MIR que también correspondía la formación de un Frente Único de las clases revolucionarias con los sectores progresistas de la burguesía nacional, bajo la hegemonía del Partido Revolucionario{45} y que debían darse formas progresivas de integración revolucionaria continental para encarar la lucha a este nivel.

Para la fundamentación de los enunciados estratégicos mencionados, el MIR se basaba claro está, en su propio esquema analítico de la situación peruana:{46}

—las condiciones objetivas están totalmente maduras, lo han estado siempre;

—las condiciones subjetivas no están plenamente dadas, pero: 1) están más allá de la capacidad conductora de las pretendidas vanguardias revolucionarias; 2) el proceso de invasiones de tierras del segundo semestre de 1963 es un ejemplo de cuán maduras están las condiciones subjetivas, otros ejemplos son también; 3) la ocupación de barrios marginales en las ciudades grandes; 4) la creciente conciencialización de la clase obrera; 5) el control izquierdista de 3/4 de las universidades; 6) la combatividad urbana de universitarios y escolares; 7) la masacre del Estadio Nacional en 1964 y la combatividad urbana de masas en razón de ello.

—«el inicio del proceso insurreccional será el motor desencadenante para su perfeccionamiento e integración con caracteres tales que no es posible imaginar.»{47}

Es decir, que el MIR consideraba que el «mínimo indispensable» de partido que habían constituido era suficiente –como condición objetiva– para desenvolverse como vanguardia revolucionaria real, aunque (todo así lo indica), nunca llegaron a considerar al partido –sea éste de uno u otro tipo– como una de las condiciones objetivas a tener presentes como necesarias.

Especialmente debemos incidir sobre la apreciación mirista del problema de las condiciones subjetivas. Vuelve a aparecer aquí el mismo concepto enunciado en su documento de 1963, ya citado. El MIR consideraba que el pueblo peruano estaba todo listo a volcarse masiva y furiosamente por la revolución, ofreciendo su existencia por el desarrollo de las acciones insurreccionales que conducirán al poder a la alianza obrero-campesina. Igualmente plantea creer que el proceso tomará la forma de una revolución agraria y que las masas comenzarán por invadir los latifundios.{48} Pero hemos visto cómo las masas, no sólo en la ciudad sino también en toda la extensión del ámbito rural, quedaron inmóviles y parecían no acertar a comprender la naturaleza de los acontecimientos. [85]

El MIR trabajó sus análisis teóricos completamente aislado y al margen de la confrontación con los demás grupos políticos de la izquierda peruana (a todos ellos había estigmatizado). Esto fue en parte compensado por la elaboración que se hacía en relación con las concepciones de diferentes experiencias extranjeras.

El MIR se lanzó a la lucha mostrando un incorrecto descuido por las masas obreras y estudiantiles de las ciudades en razón de que el esquema estratégico consideraba sólo la necesidad de prestarles atención en una etapa muy posterior, y dejaba entrever que se esperaba mucho de la espontaneidad de éstas para sumarse a la lucha, buscando su propia ubicación.

El planteamiento enunciado en el párrafo anterior debe ser confrontado con la hipótesis de que el MIR en realidad no haya hecho sino formular un esquema estratégico-táctico expresando, no las necesidades reales de la lucha, sino sus propias limitaciones. Esto querría decir que, tal vez fundamentalmente en razón de no contar con un aparato nacional de fuerte arraigo y ligazón con la clase obrera y el estudiantado, se dejaba de lado a éstos hasta una etapa posterior. Un proceso de toma de decisiones de este tipo no se da jamás químicamente puro, ni se presenta en blanco y negro: si bien creemos que elementos como los enunciados han jugado su papel, ciertamente, se han presentado dentro de un conjunto estructural que es el que, finalmente, ha determinado el sentido de las decisiones.

Quizás uno de los errores más importantes cometidos por el MIR, haya sido el haber arriesgado, de tal manera, la existencia misma de su más alto comando, de sus mejores cuadros, y de la organización en su conjunto, en una sola operación táctica, cual debió ser la consolidación de los focos guerrilleros en el campo. Esto nos hace forzosamente reflexionar sobre la posibilidad de que el MIR, sobre la base de una evaluación superoptimista de la situación y en función de una concepción idealizada del proceso insurreccional, «haya jugado sólo a ganador, apostando toda la plata en la primera carrera». No está de más indicar, por ejemplo, que si los bolcheviques hubiesen expuesto a su débil aparato organizativo en mayo de 1917 la revolución hubiera sido, posiblemente, aplastada, y la reacción cobrado tal fuerza, que el proceso hubiera quedado diferido, y más aún, si en la experiencia hubiesen perdido la vida Lenin y Trotsky.

La fe revolucionaria es ciertamente fundamental, pero no es suficiente para que una vanguardia pequeña se enfrente a las fuerzas represivas del estado burgués, arriesgándolo todo en la primera batalla. Es necesario, antes, hacer inclinar la balanza a favor, utilizando la ventaja que significa el apoyo popular activo y haciendo participar a la guerrilla sobre la base del aprovechamiento máximo de sus evidentes ventajas tácticas dentro de la concepción clásica de su funcionamiento.

Las guerrillas del MIR parecen no haber explotado correctamente el instrumento fundamental con el cual deben enfrentarse a las fuerzas armadas del poder burgués: el arma subjetiva, desmoralizarlos, cansarlos, no presentar frente, darles tiempo para que se corroan, ganarles la moral, descomponerlos internamente, esperar a que se pudran desde adentro.

Aparentemente el MIR sufrió los efectos de un desequilibrio formativo entre los aspectos militar y político, y de un relativo aislamiento de las masas más politizadas; se desarrollaron pues en el campo como creyendo que las acciones principales debían producirse al nivel de los enfrentamientos militares sobre el terreno. Pero aun desde el punto de vista militar eran errados algunos aspectos de la concepción táctica. Como aquél de concebir las llamadas «zonas de seguridad» como una condición dada desde el inicio de la lucha, y por efecto de alguos meses dedicados a su preparación. El MIR, en sus primeros boletines, se expresaba de sus «zonas de seguridad» como de «una fortaleza inexpugnable». Aparte de que una declaración de este tipo refleja una deformación provocadora, producto, seguramente, de la inmadurez revolucionaria del autor (quien quiera que él haya sido), resulta evidente que no era correcto para una guerrilla, en su etapa inicial, inmovilizarse de tal forma –alrededor de la llamada «zona de seguridad»– que facilitase la estructuración del cerco ni tampoco denunciar su ubicación y su presencia en una área prefijada.

La condición fundamental de la guerrilla debía ser justamente su movilidad; lo cual haría difícil su ubicación y fijación y por tanto impedía el cerco. Debe entenderse que esta concepción táctica tuvo varias fuentes de origen, algunas de éstas ya han sido mencionadas al tratar sobre la interpretación que el MIR hace de la sociedad peruana. Un fundamento, quizás inconsciente, haya posiblemente sido el afán de buscar atajos y de acortar el camino, desarrollando una táctica que permitiera saltar la etapa de la consolidación del foco [86] y partiendo con la base de una zona ya ganada por la guerrilla y en la cual podía y debía existir una área de seguridad. Otro fundamento quizás haya sido la interpretación defectuosa y la adaptación deformada de la táctica del FLN vietnamita y sus complicados sistemas de zonas de seguridad. Estos, sin embargo, incluyen, no sólo y fundamentalmente el trabajo político de veinte años de lucha insurreccional, sino además un mecanismo defensivo desarrollado sobre el terreno en condiciones de represión y perfeccionado a través del tiempo.

El MIR pensó y sostuvo que las condiciones subjetivas estaban suficientemente dadas como para que bastara la presencia de los grupos armados para que las clases revolucionarias se movilizaran espontánea y masivamente tras de ellos. En razón de esta consideración estimaron que el frente fundamental y prioritario de la revolución peruana era el frente militar y guerrillero en el campo, y a ello por tanto, dedicaron su esfuerzo total, con evidente desmedro del trabajo en el frente político: los contactos con las masas y el esclarecimiento teórico de la clase obrera, el estudiantado y la pequeña-burguesía radical en las ciudades, y el campesinado de las áreas fuera de la zona de los respectivos focos. En razón de todo ello, consideraron que debían emprender la ofensiva y se lanzaron al ataque. Al nivel de la interpretación popular, no se trataba, por tanto, del pueblo que se defendía de las condiciones a que lo forzaban, sino de una determinada vanguardia que tomaba la ofensiva contra el Estado. Esto los aisló aún más de las masas y los colocó en situación tal que el gobierno burgués se permitió el lujo de una campaña propagandística acusándolos de agresores. Con la consiguiente influencia negativa sobre las condiciones subjetivas al nivel de masas, que ellos daban por descontadas.

El MIR sostenía: «...lo que hace falta en nuestro país es la vanguardia revolucionaria capaz de canalizar las ansias reivindicativas de nuestro pueblo, darle forma y organicidad, y conducirlas a través de caminos adecuados y valederos.»{49} En esto estamos total y absolutamente de acuerdo, sigue hoy día faltando esa vanguardia y la tarea fundamental consiste en unir a los cuadros que merecen integrarla, formar a los que faltan y constituirla como expresión real y concreta, activa y consecuente, de los objetivos de la revolución peruana.

En la Conferencia Trincontinental, la delegación peruana estuvo presidida por el MIR y presentó un «informe sobre la situación política del país que culminó con la decisión popular de organizar la lucha armada contra el régimen. El impacto de las guerrillas en las masas campesinas y urbanas, desarrollo de la tendencia unitaria en el seno de las hasta entonces dispersas y divididas fuerzas de la izquierda revolucionaria, la agudización de las contradicciones en el seno del enemigo, prueban que la lucha armada acelera y desarrolla las condiciones subjetivas que faltaban en el país, tesis sostenida por quienes iniciaron la acción armada.»{50}

Alguien podrá quizás plantearse como reflexión: Pero ¿las muertes de cientos de campesinos indefensos, las torturas y los asesinatos de los combatientes revolucionarios, la destrucción, la sangre, la violencia que se desencadenó con la insurrección, se justifican por la experiencia adquirida y el estado actual de la lucha?, y la revolución misma, ¿en qué medida podrá justificar las víctimas que hacerla posible demandará? Ciertamente debemos con firmeza acotar: divagaciones de este tipo son comparables al análisis de la propia existencia: ¿vale la pena vivir, haber nacido, ser o no ser?, cuestiones como éstas no han estado en discusión ni han sido planteadas al análisis. Las angustias personales no terminan por impedir que la humanidad entera crezca, fecunde y dé lugar a nuevos seres. La insurrección no es sino la continuación de la política por otros medios y la revolución es el camino obligado por donde pasan los pueblos que persiguen una salida para sus problemas de miseria, explotación y sometimiento.

Debemos tener siempre presente que la revolución es un proceso vasto que se da en el tiempo y en el espacio. Hemos examinado apenas una escaramuza y la primera batalla de la insurrección contra el orden burgués y la lucha por el poder para el pueblo. Esta primera batalla la habrá ganado quien haga mejor uso de la experiencia, es en este sentido que se aporta esta contribución. ¡Vendrán más adelante nuevos enfrentamientos! ¡El futuro es del pueblo! ¡El futuro es nuestro!

3 de mayo de 1966

 

Notas

{1} Jauja es la capital de la provincia del mismo nombre en el Departamento de Junín, en la Sierra Central del Perú, a unas cinco horas por carretera de Lima y a unos treinta minutos de Huancayo, capital de Junín.

{2} Dirigente comunal: dirigente de una comunidad de indígenas, forma de organización tradicional integrada por campesinos paupérrimos.

{3} ¡En el curso de las acciones que se mencionan, hubieron no pocos incidentes de tipo increíble, que no se reproducen porque no afectan el contenido descriptivo ni el análisis y más bien alargarían mucho el desarrollo y aunque servirían para dar una idea más cabal de la naturaleza de los hechos, quizás terminarían por hacer pensar a más de un lector que se trata de un relato novelado que nunca pudo ocurrir en la realidad!

{4} Puerto Maldonado es la capital del Departamento Madre de Dios, en la región del sudoriental del país; limítrofe con Bolivia y colindante con la provincia de la Convención del Departamento del Cuzco. Se encuentra a orillas del río Madre de Dios, ya en pleno llano amazónico.

{5} MIR: Movimiento de Izquierda Revolucionaria, se analiza en detalle más adelante.

{6} FIR: Frente de Izquierda Revolucionaria, organización trotskista producto de la fusión de varios pequeños y ligada al movimiento internacional troskista. Se examina con mayor detalle más adelante, al tratar del proceso en los valles de la Convención y Lares.

{7} Uta: microbio cuyo vector es un insecto parecido al transmisor del paludismo; produce una enfermedad de la familia de la lepra, con llagas abiertas que se expanden y son muy difíciles de cicatrizar. Puede producir la muerte o la pérdida de la piel y el músculo adyacente, dejando el hueso al descubierto.

{8} Los valles de la Convención y Lares quedan en la provincia de la Convención, del Departamento del Cuzco. La provincia de la Convención, cuya capital es Quillabamba, se extiende a partir de la Selva Alta que se presenta de la ciudad del Cuzco hacia el Norte (Macchu Picchu). Es una zona agreste, poco poblada, a excepción de los valles mismos.

{9} El arrendire es el equivalente de la Selva Alta sudoriental peruana en medio da las condiciones de país capitalista subdesarrollado, al siervo de la gleba del feudalismo europeo. Recibe una pequeña parcela de selva virgen por la cual se obliga a una serie de «condiciones». El allegado es un arrendatario, a él la tierra le es cedida por el arrendire a cambio de que sea quien cumpla con todas o determinadas parte de las condiciones. El habilitado es un trabajador rural a jornal «enganchado» en la sierra y traído para suplir la falta de fuerza de trabajo. El jornal es mínimo, sus condiciones de vida miserables, sus posibilidades de surgimiento nulas.

{10} Los valles de la Convención y Lares, conectados entre sí por carretera, se encuentran aislados del resto del departamento al cual se unen sólo por una férrea de trocha angosta y de una sola vía.

{11} Tales como viejos títulos coloniales sobre tierras actualmente en poder de haciendas; o artículos constitucionales referidos a la propiedad, al trabajo o al status de las comunidades de indígenas.

{12} A excepción de Cajamarca y Puno, por razones particulares, entre las cuales fundamentalmente se cuentan las siguientes: en Cajamarca una importante proporción de pequeños propietarios y la fuerte dominación del campesinado por el partido aprista; y en Puno, el control casi total que en esta zona ejercía el Movimiento Sindical Campesino de orientación reformista y ligado a los intereses políticos de un sector burgués de la zona.

{13} Unas semanas antes, ya los hacendados habían tomado la iniciativa y en Ninabamba (Cuzco) un latifundista, ametralladora en mano, había asesinado a cinco campesinos.

{14} Se trataba (según el propio MIR dio a conocer), de la guerrilla Pachacutec con su zona de seguridad Illary Chasca (Estrella del Amanecer, en quechua), ubicada en las cumbres de las montañas del valle de la Convención en el departamento del Cuzco. En la zona denominada «Mesa Pelada».

{15} PROC: Partido Revolucionario Obrero Campesino, una de las fracciones trotskistas que en ese entonces existía en el país, perteneciente, al igual que las otras dos, a la IV Internacional, se reclamaba la dirección peruana de ésta.

{16} Vanguardia Revolucionaria, (VR): Trabajó un año como grupo de análisis y de difusión marxista agrupando a cuadros revolucionarios que, haciendo su autocrítica, abandonaban otras organizaciones. Se constituyó en mayo de 1965 como organización política, señaló una línea estratégica insurrecciona. Respaldó el estallido revolucionarlo del MIR pero planteó reservas respecto de la táctica. Publicó y difundió en julio sus tesis políticas y programa que resultaban una concepción creadora, y crítica de la izquierda peruana y de las líneas internacionales del PCUS, PCCH y del Trotskismo.

{17} Ver subtítulo 2: Puerto Maldonado, mayo de 1963.

{18} FALN: Fuerzas Armadas de Liberación Nacional.

{19} Lenin, Obras Completas, vol. XXIII, p. 323.

{20} Por declaración del secretario general de la organización. Este, Atalo Gutiérrez, es un campesino indígena de la zona, con una formación política elemental de corte liberal y profesionalizado en su trabajo de dirigente por los mismos hermanos Cáceres.

{21} Frase hecha popular por Belaúnde y su gobierno a través del Programa Estatal de Cooperación Popular, consistente en dar ayuda técnica a las comunidades campesinas para las obras de infraestructura que ejecutan colectivamente.

{22} Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Bases Doctrinarias y Programáticas; Ediciones Voz Rebelde, Lima-Perú, febrero de 1963. Los subrayados son todos nuestros.

{23} Obra citada, pág. 7.

{24} Obra citada, pág. 8.

{25} Obra citada, pág. 10.

{26} Obra citada, pág. 17.

{27} Creemos que «ampliación» es un error de imprenta por «aplicación».

{28} Obra citada, pág. 22.

{29} Obra citada, pág. 4.

{30} Obra citada, pág. 27.

{31} Obra citada, pág. 28.

{32} Obra citada, pág. 30.

{33} Obra citada, pág. 31.

{34} Che Guevara: La guerra de guerrillas, p. ll, Instituto Ezequiel Zamora, Caracas, 1960.

{35} Luis de la Puente, «La Revolución el Perú: Concepciones y Perspectivas», Monthly Review, ediciones en castellano, nº 26, Noviembre de 1965. Buenos Aires.

{36} Obra citada, pág. 6. El subrayado es nuestro.

{37} Obra citada, pág. 22.

{38} Obra citada, pág. 39.

{39} Obra citada, pág. 16.

{40} Obra citada, págs. 16 a 26.

{41} Obra citada, pág. 30.

{42} Obra citada, págs. 29-30.

{43} Obra citada, pág. 31.

{44} Obra citada, pág. 29.

{45} Obra citada, págs. 30-31.

{46} Obra citada, págs. 26, 28, 29.

{47} Subrayado es nuestro.

{48} Obra citada, pág. 33.

{49} Obra citada, pág. 28.

{50} Fragmento único dado a conocer sobre la posición peruana en la Tricontinental. Bohemia, año 58, nº 2, 14 de enero de 1966, La Habana.


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