Filosofía en español 
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Fabián Kovacic

Adiós a un marxista inclasificable

Con Noé Jitrik a raíz de la muerte de León Rozitchner

Seis meses después de que se fuera su amigo David Viñas, el hombre que buscó la mixtura entre marxismo y psicoanálisis murió el domingo 4 de setiembre en Buenos Aires. Visceral en sus debates y conclusiones, se enfrentaba a amigos y enemigos. Su compañero de ruta en la mítica revista Contorno (1953-1959), el poeta y crítico literario Noe Jitrik, rescata para Brecha “los dramas y torturas” de León Rozitchner.

“Era descarnado en el debate”, dice a Brecha Jitrik. Y lo fue en sus textos más ácidos, como Moral burguesa y revolución, de 1963; Freud y los límites del individualismo burgués, de 1972, o el ensayo con el que chocó con sus propios amigos de la izquierda exiliada en plena dictadura, aunque publicado finalmente en 1985 en Buenos Aires: Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia. En los últimos años se permitió, además de su acidez permanente, emprenderla contra los símbolos sociales y la Iglesia Católica en Las desventuras del sujeto político, de 1996; La cosa y la cruz (1997) y El terror y la gracia, de 2003. Había aterrizado en el regazo ideológico kirchnerista “sin convertirme en kirchnerista”, como él mismo lo anunció en su última nota publicada en el diario Página 12 el 10 de noviembre pasado.

 

¿Hay un Rozitchner antes y después de la revolución cubana, con relación a su mirada sobre América Latina y el mundo?

Diría que no. Yo lo definiría como un tipo esencialmente torturado. Dramatizado por las exigencias del desarrollo histórico. Por ejemplo, si bien el peronismo era algo que se parecía para nosotros al drama, no se dramatizó tanto como la revolución cubana. Hay un episodio en el medio que es la llegada de Arturo Frondizi al poder (1958). Al frondizismo entramos todos, de distinta manera pero entramos confiados todos, porque era la posibilidad de la inserción de un lenguaje intelectual en un proyecto político que no nos excluía, cosa que había ocurrido con el peronismo.

Fue una época de mucho vértigo. Mientras nos desencantábamos de Frondizi estalló la revolución cubana y León se fue a La Habana, volvió con sus mismos fantasmas, quizá más vigorizados, para seguir en la pelea de su propio conflicto. Lo golpeó mucho la Guerra de los Seis Días. En ese momento fue un precursor en América Latina en conciliar marxismo y psicoanálisis. Se volvió decididamente marxista en su veta filosófica, y lo reflejaba en su obra ensayística. No sé cómo clasificarlo, en realidad.

¿Qué lo conflictuaba al elaborar sus trabajos filosóficos?

El pensamiento constituía su combustible. Podía enfrentarse descarnadamente incluso con su propio entorno, y eso llevó por ejemplo a que nos distanciáramos. La misma pasión en el debate ponía David Viñas, pero él era mucho más conceptualizador a la hora de pensar el debate, sus escenarios y con quiénes se debatía. León no: la emprendía con la misma virulencia contra propios y extraños.

De ese espíritu salieron grandes piezas de debate...

Por supuesto, lo que quiero decir es que era una persona que se movía para el debate en zonas más bien abstractas y genéricas en los temas que abordaba. Mientras Viñas la emprendía contra lo que representaba Borges, León discutía sobre abstracciones en la obra de Scheller. Y cuando tomaba temas puntuales era porque lo rozaban directamente. León podía volverse feminista porque recordaba algo que le había ocurrido a su madre, por ejemplo. No quiero decir que fuera egocéntrico, simplemente que cuando lograba puntualizar lo hacia por una circunstancia casi personal.

¿Cómo se conoció con Rozitchner?

Apenas entré a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en 1947. Él estaba trabajando en un grupo con Héctor Álvarez Murena y Adolfo Carpio, con quienes estaban revitalizando la vieja revista del centro de estudiantes, llamada Verbum. León me invitó a colaborar y así publiqué mi primer artículo periodístico. Esa revista tuvo un carácter histórico, porque Murena publicó El pecado original de América, que tuvo bastante resonancia porque era un enfrentamiento crítico con la obra de Ezequiel Martínez Estrada. Y rápidamente hicimos amistad con León, quien ya tenía algunas decisiones de tipo intelectual bastante firmes. Por ejemplo pensaba trabajar sobre la obra de Max Scheller en un intento de refutación de los alcances épicos y místicos de la obra de Scheller. Poco después ya éramos amigos fuera de la facultad, era la época peronista y nos protegíamos mucho, y entonces se fue a Francia a estudiar filosofía y hacer un doctorado allá por 1949. Nos escribíamos regularmente y en esas cartas entre París y Buenos Aires examinábamos muchas de las cosas que nos ocurrían. La presencia de él en Francia y otros amigos me incentivaron a viajar a París en 1953 para hacer yo también la experiencia francesa.

Precisamente el año en que aparece la revista Contorno...

Exactamente. Yo había conocido ya a David Viñas en la facultad y en la militancia estudiantil, y lo veía como un tipo impetuoso, con proyectos literarios bastante más definidos que los míos en ese momento. No tenía tanta relación como con León Rozitchner.

¿Cuáles fueron los elementos más salientes que trajeron ustedes de la experiencia europea?

Más que nada nos trajimos una experiencia del lenguaje. Mientras David había leído a los autores más locales, León había leído a los filósofos franceses como Sartre y Merleau-Ponty, había seguido los cursos de Merleau-Ponty y se había internado en Hegel. Es decir, ya tenía un lenguaje filosófico diferente del de los hermanos Viñas, que eran más locales. No diría provincianos pero sí más apegados a los referentes históricos locales. Rozitchner los tenía afuera y más lejos. Siempre tuve la impresión de que León no conoció la obra de Sarmiento, ni la de Macedonio Fernández, y la figura de Borges le resultaba ajena, mientras que a David Viñas le resultaba provocativa e irritante. Lo mismo me pasó a mí con los autores franceses. Traía ese bagaje cultural y además era el único de ese grupo que leía poesía tanto francesa como argentina. Ellos se inclinaban por la prosa ensayística y filosófica y todo bajo el paraguas del Sartre del compromiso y posterior a su primer libro, que fue ¿Qué es la literatura?

¿Con qué mirada sobre América Latina regresaron ustedes, teniendo en cuenta que pocos años después estalló la revolución cubana?

Bastante después. Nosotros estábamos tomados por el peronismo, tratando de ubicarnos y entender qué era ese fenómeno local. La dimensión latinoamericana era muy lejana o más bien inexistente para nosotros. No había una sensibilidad latinoamericana propiamente dicha. Eso aparece precisamente con la revolución cubana. Pero en el medio está el peronismo, en conflicto con la Iglesia Católica en 1953 y 1954, los bombardeos a Plaza de Mayo y la Revolución Libertadora. Y hay que reconocer que todos vivimos a la Libertadora con alivio, porque durante el peronismo no teníamos mayores posibilidades. Estaba la revista Contorno, que en esos momentos fue más bien una empresa literaria encarada por los hermanos Ismael y David Viñas, con el concurso de gente con la que ni Rozitchner ni yo teníamos nada que ver, como Juan José Sebrelli y Óscar Massotta, y el resto de colaboradores. Cuando León regresa de Francia, en 1954 –yo llegué un poco antes–, se reanudan los lazos con David Viñas y nos invita a entrar a Contorno como para hacer algo un poco más fuerte. Así aparece el número dedicado a la novela argentina, lo más importante que hizo la revista. Ahí León se pelea con la obra de Eduardo Mallea, que encarna en ese momento a todos los fantasmas intelectuales contra los que él se había enfrentado. Ya no se trataba de la preocupación filosófica universal, como en Scheller, sino de alguien que es considerado un nefasto enemigo al que hay que demoler con los instrumentos y enseñanzas proporcionados por Sartre, que es quien rige el pensamiento de todos nosotros en ese momento, en especial de Viñas y Rozitchner.

¿Se puede hablar de un legado de Rozitchner para el pensamiento latinoamericano?

No diría que hay en él un pensamiento latinoamericano, en general diría que no existe una forma uniforme de pensar América Latina. Rozitchner tenía delante la condición humana y a él lo devoró su propio conflicto y su drama permanente.