ABC
Madrid, 12 de diciembre de 1996

El nivel de Manuel García Morente
Julián Marías

Se acaban de publicar, en cuatro gruesos y densos volúmenes, las Obras Completas de Manuel García Morente. No eran fáciles de encontrar y leer; buena parte de ellas se publican por primera vez. Esta edición ha sido una feliz iniciativa de la Caja de Madrid, realizada cuidadosamente por dos profesores, Juan Miguel Palacios y Rogelio Rovira. Los interesados en el pensamiento deben celebrarlo y agradecerlo.

No sé lo que para los jóvenes –o relativamente jóvenes– significa el nombre de García Morente. Su temprana e inesperada muerte en 1942 –había nacido en 1886– lo aleja de nosotros. Yo lo conocí en 1931, al iniciar mis estudios universitarios, y me unió con él una estrecha amistad hasta su muerte. He escrito sobre él en varias ocasiones. Uno de los capítulos de mi libro Filosofía española actual (Unamuno, Ortega, Morente, Zubiri), ya en 1946. En 1953, un largo artículo: «Dios y el César (unas palabras sobre Morente)», que tuvo el honor de ser prohibido por la mayor autoridad que podía hacerlo y se publicó en La Nación de Buenos Aires –con algunas consecuencias– y luego en libro. En 1967, «El sacrificio de Morente». Finalmente, he hablado largamente de él en el tomo I de mis memorias Una vida presente.

Era catedrático de Ética en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, y seguí su curso durante cuatro años; además, daba un curso de Introducción a la Filosofía, y uno más de Literatura Francesa. Por añadidura, era decano de la Facultad –probablemente el mejor de todos los tiempos–, y se ocupaba incansablemente de ella. Y, aunque parezca increíble, traducía admirablemente del francés y el alemán: Leibniz, Kant, Spengler, Husserl, los diez grandes volúmenes de la Historia Universal de Walter Goetz... Cuesta trabajo comprender la capacidad y la laboriosidad de este hombre.

Al comenzar la guerra civil fue destituido de su decanato y de su cátedra, perseguido, herido en su familia más próxima, pudo salir de España y refugiarse en París, donde sufrió la mayor escasez, soledad y angustia, tuvo una profunda crisis religiosa, que narró con extraordinaria pulcritud intelectual, consiguió luego una cátedra en la Universidad de Tucumán, y de ella nació su más importante libro, Lecciones preliminares de filosofía –que había de ser reeditado en España después de su muerte, con otro título y manipulaciones inaceptables, que señalé en su momento–. Se ordenó sacerdote, volvió a enseñar en la Universidad, tras escribir muchas páginas en que se reflejaba la nueva actitud intelectual y personal en que se había instalado. Su muerte truncó lo que hubiera sido una etapa de su vida, solamente iniciada y que estaba en plena maduración y sedimentación.

Sobre esto y sobre su pensamiento he escrito bastante, como acabo de recordar. Morente no fue lo que suele llamarse un «creador», ni pretendió serlo. Dominaba a Morente el interés por la verdad, más que por la originalidad –rasgo decisivo del auténtico pensador–. Su mente receptiva y llena de curiosidad intentaba comprender las doctrinas ajenas, apoderarse de ellas y asimilarlas. Tropezaba con las dificultades y se esforzaba por superarlas, reconocerlas en todo caso. Era un admirable profesor, que entraba en las cuestiones a cuerpo limpio, con una falta de cautelas que podría llamarse inocencia, y acaso esto era lo más valioso. De esa «simpatía» intelectual nacía la atracción sobre sus oyentes y su capacidad de llevarlos a la comprensión.

Su mayor afán era ser claro, y acaso esto lo llevó en ocasiones a simplificar ciertos problemas que son por sí mismos complejos, y a última hora sólo son plenamente comprensibles si se parte de su complejidad. Es conmovedor el relato que hace, íntimamente, del «hecho extraordinario» que fue el punto de arranque para su evolución religiosa: en él se une la modestia y humildad personales con la acumulación de reservas intelectuales, la exigencia de «garantías» de no errar, de no inventar, de no abandonarse a los deseos.

Pero lo que me interesa señalar, lo que resulta visible al considerar estas obras completas, es el «nivel» que representa García Morente, y que se consideraba «exigible», aunque no siempre alcanzado, en los medios intelectuales a que pertenecía; quiero decir que era un ejemplo eminente de lo que, en los años en que me inicié en la vida intelectual, parecía debido y posible.

Es asombrosa la suma de saberes que poseía Morente; lejos de la especialización angosta en que muchos se mueven, su horizonte mental era amplísimo; el conjunto de sus ensayos y artículos permite ver el ámbito de sus intereses, curiosidad y aficiones. Pero lo más interesante es cómo poseía esos saberes, el extraordinario rigor con que poseía esos conocimientos, la actitud crítica que conservaba en medio de su entusiasmo y complacencia.

En los tiempos posteriores a la desparición de Morente es demasiado frecuente que se eche de menos ese rigor, incluso en los estrechos campos en que muchos intelectuales se confinan. En cuestiones que para él eran marginales, Morente extremaba la precisión y, lo que es más, la necesidad de justificación, y estaba dispuesto a admitir que no la encontraba. Había leído innumerables libros, pero nunca hacía el gesto, tan habitual, de haberlos leído todos.

Morente era un caso ejemplar de vocación intelectual. La tenía vivísima, consistía en ella. De ahí le venía un gesto jocundo, habitual en él, porque «la gozaba» cuando estaba entregado a la lectura, a la reflexión, al pensamiento sobre los problemas cuyo esclarecimiento le urgía.

Tenía gran capacidad de apasionamiento; las cuestiones intelectuales le afectaban personalmente, no sólo de manera profesional o meramente académica. La palabra «teoría» tenía para Morente su verdadero sentido originario; era «visión», necesidad de ver, y de ver con claridad, y de complacerse en lo visto, entendido, poseído.

No podré olvidar su manera de entrar en la Ética de Aristóteles, en la de Spinoza, en la de Kant, en la de Scheler, con miradas perspicaces a derecha e izquierda, a Descartes o a Leibniz, y siempre, hacia adelante, a Ortega.

Ese nivel es el que se transmitió, al menos como aspiración, a incontables promociones de discípulos, en España sobre todo, con menor intensidad y duración en la Argentina. Quisiera que estos volúmenes de sus obras pusieran ante los ojos de los jóvenes actuales algo que es posible, accesible, que ha sido realidad y puede volver a serlo. Con la única condición de quererlo así.

Julián MARIAS


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Manuel García Morente 1990-1999
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