ABC
Madrid, 26 de septiembre de 1996

Séneca
Julián Marías

Se conmemora el segundo milenario del nacimiento de Lucio Anneo Séneca, el año 4 antes de Cristo, en Córdoba. Como es bien sabido, murió el año 65 de nuestra Era, abriéndose las venas por orden de Nerón. Su mujer, Paulina, quiso morir con él, pero los soldados vendaron sus heridas y la salvaron. La vida de Séneca había sido compleja y tempestuosa, aunque conservó hasta el final la serenidad o «ataraxía» propia de su filosofía estoica. En parte por el interés de su figura, añadido al valor de su obra, ha tenido larguísimo prestigio y una popularidad incomparable con la de ningún otro filósofo de su escuela.

Mi trato cercano con Séneca no es tan antiguo, ciertamente, pero data de 1943. Al llegar a Lisboa, desde Buenos Aires, Ortega me mandó la Historia de la Filosofía, de Émile Bréhier, a cuya traducción había puesto un largo e importante prólogo. En él llamaba la atención sobre las «épocas deslucidas» y señalaba su extraordinaria significación y dificultad. Poco después me pidió que tradujese y comentase un tratado de Séneca, De vita beata. Comprendí su intención: incitarme a indagar una de esas «épocas deslucidas». Acepté el reto, y ese año publiqué, con el título Sobre la felicidad, la traducción, con una larga «Introducción a la filosofía estoica» y copiosas notas. El libro se agotó muy pronto, pero en 1980 se reeditó por Alianza Editorial, y desde entonces se han publicado, con asombro por mi parte, siete u ocho ediciones, lo que revela un extraño atractivo de Séneca.

Recordé esto cuando escribí La felicidad humana, en que dediqué un capítulo a la teoría de la felicidad en Séneca, más compleja que lo que suele pensarse al ver en ella solamente el esquema intelectual del estoicismo –y en general del pensamiento griego y romano de su tiempo–. Intenté mostrar la situación en que estos filósofos se movían, un momento en que se ha dejado de creer verdaderamente en los dioses y todavía no se cree en Dios; una época en que se busca un apoyo para afrontar con dignidad la vida, entre las dificultades a las que el sabio («sophós», «sapiens») intenta sobreponerse. Se apoya en la razón, que le parece su «naturaleza». Pero Séneca ve que mucha gente «stat contra rationem», está contra la razón, expresión de extremada energía, que da mucho que pensar, si esa es precisamente la naturaleza humana.

La vida feliz es la que es «secundum naturam». «El sumo bien es un alma que desprecia las cosas azarosas y se complace en la virtud.» Con lo cual aparece el decisivo concepto de la «virtus», que no coincide exactamente con la «areté» griega, que es sobre todo destreza y eficacia, mientras que el término latino, emparentado con «vir», varón, es más bien energía, fortaleza, en última instancia valentía.

Libertad, indiferencia ante lo que puede ocurrir, lo que viene de fuera. El desprecio aparece de manera insistente en un pensamiento que hace su ideal de la suficiencia, la autonomía, la autarquía. «Puede llamarse feliz al que, gracias a la razón, ni desea ni teme.» La razón, para Séneca, «decide» sobre el valor de las cosas; está a mil leguas de lo que se pensaría en nuestro tiempo, lo que descubrió la Werttheorie o teoría de los valores, certera, a pesar de sus deficiencias, al ver que el valor se impone a la estimación, con una extraña objetividad.

Séneca tiene presente, más de lo que suele pensarse, a Aristóteles, pero hasta cuando parece repetirlo tiene una perspectiva bien distinta. El comienzo del De vita beata parafrasea el de la Metafísica aristotélica, «Todos los hombres tienden por naturaleza a saber»; Séneca dice: «Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices.» Y la idea aristotélica de que no se ha de buscar directamente el placer, sino que es «un fin sobrevenido» (epigignómenon télos), resuena más literariamente en Séneca: «Así como en un campo arado para siembra nacen aquí y allá algunas flores, pero no se ha tomado tanto trabajo por esas hierbecillas, aunque deleiten los ojos –el propósito del labrador fue otro, y eso sobrevino–, así también el placer no es el pago ni la causa de la virtud, sino algo accesorio, y no se lo acepta porque deleite, sino que si se lo acepta, también deleita.»

Y hay algo que me parece de extraordinario interés en la visión de Séneca, que se refiere a la otra gran escuela de su tiempo, el epicureísmo, habitualmente interpretado con hedonismo, una alegre –y tal vez grosera– exaltación del placer. Séneca escribe: «Yo mismo soy de la opinión de que los preceptos de Epicuro son venerables, rectos y, si se los mira más de cerca, tristes.» Esta visión de la tristeza del pensamiento de la época me parece preciosa. No se cree mucho en nada, pero la muerte está ahí, y es patético cómo se intenta sortearla, eludirla, a veces de manera bastante sofística. Se han intentado innumerables aproximaciones entre el pensamiento de Séneca y el de tiempos diversos: en el Renacimiento, en Descartes y Spinoza, en nuestra época, ha reverdecido; se han visto conexiones con el Cristianismo, verdaderas si se tiene presente la situación de la época, la coincidencia en el «pléroma» o plenitud de los tiempos; pero no se puede pasar por alto la radical diferencia de la actitud, casi la absoluta contraposición.

Parece oportuno el volver los ojos a Séneca, pero con la condición de percibir lo que separa de él. Frente a la idea de la autarquía o suficiencia, vemos al hombre como esencialmente indigente, menesteroso, ligado a la realidad, de la que tiene que «dar razón», justamente aceptándola, respetándola, sin ese peligroso desprecio del pensamiento postaristotélico.

¿Acaso hemos entrado hace unos decenios en una «época deslucida»? ¿No será que se vuelve a sentir una tristeza que recuerda la del mundo antiguo hace dos mil años? Pero la situación es tan distinta, que la comparación es extrínseca y puede inducir a error. En cuanto al pensamiento, venimos de una fase de increíble esplendor, de lo que he llamado un «punto de inflexión» –hacia la auténtica filosofía– iniciado a comienzos de este siglo que está terminando. El abandono de esto, en los últimos treinta o cuarenta años, no pasa de ser una dimisión, una deserción, si se prefiere. Todo lo creado en varios decenios, los extraordinarios descubrimientos realizados en nuestro tiempo, abiertos y que piden continuidad, están a nuestra disposición. En tiempo de Séneca, Platón y Aristóteles estaban muy lejos; se podía «volver» a ellos, pero para eso hacía falta una torsión que requería energías y proyectos que faltaban. Lo que ha alcanzado la filosofía en nuestro siglo es nuestra propia realidad; y no está conclusa. Lo que parece necesario es tomar posesión de ello y proseguir el camino emprendido, en continuidad y con la radical innovación que es necesaria.

Vale la pena resucitar a Séneca; pero eso significa darle nueva vida, la nuestra, con una mirada que recree su actitud, su esfuerzo, su temblor humano, y mida la enorme distancia que nos separa de él. Eso es precisamente lo que puede enriquecernos, ayudarnos a ser quienes somos.

Julián MARIAS


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