Prensa Libre
La Habana
13 de julio de 1952
página 2

José Sobrino Diéguez

Bridas a la poesía, ... ¿por qué?

No sé por qué los filósofos profesionales han demostrado siempre un reparo muy especial contra la poesía, como si la consideraran una ocupación poco seria. La seriedad parece ser la norma esencial de los filósofos, y aún más, de los que pretenden parecerlo. Es desde luego una seriedad muy especial, que mejor podemos llamar «empaque». Tal parece ser que para pensar en los problemas trascendentales fuera necesario vestirse de «frac», como para asistir al concierto de gala del Universo.

Un día se nos ocurrió dar una conferencia de filosofía, y creo que no lo hicimos del todo mal cuando los filósofos profesionales se empeñaron en considerarme de los «suyos». Entonces fue cuando nos dimos cuanta de que el ser filósofo parecía conllevar consigo una serie de obligaciones bastante aburridas, como esa de parecer serios. Un día el doctor García Bárcena, el mismo que ahora acaba de obtener el título de «Presidenciable», en la escuela que para estos menesteres parece existir dentro del SIM, nos criticó lo que él llamaba «veleidades poéticas», pese a que él también había padecido de ellas. (Ahora el Dr. García Bárcena padece de «veleidades conspirativas»).

Otro día, un «filosofoide de chaqué» también nos criticó nuestras colaboraciones periodísticas, con el pretexto de que nos estábamos «banalizando».

Seríamos injustos si no advirtiéramos que esta pose de seriedad filosófica no es exclusiva de los que en Cuba se llaman filósofos. Un pensador de tanta envergadura como el español D. José Ortega y Gasset, parece ruborizarse al menor desbordamiento de su maravillosa capacidad poética.

Tomemos como ejemplo el conocido prólogo de Ortega y Gasset, titulado «De la Aventura y de la Caza». Para filosofar sobre la caza, tiene necesariamente que describirla, y al hacerlo pone en juego toda su habilidad de escritor, toda la poesía que se encierra entre las lisas paredes de la aridez filosófica.

«La quietud está llena de movimiento retenido, como la vaina está llena de espada. Sin quererlo, al cazador se le sale el alma fuera, quedando tendida sobre su campo de tiro como una red agarrada aquí y allá con las uñas de la atención. De pronto, un ladrido de can apuñala el silencio reinante. Este ladrido no es meramente un punto sonoro que brota en un punto del monte y allí se queda, sino que parece estirarse rápido, como una línea de ladra. Se adivina la res que, levantada, va en carrera vertiginosa, como viento en el viento. Todo el campo se polariza entonces; parece imantado. El miedo del animal perseguido es como un vacío donde se precipita cuanto hay en el contorno. El miedo que hace huir a la res sorbe entero el paisaje, lo succiona, se lo lleva corriendo detrás de sí».

Hay más poesía encerrada en este sólo párrafo que en toda la obra de algunos grandes poetas. Pero, de pronto, Ortega se detiene: «embridemos la poesía»; y nosotros nos preguntamos : ¿por qué?

Desde luego, Ortega y Gasset aunque embride la poesía, aunque con aparente y fatua seriedad filosófica pretenda despreciarla: es un gran filósofo porque es un gran poeta. Quién si no un gran poeta puede escribir la descripción que hemos trascripto hace poco; quién si no un gran poeta puede decir, como un breve poema de definición, que «la ternura es una sonrisa encerrada en una lágrima».


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José Ortega y Gasset 1950-1959
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