El Español. Semanario de la política y del espíritu
Madrid, 31 de octubre de 1942
año I, nº 1
páginas 1 y 4

Catolicismo y Falange
por J. F. Yela Utrilla

José Antonio, creador

Imitando a Jenofonte en la exactitud, pretendamos al par elevar nuestros recuerdos del Ausente a cumbres platónicas.

En un arranque de antiintelectualismo que, más que extremoso, era la negación misma del rey –en frase de Calderón– de las facultades del alma, pudo afirmar el autócrata ruso Lenin, a los representantes del primer congreso de todas las juventudes rusas, que los nombres no importaban nada y que sobre todo había que precaverse contra el entendimiento.

Frente a tal precaverse, que, añadido a la negación de lo libre, equivalía a un desvalorizamiento total de lo típicamente humano, proclamaba nuestro Ausente un entendimiento amoroso de auténtica raigambre española, como expresamente afirmado por nuestros místicos en sus obras y verificado por su labor.

Ningún nombre cuadra mejor a José Antonio que el de poeta, como significativo de este entender amoroso, que no reposa jamás en el puro intento conceptual, sino que, impulsado por Eros, pasa al estadio fecundador; sólo el Eros poético, creador, puede sostener el esfuerzo de la elaboración, al par que arriesgarnos a los dolores de fecundo parto.

Y era la poesía del Fundador de la Falange no meramente estética, de horizontes sensibles, simple arrullo de voces, regalo y delicia del oído, siquiera lo bien cortado de la frase no rehuyera esta fase puramente sensual o sensitivo de la escala de lo bello; dentro y por medio de ella pudo Orfeo, en la fábula, hasta conmover las piedras y arrastrar en pos de sí a las bestias, domando su fiereza ingénita. Pero la poesía de José Antonio había de arrastrar multitudes o masas, qué digo masas, a verdaderos aristos, a los únicos mejores que pugnaban por salvarse evitando inminente naufragio en el anárquico océano del liberalismo; el sortilegio de las maravillosas consignas de José Antonio, en las que lo poético rebosaba a raudales, fue capaz de tal liberación salvadora.

Pasando la magia de lo puramente rítmico, primer eslabón que une en la inspiración poética al vate con el Creador, la palabra de José Antonio se transformaba en poesía de ideas y pensamientos que, a través del instrumento músico oral o del lenguaje, establecía más próximo contacto, como eslabón superior de la cadena, entre la criatura y el Creador, germinando así en aquélla anhelos de alcanzar los últimos eslabones o anillos, de llegar a la unión misma con su Hacedor. Poesía sabia, creación juvenil que presagiaba en el Ausente al futuro filósofo o, más que filósofo, sabio, parteador de filosofía profética que fuera guía de descarriados, decisión de perplejos, iluminadora de nuevos horizontes hacia la meta sin meta de lo divino.

¡Maravilloso embrujo el de las consignas del Ausente, tan distintas de la fórmula conceptista, rígida, seca, envarada, verdadera pihuela que no liberación del espíritu! En vez de todo esto y gracias a la llama de amor vivo que las animaba, eran alas de amplísima envergadura, capaces no ya sólo de mover e impulsar hacia lo alto, sino de sostener los más raudos vuelos hacia el Infinito.

La ambición poética, creadora, de nuestro Fundador se presentaba tan nimia, que –frente a la posición leninista indicada– descendía a pormenores verbales al parecer insignificantes.

No obstante el aprecio que profesaba al Duce y las simpatías por el movimiento italiano fascista, no podía tolerar José Antonio que se llamase fascismo a la Falange, mostrando con ello bien a las claras que la incapacidad de crear algo nuevo en cuanto al nombre puede con razón interpretarse como signo de la más radical impotencia respecto a novedad de contenido.

Otro vocablo para José Antonio verdaderamente heterodoxo, punto menos que blasfemia, era el de partido, aplicado a la Falange; tal palabra se presenta, a través de la repugnancia de nuestro Fundador contra ella, como la más opuesta a lo que era y debía ser la Falange.

La voz partido no podía ni puede reclamar otra acepción sino la de atomizador y disgregante social que el liberalismo de ahora y las facciones de toda decadencia histórica han impreso como sello indeleble en tan repugnante dicción. El partido y lo partidista no trascienden lo mera y rígidamente intelectual, que reduce todo a discusión sin límites, sin principio ni término, labor meretricia del poder cognoscitivo, siempre aquende el estadio conceptual, malogradora, por tanto, del germen captado, impidiendo que se desarrolle y a través de laboriosa germinación se convierta en feliz parto.

Habiendo de ser la Falange, en la intención del Fundador, empresa o participación de todos, lo cual supone decisión y acuerdo total liberador del espíritu y encauzador de todas sus energías en pos de la acción, no podía por menos de oponerse completamente a todo lo que oliera lo más mínimo a partido. La Falange, en su pretensión de ser la verdad de España frente a la sofistería de todo género de liberalismo cerebraloide, no podía contentarse sino con el todo de España, con la empresa auténticamente española, con la decisión tajante y total –con la totalidad esencial a la verdad– que acabase para siempre con cualquier clase de pseudotesis antinómicas, campo de proliferación de la esterilidad propia de los partidos políticos liberales.

Si, por los motivos mentados, repugnaban esas dos palabras al Fundador de la Falange, ponía, en cambio, siempre José Antonio especial empeño en revalorizar el vocablo política, sacándolo del fango y desestima común en que los partidos liberales la habían sumido.

Si en la charca liberal se convertía la política en el maloliente cieno de la inhibición ante la empresa española, en irresponsabilidad que diluía, hasta hacerlas desaparecer, todo género de fechorías de lesa patria, y en el predominio absoluto y total de los intereses particulares frente a la cosa pública, José Antonio pugnaba por ennoblecer y prestigiar la palabra dicha, vivificándola con acepciones polarmente opuestas a las señaladas, a saber: máxima intervención en todo lo atañente a la cosa pública, como expresión de un agudo sentido de responsabilidad y sensibilidad respecto de aquélla, así como también proclamación del predominio de los intereses públicos sobre los particulares.

Y a nadie se le ocurra pensar, ningún ególatra malicie que tal acepción de lo político suene a estatolatría o a modalidades de la misma; equivale simplemente a proclamar un principio de la más noble solidaridad social cristiana: el dogma de la ayuda al pobre, al desvalido, al infradotado, el sacrificio de los menos y de los mejores por los más, que es precisamente lo opuesto a la anticristiana lucha del individualismo liberal, a la lucha infrahumana por los bienes materiales. Es, sencillamente, la fusión completa de lo político como mando, como poder, como dirección, con lo social, que suena a necesidad de orientación, de seguimiento en orden a una empresa común, desigualmente realizada –sacrificio de los mejores– e igualmente disfrutada en su logro –el bien de todos–.

Religiosidad de nuestro Fundador

De herencia muy antañona nos viene a los españoles el ser guerreros y teólogos: que por algo la Europa de las nacionalidades, la Europa a punto de dejar de serlo, concedió tales títulos a sus enemigos más acérrimos.

Guerreros y teólogos... Nuestro catolicismo fue combativo, de lucha, y nuestras guerras fueron esencialmente católicas, de religión.

Si esa corriente auténticamente española sufre un Guadiana de varios siglos, es para reaparecer en el de nuestras mayores calamidades, en nuestro siglo europeo, que no español; en la pasada centuria. Cuando ya nadie se acuerda de luchar por Dios, cuando la palabra Cruzada no pasa de antigualla histórica, de objeto de museo, aún tienen esa lucha y esa Cruzada dos manifestaciones: una auténtica y otra de oropel, en la España en ruinas.

La lucha carlista se presenta, dentro de los confines españoles, con sus dejos de cruzada contra los vándalos liberales que irrumpen sobre España ya en el primer tercio decimonónico.

Aun después de aceptada la barbarie pacifista parlamentaria, no cesa tal lucha, pero degenerando en logomaquia: el Guadiana que, cansado de laborar a punta de lanza abriéndose cauce, se confunde, al fin, en los murmullos del mar.

La religión va a ser arma combativo de los partidos políticos, pero arma de palo de gladiador, cuyos combates no pasarán de ensayos, sin llegar nunca a la arena.

* * *

Y en medio de esta lucha degenerada, de este catolicismo combativo de pura palabrería y de este pueblo guerrero de abolengo que se pierde y esfuma, adviene la verdad de la Falange.

Que no entiende de bromas parlamentarias.

Ni de batallas con armas de palo.

Ni de ficciones pseudoguerreras y pseudorreligiosas, en la que la religión no pasa de máscara, de pura conveniencia, a lo más, de razón maquiavélica de Estado.

José Antonio, el Fundador de la Falange, es católico de lucha, guerrero teólogo que apresta sus huestes para combatir al vandalismo irreligioso oriental.

José Antonio, nuestro Ausente, es católico práctico: nada de concesiones, olientes a luteranismo, sobre la negación del culto externo. La religión es algo interno, pero también algo externo, algo social. El Fundador de la Falange no pierde oír Misa los domingos, aun haciendo incómoda pausa con tal fin él y los suyos, en medio de viajes emprendidos con objetivo proselitista.

José Antonio, nuestro héroe, profesa un catolicismo vital, con pretensiones de invadir todas las actividades humanas, así individuales como sociales: la religión no es solamente una serie de verdades, es también un sentido en el que ha de sumergirse la vida entera del hombre. Jamás le hubiera pasado a José Antonio por las mientes la pretensión de que la religión no podía intervenir en los conflictos obreros, so pretexto de que los obreros no cabía que discutiesen dogmas religiosos; tal idea podrá ser muy del político inglés Baldwin, muy inglesa, muy protestante, pero jamás católica, ni española ni de José Antonio.

Todos, absolutamente todos los moradores de la charca liberal levantan el grito contra tamaño atrevimiento, contra el alarde religioso del Fundador de la Falange y de los suyos; es un «pedir unánime la palabra» de la batracia y cenagosa ralea.

Que si un supuesto jansenismo o regalía del punto 25 del ideario falangista, claman los batracios de misa de doce o de ninguna misa dominical.

Que si lo de Alemania, vociferan los católicos-conservas que se hicieron millonarios con los bienes de la desamortización, más usuras consiguientes, ante el temor de perder caudales depositados en imperios extranjeros que amenazan derrumbarse.

Que si la estatolatría, que si el paganismo, gritan los católicos liberales, que dejaron en ruinas infinidad de iglesias y cenobios y hasta compraron por cuatro ochavos las piedras de éstos para venderlas a millonarios yanquis. Tal gritan esos católicos, a quienes importa un bledo que se degüelle a curas, frailes y monjas, mientras se les respete a ellos vidas y haciendas; aún después de todo esto seguirán adorando a Dios sin necesidad de verdaderos sacerdocios, en espíritu y verdad luteranos.

Que si... ¿para qué continuar? Todos estos católicos de oropel, enemigos acérrimos de la Falange, se frotarían de gusto las manos, con que la Falange fuese:

Herética o anticatólica por jansenista.
Anticristiana por pagana o racista.
Atea por ensalzadora de un Dios-Estado.

* * *

También los perros ladran a la luna, sin lograr otra cosa que perder el tiempo.

La Falange es antimarxista por afirmar lo espiritual como el «resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos».

La Falange es teísta, no ya sólo deísta, al jerarquizar el valor religioso como el más sublime y a la cabeza de todos.

La Falange es cristiana, y por ello se compadece de las turbas, siente hambre y sed de justicia por los desvalidos, por las masas obreras.

La Falange es católica con catolicismo integral, opuesto antipódicamente a toda desviación protestante, incapaz de admitir un sentido católico de la vida, incapaz de comprender el menor contacto o relación entre lo religioso y lo económico, entre lo católico y lo social.

La Falange sigue su camino impávida, como lo sigue la luna sin curarse de los perrunos ladridos y como el caminante veraniego no se distrae por los cantos de las cigarras. Que sigan en buena o malhora las ranas croando, los perros ladrando y las cigarras logómacas del liberalismo cantando: todo es y será inútil. La Falange sigue su camino.

J. F. Yela Utrilla


www.filosofia.org Proyecto filosofía en español
© 2003 www.filosofia.org
El Español
Juan Francisco Yela Utrilla
1940-1949
Hemeroteca