Leopoldo Alas
Un libro nuevo
II
El Sr. Campillo que, según lo visto en el artículo anterior, manifiesta desde el principio propósitos de combatir las teorías materialistas de la belleza y con ellas todo sensualismo y positivismo estético, no sólo pierde sus fuerzas, empleándolas contra enemigos que no lo son, sin que, además se pasa por momentos al campo contrario y escribe lo que no dudarían en firmar Spencer, Wundt y el mismo Taine. Dice el Sr. Campillo (página 42): «La idea de la belleza puede deducirse de principios admitidos a priori, como base de un sistema metafísico, o inducirse de la observación y experiencia de los efectos que lo bello causa en nosotros, relacionándolos con las instrucciones derivadas del sentido común y otras enseñanzas. Lo primero podrá parecer mas científico y brillante; pero lo segundo es sin dada más seguro y menos expuesto a errar.»
Por si esto no bastara, el Sr. Campillo acentúa su empirismo de positivista añadiendo que la investigación de lo que sea belleza no se debe fiar al apasionamiento y obcecación de los sistemas filosóficos y de metafísica...
¡Y de metafísica! Ni más ni menos la opinión de Comte, de Spencer, de Littré y todos esos materialistas que ya se ven anatematizados en púlpitos y pastorales. El Sr. Campillo, positivista empedernido, no quiere metafísica por que la metafísica es apasionamiento, poesía, que dice Ribot en su Introducción a la Psicología inglesa.
Y ¿qué idea de belleza va a ser esa a la cual quiere llegar el Sr. Campillo, no por un análisis de conciencia, sino por la observación y la experiencia de los efectos? ¿Es decir que, como Enrique Taine, aspira al concepto de la belleza por la acumulación empírica de datos, de hechos del orden estético?
A seguir por este camino el Sr. Campillo, a pesar de todos los Santos Padres y Doctores, hubiera caído en el más franco sensualismo positivista, y el señor Cos, magistral, se hubiese visto precisado a negarle el favorable informe que acompaña al prólogo. Pero no; con la ayuda de Dios y de Jungmann, el autor de la Calotecnia vuelve sobre sí y al comenzar el estudio de la belleza, lejos de atenerse, como anunciaba, a la observación y experiencia de efectos históricos, en cuanto se trata de la belleza en sí escribe lo siguiente:
¿Qué es la belleza en sí misma? «La belleza es una centella de la hermosura de Dios que resplandece en el objeto bello, como dice Proclo; es el recuerdo de la esencia que vio el alma en otro tiempo...»
Esta es ya demasiada metafísica. Decirnos que la belleza es una centella y que es el recuerdo de la esencia, como asegura Platón, es muy otra cosa que recurrir a la observación y a la experiencia. Para construir el concepto objetivo (un concepto ¿cómo puede ser objetivo?) de lo bello el Sr. Campillo cree que basta con citar tres autoridades y agregar el hecho de la experiencia individual del atractivo que para nosotros tiene la virtud. Esta metafísica entreverada de experimentos sentimentales y autoridades históricas empieza a parecernos nebulosa o, como diría el Sr. Campillo, kraussista.
De todo lo cual deduce o induce, (no sabemos esto) que la belleza es la bondad última y perfecta de los seres; pero no la bondad que dice relación de la cosa con su fin, sino otra bondad. ¿Cual? qué bondad puede haber que no sea de relación al fin? Será la bondad íntima. ¿Qué bondad hay que no sea íntima o, mejor, qué quiere significar íntimo tratándose de bondad? Si nosotros nos atreviéramos a usar las palabras que el Sr. Campillo emplea en una obra didáctica, diríamos que el autor recurre a la germanía de la escuela pseudo escolástica, que más que escuela filosófica parece retórica mística ininteligible para todos los que no estén iniciados.
Es de advertir que el Sr. Campillo, imitando en esto al Sr. Revilla, antes de tratar del concepto de la belleza en su unidad habla de conceptos parciales, es decir, que comienza por la división interior del objeto antes de tener el objeto mismo. Semejante falta de lógica la hemos combatido ya ocupándonos en el examen del desdichado libro del señor Revilla. ¿Qué significa hablar de belleza subjetiva y belleza objetiva si el análisis previo del concepto de belleza en unidad? Este defecto de lógica, sin embargo, no tiene graves consecuencias en la Calotecnia, merced a otro error más grave que neutraliza el anterior, por que lo que llama el Sr. Campillo belleza subjetiva nada tiene que ver con el concepto de la belleza y es sencillamente a la percepción, impresión, emoción y juicio estéticos a lo que se refiere. Ni más ni menos; el Sr. Campillo comienza su indagación analítica empírica del concepto de lo bello... por un capítulo de psicología estética. El autor ha creído seguir en este punto la corriente iniciada por Kant en la filosofía; pero confundiendo cuestiones muy diferentes, entendió que el problema crítico, tan terrible para todo intelectualismo, era lo mismo que esa división abstracta de belleza objetiva y belleza subjetiva. La cuestión del criticismo es real respecto de la belleza, como punto histórico de polémica: «esto que llamamos belleza en los objetos ¿es realidad en ellos, es del noúmeno, o sólo existe como representación en nosotros, como aparecer fenoménico? De este problema ha surgido la división de la belleza, no como tal, sino en la cuestión de su conocimiento, [102] y en este sentido se ha dicho la belleza es objetiva, si es la de la cosa, es subjetiva, si es del ser que la percibe, como agente, del sujeto. Pues bien el Sr. Campillo lo ha entendido de manera que llama belleza subjetiva a las modificaciones psíquicas del sujeto que percibe, y belleza objetiva a la belleza en sí, es decir a la belleza única y respecto de la cual se ha planteado la cuestión de objetividad y subjetividad; pues ni Kant ni nadie pensó jamás que la naturaleza fenomenal de lo bello, que el criticismo dice ser la única cognoscible, fuese lo mismo que las impresiones del sujeto y el juicio del mismo. Kant, bien leído, vio deja ocasión para tales confusiones. Bien sabía el autor de la Crítica del Juicio que el sujeto al hablar de belleza no se refiere a lo que en sí siente ni a los juicios que le sugiere la presencia del objeto bello, sino a la causa de estos juicios y emociones, al objeto de ellos; otra cosa es determinar si ese objeto es real y puede saberse su realidad, o si sólo como fenómeno puede ser conocido. Y de todas maneras, aunque supusiéramos que la belleza subjetiva significara en Kant lo que quiere que signifique el Sr. Campillo, ¿no sería esto peor para el acrisolado dogmatismo del profesor ovetense?
No hay eclecticismo que pueda llegar al punto de admitir dos proposiciones contradictorias. La belleza es objetiva o subjetiva? Esta es la cuestión; es de la cosa en sí, o sólo fenómeno, representación? Contestar a tal problema que la belleza es de la cosa en sí y que al mismo tiempo es representación nuda –pues esto sería la belleza subjetiva– equivale a decir que sí y que ni, todo junto. Cabe sin duda el estudio de lo bello (aparte el análisis de su concepto real y científico) como es en la representación, pero sin que a esta se le pueda dar el nombre de belleza subjetiva. En rigor las palabras «belleza subjetiva» sólo tendrán sentido científico cuando hagamos referencia a los elementos bellos que puedan existir en el espíritu racional considerado como agente de sus facultades. Y el Sr. Campillo, que es ortodoxo, es decir, idealista en el sentido escolástico de la palabra, ¿cómo reniega de la belleza en cuanto idea que a priori puede deducirse del principio? ¿Por qué esa falta de fe en la antigua metafísica? ¡Y a qué propedéutica tan extraña a sus creencias recurre el profesor de Oviedo! Como podría hacerlo cualquier discípulo de Reid o de Jouffroy, comienza nuestro autor por un defectuoso análisis de psicología estética experimental, pero análisis puramente empírico...
Confesamos con ingenuidad que casi echamos de menos aquí al sistemático y consecuente escolástico que podrá equivocarse en todo, pero se equivoca sin menoscabo de la lógica. Tan cierto es que el error sistemático es el menos malo, porque como se forma se deshace; pero el error arbitrario, que nace del desorden, de las ilusiones y complacencias de un pensamiento distraído o débil, es enfermedad que difícilmente se cura porque se ignoran sus orígenes.
En el libro del Sr. Campillo falta la clave para compaginar los errores, el método es puramente arbitrario; imitando ora a unos ora a otros autores, el de la Calotecnia ha tenido cierta originalidad: la de no atenerse a ningún método y tomar algo de muchos.
La Calotecnia es una Introducción al estudio de la Literatura en el plan del Sr. Campillo; pero la Calotecnia es lo que llamamos la Estética. Ahora bien: es evidente que la Estética es ciencia más general que la ciencia de la Literatura; esta, en aquella parte de su objeto que constituye una esfera interior en la estética, sólo se presenta cuando, estudiada la Belleza en general se penetra en la Estética especial, y dentro de esta pertenece a la subdivisión de la belleza representada artísticamente, y dentro del sistema de las artes es una de sus especies. ¿Cómo, si esto es claro, el Sr. Campillo coloca como preliminares de su obra, de su Calotecnia, algunas lecciones de Literatura? Bien que el señor Campillo quisiera justificar y explicar la relación de la Calotecnia a la Literatura, pero hiciéralo como exige la realidad de las cosas, llegando desde lo genérico, la estética, a lo especial, la Literatura. ¡Qué despegadas aparecen aquellas lecciones preliminares de Literatura al principio de la obra! No se entiende qué hacen allí ni el autor explica porqué enseguida comienza a tratar de la belleza en sus principios.
No hay una palabra para la razón del método. Y después de todo más vale así. El Sr. Campillo que define la belleza la bondad íntima, no es menos claro y explícito al definir la Literatura. Dice que es Ciencia y arte a la vez (¡!) que nos enseña a conocer, producir (!) y apreciar la belleza en las obras literarias. ¿Y cuáles son las obras literarias? si no sabemos previamente qué es literatura, ¿cómo conoceremos las que son obras literarias?
Pero a bien que el Sr. Campillo explica después lo que son obras literarias: toda composición que se propone la belleza como fin. Bueno; un cuadro es una composición (¿por qué no?) que se propone la belleza como fin; luego la Literatura enseña a conocer, apreciar y producir cuadros: y lo mismo estatuas, catedrales, sinfonías; es decir, la Literatura es todo el arte bello. Confiese el Sr. Campillo que esto es lógica y que su definición no sirve. Pero vamos más allá con la lógica, que es buena compañía; como la Literatura es, según esa definición, la ciencia de toda belleza, de cualquier belleza, y como belleza es la bondad íntima podemos decir que Literatura es «la ciencia y el arte de conocer, producir y apreciar la bondad íntima.» Y bien sabe Dios que no hay tal cosa. La Literatura no es eso.
En la lección segunda de su Calotecnia el señor Campillo habla de humanidades, y en este capítulo mismo dice que la Estética es una parte de la Literatura. Como si dijéramos que Europa era una parte de España por lo que España tiene de Europa. Aunque parezca imposible el Sr. Campillo en la lección tercera trata de... clasicismo y romanticismo [103] para entrar en el capítulo siguiente en el ancho campo de los principios estéticos. ¿Pero qué orden es este, Sr. Campillo? ¿Qué tienen que hacer en tal lugar el romanticismo y el clasicismo de que tan menguado concepto tiene el digno profesor de Oviedo? Este método y el tou waou son cosa muy parecidas. No nos es posible detenernos para seguir al autor en sus excursiones por los capítulos de la Calología, pero sí diremos de paso que nos extraña verle terminar con una lección sobre el lenguaje en que se trata principalmente la cuestión de sus orígenes. ¿Era este el lugar propio? En un tratado de la parte general de la Estética, a que se reduce la Calotecnia; ¿cabe propiamente un capítulo de filología?
Un estético positivista, Eugenio Veron, cuya obra ha conseguido un éxito que no nos explicamos, trata también esta materia del origen de lenguaje en su estética, pero que al principio para llegar a la literatura por el transformismo evolutivo que las escuelas modernísimas quieren introducir en todo asunto. El Sr. Campillo no se ha propuesto cosa parecida, y por eso no se explica aquel capítulo final, que dicho sea de paso, no responde a los adelantos de la ciencia de los orígenes. Ni Labock, ni Tylor, ni Funk Brentaur, ni Soviertokouwski ni tantos otros, ni siquiera Vagehot, tan conocido, suenan para nada en las disquisiciones extemporáneas del ilustrado catedrático.
Lo decimos ingenuamente: tanto desorden, tanta arbitrariedad en la elección y relación de las materias nos han desorientado, y han logrado amenguar hasta el deseo de proseguir este análisis de la Calotecnia.
III
Respecto de la forma literaria del libro que examinamos diremos pocas palabras, por el temor fundado de haber sido demasiado prolijos en nuestro examen.
El Sr. Campillo declara que Calotecnia vale tanto como Estética. Somos poco amigos de discutir palabras, menos cuando se trata de fidelidad etimológica. Convenimos en que la palabra Estética no significa lo que la ciencia es; lo mismo sucede con la Economía y otros nombres, que, sin embargo, el uso ha consagrado; nadie dice Krusología, ni Ponología, ni Cataláctica, ni Krematística, todos decimos Economía. Sin embargo, es respetable el propósito de sustituir un nombre inadecuado, llame en buen hora el Sr. Campillo a la Estética Kalología, pero no la llame Kalotecnia ni Calotecnia.
Tejné significa antes que instrucción o enseñanza, arte, en el sentido de aplicación de los medios naturales de un objeto; así la industria tiene su aspecto técnico, que es el que mira a los medios propios de su especial naturaleza; sobre todo, el uso de los científicos ha dado a toda ciencia que trata de un particular objeto en su parte teórica el afijología y nadie dice Teotecnia, ni Cosmotecnia, ni Arqueotecnia &c., &c.: sólo cuando se trate de aplicación especial puede convenir la terminación tecnia; así el Sr. Campillo en frente de su Kalotecnia encontrará la Pirotecnia que trata de los fuegos artificiales. Si se propusiera el autor enseñarnos los procedimientos técnicos de todo arte bello, o al menos los generales de toda producción de belleza, bienvenida fuera lo palabra; pero la filosofía de lo bello no puede llamarse con propiedad Kalotecnia. Y mucho menos puede llamarse a la emoción estética emoción calotécnica, como hace el Sr. Campillo. Si él mismo reconoce que el afijo tejne se refiere a la enseñanza, a la construcción, a la ciencia o arte (!) en fin, en la emoción que nos produce lo bello ¿qué tiene que hacer la ciencia de lo bello? Al sentimiento religioso se le podrá llamar sentimiento teológico? ¿Será calotécnica la emoción estética del que nada sabe de tal ciencia de lo bello?
No hace falta insistir; salta a la vista lo impropio que es tal adjetivo aplicado a la emoción, esto es, a lo que pertenece al sentimiento.
En general hemos notado poca propiedad en los términos malamente llamados filosóficos o técnicos. El lenguaje del Sr. Campillo es claro, es sencillo, pero no pocas veces peca de trivial y desciende mucho del tono propio del libro didáctico. Llamar a las diferentes escuelas «tirios y troyanos», calificar de germanía el tecnicismo de un sistema y zaherir a los personajes políticos que no son doctores y arrastran coche, es abdicar en porte de la dignidad que por fuero propio tienen el magisterio y la obra didáctica.
Y no más. Fácil será al Sr. Campillo notar que los defectos que hemos apuntado son en su mayor parte de tal índole que podrían desaparecer sin gran esfuerzo en una segunda edición. El Sr. Campillo puede, corrigiendo su obra, dar a la estampa un tratado completamente digno del buen nombre que ha conquistado en el magisterio.
Leopoldo Alas Oviedo, 4 de Marzo de 1879
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