El Clamor Público
Los Ángeles, sábado 29 de enero de 1859
vol. IV, nº 31
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El Clamor Público, Los Ángeles, sábado, 29 de enero de 1859

Se imprime y publica todos los sábados en la ciudad de Los Ángeles, California, por Francisco P. Ramírez. Oficina de publicación: en la casa de ladrillo, esquina de las calles del Aliso y Alameda.

La Doctrina de Monroe

El Tribune de Nueva York, explica así lo que hasta ahora se ha dado en llamar vulgarmente Doctrina de Monroe, haciéndolo servir de escudo y de ariete contra todo plan de intervención europea en los asuntos de América:

De todos los absurdos políticos que jamás hayan tenido voga en este país (y nosotros, como otros países, hemos tenido una buena dosis de tales absurdos), ninguno tal vez más monstruoso y vacío que el que hoy circula con el nombre de Doctrina de Monroe. Esta doctrina, según está admitida generalmente, y según se admite también en la carta de Mr. Cass a Mr. Lamar sobre las cosas de Nicaragua, a saber, que a ningún Estado europeo se le permitirá intervenir ni en la política interior ni en las relaciones internacionales de los Estados americanos; esta forma de doctrina, sobre la cual ni Mr. Monroe ni ninguno de sus contemporáneos oyeron hablar jamás, ni siquiera soñaron, ha tenido origen durante los últimos diez años, o cosa semejante, en las fanfarronadas de hombres de estado tales como Mr. Cass, y en la argumentación de patriotas como el filibustero Walker. Ni aun la primitiva doctrina, cuyo nombre y color se ha apropiado la que hoy está en circulación (la de que a ningún Estado europeo se le consentirá establecer otra colonia o dependencia nueva en el continente americano); ni aún esa doctrina fue en realidad sostenida jamás por Mr. Monroe ni por su gabinete. Redújose a una sugestión vertida en el calor del discurso por el a veces algo extravagante y excéntrico John Quincy Adams; sugestión que, no sólo no fue aprobada por Mr. Calhoun, cuando Mr. Cass comenzó a dar impulso a la nueva y corregida edición de la misma, y calificada de pretensión absolutamente infundada y ridícula. «¿Con qué derecho (preguntaba Mr. Calhoun) nos hemos erigido en árbitros del destino y las cosas del continente americano? La Gran Bretaña posee más millas cuadradas de territorio americano que nosotros, y no solamente territorio en la América del Norte, sino también en la Central, las Antillas y la América del Sur, donde ninguno poseemos nosotros; y además es una nación más poderosa que nosotros. ¿Con qué derecho sostenemos la pretensión de poseer, como en contra suya, ningún dominio especial y exclusivo sobre las cosas de América?»

Pero no solo nos expone esta doctrina el cargo de abrigar una pretensión arrogante e insostenible sobre las cosas de América; supone también de nuestra parte (como para llevar embebidas las faltas más contradictorias) una renuncia lastimosa y pusilánime de nuestro derecho natural como nación civilizada y mercantil a tomar parte hasta cierto punto en los asuntos del mundo en general. Si tenemos derecho a la exclusiva dirección política de las cosas del Continente americano, y a excluir a las naciones del antiguo Mundo de toda intervención en ellas, se seguiría de aquí, aplicando por igual el raciocinio, que las naciones del antiguo Mundo. América tiene una población como de cincuenta millones de habitantes, cuya mitad se encuentra dentro de los límites de los Estados unidos; el antiguo Mundo tiene una población como de novecientos millones a lo menos. Desde luego se echará de ver en qué estrechos límites nos encerraría la supuesta doctrina de Monroe, que es verdaderamente la doctrina de Cass.

Transcripción íntegra del texto realizada a partir del facsímil disponible
en el Archivo Digital de la Universidad del Sudeste de California, Los Ángeles


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Doctrina de Monroe 1850-1859
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