El Español
Edición de Madrid
 
Miércoles, 13 de mayo de 1846
número 571, página 3

Ateneo de Madrid

Cátedra de Derecho Internacional,
por don Facundo Goñi

Sábado 9 de mayo de 1846

Presentar un cuadro completo de nuestras relaciones con Francia, de nuestras guerras y alianzas, de nuestras amistades y enemistades, desde el siglo XVI hasta la época presente, y deducir de este examen el espíritu que reina en la política de la nación vecina respecto de la España, fue objeto de esta segunda lección que desempeñó con admirable criterio el distinguido profesor Sr. Goñi.

La Francia ha seguido con relación a España una política funesta. Ella ha sido la causa ocasional de casi todas las pérdidas, de todos los quebrantos que ha experimentado la nación española en estos tres últimos siglos; habiendo llegado al más lastimoso estado de postración, la que fue uno de los imperios más poderosos del mundo.

El Sr. Goñi, tomando la historia de nuestras relaciones con Francia desde los principios del siglo XVI, desde que aparecieron en la escena política de Europa aquellas dos grandes figuras, Carlos V y Francisco I, fue recorriendo sucesivamente todas las negociaciones importantes que mediaron entre ambas naciones, y que determinaron cambios notables en su condición respectiva.

En el siglo XVI, en medio de nuestra colosal prepotencia, sostuvimos una guerra no interrumpida con la Francia, en la que por lo general llevamos la mejor parte: pero el tratado de paz de Vervins, celebrado en 1598, entre Felipe II y Enrique IV, fue el primer golpe que recibió nuestro poderío. Desde entonces principiamos a declinar y no hemos cesado aun en esta vía de descenso.

En la primera mitad del siglo XVII, perdimos a manos de la Francia el Rosellón y la parte septentrional de la Cerdeña; y corrimos riesgo de ver separada de nosotros a Cataluña en la guerra con Luis XIII: guerra que terminó por la paz de los Pirineos. Entonces el animoso francés Richelieu, concibe el proyecto de enseñorearnos, y este pensamiento es abrazado con calor por Luis XIV, sin que jamás haya sido abandonado por cuantos gobiernos se han sucedido desde entontes en la nación vecina. Luis XIV nos arrebata el Franco-Condado: y no contento con esto medita el medio de colocar en el trono español a un príncipe de su familia. No hay arte por inmoral y maquiavélico, que no ponga en juego Luis XIV para conseguir aquel fin: logra sobornar a los consejeros de Carlos II, y este príncipe otorga su testamento en favor del duque de Anjou.

Comienza el siglo XVIII. Felipe V se halla sentado en el trono español inaugurando el reinado de los Borbones: y va a dar principio una serie no interrumpida de calamidades para esta desgraciada nación.

Los estados europeos se coligan contra la ascensión de Felipe V, y agotamos nuestra sangre y nuestros recursos para sostener con la Europa la larga y desastrosa guerra de sucesión. Viene la paz de Utrech, y a vueltas de tantas desgracias nos hallamos con la pérdida de Gibraltar, y tenemos que ceder los dominios de Nápoles, Milán, Cerdeña y los Países Bajos. He aquí los funestos auspicios bajo que se inauguró en España la dinastía de los Borbones; he aquí las amargas condiciones con que logró imponérnosla la Francia. Pero tal fue la obra de Luis XIV, casi tan perjudicial por otra parte para su nación como para la nuestra.

Tranquilo por fin Felipe V en posesión de sus amenguados dominios, no por eso vivió en cordial amistad con el gobierno francés, habiéndose turbado esta por varias disensiones de familia: mas al cabo pudieron armonizarse ambos gobiernos por el tratado del Escorial en 1733, uno de los pocos de que reportó provecho la España, y más especialmente por el que se firmó en Fontainebleau diez años después, y que fue la base del pacto de familia. (El Sr. Goñí se extendió en consideraciones sobre la índole y conveniencia de estas negociaciones).

Fernando VI sucedió a Felipe V, y la política de aquel monarca fue sumamente reservada y prudente: negándose siempre a las repetidas instancias con que el gobierno francés pretendió atraerle a una alianza de familia. Así hubiera sabido imitarle en este punto Carlos III. La España no tendría que llorar hoy su debilidad y su abatimiento.

Carlos III, después de dos años de vacilación firmó en 1761 el funestamente célebre pacto de familia. De aquí la primera guerra con la Inglaterra, en la que perdimos cuantiosos tesoros, y la segunda de 1776 por la que luchando contra nuestros propios intereses, preparamos la emancipación de nuestras colonias de América, y sufrió el primer golpe de muerte nuestra marina con la derrota de don Juan Lángara. Tan aciagos fueron los resultados del compromiso contraído en el malhadado pacto de familia.

Coincidió con el advenimiento al trono de Carlos IV la revolución francesa. Para vengar un desaire de la convención, invaden nuestros ejércitos indiscretamente el territorio francés; pero rechazados por las tropas republicanas, se apoderan estas a su vez de varios puntos de la Península.

A este conflicto pone término la paz de Basilea, en la que cedimos la parte española de la isla de Santo Domingo; y como consecuencia de este tratado, celebramos el afrentoso para sus autores, de San Ildefonso. Esclavos de este compromiso vimos perecer nuestra marina en Trafalgar, y enviamos nuestros soldados al norte a derramar su sangre por Napoleón.

Viene después el tratado de Fontainebleau, a cuya sombra invaden la Península los ejércitos franceses; aquí tenemos la heroica lucha de la independencia, que tanta sangre y tesoros costó a la España, al paso que la adquirió tanta gloria. El año 23 volvimos a sufrir la invasión francesa acordada en el Congreso de Verona.

Muere Fernando VII. A la sazón predominaba en las alianzas de Europa el principio político, como había prevalecido en otras épocas el principio religioso o el de intereses materiales. De aquí el tratado de la cuádruple alianza entre las cuatro naciones, hermanadas por la identidad de sus principios liberales.

El señor Goñi expuso prolijamente cómo se formó éste tratado, cuál era su espíritu, y qué gestiones practicaron nuestros diferentes ministerios para obtener de la Francia una cooperación directa, que no se verificó por fin, y que debemos congratularnos de que no se hubiese verificado.

Nuestra guerra civil concluyó en Vergara: desde cuya época, aparte de una cuestión de etiqueta, no han sufrido embarazos nuestras relaciones con la nación francesa. Hoy son estas estrechas ¡demasiado estrechas! Tenemos que lamentar la funesta división de nuestros partidos, sobre cada uno de los cuales ejercen las naciones aliadas y sobre todo la Francia, un protectorado poco provechoso para nuestros intereses. Así somos víctimas de sus intrigas y manejos. Atizan nuestros odios y discordias para darnos luego en cara nuestro desgobierno.

Pero véase por lo que se desprende de la historia de nuestras relaciones con Francia, cuan funestas nos han sido estas siempre. Véase como desde el siglo XVII, no ha abandonado un punto la idea de dominarnos, ya por enlaces dinásticos, ya por pactos de familia, pretendiendo reducirnos a la condición de una nación subalterna que gire dentro de su órbita, que siga siempre sus movimientos.

¡Y cosa singular! el interés dinástico ha descollado siempre sobre el político y material en las miras de la Francia acerca de España. Hoy mismo podemos observarlo. La obra de Luis XIV imitada por Napoleón, no la desdeñaría tal vez Luis Felipe. La Francia tiene también interés comercial y político en ejercer su influencia sobre la España. En una guerra continental como en una guerra marítima, necesita contar con nuestra amistad para tener asegurada la espalda en el primer caso, para apoyarse en nuestros puertos y colonias en el segundo.

Nuestra nación no ha nacido para vivir en hostilidad con la Francia, pero tampoco podemos hacer estribar nuestro engrandecimiento en alianzas semejantes a las que han causado nuestra ruina. Solo falta a nuestra nación gobierno para ser una potencia rica, para ser la primera en el orden marítimo, para ser la más invulnerable de todas. Pero estamos atravesando un periodo borrascoso y aciago. «No salimos de un círculo vicioso. Tenemos desgobierno porque no somos independientes, y no somos verdaderamente independientes porque tenemos desgobierno.»

El Sr. Goñi, habiéndose extendido en indicaciones sobre los elementos de nuestro bienestar y poder exterior, concluyó prometiendo ocuparse el primer día de la política inglesa.

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1840-1849
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