Individuo y Persona

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Persona humana: planteamiento filosófico

Si entendemos la filosofía como un saber de segundo grado [3, 5, 152], es decir, como un saber que se apoya sobre otros saberes previos, en este caso, los saberes mundanos o científicos sobre la personalidad, entonces los problemas filosóficos que suscita la persona humana los plantearemos como cuestiones resultantes de la concurrencia misma de los tratamientos positivos, biológicos, antropológicos, históricos, morales, jurídicos o religiosos, en tanto que esos tratamientos no son meramente yuxtaponibles o «integrables». La idea de persona aparece sólo en un horizonte histórico (en el que las relaciones religiosas primarias y secundarias de los hombres con los animales hayan dejado paso a las relaciones propias de las religiones terciarias, a través de las cuales el hombre actúa ya como «señor de los animales») [365-368], pero se desdibuja al pasar a un horizonte meramente prehistórico o antropológico. Por ello, el problema filosófico principal que suscita la persona humana, podría ser planteado como el problema de la naturaleza de la conexión de sus componentes, personalidad e individualidad. Si el concepto de persona es distinto del concepto de hombre, ¿qué conexión hay entre la persona y el hombre o el individuo humano? ¿Habrá que hablar de un proceso de transformación del hombre en persona o bien, habrá que decir que la persona es cooriginaria con el hombre?, o ¿acaso la persona no es anterior o posterior al hombre (en el sentido de la metempsícosis)? ¿Cuál es la razón del nexo entre el hombre y la persona, si es que son diferentes, y cuál es la razón de la diferencia, si es que son idénticos? [531, 532]

Tal es el punto de partida de nuestro planteamiento del problema filosófico principal que suscita la persona humana, cuando se la sitúa en el terreno más cercano posible al mismo plano conceptual ordinario o «mundano», que se refleja en el lenguaje corriente. Ahora bien, no hay una respuesta unívoca, porque tampoco es unívoca la Idea de Persona. Existen diversas ideas de persona, y la misión de la filosofía no consistirá necesariamente tanto en «crear» una nueva cuanto en distinguir las existentes y en discriminar cuál sea la idea más potente (es decir, capaz de reducir a las otras). Pues las ideas de persona han de suponerse ya dadas en correspondencia a épocas o sociedades determinadas. Lo que no significa que todas ellas tengan el mismo alcance cuando se las analiza desde un punto de vista filosófico crítico. Tampoco significa que ninguna de ellas merezca ser tomada en consideración. Por nuestra parte tenemos en cuenta la posibilidad de clasificar la diversidad de ideas de persona atendiendo a criterios pertinentes que suponemos están dotados de alguna fuerza disyuntiva. Si esta clasificación fuera posible, podríamos elegir (al menos después de agregar determinadas premisas, que nosotros tomaremos «del presente»). Se trata, por tanto, de adoptar una perspectiva dialéctica. En efecto, delante de una clasificación sistemática de características semejantes, ya no podremos, en principio, declarar equivalentes a todas las ideas de persona sistematizadas (a efectos de aceptarlas a todas por igual, aunque sea en el terreno estrictamente doxográfico), ni rechazarlas a todas (reduciéndolas a la condición de ideologías ligadas a épocas o sistemas sociales que pudiéramos considerar ajenos); tendremos que «elegir», tendremos que «tomar partido» por alguna o por algunas de ellas, en función de la composición de este sistema con determinadas premisas (científicas, morales, &c.) que supondremos apoyadas «en el presente».

En cualquier caso, nuestro «partidismo» es dialéctico, precisamente porque supone que la parte elegida no tiene una figura susceptible de ser delimitada por sí misma; sino que, en gran medida, su delimitación sólo es posible por la negación de las otras alternativas, al extremo de poderse decir que la parte elegida sea, hasta cierto punto, una contrafigura de las partes que hemos rechazado. Por ello no podrán ser estas concepciones, aunque rechazadas, ignoradas o mantenidas al margen. Toda la dificultad estriba, por tanto, en determinar los criterios pertinentes para separar, de modo disyuntivo, diferentes tipos de ideas de persona u homólogos suyos. La determinación de tales criterios habrá de estar llevada a cabo, sin duda, desde una idea «específica» de persona; pero no por ello los criterios han de tenerse a priori como partidistas. Vamos a presentar cuatro criterios genéricos que parecen reunir las condiciones de pertinencia y adecuación a la materia clasificada. Del cruce de estos criterios resultarán los diferentes «géneros subalternos» y las «especies» de ideas de persona incluidas en la tabla que ofrecemos al efecto. De los cuatro criterios que vamos a presentar, los dos iniciales (el primero y el segundo) son de índole material (están fundados en la materia misma del campo humano y personal); los dos últimos (tercero y cuarto) son formales, en el sentido de que se apoyan en aspectos comunes a otros campos de fenómenos diferentes. [280-283] {SV 119-120, 141, 143-145, 148-149}

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