Diccionario de ciencias eclesiásticas
Imprenta Domenech, Editor, Valencia 1886
tomo cuarto
páginas 269-270

Espíritu

Sustancia simple, inmaterial, inteligente y libre. Esta definición en general designa las condiciones del ser a quien se da el nombre de espíritu, que debe ser activo, poderoso y viviente. [270]

En todos los siglos se ha creído la existencia de los espíritus como sustancias vivientes en oposición a la materia, y se les han atribuido las cualidades más excelentes de la naturaleza, como participantes en cierto modo de la divina. Pero es preciso confesar y reconocer la dificultad de formarse ideas del espíritu por no poderse definir sino por conceptos negativos. Mas no por eso es una palabra vacía de sentido, como dicen los incrédulos, sino que designa un ser positivo y real que existe, entiende y obra con la actividad correspondiente a su naturaleza.

Componen el mundo de los espíritus en sentido propio, los ángeles buenos y malos, (véase Angeles, tomo I, pág. 482; y Demonios, tomo III, pág. 483), y además las almas humanas, tanto durante su unión con el cuerpo como en el estado de separación. En cuanto a los primeros no hay duda alguna acerca de su existencia, si bien la razón no hubiera podido llegar a conocerla sin el auxilio de la revelación. Siempre que los espíritus se han manifestado a los hombres, han aparecido bajo alguna forma sensible, que no hubiera sido suficiente para comprender su naturaleza simple e inmaterial que carece de todas las propiedades de los cuerpos, como son la extensión, figura, peso, &c. De lo cual se infiere que los pueblos adquirieron esta idea por la tradición primitiva o por la revelación. Pero el hecho es que todos han creído en estas manifestaciones de los espíritus, como seres incorpóreos.

La dificultad principal consiste no en entender la existencia de los espíritus puros, sino en apreciar la diferencia que hay entre espíritu y alma. Ciertamente son palabras sinónimas que designan la misma idea, pero sin embargo se comprende que aunque una y otra significan la parte inmaterial del hombre, es sin embargo con alguna diversidad. El alma indica propiamente la vida interior, anímica, forma informante del cuerpo para todas sus operaciones animales o vitales, pero el espíritu se refiere más propiamente a la vida psíquica o a la parte más elevada de nuestro ser, en cuanto inteligente y volente. Lo cual se comprende mejor, si no me engaño, según la índole de las lenguas griega y hebrea. En el hebreo la palabra espíritu responde a ??? (ruaj) que indica una sustancia simple e inmaterial; la palabra alma responde a ??? (nephesch) alma propiamente dicha con sus facultades y operaciones y como principio de actividad, y además se emplea muchas veces la palabra ???? (nischmath) que con mayor propiedad indica aliento, soplo, respiración. En griego la primera corresponde a fích1, sustancia inmaterial, la segunda a pneu1ma, alma racional e inteligente, y la última al principio vital emhniçon, que también se llama pneuma, mientras el principio inteligente y volente se llama también pnoh. Traducidas estas palabras al latín, aunque con alguna impropiedad, tenemos spiritus, anima, animus, mens, &c., y otras parecidas, que en el fondo significan una misma cosa, pero equivalente a distintos conceptos. Así, pues, se emplean indiferentemente para designar la misma cosa como principio vital o como principio inteligente. En la Biblia ??? (spiritus) se aplica con frecuencia a Dios y al alma humana, pero nunca a los animales, al paso que las otras se aplican muchas veces a todo ser animado, sobre todo la última. Siendo difícil formarse idea de una sustancia espiritual, los antiguos expresaban esta idea por la más sutil que conocían, como es la respiración y el aliento, indicio seguro de la vida.

Ha sido conveniente indicar esta diferencia para poder entender los escritores antiguos y quitar a los incrédulos todo pretexto, para decir que la palabra espíritu es vacía de sentido, y que los Padres de la Iglesia no entendieron su significado, valiéndose de términos negativos por no poder señalar su naturaleza; y de aquí vino el error de atribuir a los ángeles un cuerpo sutil o aéreo, y el de los neoplatónicos de encerrar el alma humana en una envoltura semimaterial (perispíritu), como lo hacen también los espiritistas modernos.

Nuestra alma es un espíritu en la acepción rigorosa de la palabra, como se demuestra más abajo. No es necesario fingir en el hombre dos almas, una sensitiva a la manera de un cuerpo sutil y otra inteligente e incorpórea, que es indisoluble e inmortal. El espíritu simple no tiene partes, y si los antiguos no pudieron formarse de él una idea tan pura y elevada como nosotros, no por eso creyeron que el alma no fuese espiritual.

El espíritu, según su naturaleza, es inmortal y libre, por lo mismo que es de naturaleza simple. En el artículo Angel, hemos dicho cómo los espíritus pueden obrar sobre la materia.

Perujo


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