La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo octavo
Dedicatoria

Que hizo el Autor al Em.mo y R.mo Señor
Don Fr. Gaspar de Molina y Oviedo, Cardenal de la Santa Iglesia Romana,
Presidente de Castilla, Comisario General de la Santa Cruzada,
Obispo de Malaga, &c.


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EM.MO Y R.MO Señor

Si un tiempo tomé tímido la pluma para proponer a V. Eminencia el humilde ruego de que me permitiese dedicarle este Libro; hoy la manejo, libre de toda turbación [IV] el animo, en la ejecución del permiso. La noble piadosa dignación, con que V. Eminencia condescendió a aquella súplica, disipó en mi corazón el susto, substituyendo en su lugar una confianza respetuosa. Ya el resplandor de la Púrpura, la elevación del Puesto, las excelentes cualidades de la Persona, que antes me atemorizaban, ahora me alientan; y es, que cuanto tiene V. Eminencia de grande, todo lo pongo ya a mi favor, porque así me lo ha persuadido su benignidad. V. Eminencia me ha concedido una honra tan alta en la permisión de consagrarle este Escrito, que, con ser tanto lo que V. Eminencia puede, me atrevo a decir, que con este favor ha agotado hacia mí toda su beneficencia. El último esfuerzo del Poder, y Liberalidad unidos, consiste en apagar la sed de la ambición; y a la mía, Eminentísimo Señor, habiendo conseguido, que este libro mío gire el Mundo, llevando estampado en su frente el esclarecido nombre de V. Eminencia, ya no le resta que desear. No habrá Clima, que de vista [V] de recomendación tan alta, no le reciba con respeto. Acaso en las Regiones Forasteras será más atendido este honor, que dentro del ámbito de nuestra Monarquía; pues ya no será V. Eminencia el primer insigne Purpurado Español más aplaudido de los Extraños, que de los Propios. Por una feliz casualidad se fue el pensamiento, llevando consigo la pluma, al original, de quien V. Eminencia es perfectísima copia; a aquel Varón, digo, a todas luces Grande, el Eminentísimo Señor Don Fr. Francisco Ximenez de Cisneros. Perdone V. Eminencia si le soy molesto con la comparación, que voy a proponer; pues yo no puedo resistir el atractivo de tan ajustado paralelo. Es muy difícil contener la pluma en encuentro tan oportuno.

Dice el Marqués de San Aubin {(a): Traité de l’Opinion, liv. I. chap. 2}, que el Cardenal de Richelieu en todas sus operaciones se proponía por modelo al Cardenal Ximenez. Si fue así, en muchas erró [VI] la imitación; lo que otros Autores Franceses conocen, hallando bastante desemejanza entre en estos dos Héroes de la Política, y concediendo no leves ventajas al Español. Para otro Español (para V. Eminencia) tenía destinado el Cielo una perfecta conformidad con el Gran Ximenez; no sólo en el Mérito, mas aun en la Fortuna. Uno, y otro Religiosos por Instituto: uno, y otro trasladados con pronto vuelo del retiro humilde del Claustro a los confines del Solio: favorecidos los dos de dos Isabelas; de dos Reinas, digo, tan parecidas en el espíritu, como en el nombre: promovido uno a la Púrpura a recomendación del Rey Católico; otro de un Rey, que merece el epíteto de Catolicísimo: los talentos, que proporcionaron a los dos a tanta elevación, tan unos mismos, que si Pitágoras viviese en este siglo, afirmaría la trasmigración del Alma del Gran Ximenez al cuerpo de V. Eminencia. La misma grandeza de ánimo, el mismo vigor de espíritu, el mismo celo por el lustre de la Corona, el [VII] mismo desembarazo en el Despacho, la misma actividad en la ejecución de los designios, la misa soberanía de pensamientos, la misma comprensión de los negocios; y lo que en uno, y otro hace extremamente admirable, porque le da visos de infusa, es, que en uno, y otro precedió la comprensión política a todo estudio, y experiencia. Cosa sin duda de asombro, ver en dos Religiosos, desde el primer punto que aplicaron la mano al Gobierno, el mismo acierto, la misma expedición, que si hubiesen cursado esta Facultad por el espacio de un siglo.

Acaso en una circunstancia, de mucho valor a la verdad en la opinión del Mundo, aunque de poco en la mía, que es la calidad del nacimiento, no será tan adecuado el paralelo. Digo acaso; pues aunque el del Gran Ximenez haya tenido mucho de honrado, sé, que el de V. Eminencia goza también mucho de ilustre. Protesto a V. Eminencia, que no tocaría este punto, si en la omisión no hallase un grave [VII] inconveniente. Se ha hecho tan común el elogiar la Nobleza de los Patronos de los Libros en las Dedicatorias, que ya el silencio sobre este artículo se tomaría como tácita confesión de una calidad humilde. Por este motivo apuntaré aquí brevísimamente lo que de las Casas de Molina, y Oviedo, de donde se deriva la generosa sangre de V. Eminencia, me informan las Memorias Genealógicas, que tengo presentes.

Don Francisco Marcos de Molina Navas de Valtierra, Señor de la Casa del Apellido de Valtierra, &c. en un Impreso, que dio a luz, felicitando como Pariente a V. Eminencia con el motivo de su agregación al Sacro Colegio, deduce el origen de V. Eminencia, en cuanto al Apellido de Molina, del Conde Don Amalrico, (o Amalarico) Manrique de Lara, primer Señor del Señorío de Molina; el cual, habiendo tenido dos hijos, al mayor, llamado Don Aimerique, dejó la Casa, y Apellido de Lara; y a Don Pedro, que [IX] fue el segundo, la Casa, y Apellido de Molina. Estos Caballeros fueron de tanta consideración en aquel siglo que el Conde Don Amalrico casó con Doña Hermesenda, Condesa de Narbona, Princesa de la Casa Real de Francia; y su hijo Don Pedro con Doña Sancha, hija de Don García, séptimo Rey de Navarra. Por aquella alianza con la Casa Real de Francia, dice el citado Escritor, se añadieron a las Armas de los Molinas, que son un Torreón almenado, en campo azul, con media rueda de Molino por cimiento, tres Flores de Lis de oro, coronando la Torre. El Señorío de Molina, que era muy grande, por cierto accidente se agregó después a la Corona.

Siendo tan excelso el origen de los Molinas, aun lo es más el de los Oviedos. Las Memorias bien ordenadas, que se me han remitido de la nobilísima Casa de Omaña, que participa de la de Oviedo por hembra, derivan esta del Rey Don Fruela el Segundo de Leon. Los sucesores de este, [X] por legítima filiación, hasta Diego Gonzalez de Oviedo, Adelantado de Leon, y Merino Mayor de Asturias, fueron los que voy a referir por su orden. El Infante Don Aznar Fruela; el Infante Don Pelayo Fruela; Ordoño Pelaez, Rico-Hombre del Rey Don Fernando el Magno; Juan Ordoñez, Rico-Hombre del Rey Don Alonso el sexto; Pelayo Juanes, Rico-Hombre de la Reina Doña Urraca; Giraldo Pelaez; Martin Giraldo (éste, por haber tenido el Gobierno de la Ciudad de Oviedo, introdujo en su posteridad este apellido); Martín Martínez de Oviedo; Nicolas Martínez de Oviedo; Gonzalo Martínez de Oviedo; Diego González de Oviedo, Adelantado de León, y Merino Mayor de Asturias, como se dijo arriba. Desde este Caballero, que floreció por los años de mil trescientos y setenta, dirigen las Memorias que tengo la serie genealógica por la senda que introdujo el Apellido de Oviedo en la Casa de Omaña; omitiendo todo el resto de su gloria posteridad, porque no recogió [XI] esta Nobilísima Casa, sino las noticias en que era interesada. Debo empero notar, que de dichas Memorias consta, que entre las Ramas de la de Oviedo, que se extendieron a otros Países, dos fueron a establecerse en las Andalucias; y por la vecindad es verosímil sea producción de una de ellas la que tuvo la dicha de ennoblecerse mucho más que todo el resto de este generoso Árbol, comunicándose a la Persona de V. Eminencia la sangre de los Oviedos, que habiendo tenido su origen en una Regia Púrpura, fue descendiendo en las demás Familias: en la de V. Eminencia ascendió, recobrando su antiguo lustre en otra Púrpura, que con lo Sagrado compensa la falta de lo Regio.

No ignoro, Eminentísimo Señor, la falibilidad de las Genealogías que se conducen de muy remota Fuente. En este género de estudio nadie pasa de la probabilidad. Yo no puedo asegurar la certeza de estas noticias, pero sí mi sinceridad en la exposición de ellas. Tengo en mi Celda los [XII] Instrumentos, de donde las he deducido con la más escrupulosa fidelidad; y por lo que mira a los que se me han comunicado de la Casa de Omaña, certifico, que muchas de sus noticias están apoyadas con testimonios de varios Historiadores clásicos Españoles. Bien sé, que la práctica comunísima de los Escritores es buscar el Nobiliario del Personaje, a quien dedican entre sus mismos domésticos. Yo soy tan delicado en materia de veracidad, que más quise carecer de noticias, que inquirirlas de sujetos apasionados. Esta es la causa de faltarme las que encadenan la Persona de V. Eminencia, y sus inmediatos ascendientes con aquellos gloriosos antiguos progenitores suyos, que he nombrado. Sin embargo me considero con tanto derecho como Horacio para decir a mi Mecenas lo que él al suyo: Moecenas atavis edite Regibus; pues algún mejor fundamento tengo yo en las noticias alegadas, que el Poeta en un confuso rumor de que aquel Valido de Augusto venía de uno de los antiguos Reyes de Etruria. [XIII] Pero Eminentísimo Señor, todo eso, que en otro fuera mucho, en V. Eminencia supone poco. De lo que yo principalmente, y aun casi únicamente debo felicitar a V. Eminencia, es, de que para nada necesita la realidad de aquellos blasones. Supóngase el valor que se quisiere en la Nobleza, que V. Eminencia recibió de sus ascendientes; siempre es incomparablemente más preciosa la que V. Eminencia se dio a sí mismo; lo que va de resplandecer con luz propia, como el Sol, a brillar con luz ajena, como la Luna; lo que va del agente vigoroso, que produce la hermosura de la forma, al lánguido inerte sujeto pasivo, que la recibe; lo que va de una excelencia indisputable a una prerrogativa dudosa. La descendencia de tales, o tales insignes antiguos, nunca es cierta, porque nunca es cierto, ni puede serlo, que de treinta Tálamos, que se cuentan en una serie genealógica, ninguno haya padecido los insultos de alguna fecunda alevosía; en lugar de que la Nobleza, que se debe al mérito propio, tiene la misma[XIV] evidencia que el mérito. El de V. Eminencia es tan patente a todo el mundo, que sólo dejarán de verle los que no pueden ver el mérito, por haberlos cegado la envidia. ¿Pero qué la envidia se atreverá a V. Eminencia? Dos sentencias del famoso Bacon de Verulamio vienen puntuales a decir la duda. Dice este gran Canciller lo primero, que los sujetos de eminente virtud padecen menos envidia cuando son promovidos, porque parece debida de justicia la promoción: Iis, qui eminenti virtute praediti sunt, minus invidetur, cum promoventur; promotio enim eorum videtur ex merito {(a) Interiora rerum, cap. 9}. Dice lo segundo, que esos mismos eminentes en virtud, y méritos, están más sujetos a los furores de la envidia, cuando su fortuna dura mucho; porque aunque la virtud sea la misma, la larga costumbre de mirarla, por el vicioso depravado fastidio del común de los hombres, le rebaja la estimación: Personae dignae & meritis insignes, [XV] invidiam tum demum experiuntur, postquam fortunae eorum diutius duraverint; etenim licet virtus eorum eadem maneat, minus tamen fit illustris (ibi). Verosímilmente así fue, es, y será. ¿Pero qué importa? Viva V. Eminencia, y viva su merecida fortuna, y mas que encrespe su serpentino cuello la envidia. Irrítese en hora buena la ira de esta fiera, como V. Eminencia viva largas edades, no sólo conservando la grandeza, que hoy goza, más adornándola de nuevas prosperidades, y esplendores. Así se lo suplico al Cielo. Oviedo, y Febrero I0 de 1739.

B. L. P. de V. Eminencia

Fr. Benito Feijoo.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo octavo (1739). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Pedro Marí, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo octavo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas III-XV.}


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