Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo tercero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo tercero

Dedicatoria

Que hizo el Autor al M. R. P. Abad,
y Santo Convento de San Julián de Samos

El amor, y el agradecimiento concurren a presentar a VV. PP. este libro; aunque siendo el obsequio tan corto, es preciso deje al agradecimiento empeñado, y al amor mal satisfecho. Tributo tan humilde, ni para el agradecimiento es recompensa, ni para el amor bizarría.

Mi amor a ese Sagrado Monasterio se mide por mi obligación, y la obligación es tan grande, que sólo puede satisfacer con el amor. No hay cariño más noble, que aquel que nace del agradecimiento; ni agradecimiento más infeliz, que aquel que sólo puede pagar con el cariño. Carga el hijo con la deuda del padre: pensión que impuso [IV] la Ley natural a su ilustre cuna. Y al fin, el agradecimiento queda desconsolado, porque no puede corresponder de otro modo; y el amor triste, porque a lo que es obligación no puede llamarlo fineza.

Lo que yo debo a ese Ilustrísimo Monasterio, cabe en mi conocimiento, no en mi voz, ni en mi pluma. Desde la edad de catorce años, no del todo cumplidos, en que me introdujo superior llamamiento por sus sagrados umbrales, hasta la hora presente, me ha estado siempre lloviendo beneficios; mas siempre contaré por el mayor de todos la enseñanza que debí a esa ilustre Escuela de virtud, Teatro donde se desengaña de los errores del Mundo, harto mejor que el Mundo puede desengañarse de sus errores en mi Teatro. Lástima es, que por la indocilidad del terreno, no haya correspondido el fruto al cultivo. Pero esta memoria, por lo mismo que me confunde, me consuela, contemplando mi propia confusión, como señal de que no se perdió del todo la semilla. [V]

Así como el mayor de los beneficios, que debo a ese Monasterio, es la instrucción saludable, que me dio en mis primeros años; la mayor de sus glorias, siendo tan sublimes, y tantas, es la continuada sucesión de la más austera observancia Regular por tantos siglos. Los Monjes que le fundaron, hijos del celebérrimo, y antiquísimo Monasterio Agaliense, al transferirse de la Imperial Toledo a esas montañas, llevaron consigo el espíritu de los Ildefonsos, de los Eladios, y de otros insignes Varones, que España sacó de aquel Claustro para ocupar gloriosamente sus mejores Sillas. Una misma es, no distinta, la Comunidad de Samos de la Agaliense, por haberse trasladado de una parte a otra todo el cuerpo del Convento, y con el cuerpo toda el alma de la vida Monástica. El impulso, que regía el movimiento de aquellos Fundadores, se conoce en el sitio que eligieron para la fundación. Tan ansiosos iban de retirarse del bullicio del Mundo, que poco les faltó para esconderse aun del Cielo. [VI] Tan recogido, tan estrecho, tan sepultado está ese Monasterio entre cuatro elevados montes, que por todas partes no sólo le cierran, mas le oprimen, que sólo es visto de las estrellas, cuando las logra verticales; y los que han estado en él pueden presumir haber hallado respuesta al famoso Problema de Virgilio:

Dic quibus in terris, & eris mihi magnus Apollo,
Tres pateat Coeli spatium, non amplius ulnas.

La disposición del paraje retrata la religión de sus habitadores. La retrata, y aun la influye: porque cerrado por todas partes el Horizonte, faltan objetos donde se disipe el espíritu. Sólo hacia el Cielo tiene la vista desahogo; y así se lleva todas las atenciones el Cielo. ¡Qué ajustado viene aquí, así para la Religión del Monasterio, como para la Topografía del sitio, lo que de un antiguo Luco se lee en el libro octavo de la Eneida!

Religione Patrum late sacer, undique colles
Inclusere cavi.

Pero en vano nuestros antiguos Monjes buscaron aquel triste retiro, que la [VII] Naturaleza había formado para fieras, y la Gracia destinado para Ángeles. En vano, digo, en orden al efecto de ser ignorados de los hombres; pues los hombres fueron a buscar los Ángeles entre las fieras. Presto llegó a noticia de Papas, y Reyes la preciosa mina, que ocultaban aquellos riscos. Así desde los principios empezaron a estimar en tan alto grado el Monasterio de Samos, que dudo haya habido Comunidad alguna Religiosa, que les debiese más generosas atenciones. Los Reyes le dieron tanta autoridad sobre sus vasallos, que apenas un Príncipe Soberano la tiene mayor en sus Dominios; pues no sólo le concedieron todos los derechos, y pechos Reales, con el nombre de Omne opus Fiscale, y las penas que llaman de Cámara, de homicidio, & adulterio; pero mandaron que ningún Gobernador, o Tribunal Real se entendiese sobre materia alguna con dichos vasallos, sí sólo el Abad de Samos: Non respondeant nisi Abbati Samonensi. Son palabras del Privilegio. Pero esta jurisdicción temporal, [VIII] por su no uso, se perdió con el tiempo. Bastábale ser temporal para que aquellos Monjes, que atendían sólo a las importancias del alma, descuídasen de su conservación. Bien que consta, que aun subsistía en tiempo del Rey D. Pedro, pues este Príncipe, en la confirmación que hizo de todos los Privilegios de la Casa, limitó algo la Soberanía de sus Abades, concediendo a los Ministros Reales poder entrar en el territorio de la Abadía, únicamente en el caso que algún homicida de los Dominios del Rey se refugiase en él, y el Abad no consintiese en su entrega.

Los Papas dieron a los Abades una amplísima jurisdicción espiritual, que comprehende en circunferencia siete, u ocho leguas de territorio, con independencia igual en su línea; esto es, con inmediación a la Silla Apostólica, y sin subordinación alguna al Metropolitano, como hoy la gozan, sin la menor contestación.

Ni es prueba inferior a la de arriba del gran concepto en que los Reyes de [IX] España tenían al Monasterio de Samos, haber el Rey D. Fruela puesto en él para educación a su hijo D. Alfonso, llamado el Casto, como se afirma en el Privilegio del Rey D. Ordoño el Segundo, expedido por los años de 922. Aunque pudiéramos amplificar más esta gloria con la probabilidad de que el Rey Casto vistió la Cogulla en el mismo Monasterio, teniendo a favor de ella a nuestro excelente Cronista el Maestro Yepes, nos abstenemos de ello, por no haber en el Archivo del Monasterio Privilegio, o Escritura alguna que lo exprese.

La singular felicidad de no haber tenido jamás Abad Comendatorio ese Monasterio, habiendo sido en todos tiempos tan poderoso, es otro argumento eficacísimo de la especialísima aceptación que lograban los Monjes en el conocimiento de los Príncipes. El grato olor de virtud, que exhalaban sus corazones encendidos en el fuego de la caridad, era tan grande, que no pudiendo contenerse en el ambiente vecino, humeaba hasta las alturas del Solio. Tal fue siempre [X] el Monasterio de Samos. Tal es el día de hoy; pues en Vs. Pdes. veo repetidos los ejemplos, y copiadas las virtudes de tantos ilustres predecesores. Ruego al Altísimo continúe esta felicidad por muchos siglos, y a Vs. Pdes. conserve la vida en su santa gracia por muchos años. San Vicente de Oviedo. Diciembre 13 de 1728.

Humilde, y amante hijo de Vs. Pdes.
Q. B. S. M.
Fr. Benito Feijoo.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas III-X.}


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